Marcelino Claverino: Sólo escúchame

Jamás olvidaría Marcelino aquella idílica semana. Todavía sumido en el atolondramiento propio del enamorado pasó por aquellos días flotando en baños de serotonina. Todo era genial. La vida era maravillosa. Se levantó con energía todas y cada una de las mañanas venideras. Saludó simpático al portero de casa, al quiosquero, al conductor del autobús y, cómo no, a Don Miguel, el guardia de seguridad del trabajo.

¬— ¿A ti, qué mosca te ha picado Marcelino? ¡Estás que te sales! — Le llegó a decir Don Miguel al ver entrar silbando a Marcelino una de aquellas radiantes mañanas.

Marcelino sobrado de optimismo se limitó a guiñarle un ojo mientras levantaba su pulgar en señal de victoria.

Aquellos días todos sus compañeros le parecieron más simpáticos. Incluso su jefa, siempre gruñona y distante, le resultó algo más campechana y agradable.

El proyecto de accesibilidad seguía su curso en el museo Ptolomeo y un pletórico Marcelino, como miembro del comité de accesibilidad, comenzó a investigar maneras de llevar a cabo la integración de las personas con discapacidad auditiva durante las visitas al museo. Escribió a la directora de la asociación Sordotapias, pues sabía que desde la asociación habían asesorado a diferentes empresas en tal particular tarea. Cines, teatros, hoteles y museos de la ciudad habían pasado por sus manos. Quedaron ambos en verse en la reunión de amigos sordos de la asociación de los viernes por la tarde. Allí hablarían sobre las distintas maneras de dotar al museo de las mejores prestaciones de accesibilidad en función del presupuesto y los objetivos que se planteasen.

Todas las tardes, al volver del trabajo y antes de llegar a casa, se detuvo Marcelino a las puertas del supermercado. Sin llegar a entrar y desde el otro lado de la acristalada puerta automática, saludó cariñoso a Gimena. Ésta, algo cohibida ante la presencia de jefes, compañeros y clientes, se limitó a sonreír desde la caja visiblemente emocionada. Todos los días, al caer la noche y una vez terminada la jornada laboral de la cajera, Marcelino bajó de casa a ver a su chica predilecta. Pasearon sin rumbo por el barrio cogidos tímidamente de la mano. Se sentaron en los bancos de los parques a pasar el rato, tal y como hacían infinidad de adolescentes de la zona en sus tardes muertas. Los restos de pipas, chucherías, cigarrillos y alguna que otra lata de cerveza así lo indicaban.

Gimena, vestida con el traje de faena, parecía cómoda con aquella forma de proceder. Marcelino consciente de la necesidad de empatizar con la mujer durante las primeras citas, se limitó a seguir lo que ésta propusiera. Se moría por invitar a la cajera a su casa, pero creyó prudente no forzar una situación que creía que con el tiempo se daría.

En aquellos románticos paseos, Gimena encontró un magnífico momento de desahogo. El perder audición a tan pronta edad y de una forma tan inesperada estaba siendo un golpe difícil de encajar. El miedo a lo desconocido, al no poder volver a comunicarse con fluidez y sobre todo el miedo al aislamiento social, la tenían completamente bloqueada. Además, el hecho de tener que llevar unos aparatosos cacharros en las orejas suponía un golpe directo a la autoestima de una guapa y coqueta joven como ella.

—Esto es todo menos sexy Marce. ¿Has visto alguna modelo con audífonos alguna vez? No, ¿verdad? Pues por algo será. Me siento fea y ridícula con ellos. Y encima pitan, oigo ruidos molestos y la voz de la gente, incluso la mía, es diferente. ¡Es un asco!— comentó Gimena algo ñoña una de aquellas tardes sentada en uno de los bancos.

Marcelino cayó en la cuenta entonces de que Gimena luchaba por tapar con su cabello suelto la señal más evidente de su discapacidad, los engorrosos audífonos. Nunca la había visto con coleta. Pensó que debía verse magnífica con ella, aún a cuenta de dejar a la vista aquellos aparatos con los que estaba condenada a entenderse de por vida.

Gimena, además, en pocos meses había tenido que aprender un lenguaje completamente nuevo. Audiogramas, cócleas, audiometrías, moldes, pérdidas neurosensoriales, mixtas, conductivas y miles de nuevos términos relacionados con la discapacidad auditiva se habían plantado sin avisar en su vida. Toda aquella información era difícil de asimilar en apenas seis meses. Sentía que, además de tener que aceptar y superar una discapacidad, debía estudiar un master universitario en sordera sin haber opositado para ello.

Marcelino, con la lección de la sordera bien aprendida a lo largo de toda una vida, pero consciente del difícil trago por el que Gimena estaba atravesando, se limitó a escuchar con infinita paciencia todos los miedos que asaltaban a la guapísima cajera. Recordó cómo su madre siempre contaba lo importante que fue para ella al quedar su hijo sordo con dos años, dar con una profesional que en la primera entrevista se limitó a escuchar sus miedos y dudas en relación aquella inesperada y trágica nueva situación.

—En ese momento, lo último que quieres es que te sigan hablando de sordera. Sólo necesitas llorar y contarle a alguien el miedo que tienes. Cuando me enteré que mi hijo era sordo no quería saber nada de audífonos. Sólo quería que me escuchasen, que me abrazasen y me dijesen que efectivamente lo que me había pasado era una auténtica desgracia— había oído Marcelino decir a su madre en más de una ocasión.

Con lo expresado por su madre bien presente, procuró crear un ambiente de confianza en el que Gimena pudiese desahogarse. Más de una vez se le saltaron las lágrimas a la cajera y Marcelino, con un nudo en la garganta, no pudo hacer más que ofrecerle un comprensivo abrazo, tal y como quizás hiciera aquella profesional con su madre casi treinta años atrás. Por otro lado, Gimena por fin había encontrado lo que llevaba seis meses buscando, alguien que se limitase a escuchar sus penas y no intentase quitar hierro a tan complicado asunto. De hecho, estaba harta de escuchar comentarios de sus familiares y amigos que con ganas de ayudar infravaloraban el impacto que la sordera pudiera tener en su vida.

—Ya verás mujer, si hoy en día los audífonos son fenomenales. Tampoco es para tanto, te pones el aparato y es como tener un oído nuevo— había llegado a escuchar Gimena en boca de alguna desafortunada amiga.

El jueves por la tarde, tras el paseo protocolario de cada día, Marcelino acercó a la cajera a la parada de autobús tal y como venía siendo costumbre durante la semana. Sentados sobre el asiento de la marquesina y cogidos de la mano, Marcelino dijo:

—Sabes Gime (la confianza ya le permitía acortar el nombre de su queridísima dependienta de supermercado), creo que te vendría bien pasarte por Sordotapias. Allí hay mucha gente como tú y quizás hablar con ellos te ayude. ¿Qué te parece?
—Ay, Marce, no sé. Me da un poco de palo. No les conozco de nada—contestó dubitativa Gimena.
—Tampoco me conocías a mí de nada y mira cómo estamos…—replicó Marcelino aumentando la fuerza ejercida por su mano sobre la de Gimena a la vez que se acercaba tímidamente hacia ella.
—Pues visto así quizás tengas razón, debería pasarme—dijo Gimena con su característico gesto de avergonzada fogosidad al ver acercase a Marcelino.

Ambos se aproximaron con sigilo e iniciaron enseguida un tierno beso de pareja primeriza.

—Pues mañana tenemos reunión en la asociación. Yo he quedado con la directora— dijo Marcelino de repente con los labios de Gimena todavía sobre los suyos.

Ésta, sorprendida por el comentario en tal romántico momento, se separó de Marcelino con el mismo sigilo con el que se había acercado momentos antes.

— ¿Sabes una cosa, Marce, que llevo preguntándome todos estos días? — dijo mirando sensual a Marcelino.
¿Eh? — contestó éste con cara de pasmarote.
—¿Qué si sabes qué llevo preguntándome todos estos días?— repitió Gimena marcando con sensualidad cada una de las palabras de la oración y acercándose de nuevo melosa a escasos centímetros del zangolotino Marcelino.
—Pues ni idea— contestó Marcelino con cara de adolescente descolocado.
—Pues me he estado preguntado lo siguiente— Gimena detuvo su discurso durante unos segundos, y con sus labios de nuevo sobre los de Marcelino susurró:
—A ver cuándo el chaval éste deja de hacer de psicólogo y me invita a subir a su casa.

El comentario de Gimena cayó como una bomba de pasión bajo la marquesina. Aquella parada de autobús jamás presenció una tensión carnal parecida a la de la joven pareja con aparatos en las orejas. Marcelino siempre recordaría aquel legendario instante. Ambos se fundieron en un casi violento beso.

A la mañana siguiente, el despertador vibró como siempre a las siete y media de la mañana. Gimena yacía completamente dormida al otro la de la cama ajena a cualquier vibración procedente de la alarma. Marcelino despertando dentro de un sueño agarró el teléfono antes de incorporarse de la cama. Un wasap de la ya olvidadísima Florinda Biensalida esperaba a ser abierto.

—Eres el tío más cerdo que he conocido. Más te vale no encontrarte conmigo. Cabrón— decía amenazante el mensaje de una asidua a las reuniones en Sordotapias.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Brillo en los ojos

Marcelino siempre había oído en boca de su padre que el paso a la edad adulta se caracterizaba por una extraña sensación de pérdida de ilusión generalizada. A los ojos de Manolo Claverino, ser un adulto no era más que darse cuenta de que todo aquello que te habían prometido de pequeño “era una auténtica patochada”. Un par de desengaños amorosos, la muerte de un ser querido y verte explotado laboralmente por una gran multinacional sin escrúpulos solían ser motivos más que suficientes para perder ese brillo en los ojos tan característico de niños y pre-adolescentes.

—¿Ves las caras grises de los mayores, Marcelino? Estamos amargados. No tengas prisa por crecer, ser mayor es aburrido— solía comentar Manolo años atrás a su hijo cuando le llevaba de la mano al colegio de su barrio.

Hacía tiempo que Marcelino había perdido ese brillo vital en los ojos. La universidad, el trabajo, alguna historia amorosa, amistades traicioneras y otro sin fin de circunstancias se habían encargado de ir apagando esa inocente luz ocular con la que todo ser humano viene al mundo.

