Aplicar el open-mind, dentro y fuera del taxi
¡Qué largo se hace el tiempo en un taxi! A pesar de que la velocidad en que transcurre es igual que el resto de momentos de nuestra vida, los segundos en el asiento trasero del coche, vigilando bien el recorrido y con la clara certeza de que la comunicación es complicada, se vuelven una eternidad.
Las personas sordas, a diferencia de las oyentes, no gozan de una gran facilidad a la hora de relacionarse con los taxistas porque, para empezar, los taxistas están mirando necesariamente hacia adelante y la lectura labial se hace imposible, por lo que la comunicación es inviable.
Sin embargo, hay estrategias que surgen de la experiencia y que ayudan a hacer frente a esta clase de situaciones embarazosas. Toda precaución es poca, sobre todo si el riesgo a correr son unos euros de más que te podías haber ahorrado.
En primer lugar, a la hora de parar un taxi, la tradición española reza que los clientes se sitúan en los asientos traseros. Digo “la tradición española” porque hay lugares del mundo (Centroamérica, por ejemplo) donde lo habitual es que el cliente esté de copiloto, aunque no se ocupen todas las plazas.
Por mi experiencia, que en este plano no es poca, no suele haber problema cuando, al parar un taxi, se le pregunta al conductor si, por favor, podemos situarnos de copiloto, porque no “puedo oírle bien”. Esta sugerencia cumple un doble propósito: anunciar que el cliente tiene dificultades auditivas y mostrar parte de la solución al fallo comunicativo.
Una vez solucionado el asunto de, al menos, leer los labios de perfil y no ver tan sólo la nuca de nuestro conductor, nos enfrentamos al gran paso de indicarle el destino. Aquí la tecnología presenta un progreso importante y nos plantea muchas opciones. Por una parte, podemos investigar antes en nuestro Smartphone cuál es la ruta más rápida, gracias a aplicaciones que funcionan como GPS.
Este punto nos da seguridad para conocer por dónde nos está llevando nuestro conductor, y si su GPS nos quiere dar alguna vuelta de más o no. Desde hace algún tiempo, es recomendación que los taxistas pregunten “¿y por dónde quiere que le lleve?” pero, si no lo hacen, también podemos tomar nosotros la iniciativa.
Lo peor que puede pasar es que aún no tengamos un Smartphone y tengamos que fiarnos de su GPS que, por otra parte, no funcionan del todo mal. Otra opción, si conocemos el camino y para evitar que sean ellos quienes establezcan los inicios de la conversación, es un afable “no se preocupe que yo le indico” e ir actuando, aunque con una voz más humana, como si fuéramos nosotros el GPS.
Para atascos, obras, poyetes de seguridad que impiden el paso o cortes policiales, ya tendremos que echar mano de la advertencia del comienzo, la de que no oímos bien, para hacer frente a posibles intercambios comunicativos necesarios. El conductor, ya advertido, lo más probable es que gire la cabeza hacia el asiento del copiloto cuando no obtenga respuesta y voilà, ahí tenemos los labios tal y como los queremos: de frente y a corta distancia.
Otras personas que yo conozco, optan por sentarse detrás del conductor para poder leer los labios a través del espejo retrovisor; algunas tratan de evitar el comunicar que no oyen bien y otras lo dicen mientras ocupan el asiento.
A la hora de pagar, muchas personas con discapacidad auditiva actúan de forma similar en estas situaciones, por pereza o por prisas, y entregan dinero de más. Esto, en un taxi, no es tan problemático, ya que tienes el taxímetro como referencia visual o puedes solicitar la factura y pagar céntimo a céntimo, con todas esas monedas que las personas sordas acumulamos por evitar la desidia de preguntar más veces que qué le debo, que cómo dice, que cuánto dice que cuesta, etc.
Aunque a veces el horizonte de barreras comunicativas nos impide ver y saborear la realidad, hoy en día las cosas están pensadas para casi todo el mundo. Y la simple reincidencia dota a las personas de recursos y ayuda al resto de la sociedad a entender lo necesario que es aplicar el extendido principio de open-mind, es decir, “abrir la mente” a nuevas ideas, opiniones y comportamientos para promover el confort y el sosiego. Aviso para navegantes inexpertos: el open-mind es contagioso.
No voy a entrar en el debate de cuando el ostracismo impide abrir la mente. Lo llamo “ostracismo” para no volver a decir “estigma”. Sólo me mantendré en mi tesis: no es productivo echar la culpa a quien no sabe cuando quien de veras es experto en la materia de la sordera (las personas sordas, para más señas), no es capaz de comunicarlo. Es cansado, aburrido y pesado, pero la desconfianza es, a veces, lo que hace que paguemos más en los taxis. O fuera de ellos.
