Trabajo

Con acúfenos desde la mañana a la noche

Manuel no se considera supersticioso “por si trae mala suerte”. Ha bromeado con sus acúfenos, en los momentos en que el buen humor todavía le sale: “No sé si es mal de ojo o alguien está haciendo vudú conmigo. Porque no es solo el asunto de los pitidos”. Nunca le gustó hablar de su estado de salud, pero ahora necesita comunicar a la gente de su entorno que no se siente bien, que la moral empieza a resentirse. Según pasan los días las sensaciones son peores.

Cuando empezó a percibir más fuertes los pitidos en el oído izquierdo, tomó la determinación de acudir a un otorrino especializado en tinnitus. Porque los percibía incluso en ambientes con mucho ruido. Tras una audiometría, el doctor le comunicó que los acúfenos no tienen cura. Le sugirió que se buscará un entretenimiento. Manuel se vino abajo en ese instante. Salió de la consulta llorando.

El pitido no se le quita. A veces le vuelven las ganas de hacer bromas y dice que “ya está bien, que aquel que está hablando mal de él que lo deje”. Cree que ya no es el mismo. Para no seguir cayendo, ha decidido ponerse un auricular del móvil y escuchar “ruido blanco” para tapar el pitido. No hay tregua. El acúfeno lo escucha desde que se levanta de la cama hasta que se duerme. En estos tiempos ha conocido a gente con la misma dolencia, pero que solo les molesta por la noche. Sabe que hay enfermedades mucho peores, pero eso no le consuela demasiado. Está tan desesperado que utiliza las redes sociales para expresar sus sentimientos.


Ruidos de novela de terror

Los días previos a la consulta con el otorrino los pasó Manuel escrutando internet. Sabe que no es lo que tiene que hacer, pero no puede evitarlo. Los pitidos van en aumento. No se van, como él pensaba. Y empieza a familiarizarse con los síntomas, las estadísticas. No recomienda a nadie que lo haga. Para eso están los médicos. Pero la impaciencia le está asediando.

No le tranquiliza saber que cualquiera puede padecer acúfenos, independientemente de la edad, el sexo o la condición. Los datos dicen que un 8% de la población tiene tinnitus. Vale, pero ¿por qué a él? ¿Qué es lo que ha hecho? Si sigue leyendo le entran escalofríos: los acúfenos afectan a tres millones y medio de personas en España y a 25 en toda la Unión Europea. También se entera de que la incidencia aumenta con la edad, que es más habitual que aparezca a partir de los 45 años. “Va a ser eso -piensa- que la edad no perdona”.

Pero lo que le pareció de novela de terror fue la diversidad de ruidos que pueden llegar a aparecer: pitidos, timbres, zumbidos, la señal de la televisión, silbidos, campanas. Y lo que más le asustó: se pueden presentar como sonidos como chasquidos o palpitaciones que van al mismo ritmo que el pulso cardiaco.

Por fin llegó el día. Y resulta que aquella infección en la muela la había causado una otitis, origen de los acúfenos. Ese fue el diagnóstico. Sintió cierto alivio pues según el doctor los pitidos se podrían quitar si desaparecía la otitis. El remedio, antibióticos orales. Se marchó confiado a casa, a pesar de los pitidos, que le hacían pensar en un partido de fútbol.


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Quiero ir al Mundial como el gato Aquiles

— Aquiles, un gato sordo que vive en Rusia, va a ser el encargado oficial de predecir los resultados del Mundial de fútbol.

— Me podían llevar a mí, que también estoy sordo y seguro que de fútbol tengo la misma idea que el gato —contestó Alberto, todavía molesto tras la operación quirúrgica.

— No se te quitan las ganas de bromear ni en el hospital. Que sepas que es gato muy artista, pues vive en el Museo Hermitage de San Petersburgo.

Lo de Alberto es un no parar: de pruebas diagnósticas a intervenciones. Él dice que goza de una estupenda “mala salud de hierro”. La última visita a los boxes ha sido por un nódulo en las tiroides. No le importa que esta nueva avería tenga o no que ver con su síndrome de Melas. Aspira a seguir venciendo obstáculos, surjan de donde surjan.

