Sordos

Mi audífono pita

María ha cumplido. Después de trabajar en el área administrativa de distintas empresas le ha llegado el tiempo de la jubilación. Nunca tuvo ningún problema relacionado con la salud auditiva. Hasta hace cinco años. Primero fue un herpes. Una vez curada, el otorrino pensó que se recuperaría, pero no fue así. En uno de sus oídos tiene una pérdida del 40%. Y según el médico no tiene nada que ver con el herpes. “Más que no oír -dice- lo que me pasaba es que no entendía. Si no vocalizan o hay nitidez perdía mucho. Ahora no me fijo en la lectura de labios, pero me gustaría aprender a hacerlo”.

Por eso lleva un audífono, aunque hay días que no lo utiliza. Explica que para el tú a tú se puede defender. Pero también pone otros ejemplos: “Si estoy en la cocina y suena el teléfono a lo mejor no me entero. Por eso me llevo el inalámbrico. Si tengo puesto el aparato sí lo oigo”.

Está en un momento de incertidumbre: “No oigo muy bien. No me da buenos resultados. He ido varias veces al centro de audiología. Me cambiaron a otro mejor. De repente empieza a pitar, en el cine o en la calle… piiiiiiiiiiiiiii. Hay veces que estoy en el cine y me lo he tenido que quitar. La gente del cine oye ese pitido. A lo mejor yo no me entero mucho, pero los demás sí. Cuando se va a terminar la pila te avisa con una campanita. Yo siempre llevo pilas en el bolso”.

Sabe que tiene que encontrar el punto adecuado para beneficiarse del audífono. Aunque de momento no tiene mucha suerte: “La semana pasada fui al cine y en mitad de la película me dejó de funcionar. No me enteré de mucho”.


Gracias por la música

Teresa trabaja como administrativa y recepcionista. Se considera, de buen grado, una chica para todo. Lleva dos años en este puesto y se siente muy bien: “Me agrada hacer trabajos administrativos. Lo que menos me gusta es coger el teléfono”. No echa de menos su etapa precedente. Bueno, hay un par de personas con las que todavía mantiene el trato y algún día se toma un café. Gracias al whatsapp siguen en contacto. De su anterior trabajo tiene una cierta experiencia negativa que le hace estar precavida. Ya sabe que hay personas que solo van a lo suyo. Ahora está tranquila. Forma parte de un equipo, cada uno con sus cometidos.

Está orgullosa de mantener sus amigos de juventud. Está claro que ya no pueden verse como entonces, pero sacan hueco para juntarse de vez en cuando. A Teresa le complace sentirse una mujer normal, “con los mismos deseos, problemas o aficiones que cualquiera, pero tengo muy claro que son los implantes los que me dan esa autonomía. Me han ayudado enormemente a desenvolverme casi a la perfección”.

Prefiere el cine a la literatura, se siente bien haciendo deporte y senderismo. En definitiva, está abonada a los pequeños placeres de la vida: “Me gusta tomar café con la gente”. Pero hay uno que destaca sobre todos, la música: “Lo que más me gustaría es oír música en la ducha. Antes me ponía canciones cuando me pintaba. Pero no puedo ir a locales con mucho ruido de ambiente. Ahí pierdo la posibilidad de disfrutar”.


Una chica guerrera

A principios de los años ochenta una banda de rock llamada Coz cantaba “Las chicas son guerreras”. Teresa se considera a sí misma una guerrera. Cree que gracias al implante se puede defender: “Considero que estoy al 80% de posibilidades. Pero me lo he trabajado mucho. Ahora cojo el móvil y puedo hablar. En el cine a veces me encuentro muy bien. Aunque hay lugares con mucho ruido donde no oigo. Entonces me cierro un poco”.

Como buena guerrera se muestra exigente con todo, también con sus dos implantes, a los que pide unas cuantas cosas básicas. Los lleva desde que se levanta hasta que se acuesta y ha tenido que cambiar tres veces cada procesador. “Para mí es fundamental que puedan entenderte -explica Teresa-. Ahora puedo ir al médico sola. Cuando voy en metro también necesito poder oír el nombre de la siguiente estación. O el ruido de la lavadora cuando centrifuga o se ha parado. Y la olla. Y cuando llueve. No me imaginaría no tener los implantes. Estaría más apartada de todo”.

