A ver si maduramos, señorías

Hace no demasiado tiempo tuve el placer de visitar la galería Tate Modern de Londres, la crême de la crême del arte moderno, un lugar que no recuerda, para nada, a la antigua central de energía Bankside donde está alojada. Es más, su aspecto es innovador, moderno y con un diseño detallista y cuidado que ha pensado de antemano en las necesidades de sus visitantes. No podía ser de otra forma, porque la Tate fue el tercer museo más visitado del mundo en 2007 y el segundo en su especialidad, arte moderno.

La accesibilidad y facilidad de movimiento viaja de la mano de la filosofía del propio museo, como también sucede en buena parte de las otras atracciones turísticas que ofrece este nuevo Londres, destino de moda este año, con motivo de los Juegos Olímpicos. Aunque el Comité Olímpico Internacional obliga a respetar y desarrollar un mínimo de adaptaciones para personas con discapacidad para que la ciudad sea candidata a acoger los Juegos Olímpicos, muchas veces la cantidad es lo que marca la diferencia, no tanto como la calidad. Y cuando hablo de calidad, hablo de funcionalidad.

En Londres, los rótulos con la señalización “T” que traen consigo el significado de “lugar adaptado para conectividad de bucle de inducción” no son decorativas, ya son parte del paisaje cotidiano de “la City”. No es, como sucede en España, tan sólo un reclamo turístico.

No tuve el gusto de conocer los otros tres museos del gran grupo Tate (Tate Britain, Tate Liverpool y Tate St Ives), pero sí quedé impresionada con la información de la web. Los Tate son el paraíso de la accesibilidad, a todas magnitudes: desde aplicaciones para Smartphone que te explican una a una las obras hasta visitas en lengua de signos (británica) y guía multimedia que incluye, de hecho, la explicación en lengua de signos sobre la pantalla de una pequeña PDF que te prestan. Ya del diseño arquitectónico aislante de ruidos y ecos (como sucede en muchos museos como, por ejemplo, en el Vaticano) no voy a hablar, porque sería rebajarme varios niveles.

Pero no hace falta ser sordo para ser feliz en la Tate. Existe también recursos accesibles para personas ciegas (visitas guiadas a puerta cerrada, entre otros), para personas con discapacidad física (grupos reducidos para mejorar su movildiad) e, incluso (jamás lo había visto), para personas disléxicas (libros-guía explicativos con diseño que facilita su lectura).

Pero la Tate Modern es un centro cultural de arte moderno y la imaginación debe sobrevolar en la cabeza de cada visitante. Uno se va a encontrar figuras, diseños, collages y otras creaciones que, a primera vista, son difíciles de interpretar. O bueno, difícil de dar con la significado correcto, si no eres un catedrático en arte. Y la Tate Modern demuestra, con este sinfín de posibilidades y oportunidades para personas con cualquier tipo de discapacidad, que entender el arte no es imposible. Que ahora hay dos opciones: o bien contestas a tus preguntas en vivo y en directo con cualquiera de estos recursos de accesibilidad que ofrecen, o bien, haces como yo, que vuelvo de Londres con anotaciones mentales para buscar información sobre algo que he visto y que me suscita curiosidad.

Ya que estamos de confesiones, admitiré que la Tate tiene algunas genialidades que, sin explicación, no tienen ni pies ni cabeza. He ahí que entra en juego la imaginación para crear un mundo paralelo sin apenas información –algo que no habría pasado si, por el contrario, hubiera accedido a, por ejemplo, la aplicación para Smartphone-. Es divertido, no obstante, jugar a las hipótesis cuando vas bien acompañado a un chapuzón de arte y cultura, ensalzando las más incongruentes explicaciones de cómo al artista se le pudo ocurrir tal cosa o tal otra. “Nunca subestimes el poder de la mente”, me dije entonces.

Pero es ahora cuando entiendo porqué Madrid no ha tenido todavía sus Juegos Olímpicos. Y porqué en España las adaptaciones para personas con discapacidad se basan en “reducción de tarifas” (que también está muy bien) y poco más. Es entonces cuando me paro a pensar en la razón por la que yo nunca voy a museos en mi país. Quizás sea porque España en este campo está casi en pañales, aunque poco a poco comienza a interesarse por madurar este aspecto.

Sigo trasteando por Internet y sigo todavía más asombrada. Existe una asociación de museos británicos que se agrupan para ofrecer servicios a personas con discapacidad auditiva. El paraíso terrenal del turista sordo en la ciudad de moda se llama Magic Deaf (www.magicdeaf.org.uk) y se ha convertido, desde ahora, en una personal (y ojalá que colectiva) reivindicación para la celebración del Día Internacional de los Museos, el próximo 18 de mayo.

