Marcelino Claverino: Cambio de ruta

La semana fue transcurriendo con relativa normalidad para Marcelino. Consiguió concertar una reunión con Teresa Sobrados, la simpática y siempre ocupada directora de Sordotapias y el equipo de accesibilidad del Museo Ptolomeo. Marcelino tenía la sensación de que las aportaciones de la directora serían de gran ayuda para el proyecto de accesibilidad. Mientras llegaba la fecha de la reunión, él aprovecharía para ir leyendo la guía que la propia Teresa le había entregado el día en el que Florinda Biensalida le cruzó la cara en la asociación de sordos. Acondicionamiento acústico en las salas, audioguías con bucle magnético y videoguías subtituladas y con intérprete de lengua de signos eran medidas que comenzaban a discurrir y tomar forma en su cabeza.

Durante la semana continuaron los paseos vespertinos con Gimena Torremocha. Ésta, algo más calmada en relación a su adaptación audioprotésica, seguía sin mostrar preocupación alguna respecto a la más que evidente romántica aventura de Marcelino. De nuevo no hubo ni una sola alusión a lo acontecido. Ni una minúscula muestra de resentimiento o celos. Los ya conocidos fantasmas de Marcelino surcaban su mente cada vez que volvía a casa tras dejar a Gimena en la parada del autobús. Cualquier persona normal se hubiese mostrado molesta o al menos intrigada, pensaba. ¿Qué extraños intereses llevaban a la joven cajera a pasar por alto tan indecoroso comportamiento por parte de Marcelino? El motero “makoki” y la siempre acomplejada sensación de sentirse utilizado emanaban silenciosos desde las profundidades de su mente inconsciente.

El jueves por la tarde, la recién estrenada pareja decidió cambiar la ruta de su cada vez más tradicional caminata urbanita. Las calles del céntrico barrio comenzaban ya a resultarles demasiado conocidas. Comentaron la curiosa tendencia del ser humano a repetir una y otra vez las mismas rutinas. Unos pocos días deambulando de la mano entre las tortuosas e intrincadas calles del vecindario, les habían bastado para predecir con cierta exactitud lo que allí ocurriría casi a cada instante. Entre juegos y risas, habían sido capaces de vaticinar quién se sentaría en los bancos del parque, quién estaría fumando en la puerta del bar de la esquina o incluso qué chiquillos comprarían chucherías en las tiendas chinas de ultramarinos. Les resultó curioso ver cómo la vida parecía repetirse un día tras otro, casi idéntica, en un círculo vicioso interminable donde los actores de la película parecían condenados a interpretar el mismo guión cada veinticuatro horas.

Marcelino se preguntó aterrado si no serían ellos mismos también parte de aquel accidentalmente diseñado plató. Reflexionó absorto sobre la curiosa paradoja que envuelve a la rutina. Uno la desea tanto como la detesta, la busca tanto como la evita. Un escalofrío incómodo cruzó su espalda.

Gimena, sin embargo, se tomaba aquello como un simple juego. Una divertida manera de pasar la tarde. Se reía intentando adivinar qué personaje se cruzarían al girar la esquina de la calle. Competía como si le fuera la vida en ello viendo quién acertaría un mayor número de acontecimientos.

Marcelino Claverino, agobiado por la idea de volver a la rutina, propuso aquel jueves extender el paseo por otros barrios de la ciudad. Gimena, siempre abierta a nuevas experiencias, vio la proposición con buenos ojos. En seguida, las nuevas calles se abrieron ante ellos para ser descubiertas. Rápidamente atravesaron una zona conocida en la ciudad por su marcha nocturna. Las verjas echadas de los bares de copas, la luz natural reflejada en su edificios, las calles libres de jóvenes enloquecidos y la aparente normalidad reinante entre sus paseos y bulevares dotaban a aquel barrio de una nueva atmósfera que ellos, visitantes nocturnos de fin se semana, nunca habían disfrutado.

Atravesaron también un pequeño parque escondido a los pies de un gigantesco edificio de oficinas. Marcelino había pasado por allí montado en el autobús miles de veces pero nunca se había molestado en adentrarse en él. Se quedó impresionado con el reducto de paz generado en plena ciudad entre aquellos árboles. Unos señores mayores sentados en una mesa jugaban al ajedrez como si tal cosa ajenos a la presencia de la joven pareja. Marcelino al ver la normalidad con la que aquellos dos ancianos se desenvolvían se preguntó si estaría presenciando a dos nuevos actores interpretando su guión diario en un escenario diferente.

El paseo se prolongó por unas cuantas horas. Nuevas estampas se descubrieron a cada paso. El sol iba cayendo y, con él, el ambiente de la ciudad iba cambiando. Los bares comenzaban a llenarse, las luces artificiales de las farolas empezaban a pedir protagonismo y los niños agotados desfilaban en procesión desde los parques hacia sus casas. Rutinas y más rutinas. Pero esta vez todas ellas inéditas a los ojos de Gimena y Marcelino. Tuvo éste la sensación de ser un turista en su propia ciudad, de estar descubriendo aspectos en ella que hasta entonces habían permanecido ocultos.

Con la emoción de un romántico paseo y el cansancio en las piernas propio de una larga caminata, llegaron ambos de nuevo, tal y como dictaba su costumbre, a la parada del autobús. El sol ya se había puesto y, como solía suceder a esas horas, nadie más esperaba al autobús.

- ¿Sabes lo que creo Gime?—soltó de repente Marcelino nada más sentarse en los asientos de la parada. Tras unos segundos de silencio, añadió—Creo que los sitios en realidad son momentos. Lo que sucede alrededor de un lugar es realmente lo importante, no el sitio en sí.
- A ver mi filosofillo, nos lo hemos pasado genial, no le des más vueltas. Disfruta de las cosas. A veces piensas demasiado— contestó Gimena con un toque de pragmatismo a la vez que agarraba de los mofletes a Claverino.
- No, en serio, piénsalo. ¿Cuántas veces has ido a ver un monumento a una ciudad que se suponía debía ser espectacular y no te ha gustado? Muchas ¿verdad? Pues seguramente lo que pasó es que no fuiste en el momento indicado. ¿Lo pillas? El momento es fundamental. El lugar es lo de menos.
- Madre mía. Cuando te pones así mira que eres pesadito. ¡No pienses tanto! ¡Disfruta!— replicó Gimena con un tono de cierta admiración pero a la vez desesperación mientras se lanzaba a dar un beso al joven implantado.
- ¿Pero cómo no voy pensar? Yo no paro de pensar continuamente. Si no pensase sería un perro o un bonobo. Los humanos pensamos. Por eso somos humanos.
- Cierra el pico y dame otro beso, pesado—dijo Gimena mientras se acercaba coqueta a Marcelino.
- Tú ¿Qué pasa, que no piensas?¿Vas por la vida sin reflexionar sobre las cosas? dijo Marcelino algo guasón aceptando el envite de la cajera.
- Salvo por los aparatos éstos que me tienen amargada, simplemente acepto las cosas como son. Prefiero disfrutar de lo que la vida me ofrece— contestó Gimena mientras le daba un ardiente beso a Marcelino— que rayarme por cosas que no puedo controlar, ¿entiendes?— añadió con cara de circunstancias a la vez que separaba de un enérgico empujón a Claverino.

Un incómodo silencio invadió la marquesina. Marcelino se quedó callado con cara de pasmarote. En seguida, Gimena le lanzó una coqueta sonrisa.

- Alegra esa cara, atontao. Que no se por qué me gustas tanto.

Justo en ese momento el autobús número veintinueve se detuvo junto a la parada. Se abrieron las puertas y Gimena se subió al mismo de un delicado brinco.

- Llámame mañana, lelo—dijo la cajera mientras tiraba un beso al aire justo antes de que se cerrasen las puertas.

Marcelino subió a su casa completamente descuadrado. La cara de pasmarote le acompañó durante todo el trayecto. Gimena era tan impredecible como enigmática. No había nada más atractivo para él. Se sentó en el sofá de casa confundido. Agarró la novela que acababa de empezar a leer. Tras una rápida lectura, una frase destacó sobre las demás. “A veces un simple cambio de ruta basta para descubrir un nuevo mundo. No busques grandes revelaciones, simplemente cambia la forma de mirar las cosas, quizás así comprenderás”.

Marcelino se reclinó sobre el sofá. Los paseos, las ciudades, las rutinas y su relación con Gimena se entremezclaron en su mente con un único telón de fondo. Un cambio de ruta.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Todo queda en familia

La familia materna de Marcelino Claverino estaba ya completamente adaptada a la sordera de uno de sus miembros. Los audífonos e implantes formaban parte desde hacía tiempo de la rutina familiar y, aunque a un observador externo pudiera resultarle extraño, nadie caía ya en la cuenta de lo atípico de aquella situación. Tíos, primos y abuelos habían integrado en el inconsciente las diferentes pautas de comunicación que Marcelino demandaba. La naturalidad y fluidez con la que toda la familia actuaba para facilitar la inclusión de Marcelino era digna de admirar. La abuela, doña Valentina Claverina, bajo una halo de sapiencia y sensibilidad que sólo dan los años, solía comentar que su familia había demostrado a pequeña escala la tendencia natural del ser humano a ayudar e integrar a aquellos que más lo necesitan. Paradójicamente no había sido necesario que ninguno de los allí presentes tomase cursos sobre sordera, la simple interacción con Marcelino a lo largo de los años había producido un ajuste en la dinámica familiar realmente extraordinario. Con un gran sentido común, Valentina Claverina se preguntaba si aquel minúsculo experimento social producido en su familia, no tendría algo que mostrar a la sociedad en su conjunto. “Quizás sólo con que la gente conviviese unos días con chicos como Marcelino, se facilitaría que todo el mundo aprendiese a tratar con ellos. Así les haríamos la vida más fácil. Si es que no cuesta nada, pobrecicos”, solía comentar la abuela en las reuniones familiares con los ojos vidriosos mientras contemplaba orgullosa a su nieto.

