Relaciones sociales

Un día los audífonos no me servirán

La estética no es la misma. Los gustos cambian. En la mayoría de las veces producto de un mayor refinamiento. Susana era una niña cuando tuvo que enfrentarse al trauma de llevar sus primeros audífonos. Entonces le recomendaron los que estaban de moda. Según ella, “horrendos y estéticamente muy exagerados”. Llevaban dos cordones que iban unidos a la batería, que colgaba del cuello. Afortunadamente el criterio de sus padres salvó a Susana. Ellos no aceptaron el consejo y pensaron que el mejor modelo para su hija era el de los retroauriculares. Así fue cómo empezó a usar audífonos. De alguna manera la evolución de su pérdida auditiva ha ido pareja a la evolución de los audífonos en el mercado.

A Susana los audífonos le sirven, pero no plenamente. Ella dice que los valora desde el punto defensivo: “Me defiendo con ellos para escuchar música, para hablar cara a cara, para escuchar el sonido de la lavadora”. Pero la pérdida auditiva avanza y no respeta. Es consciente de que en un futuro no le van a ser de tanta utilidad.

Sus quejas son las de casi todos los usuarios. Y no lo dice exclusivamente por ella: “No existe apoyo económico. Porque la ayuda de la Comunidad de Madrid para la compra no la recibe todo el mundo que la solicita. Además, luego está el coste de las pilas o de la reparación”.


¿Un permiso médico para poder casarse?

Afortunadamente el disparate está en vías de solución. La modificación del Código Civil, que entrará en vigor el 30 de junio de 2017, establece en su artículo 56 que las personas ciegas o sordas tendrán que acudir a un perito médico para poder casarse.

Así dice la norma: “Si alguno de los contrayentes estuviere afectado por deficiencias mentales, intelectuales o sensoriales, se exigirá por el secretario judicial, notario, encargado del registro civil o funcionario que tramite el acta o expediente, dictamen médico sobre su aptitud para prestar el consentimiento”. El cambio legislativo obedece a un copia y pega por error de una ley previa la Constitución. No hubo negociación ni enmiendas. Lo que ha quedado en evidencia es la torpeza.

Las asociaciones dieron la voz de alarma. El Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI) lo tenía muy claro: la norma podría ser anticonstitucional; además resulta contraria a la Convención Internacional ratificada en 2008 por España en la que se insta a prohibir la discriminación por discapacidad.

Al percatarse, el Gobierno ha adoptado medidas provisionales para evitar la obligación de presentar un certificado médico para casarse a personas sordas y ciegas. Para poder modificarse el artículo 56 del Código Civil tiene que contar con la aprobación del Parlamento. Pero mientras se realiza este trámite la Dirección General de los Registros y del Notariado propondrá que no se requiera el certificado.


Un corto para los Goya

El cortometraje Palabras de Caramelo, con dirección de Juan Antonio Moreno Amador y producción de Making DOC, ha sido nominado por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España a los Premios Goya en la categoría de Mejor Cortometraje Documental.

La cinta es una docu-ficción que narra la historia de amistad entre un niño sordo y su mejor amigo, el camello Caramelo, en los campamentos de refugiados saharauis de Argelia. Se trata de la adaptación del libro del mismo título, publicado en 2010 por Gonzalo Moure, donde se cuentan las vicisitudes de Kori. El muchacho no conoce las palabras y sólo sabe el significado de gestos y de movimientos de labios. Él se llama “Labios redondos, boca estirada”. De esta manera se comunica con el mundo y especialmente con un pequeño camello.

El cortometraje tiene el apoyo del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales y de la Comunidad de Madrid. Estrenado fuera de nuestras fronteras en el Festival Internacional de Cine de Montreal (Canadá), ha obtenido el Premio Madrid en Corto y el Premio a Mejor Fotografía en la Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid y el Premio a Mejor Sonido en el Festival de Cine de Madrid

Moreno Amador ha escrito y dirigido los documentales Boxing for Freedom (2015), seleccionado para los Premios de Cine Europeo (EFA) 2015 en la categoría de Mejor Documental Europeo, Jóvenes y Drogas (2007), Premio Reina Sofía de Comunicación Social, Kosovo, la última cicatriz de los Balcanes (2007), Los hijos de Mama Wata (2010) y Kafana (¡Basta ya!) (2016).


Castellón, en apoyo de la integración del sordo

El Ayuntamiento de Castellón ha aprobado en el pleno del mes de noviembre una declaración, iniciativa del Grupo Municipal Socialista, en la que se apoya el manifiesto de la Federación de Asociaciones por la Integración del Sordo en la Comunidad Valenciana HELIX.