Pero ya tiene otra tarea. Su enfermedad avanza y la pérdida de audición en el oído izquierdo está siendo endiabladamente rápida. Ya no le valen los audífonos. Tanto es así que los especialistas están estudiando la posibilidad de realizarle un implante coclear unilateral. Acude a las pruebas con su acostumbrada fe en la vida: audiometría tonal, logoaudiometría, audiometrías de campo libre con y sin audífonos, TAC, resonancia magnética…

Y más valoraciones para saber si definitivamente es necesario el implante coclear o se puede esperar en caso de una posible mejora. En un par de semanas tendrá más datos. Está impaciente, pero tranquilo.

— Si Fernando Alonso puede esperar por un coche bueno para las carreras de Fórmula 1, yo también sabré aguardar mi turno —comenta a sus amigos.


La ocurrencia de los niños

Guillermo llegó a la empresa de servicios donde lleva tres años trabajando de una manera habitual. No le importa decirlo. A falta de estudios uno tiene que tirar de conocidos. Y a su padre le unía cierta amistad de juventud con uno de los socios de la compañía. Pero no se considera un enchufado. Cumple con los cometidos. Y hasta ahora no habido quejas. Empleado de finca urbana. Así dice el contrato. Aunque sabe que antes se llamaban porteros o conserjes.

Sus años de experiencia en mil y una labores le permiten afrontar cualquier imprevisto. Es lo que se llama “un manitas”, justo lo que más se necesita en su puesto de trabajo. Además, no se tiene que ocupar de la limpieza pues la empresa que gestiona la comunidad de propietarios dispone de una persona para ese menester. Se puede decir que está contento. No ha recibido trato discriminatorio por parte de los vecinos. Ya le conocen. Aunque siempre hay quien mira con curiosidad. A él no le molesta, pero gustarle tampoco.

Bueno, luego están ciertos niños. Alguno se debe pensar que no oye nada y por eso se atreven a realizar comentarios sobre su sordera, sobre el aparato que lleva en los oídos. “¿Es para escuchar música o para oír mejor?”, pregunta alguno de la pandillita. A lo que responde otro: “Dicen que son audífonos, pero yo creo que es un artilugio para espiar”. Ante ellos no puede esbozar la más mínima mueca que preludie una sonrisa. Pero le hacen gracia. No siente que le falten al respeto. Son niños y ocurrentes. Qué le vamos a hacer.


Mis problemas con los trabajos

Guillermo aprovecha para hacer un pequeño descanso en la tarea diaria. El periódico gratuito que ha dejado un vecino le va a servir para tomar un poco de aire. Allí se encuentra con una noticia que le deja pensativo. Dice la prensa que las personas con discapacidad podrán formar parte de un tribunal del jurado. Esta modificación enmendaba la ley que impedía la participación de las personas impedidas “física, psíquica y sensorialmente”. Una discriminación como la copa de un pino. La noticia explica que se proporcionarán los apoyos precisos para el desempeño con normalidad del objetivo. A él le da por imaginarse como jurado popular. Sabe que es por sorteo. Y no cree que necesite nada especial. Desde que se puso los audífonos lleva una vida casi casi normal.

A sus cuarenta años no sabe cuándo empezó a perder audición. Tiene claro que a partir de los veinte comenzaron las limitaciones. Aunque tal vez sus problemas en los estudios, que tuvo que abandonar, estén emparentados con la dificultad para captar y comprender. Ha dispuesto del tiempo suficiente para vivir en carne propia las cortapisas a las personas con pérdida auditiva para triunfar en el mercado laboral. En su caso, además, sin formación específica. Gracias a que es un buscavidas ha salido del paso en mil y un oficios. Y la construcción era uno de los lugares más comunes antes de que empezara la crisis económica.

Quizá esperó demasiado tiempo en acudir al especialista. Se imaginaba que el desembolso iba a ser grande, y que iba a necesitar ayuda familiar para sufragar el tratamiento. Al final, con un pequeño empujoncito pudo adquirir los audífonos. Desde entonces se muestra más optimista y encara la vida con otro ánimo.