La repentina sordera de Marcelino producida por aquella inoportuna meningitis no sólo había causado estragos en sus padres. En la sombra, y con la responsabilidad de mantener la serenidad en un momento tan delicado, los abuelos de Marcelino también habían sufrido con los vaivenes de unos tiempos tumultuosos. Con los años, Valentina Claverina llegó a confesar interminables y desconsoladas llantinas nocturnas solo compartidas con su marido. No quería mostrar ni un ápice de fragilidad ante su ya de por sí desbordada hija. También contó cómo su marido, devoto religioso, en aquellos días se levantaba temprano para ir a la iglesia. Allí rezaba un rosario y encendía una vela a San Cristóbal todos y cada uno de los días de la semana. Marcelino Claverino, más bien escéptico en los temas religiosos, siempre guardó cierto cariño a la figura de aquel Santo que durante años contempló en la parroquia del barrio de sus abuelos. Una estampita de San Cristóbal, roída por el paso del tiempo, todavía le acompañaba escondida, casi avergonzada, entre tarjetas de crédito y fotos de carnet en su cartera.

Marcelino adoraba a su familia, especialmente a sus abuelos. Éstos se habían volcado en ayudar a sus padres en la difícil tarea de sacar adelante a un niño con discapacidad. Igualmente sus tíos y primos habían supuesto un gran apoyo para él. Consciente del esfuerzo de toda la familia, les estaría eternamente agradecido. Sin embargo, aquel domingo, tenía pocas ganas de compartir la tarde con todos ellos y, menos, de poner su mejor cara en la celebración cumpleañera de su a partir de entonces adulto primo Alvarito. Aún así, llevado por su instinto de unión familiar y, sobre todo, por no tener que aguantar los lamentos de su madre acudió a la fiesta de cumpleaños en la aburguesada casa de sus abuelos.

Una hora más tarde de lo acordado llamó Marcelino al timbre de la puerta. Pensó que ahorrarse las primeras charletas previas a la merienda le haría la tarde algo más llevadera. Había intercambiado algún wasap con Gimena por la mañana. Ésta seguía igual de cariñosa y hasta incluso mostraba cierta impaciencia ante la inminente próxima cita. No hubo ningún comentario acerca del incidente en Sordotapias, lo cual a Marcelino le seguía desconcertando.

La puerta la abrió su tía Juani, madre del cumpleañero, la cual portaba un collar hawaiano amarillo chillón.

—¡Ay Marcelino, por fin llegas! Estamos a punto de empezar con la merienda. Hay que ver lo pesaditos que sois los jóvenes solteros. Siempre llegando tarde. Anda, pasa. ¡Pero que guapo estás hijo mío!¡Dame dos besos anda!— dijo su tía mientras le besuqueaba insistentemente los dos carrillos con su habitual espontaneidad.

Al entrar en el salón, toda la familia se hacinaba alrededor de la mesa del comedor. Gorritos de fiesta, bigotes de plástico, más collares hawaianos, globos y serpentinas, dominaban una escena con amplios tintes festivos. “Felices 18, Alvarito”, rezaba un colorido cartel sobre el marco de una de las puertas.

—¡Hombre, el que faltaba! ¡Venga macho, que estamos aquí salivando como los perros de Pavlov! — espetó a modo de cordial saludo uno de sus tíos.
—¡Venga niña saca ya la comida, que ha llegado Marcelino!— gritó su abuelo quien como siempre presidía con hechuras de patriarca gitano la mesa del comedor.
—Hola familia— dijo para el cuello de su camisa Marcelino mientras saludaba con su mano con poco entusiasmo.

Acto seguido se acercó a su primo Alvarito para felicitarle. Éste, como buen post-adolescente con ganas de mostrar al mundo su madurez, exhibió cierta indiferencia cuando Marcelino le entregó su regalo. Justo en el momento en el que Alvarito abría el envoltorio, Marcelino se encontró con los ojos asesinos de su madre, la cual entraba al salón procedente de la cocina. Manuela Claverina era muy quisquillosa con la puntualidad. Marcelino respiró hondo a la vez que devolvía una mirada de paciencia a su contrariada madre.

Enseguida fue llegando la comida a la mesa. Sándwiches, jamón, queso, aceitunas, frutos secos, patatas fritas y demás alimentos propios de meriendas de cumpleaños poblaron la mesa. Por supuesto no faltaron tampoco los refrigerios. Fantas, coca-colas y trinaranjus para los pequeños, cerveza y vino para los adultos. La comida fue desapareciendo de los platos a una velocidad vertiginosa. Mientras tanto se sucedieron conversaciones sobre deportes, noticias de actualidad y, cómo no, política. El abuelo Claverino solía exaltarse en exceso al hablar sobre tan delicado tema, por lo que desde que en una ocasión tuvieran que llevarle al hospital bajo la sospecha de un amago de infarto, la familia tendía a no discutir demasiado y sobre todo no llevar la contraria al vehemente abuelo.

Marcelino, enclaustrado en su mundo, mantuvo pequeñas conversaciones paralelas con alguno de sus primos mayores, pero no quiso intervenir en la conversación principal de la mesa. Su cabeza estaba en otras cosas.

— Bueno Marcelino ¿y tú, qué tal? ¡Que no has abierto el pico! ¿Te echas novia o qué? Que como sigas así se te va a pasar el arroz— interrumpió su tía Juani, una fanática de la prensa rosa familiar.

Marcelino estaba acostumbrado a las burlas amorosas de su tía, pero aquel día no estaba de humor.

- No, tía, nada de novias — contestó secamente.
— Ay, hijo, pues qué aburridos sois los hombres de hoy en día. A mí a tu edad se me tiraban al cuello. No me creo que no liguéis nada. Todos los primitos igual. ¡Qué aburridos! — replicó guasona Juani.
— Que no Juani, no le hagas ni caso. Que yo sé que lleva unos días viéndose con una chica que le gusta mucho — interrumpió Manuela Claverina muy inoportuna.

Nunca Marcelino miró a su madre con una cara de odio como la de aquel día.

—¡Ay, no me digas! ¡Que Marcelino se nos ha echado novia! ¡Qué alegría! ¿Y qué es compañera del trabajo?
— Qué va mujer, ¡la cajera del supermercado de su barrio! — gritó a los cuatro vientos Manolo Claverino quien en aquel momento se lanzaba a coger un trozo de jamón.

Para entonces toda la familia ya estaba mirando a Marcelino. Éste, rojo como un pimiento, lo único que quería era lanzarse al cuello de sus dos progenitores.

— ¡Marcelino, hijo, cuenta algo! ¡Que no pasa nada! ¡Si todo queda en familia! — gritó exaltada otra de sus tías quien en ese momento entraba desde la cocina portando una tarta con dieciocho velas prendidas.
— ¡Habemus boda! — vociferó alguien con un tono de voz algo chisposo.

En ese preciso instante se apagaron las luces del salón y todos comenzaron a cantar al unísono el “cumpleaños feliz”. Marcelino con un gorrito de payaso y un matasuegras de los chinos en la boca, se unió al coro con la misma ilusión que lo habría hecho un hombre condenado a la muerte.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: El concierto

— No seas pesado tío — dijo Marcelino empujando con desprecio a su amigo Rufino Palomino.
— Cómo te pones macho. Sólo preguntaba — contestó éste un tanto sorprendido.
— Es que llevas veinte minutos dando la matraca y ya te he dicho mil veces que Gimena no me dijo absolutamente nada. Hizo como si nada hubiera pasado.
— Es que entonces no se cual es el problema Marce — sentenció Rufino elevando un tanto la voz.
— Pues que seguramente no dijera nada por que ella también estuvo con el asqueroso de la moto durante esos días.
— Madre mía, eres un rayao… — contestó resignado Palomino.
— ¡Ey chavales! — interrumpió dando empujones a todo el mundo en la cola un exaltado Gustavito Calatrava— me han dicho los de seguridad que abren las puertas en veinte minutos. Serán cabrones.
— Toda la vida igual estos mamones del Jazzmatazz, siempre haciendo esperar a la gente — murmuró airado un personaje barbudo situado justo detrás del grupo de amigos.
— ¡Chusma! — gritó al cielo mirando hacia la puerta Rufino como si su grito fuera a adelantar el inicio del concierto.

De vuelta a casa, con los dedos de Florinda marcados en la mejilla, Marcelino no se atrevió a abrir la boca. La situación era tan obvia que descartó plantear cualquier tipo de excusa. “A lo hecho, pecho”, pensó. Gimena lejos de entrar en cólera, se limitó a mirar al suelo con la cara impávida de quien parece digerir una mala noticia. Sin embargo ciertas miradas y sonrisas cómplices desconcertaron a Marcelino. La guinda la pusieron las palabras de despedida, las únicas de aquella noche. “Vaya con el que no rompía un plato” se limitó a decir Gimena casi picarona mientras se lanzaba cautelosa a los labios de Marcelino.

—¡Que no seas pesado!—grito Marcelino elevando la voz sobre los intermitentes punteos de guitarra provenientes de la prueba de sonido.
—Oye que sólo pretendo ayudar. Si hay que darle un sustito al “motero makoki” se le da. Ya sabes que sólo tengo que descolgar el teléfono y se planta to mi barrio donde digas—comentó ahora ya jocoso y algo intrigante Rufino.
—De verdad que dices unas tonterías—contestó con cierto desprecio Marcelino, consciente de la burla a la que estaba siendo sometido.
—Además, tronco, lo mismo le van las relaciones abiertas. Rollo libertarias. Ya me entiendes….—dijo ahondando más en la burla Palomino.
—O lo mismo no soy más que el segundo plato. El sordito tonto. El amiguito con el que llorar—dijo mirando al tendido Marcelino removiendo repentinamente miedos que parecían ya enterrados.
—¡Marchando las primeras birritas señores!¡Fresquitas, fresquitas! Por cierto, había unas chavalitas en la barra que cuidadín. Me han guiñado un ojo. No te digo na y te lo digo to. Ya me entendéis, ¿no? Además teniendo en cuenta el estado de seducción en el que se encuentra Don Marcelino Claverino ¡Habrá que atacar!—dijo Gustavito haciéndose hueco entre las ya pobladas primeras filas de la sala.

Tras despedirse de Gimena, y ya en casa, Marcelino como de costumbre no paró de darle vueltas a la cabeza. Preparó la mochila para el partido con los Little Thunders. Echó un vistazo a los horarios de la jornada liguera y llamó a su madre. Charlaron sobre la semana y lo mucho que ella le echaba de menos desde que se había emancipado. Prometió Marcelino asistir a la reunión familiar que sus abuelos organizaban el domingo por la noche. Uno de sus primos pequeños cumplía dieciocho años y lo habrían de celebrar. Brevemente mencionó sus citas con Gimena. No quería dar demasiados detalles. Sabía de buena mano que su madre se solía emocionar enseguida, imaginándose a su hijo, por fin, en el altar. Si habló sin embargo en profundidad sobre ello con la voz de su conciencia. Pese a las eventuales borracheras y enajenaciones mentales transitorias de su gran amigo Gustavito Calatrava, sabía que en un estado sereno no había mejores consejos que los suyos. O al menos así a él le parecía.

