Archivo de March, 2014

Marcelino Claverino: El destape

Por primera vez en su vida Marcelino fue al grano con una chica. Las palabras del capitán habían abierto los ojos del espigado alero de los Little Thunders. No quedaba nadie ya en el vestuario cuando Marcelino pulsó la tecla de envío. El mensaje fue claro y conciso.

—Hola Gimena. Tengo muchas ganas de verte. ¿Te gustaría quedar esta tarde?

Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo. “Que sea lo que Dios quiera”, pensó con las manos descansando sobre su rostro sentado en unos de los bancos del vestuario. Ante su asombro la respuesta no se hizo esperar. Justo cuando se disponía a meter el teléfono con desgana en el bolsillo de la mochila se iluminó la pantalla del móvil. Un pequeño icono verdoso en el margen superior izquierdo del aparato anunciaba la entrada de un whatsapp.

—Hola Marce. Estamos de suerte. Hoy libro en el supermercado, así que por supuesto que me gustaría quedar contigo. ¡Pensaba que ya no me ibas a escribir! — contestó la guapísima cajera.

Una peculiar sensación de alivio y euforia invadió a Marcelino. Quería brincar como un poseso por todo el vestuario, quería abrazarse con la primera persona que se cruzase en su camino, poco importaba ahora el triple fallado y la agria derrota, nada era más importante que la simple idea de ver de nuevo a aquella maravillosa mujer.

Marcelino no tardó en responder, lejos quedaban ya las estrategias maquiavélicas urdidas por su amigo Gustavito Calatrava en los temas amorosos.

—Lo bueno se hace esperar Gimena. ¿Qué me dices de ir al cine?— escribió Marcelino adoptando un talante algo galán.
—Me parece genial. Pero quizás tengas razón y debiéramos dejarlo para mañana— respondió Gimena.

Marcelino se quedó un tanto descuadrado ante tal comentario, pero enseguida interpretó que todo formaba parte del acto del cortejo.

—No creo que puedas esperar un día más— contestó directo.
—Puede que el que no pueda esperar seas tú bonito.

Gimena era una adelantada cuando se trataba de flirtear. Sabía muy bien como sembrar la duda en el otro pero a la vez mantener ese punto de irremediable atracción. A Marcelino no le quedó otra que mostrar el pañuelo blanco.

—Tienes razón. No puedo esperar un día más— respondió asumiendo su derrota dialéctica.

Gimena, sabedora de su pequeña victoria, dio el siguiente paso.

—Vayamos hoy al cine entonces. No quiero rayarte más de la cuenta— dijo.

Quedaron en verse en uno de los pocos cines para todos de la ciudad. La película era lo de menos para Marcelino. Para él era más importante disponer de subtítulos, bucle magnético en la sala y un buen acondicionamiento acústico. En un cine convencional donde estas medidas brillaban por su ausencia, su capacidad para seguir la historia de la cinta y comprender diálogos complejos se veía muy mermada. Gimena, como buena enfermera puesta en la materia de la sordera, no puso ninguna objeción a la propuesta de Marcelino.

—Por supuesto Marce. Vamos donde te sientas más cómodo— llegó a decirle.

Los cines Kayak se encontraban en una de esas nuevas zonas hipster de la ciudad. Hombres barbudos y mujeres gafapásticas frecuentaban las calles repletas de cafés orgánicos, tiendas vintage, mercadillos de ropa de segunda mano y pequeñas y resultonas tiendas de discos ideales para melómanos. Por supuesto, un cine adaptado era de lo más cool y más si en él abundaban proyecciones de películas galardonadas en festivales independientes. A mayor número de hojitas de laurel en el cartel, mayores probabilidades tenían de ser proyectadas en los cines Kayak. La verdad era que un grupo de barbudos emprendedores se había lanzado a la aventura cinematográfica y aunque el negocio sobrevivía a duras penas, Marcelino y otros amigos sordos agradecían la encomiable labor de esos personajes peculiares que se movían por el barrio en bicicletas de lo más minimalistas.

Gimena llegó puntual a la cita. Marcelino estaba ya haciendo cola entre un grupo de poperos y otro de granudos adolescentes sordos. Al ver a Gimena a lo lejos Marcelino cambió su postura. Elevó los hombros, subió el mentón y se metió las manos en los bolsillos dejando asomar los dedos pulgares por fuera de éstos. Su gesto parecía el de un buen torero antes de una importante corrida taurina.

