Sordos

Yo quiero tener un millón de amigos

— ¿Sabes que fumar te puede dejar sordo?
— ¿Quién te ha dicho eso? —responde Alberto.
— Lo he leído en la prensa.
— Puede. Pero yo dejé hace cinco años el tabaco y cada vez oigo peor.

Alberto no se toma a broma su sordera. Pero prefiere hacer gala de un humor bien entendido. Si la conversación se vuelve seria puede sorprender con alguna de sus reflexiones: “Sabes, de ciertas personas con discapacidad se llega a sentir pena porque pierden el contacto con las cosas. Pero un sordo pierde el contacto con las personas”.

Él mismo dice que tiene una mala salud de hierro. Son frecuentes las complicaciones. La última le ha llevado al quirófano y a una retirada de la circulación de dos meses y medio. El motivo: un nódulo cancerígeno en la glándula tiroides. Miedo, el justo. Ánimo, muchísimo. Todo ha salido bien. A su lado, el apoyo de sus muchos amigos. Y el convencimiento de que aunque la sordera le va a acompañar siempre tiene que hacer todo lo posible para intentar vivir sin miedo. Por eso ha querido dejar un mensaje de optimismo a los suyos, que también es una nota de agradecimiento:

“Después de dos meses y medio vuelvo a los madrugones, a las ojeras, a la velocidad. Vuelvo a la carretera. Y porque han sido muchos meses más de ausencia por motivos estrictamente vitales, empiezo (con consciencia, ganas y voluntad) mi revolución personal y quiero hacerlo en gerundio (viviendo) y dando las gracias:
Gracias a los que os apartasteis, porque así pude ver mejor mi camino.
Gracias a los que desaparecisteis, porque ocupabais demasiado tiempo.
Gracias a los que terminasteis aburridos de mi tristeza, porque resulta que sois los mismos que me aburrís a mí (y soberanamente).
Gracias a los que estáis, pero ya no sois, porque hoy vuelo más ligero. No, no es amargura. Es gratitud verdadera: solo se vive una vez.
Gracias a esos amigos que supieron dejarme mi espacio y mi tiempo, a quienes supieron entenderme y no agobiarme (ni con mis subidas ni con mis bajadas), a los que me empujan cuando es menester y gracias a esos amigos de amigos que cobijan e integran.
¿Avanzamos? Abran paso… que vuelo”.


Ya no estoy para el fútbol

Cuando uno es un niño sabe que el mundo se divide en dos: los que saben jugar al fútbol y los que no. Guillermo, por fortuna para él, pertenecía al primer grupo. Estaba siempre entre los primeros elegidos para formar equipo en el recreo. Nunca supo cómo se sentían aquellos en ser los últimos en formar parte del conjunto de entusiastas muchachos. El caso es que aunque no era de los buenos resultaba tan completo que todos le querían como compañero. Ahora añora esos momentos en que gozaba de la plenitud de los sentidos. Guillermo piensa que solo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando desaparece. Ya le gustaría a él no haber perdido audición.

La afición le hizo seguir jugando en la juventud. Nada serio, en plan aficionado, con los amigos los fines de semana. Como era difícil juntar 11 jugadores pronto se pasaron al fútbol sala. Cuando comenzó a dejar de oír primero se aferró a la costumbre. Continuó acudiendo a los partidos, pero empezaba a llevarse broncas por no atender a las indicaciones de los compañeros de equipo. Entonces abandonó la práctica deportiva. Nada le podía sacar de su agujero.

Pasado el tiempo llegaron las soluciones. Los audífonos le dieron un nuevo empuje para llevar una vida muy parecida a lo normal. Pero ya no podía volver a jugar al fútbol. A veces sale a correr, pero no le gusta que le llamen runner. Le da mucha rabia cuando lee prensa de deportes y se encuentra con noticias como la del chaval de 14 años al que durante un partido el árbitro prohibió seguir jugando con audífonos. Entonces le viene a la cabeza un pensamiento que se repite: “Si me los quito para el fútbol ya no es lo mismo”.


Incluyendo, que algo queda

Guillermo da gracias a la vida por haber tenido una infancia muy normal, sin grandes lujos: sus padres le procuraron lo más necesario y sobre todo le inculcaron el respeto por los demás. En el colegio se convirtió en una especie de defensor de los débiles. No le gustaban los abusones ni aquellos que se reían de los diferentes. Por eso agradece que la pérdida de audición le haya venido ya pasada la veintena. Prefiere no imaginarse las burlas a las que le hubieran sometido algunos de esos matones. De hecho, había una niña en el barrio a la que apodaban “la sordita” por sus problemas auditivos.