Los que perdemos somos nosotros
La que sale perdiendo soy yo. He oído ya muchas historias de personas que asienten con la cabeza a cualquier comentario sólo para seguir “quedando bien”, pero sin enterarse. También se dan casos de cobardía sin límites por estar agotados de repetir que, efectivamente, “soy una persona con problemas auditivos y necesito ayuda”.
Es curioso cómo luchamos por mantener esa supuesta compostura que tienen, aparentemente, las personas oyentes cuando, en realidad, los grandes perdedores somos las personas sordas que, al fin y al cabo, y en un claro dominio de nuestra cobardía o agotamiento, acabamos por perder el mensaje que se nos ha dado.
Hace no mucho, un amigo me comentó que él creía que ahora había más personas sordas que antes. Yo le dije que no, pero que era una cuestión de visibilidad del problema, de hacerlo público y de que la sociedad acepte, sin clichés ni estigmas, que tal vez ahora sean más las personas que lo dicen alto y claro.
Sin embargo, no sería justo pedir más visibilidad y tolerancia a la sociedad sin ser visibles nosotros. “La xenofobia se cura viajando”, decía el célebre escrito y filósofo Albert Camus, y trasladarlo a nuestro enfoque no es más que decir que la intolerancia se cura… conociendo.
Muchas veces nos quejamos de que ellos no nos comprenden, que no saben cómo hacer frente a nuestra discapacidad. Y también estamos hartos de repetirlo, sí, y de dar cuenta a cada segundo de que somos sordos. Pero al final, si la cobardía y el agotamiento vencen, las que salimos perdiendo somos las personas sordas, las de hoy y las que mañana solicitarán esa comprensión.
La visibilidad no es una utopía. La historia nos da las pistas de las mejoras progresivas con el tiempo. Antes, las personas con discapacidad en general eran excluidas de la vida social, educativa y profesional, y hoy contamos con grandes profesionales, madres, activistas, intelectuales, luchadoras y, en definitiva, personas sordas cuya deficiencia no supuso un impedimento para alcanzar el éxito. Que triunfaron a pesar de todo, tal y como lo hicieron otras personas sin deficiencia auditiva que también pelearon por lo que quisieron, y que no se dejaron derrotar en la primera batalla. Gente que, por supuesto, luchó para tener toda la información posible, con insistencia y tesón, a pesar de la vergüenza y el cansancio. Gente que no se perdió parte o la totalidad del mensaje porque tomó las riendas a tiempo y no dejó que el trabajo le fuera facilitado.
Esas personas somos todas y cada uno de nosotras, personas sordas o no, aquellas que podríamos dar más sentido y aportar novedades a una sociedad a la que estamos pidiéndole que nos ayude a integrarnos sin, a veces, poner de nuestra parte. Muchas veces escucho a personas que dicen que “hay gente a la que no le gusta tratar con personas sordas”, cuando quizás no dieron una oportunidad de entender qué es esto de ser sordo, o qué pasos dar o cómo actuar para que la brecha comunicativa no sea tal.
Pero el cambio, en muchas ocasiones, empieza por uno mismo. Y la cobardía y el agotamiento siempre son malos compañeros de viaje cuando de valerse por sí mismo se trata
La experiencia continúa
Con él, les vencí la batalla a todas aquellas personas que en su día creyeron que yo, por ser una persona sorda, no conseguiría comunicarme en inglés con cierta soltura. Conseguí también más autonomía para viajar y más independencia para entender otras realidades, a través de una escucha directa, sin intermediarios.
Logré terminar mis estudios en una universidad pública sin atención personalizada, lo cual me dotó de las herramientas personales y profesionales para sacarle el mayor provecho a los conocimientos aprendidos.
Identifiqué las percepciones de los demás por mí misma, en su tono, en su forma de hablar y en sus gestos, sin tener a otra persona que me tradujese el mensaje en una versión resumida del contenido, conseguí reírme en tiempo real de los chistes que cuenta mi primo en Navidad y aplicar su misma gracia para contarlos yo.
Aprendí a escuchar y entender la radio, a diferenciar los sonidos sin más ayuda que la suya y la de mi imaginación y aterricé en el mundo de la música para comprenderla y sentirla como pocas veces antes, a juzgar las canciones por cómo suenan y no sólo por el mensaje que contiene la letra, a disfrutar de cómo esta unión (letra y música) hace la fuerza.
Son tantas las cosas que he conseguido de su mano, que ahora, si me preguntasen cuáles son las cosas sin las que no podría vivir, una de ellas, sin duda sería el implante coclear. Para contestar a esta pregunta, pudiera haber pensado en muchas otras cosas que rodean mi vida y sin las cuales me siento impotente, pero tengo que admitir que, en clara conciliación con mi condición de persona con pérdida auditiva, decidir realizarme una operación de implante coclear marcó un alto en mi camino, un antes y un después en cuanto a la gran cantidad de oportunidades nuevas que se mostraron ante mis ojos.