El Consistorio se suma así al manifiesto, que defiende la necesidad de poner al alcance de niños y jóvenes con discapacidad auditiva todos los recursos que ofrecen la medicina, tecnología y la educación. Gracias a esas herramientas, estas personas pueden ser ciudadanos en igualdad de condiciones, con una vida normalizada, autónoma e independiente y con una participación activa en la sociedad.

Los avances han permitido que en la actualidad las personas sordas puedan acceder al entorno sonoro desde tempranas edades, de una manera más natural que en las anteriores generaciones. Recuerda el texto aprobado que las medidas de actuación son diagnóstico precoz y atención logopédica temprana especializada, formación del profesorado y dotación de recursos y accesibilidad a la información y a la comunicación.

La declaración concluye afirmando que “todas estas medidas son elementos indispensables que tienen que estar incorporados e integrados en una sociedad del bienestar madura en la que las personas sordas quieren y tienen que participar con pleno derecho”. Bien por la iniciativa. Sólo esperamos que no quede en papel mojado.


Los mitos en torno al sordo

La ignorancia sobre la discapacidad auditiva lleva a gran parte de la población a usar expresiones erróneas y a abusar del tópico. Esos falsos mitos dificultan la integración del colectivo. Por eso la Confederación Estatal de Personal Sordas (CNSE) ha pedido acabar con este desconocimiento.

Esos errores proceden de ideas preconcebidas sobre la sordera, que agigantan la dificultad de la comunicación. Para empezar, las personas sordas no conforman un colectivo homogéneo: los hay que se comunican en lengua oral, los que lo que lo hacen con lengua de signos y otros que utilizan otros sistemas aumentativos de comunicación. También podemos encontrar dicha diversidad en el tipo de prótesis auditivas y en los productos de apoyo que utilizan.

Una de las expresiones más nocivas es la de “sordomudo”, concepto que a veces se utiliza para hablar de personas con sordera. No sólo es incorrecto y molesto, sino que además no se corresponde con la realidad. Otro falso mito es que las personas sordas pueden leer los labios en cualquier momento. Esta posibilidad es relativa y condicionada al lugar donde tiene lugar la comunicación, las habilidades lingüísticas y la vocalización del hablante entre otras.

Concha Díaz, presidenta de la CNSE, también aclara que la lengua de signos no es universal. De hecho en nuestro país coexisten dos lenguas oficiales, la lengua de signos española (LSE, Ley 27/2007, de 23 de octubre, por la que se reconocen las lenguas de signos españolas y se regulan los medios de apoyo a la comunicación oral de las personas sordas, con discapacidad auditiva y sordociegas) y la catalana (LSC, Ley 17/2010, de 3 de junio, de la lengua de signos catalana).

Reclama la CNSE más presencia de personas sordas en cine y televisión, el fomento de programación y series dirigidas y producidas por personas sordas y la participación activa en estos formatos en condiciones de accesibilidad. Además estima necesario el cumplimiento de la normativa sobre la incorporación de una lengua de signos y un subtitulado de calidad en los contenidos audiovisuales, con el objetivo de que los espectadores sordos puedan acceder a la información en igualdad de condiciones.


¿Cómo contar al mundo que tenemos discapacidad auditiva?

Una reciente investigación ha analizado las distintas maneras de abordar la pérdida de audición. La asunción de la realidad es la primera de las premisas para el desarrollo personal. Los científicos, que han publicado su estudio en la revista Ear and Hearing, apuestan por explicar a las personas con discapacidad auditiva cuáles son los mejores métodos para narrar a los demás su pérdida de audición.

El estudio realizado por investigadores del Hospital de la Vista y la Audición de Massachusetts, Estados Unidos, revela que existen hasta tres estrategias diferentes para afrontar la pérdida de audición. Las conclusiones se basan en un cuestionario de 15 preguntas donde los encuestados dieron información sobre las frases reales que usaron para comunicar a otros su discapacidad auditiva.

Las tres categorías son las siguientes:
Sin revelación. Se trata de aquellas personas que no comunicaban a los demás su problema. La frase más empleada en sus relaciones es: “No te oigo bien. Por favor, habla más alto”.

Revelación básica. En este grupo están aquellas personas que informan de su problema auditivo y hablan de algunos detalles de su lesión.

Revelación multipropósito. Los proactivos forman parte de este grupo. No sólo informar de la pérdida de audición sino que además sugieren estrategias de comunicación. Una frase tipo es: “No puedo oír muy bien con mi oído izquierdo, por favor, háblame al oído derecho”.

