Archivo de February, 2014

Marcelino Claverino: Dudar desde el triple

Al levantarse temprano el sábado por la mañana, Marcelino Claverino se encontraba en una complicada tesitura. Por un lado, el cuerpo le pedía ser cauto y esperar a que Gimena diese el siguiente paso, tal y como su amigo Gustavito Calatrava le había recomendado. Sin embargo, su parte más impaciente quería hacer caso a Rufino Palomino y escribir de inmediato a la guapísima cajera. Pensaba Marcelino que en esto del amor manejar con sutileza los matices era importante, pero a la vez sentía que la estupidez humana había llegado a tal punto que uno no podía mostrar sus sentimientos tal y como le viniese en gana.

Con estos pensamientos cogió Marcelino su bolsa de deporte y se dirigió al polideportivo donde, como ya era tradición, jugaba junto a algunos amigos en la liga municipal de baloncesto. Los Little Thunders eran ya un equipo con solera en la liga, trece temporadas avalaban un amplio historial de victorias y derrotas. Las primeras temporadas, bien avenidas, contrastaban con la actual situación en la que jugadores ya veteranos se las tenían que ver con equipos llenos de jóvenes, los cuales hacían valer su plenitud física para vencer sin contemplaciones a los ya curtidos Pequeños Rayos. Sin embargo, las derrotas no minaban la ilusión del equipo, pues el baloncesto no era sino una excusa para hacer algo de deporte, estar con los amigos y tomar unas cervezas al acabar cada partido.

En esto del baloncesto, Marcelino siempre había presumido de buena muñeca. Su desgarbada figura le permitía postear con facilidad y abrirse a la esquina para lanzar con rapidez desde la línea de 6,75, lo cual le convertía en un alero de garantías. Desde pequeño se había sentido atraído por el baloncesto y, ya con siete años, comenzó a jugar en el equipo de su colegio. Pese a las dificultades que entrañaban la protección de las prótesis y el miedo a una posible rotura de las mismas en un mal golpe, los padres de Marcelino siempre le animaron a participar en actividades deportivas. Creían, con buen criterio, que el deporte era una buena manera de potenciar la inclusión de su hijo en el complicado mundo de los oyentes. Esparadrapos para sujetar las prótesis, fundas para evitar la humedad generada por el sudor, cintas para la bobina del implante y en los últimos tiempos cascos acolchados de rugby se encontraban siempre en la bolsa de deporte de Marcelino.

Además de las posibles roturas o caídas de aparatos, Marcelino siempre había tenido que lidiar en el mundo del baloncesto con un entorno auditivamente hostil. La reverberación de los pabellones, los gritos de los jugadores, los ruidos de las zapatillas en el parqué, las instrucciones de los entrenadores y la dificultad lógica para fijar la mirada en los rostros de los interlocutores, hacían prácticamente imposible entender algo durante el juego. De ahí que tanto jugadores, como entrenadores y árbitros tuvieran que estar advertidos de las necesidades de Marcelino. Dar instrucciones claras durante los tiempos muertos mirando a la cara del jugador, utilizar pañuelos como complemento al silbato y utilizar los gestos propios del baloncesto en la comunicación con Marcelino eran medidas fundamentales.

—Marce tío, date prisa que el partido empieza en diez minutos y hoy somos justos. El gañán de Sebastián me acaba de escribir que está en la cama vomitando— le dijo el capitán del equipo a Marcelino nada más llegar a la cancha.
—¿Qué Sebastián qué? —preguntó medio dormido Claverino.
—¡Que vayas al vestuario a cambiarte! ¡Vuela!—replicó nervioso el capitán.
—Como está el patio—farfulló entre dientes cabizbajo Marcelino dirigiéndose al vestuario.

Cuando Marcelino por fin saltó a la pista, todos le estaban esperando. El árbitro miró el reloj con cara de pocos amigos.

—¡Pero Marcelino mira que la semana pasada dijimos que hoy jugábamos de azul!¡No ves que el otro equipo va de rojo!—gritó el capitán al borde del infarto al ver a Marcelino vestido con la camiseta roja habitual del equipo.