El pasado 25 de febrero, la tecnología del implante coclear cumplió 56 años en una clara situación de incertidumbre. Aquel que me ayuda a mí en mi día a día y a tantas otras decenas de miles de personas que tomaron esta (acertada) decisión en su día, hoy sufre las consecuencias de los recortes en su financiación o cobertura de las piezas.
Hay quienes, por culpa de la crisis que viven los países (administraciones y personas, pero sobre todo, personas), han perdido el trabajo con el que podían costearse las piezas que la Seguridad Social ahora les deniega y que resultan imprescindibles para un correcto funcionamiento y aprovechamiento de los implantes. Hay historias que giran en torno a una sucesión cíclica de acontecimientos que podríamos resumir en tres pasos: “No tengo trabajo”, así que “no puedo comprar piezas para mi implante coclear” y sin ellas, “pierdo cualidades competitivas en las entrevistas de trabajo” y vuelta a empezar.
La pescadilla que se muerde la cola no termina nunca y trae consigo una aterradora conclusión: la impotencia del individuo para poner todos los medios a su alcance para conseguir un empleo o desarrollarse como profesional y como ciudadano. Es como dar carpetazo a años de progreso y de investigación, de mejoras técnicas y de incremento de la autonomía personal, por la dependencia de un sistema que torpedea el desarrollo personal de los ciudadanos.
En el Día Mundial del Implante Coclear, que coincide con la primera operación realizada en el mundo, en 1957, es doloroso ver cómo aquello a lo que en su día tuviste acceso y que te cambió tanto la vida, quizás no lo puedas utilizar, por no mencionar la pena que se siente al saber que es la coyuntura económica de las familias las que toman la decisión de rechazar la operación de implante coclear por no poder hacer frente al gasto que eso supone.
Es muy triste ver como se retrocede a grandes zancadas todo el camino realizado en la mejora de la tecnología y la universalización de su uso. Es lamentable pensar que la experiencia continúa y no tienes cómo costeártela y que cuando acudes a la Administración para hacer frente a la adversidad, ellos –paradójicamente-, hacen “oídos sordos” porque, dicen, “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.
Ni un paso atrás
Tenía razón Luis Cayo Pérez Bueno, presidente del Comité Español de Representantes de las Personas con Discapacidad (CERMI), el pasado 2 de diciembre, cuando durante la marcha “SOS Discapacidad”, dijo que “tendríamos que estar celebrando una fiesta y nos vemos obligados a asistir a un duelo”. Se refería al Día Internacional de las Personas con Discapacidad, que se celebra cada 3 de diciembre y que, en esta ocasión, ha contado con un tinte reivindicativo y de protesta.
Tenía razón él y las cerca de 90.000 personas que salieron a las calles de Madrid en señal de descontento con las políticas de recortes en materia de atención a personas con discapacidad. Todas ellas reclamaron no dar un paso atrás porque “hemos sido los últimos en llegar y no podemos ser los primeros en ser excluidos”, porque en términos económicos, la discapacidad conlleva un gasto extra, pero también tiene muchas caras que son más que un peso extra, son un detonante de la cruda situación que viven las personas con discapacidad.
La discapacidad representa un incremento de las dificultades para realizar una vida normalizada. Con una crisis, las dificultades asociadas pueden agravarse, como ocurre actualmente, si no se destinan los medios necesarios. Pero la discapacidad no es sólo “tener entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas”, tal y como lo define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, si no que es un peso añadido a situaciones sociales que también se ven arrasadas por la situación de crisis actual.
Detrás de cada persona con discapacidad también hay una historia. Puede que un caso de desempleo de más de dos años de duración, o quizás un caso de impago de una hipoteca que podría terminar en desahucio, o tal vez una imposibilidad de pago de las tasas universitarias debido a su reciente encarecimiento. Porque ante todos esos pagos, y sin ingresos, prima el bienestar de salud y físico sin el cual el aporte como trabajadores no se cumpliría jamás.
Obviamente, una persona con una deficiencia auditiva que precisa de la compra de baterías para su doble implante coclear implica tener que hacer más “tetris” con los gastos diarios en esta recién encarecida economía, siendo las piezas de prótesis auditivas y éstas mismas un artículo de primera necesidad para las personas con sordera. Sin ellas, no hay audición o ésta es mala, y con ellas, se disparan las probabilidades de acceder a una educación y a un empleo.
La cubertura de la cartera de piezas ortoprotésicas resulta vital en el campo en que nos movemos. Aquella persona que perdió la pierna en un accidente y que se ve obligada a utilizar una prótesis cara que antes le cubría la Seguridad Social y su Comunidad Autónoma, hoy puede ser una de esas personas que se enfrentan a un doble o triple reto: la finalización de su prestación por desempleo, el difícil acceso al mercado laboral y, cómo no, la compra de una pieza que ni es un capricho, ni es precisamente barato.
