Archivo de September, 2012

Siempre, siempre insiste

Como la vida no es siempre de color de rosa, el otro día tuve un desafortunado encuentro con una persona con quien no compartía perspectiva. Decía Albert Camus que “la estupidez insiste siempre” y no le faltó razón, aunque sí muchos lectores que se quedasen con su canción. Entre ellos, la co-protagonista de esta historia.

Érase una mujer que nació con la vida resuelta, una mujer para la cual el esfuerzo era un concepto desconocido y que, sin embargo, se atribuía a pesar de no haberlo promovido. Érase una señora que decidió que los audífonos y las prótesis auditivas son un artículo de lujo y no de primera necesidad. Seguramente lo sean, en países donde el desarrollo está en pañales e importa más tener agua potable, comida y un sitio donde resguardarse, antes que formar parte de una sociedad a través de la integración.

Esta era una señora a la que, seguramente, los hijos le salieron perfectos… bueno, de momento. Seguramente que cuando les encuentre algún defecto o carencia, será un aspecto dramático de calibre inalcanzable, que es lo que suele pasar con las personas que no conocen la palabra “esfuerzo”. Esta palabra, además de trabajo y tesón, conlleva saber disfrutar de lo ganado a pulso, y también saber hacer criba entre lo que es un pequeño, mediano o gran problema en la vida.

El encuentro fue bajo el siguiente guión. Yo le comenté que el mantenimiento al año de mis dos implantes cocleares podía oscilar entre los 500 y los 1.500 euros, dependiendo de la necesidad de baterías o de lo deteriorados que están los cables y piezas del conjunto. Ella me contestó que es como si tuviera un coche. Yo le dije que no, porque uno elige entre tener un coche o no, y si no le sale rentable, puede virar hacia la opción del transporte público, más limitado, pero más barato también.

Le comenté que esa opción no existe para mí. Que el Gobierno no ofrece casi ninguna seguridad de hacerse cargo de los gastos y mucho menos ahora con la crisis, que se han disminuido las prestaciones en la cartera de servicios sanitarios. También le conté que para mí no era opción “ir andando” o conseguir las piezas más baratas, ya que no existe alternativa intermedia a “no oír”, no hay el “oír menos” porque incluso con los implantes ya oigo menos. O funciona, o no funciona. Otra cosa son los caprichos, que eso sí que son bienes de lujo….

Ella insistía en que es igual que tener un coche, entre el seguro y el mantenimiento. Yo le dije que no, porque sin coche se puede vivir bastante bien (yo no tengo) y que conocía personas que, además de tener que reservar ese dinero para este tipo de percances anuales, tenían un coche en el que desplazarse, con lo cual era un costoso añadido de supervivencia.

Acabó por decirme que yo también puedo elegir entre oír y no oír. Le contesté que sentía mucho su ignorancia, pero que no es comparable el caso. Me dijo que había comunidades de personas que no querían llevar prótesis y le comenté que también había un montón de personas que iban andando a la escuela haciendo cada día más de 10 kilómetros para llegar (ahora que hemos tenido un verano olímpico, sólo hay que leer algunas de las historias de los deportistas keniatas o, por ejemplo, del mítico atleta marroquí de gran aguante en 5.000 y 1.500 metros, Hicham El Guerrouj).

Ella insistía, porque como vaticinó Camus, la estupidez siempre insiste. De nuevo se enzarzó en demostrarme que no era un artículo de primera necesidad. Yo pensé, para crear más ambiente, voy a hacer “oídos sordos a palabras necias”. Y así hice, me relajé pensando en todo el aparato logístico que está detrás del mundo de la discapacidad auditiva (médicos, cirujanos, enfermeros, psicólogos, orientadores, trabajadores sociales, logopedas, rehabilitadores, autoprotesistas, técnicos y administrativos, entre otros) que, con su trabajo y esfuerzo, me demuestran que todo mi trabajo y mi esfuerzo por integrarme merece la pena, es un lujo, aunque no debería serlo.