Ocio

Implante unilateral

Alberto se ha implantado en el oído derecho. El implante en hipoacusia unilateral es relativamente reciente, pero su grado de éxito resulta notable, según revelan los expertos. Él sabe que su autonomía se va a reforzar y que va a recuperar calidad de vida. “Aunque si tuviera una máquina del tiempo iría veinte años después -explica Alberto- porque la técnica quirúrgica habrá evolucionado mucho”.

Sabe que todavía no es momento de implantarse en el oído izquierdo: “Me han dicho los médicos que mientras oiga es mejor que en este oído lleve un audífono. Así que estoy en una especie de espera continua. Pero no voy a perder mucho tiempo en pensarlo. Las cosas son así de momento. Ya tocará decidir más adelante”.

Recuerda con cierto tono humorístico los primeros momentos tras la operación: “Llevaba un vendaje en la cabeza que parecía un turbante”. El semblante le cambia cuando relata lo mal que lo pasaba en las curas: “Era tocarme y caía al suelo mareado. Pero por fin llegó el momento de quitarme los puntos. Sentía que faltaba menos para el final del proceso”.

Y Alberto tuvo que elegir el modelo de implante: “Había uno, el que va en la oreja, con procesador y bobina. El otro era con petaca y yo lo vi más complejo de manejar, aunque realmente se nota mucho menos”. Él prefiere que el resto del mundo lo distinga fácilmente, “porque así saben que soy sordo”.

La herida ya ha cicatrizado y está pendiente de que le pongan la parte externa, a encontrar fechas que cuadren con el programador. Y pronto al logopeda. Necesita clases, entrenamiento, ejercicios para que el cerebro empiece a captar todo y a asimilarlo. Es otra forma de oír distinta. Se jugará también con la memoria al haber oído con anterioridad. Alberto lo está deseando.


Ahora la parte externa del implante

“La recuperación está siendo molesta. A lo normal en estos casos se añade que he tenido conjuntivitis en el ojo izquierdo y parálisis facial en el lado derecho. Esto me ha fastidiado. No podía mirar el teléfono móvil bien, y es lo único que me distraía”, explica Alberto.

La intervención en la que le iba a realizar el implante coclear estaba prevista para febrero, pero le llamaron antes y Alberto no dudó ni un momento en aceptar este cambio de planes. Mientras espera que cicatrice todo bien repasa aquellos momentos: “Mi operación tenía alguna complicación extra, porque soy diabético. Por eso controlaban el suero con glucosa. Una vez que se me pasó la anestesia paliaron los dolores con calmantes rápidos”.

Una radiografía reveló que el implante había quedado en mala posición, lo que provocó que volviera a entrar en quirófano. “Recuerdo aquel fin de semana con molestias -comenta-. Aunque lo haya pasado mal, yo sigo empeñado en que esta es la mejor solución para mi audición. No contemplo ninguna otra alternativa. Era sí o sí”.

Alberto volvió a casa y acude a revisión cada dos días. La parálisis facial ha remitido y la conjuntivitis va camino de ello. Se acaban los fastidios. Muy pronto le ponen la parte externa del implante coclear, lo que le mantiene muy animado: “Estoy deseando que el proceso avance. Me voy a emplear con todas mis fuerzas para que el resultado sea satisfactorio. Ahora no puedo llevar una vida normal y yo quiero volver a integrarme, regresar al trabajo, asistir a conciertos de música, quedar con los amigos…”


Un implante a los 40 años

¿Quién dijo miedo? Alberto tiene muy claro que no se puede ir por la vida regateando esfuerzos. Y eso que ha debido afrontar un golpe tras otro: diagnóstico de diabetes, problemas de audición… Y otras cosas que no cuenta. Todo derivado de un problema genético. La penúltima piedra en su camino fue un nódulo que le extirparon de la glándula tiroides. “La radioterapia me dejó muy débil, pero la decisión estaba tomada. Ya no oía prácticamente nada por el lado derecho. Los audífonos, que antes me habían devuelto a la vida, prácticamente no me servían para nada. Por eso aposté por el implante coclear. Era la única solución”, explica.