De ahí que la discapacidad no sea un ámbito independiente o un colectivo que abarca solo al entorno sociosanitario. En esta crisis, raro es quien no tenga más de un frente abierto por sus condiciones especiales. “Nos han quitado hasta las migajas”, sentenciaban los manifestantes, migajas que, en mi opinión, nunca hemos tenido en la práctica por la cantidad de trabas legales y de baches que siempre hemos encontrado para acceder a cualquier servicio sociosanitario, a la educación, al empleo, a la igualdad de oportunidades, etc.
“Lo irónico es que los recortes se aplican a grupos sociales como el de las personas con discapacidad que, nunca, nunca, ni en los mejores momentos económicos, termina de alcanzar una normalidad cívica en el acceso a los bienes y derechos básicos. Nunca hemos estado bien”, decía Pérez Bueno en la primera protesta unitaria que ha vivido la discapacidad en nuestro país. Primera protesta de un colectivo casi invisible. Primera protesta que no debería ser la última.
Es una pena vivir el “duelo” de las miles de personas que están a punto (o ya lo han hecho) de perder sus asistencia sociosanitaria, su apoyo educativo o su plan de inserción laboral porque “no hay voluntad política para resolver esta dispersión, este tratamiento diferente que perjudica a los derechos de las personas”. Pero lo que es más triste es recordar la constante lucha y la vaga respuesta de la clase gobernante, que hace recordar que tampoco antes había mucha más implicación política… a excepción del periodo de campaña electoral, claro.
Ese murmullo incesante
Existen muchos tipos de deficiencia auditiva. Casi tantos como personas, ya que cada uno “lo lleva como puede” y muchas veces, la forma de enfrentarse a la pérdida va asociada a la personalidad de cada uno. Los hay que asumen una vida en silencio y también están los que no pueden con su ansiedad de escuchar. Y en medio, todas las tonalidades que separan al blanco y al negro.
Digo esto porque hay un tipo de sordera que se escapa del conocimiento de los “ciudadanos de a pie” (entiéndase como el conjunto de gente que no tienen apenas contacto con personas sordas). Hablo de aquella deficiencia auditiva que entraña el déficit de discriminación como núcleo del problema. Esto es como escuchar un rumor incesante, más bajo o más alto, pero que no logras descifrar. Para los que conocimientos la televisión analógica, el mejor símil es decir que es “como Canal+ codificado”.
Es una sensación extraña. Sobre todo si la pérdida es postlocutiva, si el problema apareció una vez que el lenguaje ya fue adquirido. De pronto te cuesta entender a alguien a quien antes entendías con los ojos cerrados. Se vuelve complicado discriminar entre “vaca” y “bata”, “casa” y “taza” y otro sinfín de similitudes fonéticas.
Por más que la gente “de a pie” se empeñe subiendo el tono, a veces no es una cuestión de volumen, si no de hablar claro, de tener las condiciones visuales y de luz suficientes como para permitir que la lectura labial sea un apoyo y no un problema, y mientras se fuerza la lectura labial, el sonido se percibe más nítido. No hace falta destrozar los tímpanos con gritos al oído.
Pero no es sólo un trabajo que tienen que hacer “los demás”. La propia persona con deficiencia auditiva tiene mucho que hacer y decir por su propio bienestar, y no esperar que siempre se den las condiciones adecuadas para la perfecta comunicación. El primer paso, y no me cansaré de repetirlo, es ser honestos y sinceros y anunciar, en cuanto sobresalga el problema, que se tiene una deficiencia auditiva. A ser posible, mediante la fórmula “problema-solución”, o lo que es lo mismo, hacer conscientes a los demás de que existe un problema, pero también de cuál es la solución.
“Ay, no te entiendo nada de lo que dices…” (problema). “Pero si vocalizas un poco más, o no me hablas con la boca llena de comida, seguro que te entenderé bien” (solución).
Admito que no es tan sencillo. Esta reflexión requiere muchos años de experiencia y un exhaustivo conocimiento de uno mismo. Y de lo que es más importante, sus limitaciones. Esto les pasa también a las personas oyentes, a otros niveles y en otros ámbitos de la vida, pero en el caso que nos ocupa, es una necesidad algo más apremiante. Un buen conocimiento de uno mismo y de los límites lleva a una mejor comunicación e interacción entre personas, ya que no sólo beneficia al receptor con problemas de audición, si no que es un trabajo de dos y la ganancia es mutua.
El punto a donde yo quiero llegar es al de reforzar la seguridad de las personas con deficiencia auditiva, sobre todo de aquellas que se han encontrado con este problema de forma repentina y están en el proceso de adaptación. Ese mensaje en forma de rumor, que antes se escuchaba nítidamente en el metro o en el autobús, esas conversaciones triviales que mantienen las vecinas esperando al ascensor, por ejemplo, no son estrategias que utilicen para desacreditarnos. Y no pueden, por no ser capaces de discriminar el contenido, generar en nosotros un viciado pensamiento de “qué dirán de mí”, “qué dirán que no quieren que yo oiga”.
