Sordos

Cuatro ojos y sordita

A algunos no les parece que cualquier tiempo pasado fue mejor, como dice el famoso poema de Jorge Manrique. Silvia es de estas personas. Vive el presente con firmeza, con sueños, pero aferrada al día a día. No es que reniegue de su pasado, de su vida, pero para ella ese territorio sutil de la infancia no fue tan idílico. No le molesta el recuerdo, porque su existencia no puede catalogarse con colores extremos. El blanco y el negro suelen esconder matices. Y a lo largo de sus años ha habido de todo: la mayor parte ha sido bueno.

No sabe Silvia situar el momento en que empezó a tener problemas en el colegio con la audición. Se acuerda de las visitas a los médicos, pero no sabe a qué edad exacta comenzó todo, ni quién se dio cuenta. Luego no ha querido preguntar sobre su entonces incipiente sordera a su familia, ha sabido aceptarlo y prefiere mantenerlo en una bruma.

Por hay cosas que nunca se olvidan. Esas burlas de otros niños. No todos. No siempre los mismos. A partir de cierto momento quedó palpable que Silvia no se enteraba muy bien de lo que decían los profesores. Una palabra corrió como la pólvora: sorda. Esa nueva característica se añadía a sus gafas. “Ciega y sorda, pues vaya compañera” o “Cuatro ojos y sordita”. Ella tenía que escuchar lindezas de este tipo. Al poco tiempo se esfumaron los insultos. Ahora cree que la dirección del colegio intervino. Tal vez a instancias de sus padres.

Silvia tiene una personalidad fuerte. Pero todo el mundo necesita apoyo, sobre todo a determinadas edades. Confiesa que el cariño, el respeto y la ayuda que encontró en su familia han ayudado bastante a que hoy sea una mujer de éxito.


Con pitidos en el trabajo

Las molestias pertinentes y un decaído estado de ánimo llevaron a Manuel a pedir la baja laboral a su médico de atención primaria. Lo consideraba una solución provisional en busca del espíritu suficiente para tomar decisiones. Sabe que no va a poder disfrutar en absoluto del tiempo libre. Y que tantas horas para pensar igual no le benefician.
Luego está la merma salarial si la baja se produce por lo que llaman una enfermedad común, aunque los acúfenos para Manuel no eran nada comunes hasta hacía poco tiempo. Ya lo sabía: durante los tres primeros días no tiene derecho a cobrar y partir del cuarto día percibe el 60% y desde el día 21 el 75% de la base reguladora.

Su trabajo en una gestoría no está sometido a los ruidos de otros empleos. Tiene tiempo ahora para informarse más, para ver más informativos, para consultar las noticias on line. Así se entera de que un violinista ha ganado un juicio contra la Royal Opera House de Londres por la pérdida auditiva sufrida durante el ensayo de la ópera La valkiria, de Richard Wagner, en 2012. El demandante acusó de “daños por lesiones personales, pérdida y daño sostenido” por haber estado expuesto a unos niveles de ruido que supusieron un riesgo para su audición, a pesar de que llevaba tapones para los oídos. El músico ahora debe llevar protección en los oídos para realizar cualquier tipo de actividad.

Manuel podrá volver a la gestoría. El violinista ha tenido que dejar la música. Busca consuelo y buenas vibraciones para poder convivir con los pitidos. Lo que peor lleva es cierta sensación de inutilidad, de no poder estar al cien por cien. Pasado un tiempo prudencial pidió el alta para volver al trabajo. No se le han quitado los pitidos, pero ha llegado a la conclusión de que todo pasa por normalizar su situación.


Ahora me pita el otro oído

Manuel sigue haciéndose pruebas: una resonancia magnética y una ECO-doppler. Se trata de pruebas complementarias para identificar el tipo de acúfeno. Pero sin novedad en el tratamiento. Y de golpe, cuando todavía no se había acostumbrado al sonsonete en el oído izquierdo, comienza el “contagio”, como él lo llama, a su oído derecho.

Lo encaja como puede: “A falta de que me toque la primitiva o la lotería nacional la suerte me brinda pitidos en los dos oídos. Yo creo que el sano tenía envidia del otro”. Aprende enseguida que la patología que ahora se le presenta es de forma bilateral. Dice la estadística que en el 70% de los casos los acúfenos van acompañados de pérdida auditiva. El motivo: las células responsables de la audición son las que generan el tinnitus. También en esto la suerte le “favorece”. “Aparte del ruido me estoy quedando sordo”, comenta a sus allegados.

