Ocio y comunicación

Queremos disfrutar de los espectáculos

Para las personas con discapacidad auditiva asistir al teatro, cine o a alguna sala de conciertos suele ser una experiencia negativa. Según una encuesta, el 94% de los preguntados afirmaron que no podían disfrutar de los espectáculos.

El estudio, realizado en el Reino Unido entre personas con distintos grados de discapacidad auditiva, indica una realidad. Además, el 83% mostró su descontento por la falta de unos recursos que podrían proporcionales una accesibilidad total.

Se trata solamente de unos sencillos ajustes. Por ejemplo, el 73% apuesta por reducir el ruido de fondo cuando hay diálogos para mejorar la experiencia. Dos tercios de los participantes (el 66%) ponen el énfasis en disponer de un sistema de asistencia a la escucha. El 77% prefiere bucles magnéticos en lugar de los sistemas infrarrojo o FM.

La encuesta también evaluó la experiencia con los empleados de las taquillas, el bar del local, acomodadores y atención al cliente. El aspecto más destacado en este apartado es proponer que los trabajadores de los centros hablen con claridad y frente al cliente.

Los encuestados señalaron como positivo reducir el ruido de fondo en las áreas donde se sirve comida (51%), las taquillas (48%) y el bar del local (46%). Otra sugerencia consiste en habilitar zonas de silencio para comer o beber y poder disfrutar de conversaciones con familia y amigos.

Desde esta ventana animamos a empresarios y administraciones central, autonómicas y municipales de locales de cine, teatro y música a seguir incorporando medidas de accesibilidad. Todos los lugares de ocio se unen al amplio listado que CLAVE ofrece en su web de los lugares accesibles en las distintas provincias españolas: Guía de Lugares Accesibles (https://goo.gl/zB1GqD). Queda camino por andar. La misión de todos es lograr la plena inclusión. Y el ocio en este sentido es capital.


Las mujeres se explican mejor

En una semana en la que se suceden los actos de homenaje a las mujeres nos llega una noticia que vuelve a poner sobre la mesa las diferencias. Las mujeres tienen menos problemas que los hombres para hablar sobre las dificultades para oír y la manera en la que la pérdida de audición dificulta la capacidad para la comunicación.

Así lo explica un estudio de una clínica de Massachusetts (Estados Unidos), publicado en la revista Ear and Hearing. La investigación revela que las mujeres duplican a los hombres en la facilidad para explicar sus problemas.

Un tercio de los encuestados ha declarado que en contadas ocasiones (o nunca) hablaban con otras personas de su pérdida de audición. Sólo un 14% había compartido su situación con los demás siempre o casi siempre.

Si la persona había comentado en ocasiones anteriores su problema y había recibido apoyo, la posibilidad de volver a referirse a la pérdida auditiva se duplicaba. La comunicación no tiene relación alguna con la gravedad de la pérdida auditiva.

Señala el estudio que la tendencia de los varones a comentar su pérdida de audición es hacerlo de manera directa, sin tener en cuenta que ello está obstaculizando su manera de comunicarse o que puede recibir ayuda de su interlocutor.

Jessica West y Konstantina Stankovic, autoras del informe pertenecen a la Universidad de Harvard y al hospital universitario de la Vista y el Oído de Boston. Según su experiencia, la manera en la que las mujeres afrontan el problema resulta positivo, pues reduce el impacto negativo de la pérdida de audición en la vida del paciente: “Esta estrategia ofrecerá una explicación sencilla y sincera de la pérdida de audición al interlocutor del acto comunicativo, recalcando el modo en el que puede ayudar a la persona afectada para oír mejor en ese momento”.


Marcelino Claverino: El colofón final

La liga nacional de fútbol seguía su curso. Justo en el momento en el que Marcelino Claverino entraba por la puerta del museo Ptolomeo, Don Miguel, conocido guardia de seguridad, presumía con arrogancia de la racha de victorias de su equipo delante de uno de los gerifaltes del museo.

— ¡Mira, aquí llega uno de los míos!¡Marcelino!, recuérdale a este hombrecillo los puntos que les sacamos ya— gritó el siempre apasionado Don Miguel.
— Anda Miguelón, cierra el pico. Sabes perfectamente que si no llega a ser por los árbitros otro gallo cantaría— interrumpió el gerifalte antes de que Marcelino pudiese abrir la boca.
—¡Los árbitros dice!¡Qué poca vergüenza tenéis!— replicó exaltado el guardia.
— Miguel, no le hagas ni caso. Al final siempre recurren a lo mismo. Los árbitros, el césped, la suerte. Excusitas— intervino mordaz pero con prudencia Marcelino.

La discusión futbolera se alargó por un buen rato. La gente, según iba llegando, se unía a la cada vez más acalorada conversación. En un momento dado, seis personas dispuestas en círculo discutían entre bromas sobre las efemérides acontecidas en los distintos partidos dominicales.