Pese a que Marcelino era consciente de ello, sin saber muy bien por qué, aquella noche camino del Wild Thing se acordó de las palabras de su padre. Tenía ganas de ver a Gimena pero había perdido la ilusión casi enfermiza de aquellos primeros días. Tal y como sucede con el salto a la vida adulta, la euforia inicial había dado paso a la resignación y a una extraña sensación de desencanto. Por un lado, desencanto consigo mismo, pero sobre todo con no poder vivir la película romántica que había imaginado. Supuso que uno de los focos de frustración más desagradables que uno pueda encontrar tiene que ver precisamente con no poder experimentar aquello que uno desea. También pensó que aquella lección nadie la impartía en los colegios.

Con las manos en los bolsillos y una oscura camiseta de un conocido grupo musical de los ochenta, entró Marcelino en el tranquilo y bien acondicionado garito de su barrio. Gimena sentada sobre uno de los modernos taburetes de la barra sonrió triste al ver entrar a Marcelino. El póster de los Beatles, como ya era tradición, dominaba la escena. Un vaso de tubo lleno de coca-cola descansaba sobre la barra cerca de la cajera.

—¿Hoy no bebes copas?— preguntó Marcelino sentándose en otro taburete en frente de Gimena.
— No estoy para alcohol— contestó con mirada apenada la cajera.
— Te entiendo, pero yo, pese a todo, me voy a pedir una cerveza—dijo Marcelino mirando al camarero mientras lanzaba un suspiro al aire.
¬¬— Muchas gracias, Marce, por venir. Creo que esta situación es absurda. Tenemos que hablar. Parecemos dos niños pequeños.
— Ya lo sé, yo antes de nada te quería pedir perdón por lo de esta tarde. Me he pasado. No sé en qué estaba pensando.
— No te preocupes. Estamos los dos un poco alterados. A mí esto de la sordera me trae por la calle de la amargura.
— ¿Lo de la qué te trae por la calle de la amargura? — contestó guasón Marcelino sonriendo de manera cómplice a la cajera mientras extendía su mano cerca de su oreja a modo de pantalla.

Gimena, aunque sin cambiar su apenado gesto, no pudo evitar dejar escapar una risueña mueca.

¬— Qué fácil lo tenéis algunos. Esto de no oír forma ya parte de vuestra vida. Pero cuando te llega de sopetón créeme que es una putada — comentó Gimena acto seguido.
— Tienes razón, pero al final es cuestión de asimilarlo. He conocido a mucha gente que ha pasado por algo parecido — replicó algo pedante Marcelino.
—No creo que pueda asimilar que nunca más vaya a volver a oír como antes. Nunca pude imaginar lo importante que es oír. Si no oyes estás fuera del mundo. Es como ir a China y no llevarte ni un diccionario. Estás completamente apartada.
—Pues yo llevo viviendo en China casi treinta años y, aquí estoy, todavía no me he muerto. Como te decía, al final es cuestión de acostumbrarse— contestó Marcelino mostrando poca destreza a la hora de comunicarse con el género femenino.
¿Qué fuiste a China hace tres años? Joder, como viven algunos ¿no?
—¿Yo a China? ¡Pero que dices! ¡Si que te ha pegado fuerte la sordera! ¿Te has puesto los audífonos, Gimena? — dijo Marcelino riéndose casi a carcajadas mientras hacía gestos de ostentosa burla — ¡a mí no se me ha perdido nada con los chinos! — añadió.

Gimena, roja como un pimiento, lejos de tomarse la reacción como una ofensa, sonrió como lo hacen los niños enfurruñados cuando sus padres les toman el pelo. Brazos cruzados, ceño fruncido, mirada de medio lado y una sonrisa traicionera que delata hasta el mejor intérprete. En el caso de Gimena, esa sonrisa, adornada con aquel presumido lunar, era una de las expresiones más cautivadoras que Marcelino jamás hubiera visto. Al tener aquello otra vez frente a sus ojos, comprendió de nuevo por qué aquella cajera del supermercado le hacía perder los papeles de una manera tan perturbadora e insana, pero a la vez tan extraordinariamente maravillosa.

Hubo unos segundos en los que Marcelino navegó por una nube de geniales emociones. Por primera vez desde que entrase en el Wild Thing, se percató de que Gimena era una mujer realmente atractiva. Su ineludible condición de varón le hizo olvidar por momentos todas sus desconfianzas y recelos relacionados con aquella tormentosa relación.

— Estas guapísima Gimena… — soltó de repente Marcelino sumido en aquel torrente de testosterona.

Gimena Torremocha todavía decidiéndose entre el enfado o la carcajada ante las burlas de Marcelino, elevó la intensidad del rojo de su piel pero claramente halagada dijo:

— A este Marcelino me lo han cambiao. Quien te ha visto y quien te ve…¬¬— tras unos segundos de pausa Gimena añadió complacida — Pero creo que así me gustas todavía más.
— Pues ya ves… no hay nada como perderle el miedo a las cosas— contestó Marcelino confiado mientras miraba fijamente a Gimena y agarraba su mano con firmeza.

Volaron los niveles de endorfinas por todos los resquicios del garito. Una bonita canción acompañaba el momento. Un foco de intensa luz parecía iluminar la estampa de aquellos dos tortolitos haciéndoles destacar respecto a la penumbra del resto del bar.

A partir de aquel instante, la noche se convirtió en una nueva primera cita. Aparcados quedaron los problemas que pudieran haber surgido anteriormente. Marcelino ni siquiera pensó en el motero makoki o en los obscuros intereses que Gimena pudiera tener. Tampoco pensó ésta en su sordera, ni en la desagradable reacción mostrada por Marcelino en el banco de la esquina de su calle. Tal y como sucede con las parejas asentadas tras hacer el amor, un pequeño subidón de endorfinas parecía más que suficiente para enterrar todas las rencillas. Ahora bien, tal y como es bien sabido por las parejas de largo recorrido, la química cerebral tienen un efecto pasajero. Cuando la materia gris vuelve a su estado de actividad normal, los miedos, dudas y reparos que parecían enterrados vuelven a brotar mostrando sus más crueles vertientes.

Ajenos a cualquier tipo de posible amenaza futura, e inmiscuidos en su particular estado de profundo enamoramiento, tal y como hicieran días antes, hablaron durante horas de temas que fueron de lo más absurdo a lo más profundo. De lo más comercial a lo más independiente. De lo más romántico a lo más chabacano. Les dieron las mil aquel lunes por la noche en el Wild Thing. Al salir del bar y ya con el camarero echando el cierre a la verja, Gimena se detuvo delante de Marcelino. Agarrados por las dos manos y con la sonrisa floja propia de los enamorados se miraron ambos a los ojos durante unos segundos.

¿Sabes una cosa Marce? — preguntó Gimena con tono sensiblero.
Dime…— contestó Marcelino con ganas de conocer la respuesta.
— Ahora mismo tienes un brillo especial en los ojos. Eso me gusta…

Marcelino, con las endorfinas brotándole hasta por las orejas, sin mediar palabra se lanzó apasionado hacia los labios de Gimena. Ésta, receptiva, no opuso resistencia. Se fundieron ambos en un ardiente beso reconciliador. Pensó Marcelino que pese a todo, la edad adulta en ocasiones te regala momentos extraordinarios. El brillo en los ojos se pierde en el camino, pero vuelve de vez en cuando para recordarnos que no hay nada mejor que volver a ser un niño.

(continuará….)

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Marcelino Claverino: El ogro que llevamos dentro

La jornada de trabajo fue un martirio para Marcelino. Se sentía culpable de la difícil situación por la que atravesaba Gimena, pero a la vez no podía alejar de su cabeza la imagen de aquel motero macarra. Además, en lo más profundo de su mente seguía repicando la idea de que Gimena se acercaba a él por puro interés y no por algún motivo amoroso. Aún así, se sorprendió de la frialdad con la que había actuado. Incluso al ver cómo la cajera se sentaba desconsolada en una de las sillas de la recepción desbordada ante la noticia de que su audición había empeorado, Claverino, muy tozudo, se mostró impertérrito.

Él conocía perfectamente el mundo de la sordera y dada la actitud de Gimena intuía que ésta todavía no había superado su discapacidad. Había coincidido en la asociación con multitud de personas que habían necesitado mucho tiempo para comenzar a aceptar que el mundo de los sonidos, tal y como lo habían conocido, se había terminado. Algunas de ellas incluso no llegaban a aceptarlo nunca. Comentaban que en el proceso de aceptación eran típicos los llantos, el ocultar los aparatos y el rechazo a todo lo que tuviese que ver con la sordera. La actitud de Gimena respondía a las mil maravillas a este perfil. Marcelino era consciente de ello, pero los demonios amorosos enmarañaban su mente de tal manera que tras llegar a tan clarividente razonamiento, no podía dejar de sentir rechazo hacia la joven cajera. En su interior, los celos y la desconfianza estaban ganando la partida a la comprensión y la empatía.

Ya en el museo Ptolomeo, la reunión sobre el proyecto de accesibilidad programada para aquel lunes fue un auténtico desastre. Marcelino se perdía en sus antagónicos pensamientos mientras personajes variopintos exponían diferentes alternativas para llevar a cabo el proyecto de accesibilidad. Varias fueron las veces en las que Marisa Flores dio la palabra a Marcelino y éste, despistado, contestó a bote pronto lo primero que le vino a la cabeza. Esta actitud le valió una pequeña reprimenda tras la reunión, aunque esta vez Marisa Flores, mujer poco dada al refuerzo, felicitó con la boca pequeña a Marcelino por la buena impresión que estaban causando en los visitantes sus reseñas sobre los cuadros de Nikito Nipongo.

Al salir del trabajo, sorprendido por las buenas palabras de su jefa, Marcelino se dirigió a casa con la idea de llamar a su amigo y confidente Gustavito Calatrava, quien podría perfectamente seguir en su casa tirado en el sofá durmiendo la mona del fin de semana anterior. A veces, se preguntaba Marcelino qué le habría llevado en su vida a depositar su confianza en semejante personaje. La respuesta nunca la llegaba a encontrar, pero lo cierto es que seguía llamando a aquel zangolotino cuando alguna situación le sobrepasaba. En el trayecto recibió algún que otro wassap de Florinda, al cual, preso de la desesperación, decidió no contestar. Maldijo a los malditos frikis de Silicon Valley. Pensaba que habían dado con el peor invento de la historia de la humanidad.