Ya que los Juegos Olímpicos no son sólo una cuestión deportiva, si no que se mueve mucho, muchísimo dinero (de turismo, principalmente) con el evento, y viendo el gran interés que desde hace años la Alcaldía de Madrid tiene en albergarlos (en vez de, qué sé yo, mejorar las prestaciones sociosanitarias para que la rotura del implante coclear no signifique una drástica merma de la cartera del afectado), sólo puedo decirles una cosa a nuestros políticos: “A ver si observamos y maduramos, señorías”.

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Los labios, en el punto de mira

Las singularidades que acompañan a las personas con discapacidad son, muchas veces, de difícil percepción. La discapacidad es un ámbito amplio, especializado y complejo, pero también muy individualista e identificativo. Al igual que pasa en la vida real, las generalidades son conceptos obsoletos y blasfemos a los que no hay que hacer demasiado caso. En este aspecto, por ejemplo, aunque se tenga una misma discapacidad y en un mismo grado, no se asimilará igual y no será, por tanto, similar de una a otra persona.

Esto viene a que muchas de las singularidades y rarezas que se asocian a una persona en concreto pueden venir originadas por su discapacidad. Al fin, voy al grano: aunque una persona con discapacidad auditiva tenga intacta su visión, es muy posible sufrir accidentes urbanos en el transcurso de una conversación por la calle.

Sucede muy a menudo. El primer pensamiento que te viene a la cabeza cuando, accidentalmente, no has sido capaz de esquivar una cabina de teléfono o un bolardo a marquesina de autobús es que “qué mal organizada está la calle”. El segundo podría ser que “qué torpe estoy hoy” y el tercero y último, el más conciso y acertado, será que “esto pasa por no ir atento”.

Curiosamente, no pasa cuando vas solo. La ley de Murphy dice que los momentos ridículos no te pasan cuando estás solo, si no bien o muy bien acompañado. En el caso de las personas sordas, ambas teorías confluyen y recrear una situación de déficit de atención visual hacia el camino, y superávit de atención visual hacia los labios del acompañante.

Caminar por la calle envuelto en una agradable conversación es un deporte de riesgo que bien podría ser argumento de un videojuego. No es fácil, no obstante, evitar y centrar la visión para asegurar la supervivencia íntegra de los viandantes, de nosotros mismos y de todas nuestras piezas (que, cuando se caen, pueden convertirse en un siniestro total acompañado de un proceso técnico y burocrático sin fin que analizaremos en otra ocasión).

Y es que, muchas personas sordas no sabrían decir de qué color son los ojos de su interlocutor, mientras que sí son capaces de hacer una ilustración mental bien difuminada y enfocada del grosor, tamaño y tonalidad de los labios, ése primitivo y genial instrumento de comunicación en el que se apoyan todas o casi todas las personas sordas.

Los labios son el principal motivo de esa aparente “distracción” de las personas con discapacidad auditiva que conocen el dolor del golpe seco e inmediato de cualquier parte del mobiliario urbano que se aparece en su camino por arte de magia. Y no, no siempre tenemos una discapacidad visual.

También son los labios los culpables de que en los sitios ruidosos (véanse cafeterías, bares y pubs de noche) no sean un impedimento para la comunicación entre personas con deficiencia auditiva. Pero claro, ya no son tan peligrosos como las grandes velocidades de las caminatas por la selva del asfalto.

Es ley de vida. Son peculiaridades adquiridas con los años de convivencia con la discapacidad que se nutren día a día y se dejan entrever que, eso que parecen despistes o torpezas de la persona, es un gran interés por entender lo que se les está contando, ni más, ni menos.

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Todas podemos ser Marlee, Vanesa y Helena

En el Día Internacional de la Mujer Trabajadora los medios se hacen eco de las diferentes situaciones del ámbito laboral en las que las mujeres son protagonistas, ya sea por la perfecta compaginación de lo laboral con lo familiar o por la ruptura de estigmas sociales que sufrimos.

El género femenino se manifiesta ahora bajo cualquier perfil con un éxito abrumante. Una reciente encuesta señalaba que las empresas con una mujer al frente son sinónimo de eficacia. Aplicado al plano personal, la eficacia se lleva practicando desde hace años, desde que la incorporación de la mujer al trabajo hizo de éstas auténticas profesionales del equilibrio y de la responsabilidad emocional, profesional y familiar. Las mujeres, por lo general más comunicativas que los hombres, también son un motor de ejemplo y aprendizaje que todavía rezuma conocimientos.