Le da rabia que la gente no sepa qué es un implante. Ella está reimplantada en los dos oídos. Una vez porque hubo una partida con defectos técnicos y en la otra no saben por qué falló. “Como las chicas nos tapamos el pelo, la gente no es consciente de que lo llevamos. Somos más disimuladas que los chicos”, comenta.

Y le gusta asesorar a la gente sobre los implantes cocleares: “Cuando alguien pregunta intento aconsejar y decirles que está bien. Yo siempre aporto aspectos positivos. Si lo trabaja va a tener muchas cosas buenas. Los implantes han sido algo muy positivo en mi vida y no me arrepiento de mi decisión”.

Sabe que depende del tono la palabra sordo puede molestar: “Hay personas que no aceptan que haya otras que no oyen. Cuando esto sucede me hundo, pero me levanto rápidamente, y sigo y sigo”.


Muchos oyentes también son desconfiados

Teresa es una luchadora. Ella relata su vida con una serenidad pasmosa. Y es consciente de que hay un antes y un después en su vida: “Con los implantes empiezas a ser tú misma. Puedo hacer mi día a día. Puedo considerarme una persona normal”.

Pero no ha sido un camino de rosas. Al principio llevó audífonos: “Comencé con uno, pero lo cambié. Me asustaba mucho llevarlos, porque el volumen era muy alto y la comprensión nula. El otorrino se percató de que no me sentía bien”.

Así que no le quedó otra que implantarse. En 1999 fue el primero. Tardó tiempo en aceptar que debía ponerse un segundo, pero finalmente en 2004 lo hizo. Su relación con los distintos médicos que ha ido tratando siempre ha sido buena: “No puedo quejarme. Yo he seguido sus instrucciones. Me hicieron muchas pruebas con el primer implante y el segundo me lo puse cuando yo acepté”.

Tiene mucho que decir sobre el tópico que asocia la sordera a la desconfianza: “Es verdad que me volví desconfiada cuando perdí el oído. Gracias al implante volví a ser yo. Ya sé que tenemos la etiqueta de que somos desconfiados, pero muchos oyentes también lo son”.

A pesar de todas las prevenciones, estima que con los implantes cocleares le ha ido muy bien: “Tengo una vida casi normal. Me puedo bañar con ellos. De hecho me compré el pack acuático, pero todavía no lo he probado. Para dormir sí me los quito”.

Le gustaría practicar natación, pero piensa que en una piscina igual prefiere quitarse el aparato. “Hay cosas de las que sí me privo -explica-. Si voy al gimnasio, puedo perderme alguna cosa, porque la música suele estar muy alta.


Tal vez fue por los antibióticos

Teresa nació en Madrid, ciudad a la que el escritor costumbrista Ramón Mesonero Romanos llamó, allá por el siglo XIX, “poblachón manchego”. Eso tal vez fuera en aquellos tiempos, porque ahora se ha convertido en una urbe con las ventajas y desventajas de una gran capital. Sigue siendo tierra de aluvión, donde las gentes de España y del resto del mundo recalan.

Precisamente sus padres son oriundos de la Mancha. Recuerda lo que le han contado de cuando era bebé: “Dicen que estaba bastante enferma, que tenían que pincharme los oídos. Lo cierto es que fui sometida a mucha medicación. Hubo incluso quien llegó a decir que alguien me había echado mal de ojo”.

Pero como dice la canción, todo tiene su fin, y la dolencia cesó. Hasta el punto de que su madre le hizo una confesión al padre: “La niña vive, ya no llora”. Teresa ya no visita el pueblo como antes. Ella está convencida de que la pequeña pérdida auditiva que sufrió en la infancia y que luego se acrecentó tiene mucho que ver con los antibióticos que tomó de pequeña.

Su infancia fue muy normal, sin problemas en el colegio ni en casa con ninguna de sus tres hermanas. Como se desenvolvía bien nunca ellas se percataron de su pérdida auditiva. Es la pequeña de cuatro. Y sus problemas comenzaron precisamente cuando ellas ya no estaban en el domicilio familiar pues se habían casado. La familia es muy importante para Teresa. Le alegra la vida compartir momentos con sus seis sobrinos y con su padre. Es la manera de dedicarle los días a los que ya no están.


