Marcelino Claverino: Un domingo “no” cualquiera

—Pero hijo, ¿qué te pasa?— dijo Manuela Claverina mientras Marcelino miraba al infinito y daba vueltas a la sopa con la cuchara.
—Nada mamá. De verdad, déjalo. No tengo un buen día y punto— contestó contrariado Claverino sin apenas levantar la vista del plato.
—Entre lo de tener el teléfono apagado toda la mañana y esta actitud me estás empezando a preocupar.

La noche anterior, tras el amargo episodio con Gimena, Marcelino se sintió engañado. Gimena le persiguió durante al menos cinco minutos por las calles aledañas a los cines Kayak. “Déjame que te explique”, “por favor escúchame”, “iba a decírtelo”, repitió recurrentemente la cajera mientras Marcelino caminaba enfurecido camino de la boca de metro más cercana. No consiguió arrancarle ni una sola palabra. Un escueto “olvídame” tras cruzar los tornos del subterráneo fue el único y a la vez lapidario comentario que Marcelino destinó a Gimena.

—Este chico de verdad que no tiene remedio. ¡Quieres alegrar esa cara de perro pachón que pareces un judío recién salido de Auschwitz!.
—De verdad, Manolo, tú siempre tan delicado. Parece mentira, toda la vida igual.
—Delicado no. Si le pasa algo que lo diga— dijo Manolo Claverino mientras empujaba con el pan el filete de ternera del segundo plato de la comida de domingo.

Otras veces, ese comentario de su padre habría enfurecido a Marcelino, pero en aquel momento de profundo desengaño no quiso ni contestar. Siguió mirando a la sopa, ya helada, como el que mira desesperanzado desde el andén un tren que acaba de perder.

Marcelino había conseguido mantener la compostura delante de Gimena. Sin embargo, una vez sentado en el vagón del metro, el mundo se le vino encima. La ilusión por haber conquistado al fin a una mujer sin ningún tipo de aparato en las orejas había sido tan grande que no pudo evitar sentir una profunda decepción. Intentó disimular sus emociones, pues no quería ser el centro de atención de todo el vagón, pero unos ojos rojos y vidriosos le delataban.

— ¿Vas a comer o no macho? — preguntó al rato de nuevo Manolo Claverino.
—No lo sé— contestó desganado Marcelino.
—Míralo, igualito que cuando era pequeño. No. No quiero comer. Soy un niño pequeño y me chupo el dedo— dijo Manolo Claverino haciendo burla a Marcelino mientras se metía el dedo gordo en la boca.
—Ay, de verdad Manolo, no seas desagradable.
—Desagradable no, Manuela. Es que tiene que fastidiar la comida a todo el mundo.
—Pobrecillo, algo le pasará.
—¿Pobrecillo? Toda la vida con el pobrecillo a cuestas. Así nos va. Con casi treinta años y la misma cara de tonto.

Manuela se quedó parada. Un tímido puchero se dibujó en su rostro. A los pocos segundos unas ligeras lágrimas se deslizaron sobre sus mejillas. Pese a los años pasados y la completa integración de la sordera en su vida, todavía había situaciones con las que Manuela Claverina rememoraba los duros momentos vividos cuando Marcelino perdió su audición a causa de aquella inoportuna meningitis. Aquel fue uno de esos momentos. La gente siempre se sorprendía de estas aparentemente extrañas reacciones, pero como Manuela solía decir “la discapacidad de un hijo se asume, pero nunca se supera. La incertidumbre, la inseguridad y el miedo a las dificultades que pueda encontrar tu hijo es algo que te bloquea mentalmente. Es algo asumible pero difícilmente superable”. Especialmente impactante fue la reacción de la madre de Marcelino cuando éste ingresó en la universidad. El miedo y la inseguridad era tal que estuvo dos días completos llorando en su habitación. “Cosas de madres”, pensó por entonces Marcelino, pero lo cierto es que aquello era algo mucho más normal entre madres y padres con hijos con discapacidad de lo que uno se pueda imaginar.

Tras el incómodo viaje en el metro, Marcelino llegó a casa con la única intención de meterse en la cama. Como solía hacer en momentos de estrés, decidió quitarse el implante nada más entrar por la puerta. Una de las poquísimas ventajas de llevar implante era que podía decidir desconectar del mundo con un gesto de lo más simple: desprender el aparato de su cabeza. En el silencio absoluto solía encontrar una paz que para el resto de los mortales era difícil de imaginar. Aquella noche, con aquel gesto, buscó una tranquilidad que no acabó de encontrar.

—No llores, mamá— dijo suspirando Marcelino.
—Si no es por ti, hijo. Es tu padre que siempre tiene que meter el dedo en la llaga.
—No, si ahora va a ser mi culpa que el chaval haya decidido amargarnos la comida.
—No os peléis ahora por favor. Son cosas mías. No pasa nada.
—Pues hijo, cuéntanoslo, nosotros a lo mejor te podemos ayudar. ¿Es algo del trabajo? —preguntó entre sollozos su madre.
—No, no es del trabajo. Pero en serio, ahora no me apetece hablar del tema, ya está.
—Que cabezón eres. Pues nada regocíjate bien tú solito en tus problemas— le reprimió ofuscado su padre.

Antes de meterse en la cama, Marcelino, en su estado de silencio absoluto se tomó un vaso de leche con galletas. Le resultó extraño no oír el crujir de las galletas en su boca. Fregó un par de cacharros y se lavó los dientes. Justo antes de meterse en la cama, puso el implante en el deshumificador y colocó el vibrador de su despertador debajo de la almohada. Pese a todo lo vivido, no quería perderse la carrera de fórmula 1 que arrancaba desde Malasia a las ocho de la mañana. Puso la alarma a las ocho menos cuarto. A esa hora, la almohada comenzaría a vibrar.

—Creo que estoy enamorado de la cajera del supermercado de al lado de mi casa—dijo de repente Marcelino dando todavía vueltas a la sopa.
—Pues menudo problemón—dijo jocoso Manolo Claverino mientras pelaba una apetecible manzana—Es la primera vez que veo una reacción semejante en un enamorado.
—Manolo cierra el pico— contestó Manuela con una mirada asesina— ¿Y qué pasa hijo, no te corresponde?
—La cajera del supermercado la virgen. ¿Pero no había otra un poquito más decente?—farfulló Manolo Claverino un tanto apocado ante la mirada de su mujer.
—Sí, mamá. Pero el problema es que pensaba que era una chica “normal” y ayer cuando quedamos me di cuenta que llevaba audífonos. Me ha tomado el pelo.

Justo antes de quedarse dormido la pantalla del móvil de Marcelino se encendió. Medio atolondrado alcanzó el teléfono de la mesilla. Con los ojos entreabiertos por el deslumbramiento de la pantalla, Marcelino pudo ver que acaba de entrar un mensaje de whatsapp de Gimena. En un gesto de rabia Marcelino lanzó el móvil por los aires empotrándolo violentamente contra el armario. Las diferentes piezas del teléfono se quedaron desperdigadas por el suelo de la habitación.

—Pero hijo, dale una oportunidad a la chica, todos cometemos errores—dijo Manuela Claverina tras escuchar atentamente la tumultuosa historia de amor.
—No se lo merece. No se puede ir por la vida engañando a la gente.
—¿Pero cuál es el problema con la chica Marcelino?—preguntó su padre elocuentemente por primera vez en toda la comida.
—Pues papá, estoy harto de tener que relacionarme siempre con chicas sordas. Pensaba que esta vez iba a ser diferente. Me hacía ilusión que una chica oyente se fijase en mí.
—Déjame que te diga una cosa, hijo. ¿Te acuerdas cuándo siempre te quejabas de que la gente no te daba oportunidades por llevar el implante?
—Sí. Pero eso ¿Qué tiene que ver ahora?
—Pues que tú de alguna manera estás haciendo lo mismo con la tal Eugenia ésta. Como lleva audífonos le cierras la puerta, no le das esa oportunidad.
—Gimena, papá, Gimena…—contestó resignado Marcelino mientras procesaba la respuesta de su padre.

Al levantarse por la mañana y justo antes de empezar la carrera de coches, Marcelino recogió del suelo los pedazos del teléfono. La pantalla, con el golpe, se había resquebrajado por una de las esquinas. Tras montar el terminal y comprobar que funcionaba, Marcelino decidió dejarlo apagado. No quería que nadie le molestase.

Al terminar la comida, y ya recostado sobre el sofá de casa de sus padres, Marcelino sacó el teléfono de su bolsillo. La conversación le había hecho recapacitar. Encendió el móvil. Tras unos minutos de espera, comprobó que las notificaciones de los mensajes de Gimena seguían esperando a ser abiertas.