Es muy común en niños (y no tan niños) creer que ese rumor que antes no existía, esa codificación extraña de las palabras que ahora se desconocen sea fruto de una malévola estrategia para “ponernos verdes”, cuando en realidad sigue siendo lo que fue tiempo atrás: una conversación banal sobre la portera, que sigue de baja por maternidad y que la que la sustituye aún no se entera de que no se puede fregar el suelo por la mañana porque hay gente mayor que se puede resbalar y que es mejor esperar a mediodía y que hay que hablar con ella y comentárselo, que seguro que no lo hace con intención. “Y me voy a la compra y a recoger unas pruebas; luego me cuentas qué tal va tu hermana”.
Reconozco que no soy la persona más indicada para lanzar esta conclusión, pues la teoría es fácil y no tanto así la práctica; pero a veces, demasiado pensar no lleva la reflexión a buen puerto y en ocasiones, las cosas son tan sencillas como te las quieras imaginar.
Ser oyente sólo por un día
Este artículo ha sido remitido por un Amigo de Clave que desea permanecer en el anonimato. Gracias por tu contribución.
Me pregunto si los sordos se han imaginado alguna vez oír durante 24 horas, ¿será raro?. Alguna vez se me ha ocurrido esa imaginación. Imaginar que algo milagroso te concediera el deseo de poder oír, pero oír como los oyentes. Sólo probar una sensación nueva durante un día y volver a la realidad de la sordera.
Sólo por un día estar a la misma altura auditiva que un oyente, esas conversaciones fluidas con ellos, esos diálogos captados sin perder un detalle, mejor dicho captar sonoramente todo. En cualquier situación como la televisión, cine, radio, teléfono, megafonías, conciertos musicales, etc. ¿será posiblemente maravilloso captar los sonidos a la perfección? ¿cómo es ser oyente para la opinión de un sordo?
Aunque seas hipoacúsico puedas hablar gracias a audífonos e implantes, puedas percibir sonido pero te falla en profundidad sonora, por eso observas a los oyentes como su medio habitual conversando entre ellos con fluidez y me comparo solo por un día que pueda estar en su papel ¿cómo me sentiría? ¿es placentero, serán sensaciones agradables? pienso que sería mejor preguntar a ellos, al oyente, de igual manera le preguntaría lo contrario ¿si los oyentes fueran sordos? puede ser fácil, se taparía los oídos herméticamente (con tapones u auriculares), también aquellos que fueron oyentes hasta que por enfermedad o accidente ocurrido de mayor hayan perdido audición, posiblemente se aislarían sonoramente, como si algo les faltara. Pero el sordo no podrá alcanzar esa audición completa por muchos avances logrados hasta ahora. Es cierto que han mejorado pero no alcanza aún a la audición total.
Por eso, reflexiono sobre el poder oír por un día, creer en esa ilusoria experiencia y compararla con la realidad de la sordera.
A veces es bueno dejar volar la imaginación por muy ilusoria que sea, dicen que también de ilusión vive el hombre.
Coser y ¿cantar?
Aquel que dijo eso de que los hombres no son capaces de hacer dos o más cosas a la vez, es que no conoció a los hombres y mujeres sordos, sordas y/o con deficiencia auditiva que, independientemente de su sexo, tampoco pueden combinar varias actividades al mismo tiempo, sobre todo si en alguna de ellas predomina la comunicación.
Desde mi punto de vista y experiencia personal, las actividades en grupo son todo menos relajantes. Si el grupo está conformado por tres personas, la coyuntura espacial hace que sea más sencillo, ya que siempre tendrás a cada compañero a uno u otro lado, con lo cual hace que la distancia no sea un problema y el volumen no se pierda.
La complicación llega con, entre otras cosas, la presencia de otros tantos grupos en un mismo espacio. Imagínese, por ejemplo, una clase de 28 personas en la que se hacen siete grupos de cuatro personas. Y todos tratan de poner sus ideas en común en un horrible barullo incesante, en una clase que puede que carezca de los medios necesarios para mejorar su acústica.
Es un estrés. La cabeza se mueve alocada con tal de seguir lo más rápido y eficientemente posible el movimiento de los labios. Un par de ojos no son suficientes para seguir tres bocas que tratan de reflexionar e intercambiar opiniones, pisándose los comentarios unos a otros, sobre un tema en concreto. Muchas de las veces, mi opción es tratar de seguir el hilo de la conversación (para que luego la puesta en común no sea tan sorprendente) y, si acaso, pensarse muy bien las intervenciones para evitar la suerte de decir lo que ya se ha dicho o aquello de lo que no se estaba hablando en absoluto.
Sin embargo, no por evitar las actividades en grupo se acaban los problemas. Muchas veces, con el fin de que sea más llevadero y relajante, las personas con discapacidad auditiva tendemos a crear ambientes de sólo dos o tres personas, para ahorrarnos el disgusto y la incomunicación estresante que supone añadir más componentes a los grupos.