Las barreras, sin embargo, siguen para frenar el progreso natural de la mujer. Así como también sucede en el mundo de la deficiencia auditiva. Y cuando estas dos barreras se unen, el problema se fortalece.

Ser sorda y mujer, en conjunto, no es fácil ahora y no lo debió ser tampoco a finales del siglo XIX y principios del XX, la época en la que la escritora, profesora y activista política Helen Keller comenzó a demostrar que las desventajas de la discapacidad (en su caso, de la sordoceguera que le acompañó desde los 19 meses) no eran incompatibles con una prolífera vida profesional.

Helen Keller es tan sólo el primer esbozo de una profesional con dificultades auditivas. Hoy en día, nombres como el de Marlee Matlin (actriz sorda ganadora de un Óscar y un Globo de Oro por Hijos de un Dios menor) deberían ser noticia por su interpretación y no por su discapacidad auditiva. Pero la vida esconde aún a muchas mujeres sordas y muy válidas que, por una u otra razón, se mantienen en un plano secundario e inexistente.

Helena Jarmer, la primera diputada sorda electa en Austria, es un ejemplo de que tampoco estamos tan lejos de la normalización. Es de las pocas profesionales de la vida pública que han asumido y peleado con su deficiencia auditiva para romper esa barrera.

Y luego está lo de renunciar a lo femenino por el hecho de tener una discapacidad o, más concretamente en nuestro caso, por el hecho de tener unos audífonos o implantes cocleares anclados a nuestras orejas. Orejas que, por cierto, habrán adquirido una leve deformación “a lo soplillo” por el peso de estas prótesis. Eso ya es un handicap adquirido por el estigma social.

Y si no, que se lo pregunten a Vanessa Vidal, una joven del Estado brasileño de Ceará que se alzó como primera Dama de Honor en el popular concurso de Miss Brasil 2008 quien, además, agradeció su premio en lengua de signos.

Estos y más ejemplos me llevan a una conclusión: todas podemos ser Marlee, Vanesa o Helena, todas podemos compaginar con éxito lo profesional, lo auditivo y el ser mujer, sin que esto nos complique demasiado la existencia. Todas podemos lucir las prótesis con valentía, belleza, elegancia y singularidad y todas, absolutamente todas, podemos dejar de preocuparnos de si el pelo tapa bien o mal nuestros audífonos o implantes. Lo que no se tapa, y no se debe tapar, es la discapacidad auditiva, como tampoco tapamos nuestra profesionalidad y feminidad.

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Llegó la crisis

Los periódicos nos han convertido hoy en día en algo que hace cinco o seis años atrás no éramos: auténticos expertos en economía. Raro es aquel que no está al tanto de los avatares de la prima más conocida del panorama actual (la de riesgo, claro está) y muy poco actualizado está quien no conoce las situación de desempleo, déficit y deuda de los países de la Unión Europea.

Sin embargo, para las personas sordas, la crisis no es ese fenómeno de desaceleración del crecimiento que se generó en 2008 en algunos países (potenciales, prósperos y desarrollados). Añadida a la coyuntura de ajustes, las personas sordas mantienen otro tipo de ajuste constante en el gasto: la obtención, mantenimiento y reparación de sus prótesis auditivas.

Pareciera un lujo o un capricho de ésos que luego se convierten en necesidades. Como quien se compra un iPhone, aquel que decide pasar una semana en Noruega o el que se compra un abono de fútbol para ver a su equipo favorito disputar todos los partidos de Liga. Pero no es así. En el mundo de las prótesis auditivas, primero hay una necesidad y después, si acaso, un lujo derivado de la misma. Es decir, primero necesitas el audífono o implante coclear para conectarte al mundo, antes de comprar las carcasas de esos colores que combinan más con tu pelo.

De pronto, un día de 2008 que ahora no recuerdo en qué día de la semana fue, el dinero se convirtió en importante. En realidad, no. No para esas personas que se gastan un dinero de considerables dimensiones y que significan semanas y semanas de trabajo (a veces, meses y años) en un artilugio con el que, precisamente, poder trabajar.

Ni capricho, ni lujo. Una necesidad. De ésas tan necesarias y caras que demuestran que este problema no es una elección y que en estos asuntos, apenas hay elección. Por eso, no es algo prescindible.

La crisis ha llegado, hace unos años, pero no para las personas con discapacidad auditiva: la crisis está en el momento en que se tiene la necesidad y no se tiene el dinero. Ni la garantía de que el estado va a responder. Las personas con discapacidad auditiva, desde que son conscientes de la necesidad, suelen desarrollar un enorme sentido del “colchón económico” para dejar algo de dinero reservado “por si acaso”. Precisamente, para estos casos.