Sus dos hijos aún son pequeños. Guillermo, el mayor, tiene seis años. Y Clara, la benjamina, cuatro. Los hermanos se llevan relativamente bien. Su mujer y él tienen claro que son niños, que hay que tratar de moldearlos, pero que no hay que dirigirse a ellos como personas mayores. Hay que intentar hablarse en un lenguaje claro, acorde a su edad. Tampoco se debe ser excesivamente permisivos con ellos.

A los pequeños no les extraña el audífono de su padre. Están acostumbrados y no le dan ninguna importancia. Ya llegará el momento de hablarles del concepto de inclusión. Mientras tanto, en este sentido el objetivo es inculcarles el respeto por todos, iguales y distintos.

Guillermo es una persona tranquila. No se suele enfadar fácilmente y en su entorno valoran su carácter. Pero hay algo que le irrita, aunque no siempre lo demuestra: son los chistes que se basan en la discapacidad. No entiende cómo todavía hay graciosos que se divierten poniendo en solfa la ceguera, la sordera o los problemas de movilidad.


Reírse de un sordo

Siempre fue una persona sociable. En la infancia y juventud no le costaba hacer amigos. No era precisamente un chico tímido, lo que favorecía sus relaciones con el mundo exterior. Hasta que llegó aquella nube, que en un principio no supo admitir. No sucedió de hoy para mañana, pero poco a poco Guillermo se fue refugiando en las cuatro paredes de su habitación. La influencia de sus padres y su decisión de salir de su especie de encierro favorecieron que se enfrentara a la pérdida de audición.

Tuvo que acostumbrarse a llevar los audífonos. Según dice él a olvidar que los llevaba puestos para no “cortarse”: ni en los sucesivos trabajos que encadenó ni en su vuelta a la vida social. Algunos de sus amigos de juventud, de la pandilla, le acogieron con los brazos abiertos en esta nueva etapa de su vida. Retornó entonces a los conciertos de música, a las fiestas, solo cuando su actividad laboral se lo permitía.

Guillermo justifica la prevención de los primeros momentos no tanto por él sino por algunas reacciones que sufrió. No sabe si estaba especialmente precavido y desconfiado, pero creyó notar que alguna chica le esquivaba en cuanto se percataba de que llevaba audífonos. No fue algo que le sucediera de continuo, pero si generó una cautela. Él piensa que hay gente que se ríe de los sordos. Afortunadamente el tiempo le ha demostrado que la normalidad preside los actos de las personas con las que se cruza.

Así, de la manera más normal conoció a Clara en un local donde presumen de pinchar solo música española. Tras un noviazgo de un año decidieron unir sus vidas. Hoy les acompañan sus dos hijos en esta tarea que consiste en seguir adelante.


Más cine, por favor

A Guillermo le encanta el cine. Y lo prefiere en pantalla grande, en la butaca elegida. Sin palomitas ni refresco. Es un clásico. Desde niño le encanta acudir a las salas y ver los filmes de estreno. Tiene un gusto amplio y no se deja influir por los comentarios y las críticas que aparecen en los medios. Y lo disfruta mucho, sin obstáculos. Él mismo califica sus posibles problemas con los audífonos de moderados. En resumen, se lo pasa pipa en sus instantes de ocio y puede seguir la película sin ninguna molestia.

Hubo una época, la que coincidió con los momentos en que empezaba a perder audición, que prefería no realizar las actividades que hasta entonces eran habituales para él. Casi nunca salía de casa. Son unos años en los que apenas pisó una sala de cine. Tampoco quería ver la televisión. Ahora, gracias a las nuevas tecnologías puede recuperar las películas que entonces se perdió.

De lo último que ha visto a él le gusta hablar de La forma del agua, del mexicano Guillermo del Toro, que acaba de recibir varios Oscar de la Academia de Hollywood. El monstruo protagonista de la cinta traba amistad con Elisa, muda por un trauma de la infancia, que se comunica a través del lenguaje de signos. No pudo por menos que acordarse de esos tiempos difíciles cuando aceptó que se estaba quedando sordo. A Guillermo le parece que todo lo que sirve para la comunicación es positivo, pero él descartó aprender esta manera de relacionarse con el mundo. Gracias a los audífonos pudo salvarse del silencio y la distorsión. Y así lo cuenta.