—Hola Marce. Sé que he hecho las cosas mal. Pero no sabes lo difícil que es para mí todo esto. Pensaba que alguien como tú podría entenderme. Por favor, dame la oportunidad de al menos explicarte cómo me siento. Sé que lo harás, eres un tío guay. Un beso—decía persuasivo el mensaje de la ahora ya no tan inexpugnable guapísima cajera.

(continuará…)

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Marcelino Claverino: El destape

Por primera vez en su vida Marcelino fue al grano con una chica. Las palabras del capitán habían abierto los ojos del espigado alero de los Little Thunders. No quedaba nadie ya en el vestuario cuando Marcelino pulsó la tecla de envío. El mensaje fue claro y conciso.

—Hola Gimena. Tengo muchas ganas de verte. ¿Te gustaría quedar esta tarde?

Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo. “Que sea lo que Dios quiera”, pensó con las manos descansando sobre su rostro sentado en unos de los bancos del vestuario. Ante su asombro la respuesta no se hizo esperar. Justo cuando se disponía a meter el teléfono con desgana en el bolsillo de la mochila se iluminó la pantalla del móvil. Un pequeño icono verdoso en el margen superior izquierdo del aparato anunciaba la entrada de un whatsapp.

—Hola Marce. Estamos de suerte. Hoy libro en el supermercado, así que por supuesto que me gustaría quedar contigo. ¡Pensaba que ya no me ibas a escribir! — contestó la guapísima cajera.

Una peculiar sensación de alivio y euforia invadió a Marcelino. Quería brincar como un poseso por todo el vestuario, quería abrazarse con la primera persona que se cruzase en su camino, poco importaba ahora el triple fallado y la agria derrota, nada era más importante que la simple idea de ver de nuevo a aquella maravillosa mujer.

Marcelino no tardó en responder, lejos quedaban ya las estrategias maquiavélicas urdidas por su amigo Gustavito Calatrava en los temas amorosos.

—Lo bueno se hace esperar Gimena. ¿Qué me dices de ir al cine?— escribió Marcelino adoptando un talante algo galán.
—Me parece genial. Pero quizás tengas razón y debiéramos dejarlo para mañana— respondió Gimena.

Marcelino se quedó un tanto descuadrado ante tal comentario, pero enseguida interpretó que todo formaba parte del acto del cortejo.

—No creo que puedas esperar un día más— contestó directo.
—Puede que el que no pueda esperar seas tú bonito.

Gimena era una adelantada cuando se trataba de flirtear. Sabía muy bien como sembrar la duda en el otro pero a la vez mantener ese punto de irremediable atracción. A Marcelino no le quedó otra que mostrar el pañuelo blanco.

—Tienes razón. No puedo esperar un día más— respondió asumiendo su derrota dialéctica.

Gimena, sabedora de su pequeña victoria, dio el siguiente paso.

—Vayamos hoy al cine entonces. No quiero rayarte más de la cuenta— dijo.

Quedaron en verse en uno de los pocos cines para todos de la ciudad. La película era lo de menos para Marcelino. Para él era más importante disponer de subtítulos, bucle magnético en la sala y un buen acondicionamiento acústico. En un cine convencional donde estas medidas brillaban por su ausencia, su capacidad para seguir la historia de la cinta y comprender diálogos complejos se veía muy mermada. Gimena, como buena enfermera puesta en la materia de la sordera, no puso ninguna objeción a la propuesta de Marcelino.

—Por supuesto Marce. Vamos donde te sientas más cómodo— llegó a decirle.

Los cines Kayak se encontraban en una de esas nuevas zonas hipster de la ciudad. Hombres barbudos y mujeres gafapásticas frecuentaban las calles repletas de cafés orgánicos, tiendas vintage, mercadillos de ropa de segunda mano y pequeñas y resultonas tiendas de discos ideales para melómanos. Por supuesto, un cine adaptado era de lo más cool y más si en él abundaban proyecciones de películas galardonadas en festivales independientes. A mayor número de hojitas de laurel en el cartel, mayores probabilidades tenían de ser proyectadas en los cines Kayak. La verdad era que un grupo de barbudos emprendedores se había lanzado a la aventura cinematográfica y aunque el negocio sobrevivía a duras penas, Marcelino y otros amigos sordos agradecían la encomiable labor de esos personajes peculiares que se movían por el barrio en bicicletas de lo más minimalistas.

Gimena llegó puntual a la cita. Marcelino estaba ya haciendo cola entre un grupo de poperos y otro de granudos adolescentes sordos. Al ver a Gimena a lo lejos Marcelino cambió su postura. Elevó los hombros, subió el mentón y se metió las manos en los bolsillos dejando asomar los dedos pulgares por fuera de éstos. Su gesto parecía el de un buen torero antes de una importante corrida taurina.

—¡!Marce!¡— gritó Gimena a lo lejos saludando con la mano en alto.

Marcelino sonrió de medio lado como quien se siente confiado.

—A menudos sitios me traes ¿no? Vaya gente más rara. Todos con barbuchas y pelajos. En el metro he visto a uno hasta con bigote. ¿Pero dónde se ha visto eso hoy en día? – dijo Gimena mientras daba dos efusivos besos a Marcelino.
—Pues no sé. Son gente peculiar, pero hay que adaptarse a todo. Además mira que majetes son algunos que se animan a montar cines para todos.
—¿Cómo que cines para todos? — contestó Gimena confundida.
—¿Eh? — dijo descuadrado Marcelino.
—¡Ay chico! es que con el ruido de la calle no te oigo bien. Si yo no me entero me imagino que para ti tiene que ser todavía más movida — reculó avergonzada Gimena.
—No te preocupes, es verdad que hay mucho ruido. La ventaja que yo tengo es que te puedo leer los labios. Sino ni de broma. Por cierto antes de nada, ¡estás guapísima!

Gimena había optado esta vez por un pantalón de pitillo estrecho, el cual realzaba su exuberante figura. Una simple pero a la vez coqueta camiseta rosada insinuaba de manera sencilla las imponentes cualidades femeninas de Torremocha. Su castaño pelo caía de nuevo sobre sus hombros, aunque esta vez un cuidado flequillo ondulado viajaba presumido por la delicada frente de Gimena.

—Muchas gracias por el piropo. Tú también estás muy guapete— dijo Gimena acariciando sutilmente la mano derecha de Claverino.

Tras los esperables lamentos de la cajera al ver que no podría ver ninguna de las comedias románticas anunciadas a bombo y platillo en televisión, los dos tortolitos se decantaron por una cinta neozelandesa cuyo cartel estaba plagado de hojas de laurel. “La cabaña de mi madre” prometía ser o bien un peliculón histórico o un pestiño sólo apetecible para cuatro entendidos del no siempre comprensible mundo de las críticas cinematográficas.

Tras comprar las entradas, las palomitas de rigor y un par de coca-colas, se metieron los dos en la sala tres de los cines Kayak. Se sentaron a la par en la fila siete centrada. Una señora entrada en kilos y su marido se ubicaron un par de butacas más allá. Todo parecía estar saliendo a las mil maravillas. Marcelino estaba justo donde había soñado unos días antes. En un momento dado y con la película ya en acción dudó si agarrar la mano de Gimena dando pie así al primer acercamiento. Se sentía como un dubitativo quinceañero ante su primera cita. Finalmente decidió dejarlo para más adelante. Durante la hora y media de película hubo múltiples intercambios de miradas entre ambos, los cuales obnubilaron la mente de Marcelino. Había una conexión clara entre ellos.

Al terminar la película salieron a la calle más pendientes el uno del otro que de la reflexión sobre la propia película.

—Pues a mí me ha parecido un rollo patatero— dijo Gimena con su habitual sinceridad.
—Yo la verdad es que tampoco he estado muy atento a la película— contestó Marcelino mirando fijamente a Torremocha mientras se acercaba hacia ella.
—¿A no y en que te has fijado?—prosiguió Gimena sosteniendo la mirada en señal clara de aceptación del envite.
—No sabría decirte— balbuceó Marcelino con sus labios ya a escasos centímetros de los de Gimena.

En la esquina de los cines Kayak a la luz de una farola, Marcelino Claverino pudo por fin cumplir su sueño. Cuando Gimena Torremocha se puso de puntillas, sus labios se encontraron por primera vez. Un primer beso tierno y casi asustadizo, dio paso a un par de acometidas algo más carnales. Marcelino no podía creer lo que estaba sucediendo. Sumido en una transitoria euforia pasional dirigió con sutileza su mano derecha hacia la nunca de Gimena. Por unos segundos se recreó acariciando con firmeza la parte posterior de su cabeza. En una de las intensas caricias el dedo anular de Marcelino se topó con un extraño objeto ubicado en la parte trasera de la oreja de Gimena. Un desagradable pitido se oyó tras el contacto. Marcelino se quedó petrificado. De un feo manotazo retiró a Gimena. Se quedó mirándola fijamente. Ésta, cabizbaja, no le sostuvo esta vez la mirada.

