Archivo de October, 2011

De los parecidos engañosos y otros enemigos escolares

Cuando eres una persona sorda o con deficiencia auditiva adquieres una identidad engañosa. Así como se puede deducir erróneamente que se trata de una persona “sin mucho que decir” o que es “muda” por la deficiencia auditiva, se puede pensar también que cumple con todos los requisitos para convertirse en uno de los compañeros más odiados en el entorno escolar: el pelota u “ojito derecho” del maestro.

El perfil es bien diferente, aunque se dan puntos en común. Por ejemplo, el pelota tradicional pregunta al profesor constantemente y busca su aprobación y aceptación en cada paso que da. La persona sorda, por el contrario, es más profeta de preguntar lo que haga falta y las veces que haga falta (o así debería ser) para lograr entender y seguir la clase, cueste lo que cueste.

Eso, sumada a la envidia de otros niños, ha acomodado a las personas sordas en un ambiente de marginación impropia e injusta a la que los profesores apenas han sabido cómo reaccionar. De mis recuerdos de infancia puedo resaltar que, desde mi punto de vista, marcar la diferencia potencia la marginación. Cada alumno es diferente, tenga o no una deficiencia auditiva, y lo más sano es educar a los menores en la diferencia, pero dentro de la tolerancia y haciendo ver que todos tienen diferencias. Es decir, no “marcar” al alumno con deficiencia auditiva por encima de los demás ni hacerle el centro de atención.

Es frecuente que cuando se va a ver una película en el aula, todos los niños se apuren para conseguir el mejor sitio y la profesora, consciente de que no todos tienen las mismas condiciones auditivas, trata de “reservar” el mejor sitio para que el niño con deficiencia auditiva pueda enterarse bien. Sin embargo, a pesar de la buena intención del maestro, el niño seguirá siendo excluido por sus compañeros en tono de burla por contar con la ayuda y el servicio del docente si no se determina que también el resto de los niños tienen diferencias entre sí. El gesto de la diferenciación es necesario y bonito, pero entraña un duro revés que se volverá en contra cuando el resto de los niños note la diferenciación y le confundan, como digo, con un pelota.

Éstas y otras historias se suceden en la escuela ordinaria donde se mezclan niños con deficiencias auditivas y sin ellas. Y sin embargo, en mi humilde opinión, es la mejor educación posible, porque así como los otros niños deben aceptar las diferencias del que tiene una discapacidad auditiva u otro tipo de discapacidad, éste también tiene que adentrarse en el mundo real, no apartado por completo de la sociedad oyente e ir aprendiendo cómo solventar las barreras que la sociedad de forma inconsciente, impone a los que tiene discapacidad auditiva.

La clave está en la diferencia natural. Entre los gordos, los bajos, los que son rubios y los que no lo son. Los que hacen más ruido al jugar con los juguetes y los que no, los que tardan más en callarse en clase y los que se silencian al primer toque de atención; a los que hay que repetirles las cosas y a los que con una sola vez les basta; a los que se aprovechan de que “no oyen” para no hacer las cosas y a los que no se pueden aprovechar. A todos ellos, hay que marcarles la diferencia, pues todos son diferentes y, paradójicamente, cuentan (o deberían contar) con las mismas oportunidades. Marcar la diferencia está bien, si se hace de forma democrática, porque si no, el niño que pide ayuda no la pedirá porque se convertiría en un marginado o antisocial, y el niño que debe sentarse en primera fila para no perderse la explicación del profesor no lo hará por miedo a ser tachado de pelota.