Marcelino Claverino: El colofón final

La liga nacional de fútbol seguía su curso. Justo en el momento en el que Marcelino Claverino entraba por la puerta del museo Ptolomeo, Don Miguel, conocido guardia de seguridad, presumía con arrogancia de la racha de victorias de su equipo delante de uno de los gerifaltes del museo.

— ¡Mira, aquí llega uno de los míos!¡Marcelino!, recuérdale a este hombrecillo los puntos que les sacamos ya— gritó el siempre apasionado Don Miguel.
— Anda Miguelón, cierra el pico. Sabes perfectamente que si no llega a ser por los árbitros otro gallo cantaría— interrumpió el gerifalte antes de que Marcelino pudiese abrir la boca.
—¡Los árbitros dice!¡Qué poca vergüenza tenéis!— replicó exaltado el guardia.
— Miguel, no le hagas ni caso. Al final siempre recurren a lo mismo. Los árbitros, el césped, la suerte. Excusitas— intervino mordaz pero con prudencia Marcelino.

La discusión futbolera se alargó por un buen rato. La gente, según iba llegando, se unía a la cada vez más acalorada conversación. En un momento dado, seis personas dispuestas en círculo discutían entre bromas sobre las efemérides acontecidas en los distintos partidos dominicales.

Tras disfrutar de uno de esos pequeños, pero gratificantes momentos cotidianos que la vida ofrece, Marcelino subió hacia su puesto de trabajo con una sonrisa de oreja a oreja. Nada mas sentarse en su mesa, y tal y como dictaba su costumbre, encendió el ordenador y abrió el correo electrónico. Un primer correo mañanero de su jefa asomó en la bandeja de entrada. “Enhorabuena” decía el encabezamiento. Marisa Flores parecía haber iniciado la semana de buen humor. Tras hacer “click”, se desplegó un escueto pero directo mensaje.

—“Enhorabuena Marcelino. La exposición de Nikito Nipongo está siendo un éxito. Tus textos de la guía están causando sensación. La dirección está muy contenta. Por cierto, recuerda que hoy tenemos la reunión de accesibilidad a las diez y media con la directora de la asociación de sordos. Nos vemos. Felicidades de nuevo”—decían insólitamente reforzantes las palabras de su jefa.

Marcelino experimentó un nuevo chute de energía quizás parecido al que un inexperto alpinista debe sentir al hacer cumbre por primera vez en una de las montañas del Himalaya. Seguidamente, atendió algunos correos retrasados de la semana anterior, revisó varios de los textos de la revista mensual, se tomó un café con sus compañeros y ultimó los preparativos de la inminente reunión.

Teresa Sobrados, como era característico en su inquieta personalidad, llegó con algo de retraso. Atarantada, entró como elefante en cacharrería en la oficina. Miles de papeles en las manos, pelos despeinados y respiración sofocada. Pidió perdón repetidas veces a todos los que allí la esperaban y echó la culpa de su demora al alcalde de la ciudad, quien según su criterio, se empeñaba en complicar cada vez más la existencia a los conductores con absurdas normas de movilidad.

Saludó cariñosa a Marcelino, el cual había empezado a inquietarse al sentirse responsable de la impertinencia de su invitada. Tras realizar las presentaciones protocolarias y romper el hielo conversando sobre temas banales, la reunión comenzó con unas diez personas sentadas entorno a la mesa de uno de los despachos del museo. La idea inicial era ir presentando las mediadas accesibles por discapacidad y el presupuesto asociado a cada una de ellas. Tras analizar los costes y posibilidades económicas del museo, un comité tomaría la decisión de las acciones definitivas a implementar.

Algunos compañeros comenzaron presentado medidas accesibles para personas con problemas de visión, siguieron las de personas con movilidad reducida y en un tercer turno las de discapacidad intelectual. Para cuando llegó el turno de Marcelino había pasado ya una hora. Recostado con desgana sobre la agradable silla de oficina, Marcelino pegó un respingo cuando su jefa tuvo que elevar la voz al pedirle por tercera vez que comenzase su exposición.

—¡Ay, si perdón! Estaba un poco despistado — dijo Claverino mientras se incorporaba sobre la mesa — Pues nada, como sabéis ha venido para ayudarnos Teresa Sobrados, directora de la asociación Sordotapias y experta en temas de accesibilidad para personas con discapacidad auditiva — Marcelino, aún sobresaltado, se giró hacia Teresa con una sonrisa y prosiguió — así que voy a dejar que sea ella la que exponga. Pero antes, decir a modo de introducción, que las personas con discapacidad auditiva somos muy diferentes unas de otras. Algunas podemos comunicarnos verbalmente y otras lo hacen sólo con lengua de signos. Unas utilizan audífonos y otras implantes cocleares. Algunas tienen una audición razonablemente buena y otras no tanto. Algunas son estupendas leyendo los labios y a otras les cuesta más. Podemos encontrarnos también con personas que, además de sordera, tienen otra discapacidad asociada y así un largo etcétera. Por lo tanto, debido a esta diversidad, es difícil cubrir las necesidades de todas ellas en cuanto accesibilidad se refiere; sin embargo, es algo por lo que debemos trabajar — Marcelino volvió a mirar a Teresa Sobrados buscando su aprobación — Yo he preparado un pequeño documento con diferentes medidas a adoptar y su coste, así que si queréis podemos utilizarlo como guión y que Teresa nos vaya hablando de cada una de ellas — finalizó.

La audiencia pareció estar de acuerdo con la propuesta de Marcelino. Tras repartir copias del documento entre todos los presentes, Teresa Sobrados tomó el turno de palabra.

—Hola a todos. En primer lugar os quería felicitar en nombre de Sordotapias por este paso que el museo ha decidido dar para integrar a las personas con discapacidad. Son pocos los lugares públicos como museos, cines, hoteles o teatros que hoy en día apuestan por la accesibilidad, así que mi más sincera enhorabuena por ello—tras hacer una pausa prosiguió— En Sordotapias creemos firmemente que los espacios accesibles no son sólo un necesidad social, sino que son también una magnífica inversión económica a nivel empresarial ya que todos los usuarios se ven beneficiados por estas medidas, aumentado el valor añadido del servicio que se ofrece—añadió.
—Gracias por tus palabras, Teresa. En el museo estamos convencidos de que apostar por la accesibilidad es fundamental—intervino Marisa Flores algo ruda mientras miraba el reloj de pared ubicado a su espalda.
—Esta bien, voy al grano. Como bien ha puesto aquí Marcelino, la primera medida a implementar es la más barata de todas y quizás la más importante. Generalmente en los museos hay zonas que debido al ruido son acústicamente hostiles como la cafetería o la entrada. Incluso las salas donde tiende a haber mucha reverberación también pueden ser lugares complicados. Así pues acondicionar estas zonas con materiales absorbentes, como alfombras, paneles acústicos o cortinas debe ser una prioridad. Crear un ambiente acústico óptimo es primordial para facilitar el acceso a la información de las personas con discapacidad auditiva—prosiguió la directora captando el mensaje de Marisa Flores.

Todos los presentes prestaban atención a la directora de Sordotapias. Algunos incluso tomaban notas en sus cuadernos. Teresa Sobrados era una entusiasta de su trabajo y una firme defensora de la integración por lo que solía atraer la atención con facilidad de la audiencia en este tipo de reuniones. Defendió con firmeza la contratación de intérpretes de lengua de signos y la utilización de sistemas de amplificación, como los sistemas de frecuencia modulada o bucle magnético portátil durante los tours guiados, así como la necesidad de facilitar información escrita a los visitantes. También defendió la inversión en audioguías con bucle magnético, vídeoguías en lengua de signos y guías virtuales. Igualmente apostó por la instalación de sistemas de amplificación en las salas y auditorios. Por último, mencionó la necesidad de formar al personal en pautas de interacción con personas con discapacidad auditiva, instruyéndoles en hablar frente a frente, usar gestos, dibujar o escribir para favorecer la comunicación.

Tras responder algunas preguntas y discutir sobre costes y prioridades de unas medidas sobre otras, la reunión se dio por finalizada. Marcelino tenía la sensación de que la exposición había sido un éxito. Las ideas habían quedado claras, la gente parecía contenta y, sobre todo, su jefa radiaba un optimismo nunca antes visto.

—Enhorabuena a los dos— dijo Marisa al acercase a Marcelino y Teresa los cuales charlaban en una de las esquinas del despacho al finalizar la reunión— Muy buena presentación. Todo clarísimo. Muchas gracias— dijo Marisa.

Marcelino experimentó esa agradable sensación de orgullo que siempre acompaña al trabajo bien hecho. El día no podía ir mejor. Educadamente acompañó a Teresa a la puerta de la oficina para despedirse. Ésta, de nuevo atarantada, llegaba al parecer otra vez tarde a su siguiente reunión del día.

— ¡Ay Marcelino! ¡Que con las prisas se me olvidaba!— dijo Teresa Sobrados justo cuando salía hacia la calle — El mes que viene es el día internacional de la sordera. Vamos a organizar una fiesta en Sordotapias con familiares y amigos. Contamos contigo, tu familia y tu nueva conquista— añadió a una velocidad vertiginosa a la vez que guiñaba un ojo y caminaba inquieta en dirección al coche.
—Ah, genial, allí estaremos. ¡Corre, vete, que no llegas!— dijo Marcelino sonriendo ante la atolondrada forma de actuar de la directora.

Justo cuando volvía hacia su despacho vibró el móvil en su bolsillo. Un mensaje de Gimena esperaba a ser abierto.

—Hola Marce. Estoy deseando verte esta noche. Si te portas bien quizás hoy si pueda dormir en tu casa. Un beso guapo— decía sugerente el mensaje.

Un tembleque en las piernas parecido al experimentado en las primeras citas se apoderó de Marcelino. Aquella Gimena directa y decidida le resultaba irresistible. No podía pensar en un colofón final mejor para aquel insuperable día.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Ataques de risa

— La seguridad es una cualidad sobrevalorada. Ya sé que a las mujeres os vuelve locas el típico machito que va sobrado de confianza, pero sinceramente a mí me parece una horterada.
— Pues a mí un hombre así decidido, que no duda y va por la vida con las cosas claras me derrite que no veas. Y si encima tiene una buena molla ya ni te cuento — dijo entre risas Trinidad García mientras miraba cómplice al resto de mujeres que componían la mesa.
— ¡Calla, calla! Que me pones de mala leche. No ves que la seguridad es el refugio de la ignorancia ¿A qué sí, Marce? — contestó ofuscado Gustavito Calatrava.
— ¿Eh? Perdona, macho, es que no me he enterado — respondió Marcelino confundido por el ruido presente.
— ¡Tronco, enciende el aparato! Que le estoy diciendo a Trini que la seguridad mata la curiosidad. Un tío de estos sobrado de confianza seguramente no se haga muchas preguntas. ¿De qué va a estar seguro? ¡Pero si la vida es de por sí una incógnita!
— Hombre, Gustavo, yo que sé, te pones muy trascendental. Si a la chica es lo que le gusta… — contestó Marcelino haciendo un esfuerzo previo por leer los labios de Gustavito.
— Venga, anda, ahora ponte de su lado. Vaya colega tengo.
— ¿Ves? Hasta tus amigos me dan la razón. La seguridad en un tío es fundamental. Es una muestra de hombría ¬– apuntó Trinidad.