Tras disfrutar de uno de esos pequeños, pero gratificantes momentos cotidianos que la vida ofrece, Marcelino subió hacia su puesto de trabajo con una sonrisa de oreja a oreja. Nada mas sentarse en su mesa, y tal y como dictaba su costumbre, encendió el ordenador y abrió el correo electrónico. Un primer correo mañanero de su jefa asomó en la bandeja de entrada. “Enhorabuena” decía el encabezamiento. Marisa Flores parecía haber iniciado la semana de buen humor. Tras hacer “click”, se desplegó un escueto pero directo mensaje.

—“Enhorabuena Marcelino. La exposición de Nikito Nipongo está siendo un éxito. Tus textos de la guía están causando sensación. La dirección está muy contenta. Por cierto, recuerda que hoy tenemos la reunión de accesibilidad a las diez y media con la directora de la asociación de sordos. Nos vemos. Felicidades de nuevo”—decían insólitamente reforzantes las palabras de su jefa.

Marcelino experimentó un nuevo chute de energía quizás parecido al que un inexperto alpinista debe sentir al hacer cumbre por primera vez en una de las montañas del Himalaya. Seguidamente, atendió algunos correos retrasados de la semana anterior, revisó varios de los textos de la revista mensual, se tomó un café con sus compañeros y ultimó los preparativos de la inminente reunión.

Teresa Sobrados, como era característico en su inquieta personalidad, llegó con algo de retraso. Atarantada, entró como elefante en cacharrería en la oficina. Miles de papeles en las manos, pelos despeinados y respiración sofocada. Pidió perdón repetidas veces a todos los que allí la esperaban y echó la culpa de su demora al alcalde de la ciudad, quien según su criterio, se empeñaba en complicar cada vez más la existencia a los conductores con absurdas normas de movilidad.

Saludó cariñosa a Marcelino, el cual había empezado a inquietarse al sentirse responsable de la impertinencia de su invitada. Tras realizar las presentaciones protocolarias y romper el hielo conversando sobre temas banales, la reunión comenzó con unas diez personas sentadas entorno a la mesa de uno de los despachos del museo. La idea inicial era ir presentando las mediadas accesibles por discapacidad y el presupuesto asociado a cada una de ellas. Tras analizar los costes y posibilidades económicas del museo, un comité tomaría la decisión de las acciones definitivas a implementar.

Algunos compañeros comenzaron presentado medidas accesibles para personas con problemas de visión, siguieron las de personas con movilidad reducida y en un tercer turno las de discapacidad intelectual. Para cuando llegó el turno de Marcelino había pasado ya una hora. Recostado con desgana sobre la agradable silla de oficina, Marcelino pegó un respingo cuando su jefa tuvo que elevar la voz al pedirle por tercera vez que comenzase su exposición.

—¡Ay, si perdón! Estaba un poco despistado — dijo Claverino mientras se incorporaba sobre la mesa — Pues nada, como sabéis ha venido para ayudarnos Teresa Sobrados, directora de la asociación Sordotapias y experta en temas de accesibilidad para personas con discapacidad auditiva — Marcelino, aún sobresaltado, se giró hacia Teresa con una sonrisa y prosiguió — así que voy a dejar que sea ella la que exponga. Pero antes, decir a modo de introducción, que las personas con discapacidad auditiva somos muy diferentes unas de otras. Algunas podemos comunicarnos verbalmente y otras lo hacen sólo con lengua de signos. Unas utilizan audífonos y otras implantes cocleares. Algunas tienen una audición razonablemente buena y otras no tanto. Algunas son estupendas leyendo los labios y a otras les cuesta más. Podemos encontrarnos también con personas que, además de sordera, tienen otra discapacidad asociada y así un largo etcétera. Por lo tanto, debido a esta diversidad, es difícil cubrir las necesidades de todas ellas en cuanto accesibilidad se refiere; sin embargo, es algo por lo que debemos trabajar — Marcelino volvió a mirar a Teresa Sobrados buscando su aprobación — Yo he preparado un pequeño documento con diferentes medidas a adoptar y su coste, así que si queréis podemos utilizarlo como guión y que Teresa nos vaya hablando de cada una de ellas — finalizó.

La audiencia pareció estar de acuerdo con la propuesta de Marcelino. Tras repartir copias del documento entre todos los presentes, Teresa Sobrados tomó el turno de palabra.

