Archivo de January, 2009

Hablar sin escuchar

Escuchar y oir no es lo mismo. La diferencia radica, muchas veces, en el grado de atención (o de escuchar con atención lo que se oye) pero cuando se trata de las personas sordas esta realidad es bien diferente: se puede escuchar sin apenas oir (gracias a la lectura labial) y se puede oír sin poder escuchar, sin procesar lo que le entra a uno por los oídos o procesadores.

En más de una ocasión esta conjunción no conjuga y una persona sorda puede oir sin escuchar y escuchar sin oír. Oír palabras que no se reconocen (como si de otro idioma se tratase) y entender “con chuleta” (sin oir, con lectura labial) es cada vez más común en España.

En un ambiente de ajetreo y de varias personas, la dinámica puede hacer pensar a la persona sorda que los demás integrantes de esa conversación no hablan castellano, pues nosotros entendemos palabras que no figuran en el castellano o que no son desconocidas.

También puede darse el caso, dando una vuelta total al sentido de este artículo, que son las personas sordas las que no se hacen entender: que su oralidad se escapa del castellano tradicional y sus palabras toman otra forma, desconocida o descontrolada por los oyentes. Paciencia, tan sólo se necesita paciencia.

La pescadilla se muerde la cola aún más cuando, en un ejemplo fácil, diríamos que oyentes y sordos hablan en idiomas diferentes. El entendimiento y pronunciación de las mismas palabras varía en función a la calidad del lenguaje. Pero no es otro idioma.

El idioma, gran factor de diferenciación social, esgrime una fina barrera entre las personas que con aprendizaje e interés puede ser solventada. Pero también hace falta paciencia e integración, vocalización y claridad y sobre todo, mucho interés. Tanto interés como el que demuestra Cristina Salmerón en aprender inglés. Según informó el CERMI, esta joven denunció la inaccesibilidad para personas sordas de las pruebas de acceso a la Escuela Oficial de Idiomas y demandó, para poder superar las pruebas orales de inglés, un vídeo en donde una persona leyese el texto para ella apoyarse en la lectura labial. No sabemos si Salmerón oye o no lo suficiente para decir que “escucha”, pero sí sabemos que entiende, que se hace entender y que pelea por no ser una extraña en su propio país.

Aprender un idioma no será, a partir de ahora, una utopía para las personas sordas que cada día se enfrentan a un lenguaje aparentemente diferente al suyo: el de las personas oyentes, el de las palabras nuevas, las expresiones nunca utilizadas, el de los labios, el de la claridad y la versión resumida de qué es lo que habla el grupo de aparentes extranjeros del que se rodea en una comida familiar.

Ser extranjero, tener acento nunca fue menos importante en una sociedad en vías de globalización y en un país que es uno de los principales destinos de los inmigrantes (castellanohablantes o no) y cuyas barreras se ven apocadas con la existencia de la integración social. Un día, dentro de no mucho, el extranjero dejará de ser “el raro” para convertirse en el perfil de ciudadano medio, sea oyente o sordo y dando igual que su acento sea geográfico o educativo, intencionado o provocado. Querido o no.