Ocio

A mi padre le falló el oído

Su padre se llama Ricardo, como él. Sonríe pensando en esa costumbre de tantas familias de perpetuar el nombre de los progenitores. Considera una suerte poder echar mano de los recuerdos de sus antepasados y que lo blanco predomine sobre lo negro. Como las historias de Ramona, esa abuela sorda, de la que apenas tiene memoria personal. Aunque era conversación recurrente en los encuentros anuales señalados. Las mismas anécdotas, el mismo ambiente entrañable, el sentido homenaje.

Tras la muerte de la Ramona la sordera quedó en el vestigio de otros tiempos, en los relatos de aquellos entonces. La vida siguió su curso, con sus luces y sombras, con su perfil amable y con el lado oscuro. Hasta que su padre comenzó a quejarse de que no oía bien. “Cosas de la edad”, pensó Ricardo, que le animó no obstante a acudir al especialista. “Esto no es como lo de la abuela”, reflexionaba en voz baja. Su padre, ya jubilado, no había tenido ningún problema hasta ese momento. “La pérdida de audición asociada a la edad es más frecuente de lo que pensamos”. Esta es la frase que más oyó en su periplo por las distintas consultas.

De aquellos días conserva Ricardo la imagen de la nueva vitalidad de su padre tras ponerse audífonos. Era otro. Bueno, era él, pero más parecido al de siempre. Han pasado ya unos años desde entonces. Pero puede asegurar que su padre se ha mantenido activo gracias en buena parte a esos audífonos, que le han permitido llevar una vida social aceptable. Ya está mayor, pero no pierde detalle de las conversaciones. Y eso agrada a Ricardo, el hijo, porque sigue la conexión entre ellos.


Un teléfono como los de antes

Los esfuerzos de Ramona y Joaquín terminaron dando sus frutos. Dejaron la casa de sus huéspedes, junto a sus hijos Ricardo y Alicia y pudieron comprarse un piso donde llevaron una vida familiar. Las inconveniencias de la sordera de Ramona se paliaban con el esfuerzo de todos por comunicarse. A fin de cuentas, ella les hablaba, aunque apenas pudiera oír lo que le respondían.

Ella nunca dejó de buscar sus estrategias particulares para manifestarle a sus hijos su manera de ver el mundo, sus consejos. Sin olvidar sus trucos para la rutina diaria. Ramona no oía el teléfono. Pero se instalaba en el sofá, cerca de la mesita donde reposaba el aparato. Cuando sonaba, podía sentir la vibración y entonces lo cogía. Lo más normal es que fuera alguno de sus hijos. Si estaba su marido era él quien se ponía. Para los momentos en que se encontraba sola desarrolló un plan. Como lo habitual es que fuera alguno de sus hijos recitaba siempre un discurso para los dos, tipo: “Si eres Ricardo, que sepas que ya han traído el paquete de Correos que estabas esperando. Si eres Alicia, tu amiga Rosa ha venido a casa preguntando por ti. Os quiero a los dos”.

Su nieto se ríe ahora rememorando la anécdota, transmitida de generación en generación. Menuda era la abuela Ramona. Se imagina además esos viejos cacharros que se usaban para la comunicación telefónica. Pero aquellos eran otros tiempos. Ella leía los labios de sus hijos y su marido para comprender lo que le decían. Nunca le oyeron en casa queja alguna respecto a su discapacidad auditiva. Pero no era resignación. Simplemente Ramona se aferraba a la vida con todas sus fuerzas.


La ropa huele a cocido

Las guarderías y la educación infantil no formaban parte del mundo de sus abuelos. Tampoco la vivienda habitual, al menos en los primeros años de su matrimonio. A Joaquín, el abuelo de Ricardo, le costó quitarse la mala fama de no estar alineado políticamente con lo establecido, pero al final su quehacer profesional le sirvió para redimirse. El paso del tiempo cura muchas cosas.

A la familia (en principio Ramona y Joaquín) solo les daba el dinero para alquilar una habitación en una casa de huéspedes del barrio de Salamanca, en Madrid. Ramona comenzó a arreglar vestidos, pero pronto se atrevió a confeccionarlos ella misma. Mientras, Joaquín se ganaba unas pesetas como ebanista. Todo muy precario. Pero estaban empezando. Tenían ilusión. La sordera no le impedía a Ramona expresarse verbalmente. Solo lo hacía sin pudor con los más próximos.