Gustavito escuchó paciente a Marcelino. Valoró la buena actitud mostrada por Gimena quien lejos de enfadarse ante semejante panorama, se había mostrado cautelosa y comprensiva. Intentó mitigar las irrefrenables paranoicas ideas que como siempre comenzaban a brotar en la cabeza de Marcelino. Gustavito conocía bien a su amigo. Sabía que debía cortar la concatenación de absurdos razonamientos que empezaban a hilarse en su mente. Intentó hacerle ver las grandes muestras de interés mostradas por Gimena durante aquellas tardes de paseos adolescentes, así como las infundadas sospechas sobre el “motero makoki”. Además, para apaciguar los ánimos sugirió a Marcelino que le acompañase al concierto de un decadente grupo independiente nacional al que solían seguir en sus años universitarios. Por allí andarían antiguos amigos de la universidad, entre ellos Antonio Limonero y sus secuaces. Las entradas correrían de su parte, pues sus colaboraciones periodísticas con diversas revistas musicales le permitían acceder a entradas gratuitas en determinados eventos. Reiteró que Rufino Palomino, con el que había hecho buenas migas en la ya remota desquiciada noche en el “Déjate Llevar”, estaba también invitado.

— ¡Marce! ¡¿Te acuerdas de la primera vez que escuchamos a esta gente?! No hacía mucho que te habían puesto el implante. Me acuerdo que saqué mi mp3 aquel cutre que tenía y me quedé flipado cuando conectaste el cable al aparato. Te acababa de conocer y me pareció una cosa futurista. Me acuerdo como si fuera ayer, me dijiste que con el implante la música la percibías mejor que con los audífonos y que aquello había cambiado tu vida — comentó exaltado y un tanto nostálgico Gustavito instantes antes de que la banda apareciese en escena.
— Si me acuerdo macho. Y ahora míranos, diez años después llorando las penas con los mismos mamarrachos— dijo Marcelino aguando la fiesta justo cuando el cantante principal aparecía en escena y la multitud comenzaba a lanzar enfermizos vítores.
— ¡Ni penas, ni nada Marce!¡Eres un tío con suerte!¡Vaya novia te has echado!¡Ahora a disfrutar de estos grandes!— gritó enardecido Gustavito agarrando por los hombros a sus dos amigos implantados y poco convencido de que alguno de los dos le hubiese escuchado dadas la algarabía originada.

Rufino Palomino poco asiduo a aquellos conciertos, pero contagiado por el ambiente de treinteañeros sedientos de recuerdos de tiempos pasados, alzó los brazos al cielo dispuesto a dejarse el alma con aquella música, la cual más tarde paradójicamente tacharía de pusilánime.

Los primeros acordes guitarreros comenzaron a invadir la sala. La batería y el bajo se unieron enseguida a la pegadiza melodía. Las luces de colores apuntaban en diversas direcciones haciendo vislumbrar entre el público por imperceptibles espacios de tiempo caras de absoluta felicidad. El aspecto decadente y desfasado de la banda ponía la puntilla a la locura colectiva allí vivida. La gente saltaba desenfrenada esperando con impaciencia el momento en el que comenzarían a desgañitarse cantando las estrofas y estribillos de todas y cada una de las canciones de la banda. De repente saliendo de la nada y poseído por un sentimiento de efervescencia generalizada, Antonio Limonero apareció entre la masa lanzándose por la espalda al cuello de los tres amigos. Justo en aquel preciso instante las primeras palabras entonadas por el cantante acompañaron las enérgicas melodías instrumentales, Limonero enajenado acompañó a gritos la letra abrazado a sus añorados amigos.

“Ahora sé que nos parecemos,
ahora parece que sé
que tú y yo somos igual”

Gustavito y Rufino, enseguida se subieron al carro de enajenación mostrado por Antonio. La sala Jazzmatazz iba a estallar. Marcelino, sin embargo, inmiscuido en sus pensamientos parecía vivir ajeno al ambiente allí generado. Retiró de su hombro el brazo de Antonio Limonero. Lejos de saltar se mantuvo quieto como una vela. La luz de un foco rosado mostró por un segundo un rostro que distaba mucho de la felicidad absoluta.

(Continuará)

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Marcelino Claverino: Maldito sambenito

Con la entrepierna anudada a la garganta llegó Marcelino a la reunión de Sordotapias. La alargada sombra de la enfurecida Florinda Biensalida se cernía amenazante sobre él. Cada vez que repasaba aquel iracundo mensaje mañanero se le erizaban cada uno de los pelos de su cuerpo. ¿Qué estaba dispuesta a hacer aquella desequilibrada y despechada mujer? Un escalofrío recorría su cuerpo con tan solo plantearse la pregunta.

Había intentado buscar excusas a lo largo del día para no asistir a la reunión, pero el convencimiento mostrado por Gimena y el hecho de haber quedado con la directora de la asociación le hicieron descartar cualquier disparatada idea. Por tanto, no sin antes maldecir a los alentadores Gustavito Calatrava y Rufino Palomino, decidió apechugar y asistir a la reunión como lo habría hecho cualquier otro viernes. Rezó, eso si, para que Florinda tuviese algo mejor que hacer aquella tarde que colgarle el sambenito delante de toda la audiencia sorda de la ciudad.

Los escasos doscientos metros que separaban la parada de autobús de la puerta de la asociación los recorrió Marcelino con una tensión desmedida. Le sudaban las manos y sus ojos disparados buscaban entre los transeúntes la colérica mirada de una mujer sentimentalmente herida. Gimena, completamente ajena a la rocambolesca situación, no hacía más que preguntar nerviosa acerca de las personas que allí conocería. Buscaba de alguna manera que Marcelino rebajase el nivel de incertidumbre que toda persona experimenta antes de adentrarse en un grupo de gente desconocido. Éste, pendiente de otros menesteres, se mostraba indiferente ante las preguntas de la cajera.

—¡Ay Marce! ¡¿Qué te pasa? ¡Estás como ido!— espetó Gimena golpeando con su codo el brazo de Claverino.

Marcelino, saliendo de su paranoico estado mental, balbuceó cuatro palabras sin sentido alguno.

—¿Pero qué dices? De verdad que no sé qué te pasa, los tíos sois rarísimos a veces— sentenció Gimena algo molesta.

En aquel momento enfilaban ya la última manzana del trayecto que les llevaría hasta la asociación. A lo lejos un amplio grupo de personas se hacinaban en corro en frente del portal. Los múltiples movimientos de brazos y manos delataban claramente a los allí presentes.

—Pero Marce tío, no me habías dicho que aquí hablaban con señas. Vaya palo, que yo no tengo ni idea de signos. Quien me manda a mí hacerte caso de verdad—dijo Gimena insegura al ver el panorama desde lejos.

Marcelino, todavía ausente, analizó en cuestión de segundos a todas y cada una de las personas que formaban el corro. La distancia complicaba la tarea de reconocimiento, pero su portentosa agudeza visual le permitió experimentar una transitoria sensación de relajación. Florinda, por el momento, no se había personado.

Al llegar al grupo, Marcelino presentó con decoro y quizás algo presumido a su nueva chica a la vez que oteaba el horizonte de reojo en busca de una mujer fuera de sí. Allí estaban Elenita Piñuelos, Guillermina Seisdedos y algún que otro personajillo conocido en Sordotapias. Todos saludaron cariñosos a Gimena. La intérprete medió con solvencia en la comunicación con los signantes. Mientras esperaban a que alguien de la asociación apareciera, Elenita Piñuelos ya hacía migas con la angustiada cajera.

La puerta de la asociación se abrió súbitamente. Tras ella apareció Teresa Sobrados, directora de la asociación Sordotapias.

—Perdonad chicos. Me he liado en el dentista y he llegado un poco tarde. ¡Ay Marcelino! Había quedado contigo para hablar, ¿no? ¡Qué desastre! Venga, pasad, pasad— comentó angustiada.

Todos los presentes fueron entrando paulatinamente. Como era tradición, una mesa con bebidas, panchitos y aceitunas daba la bienvenida a los amigos de la asociación. Todos se colocaron alrededor de la mesa y continuaron con la charleta iniciada en la calle minutos antes. Gimena seguía hablando con Elenita Piñuelos. Marcelino, todavía con la tensión en el cuerpo, se extrañó de que no hubiese llegado su amigo Rufino. Cayó en la cuenta de que todavía no habían hablado acerca de la nueva situación con Gimena. En seguida, Teresa Sobrados agarró a Marcelino del brazo y como buena conocedora del mundo de la sordera poniéndose delante de él dijo:

—¿Cómo estás Marce? Vamos a mi despacho antes de que empiece a llegar más gente ¿Te parece?
—Por supuesto. Pero déjame que se lo diga a mi amiga—contestó Marcelino señalando a Gimena.
—¿Amiga? Anda Marcelino que menudo pájaro estás tú hecho.

Un sutil gesto con la cabeza bastó para que Gimena quedase enterada de que Marcelino desaparecería por un rato. No pareció importarle mucho a la cajera pues seguía hablando por los codos ya no solo con Elenita Piñuelos, sino con otra chica con audífonos que se había unido a la conversación. Eso le permitió a Marcelino entrar algo menos preocupado al despacho. Florinda Biensalida, eso sí, seguía repicando en su cabeza.

La reunión se extendió por unos cuarenta y cinco minutos. Marcelino pudo centrarse en la conversación. Diversas posibilidades y mediadas accesibles para el museo fueron expuestas por Teresa. Marcelino apuntó minuciosamente todo en un cuaderno y se llevó una guía de accesibilidad para personas con discapacidad auditiva que acababa de publicar la asociación. La directora también se ofreció para asistir a cualquier reunión con el comité de accesibilidad del museo. A Marcelino le pareció una magnífica idea.

Al terminar la reunión y nada más atravesar el umbral de la puerta del despacho, Marcelino abandonó de inmediato el estado transitorio de tranquilidad para volver a la cruda realidad.

—Tú, tú, tú ¡¿pero de dónde has sacado a ese pivón?! Ya decía yo que tu cuelgue no era normal. ¡Pero que máquina!¡Eres mi héroe!¡Dame un beso anda, dame un beso!—gritó exaltado Rufino Palomino mientras agarraba la cara de Marcelino con las dos manos con su característica efusividad.
—Por favor Rufi tío, que te va a ver…—dijo avergonzado Marcelino.
—Por cierto tronco. La Florinda está por aquí. Vaya marrón ¿no? Creo que está en el baño. Esto es como una telenovela. ¡Se va a liar!