El sol había aparecido resplandeciente aquel domingo por la mañana. Cuando así ocurría, la gente salía en masa a la calle como lagartos en busca de su necesitada dosis solar. Las terrazas se llenaban de familias y grupos de amigos. Las calles de corredores estacionales. Los parques de divertidos niños sonrientes. Los pantalones cortos y gafas de sol remataban la estampa primaveral. La ciudad parecía revitalizarse al amparo de la venerada estrella solar.

Marcelino y sus amigos, siguiendo la corriente popular, habían decidido reunirse en torno a unas cervezas en el barrio hipster de la ciudad, barrio en el que Marcelino un tiempo atrás viera su primera película junto a Gimena en los cines Kayak. Alrededor de la plaza principal del vecindario se amontonaban infinidad de incómodas mesas y sillas plateadas, todas ellas ocupadas por hombres de barba desaliñada y mujeres con extraños sombreros. Los camareros, también modernos, salían y entraban de los bares a velocidades vertiginosas con cañas, refrescos y variadas tapas en sus bandejas.

Entre la multitud, en una de las mesas, el grupo de amigos intentaba mantener una conversación bajo el cada vez más incesante bullicio. Allí estaban Gustavito Calatrava, Antonio Limonero y el implantado Rufino Palomino. También algunas amigas de la facultad y Trinidad García, una guapa jovencita a la que Gustavito había conocido por casualidad unos días atrás en el andén del metro. Gimena Torremocha, pese a unas iniciales reticencias, se había unido también al grupo. Marcelino, orgulloso, no cabía en sí de gozo al poder presentar oficialmente a todos sus amigos a su tan deseada conquista.

— No entiendo nada de lo que dicen — dijo Gimena al oído de Marcelino mientras Gustavito seguía defendiendo con heroicidad su postura sobre la seguridad masculina.
— Háblame de frente que si no no me entero Gime — contestó éste.
— Que digo que con este ruido no me entero de nada. No sé de lo que están hablando — repitió Gimena separándose unos centímetros.
— Yo tampoco me entero. Intento concentrarme en los labios pero a veces es imposible. Mira a Rufino, está como nosotros, no se entera. Menudo personaje.

Rufino, sentado en la esquina opuesta a la pareja, miraba embobado a las modernas que pasaban junto a él. Gimena, al percatarse, comenzó a reírse por lo bajo. Unos coquetos mofletes sonrojados se adivinaron en su cara. Marcelino conocía bien esa presumida expresión. En un impulso instintivo, la agarró fuerte de la mano por debajo de la mesa. Gimena, conocedora ya del código no verbal creado entre ambos, se ruborizó todavía más. Sin embargo, contestó al mensaje dejando deslizar su dedo índice con sumo cuidado por el antebrazo de Claverino. El resto de la mesa, sin percatarse de los jueguecitos que algunos se traían entre manos, proseguía con la conversación.

— Mira, Trini, el problema del mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de certezas. Y no lo digo yo, lo dijo en su día un famoso filósofo — profirió ya a voz en grito Calatrava.
— ¡Uy!, ya se está alterando. Trinidad déjalo, cuando se pone así es insoportable. No se puede hablar con él. Te lo digo yo que le conozco desde hace tiempo — dijo intentando cortar la tensión una de las amigas universitarias.
— Déjale. Si yo no me enfado. Me hace gracia ver cómo se altera — contestó.

Rufino Palomino, con un inicio de cuadro de tortícolis, seguía absorto mirando a las mujeres pasar. Marcelino, algo socarrón, le hizo un gesto con las manos para romper su embobamiento. Siete u ocho intensos movimientos de brazos fueron necesarios para que Rufino volviese a la realidad. Un sonrisa picarona se dibujo en su rostro al percatarse de que Marcelino y Gimena le estaban observando. Acto seguido acompañó la sonrisa con un gesto un tanto degenerado. Se mordió el labio inferior, puso los ojos en blanco, ladeó la cabeza y frotó su pecho con la mano en exagerados círculos . Estaba claro lo que Rufino estaba pensando. Gimena y Marcelino comenzaron a reírse a carcajadas. Tal fue la intensidad y vehemencia de su jolgorio que el resto de la mesa detuvo la conversación de inmediato.

— ¿Pero qué le pasa a estos? — preguntó extrañado Antonio Limonero.
— Ni idea. Serán cosas de sordos — añadió todavía irritado Gustavito.

El ataque de risa fue en aumento. Rufino, tras un primer momento de confusión se unió también a la jarana. Esto no hizo más que potenciar la intensidad de las carcajadas de la pareja. Marcelino, repanchingado sobre la silla, intentaba coger aire mientras se le saltaban las lágrimas típicas de profundas risotadas. Gimena, aunque cortada, se reía también a mandíbula batiente.

El bien conocido efecto contagioso de la risa comenzó a pulular por la mesa. Unas primeras sonrisillas inocentes de algunos de los presentes dieron paso a carcajadas cada vez más exageradas. De repente y sin saber muy bien por qué, la mesa al completo se estaba tronchando de risa. Se intercambiaban miradas de desconcierto entre los comensales en un baldío intento de encontrar una explicación a lo que allí estaba sucediendo. Paradójicamente, esto no hacía más que aumentar exponencialmente la frecuencia e intensidad del alborozo.

Después de unos segundos en los que la gente pareció disimular y hacer verdaderos esfuerzos por contenerse y volver a la normalidad, Rufino, con el habla entrecortada, dijo:

— Gustavito, tío, no tengo ni idea de lo que estás contando porque con los cacharros estos no me entero de ná. Pero cállate ya y disfruta de la chavala ésta que te has traído. Que mira como estamos otros…

Las últimas palabras fueron ininteligibles. Las carcajadas alcanzaron su máxima expresión. El resto de los amigos rompieron entonces la risa contenida en esa falsa calma tan característica de ataques de risa colectivos. La plaza pareció silenciarse por unos instantes. Todos los ojos se centraron en aquel impertinente pero feliz grupo de amigos que reía incesantemente.

Desde aquel momento, les fue imposible mantener una conversación. Inocentes sonrisillas amenazaban con volver a desencadenar el ataque colectivo. Al terminar la velada a todos les quedó el regustillo de haber pasado una inolvidable tarde. Marcelino y Gimena, tras despedirse de sus amigos, anduvieron juntos hasta la parada de metro más cercana.

— Hacía tiempo que no me reía tanto — dijo Gimena frente a la boca de metro.
— Y que lo digas. Me encanta verte sonriente y feliz —contestó Claverino mientras se lanzaba a dar un beso a la cajera.
— Muchas gracias Marce, me hacía falta algo así — susurró ésta con los labios de Marcelino ya sobre los suyos.
— ¿Por qué no vienes a casa? — preguntó Claverino obnubilado mientras se agarraba a la cintura de Gimena con ahínco.
— Me encantaría pero no puedo Marce. De hecho, vienen a buscarme.

Justo en ese momento una moto se detuvo junto a la acera. Un hombre con un casco que a Marcelino le resultó familiar hizo gestos a la cajera para que se subiera. Claverino pegó un respingón nada más verle. Antiguos miedos discurrieron en forma de corriente eléctrica por su espina dorsal.

— Mira ya está aquí mi hermano. Ven que te lo presento — dijo ajena a la realidad la cajera.

Tras saludar cariñoso al hasta entonces odiado “motero makoki”, Marcelino Claverino se encontró bajando por las escaleras del metro con una sensación de alivio que nunca antes había experimentado. Brotaron de nuevo las carcajadas pero esta vez provocadas por la alegría que a uno le invade cuando por fin por un efímero instante todo parece encajar a la perfección.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: El principio de incertidumbre

Aquel fin de semana Marcelino Claverino tuvo que renunciar a su partido baloncestístico semanal. Los Little Thunder campaban por la liga municipal sin pena ni gloria. Un modesto balance de victorias y derrotas les situaban en la zona media de la tabla. Los reumáticos y artríticos jugadores de los Thunders eran capaces todavía de levantar alguna que otra victoria ante equipos más jóvenes, saltarines y veloces. Entre las cervezas y aceitunas post-partido, algunas viejas glorias del equipo se vanagloriaban de tal reseñable gesta.

Sin embargo, pese a la general actitud optimista del equipo, lo cierto era que cada vez era más sencillo saltarse algún partido cuando afloraban otros compromisos. Por este motivo, iba siendo también cada vez más habitual que el equipo se presentase con tan sólo cinco jugadores a muchos de los encuentros. Además del cansancio que eso suponía para los ya de por si ajados jugadores, obligaba a determinados componentes del equipo a cambiar su posición en la pista. En más de una ocasión Marcelino, alero de buena muñeca pero escaso 1,85 metros de estatura, se había tenido que fajar en la pintura con animales de 2 metros y más de 100 kilos de peso. Una verdadera tortura. Tras aquellos partidos, con los brazos magullados y los pulmones vacíos, se planteaba algo nostálgico si no eran ellos ya mayores para andar sufriendo los avatares de una guerra deportiva que carecía de propósito alguno.

En cualquier caso, aquel sábado por la mañana Marcelino encontró una más que razonable excusa para esquivar el compromiso deportivo. Gimena, inmiscuida en plena adaptación protésica y con una pérdida auditiva que parecía ir empeorando, tenía cita en el centro auditivo. Nerviosa y temerosa pidió a Marcelino que la acompañase. Éste, tras la revelación filosófica acontecida tras el paseo y con el firme propósito de intentar ver las cosas desde otra perspectiva, no dudó ni un segundo en cumplir con su papel de experto en la materia de la sordera. Así pues, a las diez de la mañana se encontraron ambos sentados en la sala de espera del centro auditivo.

— ¡Bueno días Gimena! — dijo entusiasta el audiólogo Edelmiro Terebelio mientras accedía a la sala de espera desde los interiores de la consulta— ¡hombre, pero si vienes con Marcelino! Cómo me alegra que os hayáis hecho amigos — añadió confundido recordando el incómodo momento vivido semanas atrás en el mismo lugar.

En seguida y tras saludar la pareja algo avergonzada, los tres se adentraron en uno de los despachos del centro.

