Archivo de October, 2013

Marcelino Claverino: La Fiesta

No era Marcelino un gran amigo de las fiestas, pero aquella invitación no tuvo más remedio que aceptarla. Gustavito Calatrava había insistido tanto en que asistiera que finalmente tuvo que ceder. Antonio Limonero, antiguo compañero de la facultad de periodismo, organizaba una fiesta en su casa para celebrar su primer empleo como periodista en una pequeña cadena de radio madrileña. A los veintinueve años, Antonio por fin había conseguido, como dicen las abuelas, una buena colocación.

Marcelino tenía ganas de ver a sus antiguos compañeros, pero sabía de buena mano que aquella fiesta estaría atestada de gente a la que no conocería. Las preguntas sobre el implante surgirían seguro entre la audiencia. Una de las cosas que Marcelino más repudiaba de ser sordo era tener que explicar cómo con aquel maravilloso aparato era capaz de oír. Una vez registró veinte explicaciones en un día, lo cual resultaba agotador. Además, estaba seguro de que en la fiesta habría música alta, luz baja y millones de corrillos de gente hablando sin parar. Sabía que en este tipo de fiestas solía acabar en la terraza muerto de frío, explicando por qué no tenía ni idea de lengua de signos a todos los fumadores desalmados que por allí desfilaban.

Pese a todo, se presentó allí Marcelino. Como de costumbre, llegó un poco tarde. Al entrar en la casa se confirmaron sus peores predicciones. Música alta, copas, luz discotequera y gente hablando en distintos grupos. Respiró hondo y buscó a Antonio Limonero. Éste estaba sirviéndose un cubata en la cocina.

—¡Antonio!—, gritó Marcelino ilusionado.
—¡Hombre, Marce, cuánto tiempo sin verte!—, contestó Antonio al volverse.

Los dos amigos se fundieron en un caluroso abrazo.

—¿Cómo estás campeón?—, preguntó Limonero.

Marcelino tuvo que hacer un esfuerzo para entenderle.

—Pues bien, contento por tu nuevo trabajo. Eres una máquina.
—Muchas gracias, Marce. La verdad que ya me hacía falta. Nos vamos haciendo mayores y hay que trabajar. ¿Cómo te va a ti en el museo?

Marcelino no alcanzó a entender a su amigo y tuvo que pedirle que repitiera.

—¿Quieres que baje la música? Se me había olvidado lo de tu…—, preguntó Antonio apoyándose con un gesto con la mano.
—No te preocupes, no quiero fastidiar la fiesta. Ya hablaremos en otro momento—, contestó resignado Marcelino.
—¡Vale, pero sírvete un copazo! ¡Hoy hay que emborracharse!—, gritó envalentonado Limonero mientras se adentraba en el salón.

Marcelino se sirvió una coca-cola con hielo. No estaba para fiestas. Con el vaso en la mano se adentró en el salón. A lo lejos vio a Gustavito hablando con unas niñas pijas. No conocía a ninguna. Le dio pereza acercarse. Sin embargo, su amigo se percató de su presencia y le hizo un gesto con la mano para que se uniese a la charla. No tuvo Marcelino más remedio que ir para allá.

—Mira, Marce, te voy a presentar a estas tres maravillosas chicas: Lucía, Alba y Pastora.
—Encantado Sofía—, dijo Marcelino al dar dos besos a la primera.

Las tres chicas se rieron por lo bajo.

—¡Lucía, Marce, Lucía! Que no te enteras de nada. ¡La chica se llama Lucía!—, dijo Gustavito gritando mientras golpeaba la espalda de su amigo.
—Perdona, es que no lo había entendido bien—, alcanzó a decir avergonzado Marcelino.
—No te preocupes, con esta música…—, contestó la chica restando importancia al asunto.
—Oye, ¿Qué llevas en la oreja?—, preguntó de repente otra de las amigas sin reparos.

Marcelino pudo entender la pregunta gracias a su buen hacer con la lectura labial.

—Es un implante coclear. Me sirve para oír. Me quedé sordo a los dos años—, contestó un sorprendido Marcelino.
Anda, pobrecito, lo siento.

Hubo un incómodo silencio de unos segundos que Gustavito rompió sugiriendo ir a servir unas copas.

Odiaba Marcelino que la gente sintiese lástima cuando explicaba que era sordo. Pensaba que este sentimiento de pena hacia la discapacidad era el que limitaba la plena inclusión en la sociedad de personas como él. Quería ser como los demás, se sentía como los demás, pero aquel aparato le acercaba y distancia de las personas al mismo tiempo. Era una curiosa paradoja que a Marcelino siempre le traía de cabeza.

Marcelino Claverino dejó a Gustavito con aquellas chicas. Vagó por la fiesta encontrándose con viejos amigos de la universidad. Tuvo pequeñas conversaciones con todos ellos. Creyó entender que uno de ellos tenía planeado viajar por el mundo durante un año, otro iba a casarse en unos meses y un tercero buscaría suerte en el extranjero.

—Si no encuentro nada aquí, tendré que buscarme las habichuelas fuera—, le había comentado.

Fueron todas ellas conversaciones típicas y corrientes entre personas que llevan tiempo sin verse. Conversaciones que, por otro lado, en aquel momento poco le importaban a Marcelino. Quería cubrir el expediente y marcharse a su casa. Lo que verdaderamente ocupaba la cabeza de Marcelino era Gimena Torremocha. Un torbellino que había sacudido su vida sin contemplaciones y que no sabía cómo controlar. Aquellas palabras del bar no dejaban de percutir consistentemente en su cabeza. «Si vas a espabilar llámame».

Esta vez Marcelino no salió a la terraza. Sobre las tres de la mañana, con todo el mundo perjudicado por el alcohol, se marchó por la puerta sin decir adiós. Necesitaba pensar. Su casa no quedaba lejos. Se daría un paseo para ordenar su cabeza. Anduvo Marcelino por las obscuras y solitarias calles de la ciudad. Pensó en Gimena, en su sordera y en su cohibido carácter. «¡Espabila, espabila! », se decía a sí mismo. Al llegar a casa sacó el móvil del bolsillo, tecleó un corto pero directo mensaje.

—No sé si espabilaré, pero tengo muchas ganas de verte.

Justo antes de meterse en la cama pulsó “enviar”.

(Continuará…)