Archivo de September, 2013

Marcelino Claverino: Todos tenemos un encanto

No era la primera vez que Marcelino oía aquello de “un encanto especial”. Condicionado por su sordera de nacimiento, Claverino había forjado desde bien pequeño una personalidad tranquila y observadora. Las dificultades para oír le habían llevado a estar siempre en un segundo plano, observando y recapacitando sobre lo que sucedía a su alrededor. Nunca quiso ser Marcelino el centro de las conversaciones y como bien aprendió de su abuelo, pensaba que estando callado nunca te equivocabas. Esta forma de ser le había llevado a pasar desapercibido para la mayoría de la gente, cosa que él agradecía, pues consideraba que llevando el implante podía ser objeto de burlas y comentarios por aquellos que le rodeaban. Además, el miedo a no entender y a no ser entendido le hacía adoptar una postura pasiva a la hora de comunicarse.

Su, podríamos decir, introvertida personalidad mostraba a los demás a un Marcelino relajado y analítico, cuyos comentarios eran escasos pero acertados. Sus medidas y repensadas intervenciones eran en el fondo una forma de alejar sus dudas y miedos; una burda manera de levantar un muro ante aquellos que potencialmente podrían meter el dedo en la llaga de sus más profundas inseguridades. Marcelino nunca daba un paso en falso, pues sólo realizaba aquellas acciones con las que sabía no habría lugar a error. Al mismo tiempo, su calmada y prudente actitud junto a su afición por la lectura, le permitían aprender, analizar y reflexionar sobre las cosas que sucedían a su alrededor.

Como sucede con muchas cosas en la vida, había gente que se irritaba con la personalidad de Marcelino.

–¡Este chaval está a por uvas!–, repetía recurrentemente su padre enojado ante tal aparente apatía.

–¡Este chico ha nacido con horchata en las venas!–, solía también comentar a menudo su antiguo entrenador de baloncesto juvenil.

Otras personas, sin embargo, admiraban su actitud ante la vida.
–Será sordo, pero éste se entera de todo–, decía su abuela con la baba en la barbilla cuando Marcelino sacaba más de un sobresaliente en el colegio. Su tío, aficionado escritor, se maravillaba con la imaginación y lo bien que éste escribía pese a sus pequeñas y lógicas dificultades con el lenguaje. –Hay que ver las historias que se inventa, este niño va para escritor–, le decía a su madre en las cenas navideñas año tras año donde Marcelino contaba sus pequeñas historietas a toda la familia.

Estas atracciones y repulsiones hacia su personalidad también acontecían en el terreno amoroso, donde Marcelino no se desenvolvía ni mucho menos como pez en el agua. De un tiempo a esta parte había notado que no eran pocas las mujeres que se sentían atraídas por ese chico que estaba siempre en un segundo plano. Alguna amiga del grupo de sordos al que acudía en una asociación de discapacidad le había comentado que estaba cansada de los graciosos del grupo, los cuales al final eran simples y superficiales y que ahora se moría por conocer a alguien tranquilo y sosegado, que supiese realmente tratar a una mujer. Marcelino, con la agudeza propia de su carácter, nunca se daba por aludido, hasta que un día otra compañera se lanzó a decirle:

–Pareces tan tímido, calmado y comprensivo, que resultas muy atractivo, tienes mucho encanto.

Bobalicón perdido, Marcelino pensó que, estando en la sombra, uno pudiera parecer más enigmático y misterioso y que como no hay mayor enigma que el de la propia mujer, llegado un punto en la vida éstas quizás creían que un hombre como Marcelino no sería tan simple como cualquiera de los demás. «Nada más lejos de la realidad, pobres ilusas», pensaba para sus adentros.

Sin embargo, fue Gimena Torremocha la primera oyente que había mostrado sentirse atraída por su misteriosa personalidad y Marcelino encontró sentimientos ambiguos ante esta situación.

– No me gusta mi encanto–, le había llegado a comentar a su amigo Gustavito Calatrava. Y es que como la mayoría de los hombres, Marcelino tenía otra idea de la masculinidad. Creía que el verdadero hombre era desinhibido, seguro de sí mismo, altivo y un tanto chulesco. Le daba pavor pensar que iba por la vida dando la imagen del que pide perdón por vivir, del que se mantiene al margen porque no quiere importunar. Por tanto, consideraba casi un insulto cuando le indicaban su supuesto “encanto”. Aquello de la atracción reflexiva y observadora le parecía poco varonil y un tanto patético.

– Tienes que estar más seguro de ti mismo, Marce, es tu forma de ser, y hay gente a la que le resulta interesante. Acéptalo. Eres para todo un masoquista–, le había dicho Calatrava en más de una ocasión. Pese a las recomendaciones de su gran amigo Gustavito, a Marcelino Claverino le iba a costar un tiempo llegar a la conclusión de que, aunque en ocasiones uno tenga cierto rechazo hacia su propia forma de ser, queramos o no, no hay mayor “encanto” que el de ser uno mismo. “Todos tenemos un encanto. No lo busques. Sé tú mismo. Y él solo llegará” (Anónimo) (Continuará…)