Hablo de aquellas actividades que hacen de los ojos una auténtica necesidad y no un capricho, y por tanto la persona con discapacidad auditiva debe aprender a hacer buen uso de su atención y repartir su campo visual entre labios y actividades. Para aquel que aún no se haya hecho a la idea de lo que estoy contando, le propongo que imagine que va sentado como copiloto en un coche por unos paisajes preciosos de territorio cántabro o asturiano (por decir algo) y mantiene una amigable conversación con el conductor, quien justamente acaba de hacer una valoración sobre la forma de las montañas que en ese momento se está atravesando y su color verde intenso. El copiloto tiene la mirada en sus labios, que sólo puede ver de perfil, y para cuando ya ha conseguido captar el mensaje completo, la montaña probablemente sea ahora una imagen del espejo retrovisor.
También esto es aplicable a otras actividades que resultan un poco agobiantes en sí, como, por ejemplo, mantener conversaciones con los amigos mientras se cocina, ¡con lo bonito que es eso! Pero, en algunas ocasiones, por muy bonito que sea el momento, importa más no llevarse tres dedos por delante por dejar de mirar a la cebolla que estás cortando y fijarse en los labios de quien cuenta la historia.
Dirán que son gajes de oficio, pero yo les diré que tampoco es tan malo, pues realizar actividades en solitario refuerza mucho la autoestima. Tampoco eso quiere decir que todo se deba hacer en solitario, no. Pero sí se une en una imaginaria línea ideológica con la tesis de que la vida no es 100% comunicación y que hay veces en las que no hay proceso comunicativo por mucho que las personas sordas sospechemos que sí e insistamos con ese greatest hit nuestro, el “¿Qué pasa?” o “¿Qué ha dicho?”.
A veces no es cierto eso de “coser y cantar”. A veces sólo se cose, otras veces sólo se canta. Coser es una actividad que también requiere de mucha atención visual, y es sólo una de tantas. Para todo lo demás, mucho, mucho relax.
Siempre, siempre insiste
Como la vida no es siempre de color de rosa, el otro día tuve un desafortunado encuentro con una persona con quien no compartía perspectiva. Decía Albert Camus que “la estupidez insiste siempre” y no le faltó razón, aunque sí muchos lectores que se quedasen con su canción. Entre ellos, la co-protagonista de esta historia.
Érase una mujer que nació con la vida resuelta, una mujer para la cual el esfuerzo era un concepto desconocido y que, sin embargo, se atribuía a pesar de no haberlo promovido. Érase una señora que decidió que los audífonos y las prótesis auditivas son un artículo de lujo y no de primera necesidad. Seguramente lo sean, en países donde el desarrollo está en pañales e importa más tener agua potable, comida y un sitio donde resguardarse, antes que formar parte de una sociedad a través de la integración.
Esta era una señora a la que, seguramente, los hijos le salieron perfectos… bueno, de momento. Seguramente que cuando les encuentre algún defecto o carencia, será un aspecto dramático de calibre inalcanzable, que es lo que suele pasar con las personas que no conocen la palabra “esfuerzo”. Esta palabra, además de trabajo y tesón, conlleva saber disfrutar de lo ganado a pulso, y también saber hacer criba entre lo que es un pequeño, mediano o gran problema en la vida.
El encuentro fue bajo el siguiente guión. Yo le comenté que el mantenimiento al año de mis dos implantes cocleares podía oscilar entre los 500 y los 1.500 euros, dependiendo de la necesidad de baterías o de lo deteriorados que están los cables y piezas del conjunto. Ella me contestó que es como si tuviera un coche. Yo le dije que no, porque uno elige entre tener un coche o no, y si no le sale rentable, puede virar hacia la opción del transporte público, más limitado, pero más barato también.
Le comenté que esa opción no existe para mí. Que el Gobierno no ofrece casi ninguna seguridad de hacerse cargo de los gastos y mucho menos ahora con la crisis, que se han disminuido las prestaciones en la cartera de servicios sanitarios. También le conté que para mí no era opción “ir andando” o conseguir las piezas más baratas, ya que no existe alternativa intermedia a “no oír”, no hay el “oír menos” porque incluso con los implantes ya oigo menos. O funciona, o no funciona. Otra cosa son los caprichos, que eso sí que son bienes de lujo….
Ella insistía en que es igual que tener un coche, entre el seguro y el mantenimiento. Yo le dije que no, porque sin coche se puede vivir bastante bien (yo no tengo) y que conocía personas que, además de tener que reservar ese dinero para este tipo de percances anuales, tenían un coche en el que desplazarse, con lo cual era un costoso añadido de supervivencia.