Al oír el nombre de Florinda, la cara de Marcelino mutó a un color blanco enfermizo. Su corazón comenzó a latir a una velocidad vertiginosa. Tras unos segundos de bloqueo mental apartó a su amigo de su camino y salió disparado hacia Gimena quien seguía charlando ahora ya con un grupo numeroso de gente. La agarró del brazo y, sin mediar palabra, la arrastró en dirección a la puerta de entrada.

—¿Pero qué haces Marce?— preguntó Gimena entre avergonzada y sorprendida.
—Luego te cuento, tú hazme caso— contestó Marcelino mientras elucubraba una buena excusa.

Gimena asombrada pero convencida de que habría alguna buena razón para salir de allí, siguió a Marcelino. Justo cuando iban a cruzar la puerta de la calle Marcelino Claverino notó como le agarraban por la espalda. Nada más girarse una cantidad considerable de agua impactó sobre su cara. Un doloroso tortazo a mano abierta le cruzó la cara inmediatamente después. Florinda Biensalida gesticulaba y producía sonidos sin orden ni concierto. El humo propio de los cómics emanaba literalmente por cada una de sus orejas.

—Florinda dice que eres un impresentable. Y pregunta que si esa cualquiera es el motivo por el cual no la has vuelto a escribir— tradujo cohibida desde la distancia la intérprete de lengua de signos.

Marcelino miró con carita de perro degollado a Gimena. Ésta no supo como reaccionar. La multitud quedó callada. Un silencio nervioso se apoderó de la estancia. Instantes más tarde una sonora carcajada liberó la tensión. Rufino Palomino se tronchaba de risa tirado sobre uno de los sofás de la asociación Sordotapias.

(Continuará)

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Marcelino Claverino: Sólo escúchame

Jamás olvidaría Marcelino aquella idílica semana. Todavía sumido en el atolondramiento propio del enamorado pasó por aquellos días flotando en baños de serotonina. Todo era genial. La vida era maravillosa. Se levantó con energía todas y cada una de las mañanas venideras. Saludó simpático al portero de casa, al quiosquero, al conductor del autobús y, cómo no, a Don Miguel, el guardia de seguridad del trabajo.

¬— ¿A ti, qué mosca te ha picado Marcelino? ¡Estás que te sales! — Le llegó a decir Don Miguel al ver entrar silbando a Marcelino una de aquellas radiantes mañanas.

Marcelino sobrado de optimismo se limitó a guiñarle un ojo mientras levantaba su pulgar en señal de victoria.

Aquellos días todos sus compañeros le parecieron más simpáticos. Incluso su jefa, siempre gruñona y distante, le resultó algo más campechana y agradable.

El proyecto de accesibilidad seguía su curso en el museo Ptolomeo y un pletórico Marcelino, como miembro del comité de accesibilidad, comenzó a investigar maneras de llevar a cabo la integración de las personas con discapacidad auditiva durante las visitas al museo. Escribió a la directora de la asociación Sordotapias, pues sabía que desde la asociación habían asesorado a diferentes empresas en tal particular tarea. Cines, teatros, hoteles y museos de la ciudad habían pasado por sus manos. Quedaron ambos en verse en la reunión de amigos sordos de la asociación de los viernes por la tarde. Allí hablarían sobre las distintas maneras de dotar al museo de las mejores prestaciones de accesibilidad en función del presupuesto y los objetivos que se planteasen.

Todas las tardes, al volver del trabajo y antes de llegar a casa, se detuvo Marcelino a las puertas del supermercado. Sin llegar a entrar y desde el otro lado de la acristalada puerta automática, saludó cariñoso a Gimena. Ésta, algo cohibida ante la presencia de jefes, compañeros y clientes, se limitó a sonreír desde la caja visiblemente emocionada. Todos los días, al caer la noche y una vez terminada la jornada laboral de la cajera, Marcelino bajó de casa a ver a su chica predilecta. Pasearon sin rumbo por el barrio cogidos tímidamente de la mano. Se sentaron en los bancos de los parques a pasar el rato, tal y como hacían infinidad de adolescentes de la zona en sus tardes muertas. Los restos de pipas, chucherías, cigarrillos y alguna que otra lata de cerveza así lo indicaban.

Gimena, vestida con el traje de faena, parecía cómoda con aquella forma de proceder. Marcelino consciente de la necesidad de empatizar con la mujer durante las primeras citas, se limitó a seguir lo que ésta propusiera. Se moría por invitar a la cajera a su casa, pero creyó prudente no forzar una situación que creía que con el tiempo se daría.

En aquellos románticos paseos, Gimena encontró un magnífico momento de desahogo. El perder audición a tan pronta edad y de una forma tan inesperada estaba siendo un golpe difícil de encajar. El miedo a lo desconocido, al no poder volver a comunicarse con fluidez y sobre todo el miedo al aislamiento social, la tenían completamente bloqueada. Además, el hecho de tener que llevar unos aparatosos cacharros en las orejas suponía un golpe directo a la autoestima de una guapa y coqueta joven como ella.

—Esto es todo menos sexy Marce. ¿Has visto alguna modelo con audífonos alguna vez? No, ¿verdad? Pues por algo será. Me siento fea y ridícula con ellos. Y encima pitan, oigo ruidos molestos y la voz de la gente, incluso la mía, es diferente. ¡Es un asco!— comentó Gimena algo ñoña una de aquellas tardes sentada en uno de los bancos.

Marcelino cayó en la cuenta entonces de que Gimena luchaba por tapar con su cabello suelto la señal más evidente de su discapacidad, los engorrosos audífonos. Nunca la había visto con coleta. Pensó que debía verse magnífica con ella, aún a cuenta de dejar a la vista aquellos aparatos con los que estaba condenada a entenderse de por vida.

Gimena, además, en pocos meses había tenido que aprender un lenguaje completamente nuevo. Audiogramas, cócleas, audiometrías, moldes, pérdidas neurosensoriales, mixtas, conductivas y miles de nuevos términos relacionados con la discapacidad auditiva se habían plantado sin avisar en su vida. Toda aquella información era difícil de asimilar en apenas seis meses. Sentía que, además de tener que aceptar y superar una discapacidad, debía estudiar un master universitario en sordera sin haber opositado para ello.

Marcelino, con la lección de la sordera bien aprendida a lo largo de toda una vida, pero consciente del difícil trago por el que Gimena estaba atravesando, se limitó a escuchar con infinita paciencia todos los miedos que asaltaban a la guapísima cajera. Recordó cómo su madre siempre contaba lo importante que fue para ella al quedar su hijo sordo con dos años, dar con una profesional que en la primera entrevista se limitó a escuchar sus miedos y dudas en relación aquella inesperada y trágica nueva situación.

—En ese momento, lo último que quieres es que te sigan hablando de sordera. Sólo necesitas llorar y contarle a alguien el miedo que tienes. Cuando me enteré que mi hijo era sordo no quería saber nada de audífonos. Sólo quería que me escuchasen, que me abrazasen y me dijesen que efectivamente lo que me había pasado era una auténtica desgracia— había oído Marcelino decir a su madre en más de una ocasión.

Con lo expresado por su madre bien presente, procuró crear un ambiente de confianza en el que Gimena pudiese desahogarse. Más de una vez se le saltaron las lágrimas a la cajera y Marcelino, con un nudo en la garganta, no pudo hacer más que ofrecerle un comprensivo abrazo, tal y como quizás hiciera aquella profesional con su madre casi treinta años atrás. Por otro lado, Gimena por fin había encontrado lo que llevaba seis meses buscando, alguien que se limitase a escuchar sus penas y no intentase quitar hierro a tan complicado asunto. De hecho, estaba harta de escuchar comentarios de sus familiares y amigos que con ganas de ayudar infravaloraban el impacto que la sordera pudiera tener en su vida.

—Ya verás mujer, si hoy en día los audífonos son fenomenales. Tampoco es para tanto, te pones el aparato y es como tener un oído nuevo— había llegado a escuchar Gimena en boca de alguna desafortunada amiga.

El jueves por la tarde, tras el paseo protocolario de cada día, Marcelino acercó a la cajera a la parada de autobús tal y como venía siendo costumbre durante la semana. Sentados sobre el asiento de la marquesina y cogidos de la mano, Marcelino dijo:

—Sabes Gime (la confianza ya le permitía acortar el nombre de su queridísima dependienta de supermercado), creo que te vendría bien pasarte por Sordotapias. Allí hay mucha gente como tú y quizás hablar con ellos te ayude. ¿Qué te parece?
—Ay, Marce, no sé. Me da un poco de palo. No les conozco de nada—contestó dubitativa Gimena.
—Tampoco me conocías a mí de nada y mira cómo estamos…—replicó Marcelino aumentando la fuerza ejercida por su mano sobre la de Gimena a la vez que se acercaba tímidamente hacia ella.
—Pues visto así quizás tengas razón, debería pasarme—dijo Gimena con su característico gesto de avergonzada fogosidad al ver acercase a Marcelino.

Ambos se aproximaron con sigilo e iniciaron enseguida un tierno beso de pareja primeriza.

—Pues mañana tenemos reunión en la asociación. Yo he quedado con la directora— dijo Marcelino de repente con los labios de Gimena todavía sobre los suyos.

Ésta, sorprendida por el comentario en tal romántico momento, se separó de Marcelino con el mismo sigilo con el que se había acercado momentos antes.

— ¿Sabes una cosa, Marce, que llevo preguntándome todos estos días? — dijo mirando sensual a Marcelino.
¿Eh? — contestó éste con cara de pasmarote.
—¿Qué si sabes qué llevo preguntándome todos estos días?— repitió Gimena marcando con sensualidad cada una de las palabras de la oración y acercándose de nuevo melosa a escasos centímetros del zangolotino Marcelino.
—Pues ni idea— contestó Marcelino con cara de adolescente descolocado.
—Pues me he estado preguntado lo siguiente— Gimena detuvo su discurso durante unos segundos, y con sus labios de nuevo sobre los de Marcelino susurró:
—A ver cuándo el chaval éste deja de hacer de psicólogo y me invita a subir a su casa.

El comentario de Gimena cayó como una bomba de pasión bajo la marquesina. Aquella parada de autobús jamás presenció una tensión carnal parecida a la de la joven pareja con aparatos en las orejas. Marcelino siempre recordaría aquel legendario instante. Ambos se fundieron en un casi violento beso.

