Y a ti a qué te suena

La sordera es una de las discapacidades que, si la persona sorda no se manifiesta, cuesta mucho acertar sobre lo que necesita o no en cada momento. Una discapacidad invisible, aunque es también la que más desconecta del mundo de las relaciones sociales y, por tanto, quizás una de las que requieren que el individuo se arme de paciencia para conseguir lo que quiere.

Para quienes tengan dificultades de cómo imaginarse la deficiencia auditiva, tengo una lectura veraniega que proponerles: El cómic “Deficiencia auditiva, ¿te suena?”, que ganó el primer concurso de cómics que la Asociación Clave convocó en 2010. Su autor, Joaquín Carro González, de Tarragona, hace un repaso por los diferentes aspectos que se han de tener en cuenta de la vida de una persona con discapacidad auditiva.

El cómic ganador , busca la integración de la deficiencia auditiva en la vida cotidiana de todas las personas, tratando sobre situaciones reales y simples que se complican más aún en la vida de una persona con esta discapacidad.

En él, Iván lleva a su amigo a un viaje por el conocimiento de las dificultades y facilidades con las que cuentan las personas sordas hoy en día y plantea situaciones con un tono irónico y humorístico que alegra la gran dosis de información que la historieta carga las viñetas sin que te des cuenta. Adquisición pasiva de conocimientos, que podríamos decir…

Lo triste de la ficción es que no es realidad. Lo triste es que a la gente no “le suena” la deficiencia auditiva más que a “sordomudos”, gritos, lengua de signos y otros muchos tópicos que no dejan indiferente a cualquier persona que tenga la sordera asumida e integrada en su vida, tenga o no hipoacusia. Ojalá fuera tan fácil como en las viñetas de Joaquín Carro y todo pudiera solucionarse en 15 páginas. Ojalá.

Sin embargo, cobra más sentido cuando la intención es constante. El cómic representa un enlace entre sordos y no tan sordos, o entre los que no oyen y los que deberían aprender a escuchar. En cualquiera de los casos, cada viñeta traza un camino obligatorio para entender esta compleja discapacidad.

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Demasiadas preguntas

¿Dónde está el mostrador de facturación? ¿Puedo pasar por el arco metálico de detección de metales? ¿Por qué me tienen que cachear, no ven que llevo prisa? No entiendo lo que dices, ¿me lo puedes repetir? ¿Por qué en las pantallas no anuncian mi vuelo? “Perdone, ¿tienen bucle magnético para personas sordas?”. Mierda. ¿Me puede informar de cuál es la puerta de embarque de este vuelo? ¿Cómo? ¿En la pantalla? ¿Cuál? ¿Ésta? Ahhhh, vale…

Señorita, por favor, ¿Qué dicen en megafonía? ¿Me puedo desabrochar el cinturón de seguridad ya? ¿Entiende mi idioma? ¿Cómo? ¿Me puede repetir? Ah, gracias, gracias.

¿Hacia dónde deberíamos ir para encontrar la calle 20? “Disculpe, ¿este autobús pasa por la calle 20? ¿Cómo? ¿Camión? Calle 20, ¿la conoce?”. No me he enterado, voy a intentarlo de nuevo.

Ah, es por allí. Esta es la 19, la próxima debe ser la 20… ¿estaré bien ubicado? ¿Llegaré bien? “No, lo siento, ni le oigo, ni soy de aquí. Lo siento, ¿eh?”.

Me siento inseguro. Demasiadas preguntas si sumo las que yo me hago a mí mismo y las que debo hacer para sobrevivir. Son gajes de discapacidad, ni más, ni menos. Estar en un país desconocido es, aunque hablen nuestro idioma, una aventura en la que estamos muy entrenados las personas sordas: desorientación, pérdida del mensaje, estrés para llegar a los sitios y, sobre todo, una infinidad de preguntas sin responder.

Si todavía no has encontrado el punto agridulce de empezar a conocer un país teniendo que adaptarte a él, con las barreras a las que se enfrentan por lo común las personas con deficiencia auditiva, es que no te has parado a pensar en la cantidad de cosas que debes hacer. Es decir, desde agenciarte con un lugar para dormir hasta un cuidado especial de las prótesis auditivas ya que, por ejemplo, existen climas más húmedos donde las piezas pueden dañarse con facilidad. A esto se le llama establecer una lista de prioridades, teniendo bien claro qué es siempre lo más importante.

