Deficiencia auditiva

Cuatro ojos y sordita

A algunos no les parece que cualquier tiempo pasado fue mejor, como dice el famoso poema de Jorge Manrique. Silvia es de estas personas. Vive el presente con firmeza, con sueños, pero aferrada al día a día. No es que reniegue de su pasado, de su vida, pero para ella ese territorio sutil de la infancia no fue tan idílico. No le molesta el recuerdo, porque su existencia no puede catalogarse con colores extremos. El blanco y el negro suelen esconder matices. Y a lo largo de sus años ha habido de todo: la mayor parte ha sido bueno.

No sabe Silvia situar el momento en que empezó a tener problemas en el colegio con la audición. Se acuerda de las visitas a los médicos, pero no sabe a qué edad exacta comenzó todo, ni quién se dio cuenta. Luego no ha querido preguntar sobre su entonces incipiente sordera a su familia, ha sabido aceptarlo y prefiere mantenerlo en una bruma.

Por hay cosas que nunca se olvidan. Esas burlas de otros niños. No todos. No siempre los mismos. A partir de cierto momento quedó palpable que Silvia no se enteraba muy bien de lo que decían los profesores. Una palabra corrió como la pólvora: sorda. Esa nueva característica se añadía a sus gafas. “Ciega y sorda, pues vaya compañera” o “Cuatro ojos y sordita”. Ella tenía que escuchar lindezas de este tipo. Al poco tiempo se esfumaron los insultos. Ahora cree que la dirección del colegio intervino. Tal vez a instancias de sus padres.

Silvia tiene una personalidad fuerte. Pero todo el mundo necesita apoyo, sobre todo a determinadas edades. Confiesa que el cariño, el respeto y la ayuda que encontró en su familia han ayudado bastante a que hoy sea una mujer de éxito.


A veces me olvido de que llevo audífonos

Veinte años después ya no se considera una novata. Por supuesto que ahora no toleraría alguna broma fuera de tono. Eran jóvenes, como ella, ese par de gamberros. Ya no trabajan en la compañía. Las burlas duraron muy poco. Hasta que fueron pillados con las manos en la masa por uno de los jefes.

Le molestó aquel suceso, pero no lo recuerda con especial hostilidad. Los dos muchachos, casualmente uno rubio y otro moreno, como Zipi y Zape, se dirigieron a ella para pedirles unos datos que obraban en su poder. Mientras ella buscaba la documentación, ellos comenzaron a simular que estaban hablando. Solo movían la boca y gesticulaban. Silvia se puso nerviosa y empezó a accionar el volumen de los audífonos. Nada. Solo el silencio. Tras unos momentos de desasosiego, ella les miró muy enfadada. Ellos se marcharon riendo. Solo repitieron la broma una vez más. Pero fueron sorprendidos. Desde entonces nadie ha osado burlarse de su discapacidad. Solo ha encontrado respeto y mucha ayuda por parte de la mayoría de sus compañeros.

El ambiente ha sido tan propicio para el crecimiento personal y profesional que Silvia, que empezó como secretaria (ahora se llaman secretaria de dirección) ocupa un cargo de máxima confianza junto al director general de la empresa. Asesora en materias importantes. En la administración pública el rol que desempeña se llama jefatura de gabinete. A Silvia le dan igual los nombres. Ella ha llegado lejos, con dedicación y mucho esfuerzo. A veces, algunas veces, olvida incluso que lleva audífonos, que sin ellos no podría desenvolverse con casi total normalidad. Y también sabe que ella ha tenido la suerte de la que otros en su situación carecen.


Tengo trabajo

Silvia es consciente de la suerte que tiene. Las cifras sobre el paro entre las personas con sordera oscilan, pero las más optimistas las sitúan en el 40%. Ella tiene muy claro que estamos ante un caso de discriminación, y que a las autoridades corresponde solucionarlo y a las distintas asociaciones reclamar que se hagan efectivos los derechos que les corresponden.