Todo sucedió a partir de los 20 años

Teresa tenía una pequeña pérdida auditiva, detectada en la infancia. Su levedad le permitió llevar una vida normal en casa y en el colegio, sin inconvenientes en el estudio. Pero a partir de los 20 años surgieron los problemas. De hecho, su madre, se dio cuenta de que cuando la llamaba por detrás a veces giraba por el lado contrario.

Desde ese momento sintió que los pequeños problemas de antaño eran maravillosos en comparación con la nueva realidad. De poder seguir el día a día a encontrarse completamente bloqueada. Una serie de acontecimientos luctuosos en el seno familiar completaron un panorama bastante negro.

Pero no se rindió. Ni ella ni su padre. Su progenitor se planteó llevarla a Estados Unidos, pero el otorrino le convenció de que los tratamientos en España eran los mismos. Solo había que esperar a que alcanzase determinado límite para poder realizar el implante. A pesar de las buenas intenciones de su padre, sus obligaciones laborales le impidieron acompañar como le hubiera gustado a su hija por consultas y pruebas. Ella es decidida: “Soy yo la que más se ha movido porque veía que se me cerraban las puertas”.

Ella cree que la discapacidad auditiva la ha privado de seguir estudiando. En determinado momento quiso retomar las clases, pero se dio cuenta de que le iba a resultar muy difícil: “Puedes advertirles de que no oyes bien. Y te hacen caso. Pero al segundo día ya se les ha olvidado”. Si hubiera podido habría cursado Educación Infantil. Le encantan los niños. Considera que está en una tierra de nadie muy complicada: “No soy sorda profunda ni oyente”. Pero lucha todos los días para que la vida le sonría. Gracias a los implantes.


La melena para tapar los audífonos

Prefiere llevar coleta o melena para que no se note que lleva audífonos. Ella quiere que no se le vean, pero piensa que si alguien lo nota igual se esfuerza en hablar un poco más alto para poder comunicarse. El hijo de Lidia le dijo que algunos de sus amigos sabían que llevaba aparato: “Un día, en el frontón, jugando al tenis, con el aire se me levantó el pelo. Los niños le decían a Daniel: tu madre lleva algo en oído”.

A veces lo considera un marrón, pero por regla general el uso de los audífonos le permite defenderse con solvencia. Hace dos años se realizó la última audiometría. Todo sigue igual. Afortunadamente.

No siempre se encuentra cómoda con los audífonos. Ella estima que a los que no lo han llevado en la vida les resulta mucho más fácil que a las personas que han estado siempre con ellos. Los ha usado de todas las tipologías: “Los aparatos con cadena eran gordos. Luego vinieron otros colgados, muy grandes. Después el intra. La tecnología pasó de la analógico a lo digital. El cambio fue brutal. Yo lo he pasado fatal hasta que logré adaptarme. Ahora utilizo unos modernos que han sacado ahora”.

Lidia reconoce que las pilas son otro gasto más. En la piscina de la comunidad de vecinos se los quita. Le gustaría no tener que llevarlos nunca.


Memorias del colegio

La infancia es un pasadizo de recuerdos evanescentes. Pero en ese trayecto se forja la personalidad y se sientan las bases para hacer frente a la vida. “Los niños son el recurso más importante del mundo y la mejor esperanza para el futuro”, explicaba John Fitzgerald Kennedy, el presidente norteamericano asesinado en Dallas en 1963. A Lydia le cuesta recordar los años de colegio. Fueron duros. Pero se le escapa una sonrisa. Allí conoció a dos personas que no puede olvidar. En un ambiente de cierta hostilidad encontró a Susana, con problemas de audición como ella, y a Goretti. Rápidamente hicieron piña.

Pero los cursos en aquel colegio de monjas le dejaron también algunas heridas. A Lydia no le gustaba entonces tener que recurrir leer los labios de sus compañeras. Era su manera de intentar evitar que las demás se percatasen de que tenía un problema. Ella solo aspiraba a poder escuchar bien. Con el paso del tiempo comprendió que aquello le ayudaba a oír.