El próximo 25 de febrero se celebra el Día del Implante Coclear y en España, con crisis o sin ella, el panorama es el mismo: desigualdad entre regiones en la cartera de servicios ortoprotésicos y un estado que no ve aún la necesidad de mantener este patrimonio.

Imagino, tristemente, que algunas personas con deficiencia auditiva han protagonizado un caso de pérdida de trabajo y han visto cómo el cinturón ha de ajustarse más para hacer frente a lo imprescindible: estar comunicado. Con o sin crisis económica. Porque las personas con discapacidad y sin cobertura de los gastos son, en realidad, los mejores gestores de la economía: no pueden contar con nadie más que con ellos mismos. Y, en el fondo, ésa es la crisis: la de la despreocupación.

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Los destroza-ilusiones

La ilusión es una enfermedad que se cura con la vejez, dicen algunos. En el caso de las personas sordas, este estado de trance ilusorio puede durar más que en las personas oyentes. La barrera comunicativa puede resultar ser un búnker que aísla de la realidad.

Recuerdo, por ejemplo, cuando descubrí que por más que hubiera sido bueno o malo, los Reyes Magos siempre dejan algún presente en los zapatos limpios debajo del árbol de Navidad. Y cuando volvía al colegio, tras las vacaciones, todos hablaban de lo que les habían traído los Reyes, con una complicidad propia de película de intriga, hablando de un cuento que nunca mágico creado para fomentar la ilusión.

Muy probablemente, la mayoría de las personas sordas reaccionaron de la misma forma, con sentimientos encontrados de asombro y decepción, ante la gran noticia de que Melchor, Gaspar y Baltasar ni vienen en camello desde Oriente, ni compran en Toys ’R’ Us, si no que tiran de tarjeta de crédito y buscan momentos para escaparse de la rutina familiar para comprar los presentes a escondidas de sus hijos. Vamos, que como reza una de las frases más crueles de la historia, “los Reyes son los padres”.

La reacción al saber este dramático detalle es para todos igual. Llanto, en el caso de los más creyentes, e incredulidad y desencajo de las mandíbulas en la gran mayoría de los que se enteran de que los Reyes son los padres y que el gran momento mágico consiste en no tener que cambiar o devolver los regalos porque no nos gustan o no es la talla deseada.

La decepción, con la noticia, está asegurada. Pero las circunstancias en las que se descubre todo el pastel pueden variar en función de las circunstancias de cada uno. Hay personas sordas que rebasan todas las barreras de la edad posibles y que aún mantienen la ilusión durante muchos años. Qué envidia, ¿no? Bueno, imagino que ellos no pensarán lo mismo.

Siempre hay un personaje familiar, un primo, un amigo, etc., que nunca será olvidado por dar esa nefasta noticia. En mi caso, este papel lo jugó mi hermana mayor y, aunque no recuerdo qué edad tendría cuando entré en shock, sí que recuerdo que fue un acto de venganza por su parte: estábamos peleando por alguna tontería típica de los niños y yo le amenacé con “decírselo a papá y a mamá” (otra clásica cita de la infancia). Ella tan sólo bufó que me iba a contar un secreto malo y yo me puse chulita y le animé a que lo soltara. Así lo hizo. Mi madre, acto seguido, vino a donde estábamos nosotras y yo, entre sollozos, le dije “Mamá, me ha dicho que son los Reyes no existen”. Mi madre, nada sutil ella (todo hay que decirlo), lo primero que hizo fue abroncar a mi hermana. Ahí es cuando el castillo de naipes que yo tenía montado se cayó carta a carta.

Ahora tengo un recuerdo muy cariñoso y tierno de este episodio. No le niego la crueldad a mi hermana, pero le agradezco mucho que no me tomase por extraña sólo por ser sorda. Se agradece la crueldad, sí señora.

Pero los recuerdos tiernos no acaban ahí. En estas fechas navideñas, me he juntado con mi familia y me han recordado que el ratoncito Pérez (ese simpático roedor que te cambia tu diente de leche, que dejas debajo de la almohada cuando se cae, por un detallito cuando te despiertas) tampoco son los padres. En mi caso, eran mis tíos, o eso pensaba yo de pequeña. Las personas sordas, en su peculiar búnker comunicativo, creamos un mundo aparte con la ilusión a la medida. A nadie le gusta saber la verdad, en estos casos, se tenga la edad que se tenga.

