Trabajo

Todo sucedió a partir de los 20 años

Teresa tenía una pequeña pérdida auditiva, detectada en la infancia. Su levedad le permitió llevar una vida normal en casa y en el colegio, sin inconvenientes en el estudio. Pero a partir de los 20 años surgieron los problemas. De hecho, su madre, se dio cuenta de que cuando la llamaba por detrás a veces giraba por el lado contrario.

Desde ese momento sintió que los pequeños problemas de antaño eran maravillosos en comparación con la nueva realidad. De poder seguir el día a día a encontrarse completamente bloqueada. Una serie de acontecimientos luctuosos en el seno familiar completaron un panorama bastante negro.

Pero no se rindió. Ni ella ni su padre. Su progenitor se planteó llevarla a Estados Unidos, pero el otorrino le convenció de que los tratamientos en España eran los mismos. Solo había que esperar a que alcanzase determinado límite para poder realizar el implante. A pesar de las buenas intenciones de su padre, sus obligaciones laborales le impidieron acompañar como le hubiera gustado a su hija por consultas y pruebas. Ella es decidida: “Soy yo la que más se ha movido porque veía que se me cerraban las puertas”.

Ella cree que la discapacidad auditiva la ha privado de seguir estudiando. En determinado momento quiso retomar las clases, pero se dio cuenta de que le iba a resultar muy difícil: “Puedes advertirles de que no oyes bien. Y te hacen caso. Pero al segundo día ya se les ha olvidado”. Si hubiera podido habría cursado Educación Infantil. Le encantan los niños. Considera que está en una tierra de nadie muy complicada: “No soy sorda profunda ni oyente”. Pero lucha todos los días para que la vida le sonría. Gracias a los implantes.


Trabajo en una escuela infantil

Qué suerte tiene. Trabaja con niños. Lydia se levanta cada mañana de lunes a viernes pensando en preparar todo para su hijo Daniel, de nueve años. A ella le esperan en el trabajo otros pequeños, estos con edades que oscilan entre los cuatro meses y los tres años. Son los protagonistas de la escuela infantil donde desarrolla su actividad profesional.

Disfruta enormemente con lo que hace. Pero hay veces que no lo pasa bien si observa a algún niño con algún problema. Su sensibilidad le lleva a ponerse habitualmente en la piel de los demás. Se esfuerza diariamente para que su hipoacusia no reste eficacia a su labor.

Ha habido, no obstante, algún episodio que le ha marcado en la escuela infantil. Es una especie de amenaza que pende sobre su cabeza. No puede olvidarlo. Hace ya tiempo, una persona afirmó que ella no era apta para desempeñar sus funciones.

No se hundió. Acudió a Servicios Sociales del ayuntamiento de la localidad donde reside para informarse. Allí le dieron unas pautas para luchar contra la discriminación. Esa es la palabra clave: discriminación. A veces sospecha que pudiera estar pasándole sin apenas darse cuenta: “Que te dan de lado porque no te enteras”.

En la balanza, en su debe y haber particular, termina imponiéndose el trabajo bien hecho, la satisfacción del deber cumplido. El crisantemo y la espada. Sensibilidad y firmeza. Lydia se sobrepone a los reveses y saca su vena humorística. Le gusta reír: “A los hipoacúsicos nos cuesta captar algunas palabras. Una vez tuve que improvisar una clase de inglés. Y tropecé con una palabra, mañana (tomorrow). Me salió tumorrón. Nos reímos mucho. Aún lo hago cuando lo recuerdo”.


Un día los audífonos no me servirán

La estética no es la misma. Los gustos cambian. En la mayoría de las veces producto de un mayor refinamiento. Susana era una niña cuando tuvo que enfrentarse al trauma de llevar sus primeros audífonos. Entonces le recomendaron los que estaban de moda. Según ella, “horrendos y estéticamente muy exagerados”. Llevaban dos cordones que iban unidos a la batería, que colgaba del cuello. Afortunadamente el criterio de sus padres salvó a Susana. Ellos no aceptaron el consejo y pensaron que el mejor modelo para su hija era el de los retroauriculares. Así fue cómo empezó a usar audífonos. De alguna manera la evolución de su pérdida auditiva ha ido pareja a la evolución de los audífonos en el mercado.

