Decisiones tomadas en silencio
¿Uno, dos o ninguno? A veces me pregunto qué habría sido de mi vida sin ellos. Tan apegados a mí, y exigiéndome cada día un cuidado y un respeto infinito. Y dándome tantas satisfacciones. Con sus cosas, sus gastos, todos los disgustos que dan y, por el contrario, todas las veces que, sin ellos, me he sentido desubicada.
Hoy soy una persona diferente. Haciendo una reflexión íntima del antes y del después de que ellos se cruzasen en mi camino, podría decir que años atrás, cuando ni les conocía, mi vida era mucho más silenciosa que ahora. Mucho más gris sin el componente auditivo.
Tampoco antes de conocerles me planteé jamás el poder seguir una conversación con los ojos cerrados. La confianza en uno mismo que da que la radio no sea, precisamente, un murmullo incesante e incongruente reiterativo de secuencias imposibles de discriminar.
El subidón de autoestima y el chute de calma que proporciona el hecho de ser consciente de que, sin apenas esfuerzo y atención, puedes mantenerte conectada al mundo es algo que el dinero no puede comprar.
No deja de ser una decisión difícil. ¿Qué beneficios tiene tener un implante coclear frente a utilizar dos? ¿Es mejor operarse de los dos a la vez? ¿Es caro mantenerlos? ¿Deberé estar anclada de por vida a un hospital?
Estos y muchos más interrogantes no pueden ser resueltos de una forma general, sino que la decisión de hacerse un implante depende de cada caso personal, en cuya valoración se tienen en cuenta parámetros tales como si la deficiencia auditiva es congénita o no; si el uso del lenguaje oral es elevado, la edad, la situación, etc.
Una de las decisiones en que los profesionales no pueden aconsejarnos es, ni más ni menos, en el efecto estético de tener un implante coclear. Sobre todo sucede en el caso de las personas que padecen alopecia, cuya suerte impedirá que una mata de pelo cubra la prótesis. Debo confesar que nunca me preocupé por ello: en mi humilde opinión, la independencia que da poder cerrar los ojos y seguir formando parte del mundo sonoro elimina cualquier tara estética que pueda causar.
Otros se preocupan por vivir atados a un hospital. Esto es una vieja leyenda urbana que habría que dejar fuera de nuestra cavilación: En la mayoría de los casos, son sólo dos días de ingreso en el hospital y luego, visitas periódicas acordadas con el programador y con el médico en cuestión. Una persona experta en esta materia, o que lleva enganchada a una prótesis coclear desde hace tiempo, puede perfectamente no pasar por el hospital más que una vez al año para una revisión y re-programación del mismo.
Poniendo en la otra balanza los conceptos “independencia” y “autonomía personal” o, lo que es lo mismo, sopesando los valores de desengancharse de las preguntas viciadas como “¿De qué están hablando?” o “¿Qué ha dicho?”, contra un factor estético que no nos va a hacer oír mejor; o un miedo escénico al bisturí que también nos va a cerrar las puertas del sonido y la integración social.
Destronando un mito
Personas sordas y música. Paradojas de la vida, que dirían algunos. Los ritmos y las voces ahogadas en melodías pueden resultar, en el mejor de los casos, un desafío a la ignorancia de quienes piensan que el único enlace probable entre oído musical y personas con deficiencia auditiva es Bethoveen cuando, en realidad, ya de por sí, el silencio resulta melodioso.
Comprobé la hazaña recientemente en un bar: mi amigo sordo me preguntó qué cuál era la canción que sonaba a gran volumen en el antro. “Shut up”, le contesté, refiriéndome al antológico tema de The Black Eyed Peas. Quedé asombrada cuando, tras darse por enterado, comenzó a mover los labios acertadamente desgarrando, una a una, las palabras en inglés que contenía la letra.
“Shut up” no es, precisamente, una canción fácil: El ritmo conforma una “base” (es decir, un conjunto de repeticiones rítmicas y melódicas muy utilizados en el género rap). Repetitiva y uniforme. Con una leve modificación en el estribillo incluso dificultosa para una persona oyente. Me pregunté cómo lo habría hecho y al poco caí en que mi amigo me preguntó al comienzo de cada canción que de cuál se trataba.