Ya hemos contado en este blog que las mujeres explican mejor que los hombres su pérdida de audición. Esta investigación lo confirma. La proporción es de dos a uno. También explica el estudio que aquellas personas que habían usado la estrategia de revelación multipropósito encontraron en los demás ayuda y apoyo y una mayor posibilidad de adaptación.


Las mujeres se explican mejor

En una semana en la que se suceden los actos de homenaje a las mujeres nos llega una noticia que vuelve a poner sobre la mesa las diferencias. Las mujeres tienen menos problemas que los hombres para hablar sobre las dificultades para oír y la manera en la que la pérdida de audición dificulta la capacidad para la comunicación.

Así lo explica un estudio de una clínica de Massachusetts (Estados Unidos), publicado en la revista Ear and Hearing. La investigación revela que las mujeres duplican a los hombres en la facilidad para explicar sus problemas.

Un tercio de los encuestados ha declarado que en contadas ocasiones (o nunca) hablaban con otras personas de su pérdida de audición. Sólo un 14% había compartido su situación con los demás siempre o casi siempre.

Si la persona había comentado en ocasiones anteriores su problema y había recibido apoyo, la posibilidad de volver a referirse a la pérdida auditiva se duplicaba. La comunicación no tiene relación alguna con la gravedad de la pérdida auditiva.

Señala el estudio que la tendencia de los varones a comentar su pérdida de audición es hacerlo de manera directa, sin tener en cuenta que ello está obstaculizando su manera de comunicarse o que puede recibir ayuda de su interlocutor.

Jessica West y Konstantina Stankovic, autoras del informe pertenecen a la Universidad de Harvard y al hospital universitario de la Vista y el Oído de Boston. Según su experiencia, la manera en la que las mujeres afrontan el problema resulta positivo, pues reduce el impacto negativo de la pérdida de audición en la vida del paciente: “Esta estrategia ofrecerá una explicación sencilla y sincera de la pérdida de audición al interlocutor del acto comunicativo, recalcando el modo en el que puede ayudar a la persona afectada para oír mejor en ese momento”.


Marcelino Claverino: Brillo en los ojos

Marcelino siempre había oído en boca de su padre que el paso a la edad adulta se caracterizaba por una extraña sensación de pérdida de ilusión generalizada. A los ojos de Manolo Claverino, ser un adulto no era más que darse cuenta de que todo aquello que te habían prometido de pequeño “era una auténtica patochada”. Un par de desengaños amorosos, la muerte de un ser querido y verte explotado laboralmente por una gran multinacional sin escrúpulos solían ser motivos más que suficientes para perder ese brillo en los ojos tan característico de niños y pre-adolescentes.

—¿Ves las caras grises de los mayores, Marcelino? Estamos amargados. No tengas prisa por crecer, ser mayor es aburrido— solía comentar Manolo años atrás a su hijo cuando le llevaba de la mano al colegio de su barrio.

Hacía tiempo que Marcelino había perdido ese brillo vital en los ojos. La universidad, el trabajo, alguna historia amorosa, amistades traicioneras y otro sin fin de circunstancias se habían encargado de ir apagando esa inocente luz ocular con la que todo ser humano viene al mundo.

Pese a que Marcelino era consciente de ello, sin saber muy bien por qué, aquella noche camino del Wild Thing se acordó de las palabras de su padre. Tenía ganas de ver a Gimena pero había perdido la ilusión casi enfermiza de aquellos primeros días. Tal y como sucede con el salto a la vida adulta, la euforia inicial había dado paso a la resignación y a una extraña sensación de desencanto. Por un lado, desencanto consigo mismo, pero sobre todo con no poder vivir la película romántica que había imaginado. Supuso que uno de los focos de frustración más desagradables que uno pueda encontrar tiene que ver precisamente con no poder experimentar aquello que uno desea. También pensó que aquella lección nadie la impartía en los colegios.

Con las manos en los bolsillos y una oscura camiseta de un conocido grupo musical de los ochenta, entró Marcelino en el tranquilo y bien acondicionado garito de su barrio. Gimena sentada sobre uno de los modernos taburetes de la barra sonrió triste al ver entrar a Marcelino. El póster de los Beatles, como ya era tradición, dominaba la escena. Un vaso de tubo lleno de coca-cola descansaba sobre la barra cerca de la cajera.