A Susana los audífonos le sirven, pero no plenamente. Ella dice que los valora desde el punto defensivo: “Me defiendo con ellos para escuchar música, para hablar cara a cara, para escuchar el sonido de la lavadora”. Pero la pérdida auditiva avanza y no respeta. Es consciente de que en un futuro no le van a ser de tanta utilidad.

Sus quejas son las de casi todos los usuarios. Y no lo dice exclusivamente por ella: “No existe apoyo económico. Porque la ayuda de la Comunidad de Madrid para la compra no la recibe todo el mundo que la solicita. Además, luego está el coste de las pilas o de la reparación”.


Conduciendo, que es gerundio

Alberto dice que su discapacidad auditiva no le afecta como peatón. Nunca. Como lleva audífonos. No hay problema con las señales sonoras de los coches. Jamás ha tenido que enfrentarse al peligro de no haber oído los pitidos de un automóvil. No siente que tenga molestias con el volumen. Es en la conversación donde reconoce la diferencia. Cuando le paran y le preguntan por una calle es él quien tiene que preguntar de nuevo para centrar el diálogo. A la primera no se sitúa. Se siente un poco perdido. Entonces recurre a mirar los labios, a ayudarse con los gestos de la otra persona: “Lo que se me pierde lo capto por ahí. No tengo así problema”.

A su trabajo como transportista no le afecta su pérdida auditiva. Él renueva el carné de camión sin problemas. Gracias a los audífonos supera las pruebas de audición, también en los centros especializados. A él, como a todos, le pitan otros coches y otros camiones. Y lo oye. Y como cualquier persona, cuando lleva la música puesta y las ventanillas subidas no siempre se entera si le pitan.

En el camión no suele llevar nada de su música favorita. Como no tiene tiempo para ver informativos pone la Cadena Ser para enterarse de lo que sucede por el mundo. Cuando tiene que salir de Madrid prefiere escuchar Cadena Dial, porque es música en español. Está muy atareado durante la jornada laboral y por eso no echa de menos a sus cantautores. Luego llega a casa y puede desquitarse. Tranquilamente, con sus artistas de siempre, con los de ahora, con los sueños intactos.


Mis problemas con los audífonos (I)

Le cuesta, pero termina abriéndose. Alberto tiene un sentido del humor contagioso. No le gusta hablar de él, pero ya metido en faena no duda en relatar a sus amigos las anécdotas, de todo tipo, sufridas a cuenta de los audífonos. “Hay muchas cosas que contar, pero no tanta memoria”, dice.

El desconocimiento llevó a un joven con el que tenía tratos por motivos profesionales a confesarle que “molaba ese sistema inalámbrico que lleva para hablar con el móvil”. Esta alma cándida pensaba en el bluetooth y no en la discapacidad auditiva.

Cuando tapas los audífonos suena un pitido, dato que la mayoría de las personas desconocen. Eso puede suceder con un abrazo o un beso. Y provoca situaciones un tanto peculiares en las que el otro se suele quedar bastante extrañado.

Alberto ha llegado a dormirse con ellos puestos y a ‘perderlos’ porque se salen del canal y al ser tan pequeños no hay quien los vea. También está más que acostumbrado al tema de las pilas, porque cuando menos te lo esperas se acaban. Por eso hay que llevar siempre un repuesto.

Una de las cosas que le sucedieron acabó en el hospital, aunque no para él: “Una tarde fui a revisión al centro auditivo donde me hice los audífonos. Estaba en una sala con la chica que me atendía y entró otra muy nerviosa a comentarle algo a su compañera. Bajó el tono para que no la escuchara. Incluso se tapó la boca para que no mirase los labios. Pero yo tenía los audífonos puestos y por aquel entonces oía muy bien y lo escuché. La cuestión es que una mujer mayor colocó mal el filtro del audífono y se le metió en el oído interno”. Nada que no se pudiera arreglar en urgencias.


