Archivo de November, 2010

“Tecnoadictos”

Visto lo crucial que resultó la tecnología en el rescate de los mineros atrapados a más de 700 metros bajo tierra chilena en el pasado mes de octubre, ahora nadie debería preguntarse si la tecnología es el enemigo o no.

Muchas personas piensan que la tecnología agarra con fuerza al usuario y le roba independencia, al no poder vivir, tras adaptarla a su vida, sin los avances técnicos. Pero existe una gran diferencia entre los avances técnicos normales y los necesarios para vivir.

Esto nos pasa a las personas sordas. A pesar de que no somos los más sexys del mundo con nuestros implantes, la co-dependencia que tenemos de ellos es tal que, a poco que les pase algo a nuestras adoradas prótesis, nos empieza a subir la bilirrubina hasta límites inexplorados.

Un implante coclear no es ningún juguete. Es el enchufe directo con el mundo, la gran autopista de la información con la que en su día Al Gore describió Internet, aplicada al mundo de la discapacidad. Lo mismo pasa con los audífonos tradicionales, pero en menor medida, ya que la mejoría depende puramente de la tecnología, y no del uso que el usuario haga de ella, que es de lo que venimos a hablar.
De la subyugación del hombre en la tecnología o, lo que es lo mismo, de cómo nos sentimos amarrados a ella como si del último tren se tratase. Pero es un bien de primera necesidad para aquellas personas cuya supervivencia (oír cuando un coche se saltó el semáforo y puede atropellarte es supervivencia) depende de un artilugio electrónico que cuelga de su cabeza.

Es abrumadora la cantidad de matices que se pueden dar sobre este asunto. Pinceladas de brocha gorda podrían tapar de un manotazo la posibilidad de oír si nos basamos en el aspecto estilístico tan desagradable que tienen los implantes y audífonos. Detalles negativos también encontraríamos en el exclusivo cuidado y atención que requieren, no sólo desde el golpe a la cuenta bancaria que significan –para aquellos a los que la Seguridad Social todavía no les paga su derecho a oír-, así como lo incómodo y pesados que resultan al principio.

Pensemos, además, en todas las cosas que rodean a las prótesis auditivas, como lo son las videollamadas, los avisadores por luz, los despertadores con vibración, los amplificadores de volumen para los teléfonos y, en general, todas y cada una de las oportunidades de aislar el sonido exterior al situar la prótesis sobre la posición “T” de bucle de inducción magnética.

Pienso en todo lo que me ofrece la tecnología como persona con deficiencia auditiva y, claramente, me alegro de ser una “tecnoadicta”, me enorgullece despertarme cuando mi almohada vibra con la autonomía que implica que yo he programado ese despertador para el tiempo que yo sé que yo necesito; conectarme al mundo cada mañana gracias a esas horribles antenas de color dorado-hortera que cuelgan de mi cabeza, y me encanta pensar que puedo caminar por la calle oyendo música, libros y otros sonidos que salen de mi mp3 y llegan exclusivamente a mis oídos, sorteando los ruidos de camiones y coches.

Ahora bien, no nos quedemos aquí. SIMO 2011 debería ser el escenario del reclamo para dar una oportunidad de desarrollo para las personas que no oímos bien, no sólo con la más bella tecnología, si no con la más útil y accesible del mercado. De todo el mercado, no de aquel mercado cuyas capacidades físicas son las más comunes, si no de todo. La feria de la tecnología que se celebró en Madrid del 5 al 7 de octubre de este año, dejó mucho que desear en este aspecto, haciendo de la tecnología un capricho y no una necesidad.

Animo pues, desde estas humildes líneas, a que empresas productoras de hardware y software apuesten por el sector de los supervivientes gracias a las tecnologías, de los que no quieren ceñirse sólo a la exclusiva lengua de signos.