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Que no se me vea el audífono

Rosa considera que fue feliz durante su primera infancia. No recuerda nada que perturbara los días apacibles de aquellos tiempos. Los problemas de audición todavía no habían aparecido y sus momentos se repartían entre la familia y los juegos. “Hay un antes y un después -rememora-. No puedo situar muy bien cuándo ocurrió. Pero todo empezó en clase: la dificultad para enterarme de lo que decía el profesor resultó la clave de que algo estaba pasando”.

Pasó Rosa en unos instantes de la vida en color rosa a los tonos oscuros: “No entendía qué sucedía. Al principio no quería hablar de ello con nadie. Lloraba mientras intentaba dormirme. Pero mis padres detectaron que algo raro estaba ocurriendo. A ellos me aferré. Como no podía ser de otra manera”. Tras unas consultas en el colegio, el siguiente paso fue que la niña se sometiera a distintas revisiones. Desde el principio sus padres intuyeron que podría ser algún problema de audición. Ellos deseaban que fuera algo temporal.

“No es que me divirtiera -explica- yendo a médicos y realizando distintas pruebas. Pero creía que gracias a eso mi vida podría ser como antes. Pues me equivoqué. Lo de antes se quedó en el pasado. Tendría que llevar audífonos para poder acercarme a oír como una persona normal. Jamás había oído esa palabra. Me asusté un poco”.

No fue fácil la adaptación. Rosa se resistía a llevar “eso”. Pero pronto empezó a notar las ventajas de “eso”. Poder volver a oír casi como antes dulcificó su carácter y venció sus resistencias. Ahora quedaba un camino por delante: cómo hacer para que no se le viera.


Audífonos, asunto personal

Rosa no se fía de nadie. La desconfianza es su estado natural. Claro que hay cosas que estimulan su día a día: la convivencia con su marido y sus dos hijos, la relación con sus padres y sus hermanos… Pero un sexto sentido le dice que tiene que estar en guardia, que el mundo es agresivo, que nunca se sabe por dónde pueden venir los ataques.

¿Serán los audífonos los que propician su guerra con el mundo? Rosa cree que no. Aunque también en esto tiene una actitud muy defensiva. Es una experta en camuflarlos, hasta el punto de que mucha gente de su entorno laboral desconoce sus problemas de audición.

Mantiene sus amistades, un pequeño círculo, de los tiempos de su juventud. Con ellos sí puede abrirse. Se siente como en casa. Son su “gente”. Ellos conocen su particularidad y siempre se ha sentido aceptada. No tiene que disimular.

En el trabajo es muy distinto. Aunque alguna compañera que entró al tiempo que ella sabe que lleva audífonos, prefiere que este asunto quede en la intimidad. Cree que podría resultar perjudicada. Ya tiene problemas constantes, roces con unos y otros. “Si se enteran de que soy sorda, seguro que me convierto en motivo de chiste”, explica a sus allegados.

En una ocasión su jefe directo la llamó al despacho. El motivo de su queja fue muy duro: “Rosa, creo que no estás capacitada para trabajar con nosotros. Estás quemando tus últimas oportunidades”. Salió llorando, con ganas de revolver Roma con Santiago, pero lo pensó mejor. Intentaría hacer cambiar de opinión a su superior. Pero prefirió mantener con discreción el asunto de sus problemas de audición. No quiso aferrarse a una posible discriminación para pararle los pies a su jefe.


Algún día tal vez lleve audífonos

Susana vive en un bucle del que parece que no va a salir nunca. Su madre sigue sin adaptarse al audífono. Cuando se lo colocan en el centro audiológico todo va sobre ruedas. Pero al llegar el momento de ponérselo ella comienzan los problemas. Por eso van a probar con otro modelo más fino.

María sigue muy baja de moral. Intenta llevar la vida de siempre, pero no está bien. Ella dice a sus dos hijas que la llamen por la mañana para no levantarse tarde. Ha dejado de usar el despertador de luz. Incluso recurre a su hermano para que pase a buscarla y que no se le peguen las sábanas.

Toda la paciencia que Susana genera con su madre es la que le falta con su compañera Rosa.Y lo verbaliza en cuanto tiene ocasión, pero siempre con gente ajena a su entorno laboral.