No fallaba una. Tenía bien aprendido todo el catálogo y se basaba, principalmente, en entrenar sus oídos y su capacidad de memoria en su casa al tanto que disfrutaba de la música. No era un melómano, pero podría llegar a serlo perfectamente: Si con la pérdida auditiva llegaba a dominar los estilos musicales de esa forma, no me quiero imaginar toda la discografía que podría archivar si no tuviera ninguna discapacidad sensorial.
Me asustaría. Tal y como me asustó, tal vez, el niño que felicitó las pascuas cantando un villancico en la web de CLAVE, durante todo el pasado mes de diciembre. Sentí miedo de que fuera sólo un mito antiguo sólo destronado por Beethoven la disociación de la música y las personas con problemas de audición. De nuevo una paradoja, ya que las nuevas tecnologías y los avances en prótesis mejoran cada día y adhieren más firmemente a las personas con discapacidad a una realidad con más horizontes, en donde el oído musical no está, ni mucho menos, limitado a la capacidad auditiva.
Lo peor es que no va a ser ni el primer ni el último mito a enterrar bajo un manto de razones obvias, sino que también significa un nuevo campo sobre el que investigar: ¿Mejoraría la percepción musical si se trabajara en las sesiones de logopedia? ¿Ayudaría a mejorar la confianza del joven en sí mismo y su integración si se potenciase su capacidad de disfrutar de la música? Podría ser.
Demostrado está que la música está presente en todas las culturas y que forma una parte fundamental de ellas, tanto individualmente como en conjunto. Por eso, y porque oído y voz no siempre van de la mano, la música es otra oportunidad que las personas sordas no deberíamos perdernos.
De turrones y accesibilidad
¡La Navidad ya está aquí! Se anuncia, como cada año, con un sinfín de publicidad y promociones que, ligado a un afán de consumismo masivo adquirido con los años, llenan a los ciudadanos de planes de compras, además de poblar sus estómagos de langostinos y turrones.
Lo extraño se desprende de la facilidad con la que las compañías se olvidan de las personas con deficiencia auditiva en los días donde la prosperidad y los buenos deseos son los reyes de la interacción humana. Así pues, exceptuando contados casos ajenos a colectivo de la discapacidad y las instituciones públicas (Campofrío y Carrefour, entre las muy pocas que hay), no existe prácticamente ningún anuncio televisivo que cuente con subtítulos para personas sordas.
Y yo me pregunto, mientras hago zapping embobada frente a la televisión buscando publicidad accesible, ¿acaso no somos las personas sordas o con deficiencia auditiva parte del grupo de consumidores potenciales o posibles consumidores? ¿Acaso las empresas no quieren incrementar sus beneficios? Quizás es por eso por lo que yo no sé que cambiar de fabricante habitual me puede reportar ventajas de ahorro y funcionalidad, ya que no recibo esa nueva información por parte de los anunciantes. Lo que sí sé es que Campofrío tiene unas nuevas pizzas precocinadas que vienen con una salsa incluida que se vierte. Lo sé gracias a la página 888 del Teletexto que subtitula el anuncio cada vez que éste está activado. Lo sé porque Campofrío decidió iniciarse en la accesibilidad de sus contenidos publicitarios en febrero de este año que despedimos y ha continuado haciéndolo con otros productos, de cuya promoción me he enterado.
También Carrefour me contó, desde julio de 2008 y de forma personalizada, cuáles eran sus promociones más recientes mediante este sistema que, aunque podría mejorarse incrustando por completo el subtítulado dentro de la imagen (tal y como hacen los ministerios, Fundación ONCE y otras instituciones relacionadas con el colectivo) y así no tener que acceder mediante la página 888 del Teletexto.
No obstante, en cuanto a accesibilidad televisiva para personas con discapacidad auditiva refiere, algo me dice que mis deseos de prosperidad para el 2010 vendrán acompañados, además de por turrones y langostinos comprados en Carrefour, por la ansía de la total implantación de la Televisión Digital Terrestre y su completa implicación en la accesibilidad a los contenidos audiovisuales porque, ¿qué mejor garantía de rentabilidad de la inversión en publicidad hay que asegurarse que llegue a todo tipo de público?