—Hola a todos. En primer lugar os quería felicitar en nombre de Sordotapias por este paso que el museo ha decidido dar para integrar a las personas con discapacidad. Son pocos los lugares públicos como museos, cines, hoteles o teatros que hoy en día apuestan por la accesibilidad, así que mi más sincera enhorabuena por ello—tras hacer una pausa prosiguió— En Sordotapias creemos firmemente que los espacios accesibles no son sólo un necesidad social, sino que son también una magnífica inversión económica a nivel empresarial ya que todos los usuarios se ven beneficiados por estas medidas, aumentado el valor añadido del servicio que se ofrece—añadió.
—Gracias por tus palabras, Teresa. En el museo estamos convencidos de que apostar por la accesibilidad es fundamental—intervino Marisa Flores algo ruda mientras miraba el reloj de pared ubicado a su espalda.
—Esta bien, voy al grano. Como bien ha puesto aquí Marcelino, la primera medida a implementar es la más barata de todas y quizás la más importante. Generalmente en los museos hay zonas que debido al ruido son acústicamente hostiles como la cafetería o la entrada. Incluso las salas donde tiende a haber mucha reverberación también pueden ser lugares complicados. Así pues acondicionar estas zonas con materiales absorbentes, como alfombras, paneles acústicos o cortinas debe ser una prioridad. Crear un ambiente acústico óptimo es primordial para facilitar el acceso a la información de las personas con discapacidad auditiva—prosiguió la directora captando el mensaje de Marisa Flores.

Todos los presentes prestaban atención a la directora de Sordotapias. Algunos incluso tomaban notas en sus cuadernos. Teresa Sobrados era una entusiasta de su trabajo y una firme defensora de la integración por lo que solía atraer la atención con facilidad de la audiencia en este tipo de reuniones. Defendió con firmeza la contratación de intérpretes de lengua de signos y la utilización de sistemas de amplificación, como los sistemas de frecuencia modulada o bucle magnético portátil durante los tours guiados, así como la necesidad de facilitar información escrita a los visitantes. También defendió la inversión en audioguías con bucle magnético, vídeoguías en lengua de signos y guías virtuales. Igualmente apostó por la instalación de sistemas de amplificación en las salas y auditorios. Por último, mencionó la necesidad de formar al personal en pautas de interacción con personas con discapacidad auditiva, instruyéndoles en hablar frente a frente, usar gestos, dibujar o escribir para favorecer la comunicación.

Tras responder algunas preguntas y discutir sobre costes y prioridades de unas medidas sobre otras, la reunión se dio por finalizada. Marcelino tenía la sensación de que la exposición había sido un éxito. Las ideas habían quedado claras, la gente parecía contenta y, sobre todo, su jefa radiaba un optimismo nunca antes visto.

—Enhorabuena a los dos— dijo Marisa al acercase a Marcelino y Teresa los cuales charlaban en una de las esquinas del despacho al finalizar la reunión— Muy buena presentación. Todo clarísimo.
—Muchas gracias— dijo Marisa.

Marcelino experimentó esa agradable sensación de orgullo que siempre acompaña al trabajo bien hecho. El día no podía ir mejor. Educadamente acompañó a Teresa a la puerta de la oficina para despedirse. Ésta, de nuevo atarantada, llegaba al parecer otra vez tarde a su siguiente reunión del día.

— ¡Ay Marcelino! ¡Que con las prisas se me olvidaba!— dijo Teresa Sobrados justo cuando salía hacia la calle — El mes que viene es el día internacional de la sordera. Vamos a organizar una fiesta en Sordotapias con familiares y amigos. Contamos contigo, tu familia y tu nueva conquista— añadió a una velocidad vertiginosa a la vez que guiñaba un ojo y caminaba inquieta en dirección al coche.
—Ah, genial, allí estaremos. ¡Corre, vete, que no llegas!— dijo Marcelino sonriendo ante la atolondrada forma de actuar de la directora.

Justo cuando volvía hacia su despacho vibró el móvil en su bolsillo. Un mensaje de Gimena esperaba a ser abierto.

—Hola Marce. Estoy deseando verte esta noche. Si te portas bien quizás hoy si pueda dormir en tu casa. Un beso guapo— decía sugerente el mensaje.

Un tembleque en las piernas parecido al experimentado en las primeras citas se apoderó de Marcelino. Aquella Gimena directa y decidida le resultaba irresistible. No podía pensar en un colofón final mejor para aquel insuperable día.

(Continuará…)


Marcelino Claverino: Dudar desde el triple

Al levantarse temprano el sábado por la mañana, Marcelino Claverino se encontraba en una complicada tesitura. Por un lado, el cuerpo le pedía ser cauto y esperar a que Gimena diese el siguiente paso, tal y como su amigo Gustavito Calatrava le había recomendado. Sin embargo, su parte más impaciente quería hacer caso a Rufino Palomino y escribir de inmediato a la guapísima cajera. Pensaba Marcelino que en esto del amor manejar con sutileza los matices era importante, pero a la vez sentía que la estupidez humana había llegado a tal punto que uno no podía mostrar sus sentimientos tal y como le viniese en gana.

Con estos pensamientos cogió Marcelino su bolsa de deporte y se dirigió al polideportivo donde, como ya era tradición, jugaba junto a algunos amigos en la liga municipal de baloncesto. Los Little Thunders eran ya un equipo con solera en la liga, trece temporadas avalaban un amplio historial de victorias y derrotas. Las primeras temporadas, bien avenidas, contrastaban con la actual situación en la que jugadores ya veteranos se las tenían que ver con equipos llenos de jóvenes, los cuales hacían valer su plenitud física para vencer sin contemplaciones a los ya curtidos Pequeños Rayos. Sin embargo, las derrotas no minaban la ilusión del equipo, pues el baloncesto no era sino una excusa para hacer algo de deporte, estar con los amigos y tomar unas cervezas al acabar cada partido.