—¡Que narices haces llevando audífonos!— gritó a viva voz Marcelino en la esquina de los Kayak bajo la tenue luz de la farola.

(continuará…)

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Marcelino Claverino: Dudar desde el triple

Al levantarse temprano el sábado por la mañana, Marcelino Claverino se encontraba en una complicada tesitura. Por un lado, el cuerpo le pedía ser cauto y esperar a que Gimena diese el siguiente paso, tal y como su amigo Gustavito Calatrava le había recomendado. Sin embargo, su parte más impaciente quería hacer caso a Rufino Palomino y escribir de inmediato a la guapísima cajera. Pensaba Marcelino que en esto del amor manejar con sutileza los matices era importante, pero a la vez sentía que la estupidez humana había llegado a tal punto que uno no podía mostrar sus sentimientos tal y como le viniese en gana.

Con estos pensamientos cogió Marcelino su bolsa de deporte y se dirigió al polideportivo donde, como ya era tradición, jugaba junto a algunos amigos en la liga municipal de baloncesto. Los Little Thunders eran ya un equipo con solera en la liga, trece temporadas avalaban un amplio historial de victorias y derrotas. Las primeras temporadas, bien avenidas, contrastaban con la actual situación en la que jugadores ya veteranos se las tenían que ver con equipos llenos de jóvenes, los cuales hacían valer su plenitud física para vencer sin contemplaciones a los ya curtidos Pequeños Rayos. Sin embargo, las derrotas no minaban la ilusión del equipo, pues el baloncesto no era sino una excusa para hacer algo de deporte, estar con los amigos y tomar unas cervezas al acabar cada partido.

En esto del baloncesto, Marcelino siempre había presumido de buena muñeca. Su desgarbada figura le permitía postear con facilidad y abrirse a la esquina para lanzar con rapidez desde la línea de 6,75, lo cual le convertía en un alero de garantías. Desde pequeño se había sentido atraído por el baloncesto y, ya con siete años, comenzó a jugar en el equipo de su colegio. Pese a las dificultades que entrañaban la protección de las prótesis y el miedo a una posible rotura de las mismas en un mal golpe, los padres de Marcelino siempre le animaron a participar en actividades deportivas. Creían, con buen criterio, que el deporte era una buena manera de potenciar la inclusión de su hijo en el complicado mundo de los oyentes. Esparadrapos para sujetar las prótesis, fundas para evitar la humedad generada por el sudor, cintas para la bobina del implante y en los últimos tiempos cascos acolchados de rugby se encontraban siempre en la bolsa de deporte de Marcelino.

Además de las posibles roturas o caídas de aparatos, Marcelino siempre había tenido que lidiar en el mundo del baloncesto con un entorno auditivamente hostil. La reverberación de los pabellones, los gritos de los jugadores, los ruidos de las zapatillas en el parqué, las instrucciones de los entrenadores y la dificultad lógica para fijar la mirada en los rostros de los interlocutores, hacían prácticamente imposible entender algo durante el juego. De ahí que tanto jugadores, como entrenadores y árbitros tuvieran que estar advertidos de las necesidades de Marcelino. Dar instrucciones claras durante los tiempos muertos mirando a la cara del jugador, utilizar pañuelos como complemento al silbato y utilizar los gestos propios del baloncesto en la comunicación con Marcelino eran medidas fundamentales.

—Marce tío, date prisa que el partido empieza en diez minutos y hoy somos justos. El gañán de Sebastián me acaba de escribir que está en la cama vomitando— le dijo el capitán del equipo a Marcelino nada más llegar a la cancha.
—¿Qué Sebastián qué? —preguntó medio dormido Claverino.
—¡Que vayas al vestuario a cambiarte! ¡Vuela!—replicó nervioso el capitán.
—Como está el patio—farfulló entre dientes cabizbajo Marcelino dirigiéndose al vestuario.

Cuando Marcelino por fin saltó a la pista, todos le estaban esperando. El árbitro miró el reloj con cara de pocos amigos.

—¡Pero Marcelino mira que la semana pasada dijimos que hoy jugábamos de azul!¡No ves que el otro equipo va de rojo!—gritó el capitán al borde del infarto al ver a Marcelino vestido con la camiseta roja habitual del equipo.

Marcelino no oyó nada de lo que dijo su capitán debido a la distancia, pero se dio cuenta de la situación al ver la cara desencajada de éste y la indumentaria del equipo rival.

—Perdón, chicos. No me había enterado. ¿Esto se comentó en algún momento?—dijo avergonzado señalándose la camiseta.
—Sí, se comentó sí. Pero como nunca te enteras de nada. Anda ponte esta camiseta que he traído de más—dijo el capitán tras abrir su mochila—y ponte a jugar.

Pasado el mal rato de las camisetas, se inició el partido con retraso. Marcelino no había calentado y los primeros minutos se hicieron duros. Sabía que al no tener cambios, el partido se iba a hacer largo, por lo que decidió administrar esfuerzos al inicio. El partido fue muy ajustado en todo momento. Al descanso el marcador reflejaba un empate a 32 puntos.

—¡Seguimos así chavales! ¡Estamos muy bien!— arengaba uno de los jugadores en el vestuario.

Como era de prever, el partido siguió ajustado hasta el último minuto. El marcador reflejaba un 58-60 favorable al equipo rival a falta de 15 segundos. El capitán de los Little Thunders pidió tiempo muerto.

—¡A ver, todos atentos! ¡Marcelino, tú especialmente, mírame a la cara! A ver, vamos a ganar este partido por mis narices. ¡Jugamos la número tres, que se la comen siempre, de acuerdo!—dijo marcando el tres con la mano mientras miraba a Marcelino— Marce, tú ábrete a tope a la esquina. Mariano, cuando recibas el balón de Alfredo tras el bloqueo directo arriba, tienes que decidir según veas la jugada. Si el defensor de Marcelino va a la ayuda la abres para que tire solo, sino tienes bandeja fácil y vamos a la prórroga. Los demás todos abiertos para dejar la zona libre ¡¿De acuerdo?!

—¡De acuerdo!¡Vamos Thunders!— gritaron todos al unísono uniendo sus manos en el centro del corro que habían formado.

Con el reloj descontando los segundos, la jugada se desarrolló tal y como habían planeado. En el momento que se produjo el bloqueo directo restaban 10 segundos de posesión. Marcelino se situó en la esquina más allá de la línea de triple. Cuando el pívot del equipo, Mariano Cienfuegos, recibió el balón tras el bloqueo, el defensor de Marcelino acudió a la ayuda, Marcelino quedó entonces libre y a falta de 5 segundos se encontró con el balón en sus manos. Era un tiro fácil de ejecutar. Un lanzamiento que había realizado millones de veces. Tenía la victoria en sus manos. Sin embargo cuando se disponía a lanzar dudó por un instante. Vio a otro compañero desmarcado al otro lado. “Quizás él esté en mejor disposición para tirar”, pensó. Cuando apenas quedaba un segundo soltó el balón hacia canasta, las prisas finales no le permitieron realizar una mecánica perfecta. El balón voló durante un par de segundos. La expectación de todos los jugadores era máxima. Un primer contacto con el tablero hizo presagiar lo peor. El siguiente bote se produjo sobre al anaranjado aro. Un tercer bote hizo impactar el balón sobre el suelo. “Pegggg” Sonó la bocina del pabellón. Marcelino había fallado el tiro y los Little Thunders perdían su tercer partido consecutivo. Los jugadores del equipo rival enloquecieron de alegría.

Marcelino se dirigió consternado hacia el vestuario. No entendía como había fallado aquel tiro. El capitán se le acercó mientras se cambiaban.

—No te preocupes tío, todos podemos fallar. La jugada ha salido bien. ¿Sabes lo que ha pasado? Que has dudado tronco, y eso en situaciones así se paga. En la vida hay que tener determinación y, si quieres conseguir algo, has de ir a por ello con toda la confianza. Si no hubieses dudado, estoy seguro que esa bola habría entrado. Tómatelo como un aprendizaje vital.

Marcelino se quedó pensativo por unos segundos. A continuación abrió el bolsillo de la mochila y sacó el teléfono móvil.
(Continuará….)

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Marcelino Claverino: Una reunión de sordos

Nunca se había sentido Marcelino tan eufórico. En los días siguientes a la cita con Gimena una bobalicona sonrisa se le dibujaba en la cara a cada instante. Había repasado por teléfono junto a Gustavito Calatrava cada minuto de la cita. Habían analizado cada comentario, cada pequeño gesto, cada mirada cómplice. Se encontraba Marcelino en un bonito sueño del que no quería despertar. Sólo un pequeño detalle le desestabilizaba.