Infinidad de cuestiones que no terminan, precisamente, una vez que has llegado al sitio en cuestión, ni sin algún tropiezo comunicativo. Existen muchas otras preguntas y situaciones que se han de resolver cuando uno viaja al extranjero, sobre todo si lo hace para quedarse. Pilotar el terreno de antemano (¡Bendito sea Internet, siempre, siempre, siempre!) y estar abierto a toda clase de sugerencias y ayuda humana es algo que hay que tener muy en cuenta.

Pero, una vez habituado, y apenas sin darse cuenta, el país se tornará a la forma de uno y éste sabrá cómo desenvolverse en cualquier situación, pues el sentido de la integración es el primero que se desarrolla, en todos los países, discapacidades y personas.

¿La mejor receta para que estos líos no calienten demasiado las cabezas? Posiblemente sea el acostumbrarse, la calma y, sobre todo, darnos cuenta de que tarde o temprano llegaremos, que la prisa no conduce a ningún sitio y que lo importante no es llegar, sino el camino que se hace.

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Aquellos detalles, aquellas personas

La calma que te aporta que los de tu alrededor conozcan la deficiencia auditiva que uno tiene es mejor que cualquier técnica antiestrés de las que hablábamos en el post anterior. Es verdad, no obstante, que las políticas de actuación de los allegados que conocen nuestro problema no son de lo más acertadas, pero con paciencia, convivencia y compenetración se consigue un tono de voz y una actitud adecuada a las necesidades de cada persona.

No hay más satisfacción personal para una persona con problemas auditivos que alguien de su entorno se adapte a sus necesidades especiales. Que se sitúe en el asiento del autobús sabiendo que está pegado a tu “oído fuerte”, que te hable claro y alto, que te facilite el sitio de alto contraste para poder leer los labios con total facilidad, que se pare a contarte lo que te has perdido. Conocerle es el mejor regalo que le pueden hacer a una persona sorda, conocer sus manías, sus necesidades y todas las cosas que, dentro de un lenguaje irónico y sarcástico, podríamos denominar “pijaditas de princesa” pero que, en realidad, es algo vital para la supervivencia emocional de la persona sorda.

Son detalles, tonterías que no se pueden dejar atrás. Que son necesarias. Por eso, cuando la familia y los amigos ponen toda la carne en el asador para hacer más llevadera y natural la comunicación, se crea un vínculo de dependencia difícil de comprender. Es muy fácil, de hecho, acomodarse a la comodidad. Y aunque a las personas sordas nos parezca que esta ayuda que se nos brinda es lo justo, lo normal, lo que nos merecemos y que así debería ser siempre, también hemos de valorar el gran esfuerzo de empatía que se gastan nuestros allegados: no sé yo si soy capaz de hacer lo mismo por los demás de lo que lo que hacen por mí: tengo mis dudas.

El factor familiar es un cuchillo de doble filo: por una parte aporta la calma necesaria, basada en el conocimiento y estudio exhaustivo de cada uno; y por otro lado, se enfrenta a una situación de culpabilidad que no debe nunca superar ciertos límites. No se puede culpar al mundo que rodea a uno de que las palabras “pela” y “pera” se parezcan mucho; no se puede fustigar a un hermano porque estemos pasando cerca de una apisonadora y el ruido aísle cada comentario; no podemos caer en la infantil reacción del pataleo verbal cuando en la mesa de la comida no se respeta un orden limpio, cristalino y pausado en alguno de los momentos donde las voces se cruzan con el estruendo de platos y cubiertos.

Si es complicado para nosotros asumir el déficit auditivo dentro de la práctica, también lo es para el espectador participativo: aquel que siempre está cuando le necesitas; aquel que se agobia como tú cuando tú no puedes agarrar el hilo de la conversación; aquel que se desconecta del debate para hacerte un paréntesis de “puesta al día”… En definitiva, aquel que no necesita ser sordo para entender cómo te sientes.