En esto del baloncesto, Marcelino siempre había presumido de buena muñeca. Su desgarbada figura le permitía postear con facilidad y abrirse a la esquina para lanzar con rapidez desde la línea de 6,75, lo cual le convertía en un alero de garantías. Desde pequeño se había sentido atraído por el baloncesto y, ya con siete años, comenzó a jugar en el equipo de su colegio. Pese a las dificultades que entrañaban la protección de las prótesis y el miedo a una posible rotura de las mismas en un mal golpe, los padres de Marcelino siempre le animaron a participar en actividades deportivas. Creían, con buen criterio, que el deporte era una buena manera de potenciar la inclusión de su hijo en el complicado mundo de los oyentes. Esparadrapos para sujetar las prótesis, fundas para evitar la humedad generada por el sudor, cintas para la bobina del implante y en los últimos tiempos cascos acolchados de rugby se encontraban siempre en la bolsa de deporte de Marcelino.

Además de las posibles roturas o caídas de aparatos, Marcelino siempre había tenido que lidiar en el mundo del baloncesto con un entorno auditivamente hostil. La reverberación de los pabellones, los gritos de los jugadores, los ruidos de las zapatillas en el parqué, las instrucciones de los entrenadores y la dificultad lógica para fijar la mirada en los rostros de los interlocutores, hacían prácticamente imposible entender algo durante el juego. De ahí que tanto jugadores, como entrenadores y árbitros tuvieran que estar advertidos de las necesidades de Marcelino. Dar instrucciones claras durante los tiempos muertos mirando a la cara del jugador, utilizar pañuelos como complemento al silbato y utilizar los gestos propios del baloncesto en la comunicación con Marcelino eran medidas fundamentales.

—Marce tío, date prisa que el partido empieza en diez minutos y hoy somos justos. El gañán de Sebastián me acaba de escribir que está en la cama vomitando— le dijo el capitán del equipo a Marcelino nada más llegar a la cancha.
—¿Qué Sebastián qué? —preguntó medio dormido Claverino.
—¡Que vayas al vestuario a cambiarte! ¡Vuela!—replicó nervioso el capitán.
—Como está el patio—farfulló entre dientes cabizbajo Marcelino dirigiéndose al vestuario.

Cuando Marcelino por fin saltó a la pista, todos le estaban esperando. El árbitro miró el reloj con cara de pocos amigos.

—¡Pero Marcelino mira que la semana pasada dijimos que hoy jugábamos de azul!¡No ves que el otro equipo va de rojo!—gritó el capitán al borde del infarto al ver a Marcelino vestido con la camiseta roja habitual del equipo.

Marcelino no oyó nada de lo que dijo su capitán debido a la distancia, pero se dio cuenta de la situación al ver la cara desencajada de éste y la indumentaria del equipo rival.

—Perdón, chicos. No me había enterado. ¿Esto se comentó en algún momento?—dijo avergonzado señalándose la camiseta.
—Sí, se comentó sí. Pero como nunca te enteras de nada. Anda ponte esta camiseta que he traído de más—dijo el capitán tras abrir su mochila—y ponte a jugar.

Pasado el mal rato de las camisetas, se inició el partido con retraso. Marcelino no había calentado y los primeros minutos se hicieron duros. Sabía que al no tener cambios, el partido se iba a hacer largo, por lo que decidió administrar esfuerzos al inicio. El partido fue muy ajustado en todo momento. Al descanso el marcador reflejaba un empate a 32 puntos.

—¡Seguimos así chavales! ¡Estamos muy bien!— arengaba uno de los jugadores en el vestuario.

Como era de prever, el partido siguió ajustado hasta el último minuto. El marcador reflejaba un 58-60 favorable al equipo rival a falta de 15 segundos. El capitán de los Little Thunders pidió tiempo muerto.

—¡A ver, todos atentos! ¡Marcelino, tú especialmente, mírame a la cara! A ver, vamos a ganar este partido por mis narices. ¡Jugamos la número tres, que se la comen siempre, de acuerdo!—dijo marcando el tres con la mano mientras miraba a Marcelino— Marce, tú ábrete a tope a la esquina. Mariano, cuando recibas el balón de Alfredo tras el bloqueo directo arriba, tienes que decidir según veas la jugada. Si el defensor de Marcelino va a la ayuda la abres para que tire solo, sino tienes bandeja fácil y vamos a la prórroga. Los demás todos abiertos para dejar la zona libre ¡¿De acuerdo?!

—¡De acuerdo!¡Vamos Thunders!— gritaron todos al unísono uniendo sus manos en el centro del corro que habían formado.

