Archivo de July, 2013

Marcelino Claverino: La chica del supermercado

Marcelino Claverino, usuario de implante coclear, llevaba un tiempo fijándose en la cajera del supermercado. Típica morenaza española de curvas prominentes y algo más joven que él. Cualquier excusa era buena para que Marcelino bajase a comprar un piscolabis al supermercado, e intentase, con poco éxito, cortejar a la susodicha. Marce, como gustaba de ser llamado, nunca había sido un gran experto en el arte del galanteo y es que desde pequeño se había sentido avergonzado de llevar un aparato adherido a su oreja.
–Me siento incapaz de acercarme a una oyente–, solía comentar a su madre en la opulenta comida de los sábados en casa de sus padres.
Pero esta vez, pensaba él, la cosa sería diferente. Y es que un día comprando melocotones había notado miradas sugerentes de la cajera. Marcelino, atorado y nervioso ante tal ardiente mirada, desparramó todo el suelto que llevaba por encima de la cinta transportadora.
–No te alteres mi amor, sólo soy una humilde cajera–, le dijo la muchacha guiñándole un ojo y sonriendo picaronamente.
Aquel día, Marcelino salió avergonzado del supermercado y juró no volver jamás. “Soy patético. Sólo estaba mirándome el implante. En qué estaba pensando. Menudo ridículo”, se decía mientras volvía a casa con la bolsa de melocotones. Sin embargo, tras hablar con su amigo Gustavito Calatrava, se dio cuenta de que quizás la cajera estuviese realmente interesada en él.
–Siempre pensando en el maldito implante Marce. Estoy seguro que a la mayoría de las mujeres no les importa. Es más, diría que hay un alto porcentaje a las que les activa el hipotálamo, disparando sus instintos más primarios.
Marcelino quedó poco convencido, pero al menos desistió de su idea de no volver jamás al supermercado.
Tras varias visitas poco fructuosas, donde se movía entre el deseo y la ilusión de que hubiese un interés real de la cajera y el miedo a que todo no fuese más que una tomadura de pelo, Marcelino decidió, sumido en un ataque de valentía impropio de su carácter, acercarse un día a la caja y solicitar a la explosiva dependienta la tarjeta del supermercado. Pensó que, rellenando los formularios, dispondría de al menos tres minutos para seducir a tal monumento de la naturaleza, tres minutos que bien aprovechados le darían al menos para invitar a la muchacha a una coca-cola.
Se acercó Marcelino muy dispuesto y, colorado como un pimiento, mirando al suelo dijo entre dientes.
–Hola buenas tardes, querría solicitar la tarjeta de socio del supermercado.
–¿Cómo? no le oigo–, contestó la cajera mientras atendía a otro cliente.
Aquel comentario fue como un puñetazo directo al hígado de Marcelino, quien quedó convencido de que la muchacha se estaba mofando de él. Nervioso y con sensación de ridículo, repitió entre dientes.
–Quiero la tarjeta del supermercado–
–Perdona pero vas a tener que hablar más alto porque si no con este ruido no te oigo.
¡Bummm! Croché de derecha al mentón de nuestro frágil púgil, que lo tiró definitivamente a la lona. Marcelino Claverino, sintiéndose humillado, sólo fue capaz de gritar.
–¡Tarjeta!
–¿Tarjeta roja o amarilla?–, contestó la cajera, ahora sí en tono de sorna.
Los cinco minutos siguientes fueron horrorosos, tuvo que rellenar Marcelino el formulario con la vitola de quien se siente despreciado. Sudaba nuestro amigo como nunca y abrumado por la situación juró hasta en hebreo que no volvería a ilusionarse con una mujer como aquella. Guapa, atractiva, segura de sí misma y sobre todo oyente. “Además de sordo, soy tonto del bote”, pensaba para sus adentros.
Tras rellenar el formulario, salió nuestro amigo despavorido del supermercado. Subió a casa rápidamente y enfurecido se miró al espejo. Se quitó el implante con rabia y lo dejó junto al lavabo. Quiso llorar pero no pudo. Pensaba que aquel aparato, pese a permitirle oír, suponía una barrera infranqueable en sus relaciones con los demás. “¿Merece todo la pena si al final la gente te juzga por llevar un cacharro en la oreja?”, pensaba para sí mismo frente al espejo del baño.
Sumido en estas reflexiones masoquistas, notó una ligera vibración en su pierna. Un guasap en el móvil supuso. Sacó el teléfono del bolsillo y efectivamente vio un mensaje en el guasap de un número desconocido. Al leerlo se quedó boquiabierto.
–Me encanta tu aparato–, decía el mensaje de manera tajante.
Marcelino pegó un brinco canguresco, ¿De quién era ese número?¿Se estaban burlando otra vez de él? Estuvo unos segundos pensando qué contestar cuando de nuevo recibió otro mensaje.
–Hola guapo, soy Gimena Torremocha, la cajera del supermercado, me he tomado la libertad de coger tu número de la solicitud de la tarjeta, espero que no te importe.
Marcelino quiso gritar y saltar por toda la casa, pero respiró hondo y contestó con frialdad.
–Espero que todo esto no sea una broma y me estés tomado el pelo, ¿sabes que te podría denunciar por coger mi número sin autorización?
–Lo sé. Pero creo que merece la pena arriesgarse por alguien tan interesante como tú.
Anduvo desconcertado Marcelino unos minutos. Le picaba todo el cuerpo y sudaba con vehemencia. Millones de pensamientos le venían a la cabeza, todos contrapuestos. Algunos le decían que aquella chica iba en serio. Sin embargo otros, removían sus inseguridades más profundas. Recordó episodios en el colegio, donde siendo un adolescente algunos mamarrachos le llamaban SORDO con desprecio. Tardó en aprender que la palabra sordo en sí no es más peyorativa que lo que podría ser llamar a alguien oyente. Navegando entre estos recuerdos y pensamientos, Marcelino Claverino finalmente se armó de valor.
–¿Quedamos a tomar algo cuando salgas de trabajar?–, escribió sin reparos.
Tras unos segundos de duda, pulsó la tecla de envío. Los minutos que Gimena Torremocha tardó en contestar le parecieron horas, minutos en los que el arrepentimiento y el orgullo discurrían por su cabeza a velocidades similares. Finalmente llegó la respuesta.
–Ok. A las nueve en la puerta del súper. Estoy deseando verte.
Se derritió Marcelino al ver el mensaje. Un baño de endorfinas discurrió por su cerebro. Ahora todo era optimismo. Por primera vez se había lanzado a la piscina y estaba dispuesto a mostrarle a aquella muchacha todo lo que le viniese en gana.

(Continuará…)