Manuel se queja de su estado. Su muro de Facebook parece el Muro de las Lamentaciones. Así se encuentra, tocado, pero con ganas de seguir bromeando hasta de sí mismo. Añora el silencio, siente nostalgia de esa descansada vida, alejada del mundanal ruido. Y vuelve a acordarse de Fray Luis de León. Manuel es un lector empedernido y escritor aficionado. Lo que más echa de menos, lo que más añora, es la lectura acompañada de esa soledad fértil. Un libro es más fiel que un perro, piensa mientras intenta tranquilizarse.

No quiere darse por vencido, aunque a veces cree que le están abandonando esas pequeñas cosas que aunque no le daban la felicidad le acercaban al buen ánimo. Lucha para que no le pueda la tristeza. Decide entonces buscar la manera de aprender a concentrarse para la lectura, asumir que tiene que convivir con la ausencia de silencio. Y mirar la vida como hasta ahora, con determinación.


Todavía no sé si me voy a implantar

Alberto tenía muchas ganas de que llegara el día. Pensaba que el otorrino le iba a sacar de dudas. No siempre es así. La mayoría de las veces es uno quien tiene que decidir, después de haber escuchado las valoraciones de expertos, claro.

Mientras espera su turno, Alberto ojea la prensa. Allí se encuentra con un reportaje sobre Roger Daltrey, el cantante de The Who, quien a sus 74 años ha recomendado a los que vayan a los conciertos que se pongan los “jodidos tapones en los oídos”. El músico ha reconocido que necesita leer los labios como apoyo para seguir una conversación. Su audición deja mucho que desear tras una vida por los escenarios de medio mundo. “Por lo menos ha disfrutado con la música”, piensa Alberto.

Y le llega el momento. El otorrino lee detenidamente el informe del audiólogo sobre posibles soluciones para la cofosis funcional en el oído derecho y la hipoacusia sensorial severa en el oído izquierdo: transmisor en el izquierdo con bluetooth y audífono en el derecho. El consejo es claro: le dice que como tiene un periodo de prueba de dos meses que lo haga, para que pueda comprobar si existe mejoría, si se adapta bien. No obstante, le envía a un centro especializado para que le realicen una valoración preimplante por si finalmente opta por esta otra solución.

Salió deprisa y corriendo, porque iba muy justo para regresar al trabajo. De camino, le daba vueltas a la cabeza sobre la mejor decisión. Todavía no sabe qué hará. Está consultando con mis amigos y sobre todo con su propia cabeza. En el horizonte, oír mejor.


Es la ruina esto de querer oír

Alberto sigue realizándose todo tipo de pruebas para que otorrino disponga del mayor número de datos y así poder decidir si se realiza el implante coclear. En uno de esos centros a los que acudió le comentaron la posibilidad de encontrar una fórmula para poder escuchar mejor sin necesidad de implantar. Esta solución pasa por colocar en el oído izquierdo, el malo, como lo llama él, una especie de transmisor que enviaría al oído derecho, el menos malo, toda la información por bluetooth.

A pesar de su buen ánimo, a veces la situación le produce cierto desasosiego: “Me cambié los audífonos hace justamente un año. Y ahora me los tendría que dejar de repuesto, pero solo para el izquierdo, el malo. Bueno, el otro, el derecho, al que algunas veces llamo bueno, realmente no es tan bueno. Aunque con los nuevos audífonos podría estar dos meses de prueba, tendría que adelantar 600 euros. Si finalmente decido quedármelos serían un total de 3.600. Una pasta. Es la ruina esto de querer oír”.

Está deseando reunirse con su otorrino para que le explique bien las opciones y cuál es la más conveniente para él. Mientras llega el momento solicita opinión a sus amigos. Sabe que no pueden aclararle las dudas, pero él necesita comunicarse, hacer partícipe a los miembros de su entorno de la dificultad de la decisión, de la encrucijada en la que está. Quiere oír mejor y no sabe todavía por dónde tirar. Cree que la visita al especialista será crucial para su futuro.


Tras el implante igual me comporto como un bebé

— ¿Sabías que Apple ha propuesto 13 emojis para personas con discapacidad?