Cuando llegó al portal y al ir a meter la llave en la cerradura de la inmensa puerta de madera, notó como un afilado dedo golpeaba su espalda. Marcelino se giró sobresaltado y un desconocido señor de avanzada edad dijo:

¬—No te asustes chaval. Te llama aquella chica del banco.
—¡Ay, qué susto me ha dado!— contestó Marcelino con el corazón todavía en la boca— Muchas gracias— apuntilló resoplando mientras lanzaba su mirada hacia la otra esquina de la calle.
—De nada, chaval—dijo el señor sonriendo mientras golpeaba con ahínco la espalda de Marcelino en señal de despedida.

Y allí, en la esquina de la calle, sentada sobre el respaldo de un antiguo banco de madera, pudo ver Marcelino Claverino a Gimena Torremocha vestida con su traje de cajera de hipermercado. Gimena hacía gestos ostensibles con su mano derecha sugiriendo a Marcelino que se acercase. Dudó éste entre meterse corriendo en casa y continuar con su testaruda actitud o dar por fin su brazo a torcer y dejar que la cajera se explicase. Al final, no sin reparos, decidió acercarse. En aquellos veinte metros que le separaban del antiguo y mugriento banco pensó en mil maneras diferentes de iniciar y afrontar aquella inminente conversación.

—Hola Gimena¬— dijo finalmente sin arriesgar al llegar a su altura.
—¿Me puedes explicar de que vas tú por la vida?— contestó sin vacilar bravuconamente Torremocha mientras se incorporaba del respaldo del banco en actitud desafiante.
—Si te vas a poner así Gimena me voy a mi casa— contestó calmado pero seco Claverino.
—Mira niñato, no sabes por lo que estoy pasando con estos cacharros— replicó con los ojos llorosos Gimena mientras se retiraba el pelo de la oreja mostrando sus audífonos — y encima te pido ayuda y me das una patada en el culo. Me ves llorando en el sitio asqueroso ése de los audífonos y eres incapaz de interesarte lo más mínimo. Eres lo peor Marcelino. Eres mala persona.
¬—Mira, Gimenita, no me toques las narices. Primero. Si soy lo peor no sé que haces en la puerta de mi casa como una psicópata esperando a que llegue del trabajo. Y segundo, yo no soy un alma caritativa que va ayudando a los sorditos del mundo. ¿De acuerdo? Si quieres ayuda para superar tus complejos vete a confesar a la iglesia, pero a mi déjame en paz. Yo me esperaba que esto entre tú y yo—dijo Marcelino señalando con el dedo a uno y otro alternativamente— fuese una cosa diferente.

Gimena no pudo dejar escapar un puchero. Sus ojos resquebrajados dejaron escapar unas lágrimas. Hubo unos segundos de silencio. Marcelino chulesco aguantó la compostura.

—¡Eres un ogro!— gritó acto seguido a viva voz Gimena en plena calle justo antes de salir corriendo hacia el supermercado.

Todos los transeúntes allí presentes fijaron su mirada en un ofuscado pero a la vez avergonzado Marcelino. Al sentirse observado, agachó la cabeza e inició el camino de vuelta hacia el portal. La gente, sorprendida, cuchicheaba elucubrando lo que podría estar pasando entre aquellos dos jóvenes con extraños aparatos en las orejas. Marcelino llegó a sentirse como un maltratador. Eso no le gustó. No entendía como no podía controlar a ese, tan bien llamado por Gimena, “ogro” que llevaba dentro. Entró raudo en el portal, subió a casa y se sentó en el sofá. El móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Florinda Biensalida, cual martillo pilón, seguía con su cansina insistencia. Marcelino silenció el teléfono enfadado.

Marcelino Claverino no sabía cómo debía sentirse. Entendía que había actuado con crueldad, pero sus feroces fantasmas le decían que eso era lo que la cajera merecía. Gimena quería aprovecharse de él para superar sus ridículos miedos de sorda, pero al mismo tiempo se veía con otros chicos más apuestos. Definitivamente era lo que se merecía.

Durante la tarde habló con su madre pero no mencionó nada de lo sucedido. No estaba para sermones maternos. Descartó la idea de llamar a Gustavito. Llamó, sin embargo, a un restaurante chino para cenar. Pollo al limón y arroz tres delicias pidió. Al ir a poner la mesa, entre los tupper de comida china, encontró un pequeño pergamino. Era típico en aquel restaurante acompañar las comidas con sabios proverbios chinos. Marcelino lo desplegó.

“Los celos se nutren de dudas y la verdad los deshace o los colma” decía esta vez el siempre oportuno mensaje asiático.

Marcelino se quedó pensativo. La pantalla del teléfono se iluminó. Con desgana echó un vistazo. Esta vez no era Florinda, la aplicación anunciaba un mensaje de Gimena. Sin mucho entusiasmo lo, abrió.

—Que necesite tu ayuda no significa que no pueda sentir algo hacia a ti. Si quieres hablar, podemos quedar en un rato en el Wild Thing. Yo no estoy muy lejos. Por cierto, perdón por llamarte “ogro”—decía conciliador el mensaje.

Marcelino se rompió. Fue en aquel momento cuando decidió que Gimena se merecía una oportunidad. Aquel ogro debía, como había visto en las películas, intentar convertirse en príncipe.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Ser miserable

El teléfono de Marcelino echó humo aquel fin de semana. Florinda Biensalida se destapó como una adicta wasapera. Sus ágiles y precisos dedos desenfundaban más rápido que los de Billy el Niño en el lejano oeste. Trescientos mensajes en un solo día había llegado a recibir Marcelino. Una canallada propia de adolescentes que le traía por la calle de la amargura. Incluso estando sentados a la par en el sofá de casa disfrutando de las ricas tortitas había sacado del bolso Florinda su smartphone para escribir a Marcelino.

– Así nos entendemos mejor– había llegado a leer un ojiplático Marcelino en la pantalla de su teléfono.

Con los nervios de punta y maldiciendo su desliz amoroso, jugó Marcelino su partido semanal el domingo por la mañana. Aún con un regustillo a whisky de garrafón en la boca, saltó a la cancha dominguera con la idea de olvidar la derrota de la semana anterior y resarcirse así del triple fallado en el último suspiro del partido. Esta vez, los Little Thunders cosecharon una cómoda victoria, pero Marcelino tuvo que pagar un alto precio por ello. Un mal golpe en la lucha por un rebote había acabado con su implante en el suelo. Al ir recogerlo, se encontró con el cable suelto y la clavija destrozada. Gajes de la tecnología. Marcelino, como cualquier otro sordo implantado, estaba acostumbrado a ello. Pero, sin embargo, aquella vez y dada su desidia, la rotura de aquel cable supondría el inicio de un curioso efecto mariposa.

Por norma general, Marcelino solía tener cables y bobina de repuesto en casa. Era habitual que cada cierto tiempo tuviese que reemplazar algún componente. Golpes, enganchones, la humedad o el simple deterioro tecnológico solían afectar a tan delicadas piezas. Marcelino en aras de evitar quedarse sin oír durante un tiempo solía comprar cables de más. Sin embargo, tras el último percance, la vagancia le impidió acercarse a su centro auditivo para reponerlos. Así pues, al llegar a casa y tras maldecir su holgazanería, tuvo que asumir que aquel domingo se quedaría sin oír. Debía esperar a la mañana del lunes para acercarse a su centro.

La sensación de silencio absoluto era algo que Marcelino aborrecía. Sólo en determinados momentos lo consideraba un privilegio, pero siempre y cuando tuviese la opción de volver a oír cuando considerase oportuno. Con el implante sin funcionar, el silencio era innegociable y aquello siempre le había resultado pavoroso. El padre de Marcelino recordaba de tanto en cuanto con cierto tonillo burlesco cómo lloraba su hijo desconsolado cuando uno de sus primeros audífonos se cayó a la piscina en un caluroso verano.

–Vosotros lo oyentes nunca sabréis lo que es quedarse sin oír. La sensación de quedarte aislado de todo lo que te rodea es horrorosa. La audición es vital para comunicarte, para acercarte a las personas, para sentirte parte del mundo. Creo que vosotros no valoráis lo que supone oír y es algo que deberías agradecer más a menudo – solía contestar un profundo y herido Marcelino.

Por tanto, aquella tarde tuvo que quedarse en casa. Salir a la calle sin su implante coclear era toda un odisea. En situaciones como aquella pensaba en lo mucho que dependía de aquel aparato electrónico. Sin él, y pese a sus buenas habilidades labio lectoras, se sentía desnudo, desprotegido. Su voz cambiaba, su capacidad para entender a los demás disminuía radicalmente y sobre todo se sentía aislado y temeroso en un mundo en el que los sonidos dan forma a gran parte de nuestra realidad.

La tarde se hizo larga. A Marcelino le gustaba oír la radio durante los domingos deportivos, pero en aquella ocasión tuvo que conformarse con poner los partidos en la televisión y leer los comentarios en los subtítulos. No pudo llamar a su madre como solía hacer. Se limitó a ver los partidos, navegar por internet y sobre todo contestar desesperado los constantes wasaps de Florinda Biensalida. La chica quería quedar de nuevo y Marcelino pese a que la encontraba resultona, sentía que la barrera comunicativa era tan abismal que aquello carecía de sentido alguno. Por momentos comenzaba a desesperarse.

El lunes a primera hora escribió un mensaje a su jefa. Llegaría tarde al trabajo. Pasadas las nueve de la mañana llegó apurado Marcelino al centro. Al entrar preguntó por su audiólogo de confianza, Don Edelmiro Terebelio.

– Está con una paciente ahora mismo – contestó somnolienta y desganada una recepcionista a la que Marcelino no conocía – Pero ¿qué desea?
– Quería un cable para el implante y de paso hacerle una consulta a Don Edelmiro – contestó haciendo un esfuerzo titánico por leer los labios de la recepcionista mientras sacaba el implante de su bolsillo.
– El cable lo tenemos seguro. Déjeme ver qué modelo es. Para ver a Edelmiro tendrá que esperar – respondió la recepcionista exagerando las vocalizaciones y haciendo gestos con las manos, consciente ahora de las necesidades de Marcelino – Voy al almacén a por él. Espere aquí. Si tiene suerte Edelmiro terminará rápido con la paciente – continuó.