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Suena tan fácil

“Tengo la sensación de que hablan de mí pero no les oigo. También de que no estoy captando toda la información que pudiera. Y, por ende, que mi opinión no será todo lo tomada en cuenta que merece, precisamente, por carecer de todo el fundamento que merece para ser construida y revisada. Tengo la sensación de que me empiezo a poner nerviosa, que miro a todas partes, que sólo veo labios y oigo sonidos que, decididamente, ¡no! No encajan con los labios que leo.

No puede ser. Tengo que tener paciencia, respirar, buscar un punto fijo donde centrar mi vida y dejarla fluir. No pasa nada, si no quiero que pase nada, no pasará. Tranquilidad, mucha calma y buenos alimentos. Buenas intenciones, si acaso.

Centra tu mirada, ¡céntrala! Desconecta (de forma metafórica, no hace falta que te quites las baterías del implante coclear), vacíate, llénate de otras sensaciones y déjalo estar por un momento. Suena fácil, ¿verdad? Suena más fácil todavía cuando uno conoce las técnicas de relajación que existen y todos los mitos que les rodean.

También suena fácil estar en una conversación con un sonido ambiente cargado de platos que entrecortan y golpean las palabras de los emisores con tal fuerza que, incluso las personas sordas, nos llevamos la mano de puro daño que nos hace. Otras veces, parece que una apisonadora de música a tope cargase contra cada mensaje y los dejase “fuera de juego” para nosotros. O simplemente, una persona que no vocaliza o con un tono de voz lo suficientemente bajo como para no entenderlo. Es fácil decir que “no se entera y le da igual”, pero no es así.

Pero no sólo nosotros nos subimos por las paredes en una situación de no saber cómo reaccionar. También los profesores pierden la paciencia y se quedan en un estado de shock difícil de determinar… y amigos, familiares y allegados. Nadie se salva de la fiebre del estrés…”.

Por eso, el próximo 28 de mayo, en “Quedamos en CLAVE”, el debate se centrará en qué situaciones nos estresan a las personas sordas y cómo tratar de resolverlo. Por eso, el 28 podemos darnos cuenta de que en el combate contra la desesperación, ni luchamos solos, ni estamos desarmados.

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Yo me quiero, tú me quieres

… Y ellos me quieren. El público me quiere mientras yo esté sosegado presentando mi ponencia. Atrás quedó el miedo escénico cuando mi tono de voz es controlado por el efecto sedante de la confianza en uno mismo.

La vida, sin embargo, es un constante ejercicio de oratoria del que nadie debería escapar. Ni las personas sordas, ni las oyentes. Ni los tímidos atemorizados por el miedo escénico, ni los más extrovertidos que gozan de la suficiente desvergüenza como para enfrentarse a un escenario vacío y hacer de su palabra hablada la mejor de sus armas.

“Pide por esa boquita”. Pídelo. Hazlo bien, hazte escuchar, engatusa al público, conviértete en el Quintiliano del siglo XXI aunque sea por un momento. Quiérete y lo tendrás a mano. Quiérete y te querrán. Cualquier receta de éxito que no incluya esta premisa será un fracaso si además, no se disfruta con el ejercicio de hablar en público.

No es ninguna tontería. Desde ir a comprar el pan hasta hablar con la pareja de algo importante, pasando por alguna entrevista de trabajo o una discurso de agradecimiento. Cualquier momento es bueno para mostrar y demostrar que las personas sordas tienen mucho que decir, y que lo hacemos estupendamente.

Podríamos imaginar, por ejemplo, un mundo sin comunicación, ni oral ni en lengua de signos; un mundo capaz de funcionar sin interactuar entre unos y otros. O lo que es lo mismo, un mundo aburrido, inerte y solitario; un lugar donde las personas se cruzarían por la calle sin ni siquiera intercambiar una mirada. Total, ¿para qué?

¿Para qué andar buscando la palabra correcta que no vas a utilizar nunca? ¿Para qué enriquecer un vocabulario que rozará la ambigüedad al poco, culpando al no uso? ¿No resulta mejor la creación del discurso armado, preciso, doloroso y compartido, con el que defendernos, pedir, sentir, disfrutar y explayarse a gusto?