Lo raro es que Alberto no lo sepa. Suele estar muy enterado y no solo porque escucha la radio en sus largos trayectos diarios.

— Cuenta, cuenta. ¿Qué van a poner para los sordos como yo?

— Mejor lo vemos en el móvil.

Y los dos amigos comprueban que la compañía estadounidense quiere diseños dirigidos a representar a personas con discapacidad visual, auditiva y motora, como prótesis, perros guía o lenguajes de señas.

— Aquí está el mío —señala Alberto al tiempo que se pone a cavilar—. Una oreja con un audífono intracanal. Pero no están los implantes cocleares. ¿Te he dicho que me estoy haciendo pruebas para ponerme un implante?

Alberto se comporta como un jabato. Su gente más cercana le admira. Con su enfermedad, el síndrome de Melas, a cuestas y sigue poniendo al mal tiempo buena cara. Son muchos frentes, pero no le importa. Quiere ponerle remedio a la hipoacusia neurosensorial profunda de su oído izquierdo. Falta ya poco tiempo para que le confirmen si puede seguir adelante con el implante. No quiere esperar. Se le está haciendo muy larga esta temporada.

Es una persona sensata, pero no tiene ningún miedo ante una nueva intervención quirúrgica: “Yo quiero oír y me dan igual una o mil operaciones. La alteración mitocondrial me está afectando a los músculos y en cierta medida me debilita psicológicamente. Intento imaginarme cómo será oír mejor. Igual termino haciendo las mismas cosas que los bebés con pérdida auditiva en esos vídeos que vemos en Youtube cuando les implantan o les colocan audífonos”.


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Quiero ir al Mundial como el gato Aquiles

— Aquiles, un gato sordo que vive en Rusia, va a ser el encargado oficial de predecir los resultados del Mundial de fútbol.

— Me podían llevar a mí, que también estoy sordo y seguro que de fútbol tengo la misma idea que el gato —contestó Alberto, todavía molesto tras la operación quirúrgica.

— No se te quitan las ganas de bromear ni en el hospital. Que sepas que es gato muy artista, pues vive en el Museo Hermitage de San Petersburgo.

Lo de Alberto es un no parar: de pruebas diagnósticas a intervenciones. Él dice que goza de una estupenda “mala salud de hierro”. La última visita a los boxes ha sido por un nódulo en las tiroides. No le importa que esta nueva avería tenga o no que ver con su síndrome de Melas. Aspira a seguir venciendo obstáculos, surjan de donde surjan.

Pero ya tiene otra tarea. Su enfermedad avanza y la pérdida de audición en el oído izquierdo está siendo endiabladamente rápida. Ya no le valen los audífonos. Tanto es así que los especialistas están estudiando la posibilidad de realizarle un implante coclear unilateral. Acude a las pruebas con su acostumbrada fe en la vida: audiometría tonal, logoaudiometría, audiometrías de campo libre con y sin audífonos, TAC, resonancia magnética…

Y más valoraciones para saber si definitivamente es necesario el implante coclear o se puede esperar en caso de una posible mejora. En un par de semanas tendrá más datos. Está impaciente, pero tranquilo.

— Si Fernando Alonso puede esperar por un coche bueno para las carreras de Fórmula 1, yo también sabré aguardar mi turno —comenta a sus amigos.


Ya no me valen los audífonos

“Mi enfermedad me está haciendo polvo. La pérdida de audición está siendo tan rápida en el oído izquierdo que ya se están planteando realizarme un implante coclear”. Alberto les cuenta sus preocupaciones a sus amigos, pero no se le desdibuja la sonrisa de la cara. “Yo de mayor quiero ser como tú”, le dice más de uno.

Ahora echa de menos esos tiempos en que los audífonos le causaban problemas: “Vale, no oía bien siempre. Sobre todo, porque me gusta ir a conciertos. Allí me podría encontrar con ruido de fondo. Otras veces se me acoplaban. Pero era el mal menor. Salvando la circunstancia recuperaba la normalidad. No es el caso hoy en día. Me valen de bien poco”.

Siete años ya de sus primeros audífonos, de esa gran inversión que le permitió acometer la vida con plenitud: “Sí, fue un gran desembolso, pero lo di por bien empleado. La salud es más importante que un viaje exótico”. Ya le gustaría que sus males tuvieran que ver con dormirse con ellos o que se le acaben las pilas en el momento más inesperado sin un repuesto encima. Eran los problemas de otros tiempos, antes de haber perdido por completo el oído izquierdo.

