Archivo de November, 2008

La mano inocente

A pesar de que tenía prisa, decidió volver a subir a casa a arreglarse el pelo. No estaba despeinada, sino demasiado peinada. Tanto, que el implante coclear sobresalía de uno de los laterales de su cráneo. Se veía demasiado y, por eso, se colocó el pelo de esa forma tan estudiada que tenía ella de ocultar la prótesis.

Salió, satisfecha de su trabajo de camuflaje, a encontrarse con sus amigos en algún lugar del centro de la ciudad. Aún sabiendo que la idea de tomar algo en un bar del centro se convertiría en una situación desesperada por saber de qué están hablando, mientras que el ruido de los platos acentúa su deficiencia auditiva y la luz, escasa cuanto menos, impide que la lectura labial sea del todo fiable.

Entre copa y copa, y en un momento de la ya consabida desesperación por cazar al vuelo el mensaje, decidió prestarse a ser, como tantas otras veces, una máquina dispensadora de afirmaciones. No entendía ni una palabra de lo que le decían, pero asentía. Sabía lo que se perdía por culpa de la cobardía de no preguntar de qué hablan, pero estaba acostumbrada a no enterarse y a, simplemente, seguir la conversación al ritmo de las luces que parpadeaban sobre las bocas que debían ser leídas. Un mensaje con interferencias y, a lo sumo, alguna palabra completa.

La situación se acentuó con su presencia, la de él. La del chico que, sin conocerla de nada, se sumergió en una conversación de besugos. Él hablaba, moviendo unos labios iluminados por momentos en la penumbra del bar, y contaba que estudiaba Empresariales. O, al menos, eso creyó ella. Ella, que estaba inmersa en un círculo vicioso de contestar a todo que si. Sin saber qué decía él y tan sólo fijándose en cómo movía unos labios que, a su juicio, bien podrían ser los de un modelo.

Y continuó despistándose más, al subir la mirada hacia sus ojos, en los que paró en seco. Intentó descifrar qué decían esos ojos, pero sólo pudo sentir una atracción ineludible. “Sí, claro –decía ella sin parar-, sí, tienes razón”.

Un golpe de conciencia le devolvió a la realidad y le advirtió que en un momento dado, él preguntaría algo cuya respuesta no podría ser sólo afirmativa. Entonces habría silencio, y se daría cuenta de lo suyo, de lo de ella. Intento evitar ese momento intercalando algún que otro “¿Por qué?” en la conversación a fin de conseguir mantener el tipo, y el engaño. Por cobardía, miedo o quizás vaguería. Por esa pizquita de libertad que plantea el no tener que dar explicaciones a nadie nunca. Tan sólo por eso.

Pero pasó. “¿Qué opinas de la nueva película de Woody Allen?”, preguntó él. Ella, sonrió y pronunció el slogan que le había acompañado toda la noche: “Sí, claro”. La situación se convirtió en vergonzosa sólo cuando él soltó una carcajada más que comprensible y decidió pasar el tema. Ella, intimidada, se escabulló del bar sin mediar palabra.

Lo que la chica que camuflaba el implante coclear entre su pelo con toda una obra de ingeniería capilar por medio no sabía es que él no se iba a rendir. Y salió fuera con ella, y como quien no quiere la cosa, le sorprendió con un beso que ella respondió sin dudarlo. Pero, sin darse cuenta, su mano inocente, la de él, topó con el procesador del implante, y se descolgó. Al igual que su engaño, su vergüenza y su entereza. La de ella.