Archivo de November, 2013

Marcelino Claverino: Un día de trabajo

Marcelino Claverino se levantó el lunes con pocas ganas de trabajar. El domingo, tras su repentina desaparición de la fiesta, había recibido una llamada de Gustavito Calatrava a la cual decidió no contestar. Quiso pasar el día recluido en casa, haciendo una de las cosas que más le relajaban cuando estaba nervioso, ver deportes en la tele. Estuvo esperando ansiadamente un mensaje de Gimena, pero éste no llegó. Según avanzaba la tarde y los resultados futbolísticos se iban sucediendo, su desconsuelo iba en aumento. La puntilla la puso un gol en el descuento al equipo de sus amores con el cual perdían la cabeza de la clasificación. Eran las once y media de la noche y Marcelino se sentía el hombre más desdichado sobre el planeta tierra.

En el trayecto en autobús que separaba su casa del Museo Ptolomeo, Marcelino tuvo tiempo de ahondar en sus heridas. En momentos bajos, tenía por costumbre fustigarse y aquella mañana no iba a ser menos. Sin embargo, en el fondo, aún albergaba la esperanza de que Gimena le contestase y es que, pese a su constante actitud pesimista, creía o quería creer que había algo en él por lo que Torremocha se sentía fuertemente atraída. Quizás aquel supuesto “encanto” que señaló en su día la joven cajera.

Debatiéndose entre el optimismo y el pesimismo entró Marcelino en su lugar de trabajo. Como venía ocurriendo desde hacía cinco años, saludó al guardia de seguridad de la puerta de entrada.

—¡Buenos días Marcelino! ¡Póngame a sus pies! —, dijo el guardia con un marcado acento capitalino.
—¡Buenos días Don Miguel! ¡A sus pies me pongo yo! —, contestó Marcelino con gracia.
—¡La que nos jugó ayer el árbitro! ¡Menuda falta se sacó de la manga el mamarracho! ¡Cuánto sinvergüenza suelto!—, comentó encabritado el guardia.
—No me hables del fútbol ¡Menudo robo! —, añadió Claverino.

Quedaron los dos inmiscuidos en la típica conversación futbolera de lunes por la mañana. Mentaron varias veces a la madre del árbitro, la cual poca culpa tenía de aquello, e intentaron reconstruir en balde el sistema de juego de su obsesivamente amado conjunto local.

Aquella conversación espoleó algo a Marcelino, quien se olvidó por un momento de Gimena y comenzó su jornada más animado de lo que había imaginado al levantarse de la cama. A primera hora tenía que terminar de redactar las últimas líneas de uno de los folletos informativos que se repartirían para promocionar la siguiente exposición itinerante del museo. Exposición sobre la obra de un gran pintor realista japonés Nikito Nipongo. Después, se reuniría con su jefa y el equipo de difusión del museo para rematar los últimos flecos de todo el material del que dispondrían para la exposición del genio nipón. Era una exposición importante para el museo, llevaban mucho trabajando en ella y todo tenía que salir a pedir de boca.

Fue curioso como Marcelino, habiendo estudiado periodismo, acabó relacionado con el mundo del arte. Él siempre se había imaginado como periodista deportivo, pero su gusto por las diferentes artes y su buen hacer con la pluma y el papel le llevó a ganar un concurso de ensayo sobre el movimiento impresionista en el último año de carrera. A raíz de ahí y tras algunos meses de infructuosa búsqueda de empleo, decidió enviar el premiado escrito junto con su curriculum al conocido museo. Tiempo después recibió una llamada de la que después sería su jefa en el Museo Ptolomeo. Pasó un par de entrevistas, estuvo tres meses de prueba y finalmente se incorporó al equipo de difusión. Una carrera meteórica o un golpe de suerte, según se quiera ver, pero lo cierto es que Marcelino fue el más precoz de sus compañeros de promoción en encontrar un trabajo estable. Las malas lenguas también decían que el museo, con su incorporación, cubría uno de los obligatorios puestos de trabajo para personas con discapacidad que toda empresa de más de cincuenta trabajadores debía ofrecer por ley. Creía Marcelino que esto había levantado algunas suspicacias entre sus compañeros y percibía que él tenía que trabajar más duro que los demás para que su trabajo fuese valorado y equiparado al de cualquiera de sus compañeros sin discapacidad.

Terminó Marcelino las redacciones sobre los últimos cuadros que irían descritos en el folleto de la exposición: “Shibuya” y “Borracho en Kabukicho”. Y a las once y media comenzó la reunión con el equipo. Allí estaba su jefa, Doña Marisa Flores, y todos sus compañeros de difusión. Tras meses de lucha, Marcelino, junto con la ayuda de algunas asociaciones, había conseguido que la sala de reuniones fuese accesible. El museo tuvo que hacer un pequeño desembolso económico acondicionando la sala de reuniones con paneles absorbentes, cambiando la mesa de reuniones rectangular por una circular, aumentando la luminosidad e instalando un bucle magnético en la sala con micrófono omnidireccional en el centro de la mesa. Con todas esas medidas, Marcelino, quien al principio tenía dificultades para seguir las reuniones, ahora podía leer los labios con mayor facilidad y entender mejor a aquellos que tomaban la palabra, ya que la señal que llegaba a su implante era mucho más nítida gracias a las medidas adoptadas.

Se dispuso sobre la mesa todo el material informativo, así como el susceptible de venta en la tienda del museo. Había sobre la mesa folletos informativos, audioguías con bucle, videoguías, libros sobre Nipongo y su obra, bolígrafos, láminas y pósters, catálogos sobre el realismo, tazas, agendas, posavasos, carteles y todo tipo de artículos que uno se pueda imaginar. Una semana antes todo parecía estar bajo control. Los chicos sentían que habían hecho un buen trabajo.

Un grito seco rompió de repente el bienestar colectivo.

—¡¿Dónde narices están los llaveros?¬!

Como de costumbre, Marisa Flores parecía no estar de buen humor. Se hizo el silencio en la sala, nadie contestó.

—A ver, ¿quién se encargaba de los malditos llaveros? —, dijo Marisa con el gesto desencajado sacando a relucir sus arrugas de cincuentona.

Rigoberto Matahaba levantó la mano tímidamente agachando la cabeza.

—¡Me cago en la mar Rigoberto, mira que lo dije bien clarito…!¬

Mientras Marisa Flores la tomaba con Rigoberto Matahaba, Marcelino notó una ligera vibración en su bolsillo. Sacó el teléfono con disimulo ocultándolo bajo la mesa. “No eres tan tonto como pareces ¿Te apetece tomar algo esta noche?”, decía un directo guasap de Gimena. Marcelino sonrió ampliamente mientras oía los gritos de su jefa.

—¿Tú te crees que es momento para reírse Marcelino? —, gritó Doña Marisa desencajada.

—Soy feliz Marisa, ahora mismo soy feliz, y nada ni nadie me va a impedir que lo sea.

(Continuará…)