—¿Hoy no bebes copas?— preguntó Marcelino sentándose en otro taburete en frente de Gimena.
— No estoy para alcohol— contestó con mirada apenada la cajera.
— Te entiendo, pero yo, pese a todo, me voy a pedir una cerveza—dijo Marcelino mirando al camarero mientras lanzaba un suspiro al aire.
¬¬— Muchas gracias, Marce, por venir. Creo que esta situación es absurda. Tenemos que hablar. Parecemos dos niños pequeños.
— Ya lo sé, yo antes de nada te quería pedir perdón por lo de esta tarde. Me he pasado. No sé en qué estaba pensando.
— No te preocupes. Estamos los dos un poco alterados. A mí esto de la sordera me trae por la calle de la amargura.
— ¿Lo de la qué te trae por la calle de la amargura? — contestó guasón Marcelino sonriendo de manera cómplice a la cajera mientras extendía su mano cerca de su oreja a modo de pantalla.

Gimena, aunque sin cambiar su apenado gesto, no pudo evitar dejar escapar una risueña mueca.

¬— Qué fácil lo tenéis algunos. Esto de no oír forma ya parte de vuestra vida. Pero cuando te llega de sopetón créeme que es una putada — comentó Gimena acto seguido.
— Tienes razón, pero al final es cuestión de asimilarlo. He conocido a mucha gente que ha pasado por algo parecido — replicó algo pedante Marcelino.
—No creo que pueda asimilar que nunca más vaya a volver a oír como antes. Nunca pude imaginar lo importante que es oír. Si no oyes estás fuera del mundo. Es como ir a China y no llevarte ni un diccionario. Estás completamente apartada.
—Pues yo llevo viviendo en China casi treinta años y, aquí estoy, todavía no me he muerto. Como te decía, al final es cuestión de acostumbrarse— contestó Marcelino mostrando poca destreza a la hora de comunicarse con el género femenino.
¿Qué fuiste a China hace tres años? Joder, como viven algunos ¿no?
—¿Yo a China? ¡Pero que dices! ¡Si que te ha pegado fuerte la sordera! ¿Te has puesto los audífonos, Gimena? — dijo Marcelino riéndose casi a carcajadas mientras hacía gestos de ostentosa burla — ¡a mí no se me ha perdido nada con los chinos! — añadió.

Gimena, roja como un pimiento, lejos de tomarse la reacción como una ofensa, sonrió como lo hacen los niños enfurruñados cuando sus padres les toman el pelo. Brazos cruzados, ceño fruncido, mirada de medio lado y una sonrisa traicionera que delata hasta el mejor intérprete. En el caso de Gimena, esa sonrisa, adornada con aquel presumido lunar, era una de las expresiones más cautivadoras que Marcelino jamás hubiera visto. Al tener aquello otra vez frente a sus ojos, comprendió de nuevo por qué aquella cajera del supermercado le hacía perder los papeles de una manera tan perturbadora e insana, pero a la vez tan extraordinariamente maravillosa.

Hubo unos segundos en los que Marcelino navegó por una nube de geniales emociones. Por primera vez desde que entrase en el Wild Thing, se percató de que Gimena era una mujer realmente atractiva. Su ineludible condición de varón le hizo olvidar por momentos todas sus desconfianzas y recelos relacionados con aquella tormentosa relación.

— Estas guapísima Gimena… — soltó de repente Marcelino sumido en aquel torrente de testosterona.

Gimena Torremocha todavía decidiéndose entre el enfado o la carcajada ante las burlas de Marcelino, elevó la intensidad del rojo de su piel pero claramente halagada dijo:

— A este Marcelino me lo han cambiao. Quien te ha visto y quien te ve…¬¬— tras unos segundos de pausa Gimena añadió complacida — Pero creo que así me gustas todavía más.
— Pues ya ves… no hay nada como perderle el miedo a las cosas— contestó Marcelino confiado mientras miraba fijamente a Gimena y agarraba su mano con firmeza.

Volaron los niveles de endorfinas por todos los resquicios del garito. Una bonita canción acompañaba el momento. Un foco de intensa luz parecía iluminar la estampa de aquellos dos tortolitos haciéndoles destacar respecto a la penumbra del resto del bar.

A partir de aquel instante, la noche se convirtió en una nueva primera cita. Aparcados quedaron los problemas que pudieran haber surgido anteriormente. Marcelino ni siquiera pensó en el motero makoki o en los obscuros intereses que Gimena pudiera tener. Tampoco pensó ésta en su sordera, ni en la desagradable reacción mostrada por Marcelino en el banco de la esquina de su calle. Tal y como sucede con las parejas asentadas tras hacer el amor, un pequeño subidón de endorfinas parecía más que suficiente para enterrar todas las rencillas. Ahora bien, tal y como es bien sabido por las parejas de largo recorrido, la química cerebral tienen un efecto pasajero. Cuando la materia gris vuelve a su estado de actividad normal, los miedos, dudas y reparos que parecían enterrados vuelven a brotar mostrando sus más crueles vertientes.