Acabó por decirme que yo también puedo elegir entre oír y no oír. Le contesté que sentía mucho su ignorancia, pero que no es comparable el caso. Me dijo que había comunidades de personas que no querían llevar prótesis y le comenté que también había un montón de personas que iban andando a la escuela haciendo cada día más de 10 kilómetros para llegar (ahora que hemos tenido un verano olímpico, sólo hay que leer algunas de las historias de los deportistas keniatas o, por ejemplo, del mítico atleta marroquí de gran aguante en 5.000 y 1.500 metros, Hicham El Guerrouj).
Ella insistía, porque como vaticinó Camus, la estupidez siempre insiste. De nuevo se enzarzó en demostrarme que no era un artículo de primera necesidad. Yo pensé, para crear más ambiente, voy a hacer “oídos sordos a palabras necias”. Y así hice, me relajé pensando en todo el aparato logístico que está detrás del mundo de la discapacidad auditiva (médicos, cirujanos, enfermeros, psicólogos, orientadores, trabajadores sociales, logopedas, rehabilitadores, autoprotesistas, técnicos y administrativos, entre otros) que, con su trabajo y esfuerzo, me demuestran que todo mi trabajo y mi esfuerzo por integrarme merece la pena, es un lujo, aunque no debería serlo.
Apaga y vámonos
De las ventajas de ser una persona sorda no hablamos demasiado. Es más, podría ser considerado como que “está mal visto” que existan ventajas, ya que es una “tara” con la que nos toca vivir y convivir a algunas personas. Pero, como todo en la vida, la deficiencia auditiva tiene sus ventajas y hay que aprender a valorarlas como tales: como beneficiosas, aunque vengan de rebote de algo que no lo es tanto.
Por lo general, a las personas sordas no les molesta el camión de la basura a las dos o tres de la mañana en las noches calurosas en las que hay que dormir con la ventana abierta. Tampoco les molesta el ruido del ventilador o del aire acondicionado. Ni la reforma total que está haciendo el vecino del piso de arriba a la hora de la siesta.
Es bastante común que las personas con deficiencia auditiva severa o profunda duerman, descansen y se concentren sin ponerse sus prótesis. Y es muy probable que gradúen el volumen de entrada de los sitios más ruidosos. El despertar suele ser mucho más lento que cuando dormimos con las prótesis y nos sobresaltamos con los ruidos ambientes.
Pero esto entraña una gran virtud, manifiesta sobre todo en los meses de julio y agosto y, en algunos ambientes, también en Navidad. Los trenes, aviones y, en general, cualquier transporte público en época vacacional se convierte en un festival de llantos, gritos y juguetes que hacen ruido en los vagones del tren. Es un trabajo arduo mantener a los niños calmados y tranquilos durante viajes de más de tres horas, pero ante la desesperación… “apaga y vámonos”.
Y del dicho al hecho. Apagar la prótesis y evadirse del sufrimiento terrenal al que los oyentes, cansados y seducidos por la idea de echar una cabezadita, no podrán escapar por más que lo intenten es un placer que sólo alcanzan unos pocos, en concreto, las cerca de un millón de personas que tienen discapacidad auditiva que hay en España.
Un consejo gratuito de una experta en la técnica del “apaga y vámonos” es que hay que ser prudente y honesto, y no utilizar esta estrategia para eludir responsabilidades (por ejemplo, cuando los niños que arman escándalo son los de una o porque no queremos hacer algo y nos hacemos los dormidos o desconectados y no enterados), o porque, directamente, no queremos seguir escuchando a una persona en una acalorada discusión.
Así no. Seamos honestos, porque si no, luego podemos dar rienda suelta a que se califique la deficiencia auditiva como que “oímos lo que queremos” y que más que sordera, lo que tenemos es “mucho cuento”. Se entiende la reflexión, si estamos atendiendo a lo que queremos, y para lo que no, nos hacemos los suecos.
Esto de la sordera a veces resulta como la magia en las pelis y las series. Siempre hay por ahí un veterano que aconseja al hechicero novato (más bien, “prohíbe”) no usar su arte para dañar a los demás o bajo el paraguas del beneficio egoísta y avaricioso. Nadie puede exigir solidaridad si no la da. Con eso sí que no se puede hacer “apaga y vámonos” porque la vida da muchas vueltas y uno nunca sabe qué o a quien se va a encontrar en el vagón del tren.
Esta salida, la del “apaga y vámonos”, puede resultar un arma de doble filo difícil de manejar, según en qué caso. Pero luego no sería muy aconsejable enfadarnos con nosotros mismos y con el mundo en general, si no nos enteramos de lo que ha sucedido y nos angustia ser los últimos en saberlo. Pero eso es otra historia que da más peso a mi filosofía: según lo plantees, será una virtud o un defecto.
A ver si maduramos, señorías
Hace no demasiado tiempo tuve el placer de visitar la galería Tate Modern de Londres, la crême de la crême del arte moderno, un lugar que no recuerda, para nada, a la antigua central de energía Bankside donde está alojada. Es más, su aspecto es innovador, moderno y con un diseño detallista y cuidado que ha pensado de antemano en las necesidades de sus visitantes. No podía ser de otra forma, porque la Tate fue el tercer museo más visitado del mundo en 2007 y el segundo en su especialidad, arte moderno.