Aplazando lo inevitable

Tiene su guasa, pero siempre conviene no precipitarse hasta salir de dudas. Lleva unos días Ricardo recordando las anécdotas de su abuela Ramona, sobre todo las referidas a su sordera. Y de ahí a su padre. Que ahora lleva audífonos para limitar el efecto de la pérdida de audición asociada a la edad. No hay más casos en la familia. Y de la abuela apenas tiene memoria, salvo las historias una y mil veces repetidas.

Está desorientado, un poco confuso y todavía no lo ha comentado en casa. En el trabajo está perdiendo un poco la onda. Le cuesta seguir las conversaciones. Lo achaca al estrés, a la amenaza de más despidos. Así es difícil concentrarse. Pero sospecha que hay algo más.

Siente entre vergüenza y debilidad. No sabe desde cuándo le sucede, pero necesita subir el volumen para enterarse bien de lo que alguien dice en la televisión. Pero si hay más gente lo deja como está. Le da apuro manifestar cómo se siente. Lo que no sabe es hasta cuándo podrá seguir disimulando, si es pasajero, si puede ir a peor, si solo son imaginaciones suyas. No está atravesando precisamente sus mejores momentos personales. Todo se junta, todo pasa factura.

Le falta tomar la decisión. Pedir cita. Hacerse una revisión. Y así sabrá si son fabulaciones o necesita ayuda de algún tipo. No quiere anticipar. No se ve con audífonos. Aunque ahora son bastantes discretos. Pero no quiere todavía enfrentarse al especialista. Sabe que de seguir así no le queda otro remedio. Todavía quiere ganar tiempo. Comprende que es un error y que tarde o temprano tendrá que tomar una decisión.


La ropa huele a cocido

Las guarderías y la educación infantil no formaban parte del mundo de sus abuelos. Tampoco la vivienda habitual, al menos en los primeros años de su matrimonio. A Joaquín, el abuelo de Ricardo, le costó quitarse la mala fama de no estar alineado políticamente con lo establecido, pero al final su quehacer profesional le sirvió para redimirse. El paso del tiempo cura muchas cosas.

A la familia (en principio Ramona y Joaquín) solo les daba el dinero para alquilar una habitación en una casa de huéspedes del barrio de Salamanca, en Madrid. Ramona comenzó a arreglar vestidos, pero pronto se atrevió a confeccionarlos ella misma. Mientras, Joaquín se ganaba unas pesetas como ebanista. Todo muy precario. Pero estaban empezando. Tenían ilusión. La sordera no le impedía a Ramona expresarse verbalmente. Solo lo hacía sin pudor con los más próximos.

Pronto vinieron los niños. Primero, Ricardo. Un año después, Alicia. Y los pequeños acompañaban con sus juegos mientras su madre cosía en la misma habitación donde antes vivían dos personas y ahora cuatro. Joaquín iba dejando patente que era un profesional como la copa de un pino y Ramona había conseguido como cliente a una señora de la zona con bastantes recursos.

Alquiler de habitación con derecho a cocina. Allí se tenían que turnar las distintas familias para preparar sus guisos. Ramona no podía fiarse del sonido cuando alguno de sus preparados comenzaba a hervir. Necesitaba acudir con demasiada frecuencia para comprobar el proceso. Pero la cosa empeoró cuando comprobó que otras personas allí alojadas hacían excursiones a su cocido.

Ella no podía permitirse dejar sin comer a los suyos por culpa de unos desaprensivos. Así que para hacer guardia se llevaba las telas a la cocina. Allí en los fogones, terminaba de dar forma a los vestidos. Su principal fuente de ingresos, la señora bien, se esfumó. Por culpa de los garbanzos. Le costó entender lo que ella le explicaba, pero lo entendió por fin al leer los labios: “No te encargo más ropa, porque huele a cocido”.


Eran otros tiempos

Ricardo sabe que eran otros tiempos. Pero las circunstancias actuales le llevan inevitablemente a aquellos entonces. Y se acuerda de su abuela Ramona mientras hojea la prensa y reflexiona sobre Eric Clapton, ese gran guitarrista que está perdiendo la audición y también la posibilidad de tocar su preciado instrumento por una disfunción en el sistema nervioso: “Me estoy quedando sordo y mis manos apenas funcionan”. Así se expresa el músico. A Ricardo le sirve para reflexionar sobre la fragilidad humana, precisamente ahora que él empieza a tener problemas.

