Archivo de May, 2012

A ver si maduramos, señorías

Hace no demasiado tiempo tuve el placer de visitar la galería Tate Modern de Londres, la crême de la crême del arte moderno, un lugar que no recuerda, para nada, a la antigua central de energía Bankside donde está alojada. Es más, su aspecto es innovador, moderno y con un diseño detallista y cuidado que ha pensado de antemano en las necesidades de sus visitantes. No podía ser de otra forma, porque la Tate fue el tercer museo más visitado del mundo en 2007 y el segundo en su especialidad, arte moderno.

La accesibilidad y facilidad de movimiento viaja de la mano de la filosofía del propio museo, como también sucede en buena parte de las otras atracciones turísticas que ofrece este nuevo Londres, destino de moda este año, con motivo de los Juegos Olímpicos. Aunque el Comité Olímpico Internacional obliga a respetar y desarrollar un mínimo de adaptaciones para personas con discapacidad para que la ciudad sea candidata a acoger los Juegos Olímpicos, muchas veces la cantidad es lo que marca la diferencia, no tanto como la calidad. Y cuando hablo de calidad, hablo de funcionalidad.

En Londres, los rótulos con la señalización “T” que traen consigo el significado de “lugar adaptado para conectividad de bucle de inducción” no son decorativas, ya son parte del paisaje cotidiano de “la City”. No es, como sucede en España, tan sólo un reclamo turístico.

No tuve el gusto de conocer los otros tres museos del gran grupo Tate (Tate Britain, Tate Liverpool y Tate St Ives), pero sí quedé impresionada con la información de la web. Los Tate son el paraíso de la accesibilidad, a todas magnitudes: desde aplicaciones para Smartphone que te explican una a una las obras hasta visitas en lengua de signos (británica) y guía multimedia que incluye, de hecho, la explicación en lengua de signos sobre la pantalla de una pequeña PDF que te prestan. Ya del diseño arquitectónico aislante de ruidos y ecos (como sucede en muchos museos como, por ejemplo, en el Vaticano) no voy a hablar, porque sería rebajarme varios niveles.

Pero no hace falta ser sordo para ser feliz en la Tate. Existe también recursos accesibles para personas ciegas (visitas guiadas a puerta cerrada, entre otros), para personas con discapacidad física (grupos reducidos para mejorar su movildiad) e, incluso (jamás lo había visto), para personas disléxicas (libros-guía explicativos con diseño que facilita su lectura).

Pero la Tate Modern es un centro cultural de arte moderno y la imaginación debe sobrevolar en la cabeza de cada visitante. Uno se va a encontrar figuras, diseños, collages y otras creaciones que, a primera vista, son difíciles de interpretar. O bueno, difícil de dar con la significado correcto, si no eres un catedrático en arte. Y la Tate Modern demuestra, con este sinfín de posibilidades y oportunidades para personas con cualquier tipo de discapacidad, que entender el arte no es imposible. Que ahora hay dos opciones: o bien contestas a tus preguntas en vivo y en directo con cualquiera de estos recursos de accesibilidad que ofrecen, o bien, haces como yo, que vuelvo de Londres con anotaciones mentales para buscar información sobre algo que he visto y que me suscita curiosidad.

Ya que estamos de confesiones, admitiré que la Tate tiene algunas genialidades que, sin explicación, no tienen ni pies ni cabeza. He ahí que entra en juego la imaginación para crear un mundo paralelo sin apenas información –algo que no habría pasado si, por el contrario, hubiera accedido a, por ejemplo, la aplicación para Smartphone-. Es divertido, no obstante, jugar a las hipótesis cuando vas bien acompañado a un chapuzón de arte y cultura, ensalzando las más incongruentes explicaciones de cómo al artista se le pudo ocurrir tal cosa o tal otra. “Nunca subestimes el poder de la mente”, me dije entonces.

Pero es ahora cuando entiendo porqué Madrid no ha tenido todavía sus Juegos Olímpicos. Y porqué en España las adaptaciones para personas con discapacidad se basan en “reducción de tarifas” (que también está muy bien) y poco más. Es entonces cuando me paro a pensar en la razón por la que yo nunca voy a museos en mi país. Quizás sea porque España en este campo está casi en pañales, aunque poco a poco comienza a interesarse por madurar este aspecto.

Sigo trasteando por Internet y sigo todavía más asombrada. Existe una asociación de museos británicos que se agrupan para ofrecer servicios a personas con discapacidad auditiva. El paraíso terrenal del turista sordo en la ciudad de moda se llama Magic Deaf (www.magicdeaf.org.uk) y se ha convertido, desde ahora, en una personal (y ojalá que colectiva) reivindicación para la celebración del Día Internacional de los Museos, el próximo 18 de mayo.

Ya que los Juegos Olímpicos no son sólo una cuestión deportiva, si no que se mueve mucho, muchísimo dinero (de turismo, principalmente) con el evento, y viendo el gran interés que desde hace años la Alcaldía de Madrid tiene en albergarlos (en vez de, qué sé yo, mejorar las prestaciones sociosanitarias para que la rotura del implante coclear no signifique una drástica merma de la cartera del afectado), sólo puedo decirles una cosa a nuestros políticos: “A ver si observamos y maduramos, señorías”.