Muchas personas sordas trabajan en centros especiales porque los obstáculos para encontrar empleo son incontables. El primero es la entrevista de trabajo. Silvia recuerda la única que realizó, en la empresa donde lleva veinte años. Iba asustada. Recuerda que pensó en arreglarse el pelo para que no se le vieran los audífonos, pero apostó por ella misma, por sus condiciones, por su formación. Tenía sus reservas: para trabajar de secretaria y coger el teléfono con frecuencia al cabo del día igual no era considerada la persona más idónea. Su desparpajo y elocuencia convencieron al entrevistador, el director de Recursos Humanos. A fin de cuentas, había un periodo de prueba donde podría demostrar su preparación.

Por supuesto que estaba asustada. No siempre las ganas se corresponden con las acciones. Ella tenía un cierto hándicap para comunicarse con sus compañeros o para hablar por teléfono, herramienta clave de su puesto. Hubo días que lo pasó mal, pero su empeño valió la pena. Superó el periodo de prueba y continuó ejerciendo como secretaria.

Como Silvia se desenvuelve con casi total normalidad no hubo que realizar adaptaciones técnicas en la oficina para que realizara sus funciones. Pero sí aconsejó a la dirección de la empresa que tomaran algunas medidas para la comunicación, como una buena iluminación para facilitar una posible lectura labial. La sala de reuniones ya contaba con una mesa redonda. Menos caso le hicieron cuando habló de cambiar los materiales para procurar la absorción del sonido. Ella considera que el balance en la relación con la empresa es positivo.


Los acúfenos no tienen la culpa de todo

Lo que le faltaba. Ha perdido el móvil. La culpa no la tienen los acúfenos, pero la racha que lleva es para hacérselo mirar. Aunque no sabe a quién dirigirse para limitar los efectos de su mala suerte. Manuel es una persona positiva que suele sacar fuerzas de flaqueza en los peores momentos. Ahora le está costando, pero planta cara. Busca no caer en la desesperación. Le han recomendado que practique con técnicas de relajación. Ha de evitar, por todos los medios, entrar en bucle, pues estrés y acúfenos se retroalimentan. No descarta incluso acudir a psicoterapia.

— ¿Es que vosotros no los oís? ¿Cómo puede ser que yo sea el único que tenga el privilegio de sentir diariamente esta sinfonía de pitidos? —comenta Manuel siempre que tiene ocasión a sus amigos. La ironía no le abandona. De alguna manera se puede decir que le está salvando.

Ha repasado una y otra vez lo que se dice de las causas y los factores de riesgo. Aunque a veces la procesión puede ir por dentro, no es Manuel de las personas a las que el estrés o la ansiedad le afecten demasiado. Su sentido común le hace llevar una vida más o menos ordenada con lo que evita los efectos del signo de los tiempos. Ni ha probado sustancias tóxicas ni tiene altos los niveles de colesterol o hipertensión.

Lo que es inevitable es que siente haber perdido calidad de vida: está irritado, duerme mal y no controla la paciencia como en sus mejores momentos. Sabe que no es de los que se hunden, pero tiene que aprender a convivir con los acúfenos. Y ahí está. Luchando. Como siempre.


Con pitidos en el trabajo

Las molestias pertinentes y un decaído estado de ánimo llevaron a Manuel a pedir la baja laboral a su médico de atención primaria. Lo consideraba una solución provisional en busca del espíritu suficiente para tomar decisiones. Sabe que no va a poder disfrutar en absoluto del tiempo libre. Y que tantas horas para pensar igual no le benefician.
Luego está la merma salarial si la baja se produce por lo que llaman una enfermedad común, aunque los acúfenos para Manuel no eran nada comunes hasta hacía poco tiempo. Ya lo sabía: durante los tres primeros días no tiene derecho a cobrar y partir del cuarto día percibe el 60% y desde el día 21 el 75% de la base reguladora.

Su trabajo en una gestoría no está sometido a los ruidos de otros empleos. Tiene tiempo ahora para informarse más, para ver más informativos, para consultar las noticias on line. Así se entera de que un violinista ha ganado un juicio contra la Royal Opera House de Londres por la pérdida auditiva sufrida durante el ensayo de la ópera La valkiria, de Richard Wagner, en 2012. El demandante acusó de “daños por lesiones personales, pérdida y daño sostenido” por haber estado expuesto a unos niveles de ruido que supusieron un riesgo para su audición, a pesar de que llevaba tapones para los oídos. El músico ahora debe llevar protección en los oídos para realizar cualquier tipo de actividad.