Ajenos a cualquier tipo de posible amenaza futura, e inmiscuidos en su particular estado de profundo enamoramiento, tal y como hicieran días antes, hablaron durante horas de temas que fueron de lo más absurdo a lo más profundo. De lo más comercial a lo más independiente. De lo más romántico a lo más chabacano. Les dieron las mil aquel lunes por la noche en el Wild Thing. Al salir del bar y ya con el camarero echando el cierre a la verja, Gimena se detuvo delante de Marcelino. Agarrados por las dos manos y con la sonrisa floja propia de los enamorados se miraron ambos a los ojos durante unos segundos.

¿Sabes una cosa Marce? — preguntó Gimena con tono sensiblero.
Dime…— contestó Marcelino con ganas de conocer la respuesta.
— Ahora mismo tienes un brillo especial en los ojos. Eso me gusta…

Marcelino, con las endorfinas brotándole hasta por las orejas, sin mediar palabra se lanzó apasionado hacia los labios de Gimena. Ésta, receptiva, no opuso resistencia. Se fundieron ambos en un ardiente beso reconciliador. Pensó Marcelino que pese a todo, la edad adulta en ocasiones te regala momentos extraordinarios. El brillo en los ojos se pierde en el camino, pero vuelve de vez en cuando para recordarnos que no hay nada mejor que volver a ser un niño.

(continuará….)


Marcelino Claverino: El ogro que llevamos dentro

La jornada de trabajo fue un martirio para Marcelino. Se sentía culpable de la difícil situación por la que atravesaba Gimena, pero a la vez no podía alejar de su cabeza la imagen de aquel motero macarra. Además, en lo más profundo de su mente seguía repicando la idea de que Gimena se acercaba a él por puro interés y no por algún motivo amoroso. Aún así, se sorprendió de la frialdad con la que había actuado. Incluso al ver cómo la cajera se sentaba desconsolada en una de las sillas de la recepción desbordada ante la noticia de que su audición había empeorado, Claverino, muy tozudo, se mostró impertérrito.

Él conocía perfectamente el mundo de la sordera y dada la actitud de Gimena intuía que ésta todavía no había superado su discapacidad. Había coincidido en la asociación con multitud de personas que habían necesitado mucho tiempo para comenzar a aceptar que el mundo de los sonidos, tal y como lo habían conocido, se había terminado. Algunas de ellas incluso no llegaban a aceptarlo nunca. Comentaban que en el proceso de aceptación eran típicos los llantos, el ocultar los aparatos y el rechazo a todo lo que tuviese que ver con la sordera. La actitud de Gimena respondía a las mil maravillas a este perfil. Marcelino era consciente de ello, pero los demonios amorosos enmarañaban su mente de tal manera que tras llegar a tan clarividente razonamiento, no podía dejar de sentir rechazo hacia la joven cajera. En su interior, los celos y la desconfianza estaban ganando la partida a la comprensión y la empatía.

Ya en el museo Ptolomeo, la reunión sobre el proyecto de accesibilidad programada para aquel lunes fue un auténtico desastre. Marcelino se perdía en sus antagónicos pensamientos mientras personajes variopintos exponían diferentes alternativas para llevar a cabo el proyecto de accesibilidad. Varias fueron las veces en las que Marisa Flores dio la palabra a Marcelino y éste, despistado, contestó a bote pronto lo primero que le vino a la cabeza. Esta actitud le valió una pequeña reprimenda tras la reunión, aunque esta vez Marisa Flores, mujer poco dada al refuerzo, felicitó con la boca pequeña a Marcelino por la buena impresión que estaban causando en los visitantes sus reseñas sobre los cuadros de Nikito Nipongo.

Al salir del trabajo, sorprendido por las buenas palabras de su jefa, Marcelino se dirigió a casa con la idea de llamar a su amigo y confidente Gustavito Calatrava, quien podría perfectamente seguir en su casa tirado en el sofá durmiendo la mona del fin de semana anterior. A veces, se preguntaba Marcelino qué le habría llevado en su vida a depositar su confianza en semejante personaje. La respuesta nunca la llegaba a encontrar, pero lo cierto es que seguía llamando a aquel zangolotino cuando alguna situación le sobrepasaba. En el trayecto recibió algún que otro wassap de Florinda, al cual, preso de la desesperación, decidió no contestar. Maldijo a los malditos frikis de Silicon Valley. Pensaba que habían dado con el peor invento de la historia de la humanidad.