Con el reloj descontando los segundos, la jugada se desarrolló tal y como habían planeado. En el momento que se produjo el bloqueo directo restaban 10 segundos de posesión. Marcelino se situó en la esquina más allá de la línea de triple. Cuando el pívot del equipo, Mariano Cienfuegos, recibió el balón tras el bloqueo, el defensor de Marcelino acudió a la ayuda, Marcelino quedó entonces libre y a falta de 5 segundos se encontró con el balón en sus manos. Era un tiro fácil de ejecutar. Un lanzamiento que había realizado millones de veces. Tenía la victoria en sus manos. Sin embargo cuando se disponía a lanzar dudó por un instante. Vio a otro compañero desmarcado al otro lado. “Quizás él esté en mejor disposición para tirar”, pensó. Cuando apenas quedaba un segundo soltó el balón hacia canasta, las prisas finales no le permitieron realizar una mecánica perfecta. El balón voló durante un par de segundos. La expectación de todos los jugadores era máxima. Un primer contacto con el tablero hizo presagiar lo peor. El siguiente bote se produjo sobre al anaranjado aro. Un tercer bote hizo impactar el balón sobre el suelo. “Pegggg” Sonó la bocina del pabellón. Marcelino había fallado el tiro y los Little Thunders perdían su tercer partido consecutivo. Los jugadores del equipo rival enloquecieron de alegría.

Marcelino se dirigió consternado hacia el vestuario. No entendía como había fallado aquel tiro. El capitán se le acercó mientras se cambiaban.

—No te preocupes tío, todos podemos fallar. La jugada ha salido bien. ¿Sabes lo que ha pasado? Que has dudado tronco, y eso en situaciones así se paga. En la vida hay que tener determinación y, si quieres conseguir algo, has de ir a por ello con toda la confianza. Si no hubieses dudado, estoy seguro que esa bola habría entrado. Tómatelo como un aprendizaje vital.

Marcelino se quedó pensativo por unos segundos. A continuación abrió el bolsillo de la mochila y sacó el teléfono móvil.
(Continuará….)


Guión de necios

La sabiduría popular advirtió al ser humano hace años de que “a palabras necias, oídos sordos”. Pero yo apuntaría más: diría que la célebre cita puede leerse aplicando muy por encima la fórmula del palíndromo (facultad para leer una misma palabra de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, sin variar su significado). De esta forma, acertaríamos a pensar que, realmente, en muchas ocasiones, “a oídos sordos, palabras necias”.

Me refiero, (¡cómo no!) a cuando una persona con deficiencia auditiva se acerca al mostrador de aquellos lugares en donde la experiencia hace acumular una inmediata (y a veces incoherente) respuesta en un orden preciso. Léase McDonald’s, lugar en el cual la gente pide un Menú BigMac de tamaño mediano, que viene acompañado de patatas fritas y refresco (en nuestro caso, una Coca Cola Light que ayudará a amortiguar el duro golpe calórico que le estamos dando a nuestro cuerpo serrano) y del cual disfrutan sentados en las mesas de coloridas sillas y que cuesta alrededor de siete euros.

Sabiendo toda esta información desde que salimos de la puerta de nuestro domicilio, una persona oyente puede ensordecer sus oídos con tapones y pasar totalmente inadvertido ante el interrogatorio de la caja. Sin embargo, a veces la suerte no está de nuestro lado, uno sea deficiente auditivo o no, y condenarnos con un desorden probable del cuestionario, quedando éste, de la siguiente forma:

“Un Menú BigMac, por favor”
“¿Mediano o grande?”
“Mediano”
“¿Para tomar o para llevar?”
“Patatas”.

El diálogo podría continuar, pero la incoherencia habla por sí sola y si ya, de paso, nos encontramos con que el dependiente explica que “las patatas están empezando a hacerse, tiene que esperar un rato, ¿Para tomar o para llevar?”, entonces, ya terminamos de estresarnos ante el descontrol de la situación y a emitir un vocablo propio del gremio de los que, por comodidad, por “el qué dirán”, por pereza o porque piensan que no lo van a oír nunca, dicen a todo “Sí, sí, sí”.

Neciamente. Así actuamos las personas sordas ante las situaciones cotidianas: con esquemas preestablecidos. Pero cuando se cambia el guión, la película debe continuar igual, entonces, esbozamos una sonrisa y “Claro, claro”, decimos mientras ladeamos la cabeza de arriba abajo.
Como si fuera materialmente imposible e improbable conseguir una respuesta repetitiva de la frase anterior y de carácter aceptablemente paciente. Nadie ayudará si no ven un problema.

De esta fórmula “a guión cerrado”, hay muchas, muchas variantes, con y sin participación oyente. En la modalidad “con personajes”, incluiríamos el famoso “Confío en ti”, episodio repetido hasta la saciedad a la hora de caminar desorientadamente por una ciudad y decidirse a preguntar por la ubicación del lugar del destino.