— A ver Gimena, cuéntame, ¿Cómo han ido estos días? — preguntó directo Edelmiro mientras dejaba descansar su cuerpo sobre la silla.
— Pues creo que bien la verdad. Todavía me sigue resultando extraña la forma en la que oigo las voces pero me voy acostumbrando. Y bueno, las conversaciones con mucha gente o cuando hay ruido siguen siendo complicadas.
— Bien, ¿Pero no has notado como me dijiste la última vez que los audífonos perdiesen potencia, verdad?
— No, eso no — contestó Gimena.
— Estupendo. Eso en principio es buena señal, quiere decir que tu audición se ha mantenido estable. De todas maneras, ahora hacemos audiometría y lo comprobamos —dijo sonriente Edelmiro— respecto a las voces y las conversaciones en grupo es algo normal. Poco a poco te irás acostumbrando — añadió.
— Claro. Si ya se lo he dicho. Al final no se dará ni cuenta— apuntilló Marcelino mientras acariciaba complaciente la espalda de Gimena.

A continuación pasaron a la habitación contigua. Gimena se adentró en la cabina insonorizada donde tendría lugar la audiometría. Desde el otro lado del cristal y en un rápido chequeo, Edelmiro activó tonos variados en frecuencia e intensidad a los que Gimena debía responder levantando la mano. No les llevó más de diez minutos.

— Estupendo. La audiometría es clavadita a la del otro día — dijo Terebelio orgulloso de su diagnóstico previo.
—Supongo que eso es bueno, ¿verdad? — preguntó timorata Gimena.
— ¡Eso es fantástico! Quiere decir que la pérdida parece haberse estabilizado. Si además como dices estás cómoda con la adaptación, todo va ya por el buen camino. No hay que tocar nada.
—Ya pero todavía no es perfecto — añadió cabizbaja la cajera.
— Hombre, Gime, ya te han dicho que esto requiere un tiempo de adaptación — intervino Claverino mostrando poca empatía.
— Claro mujer, tienes que darle tiempo. De todas maneras, te voy a dar cita para dentro de quince días para asegurarnos de que no se produce otra bajada— añadió Terebelio mientras abría la puerta de la sala en la que se encontraban.
—Bueno pero…
— Gimena, haz caso a Don Edelmiro que tiene mucha experiencia en esto. Ya verás como cuando vuelvas en quince días ya te habrás acostumbrado. No le des más vueltas, vamos a celebrar que todo se ha estabilizado— sentenció Marcelino con la lección de practicidad bien aprendida.

Tras despedir a Edelmiro Terebelio, abandonaron el centro audiológico y se adentraron en la primera cafetería que encontraron para tomar un café.

— ¡Bueno pues estupendo Gime! Ya se ha estabilizado la cosa y tus audífonos están bien adaptados ¿qué más se puede pedir? — dijo Marcelino enérgico nada más sentarse en el taburete de la barra del lugar.

Gimena no contestó. Tras unos segundos unos considerables lagrimones comenzaron a brotar de sus ojos. Los intensos sollozos no tardaron en llegar. Marcelino sorprendido ante tal inesperada reacción agarró de la mano a Gimena.

—¿Pero qué pasa? Si ha ido todo genial — preguntó.
—Nada. Déjame. No pasa nada — contestó entre sollozos Torremocha.
—Venga no seas…
— ¡Pues que me va a pasar! ¿No lo ves? Tengo esto en las orejas — dijo señalando los audífonos — y resulta que ahora lo tengo que celebrar — terminó de sentenciar. Sus lágrimas brotaban ya a borbotones.
—Hombre Gimena, tampoco es eso.
— Y encima me dice el tío que vuelva por si me quedo más sorda todavía. O sea, que no es seguro que no vaya a empeorar. Y también que no me queda otra que acostumbrarme a las conversaciones en grupo y a las voces estas de Mickey Mouse. ¡Que no! ¡Que esto es una mierda! ¿No lo entiendes?
—Si lo entiendo Gimena, pero por desgracia no se puede hacer más…
—Yo no puedo vivir con esta incertidumbre — dijo desconsolada la cajera.
— No pienses tanto Gime. Vive las cosas al día. Acuérdate de lo que me dijiste el otro día — apuntó Marcelino.
— ¡Ay Marcelino, no me vengas ahora con esas! — saltó como un resorte la cajera.

Claverino se quedó petrificado. Nunca había visto a Gimena reaccionar de esa manera.

— Perdona. No tenía que haberte hablado así. Quería decir que ahora te necesito Marce. Necesito al Marcelino de verdad. Al pensador ¿Entiendes?

La confusión se apoderó de Marcelino. Pensó que el mundo femenino era realmente complicado. Sin embargo, tras unos segundos de silencio una ligera sonrisa se dibujó en su rostro.

— Ya entiendo. Pues mira, hablando de incertidumbre te voy a contar algo sobre ella— dijo Marcelino metiéndose de lleno en un papel en el que se desenvolvía como pez en el agua — A principios de siglo un físico alemán formuló el famoso principio de incertidumbre. Éste dice que el simple hecho de intentar observar un fenómeno físico provoca que éste se modifique. Por tanto, intentar comprender algo conlleva aceptar la incertidumbre de estar equivocado debido al efecto que produces en el fenómeno observado ¿entiendes? — dijo Marcelino muy orgulloso y locuaz.
— No del todo pero me encanta oírte hablar — contestó la cajera embelesada mientras se secaba las lágrimas.
— Cuando era adolescente me pregunté mil veces porqué era sordo. Por qué me había tenido que tocar a mí. Me preguntaba cómo habría sido mi vida sin esa maldita meningitis. También me preguntaba si algún día inventarían algo que me devolviese milagrosamente la audición. Me hacía miles de preguntas que me volvieron loco por mucho tiempo. Un buen día leyendo un artículo descubrí el principio de incertidumbre. Entonces me di cuenta que las continuas explicaciones que buscaba estarían siempre acompañadas de un cierto nivel de duda. Desde aquel momento me prometí intentar no comprender y aceptar en la medida de lo posible esta discapacidad con la que tengo que vivir todos los días de mi vida ¿Entiendes ahora? — apuntilló Marcelino.

Gimena, emocionada, no pudo reprimir las ganas de abrazar a Claverino. Había algo en aquel joven que le transmitía una profunda paz y seguridad. En eso, no había lugar para la incertidumbre.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Cambio de ruta

La semana fue transcurriendo con relativa normalidad para Marcelino. Consiguió concertar una reunión con Teresa Sobrados, la simpática y siempre ocupada directora de Sordotapias y el equipo de accesibilidad del Museo Ptolomeo. Marcelino tenía la sensación de que las aportaciones de la directora serían de gran ayuda para el proyecto de accesibilidad. Mientras llegaba la fecha de la reunión, él aprovecharía para ir leyendo la guía que la propia Teresa le había entregado el día en el que Florinda Biensalida le cruzó la cara en la asociación de sordos. Acondicionamiento acústico en las salas, audioguías con bucle magnético y videoguías subtituladas y con intérprete de lengua de signos eran medidas que comenzaban a discurrir y tomar forma en su cabeza.

Durante la semana continuaron los paseos vespertinos con Gimena Torremocha. Ésta, algo más calmada en relación a su adaptación audioprotésica, seguía sin mostrar preocupación alguna respecto a la más que evidente romántica aventura de Marcelino. De nuevo no hubo ni una sola alusión a lo acontecido. Ni una minúscula muestra de resentimiento o celos. Los ya conocidos fantasmas de Marcelino surcaban su mente cada vez que volvía a casa tras dejar a Gimena en la parada del autobús. Cualquier persona normal se hubiese mostrado molesta o al menos intrigada, pensaba. ¿Qué extraños intereses llevaban a la joven cajera a pasar por alto tan indecoroso comportamiento por parte de Marcelino? El motero “makoki” y la siempre acomplejada sensación de sentirse utilizado emanaban silenciosos desde las profundidades de su mente inconsciente.

El jueves por la tarde, la recién estrenada pareja decidió cambiar la ruta de su cada vez más tradicional caminata urbanita. Las calles del céntrico barrio comenzaban ya a resultarles demasiado conocidas. Comentaron la curiosa tendencia del ser humano a repetir una y otra vez las mismas rutinas. Unos pocos días deambulando de la mano entre las tortuosas e intrincadas calles del vecindario, les habían bastado para predecir con cierta exactitud lo que allí ocurriría casi a cada instante. Entre juegos y risas, habían sido capaces de vaticinar quién se sentaría en los bancos del parque, quién estaría fumando en la puerta del bar de la esquina o incluso qué chiquillos comprarían chucherías en las tiendas chinas de ultramarinos. Les resultó curioso ver cómo la vida parecía repetirse un día tras otro, casi idéntica, en un círculo vicioso interminable donde los actores de la película parecían condenados a interpretar el mismo guión cada veinticuatro horas.

Marcelino se preguntó aterrado si no serían ellos mismos también parte de aquel accidentalmente diseñado plató. Reflexionó absorto sobre la curiosa paradoja que envuelve a la rutina. Uno la desea tanto como la detesta, la busca tanto como la evita. Un escalofrío incómodo cruzó su espalda.

Gimena, sin embargo, se tomaba aquello como un simple juego. Una divertida manera de pasar la tarde. Se reía intentando adivinar qué personaje se cruzarían al girar la esquina de la calle. Competía como si le fuera la vida en ello viendo quién acertaría un mayor número de acontecimientos.

Marcelino Claverino, agobiado por la idea de volver a la rutina, propuso aquel jueves extender el paseo por otros barrios de la ciudad. Gimena, siempre abierta a nuevas experiencias, vio la proposición con buenos ojos. En seguida, las nuevas calles se abrieron ante ellos para ser descubiertas. Rápidamente atravesaron una zona conocida en la ciudad por su marcha nocturna. Las verjas echadas de los bares de copas, la luz natural reflejada en su edificios, las calles libres de jóvenes enloquecidos y la aparente normalidad reinante entre sus paseos y bulevares dotaban a aquel barrio de una nueva atmósfera que ellos, visitantes nocturnos de fin se semana, nunca habían disfrutado.

Atravesaron también un pequeño parque escondido a los pies de un gigantesco edificio de oficinas. Marcelino había pasado por allí montado en el autobús miles de veces pero nunca se había molestado en adentrarse en él. Se quedó impresionado con el reducto de paz generado en plena ciudad entre aquellos árboles. Unos señores mayores sentados en una mesa jugaban al ajedrez como si tal cosa ajenos a la presencia de la joven pareja. Marcelino al ver la normalidad con la que aquellos dos ancianos se desenvolvían se preguntó si estaría presenciando a dos nuevos actores interpretando su guión diario en un escenario diferente.

El paseo se prolongó por unas cuantas horas. Nuevas estampas se descubrieron a cada paso. El sol iba cayendo y, con él, el ambiente de la ciudad iba cambiando. Los bares comenzaban a llenarse, las luces artificiales de las farolas empezaban a pedir protagonismo y los niños agotados desfilaban en procesión desde los parques hacia sus casas. Rutinas y más rutinas. Pero esta vez todas ellas inéditas a los ojos de Gimena y Marcelino. Tuvo éste la sensación de ser un turista en su propia ciudad, de estar descubriendo aspectos en ella que hasta entonces habían permanecido ocultos.