A Alberto le habían convencido las explicaciones previas a la cirugía y era consciente del proceso que vendría después: “Aunque pueda parecer inconsciente, fui sin miedo de nada, porque era lo que quería hacer. En cuanto me recuperé de la intervención del tiroides, me puse con esto. Nunca dudé si operarme o no”.

Él es de lo que se levanta a comerse el mundo todas las mañanas. Parece que ha desayunado tigre. Su energía vital es arrolladora. A mal tiempo, siempre buena cara. De alguna manera es un superhéroe. En el informe anterior a la operación destacaron que su actitud era muy favorable. “Tengo cuarenta años, me van a poner un implante coclear unilateral en el oído derecho -comenta-. Estoy convencido de que todo va a valer la pena. Mi optimismo no esconde las realidades. Lo he pasado fatal en el hospital. Hubo que repetir la cirugía y he sufrido muchos dolores. Pero ahora a seguir”.


Con los audífonos evitaba los juegos de acción

Le apasiona el fútbol. Sobre todo, como espectador. El equipo de sus amores es el Real Madrid, pero José disfruta con los grandes jugadores. Por eso admira a Leo Messi (aunque sea del Barcelona) y a todos los que aportan algo especial en los terrenos de juego. “En el estadio Santiago Bernabéu se sienten los partidos de manera especial, pero yo casi prefiero verlos en casa o en el bar. Demasiado ruido en el campo. No termino de estar tranquilo”, explica José.

Nunca le interesó demasiado la práctica del deporte. En este sentido, los audífonos no frenaron sus ansias de juego, pero sí influyeron en sus costumbres: “Me divertía más con otro tipo de juegos, menos físicos. Cuando me pusieron los audífonos me di cuenta de que a partir de ese momento iba a estar limitado. Yo mismo evitaba la acción. En cualquier caso, puedo decir que viví mi infancia de manera satisfactoria”.

Su trabajo en el bar no le permite disfrutar de los fines de semana fuera del local, porque es cuando se produce la mayor afluencia de clientes. “Librar entre semana -dice- te aleja un tanto de la vida social con los amigos. Pero yo lo aprovecho para ir al cine o pasear. Normalmente puedo oír bien y no pierdo el hilo de las películas, aunque en alguna ocasión el audífono ha fallado precisamente a la mitad del filme. Bueno, son gajes del oficio. En casa, cuando veo algún programa en televisión no necesito activar la opción del subtitulado. En el bar no me entero muy bien cuando hay mucha gente, pero estoy trabajando. No tengo por qué enterarme de todo”.


Casi nunca me acordaba de que llevaba audífonos

“¿Tengo un carácter distinto derivado de mi sordera? No lo sé. Supongo que habrá influido. ¿He podido superar el aislamiento del mundo y la desconfianza gracias a los audífonos? Claro que sí. Lo que no tengo claro es si la cierta prevención que mantengo ante las personas y los acontecimientos viene de fábrica o la he desarrollado a partir de mis problemas de audición”. Así explica José la posible influencia del uso de audífonos en su carácter.

José no es tímido. No puede serlo trabajando en un bar. Se considera reservado, pero con el suficiente ánimo para afrontar los problemas: “Hay que tener en cuenta que pasé mucho tiempo durante mi infancia en el bar de mis padres. Luego, cuando era joven, les ayudaba los fines de semana. Finalmente tuvieron que traspasarlo, pero yo seguí trabajando como camarero en distintos locales. Eso te da mucha capacidad para el trato con otras personas”.

Sus recuerdos de juventud no difieren especialmente de los de cualquier otro chaval. Quedadas con la gente de la pandilla, salir a divertirse los fines de semana (no todos): “Cuando mi trabajo me permitía acompañar a mis amigos en casi ningún instante me acordaba de que llevaba audífonos. Solo en ciertos lugares con la música alta y mucho ruido ambiente podía llegar a sentirme molesto”.

Las relaciones personales entran también dentro de los parámetros de la normalidad. Conoció a su mujer en una fiesta. Pasado el tiempo la pareja cuenta con un niño más en casa. José está encantado. “Si alguna vez me siento decaído -explica- pienso en ella y en mi hijo y pronto se me pasan las penas”.


