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Mejor en familia

Blanca es tímida. Vive principalmente para adentro. Se piensa mucho las cosas y se fija en todos los detalles y matices. Para ella la existencia no es un continuo de blancos y negros. Y pone mucho empeño en no dar argumentos de brocha gorda, aunque le cueste hacerse entender. Ha reflexionado mucho sobre si su disposición a la reflexión tiene que ver con su discapacidad auditiva o es causa de su carácter: “Yo me recuerdo desde niña envuelta en ensoñaciones. Tal vez mis problemas de oído en la infancia me hicieran más reservada”.

La familia ha sido desde siempre uno de sus principales apoyos: “Recuerdo a mis padres siempre protegiéndome, sobre todo desde que me puse los audífonos. Pero ese plus, porque ellos pensaban que necesitaba más, lo ejercían de una manera muy sutil. Ahora lo puedo ver más claramente. Hicieron todo lo posible para que aprendiera a valerme por mí misma, pero siempre estaban ahí, un poco invisibles, como la red de un trapecista”.

Quizá por eso, porque lo ha visto en casa, porque ha significado mucho en los años más difíciles, Blanca se considera una persona muy familiar: “Entre los míos siempre me he sentido no especial, me he sentido una más del grupo. Y aquí tengo que citar a mi hermano pequeño. Es un amor. Todo cariño y buenos sentimientos”.

Por ello, de manera natural, en determinado momento Blanca se vio inmersa en un proyecto de familia. Primero con su pareja, después con la llegada de un hijo que ahora es universitario. “De lo que más me acuerdo cuando él era bebé era su interés por mis audífonos. Supongo que lo mismo que les pasa a los nenes con las gafas”, explica.


¿No ves que soy sorda?

A Blanca no le gusta trabajar cara al público: “Serán los miedos infantiles a no entender a los demás, a no oírlos bien. Además, no me gusta tener que usar la lectura de labios. Aprendí a hacerlo, pero prefiero que no haya necesidad de recurrir a ello”. Afortunadamente para ella, en su trabajo prácticamente no tiene contacto con gente externa a la empresa.

Ella desempeña su labor catalogando informes y documentos. Es un quehacer un tanto solitario, pero no le importa. “A veces me puedo pasar mi jornada completa sin apenas tener que hablar con ningún compañero -explica Blanca-. En otras ocasiones la conversación se ciñe al teléfono. He aprendido a encontrarme bien en la soledad. No lo echo de menos”.

Pero Blanca no es solitaria. Le gusta el trato con los demás. Simplemente es que sabe sacar provecho de los momentos personales. Ella no duda ni un momento en acudir a las celebraciones. Por ejemplo, cuando se acerca la Navidad los compañeros suelen montar una fiesta. Cada uno lleva un producto de casa o lo adquiere en el supermercado. Al final se terminan dando un buen festín. Aunque no siempre acaban bien. En cierta ocasión, un chico excesivamente eufórico se dedicó a mojar con cava las cabezas de los que le rodeaban. Y Blanca era una de ellas. Aunque no le cayó mucho líquido.

— ¿No ves que soy sorda? —exclamó Blanca, muy enojada.

Pues no. No lo vio porque no todos en la empresa lo saben. Ella procura que no se le noten. Nada más sentir la humedad, apagó los audífonos, retiró la pila y la secó. El patoso pidió disculpas y Blanca volvió a su despacho a recoger sus cosas y marcharse a casa. Al día siguiente todo regresó a la normalidad. Ya todos en la oficina conocen que tiene problemas de audición.


Los amigos no te dan de lado por llevar audífonos

Como todos los jóvenes, Blanca vino a “llevarse la vida por delante”. Le gusta mucho citar este poema de Jaime Gil de Biedma, un autor que conoció en esa época en la que todavía las emociones son un terreno inexplorado. Podría pensar que los libros eran su refugio, su manera de distanciarse de un mundo complejo para adentrarse en un universo de ensoñaciones. Fueron los tiempos en que más leyó y más disfrutó de esos escritores que iba conociendo. Narrativa y poesía, principalmente. Uno le llevaba a otro. No necesitaba que los audífonos funcionaran bien. Para la literatura le bastaba con su afición.

Blanca era consciente de que no debía aislarse. Por eso acudía también a los encuentros de la pandilla, que solían terminar en alguna discoteca. No era muy partidaria de gastar su ocio en esos menesteres. No le gustaba bailar y en esos ambientes se encontraba muy perdida. Tenía que hacer muchos esfuerzos para conseguir comprender lo que hablaban sus amigos. A veces no se enteraba de nada. Pero no quería encerrarse en su pequeña isla.