Con la emoción de un romántico paseo y el cansancio en las piernas propio de una larga caminata, llegaron ambos de nuevo, tal y como dictaba su costumbre, a la parada del autobús. El sol ya se había puesto y, como solía suceder a esas horas, nadie más esperaba al autobús.

- ¿Sabes lo que creo Gime?—soltó de repente Marcelino nada más sentarse en los asientos de la parada. Tras unos segundos de silencio, añadió—Creo que los sitios en realidad son momentos. Lo que sucede alrededor de un lugar es realmente lo importante, no el sitio en sí.
- A ver mi filosofillo, nos lo hemos pasado genial, no le des más vueltas. Disfruta de las cosas. A veces piensas demasiado— contestó Gimena con un toque de pragmatismo a la vez que agarraba de los mofletes a Claverino.
- No, en serio, piénsalo. ¿Cuántas veces has ido a ver un monumento a una ciudad que se suponía debía ser espectacular y no te ha gustado? Muchas ¿verdad? Pues seguramente lo que pasó es que no fuiste en el momento indicado. ¿Lo pillas? El momento es fundamental. El lugar es lo de menos.
- Madre mía. Cuando te pones así mira que eres pesadito. ¡No pienses tanto! ¡Disfruta!— replicó Gimena con un tono de cierta admiración pero a la vez desesperación mientras se lanzaba a dar un beso al joven implantado.
- ¿Pero cómo no voy pensar? Yo no paro de pensar continuamente. Si no pensase sería un perro o un bonobo. Los humanos pensamos. Por eso somos humanos.
- Cierra el pico y dame otro beso, pesado—dijo Gimena mientras se acercaba coqueta a Marcelino.
- Tú ¿Qué pasa, que no piensas?¿Vas por la vida sin reflexionar sobre las cosas? dijo Marcelino algo guasón aceptando el envite de la cajera.
- Salvo por los aparatos éstos que me tienen amargada, simplemente acepto las cosas como son. Prefiero disfrutar de lo que la vida me ofrece— contestó Gimena mientras le daba un ardiente beso a Marcelino— que rayarme por cosas que no puedo controlar, ¿entiendes?— añadió con cara de circunstancias a la vez que separaba de un enérgico empujón a Claverino.

Un incómodo silencio invadió la marquesina. Marcelino se quedó callado con cara de pasmarote. En seguida, Gimena le lanzó una coqueta sonrisa.

- Alegra esa cara, atontao. Que no se por qué me gustas tanto.

Justo en ese momento el autobús número veintinueve se detuvo junto a la parada. Se abrieron las puertas y Gimena se subió al mismo de un delicado brinco.

- Llámame mañana, lelo—dijo la cajera mientras tiraba un beso al aire justo antes de que se cerrasen las puertas.

Marcelino subió a su casa completamente descuadrado. La cara de pasmarote le acompañó durante todo el trayecto. Gimena era tan impredecible como enigmática. No había nada más atractivo para él. Se sentó en el sofá de casa confundido. Agarró la novela que acababa de empezar a leer. Tras una rápida lectura, una frase destacó sobre las demás. “A veces un simple cambio de ruta basta para descubrir un nuevo mundo. No busques grandes revelaciones, simplemente cambia la forma de mirar las cosas, quizás así comprenderás”.

Marcelino se reclinó sobre el sofá. Los paseos, las ciudades, las rutinas y su relación con Gimena se entremezclaron en su mente con un único telón de fondo. Un cambio de ruta.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Todo queda en familia

La familia materna de Marcelino Claverino estaba ya completamente adaptada a la sordera de uno de sus miembros. Los audífonos e implantes formaban parte desde hacía tiempo de la rutina familiar y, aunque a un observador externo pudiera resultarle extraño, nadie caía ya en la cuenta de lo atípico de aquella situación. Tíos, primos y abuelos habían integrado en el inconsciente las diferentes pautas de comunicación que Marcelino demandaba. La naturalidad y fluidez con la que toda la familia actuaba para facilitar la inclusión de Marcelino era digna de admirar. La abuela, doña Valentina Claverina, bajo una halo de sapiencia y sensibilidad que sólo dan los años, solía comentar que su familia había demostrado a pequeña escala la tendencia natural del ser humano a ayudar e integrar a aquellos que más lo necesitan. Paradójicamente no había sido necesario que ninguno de los allí presentes tomase cursos sobre sordera, la simple interacción con Marcelino a lo largo de los años había producido un ajuste en la dinámica familiar realmente extraordinario. Con un gran sentido común, Valentina Claverina se preguntaba si aquel minúsculo experimento social producido en su familia, no tendría algo que mostrar a la sociedad en su conjunto. “Quizás sólo con que la gente conviviese unos días con chicos como Marcelino, se facilitaría que todo el mundo aprendiese a tratar con ellos. Así les haríamos la vida más fácil. Si es que no cuesta nada, pobrecicos”, solía comentar la abuela en las reuniones familiares con los ojos vidriosos mientras contemplaba orgullosa a su nieto.

La repentina sordera de Marcelino producida por aquella inoportuna meningitis no sólo había causado estragos en sus padres. En la sombra, y con la responsabilidad de mantener la serenidad en un momento tan delicado, los abuelos de Marcelino también habían sufrido con los vaivenes de unos tiempos tumultuosos. Con los años, Valentina Claverina llegó a confesar interminables y desconsoladas llantinas nocturnas solo compartidas con su marido. No quería mostrar ni un ápice de fragilidad ante su ya de por sí desbordada hija. También contó cómo su marido, devoto religioso, en aquellos días se levantaba temprano para ir a la iglesia. Allí rezaba un rosario y encendía una vela a San Cristóbal todos y cada uno de los días de la semana. Marcelino Claverino, más bien escéptico en los temas religiosos, siempre guardó cierto cariño a la figura de aquel Santo que durante años contempló en la parroquia del barrio de sus abuelos. Una estampita de San Cristóbal, roída por el paso del tiempo, todavía le acompañaba escondida, casi avergonzada, entre tarjetas de crédito y fotos de carnet en su cartera.

Marcelino adoraba a su familia, especialmente a sus abuelos. Éstos se habían volcado en ayudar a sus padres en la difícil tarea de sacar adelante a un niño con discapacidad. Igualmente sus tíos y primos habían supuesto un gran apoyo para él. Consciente del esfuerzo de toda la familia, les estaría eternamente agradecido. Sin embargo, aquel domingo, tenía pocas ganas de compartir la tarde con todos ellos y, menos, de poner su mejor cara en la celebración cumpleañera de su a partir de entonces adulto primo Alvarito. Aún así, llevado por su instinto de unión familiar y, sobre todo, por no tener que aguantar los lamentos de su madre acudió a la fiesta de cumpleaños en la aburguesada casa de sus abuelos.

Una hora más tarde de lo acordado llamó Marcelino al timbre de la puerta. Pensó que ahorrarse las primeras charletas previas a la merienda le haría la tarde algo más llevadera. Había intercambiado algún wasap con Gimena por la mañana. Ésta seguía igual de cariñosa y hasta incluso mostraba cierta impaciencia ante la inminente próxima cita. No hubo ningún comentario acerca del incidente en Sordotapias, lo cual a Marcelino le seguía desconcertando.

La puerta la abrió su tía Juani, madre del cumpleañero, la cual portaba un collar hawaiano amarillo chillón.

—¡Ay Marcelino, por fin llegas! Estamos a punto de empezar con la merienda. Hay que ver lo pesaditos que sois los jóvenes solteros. Siempre llegando tarde. Anda, pasa. ¡Pero que guapo estás hijo mío!¡Dame dos besos anda!— dijo su tía mientras le besuqueaba insistentemente los dos carrillos con su habitual espontaneidad.

Al entrar en el salón, toda la familia se hacinaba alrededor de la mesa del comedor. Gorritos de fiesta, bigotes de plástico, más collares hawaianos, globos y serpentinas, dominaban una escena con amplios tintes festivos. “Felices 18, Alvarito”, rezaba un colorido cartel sobre el marco de una de las puertas.

—¡Hombre, el que faltaba! ¡Venga macho, que estamos aquí salivando como los perros de Pavlov! — espetó a modo de cordial saludo uno de sus tíos.
—¡Venga niña saca ya la comida, que ha llegado Marcelino!— gritó su abuelo quien como siempre presidía con hechuras de patriarca gitano la mesa del comedor.
—Hola familia— dijo para el cuello de su camisa Marcelino mientras saludaba con su mano con poco entusiasmo.

Acto seguido se acercó a su primo Alvarito para felicitarle. Éste, como buen post-adolescente con ganas de mostrar al mundo su madurez, exhibió cierta indiferencia cuando Marcelino le entregó su regalo. Justo en el momento en el que Alvarito abría el envoltorio, Marcelino se encontró con los ojos asesinos de su madre, la cual entraba al salón procedente de la cocina. Manuela Claverina era muy quisquillosa con la puntualidad. Marcelino respiró hondo a la vez que devolvía una mirada de paciencia a su contrariada madre.

Enseguida fue llegando la comida a la mesa. Sándwiches, jamón, queso, aceitunas, frutos secos, patatas fritas y demás alimentos propios de meriendas de cumpleaños poblaron la mesa. Por supuesto no faltaron tampoco los refrigerios. Fantas, coca-colas y trinaranjus para los pequeños, cerveza y vino para los adultos. La comida fue desapareciendo de los platos a una velocidad vertiginosa. Mientras tanto se sucedieron conversaciones sobre deportes, noticias de actualidad y, cómo no, política. El abuelo Claverino solía exaltarse en exceso al hablar sobre tan delicado tema, por lo que desde que en una ocasión tuvieran que llevarle al hospital bajo la sospecha de un amago de infarto, la familia tendía a no discutir demasiado y sobre todo no llevar la contraria al vehemente abuelo.

Marcelino, enclaustrado en su mundo, mantuvo pequeñas conversaciones paralelas con alguno de sus primos mayores, pero no quiso intervenir en la conversación principal de la mesa. Su cabeza estaba en otras cosas.

— Bueno Marcelino ¿y tú, qué tal? ¡Que no has abierto el pico! ¿Te echas novia o qué? Que como sigas así se te va a pasar el arroz— interrumpió su tía Juani, una fanática de la prensa rosa familiar.

Marcelino estaba acostumbrado a las burlas amorosas de su tía, pero aquel día no estaba de humor.

- No, tía, nada de novias — contestó secamente.
— Ay, hijo, pues qué aburridos sois los hombres de hoy en día. A mí a tu edad se me tiraban al cuello. No me creo que no liguéis nada. Todos los primitos igual. ¡Qué aburridos! — replicó guasona Juani.
— Que no Juani, no le hagas ni caso. Que yo sé que lleva unos días viéndose con una chica que le gusta mucho — interrumpió Manuela Claverina muy inoportuna.