Pronto vinieron los niños. Primero, Ricardo. Un año después, Alicia. Y los pequeños acompañaban con sus juegos mientras su madre cosía en la misma habitación donde antes vivían dos personas y ahora cuatro. Joaquín iba dejando patente que era un profesional como la copa de un pino y Ramona había conseguido como cliente a una señora de la zona con bastantes recursos.

Alquiler de habitación con derecho a cocina. Allí se tenían que turnar las distintas familias para preparar sus guisos. Ramona no podía fiarse del sonido cuando alguno de sus preparados comenzaba a hervir. Necesitaba acudir con demasiada frecuencia para comprobar el proceso. Pero la cosa empeoró cuando comprobó que otras personas allí alojadas hacían excursiones a su cocido.

Ella no podía permitirse dejar sin comer a los suyos por culpa de unos desaprensivos. Así que para hacer guardia se llevaba las telas a la cocina. Allí en los fogones, terminaba de dar forma a los vestidos. Su principal fuente de ingresos, la señora bien, se esfumó. Por culpa de los garbanzos. Le costó entender lo que ella le explicaba, pero lo entendió por fin al leer los labios: “No te encargo más ropa, porque huele a cocido”.


¿Te puedo ayudar en algo?

Tiene sus cosas. Es muy suya. De puertas afuera todo el mundo piensa que está ante un ser maravilloso. Consecuencia de su fuerza seductora. Pero en las distancias cortas puede llegar convertirse en una persona con cierta tendencia a la manipulación. Desde el respeto y el cariño es fácil comprenderla. Pero hay que mantener la atención. Así piensa Raquel de su madre, de quien ha heredado esa manera positiva de enfrentarse al mundo.

Seguro que tiene días en los que se viene abajo, pero la sonrisa en la cara aparece casi siempre. Se cae y se vuelve a levantar. “Yo de mayor quiero ser como mi madre”, confiesa Raquel a su círculo más íntimo. Ni la pérdida de audición ha podido con su entusiasmo.

Sospecha Raquel sin embargo que en lo más profundo del alma de su madre hay una pena por el paso de los años y sobre todo por tener que llevar audífonos para poder comunicarse de una manera más o menos normal con su entorno, para poder disfrutar de los pequeños placeres que le otorga la vida, de sus aficiones… En definitiva, del día a día. Pero ella no se lo va a permitir a sí misma. Necesita que la fuerza le sirva para recuperarse de los pequeños baches. Y no lo hace por disimular. Es por ella misma.

Al poco de empezar a usar los audífonos, en vez de venirse abajo, decidió empezar a ayudar a los más necesitados. Desde entonces colabora como voluntaria en algunas fundaciones que se ocupan de gente que está atravesando momentos de difíciles. Cada cierto tiempo la puedes encontrar en algún supermercado pidiendo alimentos en las campañas organizadas para ayudar a los que menos tienen. Raquel se conmueve con esa actitud. Sí. Definitivamente. De mayor quiere ser como ella.


Ahora te protejo yo a ti

Es lo habitual. Comenzar el año con buenos propósitos: cuidarse con las comidas, hacer deporte, enfadarse menos, demostrar más los afectos. En su caso tiene otra tarea por delante: dejar de inmiscuirse en algunas parcelas de la vida de su madre. No lo puede evitar. Es una especie de afán protector. Se muere de ganas por dar el visto bueno a todas las amistades de su madre.

Raquel es así. Tiende a proteger a los suyos. Aunque sabe que su madre no lo necesita en exceso. Cuando empezó a perder audición le dio por cerrarse, no salía y estaba bastante triste. Desde que se puso los audífonos es una persona nueva. En el fondo le divierte ver cómo se arregla para salir con su grupo, al teatro, al cine o a bailar. Raquel imagina que igual hasta tiene un novio. Es una sensación contradictoria. Su padre hace tiempo que no está con ellos. Y le sume en la nostalgia acordarse de él. Pero, por otra parte, le alegra que su madre mantenga, a sus años, la ilusión.

Ella se hace muchas veces la pregunta: ¿Si mamá oyera bien estaría tan pendiente de sus posibles relaciones sentimentales, de quiénes son sus amigos? Pero no tiene clara la respuesta. Intuye que preocuparse de los allegados es lo más natural. Aunque también piensa que desde que detectaron que su madre había perdido capacidad para oír se sintió en la necesidad de brindar su protección.

