Archivo de August, 2013

Marcelino Claverino: Una cita rápida

Bajó a las nueve en punto Marcelino al supermercado. Pese a su optimismo inicial, estaba nervioso y tenso. Infinidad de dudas le asaltaron en el trayecto de apenas cien metros que separaban su casa de la puerta del establecimiento, donde suponía, la bellísima Gimena le estaría esperando. “¿Hablará despacio? ¿Vocalizará con claridad? ¿Podré leerle los labios?”, se preguntaba Marcelino antes de llegar. Había tenido un buen pálpito en el pequeño y esperpéntico diálogo que había acontecido horas antes frente a la cinta transportadora. Pese al ruido y lo incómodo de la situación, Marcelino había comprendido sin dificultades a la volcánica cajera. Pero pese a ello, y como siempre le sucedía al conocer gente nueva, tenía miedo de que la comunicación no fuese fluida. El miedo al ridículo le embargaba. Mientras caminaba notó un ligero tembleque en su mano izquierda.

Además, seguía sin estar seguro de que todo aquello no fuese más que una broma de mal gusto. Gimena era demasiado guapa como para haberse fijado en él. La situación demasiado idílica como para ser real. Ni en sus mejores sueños una chica como aquella se había mostrado tan directa y entusiasmada. Ahora también le temblaba la mano derecha.

Sumido en estos pensamientos, llegó Marcelino a la puerta del supermercado. Allí estaba Gimena Torremocha esperándole con una preciosa sonrisa en la boca.

–He pensado que lo mismo te cagabas y no venías. Pero ya veo que eres un hombre valiente. Eso me gusta–, dijo Gimena sin contemplaciones.

Marcelino se sonrojó, era la primera vez que alguien le llamaba valiente.

–No te pongas colorao pequeño, estoy de coña.

No supo Marcelino qué contestar y tras un incómodo silencio la cajera dijo.

–Anda, vamos a un garito que hay aquí al lado, tengo muchas ganas de hablar contigo.
Al oír la palabra garito, Marcelino se sobresaltó. Se imaginó un lugar ruidoso y obscuro. Un lugar donde oír y leer los labios sería harto complicado. Ahora le temblaban hasta las rodillas, estaba hecho un flan.

Tal y como sucedió en el supermercado, no le había supuesto mucho esfuerzo a Marcelino entender a Torremocha. Esto le animó a no mostrar oposición a la idea de ir a un, como había dicho Gimena, garito. Se sorprendió gratamente sin embargo al llegar al Wild Thing. Un agradable bar bien iluminado, con un casi imperceptible hilo musical de fondo, con gente sentada en mesas hablando a una intensidad moderada y un gigante póster de los Beatles presidiendo la barra. Nada más entrar, Marcelino se relajó y lleno de coraje mientras pedían unas cervezas se atrevió a decir.

–Nunca había estado en este sitio y mira que habré pasado veces por la puerta, me encanta, es muy de mi rollo.

–¿El qué es un rollo?–, contestó Gimena.

Marcelino se quedó paralizado, Gimena no le había comprendido de nuevo, ¿le quería tomar el pelo?

–No, digo que me gusta el sitio, es muy de mi rollo–, dijo elevando la voz.

–Ah perdona, es que no te había entendido. Sí, esta muy guapo. Sabía que te molaría.

A mí me flipa el nombre, yo también soy muy wild(1)”, añadió Gimena mirándole fijamente y guiñándole un ojo.

Se sentaron en una de las mesas. Una vela allí ubicada resaltaba las perfectas facciones de Gimena Torremocha. Marcelino, más tranquilo, se quedó absorto contemplando aquella belleza. Su pelo negro suelto cubriendo parcialmente sus orejas, sus marrones ojos achinados, sus esponjosos y rojizos labios, su perfilada nariz, su bronceada piel y sobre todo su coqueto lunar en la barbilla le tenían embelesado. No creía que aquello le pudiese estar pasando a él.

– ¡Marcelino, espabila!–, gritó Gimena sobresaltando al ensimismado Claverino.

–Perdona, estaba pensando que mañana tengo que llevar un cosa al trabajo-, contestó avergonzado y mintiendo como un bellaco.

–Sí sí, al trabajo, yo creo que estabas pensando otra cosa, que eres un golfete Marcelino.

Rojo como un pimiento farfulló Marcelino alguna palabra ininteligible.

–Que manía con ponerte colorao. Que no pasa nada, a mí me gusta que me miren–, espetó Gimena con su habitual espontaneidad.

Marcelino no sabía donde meterse, no estaba acostumbrado a tratar con alguien tan directo. Pensó que quizás no era el tipo de chica que él andaba buscando. Por enésima vez en el día, quiso huir de aquella impertinente pero espectacular mujer. Hubo un largo silencio incómodo en la mesa que Gimena rompió.

–Mira tronco, te voy a ser sincera, no sé qué leches me pasa contigo, eres un atontao, pero tienes algo que me llama la atención. No sé que es, pero tienes algo. Tu estilo, tu rollete, la cosa esa que tienes en la cabeza, no sé, tienes un encanto especial. Así que espabila, que este tren –dijo mostrando su cuerpo con las manos– sólo pasa una vez en la vida.

Gimena se levantó dando un último sorbo a la cerveza, dejó diez euros en la mesa y añadió.

–No estoy para chorradas, ya tienes mi teléfono, si vas a espabilar llámame.

Marcelino se quedó petrificado. No le había dado tiempo ni a despedirse. La situación le superaba. Aquella mujer era un volcán en erupción. No habían hablado ni cinco minutos y Gimena ya se había terminado la cerveza y se había ido echando pestes por la boca. A Marcelino todavía le quedaba más de la mitad de la suya y sólo le había dado tiempo a contemplar estúpidamente a Gimena y decir dos cosas sin sentido. ¿Qué había hecho mal? ¿Era realmente un estúpido? ¿Era Gimena Torremocha su prototipo de mujer? Se quedó más de media hora pensando sobre aquello sentado en la barra en frente del póster de lo Beatles. ¿Qué había querido decir Gimena con lo de un “encanto especial”?

(Continuará…)

(1) Wild: En inglés, salvaje.