La recepcionista abrió una puerta que daba a un pasillo y se dirigió al almacén. Marcelino esperó algo impaciente. Tenía prisa por llegar al trabajo pero por otro lado quería hacer una consulta al audiólogo relacionada con el proyecto de accesibilidad en el museo. La puerta se abrió a los pocos minutos. Salieron por ella la recepcionista con el cable en la mano y el grande y avejentado audiólogo, quien parecía mantener una conversación con alguien situado a sus espaldas. Al pasar por el umbral de la puerta, se descubrió por detrás del fornido torso de Edelmiro una guapísima joven. Dos segundos le bastaron a Marcelino para ver de quién se trataba. Gimena Torremocha.

La sangre de Marcelino se heló por un instante. El trajín del fin de semana le había hecho aparcar el tema de la cajera, pero al encontrársela de bruces y por sorpresa el corazón le dio un vuelco. Gimena salía de aquel pasillo cabizbaja y con un pañuelo en sus manos. Al levantar la mirada del suelo, se encontró con los ojos vacilantes e indecisos de Marcelino. Gimena le miró entre sorprendida y afligida como buscando un consuelo que no acababa de encontrar. Marcelino todavía tenía la imagen de aquel motero en la cabeza. Rabioso, retiro la mirada. Fue entonces cuando apoyada sobre el quicio de la puerta Gimena se derrumbó. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin freno a la vez que intensos sollozos entrecortaban su respiración. Marcelino sin dar su brazo a torcer se mantuvo distante. La recepcionista, desconcertada, a la vez que entregaba el cable a Marcelino acarició con poca decisión el hombro de Gimena. Edelmiro Terebelio algo más empático comentó:

– Gimena, entiendo que esto te supere por el momento. Los bajones en la audición son relativamente habituales. Simplemente hay que volver a programar los audífonos para darles más potencia. Vas a seguir oyendo con ellos.

– ¡Estoy harta de estos cacharros! ¡Porqué me tiene que tocar a mí! ¡Yo no quiero ser sorda! – dijo Gimena entre lágrimas sacando su lado más infantil.

Un silencio sepulcral invadió la recepción del lugar por unos instantes. Sólo los intensos y entrecortados suspiros de Gimena rompían la tensa calma allí vivida. La situación era realmente incómoda.

– Quizás deberías ponerte en contacto con gente en tu misma situación. Ellos te pueden ayudar. Necesitas apoyo– se aventuró a comentar la recepcionista algo incauta.
– Ya lo he intentado. Pero se ve que no soy bienvenida en este mundo de sordos– dijo Torremocha medio ahogándose en su llantina a la vez que lanzaba una mirada colérica a Marcelino.

Fue entonces cuando Marcelino con su implante ya funcionando se sintió el ser más miserable sobre la faz de la tierra.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Déjate llevar

Gustavito Calatrava solía hacer alusión con frecuencia a una discoteca donde según decía era “casi imposible no pillar”. Marcelino, poco entusiasta de los lugares ruidosos, siempre había encontrado nimias excusas para no tener que verse en un lugar que imaginaba mugriento y poco glamuroso. Sin embargo, aquel viernes de horripilante recuerdo decidió hacer una excepción dada la cansina insistencia de Gustavito. Pensaba éste que un clavo sacaba otro clavo y que no había mejor lugar para ahogar las penas amorosas que el “Déjate llevar”. Aunque a Marcelino, en principio, aquello le parecía mísero y ruin, llegó a convencerse de que una salida nocturna aquella noche podría resultar terapéutica.

A las dos de la mañana el libertino lugar se encontraba ya atestado de gente. Grupos de mujeres de treinta y tantos bailaban entusiasmadas canciones de grupos de moda. Los hombres algo más timoratos, contemplaban desde la barra, cubata en mano, los hipnóticos movimientos de caderas de las cada vez más atractivas aficionadas bailarinas. A esa hora, Gustavito Calatrava ya se había pimplado unas cuantas copas y se dejaba ver algo achispado entre un grupillo de damas, las cuales a juzgar por sus curiosos atuendos debían estar celebrando una despedida de soltera.

Rufino Palomino enterado también de la existencia del desde entonces apodado “motero makoki”, había decidido unirse a la fiesta para así respaldar a su herido amigo. En aras de levantar el ánimo de Marcelino, decidió también invitar a otras dos amigas de la asociación Sordotapias. Marcelino había visto por la asociación a aquellas dos chicas pero no había llegado a establecer relación con ellas dado que éstas se comunicaban predominantemente a través de la lengua de signos.

Mientras Gustavito Calatrava intentaba cortejar a alguna de las mujeres de curioso atuendo, Marcelino se vio enfrascado en un conato de conversación a cuatro bandas con Rufino y sus amigas; Margarita Matallanas y Florinda Biensalida. Entre el intenso ruido, las luces discotequeras de colores, el efecto del alcohol, los empujones de la gente y sobre todo el hecho de que Rufino tuviese que ejercer de traductor entre él y las chicas, la conversación era cuanto menos curiosa.

—¡Dice Florinda que a ella le daría miedo implantarse! Prefiere quedarse con sus audífonos aunque oiga peor— gritaba desgañitado Rufino intentando alzar su voz sobre la música.
—¡Tío, no te entiendo nada! ¡Esto es todo un absurdo!—contestó un tanto ofuscado Marcelino.

Rufino miró a su amigo con cara de circunstancias pero prosiguió la conversación a través de los signos.

—Marcelino dice que es una decisión difícil y muy personal. Y que si no quieres implantarte no pasa nada, estás estupenda y guapísima así como estás— dijo dando un codazo cómplice a un indiferente Marcelino.

Florinda Biensalida sintiéndose adulada, miró presumida a Marcelino mientras jugaba provocadora con las puntas de su cabello y se mordía con sutileza el labio inferior de su boca. Marcelino desorientado ante tal amalgama de signos no se percataba de lo que allí se estaba cociendo, aunque se sorprendió ante tal penetrante mirada.

Sumido en aquella absurda conversación, notó Marcelino como alguien le abrazaba violentamente por la espalda. Gustavito Calatrava preso de un sentimiento de exaltación de la amistad propio de la gente alcoholizada había decidido que colgarse como un mono de la espalda de su amigo era una genial idea en aquel momento. El enérgico impacto llegó por sorpresa por lo que Marcelino no fue capaz de sostener a su amigo sobre su espalda. Volaron las copas por los aires y tras un par de ridículos intentos por mantenerse en pie cayeron ambos a plomo sobre la presumida Florinda. Acto seguido se desplomaron los tres en bloque sobre el sucio y pegajoso suelo del “Déjate llevar”. La lamentable caída produjo que Marcelino quedase encajado en un sándwich humano, encarado con la fogosa Florinda y con el borrachuzo Gustavito despatarrado sobre su espalda. Florinda Biensalida, lejos de molestarse, vio la oportunidad de su vida y le plantó un beso a Marcelino en los morros. La gente, dispuesta en un círculo entorno a los tres payasos del momento, comenzó a aplaudir la escena de forma desenfrenada.

Marcelino, entre avergonzado y cabreado con toda aquella absurda situación, se levantó como un resorte. Miró a Florinda Biensalida con cara de incredulidad y lanzó una mirada criminal a Gustavito, quien ajeno a la realidad del momento, parecía disfrutar de sus minutos de gloria haciendo la cucaracha en el suelo. La gente, desternillada, aplaudía y reía a carcajadas. Rufino y Margarita observaban impertérritos la escena, conteniendo a duras penas la risa dado el más que evidentemente enfado mostrado por Marcelino.

Presa de la ira, salió Claverino a la calle dando empujones a todo el que se interponía en su camino hacia la puerta. Alguno alucinó con las violentas maneras de aquel chico con un extraño aparato en la cabeza.

—¡Mira tío, el marciano se ha chinao!— dijo un pijo con flequillo a uno de sus amigos.

Ya fuera, se sentó apoyado sobre uno de los coches aparcados frente a la discoteca. Con las manos sobre su rostro, maldijo a los imbéciles de sus amigos. Uno había aprovechado la noche para emborracharse como nunca y otro, con pocas luces, había traído a dos chicas con las que no podía comunicarse.

Rufino llegó enseguida.

—Marce, tronco…
—Ni Marce ni gaitas, sois un par de estúpidos— dijo Marcelino con voz de pocos amigos.
—Tío no te pongas así, solo queríamos que lo pasaras bien— contestó comprensivo Rufino.
—¡No me toques las narices! Sabéis que estoy con el tema éste y hacéis los dos el payaso. ¡Vaya forma de ayudar!¿De qué vais?

Rufino algo molesto con el comentario contestó con sinceridad.

—Mira tío, creo que estas un poco obsesionado con la chica del supermercado. Nosotros sólo queríamos que disfrutases esta noche y te olvidases de todo. ¡Tío, date el gusto de disfrutar por una vez!¡Olvídate! Déjate llevar esta noche— dijo señalando el luminoso cartel de la discoteca— y mañana será otro día. Toda la vida amargado….
—Vete a la mierda Rufino—contestó entre compungido y violento Marcelino.
—Bueno tronco, yo ahí te lo dejo. Piénsalo. Me voy para adentro.

Marcelino se quedó pensando en aquel lugar durante un rato. Sabía que Rufino Palomino tenía parte de razón. La obsesión con Gimena le había llevado a dejar de disfrutar de otras cosas importantes de la vida. No quería ser un amargado, pero no podía evitar sentir una inmensa frustración con todo lo sucedido con Gimena Torremocha.

Postrado junto al coche y tras un tortuoso razonamiento, dictaminó que por una noche se iba a olvidar de todo. Se iba a dar el gusto de disfrutar de lo que tenía en ese momento a mano. Rufino tenía razón.

Entró en el “Déjate llevar” decidido a hacer honor a su acertado nombre. Pidió un par de cubatas en la barra y se adentró en la maraña de gente sudorosa con la idea de que aquella noche sería inolvidable.

A la mañana siguiente, Marcelino se despertó en su casa con un intenso olor a tortitas y café recién hecho. Salió de su cuarto y se dirigió en calzoncillos a la cocina. Una delicada mujer vestía una de sus camisetas de baloncesto a modo de pijama frente a los fuegos de la vitrocerámica. Dada su dificultad para comunicarse, aquella era la bonita y curiosa manera que tenía Florinda Biensalida de dar los buenos días a Marcelino Claverino.
(Continuará…)

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Marcelino Claverino: El principio de Arquímedes

Rara vez se dejaba llevar Marcelino por sus impulsos y aquella ocasión no iba a ser diferente. La conversación con sus padres le había hecho recapacitar, lo cual junto a la similar opinión defendida por su leal amigo Gustavito Calatrava, hacía presagiar una posible segunda oportunidad para Gimena. Sin embargo, el a veces desesperante gusto de Marcelino por no tomar decisiones precipitadas le llevó a posponer el dictamen final. Tenía el pálpito de que en el momento más inesperado tomaría la determinación de llamar a Gimena, no sabía cómo ni cuándo lo haría, pero intuía que aquel momento iba a llegar tarde o temprano. Aún así, decidió darse unos días de gracia.