Alberto cree con firmeza en el poder de las personas, principalmente en la capacidad del ser humano para superarse, para avanzar desde el punto de vista científico. Por eso espera que a él le sirva el talento y el conocimiento de los especialistas para salvarle del silencio total.


Yo quiero tener un millón de amigos

— ¿Sabes que fumar te puede dejar sordo?
— ¿Quién te ha dicho eso? —responde Alberto.
— Lo he leído en la prensa.
— Puede. Pero yo dejé hace cinco años el tabaco y cada vez oigo peor.

Alberto no se toma a broma su sordera. Pero prefiere hacer gala de un humor bien entendido. Si la conversación se vuelve seria puede sorprender con alguna de sus reflexiones: “Sabes, de ciertas personas con discapacidad se llega a sentir pena porque pierden el contacto con las cosas. Pero un sordo pierde el contacto con las personas”.

Él mismo dice que tiene una mala salud de hierro. Son frecuentes las complicaciones. La última le ha llevado al quirófano y a una retirada de la circulación de dos meses y medio. El motivo: un nódulo cancerígeno en la glándula tiroides. Miedo, el justo. Ánimo, muchísimo. Todo ha salido bien. A su lado, el apoyo de sus muchos amigos. Y el convencimiento de que aunque la sordera le va a acompañar siempre tiene que hacer todo lo posible para intentar vivir sin miedo. Por eso ha querido dejar un mensaje de optimismo a los suyos, que también es una nota de agradecimiento:

“Después de dos meses y medio vuelvo a los madrugones, a las ojeras, a la velocidad. Vuelvo a la carretera. Y porque han sido muchos meses más de ausencia por motivos estrictamente vitales, empiezo (con consciencia, ganas y voluntad) mi revolución personal y quiero hacerlo en gerundio (viviendo) y dando las gracias:
Gracias a los que os apartasteis, porque así pude ver mejor mi camino.
Gracias a los que desaparecisteis, porque ocupabais demasiado tiempo.
Gracias a los que terminasteis aburridos de mi tristeza, porque resulta que sois los mismos que me aburrís a mí (y soberanamente).
Gracias a los que estáis, pero ya no sois, porque hoy vuelo más ligero. No, no es amargura. Es gratitud verdadera: solo se vive una vez.
Gracias a esos amigos que supieron dejarme mi espacio y mi tiempo, a quienes supieron entenderme y no agobiarme (ni con mis subidas ni con mis bajadas), a los que me empujan cuando es menester y gracias a esos amigos de amigos que cobijan e integran.
¿Avanzamos? Abran paso… que vuelo”.


Ya no estoy para el fútbol

Cuando uno es un niño sabe que el mundo se divide en dos: los que saben jugar al fútbol y los que no. Guillermo, por fortuna para él, pertenecía al primer grupo. Estaba siempre entre los primeros elegidos para formar equipo en el recreo. Nunca supo cómo se sentían aquellos en ser los últimos en formar parte del conjunto de entusiastas muchachos. El caso es que aunque no era de los buenos resultaba tan completo que todos le querían como compañero. Ahora añora esos momentos en que gozaba de la plenitud de los sentidos. Guillermo piensa que solo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando desaparece. Ya le gustaría a él no haber perdido audición.

La afición le hizo seguir jugando en la juventud. Nada serio, en plan aficionado, con los amigos los fines de semana. Como era difícil juntar 11 jugadores pronto se pasaron al fútbol sala. Cuando comenzó a dejar de oír primero se aferró a la costumbre. Continuó acudiendo a los partidos, pero empezaba a llevarse broncas por no atender a las indicaciones de los compañeros de equipo. Entonces abandonó la práctica deportiva. Nada le podía sacar de su agujero.

Pasado el tiempo llegaron las soluciones. Los audífonos le dieron un nuevo empuje para llevar una vida muy parecida a lo normal. Pero ya no podía volver a jugar al fútbol. A veces sale a correr, pero no le gusta que le llamen runner. Le da mucha rabia cuando lee prensa de deportes y se encuentra con noticias como la del chaval de 14 años al que durante un partido el árbitro prohibió seguir jugando con audífonos. Entonces le viene a la cabeza un pensamiento que se repite: “Si me los quito para el fútbol ya no es lo mismo”.