Marcelino no oyó nada de lo que dijo su capitán debido a la distancia, pero se dio cuenta de la situación al ver la cara desencajada de éste y la indumentaria del equipo rival.

—Perdón, chicos. No me había enterado. ¿Esto se comentó en algún momento?—dijo avergonzado señalándose la camiseta.
—Sí, se comentó sí. Pero como nunca te enteras de nada. Anda ponte esta camiseta que he traído de más—dijo el capitán tras abrir su mochila—y ponte a jugar.

Pasado el mal rato de las camisetas, se inició el partido con retraso. Marcelino no había calentado y los primeros minutos se hicieron duros. Sabía que al no tener cambios, el partido se iba a hacer largo, por lo que decidió administrar esfuerzos al inicio. El partido fue muy ajustado en todo momento. Al descanso el marcador reflejaba un empate a 32 puntos.

—¡Seguimos así chavales! ¡Estamos muy bien!— arengaba uno de los jugadores en el vestuario.

Como era de prever, el partido siguió ajustado hasta el último minuto. El marcador reflejaba un 58-60 favorable al equipo rival a falta de 15 segundos. El capitán de los Little Thunders pidió tiempo muerto.

—¡A ver, todos atentos! ¡Marcelino, tú especialmente, mírame a la cara! A ver, vamos a ganar este partido por mis narices. ¡Jugamos la número tres, que se la comen siempre, de acuerdo!—dijo marcando el tres con la mano mientras miraba a Marcelino— Marce, tú ábrete a tope a la esquina. Mariano, cuando recibas el balón de Alfredo tras el bloqueo directo arriba, tienes que decidir según veas la jugada. Si el defensor de Marcelino va a la ayuda la abres para que tire solo, sino tienes bandeja fácil y vamos a la prórroga. Los demás todos abiertos para dejar la zona libre ¡¿De acuerdo?!

—¡De acuerdo!¡Vamos Thunders!— gritaron todos al unísono uniendo sus manos en el centro del corro que habían formado.

Con el reloj descontando los segundos, la jugada se desarrolló tal y como habían planeado. En el momento que se produjo el bloqueo directo restaban 10 segundos de posesión. Marcelino se situó en la esquina más allá de la línea de triple. Cuando el pívot del equipo, Mariano Cienfuegos, recibió el balón tras el bloqueo, el defensor de Marcelino acudió a la ayuda, Marcelino quedó entonces libre y a falta de 5 segundos se encontró con el balón en sus manos. Era un tiro fácil de ejecutar. Un lanzamiento que había realizado millones de veces. Tenía la victoria en sus manos. Sin embargo cuando se disponía a lanzar dudó por un instante. Vio a otro compañero desmarcado al otro lado. “Quizás él esté en mejor disposición para tirar”, pensó. Cuando apenas quedaba un segundo soltó el balón hacia canasta, las prisas finales no le permitieron realizar una mecánica perfecta. El balón voló durante un par de segundos. La expectación de todos los jugadores era máxima. Un primer contacto con el tablero hizo presagiar lo peor. El siguiente bote se produjo sobre al anaranjado aro. Un tercer bote hizo impactar el balón sobre el suelo. “Pegggg” Sonó la bocina del pabellón. Marcelino había fallado el tiro y los Little Thunders perdían su tercer partido consecutivo. Los jugadores del equipo rival enloquecieron de alegría.

Marcelino se dirigió consternado hacia el vestuario. No entendía como había fallado aquel tiro. El capitán se le acercó mientras se cambiaban.

—No te preocupes tío, todos podemos fallar. La jugada ha salido bien. ¿Sabes lo que ha pasado? Que has dudado tronco, y eso en situaciones así se paga. En la vida hay que tener determinación y, si quieres conseguir algo, has de ir a por ello con toda la confianza. Si no hubieses dudado, estoy seguro que esa bola habría entrado. Tómatelo como un aprendizaje vital.

Marcelino se quedó pensativo por unos segundos. A continuación abrió el bolsillo de la mochila y sacó el teléfono móvil.
(Continuará….)