Durante aquellos días intentó, con más o menos éxito, no pensar demasiado en Gimena. Sentía cierta saturación mental acerca de toda aquella intrincada situación. Quería tomar aire fresco, relajar la mente y esperar paciente la llegada de ese momento eureka que le hiciese ver la cosas con una claridad que hasta ahora se le había mostrado oculta. Esperaba experimentar algo parecido a lo que le sucedió al mismísimo Arquímedes al sumergir su cuerpo en una bañera siciliana llena de agua momentos antes de proclamar su famoso principio físico por las calles de Siracusa. Un momento de lucidez que al genio griego le sirvió para responder al rey Herion II acerca del pureza del oro que contenía su corona recientemente fabricada por un avispado orfebre de la polis. Un momento de lucidez con el que Marcelino esperaba vislumbrar con claridad cuál era el camino a seguir en aquella historia de amor.

Con su firme propósito presente, la semana comenzó fulgurante para Marcelino en el trabajo. Hubo conversación futbolera con Don Miguel, el guardia de seguridad del museo. Esta vez tenían motivos para alegrarse ya que el equipo de sus amores había ganado el día anterior. Una soberana paliza a otro conjunto inferior daba razones suficientes para ahora ser extremadamente optimistas respecto a las posibilidades de su equipo para alzarse con el título nacional de liga. Poco habían cambiado las cosas respecto a la semana anterior; los jugadores, el entrenador e incluso la posición en la clasificación eran las mismas, pero como suele pasar en el mundo del deporte, tras la victoria, las cosas se veían ahora de una manera completamente diferente.

Una vez la exposición de Nikito Nipongo se puso en marcha, Marisa Flores parecía algo más sosegada. La afluencia de público parecía estar marchando por los cauces esperados, las primeras críticas eran halagadoras y, además, los controvertidos llaveros habían llegado a tiempo a la tienda de souvenirs del museo. El pobre Rigoberto Matahaba había conseguido agilizar los trámites con la empresa encargada de su distribución y, aunque se llevó un buen rapapolvo, los llaveros estuvieron prestos a su debido tiempo, con lo que el pobre hombre se libró de unas represalias mayores por parte de la iracunda señora Flores.

La agradable semana en el trabajo culminó con una llamada al despacho de la jefa el jueves por la tarde. El museo quería ponerse las pilas en relación a las medidas de accesibilidad para los visitantes. Otros museos de la ciudad habían tomado la delantera en el ámbito de las visitas adaptadas para personas con discapacidad y el museo Ptolomeo quería colocarse como mínimo a la par de la competencia en este ámbito. La dirección había pensado en Marcelino para formar parte del comité que llevase a cabo el proyecto y así se lo hizo saber Marisa Flores. Pese a que en principio Marcelino no tenía formación profesional al respecto, pensaban que su experiencia personal y su contacto con el mundo de la discapacidad podría ser de mucha utilidad. Marcelino recibió la noticia con sorpresa, pero a la vez la idea le resultó apasionante. Siempre había querido abogar por los derechos de las personas con discapacidad y ésta era una oportunidad de oro para poner su granito de arena en la inclusión de este colectivo, a veces olvidado, al que él pertenecía.

Las buenas noticias en el ámbito laboral facilitaron que Marcelino consiguiese alcanzar el objetivo propuesto, no pensar demasiado en la cajera. También contribuyó el hecho de que Marcelino se calzase las zapatillas de correr por primera vez en muchos meses, así como que su preocupada madre le acompañase una tarde a comprar un juego de platos a una moderna tienda de accesorios de cocina. Pararon en una de sus pastelerías preferidas del centro de la ciudad, donde disfrutaron de una buena conversación acompañada de un café con leche y unas primorosas torrijas.

Además, para favorecer la claridad mental, decidió Marcelino no pasarse por el supermercado en aquellos días. No le resultó fácil pues éste se ubicaba a escasos metros de su casa. En alguna ocasión tuvo que dar alguna vuelta de más a la manzana pero consiguió evitar un fortuito encuentro con la cajera. Por las noches, antes de dormir y para evitar pensamientos indeseados, se puso el ordenador portátil a los pies de la cama y proyectó en youtube documentales de animales salvajes. Leones y gacelas en la sabana africana, delfines y tiburones blancos en el océano pacífico o monos capuchinos en el Parque Nacional de Santa Rosa de Costa Rica pasaron sin descanso aquella semana por la pantalla de su ordenador. Todas aquellas imágenes, contempladas en un absoluto silencio le resultaban exquisitamente relajantes, favoreciendo un rápido paso a la fase de sueño REM y evitando así que su mente se desviase a otros menesteres no deseados en aquel momento.

Pese al buen fluir de la semana, hubo momentos en los que de manera inevitable Gimena se le vino a la cabeza. Cuando así sucedió Marcelino pensó en Arquímedes y en como a veces la solución a un problema o la toma de una decisión se lleva a cabo con la mente libre, abriendo paso a la intuición. Aquello funcionó, aunque el viernes por la tarde dando un paseo de vuelta a casa desde el trabajo, no pudo evitar pensar en la cajera.

Inmiscuido en sus canciones rockeras preferidas, las cuales escuchaba a través de su implante coclear conectado a su teléfono móvil, Marcelino pensó en los motivos que podrían haber llevado a Gimena a ocultarle su sordera. La discapacidad auditiva era algo tan corriente y natural para Marcelino que le costaba llegar a una explicación convincente. La actitud de Gimena le había resultado hipócrita e infantil y eso era algo que le producía una rabia incontrolable. ¿Qué ganaba Gimena ocultándole su sordera?¿No había pensado en las consecuencias que eso tendría en el futuro?¿Realmente pensaba que podría esconderlo siempre? Pero sobre todo, ¿Cómo alguien podía tener una autoestima tan baja como para tratar de ocultar una discapacidad?

En cuanto Marcelino comenzó a hacerse aquellas preguntas, pensó de nuevo en Arquímedes. No quería entrar en un bucle de pensamientos negativos otra vez. Justo cuando se imaginó al físico griego sumergiéndose en la bañera, la música se detuvo y un peculiar tono telefónico llegó a su oído. Pudo distinguir que se trataba de un correo electrónico entrante. Sacó el teléfono del bolsillo y desbloqueó la pantalla. Era un correo de la asociación Sordotapias. Lo abrió. “No lo escondas. Hazte Oír; campaña en favor de la visibilidad de la sordera”, decía un llamativo eslogan acompañado de una foto de una chica retirándose el pelo de la oreja dejando asomar un colorido audífono rosa chillón. El anuncio lo completaba una sugerente frase a pie de foto “Porque llevar audífonos no es motivo de vergüenza: Muéstralos al mundo”.

Marcelino se encontraba a escasas dos manzanas de su casa cuando leyó el correo electrónico. Había desviado su ruta habitual para no pasar por el supermercado. Dos segundos de reflexión fueron suficientes para volver sobre sus pasos y lanzarse a la carrera hacia el supermercado. La música volvía a reproducirse en su teléfono. Losing my religion, sonaba a todo trapo. Más de dos mil años separaban la carrera de dos personajes inmiscuidos en ese momento mágico en el que uno alcanza un momento de lucidez majestuoso. Uno probablemente acompañó su carrera con canciones interpretadas por finas liras griegas, otro lo hacía con banda sonora ochentera americana. Uno corría por las calles empedradas del ágora, otro por las calles asfaltadas repletas de semáforos y coches del siglo veintiuno. Uno acaba de formular un principio físico fundamental, otro acababa de comprender que a veces puede ser difícil aceptar determinadas situaciones personales. Los matices eran diferentes, pero la esencia era la misma, ambos estaban convencidos de que aquel momento cambiaría sus vidas.

Sumergido en una euforia descontrolada, Marcelino giró la esquina de la manzana del supermercado con la ilusión de que Gimena estuviera esperándole con lo brazos abiertos en la cinta transportadora donde empezó todo. En su carrera desenfrenada, pudo ver a Gimena a las puertas del establecimiento en frente de una potente moto. Por unos escasos segundos se le iluminó la cara. Justo el tiempo que Gimena tardó en ataviarse con un anaranjado casco y subirse a la moto conducida por un chuleta con chupa de cuero. Nadie le había contado a Marcelino en aquel momento que Arquímedes tras su brillante visión, se encontró con dificultades no previstas antes de poder asegurar que la corona del rey Hieron II no contenía oro puro. El orfebre fue inmediatamente ejecutado.

(Continuará…..)

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Marcelino Claverino: Un domingo “no” cualquiera

—Pero hijo, ¿qué te pasa?— dijo Manuela Claverina mientras Marcelino miraba al infinito y daba vueltas a la sopa con la cuchara.
—Nada mamá. De verdad, déjalo. No tengo un buen día y punto— contestó contrariado Claverino sin apenas levantar la vista del plato.
—Entre lo de tener el teléfono apagado toda la mañana y esta actitud me estás empezando a preocupar.

La noche anterior, tras el amargo episodio con Gimena, Marcelino se sintió engañado. Gimena le persiguió durante al menos cinco minutos por las calles aledañas a los cines Kayak. “Déjame que te explique”, “por favor escúchame”, “iba a decírtelo”, repitió recurrentemente la cajera mientras Marcelino caminaba enfurecido camino de la boca de metro más cercana. No consiguió arrancarle ni una sola palabra. Un escueto “olvídame” tras cruzar los tornos del subterráneo fue el único y a la vez lapidario comentario que Marcelino destinó a Gimena.

—Este chico de verdad que no tiene remedio. ¡Quieres alegrar esa cara de perro pachón que pareces un judío recién salido de Auschwitz!.
—De verdad, Manolo, tú siempre tan delicado. Parece mentira, toda la vida igual.
—Delicado no. Si le pasa algo que lo diga— dijo Manolo Claverino mientras empujaba con el pan el filete de ternera del segundo plato de la comida de domingo.