Manuel podrá volver a la gestoría. El violinista ha tenido que dejar la música. Busca consuelo y buenas vibraciones para poder convivir con los pitidos. Lo que peor lleva es cierta sensación de inutilidad, de no poder estar al cien por cien. Pasado un tiempo prudencial pidió el alta para volver al trabajo. No se le han quitado los pitidos, pero ha llegado a la conclusión de que todo pasa por normalizar su situación.


Todavía no sé si me voy a implantar

Alberto tenía muchas ganas de que llegara el día. Pensaba que el otorrino le iba a sacar de dudas. No siempre es así. La mayoría de las veces es uno quien tiene que decidir, después de haber escuchado las valoraciones de expertos, claro.

Mientras espera su turno, Alberto ojea la prensa. Allí se encuentra con un reportaje sobre Roger Daltrey, el cantante de The Who, quien a sus 74 años ha recomendado a los que vayan a los conciertos que se pongan los “jodidos tapones en los oídos”. El músico ha reconocido que necesita leer los labios como apoyo para seguir una conversación. Su audición deja mucho que desear tras una vida por los escenarios de medio mundo. “Por lo menos ha disfrutado con la música”, piensa Alberto.

Y le llega el momento. El otorrino lee detenidamente el informe del audiólogo sobre posibles soluciones para la cofosis funcional en el oído derecho y la hipoacusia sensorial severa en el oído izquierdo: transmisor en el izquierdo con bluetooth y audífono en el derecho. El consejo es claro: le dice que como tiene un periodo de prueba de dos meses que lo haga, para que pueda comprobar si existe mejoría, si se adapta bien. No obstante, le envía a un centro especializado para que le realicen una valoración preimplante por si finalmente opta por esta otra solución.

Salió deprisa y corriendo, porque iba muy justo para regresar al trabajo. De camino, le daba vueltas a la cabeza sobre la mejor decisión. Todavía no sabe qué hará. Está consultando con mis amigos y sobre todo con su propia cabeza. En el horizonte, oír mejor.


Es la ruina esto de querer oír

Alberto sigue realizándose todo tipo de pruebas para que otorrino disponga del mayor número de datos y así poder decidir si se realiza el implante coclear. En uno de esos centros a los que acudió le comentaron la posibilidad de encontrar una fórmula para poder escuchar mejor sin necesidad de implantar. Esta solución pasa por colocar en el oído izquierdo, el malo, como lo llama él, una especie de transmisor que enviaría al oído derecho, el menos malo, toda la información por bluetooth.

A pesar de su buen ánimo, a veces la situación le produce cierto desasosiego: “Me cambié los audífonos hace justamente un año. Y ahora me los tendría que dejar de repuesto, pero solo para el izquierdo, el malo. Bueno, el otro, el derecho, al que algunas veces llamo bueno, realmente no es tan bueno. Aunque con los nuevos audífonos podría estar dos meses de prueba, tendría que adelantar 600 euros. Si finalmente decido quedármelos serían un total de 3.600. Una pasta. Es la ruina esto de querer oír”.

Está deseando reunirse con su otorrino para que le explique bien las opciones y cuál es la más conveniente para él. Mientras llega el momento solicita opinión a sus amigos. Sabe que no pueden aclararle las dudas, pero él necesita comunicarse, hacer partícipe a los miembros de su entorno de la dificultad de la decisión, de la encrucijada en la que está. Quiere oír mejor y no sabe todavía por dónde tirar. Cree que la visita al especialista será crucial para su futuro.


Tras el implante igual me comporto como un bebé

— ¿Sabías que Apple ha propuesto 13 emojis para personas con discapacidad?

Lo raro es que Alberto no lo sepa. Suele estar muy enterado y no solo porque escucha la radio en sus largos trayectos diarios.

— Cuenta, cuenta. ¿Qué van a poner para los sordos como yo?

— Mejor lo vemos en el móvil.

Y los dos amigos comprueban que la compañía estadounidense quiere diseños dirigidos a representar a personas con discapacidad visual, auditiva y motora, como prótesis, perros guía o lenguajes de señas.