Le gustaría borrar las malas experiencias de aquellos años. Porque se sintió discriminada, porque se rieron de ella. No se le olvida cierta profesora: “Ella me tenía manía y yo a ella. Era de muy mal carácter. Me suspendía Lenguaje y casi nunca me ayudaba. Prácticamente me ignoraba”. Se sentía sola, pensaba que las niñas hablaban de ella. Pero siempre hay un camino a la esperanza: hubo otras docentes que la trataron con cariño.

Cuando apunta en el cuaderno imaginario las cosas buenas y las cosas malas de aquella época se alegra infinito de que, a pesar de todo, sus padres decidieran escolarizarla “en un colegio normal, porque si me hubieran metido en un colegio especial estoy convencida de que no hubiera sacado las cosas adelante. Es bueno que los niños con problemas de audición estudien sin exclusiones”.


El día después

Ha sido una semana de reivindicaciones y reconocimientos. Quizá todo se reduce a los quince minutos de fama (o menos) de los que hablaba Andy Warhol. Pero ya queda lejos. Ahora es hoy y los focos ya no están puestos sobre las personas con sordera.

Recuerda que el día 28 de septiembre leyó algún reportaje en el móvil, pero sintió que la única función que tenían en los medios de comunicación era la de rellenar hueco. No es pesimista, pero comprende que falta mucho para que la sociedad española esté plenamente sensibilizada con los problemas de audición.

Normalmente se desplaza en coche, pero ese día necesitó usar el metro. Pensó que seguramente en aquel vagón había alguna persona más, aparte de él, con discapacidad auditiva. “Somos más de un millón. Por estadística y tal cómo está de lleno no seré el único”, se decía a sí mismo. Más de un millón, dicen las cifras. Pero hay cierta invisibilidad en este colectivo. Repasa mentalmente los datos de la Organización Mundial de la Salud: la sordera afecta a más del 5% de la población mundial, que vienen a ser 360 millones de personas en todo el planeta. De ellas 32 millones son niños. Le entra un escalofrío.

No le gusta quejarse en exceso y las barreras le sirven de estímulo, pero no puede dejar de cavilar sobre una situación que considera injusta. Es consciente de los logros obtenidos, pero admite que falta mucho para que las personas con sordera accedan, por ejemplo, con cierta normalidad al mercado de trabajo. Y poder acabar con los prejuicios

Por eso se desespera cuando pasan las celebraciones. Porque el tiempo transcurre, aunque la gente sigue necesitando ayuda. Pero no está dispuesto a tirar la toalla. Hay que seguir luchando.


Soy sordo y voy al médico

Le puede pasar a cualquiera. Tenía por delante una semana de médicos y estaba empezando a ponerse nervioso. Los audífonos no le confieren superpoderes, no son como las gafas. A veces fallan las pilas. Y depende mucho del ruido ambiente del lugar. Recuerda con pavor lo sucedido este verano. Lo leyó en la prensa y aunque nunca le ocurrió nada parecido se puso en la piel de Juan.

A Juan le conocen en medio mundo. Su desventura en el servicio de Urgencias del Hospital Torrecárdenas de Almería ha llegado a todos los rincones del planeta. Se trata de un paciente sordo que denunció en las redes sociales con un vídeo que tuvo que marcharse a su casa tras más de seis horas y media de espera porque le avisaron para ser atendido por megafonía. De nada sirvió que él advirtiera de su discapacidad auditiva al personal de información.

La rabia no se le pasa. Por Juan, por tantos otros, por él mismo. Resulta inconcebible que muchos hospitales no sean accesibles a los sordos. Hasta ahora no se ha encontrado con esa barrera. Está acostumbrado a que su número de orden salga en una pantalla. Así no es necesario que nadie le avise en persona. Pero lo de Juan no es una excepción. También este verano se ha conocido que en los servicios de Urgencias del Clínico y del Virgen de la Vega en Salamanca se avisa a los pacientes mediante la megafonía.

Está indignado. Y debería estar tranquilo con su repleta agenda de visitas a distintos especialistas. Él lo achaca a la ignorancia. Que un paciente lleve audífonos o implantes cocleares no garantiza que en la sala de espera pueda escuchar con nitidez cuando les llaman por su nombre.

Su primera cita es con el urólogo. En el centro de especialidades descubre que siempre puede haber algo más surrealista. No hay pantalla. Nadie sale a avisar. Se lo gestionan entre los pacientes por la hora a la que les habían convocado. Resulta alucinante.