- Casi nadie sabe que Rosa es sorda y que lleva audífonos. Los camufla muy bien. Entramos casi al mismo tiempo a trabajar en la empresa y ella me lo contó. El resto de la gente de la oficina se pregunta por qué grita tanto. Y sobre todo por qué grita esas tonterías. Su tono de voz se ha hecho muy insoportable. Incluso ha tenido alguna queja de los clientes por su manera de dirigirse a ellos.

No cree Susana en el destino y mucho menos en el karma, pero empieza a asustarse de tanta coincidencia: su madre, su compañera Rosa, su tío también tiene problemas de audición, aunque de momento se niega a hacerse una revisión audiológica que le indique el estado de su salud auditiva. Y una idea le viene a la cabeza: algún día quizá yo también necesite llevar audífonos.


Mis problemas con el audífono

María alterna las solicitudes de ayuda entre sus hijas. Esta vez le ha tocado a Laura, que atiende a su madre con delicadeza.

— Laurita, necesito que vengas a verme esta tarde.

— Tengo un día complicado, mamá, pero haré todo lo posible —contesta Laura.

Laura se dio prisa para poder salir del trabajo a una hora prudencial y acudir a visitar a su madre. Pensaba que el foco de sus problemas era el nuevo audífono, pero la impresión que le causó fue que enfrente tenía una persona con mucha necesidad de apoyo.

— No me encuentro bien últimamente. Es la tensión. Creo que voy a tener que ir a urgencias. Y alguna de vosotras me tiene que acompañar.

— Lo que tienes que hacer es serenarte y no asustarte por todo. Pero no te preocupes. Si tienes que acudir al médico, iremos contigo. ¿Y con el audífono qué tal?

— Pues sigo con problemas. Ya sabes que mi conducto auditivo es muy pequeño. Y no logro acertar para ponérmelo. Voy al sitio donde me lo vendieron y alguna de las chicas que están allí lo vuelve a colocar. Atiendo sus explicaciones, pero cuando me toca hacerlo a mí no soy capaz. Como tengo el plazo de un mes, he pensado en no comprarlo.

— Eso de ninguna de las maneras —Laura se pone muy firme.

Laura intuye que el origen del estado depresivo de su madre tiene que ver con sus problemas de audición. Se retrae porque no oye y se produce el aislamiento. Así no puede continuar. Necesita los consejos de un profesional: ponerse en manos de un psicólogo. Y perseverar con el audífono hasta que consiga colocárselo sin problemas.


El audioprotesista

Susana no se fía del todo de su madre. Sabe que María está capacitada para desenvolverse con normalidad. Pero también conoce que cuando su madre se ofusca es mejor que tenga cerca a alguien que pueda ayudar a que se desbloquee. Por eso se había anticipado a ofrecerse como acompañante. Y por eso también había intentado informarse. Se citaron en una cafetería cerca del centro. Tras tomar un café hacia allí se dirigieron. Fue Susana la que tomó la iniciativa.

— Buenos días. Quiero hablar con el audioprotesista que ha tratado a mi madre.

— Ahora mismo le atiende nuestro audioprotesista —contestó una mujer.

De una sala interior salió un hombre, que reconoció a María. Ambos se saludaron con cordialidad.

— Dígame María. ¿En qué podemos ayudar?

— Por fin me he decidido con el audífono.

— Recuerde que tiene un mes de prueba. Si no está conforme con el resultado, no está obligada después de ese tiempo a adquirir el producto.

Susana se sintió en la obligación de intervenir.

— Disculpe. Soy la hija de María. Quería hacerle alguna observación, porque he leído en Internet que este centro ha tenido ciertas quejas porque son comerciales las personas que atienden. Vamos, que no cuentan con audioprotesistas.

— La situación a la que se refiere fue un hecho puntual ya hace unos cuantos años. Y se solucionó muy pronto. En el caso de este centro el audioprotesista soy yo. Para las indicaciones de cómo colocarse el audífono pueden ayudar mis compañeras, que son comerciales, como usted indica. Es un asunto muy delicado. Por eso ha de ser un especialista quien realice la evaluación teniendo en cuenta las necesidades del paciente y la posterior adaptación. En esto cada persona es un mundo. A mí me toca también realizar el seguimiento.