Puede ser una nueva forma de vida: quien menos puede, más lo necesita. El paso hay que darlo para comprobar que los oyentes no muerden, que tampoco hay tomatazos tras la actuación y que, por supuesto, quererse a uno mismo es lo mejor que te puede pasar, arriba y abajo del escenario. El amor propio se alía en ese preciso instante con la seguridad y la palabra hablada, tan sólo, fluye acomodada en el discurso. Pero hay que quererse.

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Lo teniente, con gracejo

El conocido presentador de “El Hormiguero”, Pablo Motos, triunfó en las ondas con un programa predecesor de éste último que se llamaba “No somos nadie”. en él, una de las secciones más vitoreadas fue, sin duda, la de “Momentos Teniente” donde, con muy buen criterio, el presentador y su cuadrilla hacían mofa de canciones en otro idioma que, de alguna u otra forma, contenían alguna estrofa que jugaban una mala pasada en los oídos de los castellano parlantes y venían a significar cualquier ridiculez imaginable. Nada más cercano a la realidad de cualquier “teniente” (o, más educadamente, “persona sorda o con deficiencia auditiva”) y de quien todavía no ha adquirido ese grado.

Las situaciones de incoherencia comunicativa son, sin duda, bien comunes en la vida cotidiana de cualquier persona. El ruido, el cansancio de la persona, la forma de hablar del emisor y otros factores ayudan a que el mensaje deba recorrer un arduo camino sólo digno de aquellos mensajes valientes que derriban todos los obstáculos sin caer abatidos. Sin embargo, cuando el mensaje sufre daños y la confusión se va haciendo evidente, el emisor debe mantener los pies en el suelo y confiar en que, realmente, “esto pasa hasta en las mejores familias”.

Vayamos con un ejemplo práctico algo común: La confusión entre los números seis y tres. Supongamos que vamos a pagar tres cafés en un sitio tan desconocido como sus tarifas para nosotros. El camarero dice que el precio son seis euros y lo que depositamos en la barra es tan sólo la mitad del precio. El camarero indicará que ése no es el precio y repetirá de nuevo el fatídico número: “Son seis”. Conscientes del ruido de platos, cafeteras, cucharillas, archiconocido barullo, pasos y bandejas y, lo más importante, asumiendo la deficiencia auditiva con la que convivimos, la reacción más común, basada en la confianza, es buscar en nuestro monedero tres euros más y salir del trance sin darle más importancia de la que tiene.

Lo mismo debería pasar, pues, con los “Momentos teniente” que se propician en los círculos más cercanos y que, de forma paradójica, causan las mayores desconfianzas. Una joven que cree entender que su madre ha dicho “No piensa” refiriéndose a ella cuando lo que se ha dicho realmente es “No pesa”, en relación a una maleta de mano. De todas las posibilidades fonéticas posibles, en familia, entre los nuestros, tendemos a imaginarnos la peor de todas y es ahí cuando dicen que “oímos lo que queremos”.

Ojalá, en ese momento, todo fuera un chiste del guión de Pablo Motos. La desconfianza que se crea podría, dorándonos la píldora a nosotros mismos, transformarse en un momento cómico en vez de en una disputa. Sería un buen paso para la integración en el “mundo sonoro” donde este tipo de discrepancias comunicativas se llevan a cabo a cada minuto y, como a todo, habría que buscarle el sentido positivo de la cuestión: el del humor, como si de una canción en otro idioma se tratase y la frase más estúpida pudiera sustraerse con el oído relajado y desatento.

Calma, buenos alimentos y una pizca de humor para estos episodios en donde el sosiego puede verse trastocado en tan sólo un instante. ¿Cómo hacer más llevadero el trance? Contándolas con humor, ¿te atreves a explicarnos tu experiencia “teniente”?

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Decisiones tomadas en silencio

¿Uno, dos o ninguno? A veces me pregunto qué habría sido de mi vida sin ellos. Tan apegados a mí, y exigiéndome cada día un cuidado y un respeto infinito. Y dándome tantas satisfacciones. Con sus cosas, sus gastos, todos los disgustos que dan y, por el contrario, todas las veces que, sin ellos, me he sentido desubicada.