La deficiencia auditiva: ¿una desventaja laboral?
En una entrevista de trabajo que realicé recientemente, decidí no mencionar mi problema de audición. Fue una clara estrategia para no incomodar a mi interlocutor, aunque también me arriesgaba a darle una respuesta errónea a una pregunta que no oía bien. Aún así, decidí lanzarme al vacío con mi currículum en mano y sin advertir de mi discapacidad auditiva.
Craso error. No acerté a crear feed-back en casi ninguna de las cuestiones, por lo que decidí comentarle al jefe de Recursos Humanos que tenía una deficiencia auditiva no muy grande y que necesitaba más claridad y volumen en su locución. Su cara de asombro vino acompañada de un “¿Por qué no lo has dicho antes?” al que luego siguió un gesto de merecida desconfianza. Y, aunque ocultar no es mentir “del todo”, cuando lo que están midiendo es tu fiabilidad y capacidad para un puesto vacante en una compañía, uno no debe poner a prueba la paciencia del interlocutor, sino que éste debe llegar ya entrenado ante la situación.
¿Es un handicap o desventaja decir que uno tiene discapacidad auditiva? No siempre. La Ley 13/1982 de integración social de los minusválidos (LISMI) establece que las empresas privadas y públicas de más de 100 trabajadores deben contar con, al menos, un 2 por ciento de personas con discapacidad superior al 33 por ciento, dentro de su plantilla. A pesar de esta obligación amparada bajo una sanción, muchas de las empresas españolas no cumplen con la cuota y renuncian, en gran parte, a la grata experiencia de contar con personas con discapacidad en su plantilla.
“¿Grata experiencia?” Demostrado es que la contratación de personas con alguna discapacidad acarrea algún gasto de adaptaciones (subvencionado por el Estado gracias a las bonificaciones) y, a su vez, un incremento del bienestar laboral en cuanto a ambiente de trabajo se refiere: el incremento del compañerismo basado en la ayuda mutua y en la solidaridad. Aunque tampoco se trata de que nos hagan el trabajo, ¡no, por Dios! En la carrera de la autosuficiencia somos nosotros, los que tenemos la discapacidad, los únicos beneficiarios de nuestro esfuerzo.
La contratación de personas con discapacidad se ha visto aumentada en estos últimos años, no sólo por el refuerzo de la LISMI con la LIONDAU, sino por la paulatina aceptación de que las personas con discapacidad podemos realizar el trabajo no mejor, ni peor, sino igual que una persona sin discapacidad. Pues la discapacidad es un handicap social que no debe afectarnos a título personal.
Siempre digo que cuando yo me levanto por la mañana, desprovista de mis implantes cocleares, no me considero una persona con discapacidad auditiva. Es mi forma de vivir: hasta un rato después del primer café matutino no me conecto al mundo sonoro. Incluso ya cuando la batería hace contacto y el ruido invade mi cabeza, sigo sin ser una persona con discapacidad. Sigo siendo yo, con mis más y mis menos, y éste es todo mi patrimonio. Jugaré, pues, en el plano profesional, mis cartas con la mejor mano que pueda tener, y tendré las oportunidades más afines a mi perfil si soy consciente del mismo con anticipación. Es decir, si asumo mis posibilidades, capacidades y limitaciones.
Por desgracia, las leyes y la cultura no entienden de esta corriente de la psicología en la que la aceptación personal conlleva a la aceptación social, y el proceso se vuelve a la inversa con toda facilidad.
Aún así, aunque todo lo que administrativamente y burocráticamente rodea a la contratación de una persona con discapacidad pudiera parecer un camino de rosas, el trabajador no debe caer en el juego de que su incorporación se deba sólo a un beneficio capitalista, sino que, aunque la compañía reciba una bonificación por la contratación, la capacidad y valía profesional de la persona con discapacidad no debe medirse, en ningún caso, en base a la cuantía de ésta. Por tanto, las personas con deficiencia auditiva tienen el derecho (y, por consiguiente, también el deber) de convencer con su profesionalidad a la entidad que les dé la oportunidad de demostrar lo que valen.