Volver a la vida de antes del silencio

La infancia son recuerdos pasados por el tamiz de la memoria. A José los recuerdos le llevan al bar de sus padres, al ruido del tintineo de las copas y los vasos, a un mundo de mayores al que se acercaba con timidez. Hubo días en los que ambos progenitores tenían que dedicarse al negocio al mismo tiempo. Él cogía la mochila y se llevaba todo el material necesario para hacer los deberes y pasar la tarde en el bar. A veces, algún compañero se pasaba por aquel cuarto que hacía también las veces de almacén para ayudarse mutuamente y reírse un rato del mundo.

Uno de esos días, no recuerda la edad, pero sí el momento preciso, no se dio cuenta de que su madre le estaba llamando. Prefirió achacarlo a que en aquel local había demasiado ruido. Pero siguió ocurriendo. Entonces lo relacionó con un catarro mal curado, pero nunca se percató de que se estaba quedando sordo: “Supongo que es lo que hace todo el mundo, no querer enfrentarse a los problemas pensando que metiendo la cabeza como los avestruces desaparecen las complicaciones”.

En el colegio empezó a hacerse palpable que algo grave sucedía. “Llamaron a mis padres -explica José- para advertirles de ciertas señales que hacían presagiar un problema de salud. El director y los profesores no sabían si había algún problema de vista o alguna otra dolencia. Recomendaron a mis padres que me llevarán al médico”. Y eso hicieron, alternándose para tener cubierto el bar. No costó dar con el origen de los males: “Mi madre ya había detectado que yo no oía bien cuando ella se dirigía a mí. Tras algunas pruebas que a mí se me hicieron incontables comenzó una nueva etapa gracias a los audífonos que me recetaron. De alguna manera fue como volver a la vida, a la de antes del silencio”.


Una vacuna contra la sordera

“Que sí, que un bar no es el mejor lugar para trabajar para una persona como yo. Pero qué le voy a hacer. Ni tengo formación para cambiar de oficio así a las primeras de cambio, ni quiero tampoco. Lo que me gustaría es oír perfectamente sin necesidad de audífonos, pero hay que ser realista”.

José es una persona que sabe afrontar los desafíos que le va planteando el día a día, pero no por eso deja de soñar, de aspirar a un mundo mejor: “Parecerá una locura, pero si a mí me preguntan por mi gran deseo respondería que una vacuna contra la sordera. Ya sé que las cosas no van así, que la pérdida auditiva puede tener distintas causas. Es de los pocos sueños que me permito”.

Él relata su vida como si estuviera partida en dos: “Si algún día soy famoso porque toque el gordo de la lotería de Navidad en el bar, contaré que mi biografía se divide en dos etapas, A.S. y D.S., antes y después de la sordera”. José es una persona que sabe sobreponerse a los reveses de la vida y se considera un afortunado: “Vale que no siempre funcionan los audífonos como uno quisiera, pero yo puedo tenerlos. En muchos lugares del planeta es impensable que dispongan de este material. Es un lujo, mirado así. Y hay que agradecer que me haya tocado vivir en un país como este”.

También reflexiona José sobre el avance imparable de la tecnología en la lucha contra la sordera: “Prefiero no imaginarme en la Edad Media cómo sería la vida de las personas que no oían. Y no hace falta irme tan lejos. La verdad es que son herramientas que nos hacen la vida más fácil”.


Más mosqueado que un sordo

“Estoy más mosqueado que un sordo”, “Háblame por la otra oreja, es que soy sordo de este oído”, “Gordo no, sordo, sordo”. Estas son las frases que alguna vez José tiene que escuchar mientras atiende a las personas que acuden al bar donde trabaja. “Si el bar fuera mío, igual les cortaría, pero lo que cuenta es que no debo entrar al trapo”. Así explica José las anécdotas negativas. No son muchas las veces que le ha sucedido, pero sí las suficientes como para dejar un amargo sabor de boca: “Han sido chavales, pero me preocupa la falta de respeto. Yo soy fuerte y ya no me afecta. Seguro que hay gente más sensible. Es una terrible falta de educación”.