Otras veces, ese comentario de su padre habría enfurecido a Marcelino, pero en aquel momento de profundo desengaño no quiso ni contestar. Siguió mirando a la sopa, ya helada, como el que mira desesperanzado desde el andén un tren que acaba de perder.

Marcelino había conseguido mantener la compostura delante de Gimena. Sin embargo, una vez sentado en el vagón del metro, el mundo se le vino encima. La ilusión por haber conquistado al fin a una mujer sin ningún tipo de aparato en las orejas había sido tan grande que no pudo evitar sentir una profunda decepción. Intentó disimular sus emociones, pues no quería ser el centro de atención de todo el vagón, pero unos ojos rojos y vidriosos le delataban.

— ¿Vas a comer o no macho? — preguntó al rato de nuevo Manolo Claverino.
—No lo sé— contestó desganado Marcelino.
—Míralo, igualito que cuando era pequeño. No. No quiero comer. Soy un niño pequeño y me chupo el dedo— dijo Manolo Claverino haciendo burla a Marcelino mientras se metía el dedo gordo en la boca.
—Ay, de verdad Manolo, no seas desagradable.
—Desagradable no, Manuela. Es que tiene que fastidiar la comida a todo el mundo.
—Pobrecillo, algo le pasará.
—¿Pobrecillo? Toda la vida con el pobrecillo a cuestas. Así nos va. Con casi treinta años y la misma cara de tonto.

Manuela se quedó parada. Un tímido puchero se dibujó en su rostro. A los pocos segundos unas ligeras lágrimas se deslizaron sobre sus mejillas. Pese a los años pasados y la completa integración de la sordera en su vida, todavía había situaciones con las que Manuela Claverina rememoraba los duros momentos vividos cuando Marcelino perdió su audición a causa de aquella inoportuna meningitis. Aquel fue uno de esos momentos. La gente siempre se sorprendía de estas aparentemente extrañas reacciones, pero como Manuela solía decir “la discapacidad de un hijo se asume, pero nunca se supera. La incertidumbre, la inseguridad y el miedo a las dificultades que pueda encontrar tu hijo es algo que te bloquea mentalmente. Es algo asumible pero difícilmente superable”. Especialmente impactante fue la reacción de la madre de Marcelino cuando éste ingresó en la universidad. El miedo y la inseguridad era tal que estuvo dos días completos llorando en su habitación. “Cosas de madres”, pensó por entonces Marcelino, pero lo cierto es que aquello era algo mucho más normal entre madres y padres con hijos con discapacidad de lo que uno se pueda imaginar.

Tras el incómodo viaje en el metro, Marcelino llegó a casa con la única intención de meterse en la cama. Como solía hacer en momentos de estrés, decidió quitarse el implante nada más entrar por la puerta. Una de las poquísimas ventajas de llevar implante era que podía decidir desconectar del mundo con un gesto de lo más simple: desprender el aparato de su cabeza. En el silencio absoluto solía encontrar una paz que para el resto de los mortales era difícil de imaginar. Aquella noche, con aquel gesto, buscó una tranquilidad que no acabó de encontrar.

—No llores, mamá— dijo suspirando Marcelino.
—Si no es por ti, hijo. Es tu padre que siempre tiene que meter el dedo en la llaga.
—No, si ahora va a ser mi culpa que el chaval haya decidido amargarnos la comida.
—No os peléis ahora por favor. Son cosas mías. No pasa nada.
—Pues hijo, cuéntanoslo, nosotros a lo mejor te podemos ayudar. ¿Es algo del trabajo? —preguntó entre sollozos su madre.
—No, no es del trabajo. Pero en serio, ahora no me apetece hablar del tema, ya está.
—Que cabezón eres. Pues nada regocíjate bien tú solito en tus problemas— le reprimió ofuscado su padre.

Antes de meterse en la cama, Marcelino, en su estado de silencio absoluto se tomó un vaso de leche con galletas. Le resultó extraño no oír el crujir de las galletas en su boca. Fregó un par de cacharros y se lavó los dientes. Justo antes de meterse en la cama, puso el implante en el deshumificador y colocó el vibrador de su despertador debajo de la almohada. Pese a todo lo vivido, no quería perderse la carrera de fórmula 1 que arrancaba desde Malasia a las ocho de la mañana. Puso la alarma a las ocho menos cuarto. A esa hora, la almohada comenzaría a vibrar.

—Creo que estoy enamorado de la cajera del supermercado de al lado de mi casa—dijo de repente Marcelino dando todavía vueltas a la sopa.
—Pues menudo problemón—dijo jocoso Manolo Claverino mientras pelaba una apetecible manzana—Es la primera vez que veo una reacción semejante en un enamorado.
—Manolo cierra el pico— contestó Manuela con una mirada asesina— ¿Y qué pasa hijo, no te corresponde?
—La cajera del supermercado la virgen. ¿Pero no había otra un poquito más decente?—farfulló Manolo Claverino un tanto apocado ante la mirada de su mujer.
—Sí, mamá. Pero el problema es que pensaba que era una chica “normal” y ayer cuando quedamos me di cuenta que llevaba audífonos. Me ha tomado el pelo.

Justo antes de quedarse dormido la pantalla del móvil de Marcelino se encendió. Medio atolondrado alcanzó el teléfono de la mesilla. Con los ojos entreabiertos por el deslumbramiento de la pantalla, Marcelino pudo ver que acaba de entrar un mensaje de whatsapp de Gimena. En un gesto de rabia Marcelino lanzó el móvil por los aires empotrándolo violentamente contra el armario. Las diferentes piezas del teléfono se quedaron desperdigadas por el suelo de la habitación.

—Pero hijo, dale una oportunidad a la chica, todos cometemos errores—dijo Manuela Claverina tras escuchar atentamente la tumultuosa historia de amor.
—No se lo merece. No se puede ir por la vida engañando a la gente.
—¿Pero cuál es el problema con la chica Marcelino?—preguntó su padre elocuentemente por primera vez en toda la comida.
—Pues papá, estoy harto de tener que relacionarme siempre con chicas sordas. Pensaba que esta vez iba a ser diferente. Me hacía ilusión que una chica oyente se fijase en mí.
—Déjame que te diga una cosa, hijo. ¿Te acuerdas cuándo siempre te quejabas de que la gente no te daba oportunidades por llevar el implante?
—Sí. Pero eso ¿Qué tiene que ver ahora?
—Pues que tú de alguna manera estás haciendo lo mismo con la tal Eugenia ésta. Como lleva audífonos le cierras la puerta, no le das esa oportunidad.
—Gimena, papá, Gimena…—contestó resignado Marcelino mientras procesaba la respuesta de su padre.

Al levantarse por la mañana y justo antes de empezar la carrera de coches, Marcelino recogió del suelo los pedazos del teléfono. La pantalla, con el golpe, se había resquebrajado por una de las esquinas. Tras montar el terminal y comprobar que funcionaba, Marcelino decidió dejarlo apagado. No quería que nadie le molestase.

Al terminar la comida, y ya recostado sobre el sofá de casa de sus padres, Marcelino sacó el teléfono de su bolsillo. La conversación le había hecho recapacitar. Encendió el móvil. Tras unos minutos de espera, comprobó que las notificaciones de los mensajes de Gimena seguían esperando a ser abiertas.

—Hola Marce. Sé que he hecho las cosas mal. Pero no sabes lo difícil que es para mí todo esto. Pensaba que alguien como tú podría entenderme. Por favor, dame la oportunidad de al menos explicarte cómo me siento. Sé que lo harás, eres un tío guay. Un beso—decía persuasivo el mensaje de la ahora ya no tan inexpugnable guapísima cajera.

(continuará…)

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Marcelino Claverino: El destape

Por primera vez en su vida Marcelino fue al grano con una chica. Las palabras del capitán habían abierto los ojos del espigado alero de los Little Thunders. No quedaba nadie ya en el vestuario cuando Marcelino pulsó la tecla de envío. El mensaje fue claro y conciso.

—Hola Gimena. Tengo muchas ganas de verte. ¿Te gustaría quedar esta tarde?

Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo. “Que sea lo que Dios quiera”, pensó con las manos descansando sobre su rostro sentado en unos de los bancos del vestuario. Ante su asombro la respuesta no se hizo esperar. Justo cuando se disponía a meter el teléfono con desgana en el bolsillo de la mochila se iluminó la pantalla del móvil. Un pequeño icono verdoso en el margen superior izquierdo del aparato anunciaba la entrada de un whatsapp.

—Hola Marce. Estamos de suerte. Hoy libro en el supermercado, así que por supuesto que me gustaría quedar contigo. ¡Pensaba que ya no me ibas a escribir! — contestó la guapísima cajera.

Una peculiar sensación de alivio y euforia invadió a Marcelino. Quería brincar como un poseso por todo el vestuario, quería abrazarse con la primera persona que se cruzase en su camino, poco importaba ahora el triple fallado y la agria derrota, nada era más importante que la simple idea de ver de nuevo a aquella maravillosa mujer.

Marcelino no tardó en responder, lejos quedaban ya las estrategias maquiavélicas urdidas por su amigo Gustavito Calatrava en los temas amorosos.

—Lo bueno se hace esperar Gimena. ¿Qué me dices de ir al cine?— escribió Marcelino adoptando un talante algo galán.
—Me parece genial. Pero quizás tengas razón y debiéramos dejarlo para mañana— respondió Gimena.

Marcelino se quedó un tanto descuadrado ante tal comentario, pero enseguida interpretó que todo formaba parte del acto del cortejo.

—No creo que puedas esperar un día más— contestó directo.
—Puede que el que no pueda esperar seas tú bonito.

Gimena era una adelantada cuando se trataba de flirtear. Sabía muy bien como sembrar la duda en el otro pero a la vez mantener ese punto de irremediable atracción. A Marcelino no le quedó otra que mostrar el pañuelo blanco.

—Tienes razón. No puedo esperar un día más— respondió asumiendo su derrota dialéctica.

Gimena, sabedora de su pequeña victoria, dio el siguiente paso.

—Vayamos hoy al cine entonces. No quiero rayarte más de la cuenta— dijo.

Quedaron en verse en uno de los pocos cines para todos de la ciudad. La película era lo de menos para Marcelino. Para él era más importante disponer de subtítulos, bucle magnético en la sala y un buen acondicionamiento acústico. En un cine convencional donde estas medidas brillaban por su ausencia, su capacidad para seguir la historia de la cinta y comprender diálogos complejos se veía muy mermada. Gimena, como buena enfermera puesta en la materia de la sordera, no puso ninguna objeción a la propuesta de Marcelino.