Su madre es lo bastante independiente como para reclamar la ayuda de Raquel o de su otra hija. Está feliz de tener un círculo amplio de amistades, de poder seguir disfrutando.


No me llames sorda

Aunque su madre dice que no le molesta el término de sordo, Raquel intuye que esa palabra no es muy de su agrado. Ella prefiere decir que ha perdido algo de oído. Con frecuencia el tono y el matiz de la palabra sordo se emplea con cierto desprecio. A veces ella se refiere a sí misa como “la sordita”. Pero solo en ambientes de mucha confianza. “Las mujeres tienen la ventaja de que con el pelo largo pueden disimular sus aparatos —confiesa Raquel—. En el caso de mi madre no sé si pesa más la coquetería o la intención de que no conozcan que no oye bien”.

Tras la pérdida de audición, la madre de Raquel ha pasado a formar parte de una nueva comunidad de personas, con la misma dignidad que el resto. Sin embargo, ha podido confirmar que existe mucha falta de respeto, que los prejuicios se mantienen en la sociedad española, que la palabra sordo muchas veces implica algo más que diferencia. A Raquel no le preocupa en exceso porque el entorno de su madre la trata magníficamente, pero nadie está libre de encontrarse con algún cafre cualquier día.

“Sigo siendo yo, lo que pasa es que ahora oigo mal”. La madre de Raquel se defiende de esa visión discriminatoria que tiende a pensar que la falta de alguna capacidad nos rebaja en la categoría de persona. A Raquel le da mucha rabia que tal vez se ha encontrado con alguien que se haya reído de ella o tratado mal. “Y tal vez le haya pasado, pero no se ha dado cuenta —piensa Raquel— pero es tan optimista que estoy segura de que archiva lo poco malo que haya podido sufrir”.


No volveré a ser joven

“Qué lástima llegar a vieja. Ya no me puedo mover con la soltura de antes. Tampoco es que vea como cuando era joven. Y de oír ya ni hablamos. Aquí me tienes, con mis audífonos”.

Lo dice con tono jocoso. Raquel conoce la ironía de su madre, pero no deja de pensar que esas palabras esconden una pequeña queja. Ella no entra en porcentajes. No los necesita. Sabe, por ley de vida, que las personas mayores sufren problemas auditivos. Entonces recuerda algunos versos del poema de Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

“Mamá ha sabido adecuarse a su edad biológica. Es consciente de sus limitaciones y pone todo el empeño en salvarlas”. Son las frases que se repite Raquel una y otra vez en lo más profundo de su ser, a modo de mantra. Es cierto que su madre representa un ejemplo. Su actitud vital es digna de elogio.

Aunque debe estar en guardia. El fantasma de la depresión está ahí. Le han dicho que la sordera puede conducir a depresión en personas mayores. Con su madre parece que no hay peligro. No es de las que se aísla. Al contrario. Es muy sociable.

Pero no conviene darlo todo por sentado. Le corresponde estar pendiente. Y acompañarla a las revisiones audiológicas. La calidad de vida, eso es lo importante llegado cierto momento. Y ahí estará ella, para lo que necesite su madre. Su hermano también. Porque casi nadie se libra de las pérdidas auditivas. Todos seremos sordos, se dice una y otra vez mientras observa con ternura a su madre.


Fiesta

Nochebuena y Navidad, la primera parte de una larga fiesta. A ella le gustan las celebraciones, aunque como es natural echa de menos a los que no están y le asaltan unas tímidas ganas de llorar mientras brinda con sus hijos. Le molestan los ruidos de petardos, desde siempre. No entiende que la gente disfrute con el ruido. “Debería estar prohibido”, exclama ante la aprobación de los presentes.

Durante la preparación de la mesa y el aperitivo decide fijarse en el informativo. Con el volumen más alto de lo normal. Lleva una temporada buena con el audífono, pero se siente más segura con la televisión a buen volumen. Entonces dan una noticia que les llama la atención: “El Parlamento de Andalucía ha aprobado la proposición no de ley que mejora la accesibilidad de los centros de salud para personas con cualquier tipo de discapacidad, después de que el pasado verano un paciente con sordera estuviera 7 horas esperando sin ser atendido en el hospital almeriense de Torrecárdenas porque no oía las llamadas del personal médico”.