Hoy soy una persona diferente. Haciendo una reflexión íntima del antes y del después de que ellos se cruzasen en mi camino, podría decir que años atrás, cuando ni les conocía, mi vida era mucho más silenciosa que ahora. Mucho más gris sin el componente auditivo.

Tampoco antes de conocerles me planteé jamás el poder seguir una conversación con los ojos cerrados. La confianza en uno mismo que da que la radio no sea, precisamente, un murmullo incesante e incongruente reiterativo de secuencias imposibles de discriminar.

El subidón de autoestima y el chute de calma que proporciona el hecho de ser consciente de que, sin apenas esfuerzo y atención, puedes mantenerte conectada al mundo es algo que el dinero no puede comprar.

No deja de ser una decisión difícil. ¿Qué beneficios tiene tener un implante coclear frente a utilizar dos? ¿Es mejor operarse de los dos a la vez? ¿Es caro mantenerlos? ¿Deberé estar anclada de por vida a un hospital?

Estos y muchos más interrogantes no pueden ser resueltos de una forma general, sino que la decisión de hacerse un implante depende de cada caso personal, en cuya valoración se tienen en cuenta parámetros tales como si la deficiencia auditiva es congénita o no; si el uso del lenguaje oral es elevado, la edad, la situación, etc.

Una de las decisiones en que los profesionales no pueden aconsejarnos es, ni más ni menos, en el efecto estético de tener un implante coclear. Sobre todo sucede en el caso de las personas que padecen alopecia, cuya suerte impedirá que una mata de pelo cubra la prótesis. Debo confesar que nunca me preocupé por ello: en mi humilde opinión, la independencia que da poder cerrar los ojos y seguir formando parte del mundo sonoro elimina cualquier tara estética que pueda causar.

Otros se preocupan por vivir atados a un hospital. Esto es una vieja leyenda urbana que habría que dejar fuera de nuestra cavilación: En la mayoría de los casos, son sólo dos días de ingreso en el hospital y luego, visitas periódicas acordadas con el programador y con el médico en cuestión. Una persona experta en esta materia, o que lleva enganchada a una prótesis coclear desde hace tiempo, puede perfectamente no pasar por el hospital más que una vez al año para una revisión y re-programación del mismo.

Poniendo en la otra balanza los conceptos “independencia” y “autonomía personal” o, lo que es lo mismo, sopesando los valores de desengancharse de las preguntas viciadas como “¿De qué están hablando?” o “¿Qué ha dicho?”, contra un factor estético que no nos va a hacer oír mejor; o un miedo escénico al bisturí que también nos va a cerrar las puertas del sonido y la integración social.

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Destronando un mito

Personas sordas y música. Paradojas de la vida, que dirían algunos. Los ritmos y las voces ahogadas en melodías pueden resultar, en el mejor de los casos, un desafío a la ignorancia de quienes piensan que el único enlace probable entre oído musical y personas con deficiencia auditiva es Bethoveen cuando, en realidad, ya de por sí, el silencio resulta melodioso.

Comprobé la hazaña recientemente en un bar: mi amigo sordo me preguntó qué cuál era la canción que sonaba a gran volumen en el antro. “Shut up”, le contesté, refiriéndome al antológico tema de The Black Eyed Peas. Quedé asombrada cuando, tras darse por enterado, comenzó a mover los labios acertadamente desgarrando, una a una, las palabras en inglés que contenía la letra.

“Shut up” no es, precisamente, una canción fácil: El ritmo conforma una “base” (es decir, un conjunto de repeticiones rítmicas y melódicas muy utilizados en el género rap). Repetitiva y uniforme. Con una leve modificación en el estribillo incluso dificultosa para una persona oyente. Me pregunté cómo lo habría hecho y al poco caí en que mi amigo me preguntó al comienzo de cada canción que de cuál se trataba.