—Marcelino, no seas paranoico. Te diría cualquier chorrada desde el taxi. No te preocupes y disfruta del momento. Estas cosas no pasan todos los días—, contestó Gustavito ante el interminable sermón de su inseparable amigo.
—Si lo disfruto, pero, ¿y si me dijo que la llamara al llegar a casa?, ¿y si no lo he hecho y le sienta mal?
—A ver, Marcelino, no te agobies. Ya te he dicho que en estos casos hay que aguantar unos días sin dar señales de vida. Te diría cualquier tontería. No te preocupes.
—Si ya lo sé. Pero es que estoy deseando verla. Esto es un sin vivir.
—Tranquilo Marce. Es fundamental que aguantes. Todo llegará.

Marcelino se moría por contar sus peripecias amorosas en la asociación de sordos a la que acudía los viernes por la tarde. En Sordotapias se reunían en torno a un café personajes variopintos cuyo único nexo de unión era el maltrecho funcionamiento de su oído. Había personas mayores, y jóvenes. De buena familia y del extrarradio. Ingenieros, panaderos, estudiantes y amas de casa. Los había sordos de nacimiento y otros que habían perdido audición con la edad. Algunos tenían pérdidas moderadas, otros profundas. Unos llevaban audífonos, otros como Marcelino implantes cocleares. Algunos usaban la lengua oral para comunicarse, otros la lengua de signos y alguno que otro una combinación de las dos.

Aquellas reuniones eran cuanto menos peculiares. Entre la audiencia abundaban las clarificaciones, repeticiones y mal entendidos. Incluso la intérprete de lengua de signos comentaba que aquellas reuniones ponían a prueba sus habilidades como traductora debido a la locura comunicativa que allí se vivía.

Pese a todo el trajín, al salir de cada reunión, Marcelino siempre se asombraba de lo cercanas que le resultaban aquellas personas. Suponía que las experiencias que compartían, sus miedos y dificultades diarias, les acercaban más de lo que les alejaba el estilo de comunicación, la edad, la clase social o el tipo de pérdida auditiva. Las reuniones en Sordotapias eran para Marcelino un reducto de tranquilidad semanal. Un poder hablar de igual a igual y meter la pata sin miedo a la broma fácil. Una manera de no sentirse el raro en cada momento.

Marcelino tenía un amigo especialmente cercano en aquel grupo de sordos. Rufino Palomino, también usuario de implante coclear, tenía fama de macarra pendenciero, pero a Claverino, sin saber muy bien porqué, le resultaba especialmente simpático.

—¡¿Qué pasa Marcelinico?!—, saludó Rufino a Marcelino a viva voz desmarcándose del pequeño grupo que ya se había formado en la asociación aquel día.
—Menuda carita de perrito pachón me traes hoy. A ver si no viene hoy la Guillermina, menuda chapa me dio el otro día con las clases del tai-chi ese. Que se encuentra a si misma dice la notas, ¿tú te crees? Todo esto con la intérprete de por medio claro, que sino no me entero de la misa a la mitá.
—O hablas más despacio o no me entero de nada de lo que dices Rufi—, contestó Marcelino abrumado ante tal parrafada.

Rufino Palomino pese a su desparpajo natural tenía la voz algo nasalizada por lo que a Marcelino en ocasiones le resultaba especialmente complicado entenderle.

—Tronco, enciende el maldito implante y mírame a la cara que nunca te enteras de ná. Te decía que…
— Que sí, que sí, que a Guillermina le ha dado por ir ahora a misa. A mí de esa mujer ya no me sorprende nada, está como una cabra.
—¡Me cago en la mar Marcelino! ¡Cada día estás más sordo eh!, estate un poquito al loro.
—Anda cállate pesado, que lo que pasa es que no me interesan tus chorradas.
—Chorradas te voy a dar yo a ti.
—Escúchame anda. Que no me dejas hablar. Tengo que contarte un notición. He quedado con un chica—, dijo Marcelino bajando la voz y tirando del brazo de Rufino para alejarle del grupo.
—¡¿Qué me dices?!,¡¿Pero has triunfao o qué?!— preguntó alterado Rufino Palomino.
—¡No chilles pesado! Que no quiero que se entere todo el mundo.
—Pero si por mucho que chille estos no se enteran de ná— dijo Rufino señalando al grupo de gente — Pero suelta, suelta. ¿Quién es? ¿Dónde la has conocido?

Tal y como había hecho con Gustavito Calatrava, Marcelino se recreó en cada detalle de la cita. Tras terminar la intervención, un Rufino ojiplático y exultante preguntó.

—¿Y dices que todavía no la has escrito?¿Estás loco?¿Y si desde el taxi te dijo que la llamases al día siguiente?¿Y si se muere por verte y tu estás aquí haciendo el canelo? Tío no seas tan finolis y ¡escríbela ya!
—Ya pero es que Gustavito me ha dicho que es mejor esperar.
—¿Gustavito? ¿El pijo-guay ese? Anda que menudo lumbreras. Resulta que ahora vamos de chulitos con las pibas. Mira, tronco, con las pibas hay que ir de cara como machos que somos. Déjate de tonterías, de si te escribo o no te escribo. Esa tía es una tía de la calle y te lo ha dejao bien clarito. ¡Espabila atontao! Que te lo dice el Rufi.
—No me digas eso ahora Rufino…
—Hombre no. Si quieres esperas a la semana que viene para escribirla, que pase uno más listo que tú y se la lleve. Una cosa te digo, como no las escribas hoy mañana me paso por el supermercado enseñando bien el implante que parece que le mola.
—¡Te mato!—dijo un celoso Marcelino.
—¡Pues espabila tronco!
—No me trates como si fuera tonto. Ya veré que hago. Quizás tengas razón.
—¡Pues claro que tengo razón! Anda vamos fuera a hablar un poco con esta gentucilla. A ver si ha llegao Elenita Piñuelos. Que ésta tiene mejor delantera que el United. No será como tu cajera, pero yo creo que le molo— dijo Rufino guiñando un ojo.

Estuvieron un largo rato hablando con todos los amigos de Sordotapias. Marcelino llegó a desconectar de Gimena conversando con todos ellos. Siempre había alguna anécdota graciosa que escuchar. Al salir de la reunión, ya en la calle, Rufino Palomino se acercó a Marcelino.

—No la líes ahora. Has hecho lo más difícil. No dudes en mandarle un mensaje cuando llegues a casa. Hazlo por todos nosotros—, le dijo a Marcelino mirándole fijamente y señalándose el implante.

Los dos amigos se fundieron en un caluroso abrazo.
(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Éxtasis emocional

Salió Marcelino disparado del trabajo. Su alegría contrastaba con el morrocotudo enfado de su jefa. Marisa Flores era tan perfeccionista que no podía soportar que las cosas no saliesen como ella había planeado y menos que un empleado sonriese cuando estaba reprimiendo a todo el equipo de trabajo. Sin embargo, como alguna ventaja tenía que tener la discapacidad, Marcelino se libró de una bronca que cualquiera de sus compañeros habría tenido que soportar. Fue el pobre Rigoberto Matahaba, quien pagó el pato de la impertinencia de Marcelino, lo cual sumado a su supuesta ineficacia a la hora de disponer de las dichosos llaveros en el tiempo indicado, propició que los gritos de Doña Marisa se oyesen al otro lado de la calle.

Marcelino tuvo tiempo de pasar por casa y acicalarse antes de quedar con Gimena. Habían acordado verse a las nueve en el Wild Thing y Claverino, con buen criterio, quería estar de buen ver. Informal pero arreglado se presentó el galán en la puerta del bar a la hora indicada. Estaba cayendo la noche y Marcelino se sentía extrañamente relajado. Como ya le había dicho Gimena Torremocha, estaba convencido de que una mujer así era un “tren que pasaba una sola vez en la vida” y él quería subirse a ese tren a toda costa. El hecho de que Gimena hubiese contestado al mensaje le proporcionaba seguridad. Quería comerse el mundo.

Pasados diez minutos de las nueve, Marcelino seguía esperando en la puerta del bar. Ligeros fantasmas negativistas surcaron su mente. Para calmar los nervios, decidió entrar en el bar y pedir una cerveza en la barra. Apenas dio el primer sorbo, una mano se posó sobre su hombro. Su corazón dio un vuelco.

—Hola guapetón—, notó que le decían cerca del micrófono del implante.

Marcelino se giró. Lo primero que vio fueron los preciosos ojos achinados de la cajera.

—Hola Gimena—, alcanzó a decir tímidamente Marcelino mientras contemplaba al completo a aquella belleza.

Gimena se había presentado bien arreglada, pintada con simpleza, resaltando con estilo sus mejores rasgos. Su pelo moreno suelto caía sutilmente sobre sus hombros y un coqueto vestido primaveral resaltaba su morena y curvilínea figura. Lo que Marcelino había intuido con el traje de cajera quedaba superado con creces con aquel sencillo vestido. Gimena estaba sencillamente impresionante.