“Ayer me enteré de que el ratoncito Pérez no existe, que son mis padres que dejan un muñeco debajo de la almohada cuando yo ponía un diente que se me había caído”, me explicó mi primo Gabriel un día. Otro momento de bajón de creencias. Fui corriendo a buscar a mi madre y le dije, muy exaltada, “Gabi me ha dicho que el ratoncito Pérez son sus padres, mamá, los tíos vienen a dejarme un regalo mientras duermo…”.

Quizás falló mi perspicacia de darme cuenta de que eso no podía ser real: mi madre odia a los ratones, jamás habría dejado que alguno entrase en casa, ni siquiera con regalos, estoy segura. El shock puede variar con la edad, o dependiendo de las circunstancias, pero lo interesante es asumir que las dificultades de audición no te hacen más o menos inocente, ni te hacen caer desde un guindo con más fuerza en estos momentos: todos somos incautos por igual, y todos, absolutamente todos, nos sentimos tristes e idiotas cuando nos enteramos. Es parte del proceso, luego te reirás con esa risa agridulce del “ojalá fuera todavía una niña” al recordar que la ilusión es una enfermedad que todos tenemos y que a todos se nos cura con dosis de realidad, a pesar de todas los diques, barreras y muros que le pongamos al tsunami de la comunicación.

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De los que vendrán

Toda pareja que espera un hijo dice eso de “toco madera para que vengan bien”. Esa frase, muchos años atrás, tenía cierto sentido. Más concretamente cuando la detección precoz y las tecnologías de la biomedicina para el control tanto de enfermedades como de síndromes brillaban por su ausencia. Ahora, el tónico es avisar de todo lo que el bebé puede traer consigo, para evitar las acusaciones de negligencia médica.

Tampoco es que éste sea el tema que voy a tratar, más bien al contrario. Así como hay miedo de que los bebés nazcan con deficiencia auditiva, también debería haber miedo de que no la tuvieran. Me explico en mi rebuscado razonamiento: la deficiencia auditiva no hace al niño más o menos inteligente, ni mejor persona, ni siquiera más guapo o más feo. La deficiencia auditiva trae consigo una atmósfera donde conviven tanto médicos como logopedas, educadores, audioprotesistas, etc. Al igual que cuando el niño es bueno dando patadas al balón, la atmósfera se impregna de preparadores físicos, entrenadores, gimnasio, fisioterapeuta, etc.

La diferencia es que al niño prodigio de la pelota, en muchas ocasiones le dan a elegir. A las personas con deficiencia auditiva nunca tienen la oportunidad de elegir si quieren o no una deficiencia auditiva para sus vidas.

El miedo es algo normal y necesario. Uno se valora más cuando se atreve a enfrentarse a su miedo, pero también es muy relativo. Si no tienes miedo a una cosa, tendrás miedo a otra, pero lo tendrás. Es una sensación omnipresente.

Ahora que la medicina está mucho más avanzada que cuando nuestros abuelos decían aquello de “tocar madera” y tener suerte, también juega a nuestro favor en el caso de que vayamos a tener un hijo con deficiencia auditiva o que la desarrolle después. En aquellos tiempos donde imperaba la “buena” o “mala suerte” como camino para no hacerse preguntas, las personas con deficiencia auditiva eran recluidas en sus casas, con la tonta confusión de que padecían de mudez también y sin la tecnología necesaria para hacer su vida más autónoma e independiente.

Y para eso, se necesita miedo: para pensar fríamente, para valorar lo que uno tiene y para valorar los progresos de los hijos. Pero el miedo no es sinónimo del terror, porque no estoy buscando aterrorizar al personal, tan sólo hacer retrospectiva de la vida de uno y balance, mucho balance.

Con más motivo, unos padres con deficiencia auditiva tienen miedo de que su hijo la herede. Pero, en el caso de que así fuese, esos hijos tienen ya a los expertos en casa, y el capítulo de la “comprensión” del problema se habrá allanado un poco más.

Hoy se tiene más control sobre los defectos “de fábrica” que acompañan a los bebés, pero, muy afortunadamente, no podemos eliminarlos por completo. La deficiencia auditiva, al igual que ser un genio del balón, ser alto, bajo, flaco, gordo, mulato, asiático, mujer, hombre (o, incluso, planta) condicionará su vida y como padres, no será nuestra labor “solucionar” ese problema, si no, más bien, dotar al niño de todas las herramientas necesarias para que él aprenda a solventar la situación, sea cual sea la situación y sea cual sea el problema.

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El cansancio necesario

Eso de vivir en silencio tiene sus ventajas. Así como puedes concentrarte mejor cuando estudias y puedes prescindir del molesto sonido tan sólo apagando la prótesis auditiva, puedes abstraerte del mundo cuando estás muy cansado, quizás tras haber seguido con mucha atención y entrega, conversaciones de grupo por un tiempo prolongado.