Es que no oye bien

Por fin llegó el día más esperado. F. se había volcado para que todo saliera de la mejor manera posible. Le unían al personaje principal lazos tan fuertes como los de la amistad forjada en los primeros años de escuela. Pero el mundo laboral es fiero. No es nada personal. Son solo negocios, como dicen en El Padrino.

A F. no le tiembla el pulso para tomar decisiones. Y eso que es consciente de sus limitaciones. En una de las intervenciones de la persona para quien trabaja ante un nutrido grupo de personas no pudo percatarse de que una ironía del ponente fue saludada por los presentes con una salva de risas aprobatorias. Da igual. Sus compañeros le pusieron al tanto de todo lo ocurrido en aquella ocasión. De los detalles que él no pudo captar.

Un día antes de rendir cuentas, el equipo más cercano se reunió para calibrar las posibilidades de repetir mandato al frente de la compañía. Las juntas de accionistas, las elecciones… todos son sistemas para refrendar las virtudes de un proyecto o para entregar el mando a otro candidato. F. estaba eufórico, pero precavido. Quería conocer todo lo que se estaba cocinando en los pasillos. Rápido, rápido. Impuso un ritmo vertiginoso al encuentro. En un momento determinado se le escapó una apreciación de uno de los hombres que formaban el núcleo duro. Y puso sus manos junto a sus orejas en ese gesto tan conocido. “¿Puedes repetírmelo?”. Su mentor, amigo y jefe no dudó en aclarar lo sucedido y en poner en contexto al resto de los participantes. “Es que no oye bien”. . “Llevo audífonos“, dijo él.

El día definitivo llegó. Con sus angustias, con sus ilusiones, con normalidad. Y todo siguió en su sitio. El gran jefe recibió el respaldo de su gente. Y seguirá otro mandato más. Y F. ha demostrado su valía.


Hoy no llevo audífono

F. llegó a su lugar de trabajo de los dos últimos meses con su moto, como siempre. Pero era un día especial. La primavera se había cortado de repente y una intensa nieve cubría Madrid. Él pasó frío. No se esperaba tanto descenso en las temperaturas. De alguna manera se sentía desprotegido y así lo hizo notar en cuanto entró en el pequeño despacho al lado de la sala de juntas. Allí estaban otros dos asesores, entusiasmados, gesticulando a la vez que explicaban las novedades.

“Hoy no llevo audífono”. F. dirige una empresa de consultoría. Por su cabeza han pasado las campañas de las principales empresas españolas. Imagen, sonido y mensaje. Ahora ya está de retirada. Pasa los sesenta, pero no quiere jubilarse. Disfruta como un niño todavía, a sus años. Goza de un prestigio merecido. Es el forjador de lo que ahora llaman “el relato de las cosas”. Con sus ideas los grandes personajes resultan más convincentes ante sus accionistas o socios.

“Hoy no llevo audífono”. Volvió a repetir sus palabras porque pensaba que sus interlocutores no se habían percatado de su llamada de auxilio. Exhibió cierta ternura al quedarse desnudo de esa manera ante el mundo. Los dos ejecutivos no supieron muy bien cómo actuar. La intuición les llevó a hablar más despacio, más alto y mirando a la cara a F. Éste asentía a las declaraciones, pero a veces no respondía a las interpelaciones.

“Hoy no llevo audífono”, repetía para sus adentros. No quería perderse ni un detalle de la conversación. Por eso no dudaba en transmitir que no había entendido algún pasaje y que se le repitiera. “Mañana ya todo irá mejor”. Los compañeros de fatigas eran más jóvenes de él, pero carecían de petulancia y reconocían su magisterio. Ese día, con la nieve afuera cayendo sobre Madrid, se hizo un poquito más grande a los ojos de los demás.