—¿No me vas a dar dos besos? —, dijo Gimena con su habitual naturalidad.
—Por supuesto—, contestó decidido Marcelino.
—Oye, perdona por lo del otro día, quizás fui demasiado dura.
—No te preocupes. Yo también fui un poco estúpido. Aunque a veces es difícil estar lúcido ante mujeres tan guapas como tú—, contestó Claverino lanzándose a la piscina por primera vez.
—Uyyyy, este Marcelino me gusta más. Si sigues así podemos llegar muy lejos.

Marcelino se inquietó un poco ante este comentario de Gimena pero aguantó la compostura.

—¿Qué quieres tomar? —, preguntó Marcelino tomando los mandos de la situación.
—Un ron con coca-cola, que esta noche promete.
—Camarero, dos rones con coca-cola—, dijo apresurado Marcelino mientras daba el último sorbo a la cerveza.

Los dos jóvenes se sentaron en una de las mesas del bar. El poster de los Beatles quedaba a su espalda. Marcelino se volvió a sorprender de lo silencioso y bien acondicionado que resultaba aquel lugar para él.

—¿Está bien este sitio para ti verdad Marcelino? Sé que no os convienen sitios con mucho ruido—, preguntó Gimena una vez se sentaron en la mesa.

Marcelino se quedó sorprendido, generalmente la gente desconocía por completo las necesidades que pudiera tener.

—Está estupendo, pero ¿cómo lo sabes? —, respondió.
—Bueno, en la facultad tuvimos una asignatura donde vimos algo de sordera; fisiología, aparatos, screenings neonatales, algo de audiometrías. Cosas básicas para las enfermeras. Al verte con el implante retomé los apuntes y leí algunas cosas, entre ellas lo de los lugares silenciosos, estar cara a cara y vocalizar bien—, dijo la cajera con una exagerada lentitud y movimiento de labios.
—Hombre, tampoco hace falta que me hables como si fuera tonto, pero es verdad que son cosas que ayudan—, dijo Marcelino.

Gimena sonrió de manera muy coqueta.

—¿Así que estudias enfermería? —, preguntó Marcelino para cambiar de tema.
—Bueno, estudié. Terminé el año pasado. Un poco tardé para mi edad, lo sé, pero así es la vida. Ahora no hay manera de encontrar curro, está la cosa muy mal. Si todo sigue así tendré que probar suerte en Inglaterra.

Marcelino no pudo evitar sentir una sensación extraña, como de vacío, al oír la palabra Inglaterra.

—Seguro que sale algo tarde o temprano—, dijo animando a Gimena.
—Eso espero. Estoy harta del supermercado.

Siguieron charlando largo rato sobre sus vidas. De alguna manera se estaban conociendo, así que hablaron sobre sus estudios, sus trabajos, sus familias y amigos, sus proyectos, aficiones, etc. Extrañamente, el tema de la sordera no salió a relucir, era como si Gimena estuviese familiarizada con ella. Aquella asignatura de la carrera le había acercado de manera inusual al mundo de la discapacidad auditiva. Marcelino se llegó a preguntar si no tendría un familiar con implantes. No quiso preguntar, pues por primera vez al conocer a alguien, su sordera no era el centro de la conversación. Claverino se encontraba muy cómodo con Gimena en aquel lugar, las copas comenzaban a hacer su efecto y las conversaciones “serias” dieron lugar a historias divertidas con las que rieron a carcajadas.

A las dos de la mañana se dio cuenta Marcelino de que al día siguiente trabajaba, y pese a que hubiese estado en el Wild Thing hasta el amanecer, decidió sugerir la vuelta a casa. Acompañó a Gimena a coger un taxi. Una vez en la parada dijo Marcelino.

—Lo he pasado muy bien hoy. Eres una chica estupenda.
—Yo también lo he pasado muy bien. Has demostrado ser un echao pa alante, respondió Gimena acercándose a Marcelino.

Éste, envalentonado, la agarró de la cintura.

—Gimena, te invitaría a subir a casa, pero es que mañana….
—Shhh—, dijo Gimena posando su dedo índice sobre los labios de Marcelino,
—No vayas tan rápido. Es mejor así.
Gimena se puso de puntillas y le dio un suave beso en la comisura de los labios.

Marcelino se quedó absorto. En ese momento llegó un taxi, Gimena abrió la puerta y se subió a él.

—Nos vemos pronto Marcelino. Muchas gracias por todo.
—¡Nos vemos esta semana! —, gritó Marcelino apresurado.

Con la ventanilla bajada y con el taxi ya en marcha Gimena dijo algo que Marcelino no alcanzó a entender. El taxi partió. Marcelinó contempló como éste se alejaba. Necesitaba tiempo para procesar todo lo que había sucedido. Estaba eufórico. De vuelta a casa se encontró en un estado de éxtasis emocional que nunca antes había experimentado.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Un día de trabajo

Marcelino Claverino se levantó el lunes con pocas ganas de trabajar. El domingo, tras su repentina desaparición de la fiesta, había recibido una llamada de Gustavito Calatrava a la cual decidió no contestar. Quiso pasar el día recluido en casa, haciendo una de las cosas que más le relajaban cuando estaba nervioso, ver deportes en la tele. Estuvo esperando ansiadamente un mensaje de Gimena, pero éste no llegó. Según avanzaba la tarde y los resultados futbolísticos se iban sucediendo, su desconsuelo iba en aumento. La puntilla la puso un gol en el descuento al equipo de sus amores con el cual perdían la cabeza de la clasificación. Eran las once y media de la noche y Marcelino se sentía el hombre más desdichado sobre el planeta tierra.

En el trayecto en autobús que separaba su casa del Museo Ptolomeo, Marcelino tuvo tiempo de ahondar en sus heridas. En momentos bajos, tenía por costumbre fustigarse y aquella mañana no iba a ser menos. Sin embargo, en el fondo, aún albergaba la esperanza de que Gimena le contestase y es que, pese a su constante actitud pesimista, creía o quería creer que había algo en él por lo que Torremocha se sentía fuertemente atraída. Quizás aquel supuesto “encanto” que señaló en su día la joven cajera.

Debatiéndose entre el optimismo y el pesimismo entró Marcelino en su lugar de trabajo. Como venía ocurriendo desde hacía cinco años, saludó al guardia de seguridad de la puerta de entrada.

—¡Buenos días Marcelino! ¡Póngame a sus pies! —, dijo el guardia con un marcado acento capitalino.
—¡Buenos días Don Miguel! ¡A sus pies me pongo yo! —, contestó Marcelino con gracia.
—¡La que nos jugó ayer el árbitro! ¡Menuda falta se sacó de la manga el mamarracho! ¡Cuánto sinvergüenza suelto!—, comentó encabritado el guardia.
—No me hables del fútbol ¡Menudo robo! —, añadió Claverino.

Quedaron los dos inmiscuidos en la típica conversación futbolera de lunes por la mañana. Mentaron varias veces a la madre del árbitro, la cual poca culpa tenía de aquello, e intentaron reconstruir en balde el sistema de juego de su obsesivamente amado conjunto local.

Aquella conversación espoleó algo a Marcelino, quien se olvidó por un momento de Gimena y comenzó su jornada más animado de lo que había imaginado al levantarse de la cama. A primera hora tenía que terminar de redactar las últimas líneas de uno de los folletos informativos que se repartirían para promocionar la siguiente exposición itinerante del museo. Exposición sobre la obra de un gran pintor realista japonés Nikito Nipongo. Después, se reuniría con su jefa y el equipo de difusión del museo para rematar los últimos flecos de todo el material del que dispondrían para la exposición del genio nipón. Era una exposición importante para el museo, llevaban mucho trabajando en ella y todo tenía que salir a pedir de boca.

Fue curioso como Marcelino, habiendo estudiado periodismo, acabó relacionado con el mundo del arte. Él siempre se había imaginado como periodista deportivo, pero su gusto por las diferentes artes y su buen hacer con la pluma y el papel le llevó a ganar un concurso de ensayo sobre el movimiento impresionista en el último año de carrera. A raíz de ahí y tras algunos meses de infructuosa búsqueda de empleo, decidió enviar el premiado escrito junto con su curriculum al conocido museo. Tiempo después recibió una llamada de la que después sería su jefa en el Museo Ptolomeo. Pasó un par de entrevistas, estuvo tres meses de prueba y finalmente se incorporó al equipo de difusión. Una carrera meteórica o un golpe de suerte, según se quiera ver, pero lo cierto es que Marcelino fue el más precoz de sus compañeros de promoción en encontrar un trabajo estable. Las malas lenguas también decían que el museo, con su incorporación, cubría uno de los obligatorios puestos de trabajo para personas con discapacidad que toda empresa de más de cincuenta trabajadores debía ofrecer por ley. Creía Marcelino que esto había levantado algunas suspicacias entre sus compañeros y percibía que él tenía que trabajar más duro que los demás para que su trabajo fuese valorado y equiparado al de cualquiera de sus compañeros sin discapacidad.