A la mañana siguiente, el despertador vibró como siempre a las siete y media de la mañana. Gimena yacía completamente dormida al otro la de la cama ajena a cualquier vibración procedente de la alarma. Marcelino despertando dentro de un sueño agarró el teléfono antes de incorporarse de la cama. Un wasap de la ya olvidadísima Florinda Biensalida esperaba a ser abierto.

—Eres el tío más cerdo que he conocido. Más te vale no encontrarte conmigo. Cabrón— decía amenazante el mensaje de una asidua a las reuniones en Sordotapias.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Brillo en los ojos

Marcelino siempre había oído en boca de su padre que el paso a la edad adulta se caracterizaba por una extraña sensación de pérdida de ilusión generalizada. A los ojos de Manolo Claverino, ser un adulto no era más que darse cuenta de que todo aquello que te habían prometido de pequeño “era una auténtica patochada”. Un par de desengaños amorosos, la muerte de un ser querido y verte explotado laboralmente por una gran multinacional sin escrúpulos solían ser motivos más que suficientes para perder ese brillo en los ojos tan característico de niños y pre-adolescentes.

—¿Ves las caras grises de los mayores, Marcelino? Estamos amargados. No tengas prisa por crecer, ser mayor es aburrido— solía comentar Manolo años atrás a su hijo cuando le llevaba de la mano al colegio de su barrio.

Hacía tiempo que Marcelino había perdido ese brillo vital en los ojos. La universidad, el trabajo, alguna historia amorosa, amistades traicioneras y otro sin fin de circunstancias se habían encargado de ir apagando esa inocente luz ocular con la que todo ser humano viene al mundo.

Pese a que Marcelino era consciente de ello, sin saber muy bien por qué, aquella noche camino del Wild Thing se acordó de las palabras de su padre. Tenía ganas de ver a Gimena pero había perdido la ilusión casi enfermiza de aquellos primeros días. Tal y como sucede con el salto a la vida adulta, la euforia inicial había dado paso a la resignación y a una extraña sensación de desencanto. Por un lado, desencanto consigo mismo, pero sobre todo con no poder vivir la película romántica que había imaginado. Supuso que uno de los focos de frustración más desagradables que uno pueda encontrar tiene que ver precisamente con no poder experimentar aquello que uno desea. También pensó que aquella lección nadie la impartía en los colegios.

Con las manos en los bolsillos y una oscura camiseta de un conocido grupo musical de los ochenta, entró Marcelino en el tranquilo y bien acondicionado garito de su barrio. Gimena sentada sobre uno de los modernos taburetes de la barra sonrió triste al ver entrar a Marcelino. El póster de los Beatles, como ya era tradición, dominaba la escena. Un vaso de tubo lleno de coca-cola descansaba sobre la barra cerca de la cajera.

—¿Hoy no bebes copas?— preguntó Marcelino sentándose en otro taburete en frente de Gimena.
— No estoy para alcohol— contestó con mirada apenada la cajera.
— Te entiendo, pero yo, pese a todo, me voy a pedir una cerveza—dijo Marcelino mirando al camarero mientras lanzaba un suspiro al aire.
¬¬— Muchas gracias, Marce, por venir. Creo que esta situación es absurda. Tenemos que hablar. Parecemos dos niños pequeños.
— Ya lo sé, yo antes de nada te quería pedir perdón por lo de esta tarde. Me he pasado. No sé en qué estaba pensando.
— No te preocupes. Estamos los dos un poco alterados. A mí esto de la sordera me trae por la calle de la amargura.
— ¿Lo de la qué te trae por la calle de la amargura? — contestó guasón Marcelino sonriendo de manera cómplice a la cajera mientras extendía su mano cerca de su oreja a modo de pantalla.

Gimena, aunque sin cambiar su apenado gesto, no pudo evitar dejar escapar una risueña mueca.

¬— Qué fácil lo tenéis algunos. Esto de no oír forma ya parte de vuestra vida. Pero cuando te llega de sopetón créeme que es una putada — comentó Gimena acto seguido.
— Tienes razón, pero al final es cuestión de asimilarlo. He conocido a mucha gente que ha pasado por algo parecido — replicó algo pedante Marcelino.
—No creo que pueda asimilar que nunca más vaya a volver a oír como antes. Nunca pude imaginar lo importante que es oír. Si no oyes estás fuera del mundo. Es como ir a China y no llevarte ni un diccionario. Estás completamente apartada.
—Pues yo llevo viviendo en China casi treinta años y, aquí estoy, todavía no me he muerto. Como te decía, al final es cuestión de acostumbrarse— contestó Marcelino mostrando poca destreza a la hora de comunicarse con el género femenino.
¿Qué fuiste a China hace tres años? Joder, como viven algunos ¿no?
—¿Yo a China? ¡Pero que dices! ¡Si que te ha pegado fuerte la sordera! ¿Te has puesto los audífonos, Gimena? — dijo Marcelino riéndose casi a carcajadas mientras hacía gestos de ostentosa burla — ¡a mí no se me ha perdido nada con los chinos! — añadió.

Gimena, roja como un pimiento, lejos de tomarse la reacción como una ofensa, sonrió como lo hacen los niños enfurruñados cuando sus padres les toman el pelo. Brazos cruzados, ceño fruncido, mirada de medio lado y una sonrisa traicionera que delata hasta el mejor intérprete. En el caso de Gimena, esa sonrisa, adornada con aquel presumido lunar, era una de las expresiones más cautivadoras que Marcelino jamás hubiera visto. Al tener aquello otra vez frente a sus ojos, comprendió de nuevo por qué aquella cajera del supermercado le hacía perder los papeles de una manera tan perturbadora e insana, pero a la vez tan extraordinariamente maravillosa.

Hubo unos segundos en los que Marcelino navegó por una nube de geniales emociones. Por primera vez desde que entrase en el Wild Thing, se percató de que Gimena era una mujer realmente atractiva. Su ineludible condición de varón le hizo olvidar por momentos todas sus desconfianzas y recelos relacionados con aquella tormentosa relación.

— Estas guapísima Gimena… — soltó de repente Marcelino sumido en aquel torrente de testosterona.

Gimena Torremocha todavía decidiéndose entre el enfado o la carcajada ante las burlas de Marcelino, elevó la intensidad del rojo de su piel pero claramente halagada dijo:

— A este Marcelino me lo han cambiao. Quien te ha visto y quien te ve…¬¬— tras unos segundos de pausa Gimena añadió complacida — Pero creo que así me gustas todavía más.
— Pues ya ves… no hay nada como perderle el miedo a las cosas— contestó Marcelino confiado mientras miraba fijamente a Gimena y agarraba su mano con firmeza.

Volaron los niveles de endorfinas por todos los resquicios del garito. Una bonita canción acompañaba el momento. Un foco de intensa luz parecía iluminar la estampa de aquellos dos tortolitos haciéndoles destacar respecto a la penumbra del resto del bar.

A partir de aquel instante, la noche se convirtió en una nueva primera cita. Aparcados quedaron los problemas que pudieran haber surgido anteriormente. Marcelino ni siquiera pensó en el motero makoki o en los obscuros intereses que Gimena pudiera tener. Tampoco pensó ésta en su sordera, ni en la desagradable reacción mostrada por Marcelino en el banco de la esquina de su calle. Tal y como sucede con las parejas asentadas tras hacer el amor, un pequeño subidón de endorfinas parecía más que suficiente para enterrar todas las rencillas. Ahora bien, tal y como es bien sabido por las parejas de largo recorrido, la química cerebral tienen un efecto pasajero. Cuando la materia gris vuelve a su estado de actividad normal, los miedos, dudas y reparos que parecían enterrados vuelven a brotar mostrando sus más crueles vertientes.

Ajenos a cualquier tipo de posible amenaza futura, e inmiscuidos en su particular estado de profundo enamoramiento, tal y como hicieran días antes, hablaron durante horas de temas que fueron de lo más absurdo a lo más profundo. De lo más comercial a lo más independiente. De lo más romántico a lo más chabacano. Les dieron las mil aquel lunes por la noche en el Wild Thing. Al salir del bar y ya con el camarero echando el cierre a la verja, Gimena se detuvo delante de Marcelino. Agarrados por las dos manos y con la sonrisa floja propia de los enamorados se miraron ambos a los ojos durante unos segundos.

¿Sabes una cosa Marce? — preguntó Gimena con tono sensiblero.
Dime…— contestó Marcelino con ganas de conocer la respuesta.
— Ahora mismo tienes un brillo especial en los ojos. Eso me gusta…

Marcelino, con las endorfinas brotándole hasta por las orejas, sin mediar palabra se lanzó apasionado hacia los labios de Gimena. Ésta, receptiva, no opuso resistencia. Se fundieron ambos en un ardiente beso reconciliador. Pensó Marcelino que pese a todo, la edad adulta en ocasiones te regala momentos extraordinarios. El brillo en los ojos se pierde en el camino, pero vuelve de vez en cuando para recordarnos que no hay nada mejor que volver a ser un niño.

(continuará….)

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Marcelino Claverino: El ogro que llevamos dentro

La jornada de trabajo fue un martirio para Marcelino. Se sentía culpable de la difícil situación por la que atravesaba Gimena, pero a la vez no podía alejar de su cabeza la imagen de aquel motero macarra. Además, en lo más profundo de su mente seguía repicando la idea de que Gimena se acercaba a él por puro interés y no por algún motivo amoroso. Aún así, se sorprendió de la frialdad con la que había actuado. Incluso al ver cómo la cajera se sentaba desconsolada en una de las sillas de la recepción desbordada ante la noticia de que su audición había empeorado, Claverino, muy tozudo, se mostró impertérrito.

Él conocía perfectamente el mundo de la sordera y dada la actitud de Gimena intuía que ésta todavía no había superado su discapacidad. Había coincidido en la asociación con multitud de personas que habían necesitado mucho tiempo para comenzar a aceptar que el mundo de los sonidos, tal y como lo habían conocido, se había terminado. Algunas de ellas incluso no llegaban a aceptarlo nunca. Comentaban que en el proceso de aceptación eran típicos los llantos, el ocultar los aparatos y el rechazo a todo lo que tuviese que ver con la sordera. La actitud de Gimena respondía a las mil maravillas a este perfil. Marcelino era consciente de ello, pero los demonios amorosos enmarañaban su mente de tal manera que tras llegar a tan clarividente razonamiento, no podía dejar de sentir rechazo hacia la joven cajera. En su interior, los celos y la desconfianza estaban ganando la partida a la comprensión y la empatía.