La pérdida de audición no tratada tiene un coste en la UE de 178.000 millones al año

Este 3 de marzo se celebra el Día Internacional de la Audición. En toda la Unión Europea son 52 millones las personas que afirman sufrir pérdida de audición. Según los expertos los costes de no tratar esta pérdida de audición ascienden a 178.000 millones de euros al año. En todo el mundo llegan a 750.000 mil dólares al año.

Afecta a un colectivo muy numeroso y tiene un gran impacto en la vida cotidiana. Pero su prevención y tratamiento resultan una inversión social. Los estudios indican que entre el 10 y el 12% de adultos declaran en la UE tener pérdida de audición.

Para prevenir la pérdida de audición resulta vital la protección contra el ruido, tanto en el lugar de trabajo como en los ratos de ocio. Entre las consecuencias de que no haya tratamiento se encuentra el aumento en los costes sanitarios, por depresión o deterioro cognitivo. También hay que citar los costes sociales como las dificultades para comunicarse y el aislamiento social.


Otra víctima de la música

Midge Ure se une a la lista de músicos que sufren pérdida de audición provocada por su carrera artística, como Luis Miguel, Brian Johnson, Pete Townshend, Eric Clapton, Ozzy Osbourne, Grimes, Phil Collins o Chris Martin.

Las bandas en las que Ure ejerció como líder, Ultravox y Visage, forman parte de la historia del pop. Aún permanece en activo, pero el músico escocés padece pérdida de audición y tinnitus. Él mismo ha reconocido que el constante pitido en sus oídos le acompaña a todos los lugares. También ha explicado que cuando acude a restaurantes le resulta difícil comunicarse si existe ruido de fondo.

No quiere que los problemas auditivos que le hacen más difícil su vida diaria afecten a su música y sigue empeñado en dar conciertos. Para limitar los daños, Midge Ure usa tapones hechos a medida con los que puede escuchar durante las actuaciones.

Atrás quedaron muchos momentos irrepetibles. Pero un día, mientras grababa en el estudio, se percató de que la existencia de un pitido en los oídos. Ya nunca se fue. Él sigue tocando, a pesar de su tinnitus. Y avisa que mientras tenga buena salud no se retirará.

Los riesgos no son exclusivos de los músicos. El peligro para los asistentes a un concierto comienza a partir de los 85 dB. La exposición prolongada a altos niveles de ruido causa lesiones que afectan a la audición. Hay dos maneras de frenar el peligro: el uso de tapones y alejarse de la fuente sonora. Separarse de los altavoces es un buen consejo. Por ejemplo, los empleados de discotecas ya utilizan para reducir el impacto de la música alta. La música es una delicia, pero su manera de escucharla puede dejar lesiones irreversibles. En la Fundación Oír Es Clave puedes encontrar medios para proteger tu audición.


El 40% de los músicos de orquesta tienen discapacidad auditiva

La música es alimento para el alma. Pero los estudios nos advierten de los riesgos que sufren aquellos que la interpretan. Una reciente investigación sobre una de las mejores orquestas de música clásica en Noruega ha puesto en evidencia unos datos demoledores: el 43,6% de los músicos tienen problemas auditivos. No se quedan ahí las cifras. El 76,9% de los músicos experimenta tinnitus de distintas frecuencias. El peligro no está sólo en el rock. También la música clásica esconde su lado oscuro.

El autor del estudio, Magne Nyvoll Temte, de la Universidad de Oslo (Noruega), explica que los músicos de orquesta ensayan muchas horas al día a niveles que exceden los 85 decibelios. Aunque esta investigación en concreto no se paró en analizar qué instrumentos provocan más riesgos de pérdida de audición, estar situado delante de instrumentos de viento o percusión aumenta el peligro.

Padecer discapacidad auditiva puede alejar a los músicos de ejercer adecuadamente su carrera profesional. Otro aspecto que señala el estudio es que el 82,1% de los participantes sufren dolor después de actuar con la orquesta y el 76,9% mostraba sensibilidad al sonido. Aunque los músicos son conscientes de que el ruido provoca pérdida de audición, prácticamente no usan tapones para protegerse los oídos. Hay que tener en cuenta además que la pérdida de audición progresiva no tiene cura alguna.