Terminó Marcelino las redacciones sobre los últimos cuadros que irían descritos en el folleto de la exposición: “Shibuya” y “Borracho en Kabukicho”. Y a las once y media comenzó la reunión con el equipo. Allí estaba su jefa, Doña Marisa Flores, y todos sus compañeros de difusión. Tras meses de lucha, Marcelino, junto con la ayuda de algunas asociaciones, había conseguido que la sala de reuniones fuese accesible. El museo tuvo que hacer un pequeño desembolso económico acondicionando la sala de reuniones con paneles absorbentes, cambiando la mesa de reuniones rectangular por una circular, aumentando la luminosidad e instalando un bucle magnético en la sala con micrófono omnidireccional en el centro de la mesa. Con todas esas medidas, Marcelino, quien al principio tenía dificultades para seguir las reuniones, ahora podía leer los labios con mayor facilidad y entender mejor a aquellos que tomaban la palabra, ya que la señal que llegaba a su implante era mucho más nítida gracias a las medidas adoptadas.

Se dispuso sobre la mesa todo el material informativo, así como el susceptible de venta en la tienda del museo. Había sobre la mesa folletos informativos, audioguías con bucle, videoguías, libros sobre Nipongo y su obra, bolígrafos, láminas y pósters, catálogos sobre el realismo, tazas, agendas, posavasos, carteles y todo tipo de artículos que uno se pueda imaginar. Una semana antes todo parecía estar bajo control. Los chicos sentían que habían hecho un buen trabajo.

Un grito seco rompió de repente el bienestar colectivo.

—¡¿Dónde narices están los llaveros?¬!

Como de costumbre, Marisa Flores parecía no estar de buen humor. Se hizo el silencio en la sala, nadie contestó.

—A ver, ¿quién se encargaba de los malditos llaveros? —, dijo Marisa con el gesto desencajado sacando a relucir sus arrugas de cincuentona.

Rigoberto Matahaba levantó la mano tímidamente agachando la cabeza.

—¡Me cago en la mar Rigoberto, mira que lo dije bien clarito…!¬

Mientras Marisa Flores la tomaba con Rigoberto Matahaba, Marcelino notó una ligera vibración en su bolsillo. Sacó el teléfono con disimulo ocultándolo bajo la mesa. “No eres tan tonto como pareces ¿Te apetece tomar algo esta noche?”, decía un directo guasap de Gimena. Marcelino sonrió ampliamente mientras oía los gritos de su jefa.

—¿Tú te crees que es momento para reírse Marcelino? —, gritó Doña Marisa desencajada.

—Soy feliz Marisa, ahora mismo soy feliz, y nada ni nadie me va a impedir que lo sea.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: La Fiesta

No era Marcelino un gran amigo de las fiestas, pero aquella invitación no tuvo más remedio que aceptarla. Gustavito Calatrava había insistido tanto en que asistiera que finalmente tuvo que ceder. Antonio Limonero, antiguo compañero de la facultad de periodismo, organizaba una fiesta en su casa para celebrar su primer empleo como periodista en una pequeña cadena de radio madrileña. A los veintinueve años, Antonio por fin había conseguido, como dicen las abuelas, una buena colocación.

Marcelino tenía ganas de ver a sus antiguos compañeros, pero sabía de buena mano que aquella fiesta estaría atestada de gente a la que no conocería. Las preguntas sobre el implante surgirían seguro entre la audiencia. Una de las cosas que Marcelino más repudiaba de ser sordo era tener que explicar cómo con aquel maravilloso aparato era capaz de oír. Una vez registró veinte explicaciones en un día, lo cual resultaba agotador. Además, estaba seguro de que en la fiesta habría música alta, luz baja y millones de corrillos de gente hablando sin parar. Sabía que en este tipo de fiestas solía acabar en la terraza muerto de frío, explicando por qué no tenía ni idea de lengua de signos a todos los fumadores desalmados que por allí desfilaban.

Pese a todo, se presentó allí Marcelino. Como de costumbre, llegó un poco tarde. Al entrar en la casa se confirmaron sus peores predicciones. Música alta, copas, luz discotequera y gente hablando en distintos grupos. Respiró hondo y buscó a Antonio Limonero. Éste estaba sirviéndose un cubata en la cocina.

—¡Antonio!—, gritó Marcelino ilusionado.
—¡Hombre, Marce, cuánto tiempo sin verte!—, contestó Antonio al volverse.

Los dos amigos se fundieron en un caluroso abrazo.

—¿Cómo estás campeón?—, preguntó Limonero.

Marcelino tuvo que hacer un esfuerzo para entenderle.

—Pues bien, contento por tu nuevo trabajo. Eres una máquina.
—Muchas gracias, Marce. La verdad que ya me hacía falta. Nos vamos haciendo mayores y hay que trabajar. ¿Cómo te va a ti en el museo?

Marcelino no alcanzó a entender a su amigo y tuvo que pedirle que repitiera.

—¿Quieres que baje la música? Se me había olvidado lo de tu…—, preguntó Antonio apoyándose con un gesto con la mano.
—No te preocupes, no quiero fastidiar la fiesta. Ya hablaremos en otro momento—, contestó resignado Marcelino.
—¡Vale, pero sírvete un copazo! ¡Hoy hay que emborracharse!—, gritó envalentonado Limonero mientras se adentraba en el salón.

Marcelino se sirvió una coca-cola con hielo. No estaba para fiestas. Con el vaso en la mano se adentró en el salón. A lo lejos vio a Gustavito hablando con unas niñas pijas. No conocía a ninguna. Le dio pereza acercarse. Sin embargo, su amigo se percató de su presencia y le hizo un gesto con la mano para que se uniese a la charla. No tuvo Marcelino más remedio que ir para allá.

—Mira, Marce, te voy a presentar a estas tres maravillosas chicas: Lucía, Alba y Pastora.
—Encantado Sofía—, dijo Marcelino al dar dos besos a la primera.

Las tres chicas se rieron por lo bajo.

—¡Lucía, Marce, Lucía! Que no te enteras de nada. ¡La chica se llama Lucía!—, dijo Gustavito gritando mientras golpeaba la espalda de su amigo.
—Perdona, es que no lo había entendido bien—, alcanzó a decir avergonzado Marcelino.
—No te preocupes, con esta música…—, contestó la chica restando importancia al asunto.
—Oye, ¿Qué llevas en la oreja?—, preguntó de repente otra de las amigas sin reparos.

Marcelino pudo entender la pregunta gracias a su buen hacer con la lectura labial.

—Es un implante coclear. Me sirve para oír. Me quedé sordo a los dos años—, contestó un sorprendido Marcelino.
Anda, pobrecito, lo siento.

Hubo un incómodo silencio de unos segundos que Gustavito rompió sugiriendo ir a servir unas copas.

Odiaba Marcelino que la gente sintiese lástima cuando explicaba que era sordo. Pensaba que este sentimiento de pena hacia la discapacidad era el que limitaba la plena inclusión en la sociedad de personas como él. Quería ser como los demás, se sentía como los demás, pero aquel aparato le acercaba y distancia de las personas al mismo tiempo. Era una curiosa paradoja que a Marcelino siempre le traía de cabeza.

Marcelino Claverino dejó a Gustavito con aquellas chicas. Vagó por la fiesta encontrándose con viejos amigos de la universidad. Tuvo pequeñas conversaciones con todos ellos. Creyó entender que uno de ellos tenía planeado viajar por el mundo durante un año, otro iba a casarse en unos meses y un tercero buscaría suerte en el extranjero.

—Si no encuentro nada aquí, tendré que buscarme las habichuelas fuera—, le había comentado.

Fueron todas ellas conversaciones típicas y corrientes entre personas que llevan tiempo sin verse. Conversaciones que, por otro lado, en aquel momento poco le importaban a Marcelino. Quería cubrir el expediente y marcharse a su casa. Lo que verdaderamente ocupaba la cabeza de Marcelino era Gimena Torremocha. Un torbellino que había sacudido su vida sin contemplaciones y que no sabía cómo controlar. Aquellas palabras del bar no dejaban de percutir consistentemente en su cabeza. «Si vas a espabilar llámame».

Esta vez Marcelino no salió a la terraza. Sobre las tres de la mañana, con todo el mundo perjudicado por el alcohol, se marchó por la puerta sin decir adiós. Necesitaba pensar. Su casa no quedaba lejos. Se daría un paseo para ordenar su cabeza. Anduvo Marcelino por las obscuras y solitarias calles de la ciudad. Pensó en Gimena, en su sordera y en su cohibido carácter. «¡Espabila, espabila! », se decía a sí mismo. Al llegar a casa sacó el móvil del bolsillo, tecleó un corto pero directo mensaje.

—No sé si espabilaré, pero tengo muchas ganas de verte.

Justo antes de meterse en la cama pulsó “enviar”.