Si se va acompañado, lo más común es que el sordo formule la pregunta, asienta con la cabeza, mire hacia donde señalan las manos (y, con esto, pierda unos segundos imperdonables de lectura labial) y, finalmente, lance las palabras mágicas a su compañero de aventuras: “¿Te has enterado? Pues, vamos”. Pobre de la persona sorda si el fiel Sancho Panza que lo escolta desatendió un ápice…

En realidad, el miedo es una cuestión de psicología individual y la integración social, un síntoma de autonomía personal. O lo que es lo mismo, la oportunidad de ser autosuficientes es un negocio que no podemos dejar pasar. Lanzarse a la piscina de seguir atentamente el hilo de la conversación, intervenir, pedir un “flash-back” de la última frase, asentir opinando que “tiene razón de verdad” y volver a pedir otro “flash back” es algo que no te va a incrementar la hipoacusia, sino todo lo contrario.


Demasiadas preguntas

¿Dónde está el mostrador de facturación? ¿Puedo pasar por el arco metálico de detección de metales? ¿Por qué me tienen que cachear, no ven que llevo prisa? No entiendo lo que dices, ¿me lo puedes repetir? ¿Por qué en las pantallas no anuncian mi vuelo? “Perdone, ¿tienen bucle magnético para personas sordas?”. Mierda. ¿Me puede informar de cuál es la puerta de embarque de este vuelo? ¿Cómo? ¿En la pantalla? ¿Cuál? ¿Ésta? Ahhhh, vale…

Señorita, por favor, ¿Qué dicen en megafonía? ¿Me puedo desabrochar el cinturón de seguridad ya? ¿Entiende mi idioma? ¿Cómo? ¿Me puede repetir? Ah, gracias, gracias.

¿Hacia dónde deberíamos ir para encontrar la calle 20? “Disculpe, ¿este autobús pasa por la calle 20? ¿Cómo? ¿Camión? Calle 20, ¿la conoce?”. No me he enterado, voy a intentarlo de nuevo.

Ah, es por allí. Esta es la 19, la próxima debe ser la 20… ¿estaré bien ubicado? ¿Llegaré bien? “No, lo siento, ni le oigo, ni soy de aquí. Lo siento, ¿eh?”.

Me siento inseguro. Demasiadas preguntas si sumo las que yo me hago a mí mismo y las que debo hacer para sobrevivir. Son gajes de discapacidad, ni más, ni menos. Estar en un país desconocido es, aunque hablen nuestro idioma, una aventura en la que estamos muy entrenados las personas sordas: desorientación, pérdida del mensaje, estrés para llegar a los sitios y, sobre todo, una infinidad de preguntas sin responder.

Si todavía no has encontrado el punto agridulce de empezar a conocer un país teniendo que adaptarte a él, con las barreras a las que se enfrentan por lo común las personas con deficiencia auditiva, es que no te has parado a pensar en la cantidad de cosas que debes hacer. Es decir, desde agenciarte con un lugar para dormir hasta un cuidado especial de las prótesis auditivas ya que, por ejemplo, existen climas más húmedos donde las piezas pueden dañarse con facilidad. A esto se le llama establecer una lista de prioridades, teniendo bien claro qué es siempre lo más importante.

Infinidad de cuestiones que no terminan, precisamente, una vez que has llegado al sitio en cuestión, ni sin algún tropiezo comunicativo. Existen muchas otras preguntas y situaciones que se han de resolver cuando uno viaja al extranjero, sobre todo si lo hace para quedarse. Pilotar el terreno de antemano (¡Bendito sea Internet, siempre, siempre, siempre!) y estar abierto a toda clase de sugerencias y ayuda humana es algo que hay que tener muy en cuenta.

Pero, una vez habituado, y apenas sin darse cuenta, el país se tornará a la forma de uno y éste sabrá cómo desenvolverse en cualquier situación, pues el sentido de la integración es el primero que se desarrolla, en todos los países, discapacidades y personas.

¿La mejor receta para que estos líos no calienten demasiado las cabezas? Posiblemente sea el acostumbrarse, la calma y, sobre todo, darnos cuenta de que tarde o temprano llegaremos, que la prisa no conduce a ningún sitio y que lo importante no es llegar, sino el camino que se hace.


Aquellos detalles, aquellas personas

La calma que te aporta que los de tu alrededor conozcan la deficiencia auditiva que uno tiene es mejor que cualquier técnica antiestrés de las que hablábamos en el post anterior. Es verdad, no obstante, que las políticas de actuación de los allegados que conocen nuestro problema no son de lo más acertadas, pero con paciencia, convivencia y compenetración se consigue un tono de voz y una actitud adecuada a las necesidades de cada persona.

No hay más satisfacción personal para una persona con problemas auditivos que alguien de su entorno se adapte a sus necesidades especiales. Que se sitúe en el asiento del autobús sabiendo que está pegado a tu “oído fuerte”, que te hable claro y alto, que te facilite el sitio de alto contraste para poder leer los labios con total facilidad, que se pare a contarte lo que te has perdido. Conocerle es el mejor regalo que le pueden hacer a una persona sorda, conocer sus manías, sus necesidades y todas las cosas que, dentro de un lenguaje irónico y sarcástico, podríamos denominar “pijaditas de princesa” pero que, en realidad, es algo vital para la supervivencia emocional de la persona sorda.