Ya en el museo Ptolomeo, la reunión sobre el proyecto de accesibilidad programada para aquel lunes fue un auténtico desastre. Marcelino se perdía en sus antagónicos pensamientos mientras personajes variopintos exponían diferentes alternativas para llevar a cabo el proyecto de accesibilidad. Varias fueron las veces en las que Marisa Flores dio la palabra a Marcelino y éste, despistado, contestó a bote pronto lo primero que le vino a la cabeza. Esta actitud le valió una pequeña reprimenda tras la reunión, aunque esta vez Marisa Flores, mujer poco dada al refuerzo, felicitó con la boca pequeña a Marcelino por la buena impresión que estaban causando en los visitantes sus reseñas sobre los cuadros de Nikito Nipongo.

Al salir del trabajo, sorprendido por las buenas palabras de su jefa, Marcelino se dirigió a casa con la idea de llamar a su amigo y confidente Gustavito Calatrava, quien podría perfectamente seguir en su casa tirado en el sofá durmiendo la mona del fin de semana anterior. A veces, se preguntaba Marcelino qué le habría llevado en su vida a depositar su confianza en semejante personaje. La respuesta nunca la llegaba a encontrar, pero lo cierto es que seguía llamando a aquel zangolotino cuando alguna situación le sobrepasaba. En el trayecto recibió algún que otro wassap de Florinda, al cual, preso de la desesperación, decidió no contestar. Maldijo a los malditos frikis de Silicon Valley. Pensaba que habían dado con el peor invento de la historia de la humanidad.

Cuando llegó al portal y al ir a meter la llave en la cerradura de la inmensa puerta de madera, notó como un afilado dedo golpeaba su espalda. Marcelino se giró sobresaltado y un desconocido señor de avanzada edad dijo:

¬—No te asustes chaval. Te llama aquella chica del banco.
—¡Ay, qué susto me ha dado!— contestó Marcelino con el corazón todavía en la boca— Muchas gracias— apuntilló resoplando mientras lanzaba su mirada hacia la otra esquina de la calle.
—De nada, chaval—dijo el señor sonriendo mientras golpeaba con ahínco la espalda de Marcelino en señal de despedida.

Y allí, en la esquina de la calle, sentada sobre el respaldo de un antiguo banco de madera, pudo ver Marcelino Claverino a Gimena Torremocha vestida con su traje de cajera de hipermercado. Gimena hacía gestos ostensibles con su mano derecha sugiriendo a Marcelino que se acercase. Dudó éste entre meterse corriendo en casa y continuar con su testaruda actitud o dar por fin su brazo a torcer y dejar que la cajera se explicase. Al final, no sin reparos, decidió acercarse. En aquellos veinte metros que le separaban del antiguo y mugriento banco pensó en mil maneras diferentes de iniciar y afrontar aquella inminente conversación.

—Hola Gimena¬— dijo finalmente sin arriesgar al llegar a su altura.
—¿Me puedes explicar de que vas tú por la vida?— contestó sin vacilar bravuconamente Torremocha mientras se incorporaba del respaldo del banco en actitud desafiante.
—Si te vas a poner así Gimena me voy a mi casa— contestó calmado pero seco Claverino.
—Mira niñato, no sabes por lo que estoy pasando con estos cacharros— replicó con los ojos llorosos Gimena mientras se retiraba el pelo de la oreja mostrando sus audífonos — y encima te pido ayuda y me das una patada en el culo. Me ves llorando en el sitio asqueroso ése de los audífonos y eres incapaz de interesarte lo más mínimo. Eres lo peor Marcelino. Eres mala persona.
¬—Mira, Gimenita, no me toques las narices. Primero. Si soy lo peor no sé que haces en la puerta de mi casa como una psicópata esperando a que llegue del trabajo. Y segundo, yo no soy un alma caritativa que va ayudando a los sorditos del mundo. ¿De acuerdo? Si quieres ayuda para superar tus complejos vete a confesar a la iglesia, pero a mi déjame en paz. Yo me esperaba que esto entre tú y yo—dijo Marcelino señalando con el dedo a uno y otro alternativamente— fuese una cosa diferente.

Gimena no pudo dejar escapar un puchero. Sus ojos resquebrajados dejaron escapar unas lágrimas. Hubo unos segundos de silencio. Marcelino chulesco aguantó la compostura.

—¡Eres un ogro!— gritó acto seguido a viva voz Gimena en plena calle justo antes de salir corriendo hacia el supermercado.

Todos los transeúntes allí presentes fijaron su mirada en un ofuscado pero a la vez avergonzado Marcelino. Al sentirse observado, agachó la cabeza e inició el camino de vuelta hacia el portal. La gente, sorprendida, cuchicheaba elucubrando lo que podría estar pasando entre aquellos dos jóvenes con extraños aparatos en las orejas. Marcelino llegó a sentirse como un maltratador. Eso no le gustó. No entendía como no podía controlar a ese, tan bien llamado por Gimena, “ogro” que llevaba dentro. Entró raudo en el portal, subió a casa y se sentó en el sofá. El móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Florinda Biensalida, cual martillo pilón, seguía con su cansina insistencia. Marcelino silenció el teléfono enfadado.

Marcelino Claverino no sabía cómo debía sentirse. Entendía que había actuado con crueldad, pero sus feroces fantasmas le decían que eso era lo que la cajera merecía. Gimena quería aprovecharse de él para superar sus ridículos miedos de sorda, pero al mismo tiempo se veía con otros chicos más apuestos. Definitivamente era lo que se merecía.

Durante la tarde habló con su madre pero no mencionó nada de lo sucedido. No estaba para sermones maternos. Descartó la idea de llamar a Gustavito. Llamó, sin embargo, a un restaurante chino para cenar. Pollo al limón y arroz tres delicias pidió. Al ir a poner la mesa, entre los tupper de comida china, encontró un pequeño pergamino. Era típico en aquel restaurante acompañar las comidas con sabios proverbios chinos. Marcelino lo desplegó.

“Los celos se nutren de dudas y la verdad los deshace o los colma” decía esta vez el siempre oportuno mensaje asiático.

Marcelino se quedó pensativo. La pantalla del teléfono se iluminó. Con desgana echó un vistazo. Esta vez no era Florinda, la aplicación anunciaba un mensaje de Gimena. Sin mucho entusiasmo lo, abrió.

—Que necesite tu ayuda no significa que no pueda sentir algo hacia a ti. Si quieres hablar, podemos quedar en un rato en el Wild Thing. Yo no estoy muy lejos. Por cierto, perdón por llamarte “ogro”—decía conciliador el mensaje.

Marcelino se rompió. Fue en aquel momento cuando decidió que Gimena se merecía una oportunidad. Aquel ogro debía, como había visto en las películas, intentar convertirse en príncipe.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Ser miserable

El teléfono de Marcelino echó humo aquel fin de semana. Florinda Biensalida se destapó como una adicta wasapera. Sus ágiles y precisos dedos desenfundaban más rápido que los de Billy el Niño en el lejano oeste. Trescientos mensajes en un solo día había llegado a recibir Marcelino. Una canallada propia de adolescentes que le traía por la calle de la amargura. Incluso estando sentados a la par en el sofá de casa disfrutando de las ricas tortitas había sacado del bolso Florinda su smartphone para escribir a Marcelino.

– Así nos entendemos mejor– había llegado a leer un ojiplático Marcelino en la pantalla de su teléfono.

Con los nervios de punta y maldiciendo su desliz amoroso, jugó Marcelino su partido semanal el domingo por la mañana. Aún con un regustillo a whisky de garrafón en la boca, saltó a la cancha dominguera con la idea de olvidar la derrota de la semana anterior y resarcirse así del triple fallado en el último suspiro del partido. Esta vez, los Little Thunders cosecharon una cómoda victoria, pero Marcelino tuvo que pagar un alto precio por ello. Un mal golpe en la lucha por un rebote había acabado con su implante en el suelo. Al ir recogerlo, se encontró con el cable suelto y la clavija destrozada. Gajes de la tecnología. Marcelino, como cualquier otro sordo implantado, estaba acostumbrado a ello. Pero, sin embargo, aquella vez y dada su desidia, la rotura de aquel cable supondría el inicio de un curioso efecto mariposa.

Por norma general, Marcelino solía tener cables y bobina de repuesto en casa. Era habitual que cada cierto tiempo tuviese que reemplazar algún componente. Golpes, enganchones, la humedad o el simple deterioro tecnológico solían afectar a tan delicadas piezas. Marcelino en aras de evitar quedarse sin oír durante un tiempo solía comprar cables de más. Sin embargo, tras el último percance, la vagancia le impidió acercarse a su centro auditivo para reponerlos. Así pues, al llegar a casa y tras maldecir su holgazanería, tuvo que asumir que aquel domingo se quedaría sin oír. Debía esperar a la mañana del lunes para acercarse a su centro.

La sensación de silencio absoluto era algo que Marcelino aborrecía. Sólo en determinados momentos lo consideraba un privilegio, pero siempre y cuando tuviese la opción de volver a oír cuando considerase oportuno. Con el implante sin funcionar, el silencio era innegociable y aquello siempre le había resultado pavoroso. El padre de Marcelino recordaba de tanto en cuanto con cierto tonillo burlesco cómo lloraba su hijo desconsolado cuando uno de sus primeros audífonos se cayó a la piscina en un caluroso verano.

–Vosotros lo oyentes nunca sabréis lo que es quedarse sin oír. La sensación de quedarte aislado de todo lo que te rodea es horrorosa. La audición es vital para comunicarte, para acercarte a las personas, para sentirte parte del mundo. Creo que vosotros no valoráis lo que supone oír y es algo que deberías agradecer más a menudo – solía contestar un profundo y herido Marcelino.

Por tanto, aquella tarde tuvo que quedarse en casa. Salir a la calle sin su implante coclear era toda un odisea. En situaciones como aquella pensaba en lo mucho que dependía de aquel aparato electrónico. Sin él, y pese a sus buenas habilidades labio lectoras, se sentía desnudo, desprotegido. Su voz cambiaba, su capacidad para entender a los demás disminuía radicalmente y sobre todo se sentía aislado y temeroso en un mundo en el que los sonidos dan forma a gran parte de nuestra realidad.