(Continuará…)

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Marcelino Claverino: Todos tenemos un encanto

No era la primera vez que Marcelino oía aquello de “un encanto especial”. Condicionado por su sordera de nacimiento, Claverino había forjado desde bien pequeño una personalidad tranquila y observadora. Las dificultades para oír le habían llevado a estar siempre en un segundo plano, observando y recapacitando sobre lo que sucedía a su alrededor. Nunca quiso ser Marcelino el centro de las conversaciones y como bien aprendió de su abuelo, pensaba que estando callado nunca te equivocabas. Esta forma de ser le había llevado a pasar desapercibido para la mayoría de la gente, cosa que él agradecía, pues consideraba que llevando el implante podía ser objeto de burlas y comentarios por aquellos que le rodeaban. Además, el miedo a no entender y a no ser entendido le hacía adoptar una postura pasiva a la hora de comunicarse.

Su, podríamos decir, introvertida personalidad mostraba a los demás a un Marcelino relajado y analítico, cuyos comentarios eran escasos pero acertados. Sus medidas y repensadas intervenciones eran en el fondo una forma de alejar sus dudas y miedos; una burda manera de levantar un muro ante aquellos que potencialmente podrían meter el dedo en la llaga de sus más profundas inseguridades. Marcelino nunca daba un paso en falso, pues sólo realizaba aquellas acciones con las que sabía no habría lugar a error. Al mismo tiempo, su calmada y prudente actitud junto a su afición por la lectura, le permitían aprender, analizar y reflexionar sobre las cosas que sucedían a su alrededor.

Como sucede con muchas cosas en la vida, había gente que se irritaba con la personalidad de Marcelino.

–¡Este chaval está a por uvas!–, repetía recurrentemente su padre enojado ante tal aparente apatía.

–¡Este chico ha nacido con horchata en las venas!–, solía también comentar a menudo su antiguo entrenador de baloncesto juvenil.

Otras personas, sin embargo, admiraban su actitud ante la vida.
–Será sordo, pero éste se entera de todo–, decía su abuela con la baba en la barbilla cuando Marcelino sacaba más de un sobresaliente en el colegio. Su tío, aficionado escritor, se maravillaba con la imaginación y lo bien que éste escribía pese a sus pequeñas y lógicas dificultades con el lenguaje. –Hay que ver las historias que se inventa, este niño va para escritor–, le decía a su madre en las cenas navideñas año tras año donde Marcelino contaba sus pequeñas historietas a toda la familia.

Estas atracciones y repulsiones hacia su personalidad también acontecían en el terreno amoroso, donde Marcelino no se desenvolvía ni mucho menos como pez en el agua. De un tiempo a esta parte había notado que no eran pocas las mujeres que se sentían atraídas por ese chico que estaba siempre en un segundo plano. Alguna amiga del grupo de sordos al que acudía en una asociación de discapacidad le había comentado que estaba cansada de los graciosos del grupo, los cuales al final eran simples y superficiales y que ahora se moría por conocer a alguien tranquilo y sosegado, que supiese realmente tratar a una mujer. Marcelino, con la agudeza propia de su carácter, nunca se daba por aludido, hasta que un día otra compañera se lanzó a decirle:

–Pareces tan tímido, calmado y comprensivo, que resultas muy atractivo, tienes mucho encanto.

Bobalicón perdido, Marcelino pensó que, estando en la sombra, uno pudiera parecer más enigmático y misterioso y que como no hay mayor enigma que el de la propia mujer, llegado un punto en la vida éstas quizás creían que un hombre como Marcelino no sería tan simple como cualquiera de los demás. «Nada más lejos de la realidad, pobres ilusas», pensaba para sus adentros.

Sin embargo, fue Gimena Torremocha la primera oyente que había mostrado sentirse atraída por su misteriosa personalidad y Marcelino encontró sentimientos ambiguos ante esta situación.

– No me gusta mi encanto–, le había llegado a comentar a su amigo Gustavito Calatrava. Y es que como la mayoría de los hombres, Marcelino tenía otra idea de la masculinidad. Creía que el verdadero hombre era desinhibido, seguro de sí mismo, altivo y un tanto chulesco. Le daba pavor pensar que iba por la vida dando la imagen del que pide perdón por vivir, del que se mantiene al margen porque no quiere importunar. Por tanto, consideraba casi un insulto cuando le indicaban su supuesto “encanto”. Aquello de la atracción reflexiva y observadora le parecía poco varonil y un tanto patético.

– Tienes que estar más seguro de ti mismo, Marce, es tu forma de ser, y hay gente a la que le resulta interesante. Acéptalo. Eres para todo un masoquista–, le había dicho Calatrava en más de una ocasión. Pese a las recomendaciones de su gran amigo Gustavito, a Marcelino Claverino le iba a costar un tiempo llegar a la conclusión de que, aunque en ocasiones uno tenga cierto rechazo hacia su propia forma de ser, queramos o no, no hay mayor “encanto” que el de ser uno mismo. “Todos tenemos un encanto. No lo busques. Sé tú mismo. Y él solo llegará” (Anónimo) (Continuará…)

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Marcelino Claverino: Una cita rápida

Bajó a las nueve en punto Marcelino al supermercado. Pese a su optimismo inicial, estaba nervioso y tenso. Infinidad de dudas le asaltaron en el trayecto de apenas cien metros que separaban su casa de la puerta del establecimiento, donde suponía, la bellísima Gimena le estaría esperando. “¿Hablará despacio? ¿Vocalizará con claridad? ¿Podré leerle los labios?”, se preguntaba Marcelino antes de llegar. Había tenido un buen pálpito en el pequeño y esperpéntico diálogo que había acontecido horas antes frente a la cinta transportadora. Pese al ruido y lo incómodo de la situación, Marcelino había comprendido sin dificultades a la volcánica cajera. Pero pese a ello, y como siempre le sucedía al conocer gente nueva, tenía miedo de que la comunicación no fuese fluida. El miedo al ridículo le embargaba. Mientras caminaba notó un ligero tembleque en su mano izquierda.

Además, seguía sin estar seguro de que todo aquello no fuese más que una broma de mal gusto. Gimena era demasiado guapa como para haberse fijado en él. La situación demasiado idílica como para ser real. Ni en sus mejores sueños una chica como aquella se había mostrado tan directa y entusiasmada. Ahora también le temblaba la mano derecha.

Sumido en estos pensamientos, llegó Marcelino a la puerta del supermercado. Allí estaba Gimena Torremocha esperándole con una preciosa sonrisa en la boca.

–He pensado que lo mismo te cagabas y no venías. Pero ya veo que eres un hombre valiente. Eso me gusta–, dijo Gimena sin contemplaciones.

Marcelino se sonrojó, era la primera vez que alguien le llamaba valiente.

–No te pongas colorao pequeño, estoy de coña.

No supo Marcelino qué contestar y tras un incómodo silencio la cajera dijo.

–Anda, vamos a un garito que hay aquí al lado, tengo muchas ganas de hablar contigo.
Al oír la palabra garito, Marcelino se sobresaltó. Se imaginó un lugar ruidoso y obscuro. Un lugar donde oír y leer los labios sería harto complicado. Ahora le temblaban hasta las rodillas, estaba hecho un flan.

Tal y como sucedió en el supermercado, no le había supuesto mucho esfuerzo a Marcelino entender a Torremocha. Esto le animó a no mostrar oposición a la idea de ir a un, como había dicho Gimena, garito. Se sorprendió gratamente sin embargo al llegar al Wild Thing. Un agradable bar bien iluminado, con un casi imperceptible hilo musical de fondo, con gente sentada en mesas hablando a una intensidad moderada y un gigante póster de los Beatles presidiendo la barra. Nada más entrar, Marcelino se relajó y lleno de coraje mientras pedían unas cervezas se atrevió a decir.

–Nunca había estado en este sitio y mira que habré pasado veces por la puerta, me encanta, es muy de mi rollo.

–¿El qué es un rollo?–, contestó Gimena.

Marcelino se quedó paralizado, Gimena no le había comprendido de nuevo, ¿le quería tomar el pelo?

–No, digo que me gusta el sitio, es muy de mi rollo–, dijo elevando la voz.

–Ah perdona, es que no te había entendido. Sí, esta muy guapo. Sabía que te molaría.

A mí me flipa el nombre, yo también soy muy wild(1)”, añadió Gimena mirándole fijamente y guiñándole un ojo.

Se sentaron en una de las mesas. Una vela allí ubicada resaltaba las perfectas facciones de Gimena Torremocha. Marcelino, más tranquilo, se quedó absorto contemplando aquella belleza. Su pelo negro suelto cubriendo parcialmente sus orejas, sus marrones ojos achinados, sus esponjosos y rojizos labios, su perfilada nariz, su bronceada piel y sobre todo su coqueto lunar en la barbilla le tenían embelesado. No creía que aquello le pudiese estar pasando a él.