Nunca Marcelino miró a su madre con una cara de odio como la de aquel día.

—¡Ay, no me digas! ¡Que Marcelino se nos ha echado novia! ¡Qué alegría! ¿Y qué es compañera del trabajo?
— Qué va mujer, ¡la cajera del supermercado de su barrio! — gritó a los cuatro vientos Manolo Claverino quien en aquel momento se lanzaba a coger un trozo de jamón.

Para entonces toda la familia ya estaba mirando a Marcelino. Éste, rojo como un pimiento, lo único que quería era lanzarse al cuello de sus dos progenitores.

— ¡Marcelino, hijo, cuenta algo! ¡Que no pasa nada! ¡Si todo queda en familia! — gritó exaltada otra de sus tías quien en ese momento entraba desde la cocina portando una tarta con dieciocho velas prendidas.
— ¡Habemus boda! — vociferó alguien con un tono de voz algo chisposo.

En ese preciso instante se apagaron las luces del salón y todos comenzaron a cantar al unísono el “cumpleaños feliz”. Marcelino con un gorrito de payaso y un matasuegras de los chinos en la boca, se unió al coro con la misma ilusión que lo habría hecho un hombre condenado a la muerte.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: El concierto

— No seas pesado tío — dijo Marcelino empujando con desprecio a su amigo Rufino Palomino.
— Cómo te pones macho. Sólo preguntaba — contestó éste un tanto sorprendido.
— Es que llevas veinte minutos dando la matraca y ya te he dicho mil veces que Gimena no me dijo absolutamente nada. Hizo como si nada hubiera pasado.
— Es que entonces no se cual es el problema Marce — sentenció Rufino elevando un tanto la voz.
— Pues que seguramente no dijera nada por que ella también estuvo con el asqueroso de la moto durante esos días.
— Madre mía, eres un rayao… — contestó resignado Palomino.
— ¡Ey chavales! — interrumpió dando empujones a todo el mundo en la cola un exaltado Gustavito Calatrava— me han dicho los de seguridad que abren las puertas en veinte minutos. Serán cabrones.
— Toda la vida igual estos mamones del Jazzmatazz, siempre haciendo esperar a la gente — murmuró airado un personaje barbudo situado justo detrás del grupo de amigos.
— ¡Chusma! — gritó al cielo mirando hacia la puerta Rufino como si su grito fuera a adelantar el inicio del concierto.

De vuelta a casa, con los dedos de Florinda marcados en la mejilla, Marcelino no se atrevió a abrir la boca. La situación era tan obvia que descartó plantear cualquier tipo de excusa. “A lo hecho, pecho”, pensó. Gimena lejos de entrar en cólera, se limitó a mirar al suelo con la cara impávida de quien parece digerir una mala noticia. Sin embargo ciertas miradas y sonrisas cómplices desconcertaron a Marcelino. La guinda la pusieron las palabras de despedida, las únicas de aquella noche. “Vaya con el que no rompía un plato” se limitó a decir Gimena casi picarona mientras se lanzaba cautelosa a los labios de Marcelino.

—¡Que no seas pesado!—grito Marcelino elevando la voz sobre los intermitentes punteos de guitarra provenientes de la prueba de sonido.
—Oye que sólo pretendo ayudar. Si hay que darle un sustito al “motero makoki” se le da. Ya sabes que sólo tengo que descolgar el teléfono y se planta to mi barrio donde digas—comentó ahora ya jocoso y algo intrigante Rufino.
—De verdad que dices unas tonterías—contestó con cierto desprecio Marcelino, consciente de la burla a la que estaba siendo sometido.
—Además, tronco, lo mismo le van las relaciones abiertas. Rollo libertarias. Ya me entiendes….—dijo ahondando más en la burla Palomino.
—O lo mismo no soy más que el segundo plato. El sordito tonto. El amiguito con el que llorar—dijo mirando al tendido Marcelino removiendo repentinamente miedos que parecían ya enterrados.
—¡Marchando las primeras birritas señores!¡Fresquitas, fresquitas! Por cierto, había unas chavalitas en la barra que cuidadín. Me han guiñado un ojo. No te digo na y te lo digo to. Ya me entendéis, ¿no? Además teniendo en cuenta el estado de seducción en el que se encuentra Don Marcelino Claverino ¡Habrá que atacar!—dijo Gustavito haciéndose hueco entre las ya pobladas primeras filas de la sala.

Tras despedirse de Gimena, y ya en casa, Marcelino como de costumbre no paró de darle vueltas a la cabeza. Preparó la mochila para el partido con los Little Thunders. Echó un vistazo a los horarios de la jornada liguera y llamó a su madre. Charlaron sobre la semana y lo mucho que ella le echaba de menos desde que se había emancipado. Prometió Marcelino asistir a la reunión familiar que sus abuelos organizaban el domingo por la noche. Uno de sus primos pequeños cumplía dieciocho años y lo habrían de celebrar. Brevemente mencionó sus citas con Gimena. No quería dar demasiados detalles. Sabía de buena mano que su madre se solía emocionar enseguida, imaginándose a su hijo, por fin, en el altar. Si habló sin embargo en profundidad sobre ello con la voz de su conciencia. Pese a las eventuales borracheras y enajenaciones mentales transitorias de su gran amigo Gustavito Calatrava, sabía que en un estado sereno no había mejores consejos que los suyos. O al menos así a él le parecía.

Gustavito escuchó paciente a Marcelino. Valoró la buena actitud mostrada por Gimena quien lejos de enfadarse ante semejante panorama, se había mostrado cautelosa y comprensiva. Intentó mitigar las irrefrenables paranoicas ideas que como siempre comenzaban a brotar en la cabeza de Marcelino. Gustavito conocía bien a su amigo. Sabía que debía cortar la concatenación de absurdos razonamientos que empezaban a hilarse en su mente. Intentó hacerle ver las grandes muestras de interés mostradas por Gimena durante aquellas tardes de paseos adolescentes, así como las infundadas sospechas sobre el “motero makoki”. Además, para apaciguar los ánimos sugirió a Marcelino que le acompañase al concierto de un decadente grupo independiente nacional al que solían seguir en sus años universitarios. Por allí andarían antiguos amigos de la universidad, entre ellos Antonio Limonero y sus secuaces. Las entradas correrían de su parte, pues sus colaboraciones periodísticas con diversas revistas musicales le permitían acceder a entradas gratuitas en determinados eventos. Reiteró que Rufino Palomino, con el que había hecho buenas migas en la ya remota desquiciada noche en el “Déjate Llevar”, estaba también invitado.

— ¡Marce! ¡¿Te acuerdas de la primera vez que escuchamos a esta gente?! No hacía mucho que te habían puesto el implante. Me acuerdo que saqué mi mp3 aquel cutre que tenía y me quedé flipado cuando conectaste el cable al aparato. Te acababa de conocer y me pareció una cosa futurista. Me acuerdo como si fuera ayer, me dijiste que con el implante la música la percibías mejor que con los audífonos y que aquello había cambiado tu vida — comentó exaltado y un tanto nostálgico Gustavito instantes antes de que la banda apareciese en escena.
— Si me acuerdo macho. Y ahora míranos, diez años después llorando las penas con los mismos mamarrachos— dijo Marcelino aguando la fiesta justo cuando el cantante principal aparecía en escena y la multitud comenzaba a lanzar enfermizos vítores.
— ¡Ni penas, ni nada Marce!¡Eres un tío con suerte!¡Vaya novia te has echado!¡Ahora a disfrutar de estos grandes!— gritó enardecido Gustavito agarrando por los hombros a sus dos amigos implantados y poco convencido de que alguno de los dos le hubiese escuchado dadas la algarabía originada.

Rufino Palomino poco asiduo a aquellos conciertos, pero contagiado por el ambiente de treinteañeros sedientos de recuerdos de tiempos pasados, alzó los brazos al cielo dispuesto a dejarse el alma con aquella música, la cual más tarde paradójicamente tacharía de pusilánime.

Los primeros acordes guitarreros comenzaron a invadir la sala. La batería y el bajo se unieron enseguida a la pegadiza melodía. Las luces de colores apuntaban en diversas direcciones haciendo vislumbrar entre el público por imperceptibles espacios de tiempo caras de absoluta felicidad. El aspecto decadente y desfasado de la banda ponía la puntilla a la locura colectiva allí vivida. La gente saltaba desenfrenada esperando con impaciencia el momento en el que comenzarían a desgañitarse cantando las estrofas y estribillos de todas y cada una de las canciones de la banda. De repente saliendo de la nada y poseído por un sentimiento de efervescencia generalizada, Antonio Limonero apareció entre la masa lanzándose por la espalda al cuello de los tres amigos. Justo en aquel preciso instante las primeras palabras entonadas por el cantante acompañaron las enérgicas melodías instrumentales, Limonero enajenado acompañó a gritos la letra abrazado a sus añorados amigos.

“Ahora sé que nos parecemos,
ahora parece que sé
que tú y yo somos igual”

Gustavito y Rufino, enseguida se subieron al carro de enajenación mostrado por Antonio. La sala Jazzmatazz iba a estallar. Marcelino, sin embargo, inmiscuido en sus pensamientos parecía vivir ajeno al ambiente allí generado. Retiró de su hombro el brazo de Antonio Limonero. Lejos de saltar se mantuvo quieto como una vela. La luz de un foco rosado mostró por un segundo un rostro que distaba mucho de la felicidad absoluta.

(Continuará)

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Marcelino Claverino: Maldito sambenito

Con la entrepierna anudada a la garganta llegó Marcelino a la reunión de Sordotapias. La alargada sombra de la enfurecida Florinda Biensalida se cernía amenazante sobre él. Cada vez que repasaba aquel iracundo mensaje mañanero se le erizaban cada uno de los pelos de su cuerpo. ¿Qué estaba dispuesta a hacer aquella desequilibrada y despechada mujer? Un escalofrío recorría su cuerpo con tan solo plantearse la pregunta.

Había intentado buscar excusas a lo largo del día para no asistir a la reunión, pero el convencimiento mostrado por Gimena y el hecho de haber quedado con la directora de la asociación le hicieron descartar cualquier disparatada idea. Por tanto, no sin antes maldecir a los alentadores Gustavito Calatrava y Rufino Palomino, decidió apechugar y asistir a la reunión como lo habría hecho cualquier otro viernes. Rezó, eso si, para que Florinda tuviese algo mejor que hacer aquella tarde que colgarle el sambenito delante de toda la audiencia sorda de la ciudad.