La tarde se hizo larga. A Marcelino le gustaba oír la radio durante los domingos deportivos, pero en aquella ocasión tuvo que conformarse con poner los partidos en la televisión y leer los comentarios en los subtítulos. No pudo llamar a su madre como solía hacer. Se limitó a ver los partidos, navegar por internet y sobre todo contestar desesperado los constantes wasaps de Florinda Biensalida. La chica quería quedar de nuevo y Marcelino pese a que la encontraba resultona, sentía que la barrera comunicativa era tan abismal que aquello carecía de sentido alguno. Por momentos comenzaba a desesperarse.

El lunes a primera hora escribió un mensaje a su jefa. Llegaría tarde al trabajo. Pasadas las nueve de la mañana llegó apurado Marcelino al centro. Al entrar preguntó por su audiólogo de confianza, Don Edelmiro Terebelio.

– Está con una paciente ahora mismo – contestó somnolienta y desganada una recepcionista a la que Marcelino no conocía – Pero ¿qué desea?
– Quería un cable para el implante y de paso hacerle una consulta a Don Edelmiro – contestó haciendo un esfuerzo titánico por leer los labios de la recepcionista mientras sacaba el implante de su bolsillo.
– El cable lo tenemos seguro. Déjeme ver qué modelo es. Para ver a Edelmiro tendrá que esperar – respondió la recepcionista exagerando las vocalizaciones y haciendo gestos con las manos, consciente ahora de las necesidades de Marcelino – Voy al almacén a por él. Espere aquí. Si tiene suerte Edelmiro terminará rápido con la paciente – continuó.

La recepcionista abrió una puerta que daba a un pasillo y se dirigió al almacén. Marcelino esperó algo impaciente. Tenía prisa por llegar al trabajo pero por otro lado quería hacer una consulta al audiólogo relacionada con el proyecto de accesibilidad en el museo. La puerta se abrió a los pocos minutos. Salieron por ella la recepcionista con el cable en la mano y el grande y avejentado audiólogo, quien parecía mantener una conversación con alguien situado a sus espaldas. Al pasar por el umbral de la puerta, se descubrió por detrás del fornido torso de Edelmiro una guapísima joven. Dos segundos le bastaron a Marcelino para ver de quién se trataba. Gimena Torremocha.

La sangre de Marcelino se heló por un instante. El trajín del fin de semana le había hecho aparcar el tema de la cajera, pero al encontrársela de bruces y por sorpresa el corazón le dio un vuelco. Gimena salía de aquel pasillo cabizbaja y con un pañuelo en sus manos. Al levantar la mirada del suelo, se encontró con los ojos vacilantes e indecisos de Marcelino. Gimena le miró entre sorprendida y afligida como buscando un consuelo que no acababa de encontrar. Marcelino todavía tenía la imagen de aquel motero en la cabeza. Rabioso, retiro la mirada. Fue entonces cuando apoyada sobre el quicio de la puerta Gimena se derrumbó. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin freno a la vez que intensos sollozos entrecortaban su respiración. Marcelino sin dar su brazo a torcer se mantuvo distante. La recepcionista, desconcertada, a la vez que entregaba el cable a Marcelino acarició con poca decisión el hombro de Gimena. Edelmiro Terebelio algo más empático comentó:

– Gimena, entiendo que esto te supere por el momento. Los bajones en la audición son relativamente habituales. Simplemente hay que volver a programar los audífonos para darles más potencia. Vas a seguir oyendo con ellos.

– ¡Estoy harta de estos cacharros! ¡Porqué me tiene que tocar a mí! ¡Yo no quiero ser sorda! – dijo Gimena entre lágrimas sacando su lado más infantil.

Un silencio sepulcral invadió la recepción del lugar por unos instantes. Sólo los intensos y entrecortados suspiros de Gimena rompían la tensa calma allí vivida. La situación era realmente incómoda.

– Quizás deberías ponerte en contacto con gente en tu misma situación. Ellos te pueden ayudar. Necesitas apoyo– se aventuró a comentar la recepcionista algo incauta.
– Ya lo he intentado. Pero se ve que no soy bienvenida en este mundo de sordos– dijo Torremocha medio ahogándose en su llantina a la vez que lanzaba una mirada colérica a Marcelino.

Fue entonces cuando Marcelino con su implante ya funcionando se sintió el ser más miserable sobre la faz de la tierra.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Déjate llevar

Gustavito Calatrava solía hacer alusión con frecuencia a una discoteca donde según decía era “casi imposible no pillar”. Marcelino, poco entusiasta de los lugares ruidosos, siempre había encontrado nimias excusas para no tener que verse en un lugar que imaginaba mugriento y poco glamuroso. Sin embargo, aquel viernes de horripilante recuerdo decidió hacer una excepción dada la cansina insistencia de Gustavito. Pensaba éste que un clavo sacaba otro clavo y que no había mejor lugar para ahogar las penas amorosas que el “Déjate llevar”. Aunque a Marcelino, en principio, aquello le parecía mísero y ruin, llegó a convencerse de que una salida nocturna aquella noche podría resultar terapéutica.

A las dos de la mañana el libertino lugar se encontraba ya atestado de gente. Grupos de mujeres de treinta y tantos bailaban entusiasmadas canciones de grupos de moda. Los hombres algo más timoratos, contemplaban desde la barra, cubata en mano, los hipnóticos movimientos de caderas de las cada vez más atractivas aficionadas bailarinas. A esa hora, Gustavito Calatrava ya se había pimplado unas cuantas copas y se dejaba ver algo achispado entre un grupillo de damas, las cuales a juzgar por sus curiosos atuendos debían estar celebrando una despedida de soltera.

Rufino Palomino enterado también de la existencia del desde entonces apodado “motero makoki”, había decidido unirse a la fiesta para así respaldar a su herido amigo. En aras de levantar el ánimo de Marcelino, decidió también invitar a otras dos amigas de la asociación Sordotapias. Marcelino había visto por la asociación a aquellas dos chicas pero no había llegado a establecer relación con ellas dado que éstas se comunicaban predominantemente a través de la lengua de signos.

Mientras Gustavito Calatrava intentaba cortejar a alguna de las mujeres de curioso atuendo, Marcelino se vio enfrascado en un conato de conversación a cuatro bandas con Rufino y sus amigas; Margarita Matallanas y Florinda Biensalida. Entre el intenso ruido, las luces discotequeras de colores, el efecto del alcohol, los empujones de la gente y sobre todo el hecho de que Rufino tuviese que ejercer de traductor entre él y las chicas, la conversación era cuanto menos curiosa.

—¡Dice Florinda que a ella le daría miedo implantarse! Prefiere quedarse con sus audífonos aunque oiga peor— gritaba desgañitado Rufino intentando alzar su voz sobre la música.
—¡Tío, no te entiendo nada! ¡Esto es todo un absurdo!—contestó un tanto ofuscado Marcelino.

Rufino miró a su amigo con cara de circunstancias pero prosiguió la conversación a través de los signos.

—Marcelino dice que es una decisión difícil y muy personal. Y que si no quieres implantarte no pasa nada, estás estupenda y guapísima así como estás— dijo dando un codazo cómplice a un indiferente Marcelino.

Florinda Biensalida sintiéndose adulada, miró presumida a Marcelino mientras jugaba provocadora con las puntas de su cabello y se mordía con sutileza el labio inferior de su boca. Marcelino desorientado ante tal amalgama de signos no se percataba de lo que allí se estaba cociendo, aunque se sorprendió ante tal penetrante mirada.

Sumido en aquella absurda conversación, notó Marcelino como alguien le abrazaba violentamente por la espalda. Gustavito Calatrava preso de un sentimiento de exaltación de la amistad propio de la gente alcoholizada había decidido que colgarse como un mono de la espalda de su amigo era una genial idea en aquel momento. El enérgico impacto llegó por sorpresa por lo que Marcelino no fue capaz de sostener a su amigo sobre su espalda. Volaron las copas por los aires y tras un par de ridículos intentos por mantenerse en pie cayeron ambos a plomo sobre la presumida Florinda. Acto seguido se desplomaron los tres en bloque sobre el sucio y pegajoso suelo del “Déjate llevar”. La lamentable caída produjo que Marcelino quedase encajado en un sándwich humano, encarado con la fogosa Florinda y con el borrachuzo Gustavito despatarrado sobre su espalda. Florinda Biensalida, lejos de molestarse, vio la oportunidad de su vida y le plantó un beso a Marcelino en los morros. La gente, dispuesta en un círculo entorno a los tres payasos del momento, comenzó a aplaudir la escena de forma desenfrenada.

Marcelino, entre avergonzado y cabreado con toda aquella absurda situación, se levantó como un resorte. Miró a Florinda Biensalida con cara de incredulidad y lanzó una mirada criminal a Gustavito, quien ajeno a la realidad del momento, parecía disfrutar de sus minutos de gloria haciendo la cucaracha en el suelo. La gente, desternillada, aplaudía y reía a carcajadas. Rufino y Margarita observaban impertérritos la escena, conteniendo a duras penas la risa dado el más que evidentemente enfado mostrado por Marcelino.

Presa de la ira, salió Claverino a la calle dando empujones a todo el que se interponía en su camino hacia la puerta. Alguno alucinó con las violentas maneras de aquel chico con un extraño aparato en la cabeza.

—¡Mira tío, el marciano se ha chinao!— dijo un pijo con flequillo a uno de sus amigos.

Ya fuera, se sentó apoyado sobre uno de los coches aparcados frente a la discoteca. Con las manos sobre su rostro, maldijo a los imbéciles de sus amigos. Uno había aprovechado la noche para emborracharse como nunca y otro, con pocas luces, había traído a dos chicas con las que no podía comunicarse.

Rufino llegó enseguida.

—Marce, tronco…
—Ni Marce ni gaitas, sois un par de estúpidos— dijo Marcelino con voz de pocos amigos.
—Tío no te pongas así, solo queríamos que lo pasaras bien— contestó comprensivo Rufino.
—¡No me toques las narices! Sabéis que estoy con el tema éste y hacéis los dos el payaso. ¡Vaya forma de ayudar!¿De qué vais?

Rufino algo molesto con el comentario contestó con sinceridad.

—Mira tío, creo que estas un poco obsesionado con la chica del supermercado. Nosotros sólo queríamos que disfrutases esta noche y te olvidases de todo. ¡Tío, date el gusto de disfrutar por una vez!¡Olvídate! Déjate llevar esta noche— dijo señalando el luminoso cartel de la discoteca— y mañana será otro día. Toda la vida amargado….
—Vete a la mierda Rufino—contestó entre compungido y violento Marcelino.
—Bueno tronco, yo ahí te lo dejo. Piénsalo. Me voy para adentro.