Aplazando lo inevitable

Tiene su guasa, pero siempre conviene no precipitarse hasta salir de dudas. Lleva unos días Ricardo recordando las anécdotas de su abuela Ramona, sobre todo las referidas a su sordera. Y de ahí a su padre. Que ahora lleva audífonos para limitar el efecto de la pérdida de audición asociada a la edad. No hay más casos en la familia. Y de la abuela apenas tiene memoria, salvo las historias una y mil veces repetidas.

Está desorientado, un poco confuso y todavía no lo ha comentado en casa. En el trabajo está perdiendo un poco la onda. Le cuesta seguir las conversaciones. Lo achaca al estrés, a la amenaza de más despidos. Así es difícil concentrarse. Pero sospecha que hay algo más.

Siente entre vergüenza y debilidad. No sabe desde cuándo le sucede, pero necesita subir el volumen para enterarse bien de lo que alguien dice en la televisión. Pero si hay más gente lo deja como está. Le da apuro manifestar cómo se siente. Lo que no sabe es hasta cuándo podrá seguir disimulando, si es pasajero, si puede ir a peor, si solo son imaginaciones suyas. No está atravesando precisamente sus mejores momentos personales. Todo se junta, todo pasa factura.

Le falta tomar la decisión. Pedir cita. Hacerse una revisión. Y así sabrá si son fabulaciones o necesita ayuda de algún tipo. No quiere anticipar. No se ve con audífonos. Aunque ahora son bastantes discretos. Pero no quiere todavía enfrentarse al especialista. Sabe que de seguir así no le queda otro remedio. Todavía quiere ganar tiempo. Comprende que es un error y que tarde o temprano tendrá que tomar una decisión.


A mi padre le falló el oído

Su padre se llama Ricardo, como él. Sonríe pensando en esa costumbre de tantas familias de perpetuar el nombre de los progenitores. Considera una suerte poder echar mano de los recuerdos de sus antepasados y que lo blanco predomine sobre lo negro. Como las historias de Ramona, esa abuela sorda, de la que apenas tiene memoria personal. Aunque era conversación recurrente en los encuentros anuales señalados. Las mismas anécdotas, el mismo ambiente entrañable, el sentido homenaje.

Tras la muerte de la Ramona la sordera quedó en el vestigio de otros tiempos, en los relatos de aquellos entonces. La vida siguió su curso, con sus luces y sombras, con su perfil amable y con el lado oscuro. Hasta que su padre comenzó a quejarse de que no oía bien. “Cosas de la edad”, pensó Ricardo, que le animó no obstante a acudir al especialista. “Esto no es como lo de la abuela”, reflexionaba en voz baja. Su padre, ya jubilado, no había tenido ningún problema hasta ese momento. “La pérdida de audición asociada a la edad es más frecuente de lo que pensamos”. Esta es la frase que más oyó en su periplo por las distintas consultas.

De aquellos días conserva Ricardo la imagen de la nueva vitalidad de su padre tras ponerse audífonos. Era otro. Bueno, era él, pero más parecido al de siempre. Han pasado ya unos años desde entonces. Pero puede asegurar que su padre se ha mantenido activo gracias en buena parte a esos audífonos, que le han permitido llevar una vida social aceptable. Ya está mayor, pero no pierde detalle de las conversaciones. Y eso agrada a Ricardo, el hijo, porque sigue la conexión entre ellos.


Un teléfono como los de antes

Los esfuerzos de Ramona y Joaquín terminaron dando sus frutos. Dejaron la casa de sus huéspedes, junto a sus hijos Ricardo y Alicia y pudieron comprarse un piso donde llevaron una vida familiar. Las inconveniencias de la sordera de Ramona se paliaban con el esfuerzo de todos por comunicarse. A fin de cuentas, ella les hablaba, aunque apenas pudiera oír lo que le respondían.

Ella nunca dejó de buscar sus estrategias particulares para manifestarle a sus hijos su manera de ver el mundo, sus consejos. Sin olvidar sus trucos para la rutina diaria. Ramona no oía el teléfono. Pero se instalaba en el sofá, cerca de la mesita donde reposaba el aparato. Cuando sonaba, podía sentir la vibración y entonces lo cogía. Lo más normal es que fuera alguno de sus hijos. Si estaba su marido era él quien se ponía. Para los momentos en que se encontraba sola desarrolló un plan. Como lo habitual es que fuera alguno de sus hijos recitaba siempre un discurso para los dos, tipo: “Si eres Ricardo, que sepas que ya han traído el paquete de Correos que estabas esperando. Si eres Alicia, tu amiga Rosa ha venido a casa preguntando por ti. Os quiero a los dos”.