La accesibilidad y facilidad de movimiento viaja de la mano de la filosofía del propio museo, como también sucede en buena parte de las otras atracciones turísticas que ofrece este nuevo Londres, destino de moda este año, con motivo de los Juegos Olímpicos. Aunque el Comité Olímpico Internacional obliga a respetar y desarrollar un mínimo de adaptaciones para personas con discapacidad para que la ciudad sea candidata a acoger los Juegos Olímpicos, muchas veces la cantidad es lo que marca la diferencia, no tanto como la calidad. Y cuando hablo de calidad, hablo de funcionalidad.
En Londres, los rótulos con la señalización “T” que traen consigo el significado de “lugar adaptado para conectividad de bucle de inducción” no son decorativas, ya son parte del paisaje cotidiano de “la City”. No es, como sucede en España, tan sólo un reclamo turístico.
No tuve el gusto de conocer los otros tres museos del gran grupo Tate (Tate Britain, Tate Liverpool y Tate St Ives), pero sí quedé impresionada con la información de la web. Los Tate son el paraíso de la accesibilidad, a todas magnitudes: desde aplicaciones para Smartphone que te explican una a una las obras hasta visitas en lengua de signos (británica) y guía multimedia que incluye, de hecho, la explicación en lengua de signos sobre la pantalla de una pequeña PDF que te prestan. Ya del diseño arquitectónico aislante de ruidos y ecos (como sucede en muchos museos como, por ejemplo, en el Vaticano) no voy a hablar, porque sería rebajarme varios niveles.
Pero no hace falta ser sordo para ser feliz en la Tate. Existe también recursos accesibles para personas ciegas (visitas guiadas a puerta cerrada, entre otros), para personas con discapacidad física (grupos reducidos para mejorar su movildiad) e, incluso (jamás lo había visto), para personas disléxicas (libros-guía explicativos con diseño que facilita su lectura).
Pero la Tate Modern es un centro cultural de arte moderno y la imaginación debe sobrevolar en la cabeza de cada visitante. Uno se va a encontrar figuras, diseños, collages y otras creaciones que, a primera vista, son difíciles de interpretar. O bueno, difícil de dar con la significado correcto, si no eres un catedrático en arte. Y la Tate Modern demuestra, con este sinfín de posibilidades y oportunidades para personas con cualquier tipo de discapacidad, que entender el arte no es imposible. Que ahora hay dos opciones: o bien contestas a tus preguntas en vivo y en directo con cualquiera de estos recursos de accesibilidad que ofrecen, o bien, haces como yo, que vuelvo de Londres con anotaciones mentales para buscar información sobre algo que he visto y que me suscita curiosidad.
Ya que estamos de confesiones, admitiré que la Tate tiene algunas genialidades que, sin explicación, no tienen ni pies ni cabeza. He ahí que entra en juego la imaginación para crear un mundo paralelo sin apenas información –algo que no habría pasado si, por el contrario, hubiera accedido a, por ejemplo, la aplicación para Smartphone-. Es divertido, no obstante, jugar a las hipótesis cuando vas bien acompañado a un chapuzón de arte y cultura, ensalzando las más incongruentes explicaciones de cómo al artista se le pudo ocurrir tal cosa o tal otra. “Nunca subestimes el poder de la mente”, me dije entonces.
Pero es ahora cuando entiendo porqué Madrid no ha tenido todavía sus Juegos Olímpicos. Y porqué en España las adaptaciones para personas con discapacidad se basan en “reducción de tarifas” (que también está muy bien) y poco más. Es entonces cuando me paro a pensar en la razón por la que yo nunca voy a museos en mi país. Quizás sea porque España en este campo está casi en pañales, aunque poco a poco comienza a interesarse por madurar este aspecto.
Sigo trasteando por Internet y sigo todavía más asombrada. Existe una asociación de museos británicos que se agrupan para ofrecer servicios a personas con discapacidad auditiva. El paraíso terrenal del turista sordo en la ciudad de moda se llama Magic Deaf (www.magicdeaf.org.uk) y se ha convertido, desde ahora, en una personal (y ojalá que colectiva) reivindicación para la celebración del Día Internacional de los Museos, el próximo 18 de mayo.
Ya que los Juegos Olímpicos no son sólo una cuestión deportiva, si no que se mueve mucho, muchísimo dinero (de turismo, principalmente) con el evento, y viendo el gran interés que desde hace años la Alcaldía de Madrid tiene en albergarlos (en vez de, qué sé yo, mejorar las prestaciones sociosanitarias para que la rotura del implante coclear no signifique una drástica merma de la cartera del afectado), sólo puedo decirles una cosa a nuestros políticos: “A ver si observamos y maduramos, señorías”.



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