—Por supuesto Marce. Vamos donde te sientas más cómodo— llegó a decirle.

Los cines Kayak se encontraban en una de esas nuevas zonas hipster de la ciudad. Hombres barbudos y mujeres gafapásticas frecuentaban las calles repletas de cafés orgánicos, tiendas vintage, mercadillos de ropa de segunda mano y pequeñas y resultonas tiendas de discos ideales para melómanos. Por supuesto, un cine adaptado era de lo más cool y más si en él abundaban proyecciones de películas galardonadas en festivales independientes. A mayor número de hojitas de laurel en el cartel, mayores probabilidades tenían de ser proyectadas en los cines Kayak. La verdad era que un grupo de barbudos emprendedores se había lanzado a la aventura cinematográfica y aunque el negocio sobrevivía a duras penas, Marcelino y otros amigos sordos agradecían la encomiable labor de esos personajes peculiares que se movían por el barrio en bicicletas de lo más minimalistas.

Gimena llegó puntual a la cita. Marcelino estaba ya haciendo cola entre un grupo de poperos y otro de granudos adolescentes sordos. Al ver a Gimena a lo lejos Marcelino cambió su postura. Elevó los hombros, subió el mentón y se metió las manos en los bolsillos dejando asomar los dedos pulgares por fuera de éstos. Su gesto parecía el de un buen torero antes de una importante corrida taurina.

—¡!Marce!¡— gritó Gimena a lo lejos saludando con la mano en alto.

Marcelino sonrió de medio lado como quien se siente confiado.

—A menudos sitios me traes ¿no? Vaya gente más rara. Todos con barbuchas y pelajos. En el metro he visto a uno hasta con bigote. ¿Pero dónde se ha visto eso hoy en día? – dijo Gimena mientras daba dos efusivos besos a Marcelino.
—Pues no sé. Son gente peculiar, pero hay que adaptarse a todo. Además mira que majetes son algunos que se animan a montar cines para todos.
—¿Cómo que cines para todos? — contestó Gimena confundida.
—¿Eh? — dijo descuadrado Marcelino.
—¡Ay chico! es que con el ruido de la calle no te oigo bien. Si yo no me entero me imagino que para ti tiene que ser todavía más movida — reculó avergonzada Gimena.
—No te preocupes, es verdad que hay mucho ruido. La ventaja que yo tengo es que te puedo leer los labios. Sino ni de broma. Por cierto antes de nada, ¡estás guapísima!

Gimena había optado esta vez por un pantalón de pitillo estrecho, el cual realzaba su exuberante figura. Una simple pero a la vez coqueta camiseta rosada insinuaba de manera sencilla las imponentes cualidades femeninas de Torremocha. Su castaño pelo caía de nuevo sobre sus hombros, aunque esta vez un cuidado flequillo ondulado viajaba presumido por la delicada frente de Gimena.

—Muchas gracias por el piropo. Tú también estás muy guapete— dijo Gimena acariciando sutilmente la mano derecha de Claverino.

Tras los esperables lamentos de la cajera al ver que no podría ver ninguna de las comedias románticas anunciadas a bombo y platillo en televisión, los dos tortolitos se decantaron por una cinta neozelandesa cuyo cartel estaba plagado de hojas de laurel. “La cabaña de mi madre” prometía ser o bien un peliculón histórico o un pestiño sólo apetecible para cuatro entendidos del no siempre comprensible mundo de las críticas cinematográficas.

Tras comprar las entradas, las palomitas de rigor y un par de coca-colas, se metieron los dos en la sala tres de los cines Kayak. Se sentaron a la par en la fila siete centrada. Una señora entrada en kilos y su marido se ubicaron un par de butacas más allá. Todo parecía estar saliendo a las mil maravillas. Marcelino estaba justo donde había soñado unos días antes. En un momento dado y con la película ya en acción dudó si agarrar la mano de Gimena dando pie así al primer acercamiento. Se sentía como un dubitativo quinceañero ante su primera cita. Finalmente decidió dejarlo para más adelante. Durante la hora y media de película hubo múltiples intercambios de miradas entre ambos, los cuales obnubilaron la mente de Marcelino. Había una conexión clara entre ellos.

Al terminar la película salieron a la calle más pendientes el uno del otro que de la reflexión sobre la propia película.

—Pues a mí me ha parecido un rollo patatero— dijo Gimena con su habitual sinceridad.
—Yo la verdad es que tampoco he estado muy atento a la película— contestó Marcelino mirando fijamente a Torremocha mientras se acercaba hacia ella.
—¿A no y en que te has fijado?—prosiguió Gimena sosteniendo la mirada en señal clara de aceptación del envite.
—No sabría decirte— balbuceó Marcelino con sus labios ya a escasos centímetros de los de Gimena.

En la esquina de los cines Kayak a la luz de una farola, Marcelino Claverino pudo por fin cumplir su sueño. Cuando Gimena Torremocha se puso de puntillas, sus labios se encontraron por primera vez. Un primer beso tierno y casi asustadizo, dio paso a un par de acometidas algo más carnales. Marcelino no podía creer lo que estaba sucediendo. Sumido en una transitoria euforia pasional dirigió con sutileza su mano derecha hacia la nunca de Gimena. Por unos segundos se recreó acariciando con firmeza la parte posterior de su cabeza. En una de las intensas caricias el dedo anular de Marcelino se topó con un extraño objeto ubicado en la parte trasera de la oreja de Gimena. Un desagradable pitido se oyó tras el contacto. Marcelino se quedó petrificado. De un feo manotazo retiró a Gimena. Se quedó mirándola fijamente. Ésta, cabizbaja, no le sostuvo esta vez la mirada.

—¡Que narices haces llevando audífonos!— gritó a viva voz Marcelino en la esquina de los Kayak bajo la tenue luz de la farola.

(continuará…)

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Marcelino Claverino: Dudar desde el triple

Al levantarse temprano el sábado por la mañana, Marcelino Claverino se encontraba en una complicada tesitura. Por un lado, el cuerpo le pedía ser cauto y esperar a que Gimena diese el siguiente paso, tal y como su amigo Gustavito Calatrava le había recomendado. Sin embargo, su parte más impaciente quería hacer caso a Rufino Palomino y escribir de inmediato a la guapísima cajera. Pensaba Marcelino que en esto del amor manejar con sutileza los matices era importante, pero a la vez sentía que la estupidez humana había llegado a tal punto que uno no podía mostrar sus sentimientos tal y como le viniese en gana.

Con estos pensamientos cogió Marcelino su bolsa de deporte y se dirigió al polideportivo donde, como ya era tradición, jugaba junto a algunos amigos en la liga municipal de baloncesto. Los Little Thunders eran ya un equipo con solera en la liga, trece temporadas avalaban un amplio historial de victorias y derrotas. Las primeras temporadas, bien avenidas, contrastaban con la actual situación en la que jugadores ya veteranos se las tenían que ver con equipos llenos de jóvenes, los cuales hacían valer su plenitud física para vencer sin contemplaciones a los ya curtidos Pequeños Rayos. Sin embargo, las derrotas no minaban la ilusión del equipo, pues el baloncesto no era sino una excusa para hacer algo de deporte, estar con los amigos y tomar unas cervezas al acabar cada partido.

En esto del baloncesto, Marcelino siempre había presumido de buena muñeca. Su desgarbada figura le permitía postear con facilidad y abrirse a la esquina para lanzar con rapidez desde la línea de 6,75, lo cual le convertía en un alero de garantías. Desde pequeño se había sentido atraído por el baloncesto y, ya con siete años, comenzó a jugar en el equipo de su colegio. Pese a las dificultades que entrañaban la protección de las prótesis y el miedo a una posible rotura de las mismas en un mal golpe, los padres de Marcelino siempre le animaron a participar en actividades deportivas. Creían, con buen criterio, que el deporte era una buena manera de potenciar la inclusión de su hijo en el complicado mundo de los oyentes. Esparadrapos para sujetar las prótesis, fundas para evitar la humedad generada por el sudor, cintas para la bobina del implante y en los últimos tiempos cascos acolchados de rugby se encontraban siempre en la bolsa de deporte de Marcelino.

Además de las posibles roturas o caídas de aparatos, Marcelino siempre había tenido que lidiar en el mundo del baloncesto con un entorno auditivamente hostil. La reverberación de los pabellones, los gritos de los jugadores, los ruidos de las zapatillas en el parqué, las instrucciones de los entrenadores y la dificultad lógica para fijar la mirada en los rostros de los interlocutores, hacían prácticamente imposible entender algo durante el juego. De ahí que tanto jugadores, como entrenadores y árbitros tuvieran que estar advertidos de las necesidades de Marcelino. Dar instrucciones claras durante los tiempos muertos mirando a la cara del jugador, utilizar pañuelos como complemento al silbato y utilizar los gestos propios del baloncesto en la comunicación con Marcelino eran medidas fundamentales.

—Marce tío, date prisa que el partido empieza en diez minutos y hoy somos justos. El gañán de Sebastián me acaba de escribir que está en la cama vomitando— le dijo el capitán del equipo a Marcelino nada más llegar a la cancha.
—¿Qué Sebastián qué? —preguntó medio dormido Claverino.
—¡Que vayas al vestuario a cambiarte! ¡Vuela!—replicó nervioso el capitán.
—Como está el patio—farfulló entre dientes cabizbajo Marcelino dirigiéndose al vestuario.

Cuando Marcelino por fin saltó a la pista, todos le estaban esperando. El árbitro miró el reloj con cara de pocos amigos.

—¡Pero Marcelino mira que la semana pasada dijimos que hoy jugábamos de azul!¡No ves que el otro equipo va de rojo!—gritó el capitán al borde del infarto al ver a Marcelino vestido con la camiseta roja habitual del equipo.

Marcelino no oyó nada de lo que dijo su capitán debido a la distancia, pero se dio cuenta de la situación al ver la cara desencajada de éste y la indumentaria del equipo rival.

—Perdón, chicos. No me había enterado. ¿Esto se comentó en algún momento?—dijo avergonzado señalándose la camiseta.
—Sí, se comentó sí. Pero como nunca te enteras de nada. Anda ponte esta camiseta que he traído de más—dijo el capitán tras abrir su mochila—y ponte a jugar.

