Archivo de March, 2009

En una bolsa de ositos de gominola

“Siempre dijimos que era raro: se traía sus muñecos articulados que representaban soldados o guerreros y jugaba él solo a crear peleas entre ellos. No hacía los archiconocidos “efectos especiales” que simulaban disparos, tortazos, caídas y dolores, y que todos los demás hacíamos con la boca. En sus juegos no había casi diálogos.

Creció, y aprendió a colocarse el implante coclear de forma autónoma. Entonces, comenzó a jugar al fútbol y al baloncesto, al “pilla-pilla” y otros juegos de grupo. Y me parecía raro porque gritaba más alto de lo que debiera cuando todos nuestros recreos anteriores le observábamos cómo jugaba en silencio.

Cuando comenzamos a jugar al fútbol, a Javier a veces se le caía. Antes, iba corriendo a que la profesora, que había aprendido cómo hacerlo, lo conectase de nuevo. Después, con la naturalidad de quien se quita el pelo de la frente, mi amigo se hizo con el “chisme” y, más calmado, se fue soltando.

Se soltó y, a veces, nos traía gominolas. Perdió la timidez, o nosotros perdimos el miedo ante una bolsa de chuches. Pero a veces le llamábamos y no nos oía o simplemente pasaba de nosotros. No era muy hablador, y cuando hablaba, no sabíamos qué quería decir. Pensábamos que tenía algún tipo de retraso, pero el tiempo demostró que Javier sólo era un niño sordo.

Y cuando nos dimos cuenta de que sólo era sordo, Javier comenzó a hablar, a jugar en equipo, a reírse, a entender las reglas del juego y los cambios de reglas espontáneos, a venir al cine (aunque le tuviéramos que explicar la peli después), a jugar a las cartas, etc.

Aunque todos los comienzos de curso Javier estaba abstraído en un desconcierto singular, los recreos se le hicieron diferentes al descubrir que no había necesidad de estar solo pudiendo tener amigos. Hay, de hecho, amigos que no tienen el fundamento de su amistad en el interior de una bolsa de ositos de gominolas, sino que se convierte en una fuente de oportunidades.
Pasó de raro a ser sordo. O lo que es lo mismo: nosotros pasamos a llamar a las cosas por su nombre, a ver dónde estaba el problema y a ver cómo podíamos hacerlo más pequeño.

Todo esto me lo contó Javier hace no mucho. Nunca pensé, de hecho, que el patio, con tantos niños saltando, jugando, corriendo y riendo, pudiera ser uno de los sitios más solitarios de la escuela. Y es que, en la anarquía del orden, en donde la libertad es el mejor de los juegos, los niños sordos se esconden y se aíslan con recelo y timidez pero, sobre todo, porque no conciben un recreo sin silencio y poco a poco aprenden a disfrutar del placer de hacer ruido”.