Susana por fin se quedó más tranquila. Ahora solo queda esperar cómo se adapta su madre al nuevo audífono.


Un audífono con descuento

A Susana le extrañó muchísimo el mensaje de voz que su madre le había dejado en el contestador del móvil. Estaba con nuevos cometidos en la empresa y muy volcada en las tareas que la estaban encomendando. Volvió a escucharlo y la perplejidad cedió un poco. A fin de cuentas, María es un poco melodramática. Le gusta exagerar.

— Susana, hija. He tomado una decisión definitiva. Por fin voy a empezar una nueva etapa.

Cuando se lo puso por tercera vez le entró la risa. Era la forma que su madre tenía de decir que ya era hora, que iba a comprarse el audífono. Quiso, no obstante, asegurarse de que su interpretación era la correcta. Cuando tuvo un momento libre salió de dudas.

— Mamá, no te he podido llamar antes. Cuéntame. ¿Qué es eso tan importante que tenías que decirme?

Susana sabía que era mejor envolver la conversación en cierto misterio.

— Pues que ya he estado en una tienda para comprarme el audífono. Quiero de todas maneras que me acompañes. Me agobio mucho con las cosas que me dicen y prefiero que estés tú cerca para que te enteres de todo. Me hacen un descuento especial por el día de los enamorados.

Esta declaración de intenciones irritó un tanto a Susana, que no comprendía que su madre buscara ofertas en algo tan delicado como la salud.

— Claro que voy a acompañarte. Y voy a hacer todas las preguntas del mundo. No es lo mismo adquirir un audífono que unas salchichas en un hipermercado. Aquí lo del 3×2, ya sabes, llévese tres y pague dos, no procede.

A María le entró la angustia por si no estaba eligiendo correctamente. Susana la intentó tranquilizar. Aunque no le gustaba que su madre dependiera cada vez más de ella.


Se me cae el audífono

Ella piensa que si no se habla de las cosas no existen. Actúa como aquel enfermo que evitaba nombrar su dolencia para así alejarse de ella. Se resiste a cualquier cambio porque “no es el momento”. Su mejor argumento es que “tiene que cambiar el tiempo”. Y es que el frío, la lluvia o los días nublados la paralizan. Su hija Susana cree que si pusiera toda la energía mental en buscar soluciones a los problemas en vez de en encontrar excusas para todo, le iría mucho mejor.

Entre los pocos asuntos con los que bromea María se halla su pequeñez.

— Yo soy pequeña. Mis encantos, como el perfume, están en frascos diminutos. Manos pequeñas, pies pequeños…

En alguna ocasión se le ha caído el audífono. Cuando recuerda alguna de esas veces lo relata como consecuencia de sus “peculiaridades”.

— Claro, como tengo el oído pequeño no entra bien y se me cae.

En su intento de retrasar el nuevo audífono ha llegado a decir que “para qué lo va a encargar, si lo va a terminar perdiendo”. Su otra hija, Laura, opina que su madre está bastante molesta porque a otros amigos de su edad que usan audífonos les va estupendamente.

—En vez de aprovechar para poder llevar una vida placentera como sus amigas, entra en bucle con la afirmación de que a ella los audífonos no le sirven para casi nada.

Como la primavera aún está lejos para que María entre en fase de optimismo, Susana y Laura han decidido que le van a dar un ultimátum. No es la primera vez. Saben que a veces hay que exagerar para que su madre termine actuando correctamente.


Se quitó el audífono para una cita

María se hace la remolona. Está dando largas a colocarse el audífono que necesita. Para el otro oído. Ya está superada la crisis de la financiación. Sus hijas y su hermano son una piña y van a ayudar en todo lo que sea necesario, no solo en lo material. Pero ella aprovecha los tiempos muertos que va dando la vida en el día a día y lo pospone sin motivo.

Laura y Susana tratan de evitar el bloqueo de su madre. No lo tienen fácil.