Cuando llegó al portal y al ir a meter la llave en la cerradura de la inmensa puerta de madera, notó como un afilado dedo golpeaba su espalda. Marcelino se giró sobresaltado y un desconocido señor de avanzada edad dijo:

¬—No te asustes chaval. Te llama aquella chica del banco.
—¡Ay, qué susto me ha dado!— contestó Marcelino con el corazón todavía en la boca— Muchas gracias— apuntilló resoplando mientras lanzaba su mirada hacia la otra esquina de la calle.
—De nada, chaval—dijo el señor sonriendo mientras golpeaba con ahínco la espalda de Marcelino en señal de despedida.

Y allí, en la esquina de la calle, sentada sobre el respaldo de un antiguo banco de madera, pudo ver Marcelino Claverino a Gimena Torremocha vestida con su traje de cajera de hipermercado. Gimena hacía gestos ostensibles con su mano derecha sugiriendo a Marcelino que se acercase. Dudó éste entre meterse corriendo en casa y continuar con su testaruda actitud o dar por fin su brazo a torcer y dejar que la cajera se explicase. Al final, no sin reparos, decidió acercarse. En aquellos veinte metros que le separaban del antiguo y mugriento banco pensó en mil maneras diferentes de iniciar y afrontar aquella inminente conversación.

—Hola Gimena¬— dijo finalmente sin arriesgar al llegar a su altura.
—¿Me puedes explicar de que vas tú por la vida?— contestó sin vacilar bravuconamente Torremocha mientras se incorporaba del respaldo del banco en actitud desafiante.
—Si te vas a poner así Gimena me voy a mi casa— contestó calmado pero seco Claverino.
—Mira niñato, no sabes por lo que estoy pasando con estos cacharros— replicó con los ojos llorosos Gimena mientras se retiraba el pelo de la oreja mostrando sus audífonos — y encima te pido ayuda y me das una patada en el culo. Me ves llorando en el sitio asqueroso ése de los audífonos y eres incapaz de interesarte lo más mínimo. Eres lo peor Marcelino. Eres mala persona.
¬—Mira, Gimenita, no me toques las narices. Primero. Si soy lo peor no sé que haces en la puerta de mi casa como una psicópata esperando a que llegue del trabajo. Y segundo, yo no soy un alma caritativa que va ayudando a los sorditos del mundo. ¿De acuerdo? Si quieres ayuda para superar tus complejos vete a confesar a la iglesia, pero a mi déjame en paz. Yo me esperaba que esto entre tú y yo—dijo Marcelino señalando con el dedo a uno y otro alternativamente— fuese una cosa diferente.

Gimena no pudo dejar escapar un puchero. Sus ojos resquebrajados dejaron escapar unas lágrimas. Hubo unos segundos de silencio. Marcelino chulesco aguantó la compostura.

—¡Eres un ogro!— gritó acto seguido a viva voz Gimena en plena calle justo antes de salir corriendo hacia el supermercado.

Todos los transeúntes allí presentes fijaron su mirada en un ofuscado pero a la vez avergonzado Marcelino. Al sentirse observado, agachó la cabeza e inició el camino de vuelta hacia el portal. La gente, sorprendida, cuchicheaba elucubrando lo que podría estar pasando entre aquellos dos jóvenes con extraños aparatos en las orejas. Marcelino llegó a sentirse como un maltratador. Eso no le gustó. No entendía como no podía controlar a ese, tan bien llamado por Gimena, “ogro” que llevaba dentro. Entró raudo en el portal, subió a casa y se sentó en el sofá. El móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Florinda Biensalida, cual martillo pilón, seguía con su cansina insistencia. Marcelino silenció el teléfono enfadado.

Marcelino Claverino no sabía cómo debía sentirse. Entendía que había actuado con crueldad, pero sus feroces fantasmas le decían que eso era lo que la cajera merecía. Gimena quería aprovecharse de él para superar sus ridículos miedos de sorda, pero al mismo tiempo se veía con otros chicos más apuestos. Definitivamente era lo que se merecía.

Durante la tarde habló con su madre pero no mencionó nada de lo sucedido. No estaba para sermones maternos. Descartó la idea de llamar a Gustavito. Llamó, sin embargo, a un restaurante chino para cenar. Pollo al limón y arroz tres delicias pidió. Al ir a poner la mesa, entre los tupper de comida china, encontró un pequeño pergamino. Era típico en aquel restaurante acompañar las comidas con sabios proverbios chinos. Marcelino lo desplegó.

“Los celos se nutren de dudas y la verdad los deshace o los colma” decía esta vez el siempre oportuno mensaje asiático.

Marcelino se quedó pensativo. La pantalla del teléfono se iluminó. Con desgana echó un vistazo. Esta vez no era Florinda, la aplicación anunciaba un mensaje de Gimena. Sin mucho entusiasmo lo, abrió.