Recordemos pues, una vez más, que la discapacidad no implica, ni de lejos, una menor capacidad de la persona en cuestión.
Sordos, pero no mudos
Visto que el mundo y la sociedad que habita en él se han empeñado en que las personas sordas son, además, personas con algún problema en la voz o mudas; toca plantarle cara al viejo rumor y demostrar que, aunque con un tono diferente y una vocalización a veces exagerada, las personas con discapacidad auditiva tenemos mucho que decir.
Aprender a expresarse no es fácil cuando la recepción de la información falla. Subirse al carro de la comunicación tomando la iniciativa puede resultar, para aquellas personas con deficiencia auditiva, una cuestión de total desasosiego adornada de titubeos, tembleques y otros matices escondidos dentro del temor escénico en su fase más acentuada.
Si de la experiencia ajena no podemos guiarnos porque a nuestra cabeza no llega una ponencia efectuada a larga distancia, o quizás porque no contamos con las medidas técnicas necesarias; habrá que disponer de trucos específicos que nos ayuden a desenvolvernos en una situación de emergencia al hablar en público.
Ése grupo de herramientas y trucos para mejorar nuestra oralidad y sacarle todo el partido que se pueda se llama Ángel. Ángel Lafuente, para ser más exactos. Y los próximos 20 y 21 de noviembre repetirá, en Clave, la hazaña de enfrentar a un grupo de personas con deficiencia auditiva al público para despojarlas de todo miedo escénico y adentrarlas en lo que él denomina “placer escénico”. Según Ángel, es posible disfrutar sobre un escenario si se toman en conciencia un par de sugerencias que él mismo recoge en su curso “Cómo hablar siempre con eficacia”.
Más allá de las dificultades comunicativas, es importante saber dominar la palabra oral, que actuará como batallón de infantería a la hora de expresar nuestras necesidades, que tendrá un valor doble si se aprende a arrojarla con la intención y forma correcta según el ambiente y la situación.
Ya sea para terminar con el mito de que las personas sordas no hablan o no se expresan bien, o por esa necesidad humana tan importante que resulta el ser escuchados, tenidos en cuenta, considerados, mediante la palabra hablada, que juega un papel importante: el de una de las puertas hacia la autonomía personal, la decisión propia y el respeto a uno mismo: podemos (y debemos) reivindicar nuestras necesidades y deseos de forma eficaz y sin que esto suponga un trauma.
Demostremos, pues, que no nos ha comido la lengua el gato. Que el oído y el habla son dos cosas diferentes y diferenciadas que tienen algo en común, pero que no desaparecen a la vez. Demostremos, también, que tenemos mucho que decir, empezando porque no somos mudos y sí tenemos mucho que decir y con lo que enriquecer este mundo.
A solas con un ruido
Dando un paso adelante, y sin olvidar que las tonterías son importantes, podría decir que una persona con deficiencia auditiva o sorda no dejará de serlo por muchas adaptaciones técnicas que puedan mejorar su calidad de vida personal y profesional. La virtud de quienes están acostumbrados a las dificultades es que el tiempo les ha enseñado a sortearlas. E, incluso llegando más lejos, a vivir con ellas.
Cuando una persona con deficiencia auditiva o sorda asume que su prótesis auditiva (en el supuesto caso de que la tenga) le va a solventar la mayoría de sus problemas de comunicación pero no va a evitar que, por ejemplo, se sienta perplejo oyendo un ruido que nunca antes había penetrado en su cabeza. “¿De dónde vendrá? ¿Qué es eso?” nos preguntamos entonces. Quizás la suerte esté de nuestra parte y alguien, consciente de nuestra duda, conteste a la pregunta de forma instintiva y acertada.
En caso de no hallarse en tal situación, en caso, por tanto, de no hallarse al abrigo de una persona oyente, la persona con deficiencia auditiva o sorda se pasarán un rato mirando los grifos, o por la ventana de su casa, o buscando a ver si se ha caído algo, etc.; antes de darse cuenta de que, como ocurre en todos los hogares españoles, el vecino anda moviendo los muebles.