Ahora, ya en la madurez, Blanca cree que no si no hubiera sido sorda habría sido más fiestera: “Las circunstancias personales de cada uno nos van moldeando. Y yo no oigo bien, aunque los audífonos me permiten llevar una vida casi normal”.

Poco a poco, de manera natural, el gran grupo de amigos se fue partiendo en grupúsculos donde entraban en juego las afinidades. A Blanca le encanta el cine, a pesar de que alguna vez ha tenido dificultad para la comprensión de la película. Así que pronto se formó un conjunto de personas más inclinadas hacia el mundo cultural. De aquel entonces todavía conserva la amistad, intacta tras los años, de algunos: “La amistad está muy por encima de las características de cada uno. Estos grandes amigos jamás me dieron de lado por llevar audífonos”.


A favor y en contra de la sorda

Gracias a esa mirada serena, Blanca puede echar la vista atrás sin sentir ningún escalofrío. No es olvido ni inconsciencia. Recuerda nítidamente las burlas cuando llegó al colegio con sus primeros audífonos. Lo que sucede es que ha aprendido a relativizar el pasado, a usar las malas experiencias para fortalecerse.

“Me hace mucha gracia cuando se habla de la ternura de los niños. Conmigo fueron muy crueles mis compañeros de clase. No todos, claro. Siempre hay alguno que se pone de tu parte. A veces mis audífonos se convirtieron en el centro de una especie de guerra civil”, comenta Blanca.

“De aquel entonces la expresión que más me hería era la de sorda y gorda. Con los años me he estilizado bastante -explica-, aunque fue una época en la que me sobraban unos kilos. Entonces me hacía mucho daño, pero procuraba que no se me notara”. Sin embargo todo termina por normalizarse, hasta la diferencia, y pasada una temporada las bromas cedieron en gran parte.

Blanca es una persona introspectiva, con cierta propensión a la melancolía. Sin marcada tristeza, pero con un poso que le impide sacar a relucir su sonrisa con frecuencia. Ha pensado mucho sobre ello y no logra llegar a una conclusión: “Sé que parte del carácter tiene que ver con la genética, pero también influye el ambiente. Yo me volví más desconfiada cuando empecé a tener problemas de audición. La respuesta de mi entorno en el colegio no ayudó nada. Nunca he sabido hasta qué punto podría comportarme de otra manera si no fuera… sorda. Me cuesta usar esta palabra”.

En aquellos tiempos ella se sinceraba con un diario. Era su confesor, su cómplice, su pañuelo de lágrimas, su billete a un mundo más amable. Sonríe, ahora sí, cuando lo rememora.


Yo de niña oía bien

No ha sido siempre así. A partir de cierto momento, ya en su madurez, Blanca comenzó a ejercitar su memoria. Ella está convencida de que eso le sucede desde que ha vuelto a escribir, desde que ha retomado aquella pasión oculta de juventud. Siempre ha tenido buena capacidad para recordar, pero ahora es capaz de encontrar variedad de matices a su vida pasada.

Rememora sus primeros años con la sonrisa de quien añora aquel paraíso perdido de juegos en la plazoleta cerca de casa, la pandilla, las tonterías típicas de la edad. Es un tiempo de algodón azucarado en la feria del barrio, allá por finales de julio, momentos de algarabía, sin problemas, con todos los sueños por delante. ¿Quién le iba a decir a ella que luego vendría un paulatino silencio?

“Yo de niña oía bien. No puedo situar exactamente el año en que comenzaron los apuros -explica Blanca-. Fue en el colegio donde me di cuenta de que algo estaba empezando a fallar. Cada mes nos cambiaban de pupitre. Y en una de esas me tocó al fondo del aula. Hasta entonces no me había sucedido nunca. Pero allí estaba yo, intentado descifrar lo que decía el profesor”.

Se asustó. Lloraba por las noches, pero al principio no se atrevió a contarle nada a sus padres. Le daba vergüenza. De alguna manera se sentía culpable de no lograr entender, de no aprovechar las clases. Y llegaron las notas. Ella era una buena estudiante. Ni en el colegio ni en casa comprendieron el motivo de su alarmante bajada en las calificaciones. Hasta que no pudo más y relató a sus padres que no oía bien.

“Me sentí aliviada. Sabía que las dificultades no se iban a pasar solas, que tendría que ir a que me vieran los médicos, pero allí estaban mis padres para apoyarme y darme ánimos -comenta-. Yo les oía hablar y aunque no captaba todas las palabras una se me quedó grabada: audífonos”.