La medida establece un plazo para elaborar un registro de centros hospitalarios y de salud que no cuenten con sistema adaptado. El propósito es conocer las condiciones básicas de accesibilidad y la relación de ayudas y servicios auxiliares para la comunicación y establecer un calendario para su implementación.

—Parece, mamá, que os empiezan a hacer algo de caso— exclama Raquel.
—Esto es una gota en el océano. Bienvenida, en cualquier caso.

Es una noche casi feliz. La madre de Raquel sigue con los ojos empañados. Con la mirada fija en la nostalgia de otros tiempos. Cuando no necesitaba ese aparato para poder oír. Pero está contenta. Sigue adelante y con las ilusiones intactas.


El viaje a ninguna parte

Jamás olvidarán ese viaje en coche. Las circunstancias influyeron mucho en aquel episodio. Y eso que tenían quince días por delante para disfrutar en Galicia, un lugar que encanta a su madre. Pero Raquel y su marido también tenían pensado aprovechar las playas, la gastronomía, las excursiones culturales. El verano y sus vacaciones empezaban para ellos con un pronóstico excelente.

A Raquel le gusta conducir. Desde joven. Y a Mario no le importa cederle el volante. Él se considera un consumado copiloto. Pero en esta ocasión estaba obligado a darle conversación a su suegra. Porque ella no aceptaba de buena gana cuando los dos miembros de la pareja hablaban entre sí. Ese día estaba especialmente intrusa.

“Una vez que llegamos a destino comenzó a aclararse todo lo sucedido. Mi madre -explica Raquel- no paraba de meterse en la conversación porque no se estaba enterando de nada. Era su manera de luchar contra la incomunicación. Pero a mí llegó a hartarme. Y no me gusta enfadarme cuando voy conduciendo”
No sabía en ningún momento si se dirigían a ella en la conversación. No se enteraba de casi nada. Y para evitar el enfrentamiento con su hija recurría a su yerno para preguntarle de qué estaban hablando. “Fue la primera vez que nos dimos cuenta de que el audífono de mamá no estaba bien ajustado. Cuando me percaté del origen del problema me dio cierta pena, porque llegué a ponerme a cien”, cuenta Raquel.

Saber que no oía lo suficientemente bien relajó la tensión. Procuraron hacerse entender en esas vacaciones, que finalmente fueron a gusto de todos. Aunque la protagonista del viaje tenía muy claro que a su vuelta iba a buscar solución a su problema.


Con la tele a todo trapo

Raquel suspira antes de hablar. Quiere ser comedida, que no le puedan los malos momentos, esos instantes al borde de la discusión, de la incomunicación. “Afortunadamente, ahora estamos mucho mejor. Tardó mi madre en hacerme caso y consultar con un especialista. Gracias a los audífonos nuestra relación ha cambiado. Y bastante”, explica Raquel.

La madre de Raquel vive sola hace más de quince años. Aunque sus hijos están muy pendientes de ella, no es lo mismo compartir el día a día que verte de vez en cuando: “Así es más difícil darte cuenta de los pequeños cambios. Nosotros no nos dimos cuenta de que estaba perdiendo oído. Al principio, claro”.

Las alarmas se dispararon con una disputa vecinal. Raquel y su hermano se encontraron de la noche a la mañana con un panorama en casa de su madre desconocido hasta entonces. “Jamás en la vida -afirma Raquel- hubo en el domicilio familiar un problema con ningún vecino. Estábamos extrañados y también asustados por mi madre”.

¿Cómo comenzó todo? Al lado de la madre de Raquel vivía una muchacha joven. Llevaba unos dos años en ese piso. Y nunca habían saltado chispas. ¿Qué es lo que había cambiado? Según relata Raquel, su madre tenía que soportar cómo aporreaban las paredes pidiendo silencio. Asustada, la madre no se atrevía pedir explicaciones, pero tampoco a dirigirse a la comunidad de propietarios.

Antes de dirigirse a la vecina, a Raquel se le ocurrió presentarse una tarde-noche por sorpresa en el domicilio de su madre: “Entonces me di cuenta. Tenía la televisión a todo trapo porque a un volumen normal no se enteraba de nada”. Tras disculparse con la vecina, convenció a su madre para que se hiciera unas pruebas. Ya habían localizado el problema.