Archivo de November, 2009

La deficiencia auditiva: ¿una desventaja laboral?

En una entrevista de trabajo que realicé recientemente, decidí no mencionar mi problema de audición. Fue una clara estrategia para no incomodar a mi interlocutor, aunque también me arriesgaba a darle una respuesta errónea a una pregunta que no oía bien. Aún así, decidí lanzarme al vacío con mi currículum en mano y sin advertir de mi discapacidad auditiva.

Craso error. No acerté a crear feed-back en casi ninguna de las cuestiones, por lo que decidí comentarle al jefe de Recursos Humanos que tenía una deficiencia auditiva no muy grande y que necesitaba más claridad y volumen en su locución. Su cara de asombro vino acompañada de un “¿Por qué no lo has dicho antes?” al que luego siguió un gesto de merecida desconfianza. Y, aunque ocultar no es mentir “del todo”, cuando lo que están midiendo es tu fiabilidad y capacidad para un puesto vacante en una compañía, uno no debe poner a prueba la paciencia del interlocutor, sino que éste debe llegar ya entrenado ante la situación.

¿Es un handicap o desventaja decir que uno tiene discapacidad auditiva? No siempre. La Ley 13/1982 de integración social de los minusválidos (LISMI) establece que las empresas privadas y públicas de más de 100 trabajadores deben contar con, al menos, un 2 por ciento de personas con discapacidad superior al 33 por ciento, dentro de su plantilla. A pesar de esta obligación amparada bajo una sanción, muchas de las empresas españolas no cumplen con la cuota y renuncian, en gran parte, a la grata experiencia de contar con personas con discapacidad en su plantilla.

“¿Grata experiencia?” Demostrado es que la contratación de personas con alguna discapacidad acarrea algún gasto de adaptaciones (subvencionado por el Estado gracias a las bonificaciones) y, a su vez, un incremento del bienestar laboral en cuanto a ambiente de trabajo se refiere: el incremento del compañerismo basado en la ayuda mutua y en la solidaridad. Aunque tampoco se trata de que nos hagan el trabajo, ¡no, por Dios! En la carrera de la autosuficiencia somos nosotros, los que tenemos la discapacidad, los únicos beneficiarios de nuestro esfuerzo.

La contratación de personas con discapacidad se ha visto aumentada en estos últimos años, no sólo por el refuerzo de la LISMI con la LIONDAU, sino por la paulatina aceptación de que las personas con discapacidad podemos realizar el trabajo no mejor, ni peor, sino igual que una persona sin discapacidad. Pues la discapacidad es un handicap social que no debe afectarnos a título personal.

Siempre digo que cuando yo me levanto por la mañana, desprovista de mis implantes cocleares, no me considero una persona con discapacidad auditiva. Es mi forma de vivir: hasta un rato después del primer café matutino no me conecto al mundo sonoro. Incluso ya cuando la batería hace contacto y el ruido invade mi cabeza, sigo sin ser una persona con discapacidad. Sigo siendo yo, con mis más y mis menos, y éste es todo mi patrimonio. Jugaré, pues, en el plano profesional, mis cartas con la mejor mano que pueda tener, y tendré las oportunidades más afines a mi perfil si soy consciente del mismo con anticipación. Es decir, si asumo mis posibilidades, capacidades y limitaciones.

Por desgracia, las leyes y la cultura no entienden de esta corriente de la psicología en la que la aceptación personal conlleva a la aceptación social, y el proceso se vuelve a la inversa con toda facilidad.

Aún así, aunque todo lo que administrativamente y burocráticamente rodea a la contratación de una persona con discapacidad pudiera parecer un camino de rosas, el trabajador no debe caer en el juego de que su incorporación se deba sólo a un beneficio capitalista, sino que, aunque la compañía reciba una bonificación por la contratación, la capacidad y valía profesional de la persona con discapacidad no debe medirse, en ningún caso, en base a la cuantía de ésta. Por tanto, las personas con deficiencia auditiva tienen el derecho (y, por consiguiente, también el deber) de convencer con su profesionalidad a la entidad que les dé la oportunidad de demostrar lo que valen.

Recordemos pues, una vez más, que la discapacidad no implica, ni de lejos, una menor capacidad de la persona en cuestión.