Son detalles, tonterías que no se pueden dejar atrás. Que son necesarias. Por eso, cuando la familia y los amigos ponen toda la carne en el asador para hacer más llevadera y natural la comunicación, se crea un vínculo de dependencia difícil de comprender. Es muy fácil, de hecho, acomodarse a la comodidad. Y aunque a las personas sordas nos parezca que esta ayuda que se nos brinda es lo justo, lo normal, lo que nos merecemos y que así debería ser siempre, también hemos de valorar el gran esfuerzo de empatía que se gastan nuestros allegados: no sé yo si soy capaz de hacer lo mismo por los demás de lo que lo que hacen por mí: tengo mis dudas.

El factor familiar es un cuchillo de doble filo: por una parte aporta la calma necesaria, basada en el conocimiento y estudio exhaustivo de cada uno; y por otro lado, se enfrenta a una situación de culpabilidad que no debe nunca superar ciertos límites. No se puede culpar al mundo que rodea a uno de que las palabras “pela” y “pera” se parezcan mucho; no se puede fustigar a un hermano porque estemos pasando cerca de una apisonadora y el ruido aísle cada comentario; no podemos caer en la infantil reacción del pataleo verbal cuando en la mesa de la comida no se respeta un orden limpio, cristalino y pausado en alguno de los momentos donde las voces se cruzan con el estruendo de platos y cubiertos.

Si es complicado para nosotros asumir el déficit auditivo dentro de la práctica, también lo es para el espectador participativo: aquel que siempre está cuando le necesitas; aquel que se agobia como tú cuando tú no puedes agarrar el hilo de la conversación; aquel que se desconecta del debate para hacerte un paréntesis de “puesta al día”… En definitiva, aquel que no necesita ser sordo para entender cómo te sientes.


“No sé” si es placer o estrés

Un viaje de placer puede no ser tan placentero si se tienen en cuenta los trajines que una persona sorda puede atravesar por la falta de apoyos en los transportes públicos.

Un tren que tenía una salida prevista desde Madrid hacia Valladolid no abre la entrada al andén y especifica los motivos mediante la comunicación acústica, difícil de discriminar debido al eco que presenta esta estación de tren. Las personas sordas, en ese caso, preguntamos en taquilla por qué no está abierta la entrada al andén, y la contestación, puesto que se tratan estas ventanillas de puestos de venta y reserva de billetes, es “no sé”.

“No sé”. Quizás por decir “no sé” este usuario perderá su tren Madrid-Valladolid porque éste cambió de vía y en la señalización visual apareció cuando se cerraban las puertas. Puede que la instalación de bucle magnético o de más pantallas luminosas evite muchos “no sé” que hacen tirar el dinero.

Es en este momento donde el estrés toma las riendas del viaje. Nos lleva por los caminos de la desesperación y la angustia en vez de situarnos a las puertas de un descanso soñado tras meses de intenso (y estresante) trabajo y estudio que, a las puertas de la estación o aeropuerto, tampoco parecen terminar.

Mejoras hay, aunque quizás insuficientes. Existen oficinas de atención a las personas con discapacidad visual o física, sospechando (equivocadamente) que la sordera (esa discapacidad tan invisible) no conlleva ningún problema a la hora de viajar.

No hablamos ya de las personas sordas usuarias de lengua de signos (pues existen muy pocos aeropuertos y estaciones que tienen un intérprete), sino que hablamos de un apoyo más directo, un refuerzo del sistema de información al viajero que incluya también la posibilidad de alertar e informar al viajero de cualquier cambio.

Internet, una estupenda herramienta que las personas con deficiencia auditiva saben exprimir bien, puede ser un gran filón de información útil al viajero mediante el teléfono móvil o pantallas táctiles en las estaciones y aeropuertos y, sobre todo, la consideración de la sordera como una discapacidad por la cual muchos usuarios pierden su tren y sus nervios, en un viaje estival con interés… ¿placentero?


En una bolsa de ositos de gominola

“Siempre dijimos que era raro: se traía sus muñecos articulados que representaban soldados o guerreros y jugaba él solo a crear peleas entre ellos. No hacía los archiconocidos “efectos especiales” que simulaban disparos, tortazos, caídas y dolores, y que todos los demás hacíamos con la boca. En sus juegos no había casi diálogos.

Creció, y aprendió a colocarse el implante coclear de forma autónoma. Entonces, comenzó a jugar al fútbol y al baloncesto, al “pilla-pilla” y otros juegos de grupo. Y me parecía raro porque gritaba más alto de lo que debiera cuando todos nuestros recreos anteriores le observábamos cómo jugaba en silencio.

Cuando comenzamos a jugar al fútbol, a Javier a veces se le caía. Antes, iba corriendo a que la profesora, que había aprendido cómo hacerlo, lo conectase de nuevo. Después, con la naturalidad de quien se quita el pelo de la frente, mi amigo se hizo con el “chisme” y, más calmado, se fue soltando.

