Archivo de January, 2014

Marcelino Claverino: Una reunión de sordos

Nunca se había sentido Marcelino tan eufórico. En los días siguientes a la cita con Gimena una bobalicona sonrisa se le dibujaba en la cara a cada instante. Había repasado por teléfono junto a Gustavito Calatrava cada minuto de la cita. Habían analizado cada comentario, cada pequeño gesto, cada mirada cómplice. Se encontraba Marcelino en un bonito sueño del que no quería despertar. Sólo un pequeño detalle le desestabilizaba.

—Marcelino, no seas paranoico. Te diría cualquier chorrada desde el taxi. No te preocupes y disfruta del momento. Estas cosas no pasan todos los días—, contestó Gustavito ante el interminable sermón de su inseparable amigo.
—Si lo disfruto, pero, ¿y si me dijo que la llamara al llegar a casa?, ¿y si no lo he hecho y le sienta mal?
—A ver, Marcelino, no te agobies. Ya te he dicho que en estos casos hay que aguantar unos días sin dar señales de vida. Te diría cualquier tontería. No te preocupes.
—Si ya lo sé. Pero es que estoy deseando verla. Esto es un sin vivir.
—Tranquilo Marce. Es fundamental que aguantes. Todo llegará.

Marcelino se moría por contar sus peripecias amorosas en la asociación de sordos a la que acudía los viernes por la tarde. En Sordotapias se reunían en torno a un café personajes variopintos cuyo único nexo de unión era el maltrecho funcionamiento de su oído. Había personas mayores, y jóvenes. De buena familia y del extrarradio. Ingenieros, panaderos, estudiantes y amas de casa. Los había sordos de nacimiento y otros que habían perdido audición con la edad. Algunos tenían pérdidas moderadas, otros profundas. Unos llevaban audífonos, otros como Marcelino implantes cocleares. Algunos usaban la lengua oral para comunicarse, otros la lengua de signos y alguno que otro una combinación de las dos.

Aquellas reuniones eran cuanto menos peculiares. Entre la audiencia abundaban las clarificaciones, repeticiones y mal entendidos. Incluso la intérprete de lengua de signos comentaba que aquellas reuniones ponían a prueba sus habilidades como traductora debido a la locura comunicativa que allí se vivía.

Pese a todo el trajín, al salir de cada reunión, Marcelino siempre se asombraba de lo cercanas que le resultaban aquellas personas. Suponía que las experiencias que compartían, sus miedos y dificultades diarias, les acercaban más de lo que les alejaba el estilo de comunicación, la edad, la clase social o el tipo de pérdida auditiva. Las reuniones en Sordotapias eran para Marcelino un reducto de tranquilidad semanal. Un poder hablar de igual a igual y meter la pata sin miedo a la broma fácil. Una manera de no sentirse el raro en cada momento.

Marcelino tenía un amigo especialmente cercano en aquel grupo de sordos. Rufino Palomino, también usuario de implante coclear, tenía fama de macarra pendenciero, pero a Claverino, sin saber muy bien porqué, le resultaba especialmente simpático.

—¡¿Qué pasa Marcelinico?!—, saludó Rufino a Marcelino a viva voz desmarcándose del pequeño grupo que ya se había formado en la asociación aquel día.
—Menuda carita de perrito pachón me traes hoy. A ver si no viene hoy la Guillermina, menuda chapa me dio el otro día con las clases del tai-chi ese. Que se encuentra a si misma dice la notas, ¿tú te crees? Todo esto con la intérprete de por medio claro, que sino no me entero de la misa a la mitá.
—O hablas más despacio o no me entero de nada de lo que dices Rufi—, contestó Marcelino abrumado ante tal parrafada.

Rufino Palomino pese a su desparpajo natural tenía la voz algo nasalizada por lo que a Marcelino en ocasiones le resultaba especialmente complicado entenderle.

—Tronco, enciende el maldito implante y mírame a la cara que nunca te enteras de ná. Te decía que…
— Que sí, que sí, que a Guillermina le ha dado por ir ahora a misa. A mí de esa mujer ya no me sorprende nada, está como una cabra.
—¡Me cago en la mar Marcelino! ¡Cada día estás más sordo eh!, estate un poquito al loro.
—Anda cállate pesado, que lo que pasa es que no me interesan tus chorradas.
—Chorradas te voy a dar yo a ti.
—Escúchame anda. Que no me dejas hablar. Tengo que contarte un notición. He quedado con un chica—, dijo Marcelino bajando la voz y tirando del brazo de Rufino para alejarle del grupo.
—¡¿Qué me dices?!,¡¿Pero has triunfao o qué?!— preguntó alterado Rufino Palomino.
—¡No chilles pesado! Que no quiero que se entere todo el mundo.
—Pero si por mucho que chille estos no se enteran de ná— dijo Rufino señalando al grupo de gente — Pero suelta, suelta. ¿Quién es? ¿Dónde la has conocido?

Tal y como había hecho con Gustavito Calatrava, Marcelino se recreó en cada detalle de la cita. Tras terminar la intervención, un Rufino ojiplático y exultante preguntó.

—¿Y dices que todavía no la has escrito?¿Estás loco?¿Y si desde el taxi te dijo que la llamases al día siguiente?¿Y si se muere por verte y tu estás aquí haciendo el canelo? Tío no seas tan finolis y ¡escríbela ya!
—Ya pero es que Gustavito me ha dicho que es mejor esperar.
—¿Gustavito? ¿El pijo-guay ese? Anda que menudo lumbreras. Resulta que ahora vamos de chulitos con las pibas. Mira, tronco, con las pibas hay que ir de cara como machos que somos. Déjate de tonterías, de si te escribo o no te escribo. Esa tía es una tía de la calle y te lo ha dejao bien clarito. ¡Espabila atontao! Que te lo dice el Rufi.
—No me digas eso ahora Rufino…
—Hombre no. Si quieres esperas a la semana que viene para escribirla, que pase uno más listo que tú y se la lleve. Una cosa te digo, como no las escribas hoy mañana me paso por el supermercado enseñando bien el implante que parece que le mola.
—¡Te mato!—dijo un celoso Marcelino.
—¡Pues espabila tronco!
—No me trates como si fuera tonto. Ya veré que hago. Quizás tengas razón.
—¡Pues claro que tengo razón! Anda vamos fuera a hablar un poco con esta gentucilla. A ver si ha llegao Elenita Piñuelos. Que ésta tiene mejor delantera que el United. No será como tu cajera, pero yo creo que le molo— dijo Rufino guiñando un ojo.

Estuvieron un largo rato hablando con todos los amigos de Sordotapias. Marcelino llegó a desconectar de Gimena conversando con todos ellos. Siempre había alguna anécdota graciosa que escuchar. Al salir de la reunión, ya en la calle, Rufino Palomino se acercó a Marcelino.

—No la líes ahora. Has hecho lo más difícil. No dudes en mandarle un mensaje cuando llegues a casa. Hazlo por todos nosotros—, le dijo a Marcelino mirándole fijamente y señalándose el implante.

Los dos amigos se fundieron en un caluroso abrazo.
(Continuará…)