No fallaba una. Tenía bien aprendido todo el catálogo y se basaba, principalmente, en entrenar sus oídos y su capacidad de memoria en su casa al tanto que disfrutaba de la música. No era un melómano, pero podría llegar a serlo perfectamente: Si con la pérdida auditiva llegaba a dominar los estilos musicales de esa forma, no me quiero imaginar toda la discografía que podría archivar si no tuviera ninguna discapacidad sensorial.

Me asustaría. Tal y como me asustó, tal vez, el niño que felicitó las pascuas cantando un villancico en la web de CLAVE, durante todo el pasado mes de diciembre. Sentí miedo de que fuera sólo un mito antiguo sólo destronado por Beethoven la disociación de la música y las personas con problemas de audición. De nuevo una paradoja, ya que las nuevas tecnologías y los avances en prótesis mejoran cada día y adhieren más firmemente a las personas con discapacidad a una realidad con más horizontes, en donde el oído musical no está, ni mucho menos, limitado a la capacidad auditiva.

Lo peor es que no va a ser ni el primer ni el último mito a enterrar bajo un manto de razones obvias, sino que también significa un nuevo campo sobre el que investigar: ¿Mejoraría la percepción musical si se trabajara en las sesiones de logopedia? ¿Ayudaría a mejorar la confianza del joven en sí mismo y su integración si se potenciase su capacidad de disfrutar de la música? Podría ser.

Demostrado está que la música está presente en todas las culturas y que forma una parte fundamental de ellas, tanto individualmente como en conjunto. Por eso, y porque oído y voz no siempre van de la mano, la música es otra oportunidad que las personas sordas no deberíamos perdernos.

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De turrones y accesibilidad

¡La Navidad ya está aquí! Se anuncia, como cada año, con un sinfín de publicidad y promociones que, ligado a un afán de consumismo masivo adquirido con los años, llenan a los ciudadanos de planes de compras, además de poblar sus estómagos de langostinos y turrones.

Lo extraño se desprende de la facilidad con la que las compañías se olvidan de las personas con deficiencia auditiva en los días donde la prosperidad y los buenos deseos son los reyes de la interacción humana. Así pues, exceptuando contados casos ajenos a colectivo de la discapacidad y las instituciones públicas (Campofrío y Carrefour, entre las muy pocas que hay), no existe prácticamente ningún anuncio televisivo que cuente con subtítulos para personas sordas.

Y yo me pregunto, mientras hago zapping embobada frente a la televisión buscando publicidad accesible, ¿acaso no somos las personas sordas o con deficiencia auditiva parte del grupo de consumidores potenciales o posibles consumidores? ¿Acaso las empresas no quieren incrementar sus beneficios? Quizás es por eso por lo que yo no sé que cambiar de fabricante habitual me puede reportar ventajas de ahorro y funcionalidad, ya que no recibo esa nueva información por parte de los anunciantes. Lo que sí sé es que Campofrío tiene unas nuevas pizzas precocinadas que vienen con una salsa incluida que se vierte. Lo sé gracias a la página 888 del Teletexto que subtitula el anuncio cada vez que éste está activado. Lo sé porque Campofrío decidió iniciarse en la accesibilidad de sus contenidos publicitarios en febrero de este año que despedimos y ha continuado haciéndolo con otros productos, de cuya promoción me he enterado.

También Carrefour me contó, desde julio de 2008 y de forma personalizada, cuáles eran sus promociones más recientes mediante este sistema que, aunque podría mejorarse incrustando por completo el subtítulado dentro de la imagen (tal y como hacen los ministerios, Fundación ONCE y otras instituciones relacionadas con el colectivo) y así no tener que acceder mediante la página 888 del Teletexto.

No obstante, en cuanto a accesibilidad televisiva para personas con discapacidad auditiva refiere, algo me dice que mis deseos de prosperidad para el 2010 vendrán acompañados, además de por turrones y langostinos comprados en Carrefour, por la ansía de la total implantación de la Televisión Digital Terrestre y su completa implicación en la accesibilidad a los contenidos audiovisuales porque, ¿qué mejor garantía de rentabilidad de la inversión en publicidad hay que asegurarse que llegue a todo tipo de público?

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La deficiencia auditiva: ¿una desventaja laboral?