Soy sordo y te hablo en inglés

Más allá de títulos y certificados, Roberto se considera bilingüe. Su manejo del inglés tiene que ver mucho con su profesión de informático, aunque la base recibida en el colegio le haya ayudado bastante. “No era un colegio bilingüe, pero el nivel de idiomas extranjeros me ha permitido poseer un buen dominio del inglés, lo que me ha abierto más puertas en el ejercicio de mi vocación”, explica Roberto.

Es consciente de que el desarrollo de la tecnología ha permitido que los implantes cocleares evolucionen a gran ritmo. Sabe que hace unas décadas era muy difícil tener las mismas posibilidades que los normo-oyentes. “Y ahora podemos aprender inglés igual que ellos”, exclama cuando se le pregunta sobre el asunto. Pero no puede olvidar que los desvelos de sus padres están detrás de su formación y sus experiencias. Vale, disponía de aptitudes para asimilar la educación, pero el ambiente familiar favoreció sus ganas de saber. Tiene pendiente un viaje a Estados Unidos y fantasea con recorrer la América profunda, de costa a costa, con un coche alquilado.

En el mundo sordo se considera bilingüe a las personas que se expresan en lengua de signos y en lengua oral. Roberto es muy respetuoso aunque a la vez tiene las ideas muy claras: “A mí nunca me interesó aprender la lengua de signos. Consideraba, en cambio, que la lectura labial sí me ayudaba. Con el implante siempre me valió para llevar una vida normal. Sin embargo, en mi opinión, la lengua de signos te aleja de formar parte de la sociedad. Es una elección muy respetable y hay que apoyar su desarrollo. Pero para mí no es una opción”.


Benditos implantes

Se veía venir. Su abuelo había dado un bajonazo espectacular en lo que se refiere a salud en los últimos tiempos. Roberto asumía eso de que tarde o temprano todos nos vamos de aquí. “Nadie se queda para siempre”, comentaba las pocas veces que el tema salía. Él se llama Roberto en homenaje a él. Murió en su casa, rodeado de los suyos. No saben si era consciente de nada.

Roberto vivió todos los momentos desde que lo llevaron al tanatorio y luego al cementerio como si estuvieran pasando a cámara lenta. Lo que más le apetecía era quitarse el implante coclear y aislarse del mundo. Pero la presencia de familiares, amigos y gente que no conocía le obligaban a guardar un poco la compostura. En esos instantes solo le aliviaba la posibilidad del silencio.

Pasaron los días. Roberto cree que nadie se acostumbra a la ausencia de los seres queridos. El dolor siempre está ahí, aunque algunas veces se muestra más en la superficie. Llegó el día del funeral. Asistió mucha más gente de la que él pensaba. Su abuelo era una persona muy querida entre aquellos parroquianos.

Mientras él ocupaba un lugar junto a la familia, a una prudencial distancia se encontraba su núcleo duro de amigos. Alguno con implante coclear, como él. “Dios los cría y ellos se juntan”, dice el refrán. Pero en su caso tuvo que ver más con la casualidad y con la conexión emocional. Roberto nota que sus amigos llaman un poco la atención. Tiene unos segundos para abstraerse del duelo y dedicarle un pensamiento. Porque hay sordos que prefieren disimular el implante, con el pelo, un sombrero, una boina o una gorra. Pero otros no sienten ningún pudor. Rafa es uno de ellos: lleva el pelo rapado y el implante se le ve sí o sí. Antes de volver su corazón al recuerdo de su abuelo sonríe para sus adentros: “Benditos implantes”.


Un sordo al que echan del trabajo

Fueron unos años muy difíciles. Los despidos colectivos afectaron a muchas familias. ¿Quién no conocía a alguien implicado en algún Expediente de Regulación de Empleo? Roberto tenía amigos a los que la crisis, de alguna manera, se los había llevado por delante. Nunca imaginó que a él también le podía pasar. Su sector, el de la informática, no era el peor situado para afrontar los vaivenes de la economía.

Le pilló completamente por sorpresa. Primero le costó comprender que su empresa tuviera graves problemas. Después no aceptaba que nadie de su entorno se hubiera percatado. Cuando cayó la noticia bomba lo que se le vino a la cabeza es que ante un ERE “todos somos iguales, sordos y normooyentes”.