Seguir las conversaciones puede ser realmente muy cansado cuando el ruido y la luz no son las adecuadas. No sólo es cansado para quien pone todo su empeño en estar en el time-line del intercambio comunicativo. También el soporte es muy importante y en él también se depositan muchas confianzas.

Con “el soporte” me estoy refiriendo a aquellos actores que sacarificarán su seguimiento de la conversación para hacer un aparte y mantener al tanto a la persona con deficiencia auditiva. A veces las personas con discapacidad auditiva no nos damos cuenta del enorme esfuerzo que significa para estos guardianes de la comunicación el hacer un inciso en su escucha para introducirnos a nosotros en el debate.

Pero mi reflexión va más allá. Hoy quiero identificar cuáles son los verdaderos factores del cansancio cuando seguimos una conversación por tiempo indeterminado y cuando el ecosistema no es el más adecuado. Primero de todo, sirva como amortiguador del problema el saber que en muchas ocasiones, crear el ecosistema adecuado puede ahorrarnos muchas energías después: buscar el sitio idóneo, en donde tanto la luz para leer los labios y los ruidos externos confluyan en una armonía zen que no nos impida realizar nuestra operación. Para ello, perder la timidez y la vergüenza: para la mayoría de las personas, aunque parezca mentira, no les supone ningún problema este cambio de situación estratégica.

También el pensamiento zen podría interiorizarse y manifestarse en nuestro comportamiento. No es necesario entender el 100% de las palabras para captar el sentido de una frase. Tampoco hay que renegar de enterarse del contenido de la conversación con el método “Sí, sí” –del que ya hemos hablado en otro post anterior-, pero sí se necesita paciencia y pensamiento zen para vencer el agotamiento de seguir las conversaciones durante horas.

Mientras una persona sin deficiencia auditiva puede seguir ocho horas de explicaciones de neurociencia con pizarra y vídeos incluidos y tomando apuntes sin que la fatiga le corroa por las venas, una persona con discapacidad auditiva presentará una desconcentración e imposibilidad de centrarse al cabo de un largo rato, debido al intenso esfuerzo que se genera.

Es un agotamiento necesario y al que hay que sucumbir porque, aunque es más fácil esperar que ese “soporte” del que hablábamos nos proporcione la información necesaria, es vital para la autonomía sentir que el esfuerzo de seguir las conversaciones o las explicaciones del profesor merece la pena, pidiendo toda la ayuda que nos sea necesaria, durante o después del comentario en donde se haya producido, pero sin concesiones en ese aspecto.

El truco, si lo hubiera, tendría que estar asociado a la filosofía zen: llegará con la calma necesaria. El estrés, de hecho, conduce a un mayor agotamiento. Y cuanto más tranquilo, más abierto a otras dimensiones de la vida, y cuanto más abierto, en definitiva, se sea persona sorda o no, más receptivos estamos. En todos los sentidos.

Hago público desde este blog mi firme apoyo a la receta orienta del equilibrio, entorno y paciencia para conseguir los logros, aunque eso conlleve un agotamiento necesario, tanto al interesado como a todos los grandes apoyos no técnicos que tratan de allanar el empedrado camino de la conversación grupal.

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De los parecidos engañosos y otros enemigos escolares

Cuando eres una persona sorda o con deficiencia auditiva adquieres una identidad engañosa. Así como se puede deducir erróneamente que se trata de una persona “sin mucho que decir” o que es “muda” por la deficiencia auditiva, se puede pensar también que cumple con todos los requisitos para convertirse en uno de los compañeros más odiados en el entorno escolar: el pelota u “ojito derecho” del maestro.

El perfil es bien diferente, aunque se dan puntos en común. Por ejemplo, el pelota tradicional pregunta al profesor constantemente y busca su aprobación y aceptación en cada paso que da. La persona sorda, por el contrario, es más profeta de preguntar lo que haga falta y las veces que haga falta (o así debería ser) para lograr entender y seguir la clase, cueste lo que cueste.

Eso, sumada a la envidia de otros niños, ha acomodado a las personas sordas en un ambiente de marginación impropia e injusta a la que los profesores apenas han sabido cómo reaccionar. De mis recuerdos de infancia puedo resaltar que, desde mi punto de vista, marcar la diferencia potencia la marginación. Cada alumno es diferente, tenga o no una deficiencia auditiva, y lo más sano es educar a los menores en la diferencia, pero dentro de la tolerancia y haciendo ver que todos tienen diferencias. Es decir, no “marcar” al alumno con deficiencia auditiva por encima de los demás ni hacerle el centro de atención.