Cuando la situación se resuelve nos reiremos a gusto pero… ¿mientras qué sucede? En el momento, la duda torna a ansiedad y deriva, si cabe, a una desesperación por no saber ni qué hacer ni cómo terminar con el molesto ruido. Estás a solas con un ruido desconocido. No tienes quién te lo identifique y terminas, en muchos de los casos, por hacer caso omiso y “a otra cosa mariposa”.
Lo difícil de la situación no es evadirse en otros pensamientos, ¡qué va! Es no caer en la tentativa de la ansiedad y la desesperación. Lo difícil es mantener la calma cuando el ruido no cesa.
Y el miedo, otro fiel compañero de las personas con discapacidad en general, no debe estar presente cuando se persone sin avisar. El mundo, tal y como es, está lleno de sonidos que pasan al ras de nuestras cabezas y no nos enteramos pero esta carencia no hace de nuestra vida un infierno, pues a la mayoría de nosotros no nos quita el sueño el ruido proveniente de casa ajena o el ronquido del más próximo.
¿Qué hacer cuando la ansiedad viene de visita en forma de situación de búsqueda desesperante de un ruido? En mi caso, el de una persona con deficiencia auditiva usuaria de implante coclear, decido poner música cuando ya he dado por hecho que esta situación no tiene resolución sin la intervención de alguien. Música, la radio, o me quito las prótesis para centrarme en lo que esté haciendo… ¿Cuáles son vuestros trucos?
Las tonterías también son importantes
El momento en que una persona con deficiencia auditiva decide comenzar un periodo nuevo saliendo, al fin, del “nido familiar” puede que se convierta, a priori y de forma inevitable, en un nuevo mundo lleno de problemas: buscar una vivienda “al gusto de uno” es bien difícil para las personas oyentes, pero más todavía si nos esforzamos por encontrar la que más se adapta a nuestras necesidades.
Aventurarse en la ardua (aunque no inútil) tarea de la búsqueda de una vivienda no es más que una cuestión de tenacidad y aplomo. Y de proponérselo, por supuesto. Buscar una casa siempre es un problema, sea uno oyente o no, pero es verdad que las personas con deficiencia auditiva necesitan “tonterías”, que luego resultan no ser tan tontas, para su bienestar y confort en la más adelante podría ser su nueva vivienda.
Así, el suelo se convierte en un gran tema sobre debate: ¿en qué tipo de suelos retumba menos el ruido? ¿Cómo evitar esto? No es tan complicado como parece: el truco está en encontrar materiales que “absorban” de alguna forma el ruido sobrante en una habitación y no creen eco. Por ejemplo, las baldosas son menos aconsejables que la madera (parquet, tarima, etc.), y en caso de no poder evitarlas, siempre queda el recursos de cubrir el suelo con moqueta o alfombras, al gusto de cada cual.
Cubrir las paredes con cuadros, telas y estanterías de madera (no de piedra, metal o plástico) es también una buena solución para evitar la producción innecesaria de ecos en una habitación vacía. Las cortinas también ayudan.
Además, para que no chirríen en exceso los muebles, es aconsejable comprar tapones de tela adhesiva para las patas de sillas, mesas, sillones y evitar el molesto sonido de fondo que generan con cualquier movimiento.
Si tú eres, sin embargo, uno de esos valientes que se embarcan en este duro momento de crisis en la compra de una vivienda, te diría que escatimar nunca es bueno: si puedes adaptar tu casa con la tecnología necesaria para mantener tu cordura y no perseguir todos los aparatos eléctricos porque no reconoces si llaman al timbre, al teléfono, si es el horno o el microondas. Es importante mantener la salud mental, pero las adaptaciones para las viviendas de personas sordas resultan imprescindibles: señalizaciones luminosas o por vibración de timbres, teléfonos y electrodomésticos; videoportero, etc.