—Que necesite tu ayuda no significa que no pueda sentir algo hacia a ti. Si quieres hablar, podemos quedar en un rato en el Wild Thing. Yo no estoy muy lejos. Por cierto, perdón por llamarte “ogro”—decía conciliador el mensaje.

Marcelino se rompió. Fue en aquel momento cuando decidió que Gimena se merecía una oportunidad. Aquel ogro debía, como había visto en las películas, intentar convertirse en príncipe.

(Continuará…)


Marcelino Claverino: El destape

Por primera vez en su vida Marcelino fue al grano con una chica. Las palabras del capitán habían abierto los ojos del espigado alero de los Little Thunders. No quedaba nadie ya en el vestuario cuando Marcelino pulsó la tecla de envío. El mensaje fue claro y conciso.

—Hola Gimena. Tengo muchas ganas de verte. ¿Te gustaría quedar esta tarde?

Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo. “Que sea lo que Dios quiera”, pensó con las manos descansando sobre su rostro sentado en unos de los bancos del vestuario. Ante su asombro la respuesta no se hizo esperar. Justo cuando se disponía a meter el teléfono con desgana en el bolsillo de la mochila se iluminó la pantalla del móvil. Un pequeño icono verdoso en el margen superior izquierdo del aparato anunciaba la entrada de un whatsapp.

—Hola Marce. Estamos de suerte. Hoy libro en el supermercado, así que por supuesto que me gustaría quedar contigo. ¡Pensaba que ya no me ibas a escribir! — contestó la guapísima cajera.

Una peculiar sensación de alivio y euforia invadió a Marcelino. Quería brincar como un poseso por todo el vestuario, quería abrazarse con la primera persona que se cruzase en su camino, poco importaba ahora el triple fallado y la agria derrota, nada era más importante que la simple idea de ver de nuevo a aquella maravillosa mujer.

Marcelino no tardó en responder, lejos quedaban ya las estrategias maquiavélicas urdidas por su amigo Gustavito Calatrava en los temas amorosos.

—Lo bueno se hace esperar Gimena. ¿Qué me dices de ir al cine?— escribió Marcelino adoptando un talante algo galán.
—Me parece genial. Pero quizás tengas razón y debiéramos dejarlo para mañana— respondió Gimena.

Marcelino se quedó un tanto descuadrado ante tal comentario, pero enseguida interpretó que todo formaba parte del acto del cortejo.

—No creo que puedas esperar un día más— contestó directo.
—Puede que el que no pueda esperar seas tú bonito.

Gimena era una adelantada cuando se trataba de flirtear. Sabía muy bien como sembrar la duda en el otro pero a la vez mantener ese punto de irremediable atracción. A Marcelino no le quedó otra que mostrar el pañuelo blanco.

—Tienes razón. No puedo esperar un día más— respondió asumiendo su derrota dialéctica.

Gimena, sabedora de su pequeña victoria, dio el siguiente paso.

—Vayamos hoy al cine entonces. No quiero rayarte más de la cuenta— dijo.

Quedaron en verse en uno de los pocos cines para todos de la ciudad. La película era lo de menos para Marcelino. Para él era más importante disponer de subtítulos, bucle magnético en la sala y un buen acondicionamiento acústico. En un cine convencional donde estas medidas brillaban por su ausencia, su capacidad para seguir la historia de la cinta y comprender diálogos complejos se veía muy mermada. Gimena, como buena enfermera puesta en la materia de la sordera, no puso ninguna objeción a la propuesta de Marcelino.

—Por supuesto Marce. Vamos donde te sientas más cómodo— llegó a decirle.

Los cines Kayak se encontraban en una de esas nuevas zonas hipster de la ciudad. Hombres barbudos y mujeres gafapásticas frecuentaban las calles repletas de cafés orgánicos, tiendas vintage, mercadillos de ropa de segunda mano y pequeñas y resultonas tiendas de discos ideales para melómanos. Por supuesto, un cine adaptado era de lo más cool y más si en él abundaban proyecciones de películas galardonadas en festivales independientes. A mayor número de hojitas de laurel en el cartel, mayores probabilidades tenían de ser proyectadas en los cines Kayak. La verdad era que un grupo de barbudos emprendedores se había lanzado a la aventura cinematográfica y aunque el negocio sobrevivía a duras penas, Marcelino y otros amigos sordos agradecían la encomiable labor de esos personajes peculiares que se movían por el barrio en bicicletas de lo más minimalistas.

Gimena llegó puntual a la cita. Marcelino estaba ya haciendo cola entre un grupo de poperos y otro de granudos adolescentes sordos. Al ver a Gimena a lo lejos Marcelino cambió su postura. Elevó los hombros, subió el mentón y se metió las manos en los bolsillos dejando asomar los dedos pulgares por fuera de éstos. Su gesto parecía el de un buen torero antes de una importante corrida taurina.