La compañía donde trabajaba era de un tamaño medio. Contaba con un comité de empresa que debía negociar con la dirección las condiciones del expediente. Roberto, sin demasiados conocimientos sobre derechos laborales, se interesó por las posibles protecciones frente a un despido. Entonces asumió que ese posible blindaje afectaba a los representantes de los trabajadores, que tienen derecho preferente a permanecer en la empresa si la medida no afecta a la totalidad de la plantilla. También están protegidos los empleados en función de los derechos fundamentales y las libertades públicas. Había otros supuestos, pero él no entraba en ninguno.

Todavía faltaba por saber qué criterios iba a aplicar la empresa y si él iba a estar o no en la lista de despedidos. Recurrió Roberto al asesoramiento de un amigo abogado, quien le explicó que los representantes de los trabajadores pueden establecer en el curso de la negociación una prioridad de permanencia (empleados con cargas familiares, mayores de determinada edad o personas con discapacidad). Tras meditarlo ampliamente, decidió no comentar esta posibilidad con el comité de empresa. Sordo, sí. Pero lleva una vida muy parecida a la de los demás gracias a su implante coclear. La mitad de los trabajadores tuvieron que salir. Él también. Pero al poco tiempo estaba trabajando de nuevo.


Yo quise ser informático

Su dedicación a la informática no es fruto del descarte. “Voy a ser lo más sincero que pueda -explica Roberto-. Me he dedicado a esta profesión porque es la que prefería. Nunca pensé que mi sordera me iba a privar de trabajar en lo que me gustaba. Podía haber estudiado Medicina o cualquier otra carrera. Pero he hecho lo que quería. Se puede decir que soy una persona afortunada”.

No ha querido Roberto especializarse en aplicaciones y programas para sordos: “Hay otras personas que se ocupan de hacerle la vida más sencilla a los que tienen discapacidad auditiva. Yo, en cambio, quería trabajar en un campo que no tuviera demasiado que ver con la sordera”.

Roberto se considera un privilegiado en materia laboral: “A pesar de mi implante coclear, o tal vez porque me permite competir en casi igualdad de oportunidades con las personas sin problemas de audición, no he estado prácticamente en el paro. Mis amigos dicen que soy bueno en lo mío. Pero no puedo olvidarme de que la mayoría de esta colectivo forma parte de las listas de desempleo, un 50%, según las estadísticas”.

Roberto es testigo de cómo las empresas desconocen la dificultad que las personas con discapacidad auditiva tienen para comunicarse con un grupo, para hablar por teléfono o cuando hay mucho ruido de fondo. Por eso, aunque él podría desenvolverse sin las medidas que garantizan el derecho a la igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad, logró que en la compañía donde trabajaba se adoptaran una serie de modificaciones: buena iluminación para facilitar la lectura labial, el uso de mesas de reunión ovaladas para hacer posible mantener el contacto visual con los participantes en las reuniones y el acondicionamiento acústico para que se eliminara la reverberación. Lástima que la crisis se llevara tantas cosas por delante.


A un colegio normal

Roberto agradece la decisión de sus padres de llevarle a un colegio de normooyentes. Esa ha sido siempre la línea seguida: el implante coclear sirve para enfrentarse a la vida con las mismas posibilidades que las personas que no sufren una discapacidad auditiva. Ahora lo puede asumir y verbalizar. Entonces solo hacía caso de las indicaciones familiares.

Entre sus compañeros había algunos amigos de la urbanización donde residía. La adaptación apenas duró. No se encontró con ningún gracioso, al menos que lo recuerde. Y todo fueron ayudas. Se encontraba tan a gusto que a veces se olvidaba de que llevaba un implante coclear. Tanto los profesores como los alumnos le consideraban un buen muchacho.

Su capacidad para seducir, su amabilidad, que tantos éxitos le han procurado en sus relaciones, no le restaron ganas para enfrentarse a los estudios casi con fiereza. Competía consigo mismo. Cuando llegaban las evaluaciones y algún otro compañero le superaba en sobresalientes torcía un poco el gesto. Pero pronto se le pasaba el enfado y le valía el suceso como estímulo para intentar superarse.

Lo tuvo muy claro desde el principio. No iba a ser un portento en el fútbol, pero tampoco iba a dejar de practicar ese deporte en el recreo. Los que preferían otros juegos no gozaban del prestigio de la normalidad. Así que Roberto, tras negociación con sus padres, decidió quitarse las partes externas del procesador antes de cada partidillo. Además, llevaba como protección un casco de rugby. No le molestaba demasiado en verano pero cuando el calor apretaba era un incordio. Nunca tuvo un golpe del balón que le afectara. Sus recuerdos futboleros son agradables por que el balompié le permitió estrechar lazos con sus compañeros.