Archivo de January, 2011

Carpetas salvavidas

Que este mundo es injusto es algo que nadie duda. Lo que se duda, a veces, es la capacidad del ser humano de equiparar la balanza. Ahora que pasan las navidades y he tenido unos días para hacer inventario de lo que tengo y de lo que necesito y de lo que no, me doy cuenta de que hacer inventario es, cuanto menos, un dolor de muelas mental. Después de comprobar que lo que necesite, de buenas a primera, resulta obligatorio para seguir oyendo, y lo que necesite, quiera o no, me hará más empinada la cuesta de enero.

Además, mi cerebro debe estar en plenas facultades administrativas, y éste es un trabajo que no me paga nadie. Nadie me gratifica que deba tener ahorrado un dinero extra en la cuenta bancaria. Nadie más que yo, que soy la que, en caso de dejar mi implante coclear derecho y mi audífono izquierdo en situación de siniestro total, tendría que pagar las reparaciones o recambios de mi bolsillo, algo que no resulta barato si tenemos en cuenta que una batería de implante coclear ronda los 300 euros, que duran cerca de ocho horas y que el día tiene 24.

Qué bueno que existen los seguros, me digo a veces. O qué buenos gestores somos los sordos, reflexiono más tarde. Qué temple, se jacta mi familia. No es para tanto, uno tiene que saber cómo invertir en el futuro. Hay quienes les gustan los videojuegos, y hay quienes no podemos vivir sin oír.

En cualquier caso, la diferencia radica en que los videojuegos son algo considerado como un hobby, mientras que oír es obligatorio. Entonces no se entiende por qué, si la sociedad lo toma como obligatorio, ésta no hace nada para que no sea tan violento el tajazo a la caja personal de uno.

Yo tengo dos carpetas: roja y azul. Desde pequeña vi que lo rojo era la derecha, y lo azul lo correspondiente a mi oído izquierdo. La carpeta roja, con facturas y garantías, sólo tiene una cosa que la azul envidiará de por vida: la carga pesada de las peticiones de devolución de dinero que lleva entre sus gomas, que van desde documentos de viabilidad del diagnóstico, permisos del médico, de la administración de Asuntos Sociales regional, de la de Salud de la misma área, etc.

Eso sí, la carpeta roja da el doble de trabajo. Pero sale más cara. Al rojo le devolverán algo de la cuantiosa cantidad de esfuerzo y dinero que se invierte en tener un implante coclear, que aún también pesará no sólo en las orejas, si también en la pesadez de las injusticias, que benefician al que más trámites haga, dentro de lo posible, con parte de la cuantía del mantenimiento del implante. Y eso, si tienes la suerte de caer en una Comunidad Autónoma que entiende que estas prótesis no son un capricho, si no un artículo de primera necesidad para nosotros.

Si no eres uno de los hijos favoritos de este país, es decir, si pagas puntualmente tus arreglos y piezas, sólo te queda el consuelo de que el Gobierno prometió en su día que las prótesis auditivas, sean internas o no, serían costeadas por la cartera de Salud pero, claro, cuando hay vacas flacas, los primeros que pasan hambres (y silencios) son aquellos que han de hacer una gestión ilimitada de sus finanzas para poder oír a un hombre que grite “¡Cuidado!” y les puede salvar la vida ante cualquier peligro urbano que tampoco sea accesible para nosotros.