— Acuérdate —explica Susana a su hermana— cuando conoció a aquel señor que tanto le gustaba. En su primera cita quedaron en ir al cine. Como mamá es así, pues se quitó el audífono. No se enteró de nada de la película ni de la conversación con él, supongo, pero esa fue su ocurrencia para causar mejor impresión al caballero. A mí me decía que lo hizo porque le pita el audífono en el cine.

— O las broncas con la vecina —respondió Laura— porque se quitaba el audífono en casa y ponía la televisión al máximo volumen.

Las dos hijas han decidido hablar seriamente con su madre. Intentar convencerla de que no puede seguir así, que es preciso que se ponga el otro audífono si quiere recuperar cierta calidad de vida. Los argumentos apelarán al sentido común, pero María es tozuda. Además, no atraviesa su mejor estado anímico. Algunos problemas de salud la han llevado a una situación un tanto negativa. Le cuesta ver las cosas con serenidad. Laura y Susana tienen trabajo por delante, pero se han conjurado para que su madre entre en razón.


Mejor sin subtítulos

Susana y Laura están preocupadas. Notan a su madre como distraída. Y la última reunión familiar ha puesto sobre el tapete la necesidad de un audífono para el otro oído.

— Yo creo que a mamá le afecta no oír. Porque no se entera de nada y se siente desprotegida —comenta Laura.

— Pues algo tendremos que hacer. Si hace falta ayudar, pues ponemos un poco entre todos. Ya ha dicho el tío que es lo mejor, que cuanto antes lo hagamos, mejor para ella —responde Susana.

Las dos hermanas están dispuestas a sufragar gran parte del coste del audífono. Siempre ha sido así en su familia. Todo es de todos. Mientras hablan de este “rescate”, todavía desconocen que el tío Víctor va a hacerse unas pruebas al audiólogo porque siente que ha perdido audición. “Es el paso del tiempo”, piensa para sus adentros. No quiere preocupar de momento a sus sobrinas, a las que se siente muy unido. “Ahora lo que toca es que María recupere su normalidad”: esa es su filosofía.

María, por su parte, cree que con el otro audífono podrá llevar una vida más cerca de la normalidad. Está asustada, temerosa, porque otra vez las barreras se han levantado delante de ella. Intuye que es cuestión de días que las cosas empiecen a cambiar. Pero le cuesta aferrarse al optimismo.

Pensar en sus hijas y en su hermano la reconcilia con el mundo. Por eso le aterra pensar qué sucedería si no los tuviera. Ahora se encontraría en una especie de callejón sin salida. Afortunadamente están a su lado. Sabe que puede confiar en ellos, que en una temporada quizá pueda volver a ver la televisión sin necesidad de subtítulos.


Necesito otro audífono

Las fiestas son siempre motivo de encuentro. La cena se presuponía tranquila, cordial. Los comensales: los hermanos María y Víctor, y las hijas de ella, Susana y Laura. El lugar: la casa de María. Ella ejercía como anfitriona y había dedicado gran parte del día a preparar todo para que la velada fuera grata.

La televisión, de fondo, atronaba en el salón. Es la costumbre de María, que ya le ha costado algún enfrentamiento con la vecina. Ella dice que con su audífono le basta para llevar una vida normal. Y hasta ese encuentro sus hijas pensaban que así era.

A los postres, Víctor tomó la palabra con cierta solemnidad.

— Tengo que hablaros de un problema que tiene vuestra madre.

Tras un silencio un poco forzado, Susana y Laura se miraron perplejas.

— María cada vez oye peor. Necesita un sonotone…

Laura le cortó con cierto enfado.

— No me gusta eso de sonotone. Queda como antiguo. Esto es algo muy serio como para plantearlo esta noche.

María mediaba para que no terminara la cena con una discusión familiar. Víctor volvió a tomar las riendas de la conversación.

— No os preocupéis. Usaré otra palabra. Vuestra madre necesita un audífono para el otro oído.

— Así que oye mal y entre los dos decidís que tiene que ponerse un audífono. No sabía que fuerais tan expertos —dijo Susana.

A punto de llorar María intervino.

— Cada vez oigo peor. No es algo que se nos haya ocurrido sobre la marcha. He ido al audiólogo y es él quien lo recomienda.

Decidieron entonces que la mejor manera de cerrar el tema, al menos de momento, era fundirse en un abrazo los cuatro.