Es frecuente que cuando se va a ver una película en el aula, todos los niños se apuren para conseguir el mejor sitio y la profesora, consciente de que no todos tienen las mismas condiciones auditivas, trata de “reservar” el mejor sitio para que el niño con deficiencia auditiva pueda enterarse bien. Sin embargo, a pesar de la buena intención del maestro, el niño seguirá siendo excluido por sus compañeros en tono de burla por contar con la ayuda y el servicio del docente si no se determina que también el resto de los niños tienen diferencias entre sí. El gesto de la diferenciación es necesario y bonito, pero entraña un duro revés que se volverá en contra cuando el resto de los niños note la diferenciación y le confundan, como digo, con un pelota.

Éstas y otras historias se suceden en la escuela ordinaria donde se mezclan niños con deficiencias auditivas y sin ellas. Y sin embargo, en mi humilde opinión, es la mejor educación posible, porque así como los otros niños deben aceptar las diferencias del que tiene una discapacidad auditiva u otro tipo de discapacidad, éste también tiene que adentrarse en el mundo real, no apartado por completo de la sociedad oyente e ir aprendiendo cómo solventar las barreras que la sociedad de forma inconsciente, impone a los que tiene discapacidad auditiva.

La clave está en la diferencia natural. Entre los gordos, los bajos, los que son rubios y los que no lo son. Los que hacen más ruido al jugar con los juguetes y los que no, los que tardan más en callarse en clase y los que se silencian al primer toque de atención; a los que hay que repetirles las cosas y a los que con una sola vez les basta; a los que se aprovechan de que “no oyen” para no hacer las cosas y a los que no se pueden aprovechar. A todos ellos, hay que marcarles la diferencia, pues todos son diferentes y, paradójicamente, cuentan (o deberían contar) con las mismas oportunidades. Marcar la diferencia está bien, si se hace de forma democrática, porque si no, el niño que pide ayuda no la pedirá porque se convertiría en un marginado o antisocial, y el niño que debe sentarse en primera fila para no perderse la explicación del profesor no lo hará por miedo a ser tachado de pelota.

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Territorio franco

Que la unión hace la fuerza es algo bien conocido. Pero no tan fácil de poner en práctica. De hecho, en lo que al sector de las personas con discapacidad auditiva se refiere, ésta es una diferencia que se ha marcado durante años. Bien por las diferentes formas de comunicación, oral y signante, o bien por las discordancias de los objetivos a perseguir en su lucha por la integración sociolaboral.

Se entiende que dos personas con idiomas diferentes tienen una mayor complicación para entenderse, pero no se entiende que a efectos de grupos, ambos colectivos estén a la gresca de una forma competitiva y constante. Ambas formas de comunicación son independientes y válidas, pues persiguen el mismo fin: Entenderse.

El fin es el mismo: comunicarse. Sea como sea, comunicarse. Sin más. Y para ello no tiene que haber tantos impedimentos ni condicionantes, ni cabezonería o competitividad. Porque la comunicación es un bien necesario y, se tenga prótesis o no, se hable con las manos o no, la verdadera fortaleza es saber crear un puente de unión, un espacio de cohesión en donde unos y otros tengan cabida.

En su afán pacífico de la atención a las personas sordas o con deficiencia auditiva, Clave es consciente de que la diferencia suscita inquietud porque lleva a uno a plantearse preguntas acerca de su propia forma de ser, actuar y estar. Admitir las diferencias no es más que otra forma de enriquecimiento personal y respeto tanto a los demás como a nosotros mismos.

Por eso, promover que esa unión haga más fuerza, para defender intereses comunes y adaptarse más gratamente a las dificultades y, lo más importante, para saber integrarse no sólo en la sociedad oyente, si no en cualquier otra sociedad, aunque no hable el mismo idioma o no tenga los mismos intereses.

No es una militancia en partidos políticos. Ni en una peña futbolera. Ni es un rencor llevado al extremo de antaño. Es, tan sólo, una pérdida profunda de oportunidades y posibilidades que se quedan excluidas por la pereza por adaptarse a otras personas o formas de comunicación. O por el famoso temor a lo diferente que ha castigado y castiga a muchísimos sectores de población que no se sitúan en la delimitación mayoritaria.

Esto es, lo que en líneas generales, podríamos denominar como, precisamente, la exclusión que como personas sordas o con deficiencia auditiva, no querríamos recibir en ningún momento por parte de las personas que sí oyen bien o no tiene problemas de audición.