Aunque todo Aunque todo esto resulta de elevado coste económico, no hay necesidad de privarse: en muchas comunidades autónomas existen bolsas de ayudas a la adaptación de viviendas para personas con discapacidad y, por si el “apagón analógico” te pilla cerca, el Gobierno ha puesto en marcha un plan de ayudas a colectivos en riesgo de exclusión social para la adquisición de descodificadores de Televisión Digital Terrestre para personas con discapacidad superior al 33 por ciento o con un elevado grado de dependencia. (Más información en http://www.televisiondigital.es/Herramientas/Portada/Secundario/Ayudas+colectivos+en+riesgo+de+exclusi%C3%B3n.htm”>más)
Aunque abrume, la búsqueda de un nuevo hogar no debe desesperar al interesado: la sensación de disfrutar de una película subtitulada en TDT, tirado cómodamente en el sofá de una casa donde no haya ruidos, ni ecos; con la tranquilidad de que si finalmente viene el repartidor de pizzas, una bombilla parpadeará para avisarte… es indescriptible. Y merece la pena.
Reto a la lógica
Me voy a permitir el lujo de desmontar una teoría, de retar a la lógica aplastante con una apuesta cargada de futuro. Mienten los que dicen que el aprendizaje de un idioma no es compatible con la sordera ni con la deficiencia auditiva. O, al menos, el miedo recaía con gran peso sobre la práctica y, más concretamente, sobre la pronunciación y la conversación.
Bien es cierto que a las personas con deficiencias auditivas les costará más, quizás, encontrar el punto de pronunciación del idioma. Esto es tan verdad como que las nuevas tecnologías han venido a solucionarnos la vida: Internet ofrece hoy infinidad de posibilidades para mejorar los idiomas.
La red de redes ha abierto la puerta a un sinfín de oportunidades para todas las personas con discapacidad. En concreto, para el tema que nos ocupa, Internet reúne en su seno dos grandes informaciones para perfeccionar un idioma: webs donde se pueden escuchar todo tipo de canciones y webs que ofrecen las letras de esas canciones, para perfeccionar la percepción auditiva de los sonidos y acostumbrarse al acento. El gusto musical dependerá del consumidor y de qué sonidos discrimina mejor o peor.
La posibilidad de utilizar algunas de las aplicaciones para personas ciegas que leen el contenido de la pantalla (disponible aún en pocos sitios web) permite seleccionar informaciones de periódicos, blogs o portales en el idioma que se desea perfeccionar para que luego un narrador lea el contenido de la página web mientras se compara con el escrito en la pantalla.
Ya no tendremos excusa para perfeccionar nuestra segunda lengua este verano: las televisiones también ofrecen la posibilidad de cambiar el idioma de algunas series y películas. Mucho menos, si además disponemos de algún tipo de ayuda técnica para la TV y que la señal sonora viaje directa, sin cortes y sin ruidos de fondo a nuestras prótesis consiguiendo así una mayor claridad.
¿Habrá dificultades? Sí, pero también contamos con muchísimas herramientas: poco a poco las escuelas de idiomas se van concienciando más en la necesidad de adaptar sus enseñanzas a todo tipo de personas y ofrecen muchos materiales multimedia de fácil adaptación para todo tipo de usuarios.
Pero, como en todo en la vida, la equivocación y la práctica enlazará con el éxito y el disfrute personal y qué mejor forma de perfeccionar una lengua que viajar al país de origen de la misma pues, por lo general, muchos lugares de interés turístico europeos (como Dublín, Londres o París) han adaptado muchas de sus instalaciones con bucles magnéticos o amplificadores del sonido. Así que, ¿qué mejor oportunidad para comunicarse más y mejor?
¿Conoces alguna forma más de perfeccionar un segundo idioma cuando se tiene pérdida auditiva? ¡Cuéntanosla!
Herramientas para un mundo de oyentes
Hay algunas situaciones típicas para las personas sordas que escapan de la percepción de cotidianeidad de las oyentes. Con nuestra destreza habitual y gracias al hábito y la costumbre, muchos de nosotros somos capaces de rebajar el impacto de estos problemas que surgen en el día a día.
Así, un corte de pelo puede convertirse en una pequeña pesadilla personal para una persona sorda que, justo en el momento en que le van a lavar al cabello, debe quitarse las prótesis auditivas que le mantienen en contacto con el mundo sonoro. Algunas personas optan por intentar hablar con el peluquero que va a llevar a cabo la operación y explicarle cómo debe hacerlo. Esto, no obstante, no evita que durante el proceso surjan nuevas incógnitas que deban ser resueltas.