Su nieto se ríe ahora rememorando la anécdota, transmitida de generación en generación. Menuda era la abuela Ramona. Se imagina además esos viejos cacharros que se usaban para la comunicación telefónica. Pero aquellos eran otros tiempos. Ella leía los labios de sus hijos y su marido para comprender lo que le decían. Nunca le oyeron en casa queja alguna respecto a su discapacidad auditiva. Pero no era resignación. Simplemente Ramona se aferraba a la vida con todas sus fuerzas.


La ropa huele a cocido

Las guarderías y la educación infantil no formaban parte del mundo de sus abuelos. Tampoco la vivienda habitual, al menos en los primeros años de su matrimonio. A Joaquín, el abuelo de Ricardo, le costó quitarse la mala fama de no estar alineado políticamente con lo establecido, pero al final su quehacer profesional le sirvió para redimirse. El paso del tiempo cura muchas cosas.

A la familia (en principio Ramona y Joaquín) solo les daba el dinero para alquilar una habitación en una casa de huéspedes del barrio de Salamanca, en Madrid. Ramona comenzó a arreglar vestidos, pero pronto se atrevió a confeccionarlos ella misma. Mientras, Joaquín se ganaba unas pesetas como ebanista. Todo muy precario. Pero estaban empezando. Tenían ilusión. La sordera no le impedía a Ramona expresarse verbalmente. Solo lo hacía sin pudor con los más próximos.

Pronto vinieron los niños. Primero, Ricardo. Un año después, Alicia. Y los pequeños acompañaban con sus juegos mientras su madre cosía en la misma habitación donde antes vivían dos personas y ahora cuatro. Joaquín iba dejando patente que era un profesional como la copa de un pino y Ramona había conseguido como cliente a una señora de la zona con bastantes recursos.

Alquiler de habitación con derecho a cocina. Allí se tenían que turnar las distintas familias para preparar sus guisos. Ramona no podía fiarse del sonido cuando alguno de sus preparados comenzaba a hervir. Necesitaba acudir con demasiada frecuencia para comprobar el proceso. Pero la cosa empeoró cuando comprobó que otras personas allí alojadas hacían excursiones a su cocido.

Ella no podía permitirse dejar sin comer a los suyos por culpa de unos desaprensivos. Así que para hacer guardia se llevaba las telas a la cocina. Allí en los fogones, terminaba de dar forma a los vestidos. Su principal fuente de ingresos, la señora bien, se esfumó. Por culpa de los garbanzos. Le costó entender lo que ella le explicaba, pero lo entendió por fin al leer los labios: “No te encargo más ropa, porque huele a cocido”.


¿Te puedo ayudar en algo?

Tiene sus cosas. Es muy suya. De puertas afuera todo el mundo piensa que está ante un ser maravilloso. Consecuencia de su fuerza seductora. Pero en las distancias cortas puede llegar convertirse en una persona con cierta tendencia a la manipulación. Desde el respeto y el cariño es fácil comprenderla. Pero hay que mantener la atención. Así piensa Raquel de su madre, de quien ha heredado esa manera positiva de enfrentarse al mundo.

Seguro que tiene días en los que se viene abajo, pero la sonrisa en la cara aparece casi siempre. Se cae y se vuelve a levantar. “Yo de mayor quiero ser como mi madre”, confiesa Raquel a su círculo más íntimo. Ni la pérdida de audición ha podido con su entusiasmo.

Sospecha Raquel sin embargo que en lo más profundo del alma de su madre hay una pena por el paso de los años y sobre todo por tener que llevar audífonos para poder comunicarse de una manera más o menos normal con su entorno, para poder disfrutar de los pequeños placeres que le otorga la vida, de sus aficiones… En definitiva, del día a día. Pero ella no se lo va a permitir a sí misma. Necesita que la fuerza le sirva para recuperarse de los pequeños baches. Y no lo hace por disimular. Es por ella misma.

Al poco de empezar a usar los audífonos, en vez de venirse abajo, decidió empezar a ayudar a los más necesitados. Desde entonces colabora como voluntaria en algunas fundaciones que se ocupan de gente que está atravesando momentos de difíciles. Cada cierto tiempo la puedes encontrar en algún supermercado pidiendo alimentos en las campañas organizadas para ayudar a los que menos tienen. Raquel se conmueve con esa actitud. Sí. Definitivamente. De mayor quiere ser como ella.