Los escasos doscientos metros que separaban la parada de autobús de la puerta de la asociación los recorrió Marcelino con una tensión desmedida. Le sudaban las manos y sus ojos disparados buscaban entre los transeúntes la colérica mirada de una mujer sentimentalmente herida. Gimena, completamente ajena a la rocambolesca situación, no hacía más que preguntar nerviosa acerca de las personas que allí conocería. Buscaba de alguna manera que Marcelino rebajase el nivel de incertidumbre que toda persona experimenta antes de adentrarse en un grupo de gente desconocido. Éste, pendiente de otros menesteres, se mostraba indiferente ante las preguntas de la cajera.

—¡Ay Marce! ¡¿Qué te pasa? ¡Estás como ido!— espetó Gimena golpeando con su codo el brazo de Claverino.

Marcelino, saliendo de su paranoico estado mental, balbuceó cuatro palabras sin sentido alguno.

—¿Pero qué dices? De verdad que no sé qué te pasa, los tíos sois rarísimos a veces— sentenció Gimena algo molesta.

En aquel momento enfilaban ya la última manzana del trayecto que les llevaría hasta la asociación. A lo lejos un amplio grupo de personas se hacinaban en corro en frente del portal. Los múltiples movimientos de brazos y manos delataban claramente a los allí presentes.

—Pero Marce tío, no me habías dicho que aquí hablaban con señas. Vaya palo, que yo no tengo ni idea de signos. Quien me manda a mí hacerte caso de verdad—dijo Gimena insegura al ver el panorama desde lejos.

Marcelino, todavía ausente, analizó en cuestión de segundos a todas y cada una de las personas que formaban el corro. La distancia complicaba la tarea de reconocimiento, pero su portentosa agudeza visual le permitió experimentar una transitoria sensación de relajación. Florinda, por el momento, no se había personado.

Al llegar al grupo, Marcelino presentó con decoro y quizás algo presumido a su nueva chica a la vez que oteaba el horizonte de reojo en busca de una mujer fuera de sí. Allí estaban Elenita Piñuelos, Guillermina Seisdedos y algún que otro personajillo conocido en Sordotapias. Todos saludaron cariñosos a Gimena. La intérprete medió con solvencia en la comunicación con los signantes. Mientras esperaban a que alguien de la asociación apareciera, Elenita Piñuelos ya hacía migas con la angustiada cajera.

La puerta de la asociación se abrió súbitamente. Tras ella apareció Teresa Sobrados, directora de la asociación Sordotapias.

—Perdonad chicos. Me he liado en el dentista y he llegado un poco tarde. ¡Ay Marcelino! Había quedado contigo para hablar, ¿no? ¡Qué desastre! Venga, pasad, pasad— comentó angustiada.

Todos los presentes fueron entrando paulatinamente. Como era tradición, una mesa con bebidas, panchitos y aceitunas daba la bienvenida a los amigos de la asociación. Todos se colocaron alrededor de la mesa y continuaron con la charleta iniciada en la calle minutos antes. Gimena seguía hablando con Elenita Piñuelos. Marcelino, todavía con la tensión en el cuerpo, se extrañó de que no hubiese llegado su amigo Rufino. Cayó en la cuenta de que todavía no habían hablado acerca de la nueva situación con Gimena. En seguida, Teresa Sobrados agarró a Marcelino del brazo y como buena conocedora del mundo de la sordera poniéndose delante de él dijo:

—¿Cómo estás Marce? Vamos a mi despacho antes de que empiece a llegar más gente ¿Te parece?
—Por supuesto. Pero déjame que se lo diga a mi amiga—contestó Marcelino señalando a Gimena.
—¿Amiga? Anda Marcelino que menudo pájaro estás tú hecho.

Un sutil gesto con la cabeza bastó para que Gimena quedase enterada de que Marcelino desaparecería por un rato. No pareció importarle mucho a la cajera pues seguía hablando por los codos ya no solo con Elenita Piñuelos, sino con otra chica con audífonos que se había unido a la conversación. Eso le permitió a Marcelino entrar algo menos preocupado al despacho. Florinda Biensalida, eso sí, seguía repicando en su cabeza.

La reunión se extendió por unos cuarenta y cinco minutos. Marcelino pudo centrarse en la conversación. Diversas posibilidades y mediadas accesibles para el museo fueron expuestas por Teresa. Marcelino apuntó minuciosamente todo en un cuaderno y se llevó una guía de accesibilidad para personas con discapacidad auditiva que acababa de publicar la asociación. La directora también se ofreció para asistir a cualquier reunión con el comité de accesibilidad del museo. A Marcelino le pareció una magnífica idea.

Al terminar la reunión y nada más atravesar el umbral de la puerta del despacho, Marcelino abandonó de inmediato el estado transitorio de tranquilidad para volver a la cruda realidad.

—Tú, tú, tú ¡¿pero de dónde has sacado a ese pivón?! Ya decía yo que tu cuelgue no era normal. ¡Pero que máquina!¡Eres mi héroe!¡Dame un beso anda, dame un beso!—gritó exaltado Rufino Palomino mientras agarraba la cara de Marcelino con las dos manos con su característica efusividad.
—Por favor Rufi tío, que te va a ver…—dijo avergonzado Marcelino.
—Por cierto tronco. La Florinda está por aquí. Vaya marrón ¿no? Creo que está en el baño. Esto es como una telenovela. ¡Se va a liar!

Al oír el nombre de Florinda, la cara de Marcelino mutó a un color blanco enfermizo. Su corazón comenzó a latir a una velocidad vertiginosa. Tras unos segundos de bloqueo mental apartó a su amigo de su camino y salió disparado hacia Gimena quien seguía charlando ahora ya con un grupo numeroso de gente. La agarró del brazo y, sin mediar palabra, la arrastró en dirección a la puerta de entrada.

—¿Pero qué haces Marce?— preguntó Gimena entre avergonzada y sorprendida.
—Luego te cuento, tú hazme caso— contestó Marcelino mientras elucubraba una buena excusa.

Gimena asombrada pero convencida de que habría alguna buena razón para salir de allí, siguió a Marcelino. Justo cuando iban a cruzar la puerta de la calle Marcelino Claverino notó como le agarraban por la espalda. Nada más girarse una cantidad considerable de agua impactó sobre su cara. Un doloroso tortazo a mano abierta le cruzó la cara inmediatamente después. Florinda Biensalida gesticulaba y producía sonidos sin orden ni concierto. El humo propio de los cómics emanaba literalmente por cada una de sus orejas.

—Florinda dice que eres un impresentable. Y pregunta que si esa cualquiera es el motivo por el cual no la has vuelto a escribir— tradujo cohibida desde la distancia la intérprete de lengua de signos.

Marcelino miró con carita de perro degollado a Gimena. Ésta no supo como reaccionar. La multitud quedó callada. Un silencio nervioso se apoderó de la estancia. Instantes más tarde una sonora carcajada liberó la tensión. Rufino Palomino se tronchaba de risa tirado sobre uno de los sofás de la asociación Sordotapias.

(Continuará)

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Marcelino Claverino: Sólo escúchame

Jamás olvidaría Marcelino aquella idílica semana. Todavía sumido en el atolondramiento propio del enamorado pasó por aquellos días flotando en baños de serotonina. Todo era genial. La vida era maravillosa. Se levantó con energía todas y cada una de las mañanas venideras. Saludó simpático al portero de casa, al quiosquero, al conductor del autobús y, cómo no, a Don Miguel, el guardia de seguridad del trabajo.

¬— ¿A ti, qué mosca te ha picado Marcelino? ¡Estás que te sales! — Le llegó a decir Don Miguel al ver entrar silbando a Marcelino una de aquellas radiantes mañanas.

Marcelino sobrado de optimismo se limitó a guiñarle un ojo mientras levantaba su pulgar en señal de victoria.

Aquellos días todos sus compañeros le parecieron más simpáticos. Incluso su jefa, siempre gruñona y distante, le resultó algo más campechana y agradable.

El proyecto de accesibilidad seguía su curso en el museo Ptolomeo y un pletórico Marcelino, como miembro del comité de accesibilidad, comenzó a investigar maneras de llevar a cabo la integración de las personas con discapacidad auditiva durante las visitas al museo. Escribió a la directora de la asociación Sordotapias, pues sabía que desde la asociación habían asesorado a diferentes empresas en tal particular tarea. Cines, teatros, hoteles y museos de la ciudad habían pasado por sus manos. Quedaron ambos en verse en la reunión de amigos sordos de la asociación de los viernes por la tarde. Allí hablarían sobre las distintas maneras de dotar al museo de las mejores prestaciones de accesibilidad en función del presupuesto y los objetivos que se planteasen.

Todas las tardes, al volver del trabajo y antes de llegar a casa, se detuvo Marcelino a las puertas del supermercado. Sin llegar a entrar y desde el otro lado de la acristalada puerta automática, saludó cariñoso a Gimena. Ésta, algo cohibida ante la presencia de jefes, compañeros y clientes, se limitó a sonreír desde la caja visiblemente emocionada. Todos los días, al caer la noche y una vez terminada la jornada laboral de la cajera, Marcelino bajó de casa a ver a su chica predilecta. Pasearon sin rumbo por el barrio cogidos tímidamente de la mano. Se sentaron en los bancos de los parques a pasar el rato, tal y como hacían infinidad de adolescentes de la zona en sus tardes muertas. Los restos de pipas, chucherías, cigarrillos y alguna que otra lata de cerveza así lo indicaban.

Gimena, vestida con el traje de faena, parecía cómoda con aquella forma de proceder. Marcelino consciente de la necesidad de empatizar con la mujer durante las primeras citas, se limitó a seguir lo que ésta propusiera. Se moría por invitar a la cajera a su casa, pero creyó prudente no forzar una situación que creía que con el tiempo se daría.

En aquellos románticos paseos, Gimena encontró un magnífico momento de desahogo. El perder audición a tan pronta edad y de una forma tan inesperada estaba siendo un golpe difícil de encajar. El miedo a lo desconocido, al no poder volver a comunicarse con fluidez y sobre todo el miedo al aislamiento social, la tenían completamente bloqueada. Además, el hecho de tener que llevar unos aparatosos cacharros en las orejas suponía un golpe directo a la autoestima de una guapa y coqueta joven como ella.

—Esto es todo menos sexy Marce. ¿Has visto alguna modelo con audífonos alguna vez? No, ¿verdad? Pues por algo será. Me siento fea y ridícula con ellos. Y encima pitan, oigo ruidos molestos y la voz de la gente, incluso la mía, es diferente. ¡Es un asco!— comentó Gimena algo ñoña una de aquellas tardes sentada en uno de los bancos.

Marcelino cayó en la cuenta entonces de que Gimena luchaba por tapar con su cabello suelto la señal más evidente de su discapacidad, los engorrosos audífonos. Nunca la había visto con coleta. Pensó que debía verse magnífica con ella, aún a cuenta de dejar a la vista aquellos aparatos con los que estaba condenada a entenderse de por vida.