— Aquí está el mío —señala Alberto al tiempo que se pone a cavilar—. Una oreja con un audífono intracanal. Pero no están los implantes cocleares. ¿Te he dicho que me estoy haciendo pruebas para ponerme un implante?

Alberto se comporta como un jabato. Su gente más cercana le admira. Con su enfermedad, el síndrome de Melas, a cuestas y sigue poniendo al mal tiempo buena cara. Son muchos frentes, pero no le importa. Quiere ponerle remedio a la hipoacusia neurosensorial profunda de su oído izquierdo. Falta ya poco tiempo para que le confirmen si puede seguir adelante con el implante. No quiere esperar. Se le está haciendo muy larga esta temporada.

Es una persona sensata, pero no tiene ningún miedo ante una nueva intervención quirúrgica: “Yo quiero oír y me dan igual una o mil operaciones. La alteración mitocondrial me está afectando a los músculos y en cierta medida me debilita psicológicamente. Intento imaginarme cómo será oír mejor. Igual termino haciendo las mismas cosas que los bebés con pérdida auditiva en esos vídeos que vemos en Youtube cuando les implantan o les colocan audífonos”.


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Quiero ir al Mundial como el gato Aquiles

— Aquiles, un gato sordo que vive en Rusia, va a ser el encargado oficial de predecir los resultados del Mundial de fútbol.

— Me podían llevar a mí, que también estoy sordo y seguro que de fútbol tengo la misma idea que el gato —contestó Alberto, todavía molesto tras la operación quirúrgica.

— No se te quitan las ganas de bromear ni en el hospital. Que sepas que es gato muy artista, pues vive en el Museo Hermitage de San Petersburgo.

Lo de Alberto es un no parar: de pruebas diagnósticas a intervenciones. Él dice que goza de una estupenda “mala salud de hierro”. La última visita a los boxes ha sido por un nódulo en las tiroides. No le importa que esta nueva avería tenga o no que ver con su síndrome de Melas. Aspira a seguir venciendo obstáculos, surjan de donde surjan.

Pero ya tiene otra tarea. Su enfermedad avanza y la pérdida de audición en el oído izquierdo está siendo endiabladamente rápida. Ya no le valen los audífonos. Tanto es así que los especialistas están estudiando la posibilidad de realizarle un implante coclear unilateral. Acude a las pruebas con su acostumbrada fe en la vida: audiometría tonal, logoaudiometría, audiometrías de campo libre con y sin audífonos, TAC, resonancia magnética…

Y más valoraciones para saber si definitivamente es necesario el implante coclear o se puede esperar en caso de una posible mejora. En un par de semanas tendrá más datos. Está impaciente, pero tranquilo.

— Si Fernando Alonso puede esperar por un coche bueno para las carreras de Fórmula 1, yo también sabré aguardar mi turno —comenta a sus amigos.


Ya no me valen los audífonos

“Mi enfermedad me está haciendo polvo. La pérdida de audición está siendo tan rápida en el oído izquierdo que ya se están planteando realizarme un implante coclear”. Alberto les cuenta sus preocupaciones a sus amigos, pero no se le desdibuja la sonrisa de la cara. “Yo de mayor quiero ser como tú”, le dice más de uno.

Ahora echa de menos esos tiempos en que los audífonos le causaban problemas: “Vale, no oía bien siempre. Sobre todo, porque me gusta ir a conciertos. Allí me podría encontrar con ruido de fondo. Otras veces se me acoplaban. Pero era el mal menor. Salvando la circunstancia recuperaba la normalidad. No es el caso hoy en día. Me valen de bien poco”.

Siete años ya de sus primeros audífonos, de esa gran inversión que le permitió acometer la vida con plenitud: “Sí, fue un gran desembolso, pero lo di por bien empleado. La salud es más importante que un viaje exótico”. Ya le gustaría que sus males tuvieran que ver con dormirse con ellos o que se le acaben las pilas en el momento más inesperado sin un repuesto encima. Eran los problemas de otros tiempos, antes de haber perdido por completo el oído izquierdo.

Alberto cree con firmeza en el poder de las personas, principalmente en la capacidad del ser humano para superarse, para avanzar desde el punto de vista científico. Por eso espera que a él le sirva el talento y el conocimiento de los especialistas para salvarle del silencio total.