Marcelino se quedó pensando en aquel lugar durante un rato. Sabía que Rufino Palomino tenía parte de razón. La obsesión con Gimena le había llevado a dejar de disfrutar de otras cosas importantes de la vida. No quería ser un amargado, pero no podía evitar sentir una inmensa frustración con todo lo sucedido con Gimena Torremocha.

Postrado junto al coche y tras un tortuoso razonamiento, dictaminó que por una noche se iba a olvidar de todo. Se iba a dar el gusto de disfrutar de lo que tenía en ese momento a mano. Rufino tenía razón.

Entró en el “Déjate llevar” decidido a hacer honor a su acertado nombre. Pidió un par de cubatas en la barra y se adentró en la maraña de gente sudorosa con la idea de que aquella noche sería inolvidable.

A la mañana siguiente, Marcelino se despertó en su casa con un intenso olor a tortitas y café recién hecho. Salió de su cuarto y se dirigió en calzoncillos a la cocina. Una delicada mujer vestía una de sus camisetas de baloncesto a modo de pijama frente a los fuegos de la vitrocerámica. Dada su dificultad para comunicarse, aquella era la bonita y curiosa manera que tenía Florinda Biensalida de dar los buenos días a Marcelino Claverino.
(Continuará…)

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Marcelino Claverino: El principio de Arquímedes

Rara vez se dejaba llevar Marcelino por sus impulsos y aquella ocasión no iba a ser diferente. La conversación con sus padres le había hecho recapacitar, lo cual junto a la similar opinión defendida por su leal amigo Gustavito Calatrava, hacía presagiar una posible segunda oportunidad para Gimena. Sin embargo, el a veces desesperante gusto de Marcelino por no tomar decisiones precipitadas le llevó a posponer el dictamen final. Tenía el pálpito de que en el momento más inesperado tomaría la determinación de llamar a Gimena, no sabía cómo ni cuándo lo haría, pero intuía que aquel momento iba a llegar tarde o temprano. Aún así, decidió darse unos días de gracia.

Durante aquellos días intentó, con más o menos éxito, no pensar demasiado en Gimena. Sentía cierta saturación mental acerca de toda aquella intrincada situación. Quería tomar aire fresco, relajar la mente y esperar paciente la llegada de ese momento eureka que le hiciese ver la cosas con una claridad que hasta ahora se le había mostrado oculta. Esperaba experimentar algo parecido a lo que le sucedió al mismísimo Arquímedes al sumergir su cuerpo en una bañera siciliana llena de agua momentos antes de proclamar su famoso principio físico por las calles de Siracusa. Un momento de lucidez que al genio griego le sirvió para responder al rey Herion II acerca del pureza del oro que contenía su corona recientemente fabricada por un avispado orfebre de la polis. Un momento de lucidez con el que Marcelino esperaba vislumbrar con claridad cuál era el camino a seguir en aquella historia de amor.

Con su firme propósito presente, la semana comenzó fulgurante para Marcelino en el trabajo. Hubo conversación futbolera con Don Miguel, el guardia de seguridad del museo. Esta vez tenían motivos para alegrarse ya que el equipo de sus amores había ganado el día anterior. Una soberana paliza a otro conjunto inferior daba razones suficientes para ahora ser extremadamente optimistas respecto a las posibilidades de su equipo para alzarse con el título nacional de liga. Poco habían cambiado las cosas respecto a la semana anterior; los jugadores, el entrenador e incluso la posición en la clasificación eran las mismas, pero como suele pasar en el mundo del deporte, tras la victoria, las cosas se veían ahora de una manera completamente diferente.

Una vez la exposición de Nikito Nipongo se puso en marcha, Marisa Flores parecía algo más sosegada. La afluencia de público parecía estar marchando por los cauces esperados, las primeras críticas eran halagadoras y, además, los controvertidos llaveros habían llegado a tiempo a la tienda de souvenirs del museo. El pobre Rigoberto Matahaba había conseguido agilizar los trámites con la empresa encargada de su distribución y, aunque se llevó un buen rapapolvo, los llaveros estuvieron prestos a su debido tiempo, con lo que el pobre hombre se libró de unas represalias mayores por parte de la iracunda señora Flores.

La agradable semana en el trabajo culminó con una llamada al despacho de la jefa el jueves por la tarde. El museo quería ponerse las pilas en relación a las medidas de accesibilidad para los visitantes. Otros museos de la ciudad habían tomado la delantera en el ámbito de las visitas adaptadas para personas con discapacidad y el museo Ptolomeo quería colocarse como mínimo a la par de la competencia en este ámbito. La dirección había pensado en Marcelino para formar parte del comité que llevase a cabo el proyecto y así se lo hizo saber Marisa Flores. Pese a que en principio Marcelino no tenía formación profesional al respecto, pensaban que su experiencia personal y su contacto con el mundo de la discapacidad podría ser de mucha utilidad. Marcelino recibió la noticia con sorpresa, pero a la vez la idea le resultó apasionante. Siempre había querido abogar por los derechos de las personas con discapacidad y ésta era una oportunidad de oro para poner su granito de arena en la inclusión de este colectivo, a veces olvidado, al que él pertenecía.

Las buenas noticias en el ámbito laboral facilitaron que Marcelino consiguiese alcanzar el objetivo propuesto, no pensar demasiado en la cajera. También contribuyó el hecho de que Marcelino se calzase las zapatillas de correr por primera vez en muchos meses, así como que su preocupada madre le acompañase una tarde a comprar un juego de platos a una moderna tienda de accesorios de cocina. Pararon en una de sus pastelerías preferidas del centro de la ciudad, donde disfrutaron de una buena conversación acompañada de un café con leche y unas primorosas torrijas.

Además, para favorecer la claridad mental, decidió Marcelino no pasarse por el supermercado en aquellos días. No le resultó fácil pues éste se ubicaba a escasos metros de su casa. En alguna ocasión tuvo que dar alguna vuelta de más a la manzana pero consiguió evitar un fortuito encuentro con la cajera. Por las noches, antes de dormir y para evitar pensamientos indeseados, se puso el ordenador portátil a los pies de la cama y proyectó en youtube documentales de animales salvajes. Leones y gacelas en la sabana africana, delfines y tiburones blancos en el océano pacífico o monos capuchinos en el Parque Nacional de Santa Rosa de Costa Rica pasaron sin descanso aquella semana por la pantalla de su ordenador. Todas aquellas imágenes, contempladas en un absoluto silencio le resultaban exquisitamente relajantes, favoreciendo un rápido paso a la fase de sueño REM y evitando así que su mente se desviase a otros menesteres no deseados en aquel momento.

Pese al buen fluir de la semana, hubo momentos en los que de manera inevitable Gimena se le vino a la cabeza. Cuando así sucedió Marcelino pensó en Arquímedes y en como a veces la solución a un problema o la toma de una decisión se lleva a cabo con la mente libre, abriendo paso a la intuición. Aquello funcionó, aunque el viernes por la tarde dando un paseo de vuelta a casa desde el trabajo, no pudo evitar pensar en la cajera.

Inmiscuido en sus canciones rockeras preferidas, las cuales escuchaba a través de su implante coclear conectado a su teléfono móvil, Marcelino pensó en los motivos que podrían haber llevado a Gimena a ocultarle su sordera. La discapacidad auditiva era algo tan corriente y natural para Marcelino que le costaba llegar a una explicación convincente. La actitud de Gimena le había resultado hipócrita e infantil y eso era algo que le producía una rabia incontrolable. ¿Qué ganaba Gimena ocultándole su sordera?¿No había pensado en las consecuencias que eso tendría en el futuro?¿Realmente pensaba que podría esconderlo siempre? Pero sobre todo, ¿Cómo alguien podía tener una autoestima tan baja como para tratar de ocultar una discapacidad?

En cuanto Marcelino comenzó a hacerse aquellas preguntas, pensó de nuevo en Arquímedes. No quería entrar en un bucle de pensamientos negativos otra vez. Justo cuando se imaginó al físico griego sumergiéndose en la bañera, la música se detuvo y un peculiar tono telefónico llegó a su oído. Pudo distinguir que se trataba de un correo electrónico entrante. Sacó el teléfono del bolsillo y desbloqueó la pantalla. Era un correo de la asociación Sordotapias. Lo abrió. “No lo escondas. Hazte Oír; campaña en favor de la visibilidad de la sordera”, decía un llamativo eslogan acompañado de una foto de una chica retirándose el pelo de la oreja dejando asomar un colorido audífono rosa chillón. El anuncio lo completaba una sugerente frase a pie de foto “Porque llevar audífonos no es motivo de vergüenza: Muéstralos al mundo”.

Marcelino se encontraba a escasas dos manzanas de su casa cuando leyó el correo electrónico. Había desviado su ruta habitual para no pasar por el supermercado. Dos segundos de reflexión fueron suficientes para volver sobre sus pasos y lanzarse a la carrera hacia el supermercado. La música volvía a reproducirse en su teléfono. Losing my religion, sonaba a todo trapo. Más de dos mil años separaban la carrera de dos personajes inmiscuidos en ese momento mágico en el que uno alcanza un momento de lucidez majestuoso. Uno probablemente acompañó su carrera con canciones interpretadas por finas liras griegas, otro lo hacía con banda sonora ochentera americana. Uno corría por las calles empedradas del ágora, otro por las calles asfaltadas repletas de semáforos y coches del siglo veintiuno. Uno acaba de formular un principio físico fundamental, otro acababa de comprender que a veces puede ser difícil aceptar determinadas situaciones personales. Los matices eran diferentes, pero la esencia era la misma, ambos estaban convencidos de que aquel momento cambiaría sus vidas.

Sumergido en una euforia descontrolada, Marcelino giró la esquina de la manzana del supermercado con la ilusión de que Gimena estuviera esperándole con lo brazos abiertos en la cinta transportadora donde empezó todo. En su carrera desenfrenada, pudo ver a Gimena a las puertas del establecimiento en frente de una potente moto. Por unos escasos segundos se le iluminó la cara. Justo el tiempo que Gimena tardó en ataviarse con un anaranjado casco y subirse a la moto conducida por un chuleta con chupa de cuero. Nadie le había contado a Marcelino en aquel momento que Arquímedes tras su brillante visión, se encontró con dificultades no previstas antes de poder asegurar que la corona del rey Hieron II no contenía oro puro. El orfebre fue inmediatamente ejecutado.

(Continuará…..)

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