Pasado el mal rato de las camisetas, se inició el partido con retraso. Marcelino no había calentado y los primeros minutos se hicieron duros. Sabía que al no tener cambios, el partido se iba a hacer largo, por lo que decidió administrar esfuerzos al inicio. El partido fue muy ajustado en todo momento. Al descanso el marcador reflejaba un empate a 32 puntos.

—¡Seguimos así chavales! ¡Estamos muy bien!— arengaba uno de los jugadores en el vestuario.

Como era de prever, el partido siguió ajustado hasta el último minuto. El marcador reflejaba un 58-60 favorable al equipo rival a falta de 15 segundos. El capitán de los Little Thunders pidió tiempo muerto.

—¡A ver, todos atentos! ¡Marcelino, tú especialmente, mírame a la cara! A ver, vamos a ganar este partido por mis narices. ¡Jugamos la número tres, que se la comen siempre, de acuerdo!—dijo marcando el tres con la mano mientras miraba a Marcelino— Marce, tú ábrete a tope a la esquina. Mariano, cuando recibas el balón de Alfredo tras el bloqueo directo arriba, tienes que decidir según veas la jugada. Si el defensor de Marcelino va a la ayuda la abres para que tire solo, sino tienes bandeja fácil y vamos a la prórroga. Los demás todos abiertos para dejar la zona libre ¡¿De acuerdo?!

—¡De acuerdo!¡Vamos Thunders!— gritaron todos al unísono uniendo sus manos en el centro del corro que habían formado.

Con el reloj descontando los segundos, la jugada se desarrolló tal y como habían planeado. En el momento que se produjo el bloqueo directo restaban 10 segundos de posesión. Marcelino se situó en la esquina más allá de la línea de triple. Cuando el pívot del equipo, Mariano Cienfuegos, recibió el balón tras el bloqueo, el defensor de Marcelino acudió a la ayuda, Marcelino quedó entonces libre y a falta de 5 segundos se encontró con el balón en sus manos. Era un tiro fácil de ejecutar. Un lanzamiento que había realizado millones de veces. Tenía la victoria en sus manos. Sin embargo cuando se disponía a lanzar dudó por un instante. Vio a otro compañero desmarcado al otro lado. “Quizás él esté en mejor disposición para tirar”, pensó. Cuando apenas quedaba un segundo soltó el balón hacia canasta, las prisas finales no le permitieron realizar una mecánica perfecta. El balón voló durante un par de segundos. La expectación de todos los jugadores era máxima. Un primer contacto con el tablero hizo presagiar lo peor. El siguiente bote se produjo sobre al anaranjado aro. Un tercer bote hizo impactar el balón sobre el suelo. “Pegggg” Sonó la bocina del pabellón. Marcelino había fallado el tiro y los Little Thunders perdían su tercer partido consecutivo. Los jugadores del equipo rival enloquecieron de alegría.

Marcelino se dirigió consternado hacia el vestuario. No entendía como había fallado aquel tiro. El capitán se le acercó mientras se cambiaban.

—No te preocupes tío, todos podemos fallar. La jugada ha salido bien. ¿Sabes lo que ha pasado? Que has dudado tronco, y eso en situaciones así se paga. En la vida hay que tener determinación y, si quieres conseguir algo, has de ir a por ello con toda la confianza. Si no hubieses dudado, estoy seguro que esa bola habría entrado. Tómatelo como un aprendizaje vital.

Marcelino se quedó pensativo por unos segundos. A continuación abrió el bolsillo de la mochila y sacó el teléfono móvil.
(Continuará….)

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Marcelino Claverino: Una reunión de sordos

Nunca se había sentido Marcelino tan eufórico. En los días siguientes a la cita con Gimena una bobalicona sonrisa se le dibujaba en la cara a cada instante. Había repasado por teléfono junto a Gustavito Calatrava cada minuto de la cita. Habían analizado cada comentario, cada pequeño gesto, cada mirada cómplice. Se encontraba Marcelino en un bonito sueño del que no quería despertar. Sólo un pequeño detalle le desestabilizaba.

—Marcelino, no seas paranoico. Te diría cualquier chorrada desde el taxi. No te preocupes y disfruta del momento. Estas cosas no pasan todos los días—, contestó Gustavito ante el interminable sermón de su inseparable amigo.
—Si lo disfruto, pero, ¿y si me dijo que la llamara al llegar a casa?, ¿y si no lo he hecho y le sienta mal?
—A ver, Marcelino, no te agobies. Ya te he dicho que en estos casos hay que aguantar unos días sin dar señales de vida. Te diría cualquier tontería. No te preocupes.
—Si ya lo sé. Pero es que estoy deseando verla. Esto es un sin vivir.
—Tranquilo Marce. Es fundamental que aguantes. Todo llegará.

Marcelino se moría por contar sus peripecias amorosas en la asociación de sordos a la que acudía los viernes por la tarde. En Sordotapias se reunían en torno a un café personajes variopintos cuyo único nexo de unión era el maltrecho funcionamiento de su oído. Había personas mayores, y jóvenes. De buena familia y del extrarradio. Ingenieros, panaderos, estudiantes y amas de casa. Los había sordos de nacimiento y otros que habían perdido audición con la edad. Algunos tenían pérdidas moderadas, otros profundas. Unos llevaban audífonos, otros como Marcelino implantes cocleares. Algunos usaban la lengua oral para comunicarse, otros la lengua de signos y alguno que otro una combinación de las dos.

Aquellas reuniones eran cuanto menos peculiares. Entre la audiencia abundaban las clarificaciones, repeticiones y mal entendidos. Incluso la intérprete de lengua de signos comentaba que aquellas reuniones ponían a prueba sus habilidades como traductora debido a la locura comunicativa que allí se vivía.

Pese a todo el trajín, al salir de cada reunión, Marcelino siempre se asombraba de lo cercanas que le resultaban aquellas personas. Suponía que las experiencias que compartían, sus miedos y dificultades diarias, les acercaban más de lo que les alejaba el estilo de comunicación, la edad, la clase social o el tipo de pérdida auditiva. Las reuniones en Sordotapias eran para Marcelino un reducto de tranquilidad semanal. Un poder hablar de igual a igual y meter la pata sin miedo a la broma fácil. Una manera de no sentirse el raro en cada momento.

Marcelino tenía un amigo especialmente cercano en aquel grupo de sordos. Rufino Palomino, también usuario de implante coclear, tenía fama de macarra pendenciero, pero a Claverino, sin saber muy bien porqué, le resultaba especialmente simpático.

—¡¿Qué pasa Marcelinico?!—, saludó Rufino a Marcelino a viva voz desmarcándose del pequeño grupo que ya se había formado en la asociación aquel día.
—Menuda carita de perrito pachón me traes hoy. A ver si no viene hoy la Guillermina, menuda chapa me dio el otro día con las clases del tai-chi ese. Que se encuentra a si misma dice la notas, ¿tú te crees? Todo esto con la intérprete de por medio claro, que sino no me entero de la misa a la mitá.
—O hablas más despacio o no me entero de nada de lo que dices Rufi—, contestó Marcelino abrumado ante tal parrafada.

Rufino Palomino pese a su desparpajo natural tenía la voz algo nasalizada por lo que a Marcelino en ocasiones le resultaba especialmente complicado entenderle.

—Tronco, enciende el maldito implante y mírame a la cara que nunca te enteras de ná. Te decía que…
— Que sí, que sí, que a Guillermina le ha dado por ir ahora a misa. A mí de esa mujer ya no me sorprende nada, está como una cabra.
—¡Me cago en la mar Marcelino! ¡Cada día estás más sordo eh!, estate un poquito al loro.
—Anda cállate pesado, que lo que pasa es que no me interesan tus chorradas.
—Chorradas te voy a dar yo a ti.
—Escúchame anda. Que no me dejas hablar. Tengo que contarte un notición. He quedado con un chica—, dijo Marcelino bajando la voz y tirando del brazo de Rufino para alejarle del grupo.
—¡¿Qué me dices?!,¡¿Pero has triunfao o qué?!— preguntó alterado Rufino Palomino.
—¡No chilles pesado! Que no quiero que se entere todo el mundo.
—Pero si por mucho que chille estos no se enteran de ná— dijo Rufino señalando al grupo de gente — Pero suelta, suelta. ¿Quién es? ¿Dónde la has conocido?

Tal y como había hecho con Gustavito Calatrava, Marcelino se recreó en cada detalle de la cita. Tras terminar la intervención, un Rufino ojiplático y exultante preguntó.

—¿Y dices que todavía no la has escrito?¿Estás loco?¿Y si desde el taxi te dijo que la llamases al día siguiente?¿Y si se muere por verte y tu estás aquí haciendo el canelo? Tío no seas tan finolis y ¡escríbela ya!
—Ya pero es que Gustavito me ha dicho que es mejor esperar.
—¿Gustavito? ¿El pijo-guay ese? Anda que menudo lumbreras. Resulta que ahora vamos de chulitos con las pibas. Mira, tronco, con las pibas hay que ir de cara como machos que somos. Déjate de tonterías, de si te escribo o no te escribo. Esa tía es una tía de la calle y te lo ha dejao bien clarito. ¡Espabila atontao! Que te lo dice el Rufi.
—No me digas eso ahora Rufino…
—Hombre no. Si quieres esperas a la semana que viene para escribirla, que pase uno más listo que tú y se la lleve. Una cosa te digo, como no las escribas hoy mañana me paso por el supermercado enseñando bien el implante que parece que le mola.
—¡Te mato!—dijo un celoso Marcelino.
—¡Pues espabila tronco!
—No me trates como si fuera tonto. Ya veré que hago. Quizás tengas razón.
—¡Pues claro que tengo razón! Anda vamos fuera a hablar un poco con esta gentucilla. A ver si ha llegao Elenita Piñuelos. Que ésta tiene mejor delantera que el United. No será como tu cajera, pero yo creo que le molo— dijo Rufino guiñando un ojo.

Estuvieron un largo rato hablando con todos los amigos de Sordotapias. Marcelino llegó a desconectar de Gimena conversando con todos ellos. Siempre había alguna anécdota graciosa que escuchar. Al salir de la reunión, ya en la calle, Rufino Palomino se acercó a Marcelino.

—No la líes ahora. Has hecho lo más difícil. No dudes en mandarle un mensaje cuando llegues a casa. Hazlo por todos nosotros—, le dijo a Marcelino mirándole fijamente y señalándose el implante.

Los dos amigos se fundieron en un caluroso abrazo.
(Continuará…)

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