Se soltó y, a veces, nos traía gominolas. Perdió la timidez, o nosotros perdimos el miedo ante una bolsa de chuches. Pero a veces le llamábamos y no nos oía o simplemente pasaba de nosotros. No era muy hablador, y cuando hablaba, no sabíamos qué quería decir. Pensábamos que tenía algún tipo de retraso, pero el tiempo demostró que Javier sólo era un niño sordo.

Y cuando nos dimos cuenta de que sólo era sordo, Javier comenzó a hablar, a jugar en equipo, a reírse, a entender las reglas del juego y los cambios de reglas espontáneos, a venir al cine (aunque le tuviéramos que explicar la peli después), a jugar a las cartas, etc.

Aunque todos los comienzos de curso Javier estaba abstraído en un desconcierto singular, los recreos se le hicieron diferentes al descubrir que no había necesidad de estar solo pudiendo tener amigos. Hay, de hecho, amigos que no tienen el fundamento de su amistad en el interior de una bolsa de ositos de gominolas, sino que se convierte en una fuente de oportunidades.
Pasó de raro a ser sordo. O lo que es lo mismo: nosotros pasamos a llamar a las cosas por su nombre, a ver dónde estaba el problema y a ver cómo podíamos hacerlo más pequeño.

Todo esto me lo contó Javier hace no mucho. Nunca pensé, de hecho, que el patio, con tantos niños saltando, jugando, corriendo y riendo, pudiera ser uno de los sitios más solitarios de la escuela. Y es que, en la anarquía del orden, en donde la libertad es el mejor de los juegos, los niños sordos se esconden y se aíslan con recelo y timidez pero, sobre todo, porque no conciben un recreo sin silencio y poco a poco aprenden a disfrutar del placer de hacer ruido”.


Hablar sin escuchar

Escuchar y oir no es lo mismo. La diferencia radica, muchas veces, en el grado de atención (o de escuchar con atención lo que se oye) pero cuando se trata de las personas sordas esta realidad es bien diferente: se puede escuchar sin apenas oir (gracias a la lectura labial) y se puede oír sin poder escuchar, sin procesar lo que le entra a uno por los oídos o procesadores.

En más de una ocasión esta conjunción no conjuga y una persona sorda puede oir sin escuchar y escuchar sin oír. Oír palabras que no se reconocen (como si de otro idioma se tratase) y entender “con chuleta” (sin oir, con lectura labial) es cada vez más común en España.

En un ambiente de ajetreo y de varias personas, la dinámica puede hacer pensar a la persona sorda que los demás integrantes de esa conversación no hablan castellano, pues nosotros entendemos palabras que no figuran en el castellano o que no son desconocidas.

También puede darse el caso, dando una vuelta total al sentido de este artículo, que son las personas sordas las que no se hacen entender: que su oralidad se escapa del castellano tradicional y sus palabras toman otra forma, desconocida o descontrolada por los oyentes. Paciencia, tan sólo se necesita paciencia.

La pescadilla se muerde la cola aún más cuando, en un ejemplo fácil, diríamos que oyentes y sordos hablan en idiomas diferentes. El entendimiento y pronunciación de las mismas palabras varía en función a la calidad del lenguaje. Pero no es otro idioma.

El idioma, gran factor de diferenciación social, esgrime una fina barrera entre las personas que con aprendizaje e interés puede ser solventada. Pero también hace falta paciencia e integración, vocalización y claridad y sobre todo, mucho interés. Tanto interés como el que demuestra Cristina Salmerón en aprender inglés. Según informó el CERMI, esta joven denunció la inaccesibilidad para personas sordas de las pruebas de acceso a la Escuela Oficial de Idiomas y demandó, para poder superar las pruebas orales de inglés, un vídeo en donde una persona leyese el texto para ella apoyarse en la lectura labial. No sabemos si Salmerón oye o no lo suficiente para decir que “escucha”, pero sí sabemos que entiende, que se hace entender y que pelea por no ser una extraña en su propio país.

Aprender un idioma no será, a partir de ahora, una utopía para las personas sordas que cada día se enfrentan a un lenguaje aparentemente diferente al suyo: el de las personas oyentes, el de las palabras nuevas, las expresiones nunca utilizadas, el de los labios, el de la claridad y la versión resumida de qué es lo que habla el grupo de aparentes extranjeros del que se rodea en una comida familiar.

Ser extranjero, tener acento nunca fue menos importante en una sociedad en vías de globalización y en un país que es uno de los principales destinos de los inmigrantes (castellanohablantes o no) y cuyas barreras se ven apocadas con la existencia de la integración social. Un día, dentro de no mucho, el extranjero dejará de ser “el raro” para convertirse en el perfil de ciudadano medio, sea oyente o sordo y dando igual que su acento sea geográfico o educativo, intencionado o provocado. Querido o no.