Gimena, además, en pocos meses había tenido que aprender un lenguaje completamente nuevo. Audiogramas, cócleas, audiometrías, moldes, pérdidas neurosensoriales, mixtas, conductivas y miles de nuevos términos relacionados con la discapacidad auditiva se habían plantado sin avisar en su vida. Toda aquella información era difícil de asimilar en apenas seis meses. Sentía que, además de tener que aceptar y superar una discapacidad, debía estudiar un master universitario en sordera sin haber opositado para ello.

Marcelino, con la lección de la sordera bien aprendida a lo largo de toda una vida, pero consciente del difícil trago por el que Gimena estaba atravesando, se limitó a escuchar con infinita paciencia todos los miedos que asaltaban a la guapísima cajera. Recordó cómo su madre siempre contaba lo importante que fue para ella al quedar su hijo sordo con dos años, dar con una profesional que en la primera entrevista se limitó a escuchar sus miedos y dudas en relación aquella inesperada y trágica nueva situación.

—En ese momento, lo último que quieres es que te sigan hablando de sordera. Sólo necesitas llorar y contarle a alguien el miedo que tienes. Cuando me enteré que mi hijo era sordo no quería saber nada de audífonos. Sólo quería que me escuchasen, que me abrazasen y me dijesen que efectivamente lo que me había pasado era una auténtica desgracia— había oído Marcelino decir a su madre en más de una ocasión.

Con lo expresado por su madre bien presente, procuró crear un ambiente de confianza en el que Gimena pudiese desahogarse. Más de una vez se le saltaron las lágrimas a la cajera y Marcelino, con un nudo en la garganta, no pudo hacer más que ofrecerle un comprensivo abrazo, tal y como quizás hiciera aquella profesional con su madre casi treinta años atrás. Por otro lado, Gimena por fin había encontrado lo que llevaba seis meses buscando, alguien que se limitase a escuchar sus penas y no intentase quitar hierro a tan complicado asunto. De hecho, estaba harta de escuchar comentarios de sus familiares y amigos que con ganas de ayudar infravaloraban el impacto que la sordera pudiera tener en su vida.

—Ya verás mujer, si hoy en día los audífonos son fenomenales. Tampoco es para tanto, te pones el aparato y es como tener un oído nuevo— había llegado a escuchar Gimena en boca de alguna desafortunada amiga.

El jueves por la tarde, tras el paseo protocolario de cada día, Marcelino acercó a la cajera a la parada de autobús tal y como venía siendo costumbre durante la semana. Sentados sobre el asiento de la marquesina y cogidos de la mano, Marcelino dijo:

—Sabes Gime (la confianza ya le permitía acortar el nombre de su queridísima dependienta de supermercado), creo que te vendría bien pasarte por Sordotapias. Allí hay mucha gente como tú y quizás hablar con ellos te ayude. ¿Qué te parece?
—Ay, Marce, no sé. Me da un poco de palo. No les conozco de nada—contestó dubitativa Gimena.
—Tampoco me conocías a mí de nada y mira cómo estamos…—replicó Marcelino aumentando la fuerza ejercida por su mano sobre la de Gimena a la vez que se acercaba tímidamente hacia ella.
—Pues visto así quizás tengas razón, debería pasarme—dijo Gimena con su característico gesto de avergonzada fogosidad al ver acercase a Marcelino.

Ambos se aproximaron con sigilo e iniciaron enseguida un tierno beso de pareja primeriza.

—Pues mañana tenemos reunión en la asociación. Yo he quedado con la directora— dijo Marcelino de repente con los labios de Gimena todavía sobre los suyos.

Ésta, sorprendida por el comentario en tal romántico momento, se separó de Marcelino con el mismo sigilo con el que se había acercado momentos antes.

— ¿Sabes una cosa, Marce, que llevo preguntándome todos estos días? — dijo mirando sensual a Marcelino.
¿Eh? — contestó éste con cara de pasmarote.
—¿Qué si sabes qué llevo preguntándome todos estos días?— repitió Gimena marcando con sensualidad cada una de las palabras de la oración y acercándose de nuevo melosa a escasos centímetros del zangolotino Marcelino.
—Pues ni idea— contestó Marcelino con cara de adolescente descolocado.
—Pues me he estado preguntado lo siguiente— Gimena detuvo su discurso durante unos segundos, y con sus labios de nuevo sobre los de Marcelino susurró:
—A ver cuándo el chaval éste deja de hacer de psicólogo y me invita a subir a su casa.

El comentario de Gimena cayó como una bomba de pasión bajo la marquesina. Aquella parada de autobús jamás presenció una tensión carnal parecida a la de la joven pareja con aparatos en las orejas. Marcelino siempre recordaría aquel legendario instante. Ambos se fundieron en un casi violento beso.

A la mañana siguiente, el despertador vibró como siempre a las siete y media de la mañana. Gimena yacía completamente dormida al otro la de la cama ajena a cualquier vibración procedente de la alarma. Marcelino despertando dentro de un sueño agarró el teléfono antes de incorporarse de la cama. Un wasap de la ya olvidadísima Florinda Biensalida esperaba a ser abierto.

—Eres el tío más cerdo que he conocido. Más te vale no encontrarte conmigo. Cabrón— decía amenazante el mensaje de una asidua a las reuniones en Sordotapias.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Brillo en los ojos

Marcelino siempre había oído en boca de su padre que el paso a la edad adulta se caracterizaba por una extraña sensación de pérdida de ilusión generalizada. A los ojos de Manolo Claverino, ser un adulto no era más que darse cuenta de que todo aquello que te habían prometido de pequeño “era una auténtica patochada”. Un par de desengaños amorosos, la muerte de un ser querido y verte explotado laboralmente por una gran multinacional sin escrúpulos solían ser motivos más que suficientes para perder ese brillo en los ojos tan característico de niños y pre-adolescentes.

—¿Ves las caras grises de los mayores, Marcelino? Estamos amargados. No tengas prisa por crecer, ser mayor es aburrido— solía comentar Manolo años atrás a su hijo cuando le llevaba de la mano al colegio de su barrio.

Hacía tiempo que Marcelino había perdido ese brillo vital en los ojos. La universidad, el trabajo, alguna historia amorosa, amistades traicioneras y otro sin fin de circunstancias se habían encargado de ir apagando esa inocente luz ocular con la que todo ser humano viene al mundo.

Pese a que Marcelino era consciente de ello, sin saber muy bien por qué, aquella noche camino del Wild Thing se acordó de las palabras de su padre. Tenía ganas de ver a Gimena pero había perdido la ilusión casi enfermiza de aquellos primeros días. Tal y como sucede con el salto a la vida adulta, la euforia inicial había dado paso a la resignación y a una extraña sensación de desencanto. Por un lado, desencanto consigo mismo, pero sobre todo con no poder vivir la película romántica que había imaginado. Supuso que uno de los focos de frustración más desagradables que uno pueda encontrar tiene que ver precisamente con no poder experimentar aquello que uno desea. También pensó que aquella lección nadie la impartía en los colegios.

Con las manos en los bolsillos y una oscura camiseta de un conocido grupo musical de los ochenta, entró Marcelino en el tranquilo y bien acondicionado garito de su barrio. Gimena sentada sobre uno de los modernos taburetes de la barra sonrió triste al ver entrar a Marcelino. El póster de los Beatles, como ya era tradición, dominaba la escena. Un vaso de tubo lleno de coca-cola descansaba sobre la barra cerca de la cajera.

—¿Hoy no bebes copas?— preguntó Marcelino sentándose en otro taburete en frente de Gimena.
— No estoy para alcohol— contestó con mirada apenada la cajera.
— Te entiendo, pero yo, pese a todo, me voy a pedir una cerveza—dijo Marcelino mirando al camarero mientras lanzaba un suspiro al aire.
¬¬— Muchas gracias, Marce, por venir. Creo que esta situación es absurda. Tenemos que hablar. Parecemos dos niños pequeños.
— Ya lo sé, yo antes de nada te quería pedir perdón por lo de esta tarde. Me he pasado. No sé en qué estaba pensando.
— No te preocupes. Estamos los dos un poco alterados. A mí esto de la sordera me trae por la calle de la amargura.
— ¿Lo de la qué te trae por la calle de la amargura? — contestó guasón Marcelino sonriendo de manera cómplice a la cajera mientras extendía su mano cerca de su oreja a modo de pantalla.

Gimena, aunque sin cambiar su apenado gesto, no pudo evitar dejar escapar una risueña mueca.

¬— Qué fácil lo tenéis algunos. Esto de no oír forma ya parte de vuestra vida. Pero cuando te llega de sopetón créeme que es una putada — comentó Gimena acto seguido.
— Tienes razón, pero al final es cuestión de asimilarlo. He conocido a mucha gente que ha pasado por algo parecido — replicó algo pedante Marcelino.
—No creo que pueda asimilar que nunca más vaya a volver a oír como antes. Nunca pude imaginar lo importante que es oír. Si no oyes estás fuera del mundo. Es como ir a China y no llevarte ni un diccionario. Estás completamente apartada.
—Pues yo llevo viviendo en China casi treinta años y, aquí estoy, todavía no me he muerto. Como te decía, al final es cuestión de acostumbrarse— contestó Marcelino mostrando poca destreza a la hora de comunicarse con el género femenino.
¿Qué fuiste a China hace tres años? Joder, como viven algunos ¿no?
—¿Yo a China? ¡Pero que dices! ¡Si que te ha pegado fuerte la sordera! ¿Te has puesto los audífonos, Gimena? — dijo Marcelino riéndose casi a carcajadas mientras hacía gestos de ostentosa burla — ¡a mí no se me ha perdido nada con los chinos! — añadió.

Gimena, roja como un pimiento, lejos de tomarse la reacción como una ofensa, sonrió como lo hacen los niños enfurruñados cuando sus padres les toman el pelo. Brazos cruzados, ceño fruncido, mirada de medio lado y una sonrisa traicionera que delata hasta el mejor intérprete. En el caso de Gimena, esa sonrisa, adornada con aquel presumido lunar, era una de las expresiones más cautivadoras que Marcelino jamás hubiera visto. Al tener aquello otra vez frente a sus ojos, comprendió de nuevo por qué aquella cajera del supermercado le hacía perder los papeles de una manera tan perturbadora e insana, pero a la vez tan extraordinariamente maravillosa.

Hubo unos segundos en los que Marcelino navegó por una nube de geniales emociones. Por primera vez desde que entrase en el Wild Thing, se percató de que Gimena era una mujer realmente atractiva. Su ineludible condición de varón le hizo olvidar por momentos todas sus desconfianzas y recelos relacionados con aquella tormentosa relación.

— Estas guapísima Gimena… — soltó de repente Marcelino sumido en aquel torrente de testosterona.

Gimena Torremocha todavía decidiéndose entre el enfado o la carcajada ante las burlas de Marcelino, elevó la intensidad del rojo de su piel pero claramente halagada dijo:

— A este Marcelino me lo han cambiao. Quien te ha visto y quien te ve…¬¬— tras unos segundos de pausa Gimena añadió complacida — Pero creo que así me gustas todavía más.
— Pues ya ves… no hay nada como perderle el miedo a las cosas— contestó Marcelino confiado mientras miraba fijamente a Gimena y agarraba su mano con firmeza.