José tiene que hacerse el sordo, él precisamente, para no mantener disputas. Demuestra estar por encima de esas burlas, de esas chiquilladas estúpidas. Él tiene anchas espaldas. “Lo que no te mata te hace más fuerte”, dice.

En este asunto y otros de la vida cotidiana flota el concepto de la desconfianza: “Es normal que aparezca, porque me falta un punto para poder llevar una vida como la de los demás. Yo prefiero decir que soy casi casi normal”, comenta.

Lo habitual en el bar es el buen trato con los clientes de toda la vida y con la gente que cae allí por primera vez. “Incluso podría contar -reflexiona José- que cuando hay una buena relación podemos gastar bromas sobre mis audífonos. Con cariño, respeto y sentido del humor se está mucho mejor. Yo también me río de esos clientes, y en algún caso puedo decir que son amigos”.


Me asusta el silencio

Sabe José que su trabajo no ayuda: “Siempre me he ganado la vida como camarero, primero en el negocio de mis padres, y después en sucesivos locales. El ruido a veces puede volverse infernal. La maquinita de las tragaperras, las conversaciones de los clientes, la televisión… en fin, que ya me he acostumbrado, pero en ciertas ocasiones me gustaría que los audífonos fueran superpotentes pues el ruido ambiente no me permite comunicarme con normalidad”.

No siempre es así. Hay momentos valle, de cierta tranquilidad, pero al dueño del bar lo que le interesa es el bullicio para hacer caja. “Los desayunos, por ejemplo, son un alboroto -explica José-. Luego viene un tiempo de cierto desahogo. Las comidas, otra vez el jaleo. Y la tarde-noche se lleva la palma del jolgorio”.

José usa mucho la lectura de labios en los momentos más comprometidos: “Por cómo veo gesticular a algunas personas, también a los que no tienen discapacidad auditiva les cuesta mantener una conversación normal en ciertas ocasiones”.

A veces piensa en buscar otro trabajo, pero recapacita. “El ruido es un factor negativo. No hay duda. Pero a mí me gusta mi oficio de camarero. Además, creo que no sabría hacer otra cosa o que me costaría mucho acostumbrarme a otros ritmos”, comenta.

Y llega el momento de salir, de regresar a casa: “Vivo cerca del bar. Suelo desplazarme andando. Al salir, según me voy alejando, se van apagando los murmullos en mi cabeza. Entonces el silencio se hace dueño de todo el espacio. Es una sensación rara, a la que no me acostumbro. Porque en el fondo me asusta el silencio, me recuerda a los momentos en que empecé a notar que no oía bien”.


Más fuertes todos juntos

Agustín no tiene ningún reparo en reconocer que se apoya constantemente en Marta. Ella es su referente por su fortaleza de ánimo y actitud: “Jamás he visto que se sintiera menos que nadie por llevar implantes cocleares. Sé que algunas personas sufren discriminación por ello. Pero es que Marta no ha dejado que eso ocurra. Supera las dificultades de una manera envidiable”.

“Creo sinceramente que son los implantes los que dan a Marta esa seguridad, porque gracias a ellos se siente capaz de afrontar las situaciones con normalidad”, explica Agustín.

En su día a día Marta no tiene especiales problemas para seguir los programas de televisión, escuchar música o atender el teléfono. Pero no le gustan los lugares bulliciosos, como las discotecas, porque pierde la onda de las conversaciones. Tampoco le afecta a la práctica del deporte. “Ni boxeo ni artes marciales -comenta Agustín-. A Marta solo le gusta correr para estar en forma”.

Marta y Agustín quieren que crezca la familia. Están muy ilusionados con la posibilidad de ser padres. Si eso sucede, no están seguros de cómo lo harán. Lo que sí tienen claro es que inculcarían a sus hijos la idea de que ser diferentes o tener limitaciones no es motivo para apartar a nadie. Al contrario. “Somos más fuertes todos juntos”, le repite Marta a Agustín cuando hablan de la integración y de las barreras que todavía deben superar muchas personas con discapacidad.

Benditos implantes, piensa Agustín, porque permiten que Marta pueda llevar una vida plena, aunque también se acuerda de aquellos a los que no alcanza esta suerte: “No quiero ni imaginarme la situación de los niños sordos en las zonas más desfavorecidas del planeta”.