Está muy familiarizado con la sordera. Pero los casos familiares no tienen nada que ver con la genética. Hasta donde puede rastrear en su memoria la abuela Ramona fue la primera. Eran otros tiempos. Y difíciles. La malaria (aquí se llamó paludismo) era una enfermedad presente en la sociedad española. Ramona era una niña de ocho años que tuvo la suerte de sobrevivir. Pero los efectos de la medicación la dejaron sorda. Era el efecto secundario de la quinina. Pasados los años las farmacéuticas consiguieron otros medicamentos menos agresivos para la salud del paciente. Para Ramona ya era demasiado tarde.

La abuela Ramona es un ejemplo para Ricardo y para toda la familia. Pero ahora no puede dejar de pensar en la quinina, en lo expuestos que estamos ante el entorno. En la buena suerte que tuvo de salvar su vida tras la malaria, en la mala suerte por los efectos secundarios de la medicación.


Gracias por la música

Teresa trabaja como administrativa y recepcionista. Se considera, de buen grado, una chica para todo. Lleva dos años en este puesto y se siente muy bien: “Me agrada hacer trabajos administrativos. Lo que menos me gusta es coger el teléfono”. No echa de menos su etapa precedente. Bueno, hay un par de personas con las que todavía mantiene el trato y algún día se toma un café. Gracias al whatsapp siguen en contacto. De su anterior trabajo tiene una cierta experiencia negativa que le hace estar precavida. Ya sabe que hay personas que solo van a lo suyo. Ahora está tranquila. Forma parte de un equipo, cada uno con sus cometidos.

Está orgullosa de mantener sus amigos de juventud. Está claro que ya no pueden verse como entonces, pero sacan hueco para juntarse de vez en cuando. A Teresa le complace sentirse una mujer normal, “con los mismos deseos, problemas o aficiones que cualquiera, pero tengo muy claro que son los implantes los que me dan esa autonomía. Me han ayudado enormemente a desenvolverme casi a la perfección”.

Prefiere el cine a la literatura, se siente bien haciendo deporte y senderismo. En definitiva, está abonada a los pequeños placeres de la vida: “Me gusta tomar café con la gente”. Pero hay uno que destaca sobre todos, la música: “Lo que más me gustaría es oír música en la ducha. Antes me ponía canciones cuando me pintaba. Pero no puedo ir a locales con mucho ruido de ambiente. Ahí pierdo la posibilidad de disfrutar”.


Todo sucedió a partir de los 20 años

Teresa tenía una pequeña pérdida auditiva, detectada en la infancia. Su levedad le permitió llevar una vida normal en casa y en el colegio, sin inconvenientes en el estudio. Pero a partir de los 20 años surgieron los problemas. De hecho, su madre, se dio cuenta de que cuando la llamaba por detrás a veces giraba por el lado contrario.

Desde ese momento sintió que los pequeños problemas de antaño eran maravillosos en comparación con la nueva realidad. De poder seguir el día a día a encontrarse completamente bloqueada. Una serie de acontecimientos luctuosos en el seno familiar completaron un panorama bastante negro.

Pero no se rindió. Ni ella ni su padre. Su progenitor se planteó llevarla a Estados Unidos, pero el otorrino le convenció de que los tratamientos en España eran los mismos. Solo había que esperar a que alcanzase determinado límite para poder realizar el implante. A pesar de las buenas intenciones de su padre, sus obligaciones laborales le impidieron acompañar como le hubiera gustado a su hija por consultas y pruebas. Ella es decidida: “Soy yo la que más se ha movido porque veía que se me cerraban las puertas”.

Ella cree que la discapacidad auditiva la ha privado de seguir estudiando. En determinado momento quiso retomar las clases, pero se dio cuenta de que le iba a resultar muy difícil: “Puedes advertirles de que no oyes bien. Y te hacen caso. Pero al segundo día ya se les ha olvidado”. Si hubiera podido habría cursado Educación Infantil. Le encantan los niños. Considera que está en una tierra de nadie muy complicada: “No soy sorda profunda ni oyente”. Pero lucha todos los días para que la vida le sonría. Gracias a los implantes.