En una entrevista de trabajo que realicé recientemente, decidí no mencionar mi problema de audición. Fue una clara estrategia para no incomodar a mi interlocutor, aunque también me arriesgaba a darle una respuesta errónea a una pregunta que no oía bien. Aún así, decidí lanzarme al vacío con mi currículum en mano y sin advertir de mi discapacidad auditiva.

Craso error. No acerté a crear feed-back en casi ninguna de las cuestiones, por lo que decidí comentarle al jefe de Recursos Humanos que tenía una deficiencia auditiva no muy grande y que necesitaba más claridad y volumen en su locución. Su cara de asombro vino acompañada de un “¿Por qué no lo has dicho antes?” al que luego siguió un gesto de merecida desconfianza. Y, aunque ocultar no es mentir “del todo”, cuando lo que están midiendo es tu fiabilidad y capacidad para un puesto vacante en una compañía, uno no debe poner a prueba la paciencia del interlocutor, sino que éste debe llegar ya entrenado ante la situación.

¿Es un handicap o desventaja decir que uno tiene discapacidad auditiva? No siempre. La Ley 13/1982 de integración social de los minusválidos (LISMI) establece que las empresas privadas y públicas de más de 100 trabajadores deben contar con, al menos, un 2 por ciento de personas con discapacidad superior al 33 por ciento, dentro de su plantilla. A pesar de esta obligación amparada bajo una sanción, muchas de las empresas españolas no cumplen con la cuota y renuncian, en gran parte, a la grata experiencia de contar con personas con discapacidad en su plantilla.

“¿Grata experiencia?” Demostrado es que la contratación de personas con alguna discapacidad acarrea algún gasto de adaptaciones (subvencionado por el Estado gracias a las bonificaciones) y, a su vez, un incremento del bienestar laboral en cuanto a ambiente de trabajo se refiere: el incremento del compañerismo basado en la ayuda mutua y en la solidaridad. Aunque tampoco se trata de que nos hagan el trabajo, ¡no, por Dios! En la carrera de la autosuficiencia somos nosotros, los que tenemos la discapacidad, los únicos beneficiarios de nuestro esfuerzo.

La contratación de personas con discapacidad se ha visto aumentada en estos últimos años, no sólo por el refuerzo de la LISMI con la LIONDAU, sino por la paulatina aceptación de que las personas con discapacidad podemos realizar el trabajo no mejor, ni peor, sino igual que una persona sin discapacidad. Pues la discapacidad es un handicap social que no debe afectarnos a título personal.

Siempre digo que cuando yo me levanto por la mañana, desprovista de mis implantes cocleares, no me considero una persona con discapacidad auditiva. Es mi forma de vivir: hasta un rato después del primer café matutino no me conecto al mundo sonoro. Incluso ya cuando la batería hace contacto y el ruido invade mi cabeza, sigo sin ser una persona con discapacidad. Sigo siendo yo, con mis más y mis menos, y éste es todo mi patrimonio. Jugaré, pues, en el plano profesional, mis cartas con la mejor mano que pueda tener, y tendré las oportunidades más afines a mi perfil si soy consciente del mismo con anticipación. Es decir, si asumo mis posibilidades, capacidades y limitaciones.

Por desgracia, las leyes y la cultura no entienden de esta corriente de la psicología en la que la aceptación personal conlleva a la aceptación social, y el proceso se vuelve a la inversa con toda facilidad.

Aún así, aunque todo lo que administrativamente y burocráticamente rodea a la contratación de una persona con discapacidad pudiera parecer un camino de rosas, el trabajador no debe caer en el juego de que su incorporación se deba sólo a un beneficio capitalista, sino que, aunque la compañía reciba una bonificación por la contratación, la capacidad y valía profesional de la persona con discapacidad no debe medirse, en ningún caso, en base a la cuantía de ésta. Por tanto, las personas con deficiencia auditiva tienen el derecho (y, por consiguiente, también el deber) de convencer con su profesionalidad a la entidad que les dé la oportunidad de demostrar lo que valen.

Recordemos pues, una vez más, que la discapacidad no implica, ni de lejos, una menor capacidad de la persona en cuestión.

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