Y no es tan complicado cuando las dos partes se muestran propicias al entendimiento. Quizás sólo se necesitan las ganas, los medios adecuados y el entorno que sea un territorio franco de intercambio de impresiones. Es decir, “Los viernes en Clave” y otras de las actividades que en esta asociación se llevan a cabo para promover la interrelación y cohesión de las personas con problemas auditivos, adoptando para ello las medidas de accesibilidad que sean oportunas para limar las diferencias y solventar mejor las barreras comunicativas.

No sólo sirve la tecnología o el empeño de terceros. Clave pone el espacio, los medios necesarios y el ambiente, pero es cuestión de uno abrirse a explorar otras posibilidades de comunicación porque después esta facilidad de adaptación servirá para abanderarse en otras muchas situaciones allá donde uno vaya, que no estarán totalmente configuradas a nuestras necesidades.

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De guapos y no tan guapos

Muchas de las películas y series de temática adolescente o ‘teen’ entrañan dentro de sí un complejo sistema cultural de buenos y malos, guapos y no tan guapos, personas con éxito o sin él que parece aducir a factores genéticos. En realidad, es como todo: pura ficción, pero sí hay un hecho que hay que destacar en positivo, y es que así como el sistema es insostenible y ficticio, la base moral y psicológica es aplicable a la vida real.

Esa máxima de la que hablo es que con confianza en uno mismo, se pueden conseguir muchas cosas. Los guapos de la clase, venerados y envidiados siempre por los no tan agraciados (en ese sistema superficial tan poco realista), son los que finalmente consiguen lo que se proponen: las mejores becas en las universidades, la chica de ensueño, popularidad y la admiración del grupo. Es decir, los que tienen éxito, una parte, porque confían en sí mismos, y, por la otra parte, se lo han regalado los demás.

Pero para ello tiene que haber una iniciativa previa, una confianza y, sobre todo, un “quererse querer”. Múltiples estudios afirman que cuando una persona (sea sorda o no) toma la iniciativa de su propia vida, suele tener más éxitos que aquellas que buscan las oportunidades y no esperan que se las den hechas.

Pero esto es un rasgo mundial en todas las culturas. Incluida en el grupo social de las personas sordas, muchas veces abnegadas a pensar que, como tienen una deficiencia auditiva, no es su trabajo más que esperar a que las cosas lleguen por arte de magia.

Es muy común pensar, entre las personas sordas, que, como ya desde niños nuestros padres han hecho todo lo posible para que nos enterásemos de todo o de lo más posible, y de alguna forma inconsciente y moralista, esperamos que éste no sea sólo un comportamiento de la familia, si no que se extienda. Pero lo cierto es que no es así: las cosas hay que pelearlas, hay que mostrar iniciativa, interés y, con ello, ganar algo que muchas veces nos sentimos denegados: el factor de la elección, de la decisión, del elegir y configurarlas de acuerdo a nuestros intereses. En definitiva, el éxito, al igual que las relaciones personales y profesionales, empieza por uno mismo y por la iniciativa de uno, independientemente de su discapacidad auditiva o no.

Identificar qué situaciones son intangibles y cuáles, por contra, las podemos cambiar es un paso crucial. En nuestro caso concreto, la delgada línea separa aquellas características dadas como consecuencia de la deficiencia auditiva y que repercuten en nuestra vida de manera innegable. Una vez que esta cuestión está clara y bien delimitada. Hay cuestiones de la vida que puedes controlar y otras que se escaparán de tu mano.

Esto sucede gracias a la confianza en uno mismo. Y a una dosis de realismo que hay que ir adquiriendo: Aunque, como diría Ortega y Gasset, “yo sea yo y mis circunstancias”, muchas veces las circunstancias las marca la actitud de uno mismo ante la vida. Y aunque no es el caso de la deficiencia auditiva, que nadie elige, sí lo es la forma en la que uno se enfrenta a ese problema.

José Agustín Goytisolo escribió a su hija Julia un verso que resume lo arriba explicado: “Por lo demás no hay elección, y este mundo tal como es, será todo tu patrimonio”. Las cartas ya fueron repartidas y tan sólo hay que saber cuál es la combinación perfecta y las reglas del juego para ganar la partida. Es decir, conocer el “patrimonio”, diría Goytisolo, y, a partir de él, dibujar el camino.

No sólo se consigue lo que se desea con una buena actitud hacia la vida y ante los problemas, si no que se trata de un círculo vicioso capaz de unir a las máximas “confianza en uno mismo”, “éxito” y “autonomía para decidir”. Todo ello, aderezado con el componente de “encontrar y conocer el límite de cada uno” Porque el mundo prefabricado, sin configurar y superficial que nos venden en las series de adolescentes norteamericanas es sólo una ficción que se cura con la actitud.

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