—¡!Marce!¡— gritó Gimena a lo lejos saludando con la mano en alto.

Marcelino sonrió de medio lado como quien se siente confiado.

—A menudos sitios me traes ¿no? Vaya gente más rara. Todos con barbuchas y pelajos. En el metro he visto a uno hasta con bigote. ¿Pero dónde se ha visto eso hoy en día? – dijo Gimena mientras daba dos efusivos besos a Marcelino.
—Pues no sé. Son gente peculiar, pero hay que adaptarse a todo. Además mira que majetes son algunos que se animan a montar cines para todos.
—¿Cómo que cines para todos? — contestó Gimena confundida.
—¿Eh? — dijo descuadrado Marcelino.
—¡Ay chico! es que con el ruido de la calle no te oigo bien. Si yo no me entero me imagino que para ti tiene que ser todavía más movida — reculó avergonzada Gimena.
—No te preocupes, es verdad que hay mucho ruido. La ventaja que yo tengo es que te puedo leer los labios. Sino ni de broma. Por cierto antes de nada, ¡estás guapísima!

Gimena había optado esta vez por un pantalón de pitillo estrecho, el cual realzaba su exuberante figura. Una simple pero a la vez coqueta camiseta rosada insinuaba de manera sencilla las imponentes cualidades femeninas de Torremocha. Su castaño pelo caía de nuevo sobre sus hombros, aunque esta vez un cuidado flequillo ondulado viajaba presumido por la delicada frente de Gimena.

—Muchas gracias por el piropo. Tú también estás muy guapete— dijo Gimena acariciando sutilmente la mano derecha de Claverino.

Tras los esperables lamentos de la cajera al ver que no podría ver ninguna de las comedias románticas anunciadas a bombo y platillo en televisión, los dos tortolitos se decantaron por una cinta neozelandesa cuyo cartel estaba plagado de hojas de laurel. “La cabaña de mi madre” prometía ser o bien un peliculón histórico o un pestiño sólo apetecible para cuatro entendidos del no siempre comprensible mundo de las críticas cinematográficas.

Tras comprar las entradas, las palomitas de rigor y un par de coca-colas, se metieron los dos en la sala tres de los cines Kayak. Se sentaron a la par en la fila siete centrada. Una señora entrada en kilos y su marido se ubicaron un par de butacas más allá. Todo parecía estar saliendo a las mil maravillas. Marcelino estaba justo donde había soñado unos días antes. En un momento dado y con la película ya en acción dudó si agarrar la mano de Gimena dando pie así al primer acercamiento. Se sentía como un dubitativo quinceañero ante su primera cita. Finalmente decidió dejarlo para más adelante. Durante la hora y media de película hubo múltiples intercambios de miradas entre ambos, los cuales obnubilaron la mente de Marcelino. Había una conexión clara entre ellos.

Al terminar la película salieron a la calle más pendientes el uno del otro que de la reflexión sobre la propia película.

—Pues a mí me ha parecido un rollo patatero— dijo Gimena con su habitual sinceridad.
—Yo la verdad es que tampoco he estado muy atento a la película— contestó Marcelino mirando fijamente a Torremocha mientras se acercaba hacia ella.
—¿A no y en que te has fijado?—prosiguió Gimena sosteniendo la mirada en señal clara de aceptación del envite.
—No sabría decirte— balbuceó Marcelino con sus labios ya a escasos centímetros de los de Gimena.

En la esquina de los cines Kayak a la luz de una farola, Marcelino Claverino pudo por fin cumplir su sueño. Cuando Gimena Torremocha se puso de puntillas, sus labios se encontraron por primera vez. Un primer beso tierno y casi asustadizo, dio paso a un par de acometidas algo más carnales. Marcelino no podía creer lo que estaba sucediendo. Sumido en una transitoria euforia pasional dirigió con sutileza su mano derecha hacia la nunca de Gimena. Por unos segundos se recreó acariciando con firmeza la parte posterior de su cabeza. En una de las intensas caricias el dedo anular de Marcelino se topó con un extraño objeto ubicado en la parte trasera de la oreja de Gimena. Un desagradable pitido se oyó tras el contacto. Marcelino se quedó petrificado. De un feo manotazo retiró a Gimena. Se quedó mirándola fijamente. Ésta, cabizbaja, no le sostuvo esta vez la mirada.

—¡Que narices haces llevando audífonos!— gritó a viva voz Marcelino en la esquina de los Kayak bajo la tenue luz de la farola.

(continuará…)