Volaron los niveles de endorfinas por todos los resquicios del garito. Una bonita canción acompañaba el momento. Un foco de intensa luz parecía iluminar la estampa de aquellos dos tortolitos haciéndoles destacar respecto a la penumbra del resto del bar.

A partir de aquel instante, la noche se convirtió en una nueva primera cita. Aparcados quedaron los problemas que pudieran haber surgido anteriormente. Marcelino ni siquiera pensó en el motero makoki o en los obscuros intereses que Gimena pudiera tener. Tampoco pensó ésta en su sordera, ni en la desagradable reacción mostrada por Marcelino en el banco de la esquina de su calle. Tal y como sucede con las parejas asentadas tras hacer el amor, un pequeño subidón de endorfinas parecía más que suficiente para enterrar todas las rencillas. Ahora bien, tal y como es bien sabido por las parejas de largo recorrido, la química cerebral tienen un efecto pasajero. Cuando la materia gris vuelve a su estado de actividad normal, los miedos, dudas y reparos que parecían enterrados vuelven a brotar mostrando sus más crueles vertientes.

Ajenos a cualquier tipo de posible amenaza futura, e inmiscuidos en su particular estado de profundo enamoramiento, tal y como hicieran días antes, hablaron durante horas de temas que fueron de lo más absurdo a lo más profundo. De lo más comercial a lo más independiente. De lo más romántico a lo más chabacano. Les dieron las mil aquel lunes por la noche en el Wild Thing. Al salir del bar y ya con el camarero echando el cierre a la verja, Gimena se detuvo delante de Marcelino. Agarrados por las dos manos y con la sonrisa floja propia de los enamorados se miraron ambos a los ojos durante unos segundos.

¿Sabes una cosa Marce? — preguntó Gimena con tono sensiblero.
Dime…— contestó Marcelino con ganas de conocer la respuesta.
— Ahora mismo tienes un brillo especial en los ojos. Eso me gusta…

Marcelino, con las endorfinas brotándole hasta por las orejas, sin mediar palabra se lanzó apasionado hacia los labios de Gimena. Ésta, receptiva, no opuso resistencia. Se fundieron ambos en un ardiente beso reconciliador. Pensó Marcelino que pese a todo, la edad adulta en ocasiones te regala momentos extraordinarios. El brillo en los ojos se pierde en el camino, pero vuelve de vez en cuando para recordarnos que no hay nada mejor que volver a ser un niño.

(continuará….)

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Marcelino Claverino: El ogro que llevamos dentro

La jornada de trabajo fue un martirio para Marcelino. Se sentía culpable de la difícil situación por la que atravesaba Gimena, pero a la vez no podía alejar de su cabeza la imagen de aquel motero macarra. Además, en lo más profundo de su mente seguía repicando la idea de que Gimena se acercaba a él por puro interés y no por algún motivo amoroso. Aún así, se sorprendió de la frialdad con la que había actuado. Incluso al ver cómo la cajera se sentaba desconsolada en una de las sillas de la recepción desbordada ante la noticia de que su audición había empeorado, Claverino, muy tozudo, se mostró impertérrito.

Él conocía perfectamente el mundo de la sordera y dada la actitud de Gimena intuía que ésta todavía no había superado su discapacidad. Había coincidido en la asociación con multitud de personas que habían necesitado mucho tiempo para comenzar a aceptar que el mundo de los sonidos, tal y como lo habían conocido, se había terminado. Algunas de ellas incluso no llegaban a aceptarlo nunca. Comentaban que en el proceso de aceptación eran típicos los llantos, el ocultar los aparatos y el rechazo a todo lo que tuviese que ver con la sordera. La actitud de Gimena respondía a las mil maravillas a este perfil. Marcelino era consciente de ello, pero los demonios amorosos enmarañaban su mente de tal manera que tras llegar a tan clarividente razonamiento, no podía dejar de sentir rechazo hacia la joven cajera. En su interior, los celos y la desconfianza estaban ganando la partida a la comprensión y la empatía.

Ya en el museo Ptolomeo, la reunión sobre el proyecto de accesibilidad programada para aquel lunes fue un auténtico desastre. Marcelino se perdía en sus antagónicos pensamientos mientras personajes variopintos exponían diferentes alternativas para llevar a cabo el proyecto de accesibilidad. Varias fueron las veces en las que Marisa Flores dio la palabra a Marcelino y éste, despistado, contestó a bote pronto lo primero que le vino a la cabeza. Esta actitud le valió una pequeña reprimenda tras la reunión, aunque esta vez Marisa Flores, mujer poco dada al refuerzo, felicitó con la boca pequeña a Marcelino por la buena impresión que estaban causando en los visitantes sus reseñas sobre los cuadros de Nikito Nipongo.

Al salir del trabajo, sorprendido por las buenas palabras de su jefa, Marcelino se dirigió a casa con la idea de llamar a su amigo y confidente Gustavito Calatrava, quien podría perfectamente seguir en su casa tirado en el sofá durmiendo la mona del fin de semana anterior. A veces, se preguntaba Marcelino qué le habría llevado en su vida a depositar su confianza en semejante personaje. La respuesta nunca la llegaba a encontrar, pero lo cierto es que seguía llamando a aquel zangolotino cuando alguna situación le sobrepasaba. En el trayecto recibió algún que otro wassap de Florinda, al cual, preso de la desesperación, decidió no contestar. Maldijo a los malditos frikis de Silicon Valley. Pensaba que habían dado con el peor invento de la historia de la humanidad.

Cuando llegó al portal y al ir a meter la llave en la cerradura de la inmensa puerta de madera, notó como un afilado dedo golpeaba su espalda. Marcelino se giró sobresaltado y un desconocido señor de avanzada edad dijo:

¬—No te asustes chaval. Te llama aquella chica del banco.
—¡Ay, qué susto me ha dado!— contestó Marcelino con el corazón todavía en la boca— Muchas gracias— apuntilló resoplando mientras lanzaba su mirada hacia la otra esquina de la calle.
—De nada, chaval—dijo el señor sonriendo mientras golpeaba con ahínco la espalda de Marcelino en señal de despedida.

Y allí, en la esquina de la calle, sentada sobre el respaldo de un antiguo banco de madera, pudo ver Marcelino Claverino a Gimena Torremocha vestida con su traje de cajera de hipermercado. Gimena hacía gestos ostensibles con su mano derecha sugiriendo a Marcelino que se acercase. Dudó éste entre meterse corriendo en casa y continuar con su testaruda actitud o dar por fin su brazo a torcer y dejar que la cajera se explicase. Al final, no sin reparos, decidió acercarse. En aquellos veinte metros que le separaban del antiguo y mugriento banco pensó en mil maneras diferentes de iniciar y afrontar aquella inminente conversación.

—Hola Gimena¬— dijo finalmente sin arriesgar al llegar a su altura.
—¿Me puedes explicar de que vas tú por la vida?— contestó sin vacilar bravuconamente Torremocha mientras se incorporaba del respaldo del banco en actitud desafiante.
—Si te vas a poner así Gimena me voy a mi casa— contestó calmado pero seco Claverino.
—Mira niñato, no sabes por lo que estoy pasando con estos cacharros— replicó con los ojos llorosos Gimena mientras se retiraba el pelo de la oreja mostrando sus audífonos — y encima te pido ayuda y me das una patada en el culo. Me ves llorando en el sitio asqueroso ése de los audífonos y eres incapaz de interesarte lo más mínimo. Eres lo peor Marcelino. Eres mala persona.
¬—Mira, Gimenita, no me toques las narices. Primero. Si soy lo peor no sé que haces en la puerta de mi casa como una psicópata esperando a que llegue del trabajo. Y segundo, yo no soy un alma caritativa que va ayudando a los sorditos del mundo. ¿De acuerdo? Si quieres ayuda para superar tus complejos vete a confesar a la iglesia, pero a mi déjame en paz. Yo me esperaba que esto entre tú y yo—dijo Marcelino señalando con el dedo a uno y otro alternativamente— fuese una cosa diferente.

Gimena no pudo dejar escapar un puchero. Sus ojos resquebrajados dejaron escapar unas lágrimas. Hubo unos segundos de silencio. Marcelino chulesco aguantó la compostura.

—¡Eres un ogro!— gritó acto seguido a viva voz Gimena en plena calle justo antes de salir corriendo hacia el supermercado.

Todos los transeúntes allí presentes fijaron su mirada en un ofuscado pero a la vez avergonzado Marcelino. Al sentirse observado, agachó la cabeza e inició el camino de vuelta hacia el portal. La gente, sorprendida, cuchicheaba elucubrando lo que podría estar pasando entre aquellos dos jóvenes con extraños aparatos en las orejas. Marcelino llegó a sentirse como un maltratador. Eso no le gustó. No entendía como no podía controlar a ese, tan bien llamado por Gimena, “ogro” que llevaba dentro. Entró raudo en el portal, subió a casa y se sentó en el sofá. El móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Florinda Biensalida, cual martillo pilón, seguía con su cansina insistencia. Marcelino silenció el teléfono enfadado.

Marcelino Claverino no sabía cómo debía sentirse. Entendía que había actuado con crueldad, pero sus feroces fantasmas le decían que eso era lo que la cajera merecía. Gimena quería aprovecharse de él para superar sus ridículos miedos de sorda, pero al mismo tiempo se veía con otros chicos más apuestos. Definitivamente era lo que se merecía.

Durante la tarde habló con su madre pero no mencionó nada de lo sucedido. No estaba para sermones maternos. Descartó la idea de llamar a Gustavito. Llamó, sin embargo, a un restaurante chino para cenar. Pollo al limón y arroz tres delicias pidió. Al ir a poner la mesa, entre los tupper de comida china, encontró un pequeño pergamino. Era típico en aquel restaurante acompañar las comidas con sabios proverbios chinos. Marcelino lo desplegó.

“Los celos se nutren de dudas y la verdad los deshace o los colma” decía esta vez el siempre oportuno mensaje asiático.

Marcelino se quedó pensativo. La pantalla del teléfono se iluminó. Con desgana echó un vistazo. Esta vez no era Florinda, la aplicación anunciaba un mensaje de Gimena. Sin mucho entusiasmo lo, abrió.

—Que necesite tu ayuda no significa que no pueda sentir algo hacia a ti. Si quieres hablar, podemos quedar en un rato en el Wild Thing. Yo no estoy muy lejos. Por cierto, perdón por llamarte “ogro”—decía conciliador el mensaje.

Marcelino se rompió. Fue en aquel momento cuando decidió que Gimena se merecía una oportunidad. Aquel ogro debía, como había visto en las películas, intentar convertirse en príncipe.

(Continuará…)

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