Esta situación, incómoda siempre, viene a sumarse a las aparecidas no por ausencia de sonidos, sino por exceso de los mismos: un banquete de bodas, una celebración, una fiesta, una cena en un lugar ruidoso y en donde perderse resulta de lo más sencillo.
En ese momento, la paciencia de nuestros compañeros o amigos será nuestra mayor aliada, nuestra mejor amiga y más exprimida cualidad cuando, las notas de la música amenacen con perder el hilo de la conversación en el aire, o cuando, simplemente, queramos saber de qué canción se trata cada dos por tres.
Luego, sin embargo, prestar atención puede jugarnos una mala pasada: la lectura labial copa todo nuestro campo visual y, al caminar, no vemos venir las cabinas telefónicas, papeleras, personas y otros elementos merecedores de un inevitable choque.
Tres situaciones de lo más comunes y cotidianas en un mundo que no se pensó para las personas sordas pero que, con destreza y agilidad, como cuando pagamos de más (al no oír el importe que se nos indica) o cuando nos aprendemos el recorrido a realizar en taxi para poder guiar al conductor antes de que éste nos dé una vuelta exagerada.
“Herramientas”, que dirían algunos entendidos del tema, para sobrevivir en un mundo que, al igual que pensamos todos (oyentes o no), no está hecho a la medida de uno.
En el peor de los casos, la mejor de las soluciones
¿Qué sucedería sí, en un desencuentro con la salud, uno tuviera dificultades para comunicarse con alguien a quien pide ayuda? Si, por ejemplo, tropezásemos por la calle al buscar, ansiosos, una calle. Si en vez de preguntar a alguien, por miedo a no entenderlos, nos saturásemos buscando un letrero que no está escrito y cayésemos de cabeza contra el pavimento, ¿qué pasaría? ¿cómo relacionarnos con la mujer simpática que espera al autobús y nos ofrece su ayuda, o con el hombre amable que nos da un pañuelo de papel para la sangre?
Qué pasaría, insisto, si durante la caída, aunque nos hayamos prevenido poniéndonos las manos en las orejas, salieran disparados los implantes, los audífonos y toda la tecnología que nos engancha al mundo de la comunicación. Cómo acceder al mundo sonoro cuando, quién sabe, uno no acierta a estar bien y no puede concentrarse en comunicarse correctamente.
No es una situación especialmente frecuente. De hecho, es un momento espontáneo en lo cotidiano de cada uno, y es un agravante del estrés en el que vivimos. Es un “quiero y no puedo”, un instante en que, si pudieras, cogerías el teléfono móvil para llamar al 112 y le darías indicaciones.
Sin embargo, esa lesión tonta (o a veces no tan tonta) significa una desconexión con el resto del mundo y, por ende, un grito desesperado ante la imposibilidad de integración de las personas con discapacidad auditiva.
Aunque en algunas comunidades autónomas ya se están implantando algunos sistemas de aviso de emergencias por SMS, no en toda situación de auxilio se está lo suficientemente bien como para escribirlo y se requiere el buen hacer de otra persona, que buscará en el listín de teléfonos del móvil de la persona con deficiencia auditiva en situación de emergencia y acertará a entender que éste tiene dos o más personas con la indicación de ICE delante y ordenados según preferencia.
Los Servicios de Emergencia del 112 han dado respuesta a la dificultad de comunicación entre la persona con deficiencias auditivas auxiliada y el médico que le atiende, por lo que aconsejan tener en la agenda de teléfonos dos o más personas asignadas con las iniciales de In Case of Emergency (ICE) para poder contactar con los familiares del paciente.
Así, en caso de emergencia, los facultativos pueden dar una respuesta médica y rápida a la familia. Una forma fácil y, sobre todo rápida, de conocer al paciente y sus necesidades, a través de quien más le conoce a él: su familia.
Por eso, cuando el pavimento se volvió inevitable, cuando la simpática señora intento levantarme, cuando el amable hombre me dio un kleenex para la sangre que brotaba de mi cabeza, y no encontraba mis prótesis, no me preocupé más que de recuperarme, alegrándome de tener a mi pareja y mi hermano con el ICE 1 y ICE 2, respectivamente, cuando los servicios sanitarios acudieron en mi ayuda.


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