Archivo de December, 2013

Marcelino Claverino: Éxtasis emocional

Salió Marcelino disparado del trabajo. Su alegría contrastaba con el morrocotudo enfado de su jefa. Marisa Flores era tan perfeccionista que no podía soportar que las cosas no saliesen como ella había planeado y menos que un empleado sonriese cuando estaba reprimiendo a todo el equipo de trabajo. Sin embargo, como alguna ventaja tenía que tener la discapacidad, Marcelino se libró de una bronca que cualquiera de sus compañeros habría tenido que soportar. Fue el pobre Rigoberto Matahaba, quien pagó el pato de la impertinencia de Marcelino, lo cual sumado a su supuesta ineficacia a la hora de disponer de las dichosos llaveros en el tiempo indicado, propició que los gritos de Doña Marisa se oyesen al otro lado de la calle.

Marcelino tuvo tiempo de pasar por casa y acicalarse antes de quedar con Gimena. Habían acordado verse a las nueve en el Wild Thing y Claverino, con buen criterio, quería estar de buen ver. Informal pero arreglado se presentó el galán en la puerta del bar a la hora indicada. Estaba cayendo la noche y Marcelino se sentía extrañamente relajado. Como ya le había dicho Gimena Torremocha, estaba convencido de que una mujer así era un “tren que pasaba una sola vez en la vida” y él quería subirse a ese tren a toda costa. El hecho de que Gimena hubiese contestado al mensaje le proporcionaba seguridad. Quería comerse el mundo.

Pasados diez minutos de las nueve, Marcelino seguía esperando en la puerta del bar. Ligeros fantasmas negativistas surcaron su mente. Para calmar los nervios, decidió entrar en el bar y pedir una cerveza en la barra. Apenas dio el primer sorbo, una mano se posó sobre su hombro. Su corazón dio un vuelco.

—Hola guapetón—, notó que le decían cerca del micrófono del implante.

Marcelino se giró. Lo primero que vio fueron los preciosos ojos achinados de la cajera.

—Hola Gimena—, alcanzó a decir tímidamente Marcelino mientras contemplaba al completo a aquella belleza.

Gimena se había presentado bien arreglada, pintada con simpleza, resaltando con estilo sus mejores rasgos. Su pelo moreno suelto caía sutilmente sobre sus hombros y un coqueto vestido primaveral resaltaba su morena y curvilínea figura. Lo que Marcelino había intuido con el traje de cajera quedaba superado con creces con aquel sencillo vestido. Gimena estaba sencillamente impresionante.

—¿No me vas a dar dos besos? —, dijo Gimena con su habitual naturalidad.
—Por supuesto—, contestó decidido Marcelino.
—Oye, perdona por lo del otro día, quizás fui demasiado dura.
—No te preocupes. Yo también fui un poco estúpido. Aunque a veces es difícil estar lúcido ante mujeres tan guapas como tú—, contestó Claverino lanzándose a la piscina por primera vez.
—Uyyyy, este Marcelino me gusta más. Si sigues así podemos llegar muy lejos.

Marcelino se inquietó un poco ante este comentario de Gimena pero aguantó la compostura.

—¿Qué quieres tomar? —, preguntó Marcelino tomando los mandos de la situación.
—Un ron con coca-cola, que esta noche promete.
—Camarero, dos rones con coca-cola—, dijo apresurado Marcelino mientras daba el último sorbo a la cerveza.

Los dos jóvenes se sentaron en una de las mesas del bar. El poster de los Beatles quedaba a su espalda. Marcelino se volvió a sorprender de lo silencioso y bien acondicionado que resultaba aquel lugar para él.

—¿Está bien este sitio para ti verdad Marcelino? Sé que no os convienen sitios con mucho ruido—, preguntó Gimena una vez se sentaron en la mesa.

Marcelino se quedó sorprendido, generalmente la gente desconocía por completo las necesidades que pudiera tener.

—Está estupendo, pero ¿cómo lo sabes? —, respondió.
—Bueno, en la facultad tuvimos una asignatura donde vimos algo de sordera; fisiología, aparatos, screenings neonatales, algo de audiometrías. Cosas básicas para las enfermeras. Al verte con el implante retomé los apuntes y leí algunas cosas, entre ellas lo de los lugares silenciosos, estar cara a cara y vocalizar bien—, dijo la cajera con una exagerada lentitud y movimiento de labios.
—Hombre, tampoco hace falta que me hables como si fuera tonto, pero es verdad que son cosas que ayudan—, dijo Marcelino.

Gimena sonrió de manera muy coqueta.

—¿Así que estudias enfermería? —, preguntó Marcelino para cambiar de tema.
—Bueno, estudié. Terminé el año pasado. Un poco tardé para mi edad, lo sé, pero así es la vida. Ahora no hay manera de encontrar curro, está la cosa muy mal. Si todo sigue así tendré que probar suerte en Inglaterra.

Marcelino no pudo evitar sentir una sensación extraña, como de vacío, al oír la palabra Inglaterra.

—Seguro que sale algo tarde o temprano—, dijo animando a Gimena.
—Eso espero. Estoy harta del supermercado.

Siguieron charlando largo rato sobre sus vidas. De alguna manera se estaban conociendo, así que hablaron sobre sus estudios, sus trabajos, sus familias y amigos, sus proyectos, aficiones, etc. Extrañamente, el tema de la sordera no salió a relucir, era como si Gimena estuviese familiarizada con ella. Aquella asignatura de la carrera le había acercado de manera inusual al mundo de la discapacidad auditiva. Marcelino se llegó a preguntar si no tendría un familiar con implantes. No quiso preguntar, pues por primera vez al conocer a alguien, su sordera no era el centro de la conversación. Claverino se encontraba muy cómodo con Gimena en aquel lugar, las copas comenzaban a hacer su efecto y las conversaciones “serias” dieron lugar a historias divertidas con las que rieron a carcajadas.

A las dos de la mañana se dio cuenta Marcelino de que al día siguiente trabajaba, y pese a que hubiese estado en el Wild Thing hasta el amanecer, decidió sugerir la vuelta a casa. Acompañó a Gimena a coger un taxi. Una vez en la parada dijo Marcelino.

—Lo he pasado muy bien hoy. Eres una chica estupenda.
—Yo también lo he pasado muy bien. Has demostrado ser un echao pa alante, respondió Gimena acercándose a Marcelino.

Éste, envalentonado, la agarró de la cintura.

—Gimena, te invitaría a subir a casa, pero es que mañana….
—Shhh—, dijo Gimena posando su dedo índice sobre los labios de Marcelino,
—No vayas tan rápido. Es mejor así.
Gimena se puso de puntillas y le dio un suave beso en la comisura de los labios.

Marcelino se quedó absorto. En ese momento llegó un taxi, Gimena abrió la puerta y se subió a él.

—Nos vemos pronto Marcelino. Muchas gracias por todo.
—¡Nos vemos esta semana! —, gritó Marcelino apresurado.

Con la ventanilla bajada y con el taxi ya en marcha Gimena dijo algo que Marcelino no alcanzó a entender. El taxi partió. Marcelinó contempló como éste se alejaba. Necesitaba tiempo para procesar todo lo que había sucedido. Estaba eufórico. De vuelta a casa se encontró en un estado de éxtasis emocional que nunca antes había experimentado.

(Continuará…)