– ¡Marcelino, espabila!–, gritó Gimena sobresaltando al ensimismado Claverino.

–Perdona, estaba pensando que mañana tengo que llevar un cosa al trabajo-, contestó avergonzado y mintiendo como un bellaco.

–Sí sí, al trabajo, yo creo que estabas pensando otra cosa, que eres un golfete Marcelino.

Rojo como un pimiento farfulló Marcelino alguna palabra ininteligible.

–Que manía con ponerte colorao. Que no pasa nada, a mí me gusta que me miren–, espetó Gimena con su habitual espontaneidad.

Marcelino no sabía donde meterse, no estaba acostumbrado a tratar con alguien tan directo. Pensó que quizás no era el tipo de chica que él andaba buscando. Por enésima vez en el día, quiso huir de aquella impertinente pero espectacular mujer. Hubo un largo silencio incómodo en la mesa que Gimena rompió.

–Mira tronco, te voy a ser sincera, no sé qué leches me pasa contigo, eres un atontao, pero tienes algo que me llama la atención. No sé que es, pero tienes algo. Tu estilo, tu rollete, la cosa esa que tienes en la cabeza, no sé, tienes un encanto especial. Así que espabila, que este tren –dijo mostrando su cuerpo con las manos– sólo pasa una vez en la vida.

Gimena se levantó dando un último sorbo a la cerveza, dejó diez euros en la mesa y añadió.

–No estoy para chorradas, ya tienes mi teléfono, si vas a espabilar llámame.

Marcelino se quedó petrificado. No le había dado tiempo ni a despedirse. La situación le superaba. Aquella mujer era un volcán en erupción. No habían hablado ni cinco minutos y Gimena ya se había terminado la cerveza y se había ido echando pestes por la boca. A Marcelino todavía le quedaba más de la mitad de la suya y sólo le había dado tiempo a contemplar estúpidamente a Gimena y decir dos cosas sin sentido. ¿Qué había hecho mal? ¿Era realmente un estúpido? ¿Era Gimena Torremocha su prototipo de mujer? Se quedó más de media hora pensando sobre aquello sentado en la barra en frente del póster de lo Beatles. ¿Qué había querido decir Gimena con lo de un “encanto especial”?

(Continuará…)

(1) Wild: En inglés, salvaje.

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Marcelino Claverino: La chica del supermercado

Marcelino Claverino, usuario de implante coclear, llevaba un tiempo fijándose en la cajera del supermercado. Típica morenaza española de curvas prominentes y algo más joven que él. Cualquier excusa era buena para que Marcelino bajase a comprar un piscolabis al supermercado, e intentase, con poco éxito, cortejar a la susodicha. Marce, como gustaba de ser llamado, nunca había sido un gran experto en el arte del galanteo y es que desde pequeño se había sentido avergonzado de llevar un aparato adherido a su oreja.
–Me siento incapaz de acercarme a una oyente–, solía comentar a su madre en la opulenta comida de los sábados en casa de sus padres.
Pero esta vez, pensaba él, la cosa sería diferente. Y es que un día comprando melocotones había notado miradas sugerentes de la cajera. Marcelino, atorado y nervioso ante tal ardiente mirada, desparramó todo el suelto que llevaba por encima de la cinta transportadora.
–No te alteres mi amor, sólo soy una humilde cajera–, le dijo la muchacha guiñándole un ojo y sonriendo picaronamente.
Aquel día, Marcelino salió avergonzado del supermercado y juró no volver jamás. “Soy patético. Sólo estaba mirándome el implante. En qué estaba pensando. Menudo ridículo”, se decía mientras volvía a casa con la bolsa de melocotones. Sin embargo, tras hablar con su amigo Gustavito Calatrava, se dio cuenta de que quizás la cajera estuviese realmente interesada en él.
–Siempre pensando en el maldito implante Marce. Estoy seguro que a la mayoría de las mujeres no les importa. Es más, diría que hay un alto porcentaje a las que les activa el hipotálamo, disparando sus instintos más primarios.
Marcelino quedó poco convencido, pero al menos desistió de su idea de no volver jamás al supermercado.
Tras varias visitas poco fructuosas, donde se movía entre el deseo y la ilusión de que hubiese un interés real de la cajera y el miedo a que todo no fuese más que una tomadura de pelo, Marcelino decidió, sumido en un ataque de valentía impropio de su carácter, acercarse un día a la caja y solicitar a la explosiva dependienta la tarjeta del supermercado. Pensó que, rellenando los formularios, dispondría de al menos tres minutos para seducir a tal monumento de la naturaleza, tres minutos que bien aprovechados le darían al menos para invitar a la muchacha a una coca-cola.
Se acercó Marcelino muy dispuesto y, colorado como un pimiento, mirando al suelo dijo entre dientes.
–Hola buenas tardes, querría solicitar la tarjeta de socio del supermercado.
–¿Cómo? no le oigo–, contestó la cajera mientras atendía a otro cliente.
Aquel comentario fue como un puñetazo directo al hígado de Marcelino, quien quedó convencido de que la muchacha se estaba mofando de él. Nervioso y con sensación de ridículo, repitió entre dientes.
–Quiero la tarjeta del supermercado–
–Perdona pero vas a tener que hablar más alto porque si no con este ruido no te oigo.
¡Bummm! Croché de derecha al mentón de nuestro frágil púgil, que lo tiró definitivamente a la lona. Marcelino Claverino, sintiéndose humillado, sólo fue capaz de gritar.
–¡Tarjeta!
–¿Tarjeta roja o amarilla?–, contestó la cajera, ahora sí en tono de sorna.
Los cinco minutos siguientes fueron horrorosos, tuvo que rellenar Marcelino el formulario con la vitola de quien se siente despreciado. Sudaba nuestro amigo como nunca y abrumado por la situación juró hasta en hebreo que no volvería a ilusionarse con una mujer como aquella. Guapa, atractiva, segura de sí misma y sobre todo oyente. “Además de sordo, soy tonto del bote”, pensaba para sus adentros.
Tras rellenar el formulario, salió nuestro amigo despavorido del supermercado. Subió a casa rápidamente y enfurecido se miró al espejo. Se quitó el implante con rabia y lo dejó junto al lavabo. Quiso llorar pero no pudo. Pensaba que aquel aparato, pese a permitirle oír, suponía una barrera infranqueable en sus relaciones con los demás. “¿Merece todo la pena si al final la gente te juzga por llevar un cacharro en la oreja?”, pensaba para sí mismo frente al espejo del baño.
Sumido en estas reflexiones masoquistas, notó una ligera vibración en su pierna. Un guasap en el móvil supuso. Sacó el teléfono del bolsillo y efectivamente vio un mensaje en el guasap de un número desconocido. Al leerlo se quedó boquiabierto.
–Me encanta tu aparato–, decía el mensaje de manera tajante.
Marcelino pegó un brinco canguresco, ¿De quién era ese número?¿Se estaban burlando otra vez de él? Estuvo unos segundos pensando qué contestar cuando de nuevo recibió otro mensaje.
–Hola guapo, soy Gimena Torremocha, la cajera del supermercado, me he tomado la libertad de coger tu número de la solicitud de la tarjeta, espero que no te importe.
Marcelino quiso gritar y saltar por toda la casa, pero respiró hondo y contestó con frialdad.
–Espero que todo esto no sea una broma y me estés tomado el pelo, ¿sabes que te podría denunciar por coger mi número sin autorización?
–Lo sé. Pero creo que merece la pena arriesgarse por alguien tan interesante como tú.
Anduvo desconcertado Marcelino unos minutos. Le picaba todo el cuerpo y sudaba con vehemencia. Millones de pensamientos le venían a la cabeza, todos contrapuestos. Algunos le decían que aquella chica iba en serio. Sin embargo otros, removían sus inseguridades más profundas. Recordó episodios en el colegio, donde siendo un adolescente algunos mamarrachos le llamaban SORDO con desprecio. Tardó en aprender que la palabra sordo en sí no es más peyorativa que lo que podría ser llamar a alguien oyente. Navegando entre estos recuerdos y pensamientos, Marcelino Claverino finalmente se armó de valor.
–¿Quedamos a tomar algo cuando salgas de trabajar?–, escribió sin reparos.
Tras unos segundos de duda, pulsó la tecla de envío. Los minutos que Gimena Torremocha tardó en contestar le parecieron horas, minutos en los que el arrepentimiento y el orgullo discurrían por su cabeza a velocidades similares. Finalmente llegó la respuesta.
–Ok. A las nueve en la puerta del súper. Estoy deseando verte.
Se derritió Marcelino al ver el mensaje. Un baño de endorfinas discurrió por su cerebro. Ahora todo era optimismo. Por primera vez se había lanzado a la piscina y estaba dispuesto a mostrarle a aquella muchacha todo lo que le viniese en gana.

(Continuará…)

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