—¡!Marce!¡— gritó Gimena a lo lejos saludando con la mano en alto.

Marcelino sonrió de medio lado como quien se siente confiado.

—A menudos sitios me traes ¿no? Vaya gente más rara. Todos con barbuchas y pelajos. En el metro he visto a uno hasta con bigote. ¿Pero dónde se ha visto eso hoy en día? – dijo Gimena mientras daba dos efusivos besos a Marcelino.
—Pues no sé. Son gente peculiar, pero hay que adaptarse a todo. Además mira que majetes son algunos que se animan a montar cines para todos.
—¿Cómo que cines para todos? — contestó Gimena confundida.
—¿Eh? — dijo descuadrado Marcelino.
—¡Ay chico! es que con el ruido de la calle no te oigo bien. Si yo no me entero me imagino que para ti tiene que ser todavía más movida — reculó avergonzada Gimena.
—No te preocupes, es verdad que hay mucho ruido. La ventaja que yo tengo es que te puedo leer los labios. Sino ni de broma. Por cierto antes de nada, ¡estás guapísima!

Gimena había optado esta vez por un pantalón de pitillo estrecho, el cual realzaba su exuberante figura. Una simple pero a la vez coqueta camiseta rosada insinuaba de manera sencilla las imponentes cualidades femeninas de Torremocha. Su castaño pelo caía de nuevo sobre sus hombros, aunque esta vez un cuidado flequillo ondulado viajaba presumido por la delicada frente de Gimena.

—Muchas gracias por el piropo. Tú también estás muy guapete— dijo Gimena acariciando sutilmente la mano derecha de Claverino.

Tras los esperables lamentos de la cajera al ver que no podría ver ninguna de las comedias románticas anunciadas a bombo y platillo en televisión, los dos tortolitos se decantaron por una cinta neozelandesa cuyo cartel estaba plagado de hojas de laurel. “La cabaña de mi madre” prometía ser o bien un peliculón histórico o un pestiño sólo apetecible para cuatro entendidos del no siempre comprensible mundo de las críticas cinematográficas.

Tras comprar las entradas, las palomitas de rigor y un par de coca-colas, se metieron los dos en la sala tres de los cines Kayak. Se sentaron a la par en la fila siete centrada. Una señora entrada en kilos y su marido se ubicaron un par de butacas más allá. Todo parecía estar saliendo a las mil maravillas. Marcelino estaba justo donde había soñado unos días antes. En un momento dado y con la película ya en acción dudó si agarrar la mano de Gimena dando pie así al primer acercamiento. Se sentía como un dubitativo quinceañero ante su primera cita. Finalmente decidió dejarlo para más adelante. Durante la hora y media de película hubo múltiples intercambios de miradas entre ambos, los cuales obnubilaron la mente de Marcelino. Había una conexión clara entre ellos.

Al terminar la película salieron a la calle más pendientes el uno del otro que de la reflexión sobre la propia película.

—Pues a mí me ha parecido un rollo patatero— dijo Gimena con su habitual sinceridad.
—Yo la verdad es que tampoco he estado muy atento a la película— contestó Marcelino mirando fijamente a Torremocha mientras se acercaba hacia ella.
—¿A no y en que te has fijado?—prosiguió Gimena sosteniendo la mirada en señal clara de aceptación del envite.
—No sabría decirte— balbuceó Marcelino con sus labios ya a escasos centímetros de los de Gimena.

En la esquina de los cines Kayak a la luz de una farola, Marcelino Claverino pudo por fin cumplir su sueño. Cuando Gimena Torremocha se puso de puntillas, sus labios se encontraron por primera vez. Un primer beso tierno y casi asustadizo, dio paso a un par de acometidas algo más carnales. Marcelino no podía creer lo que estaba sucediendo. Sumido en una transitoria euforia pasional dirigió con sutileza su mano derecha hacia la nunca de Gimena. Por unos segundos se recreó acariciando con firmeza la parte posterior de su cabeza. En una de las intensas caricias el dedo anular de Marcelino se topó con un extraño objeto ubicado en la parte trasera de la oreja de Gimena. Un desagradable pitido se oyó tras el contacto. Marcelino se quedó petrificado. De un feo manotazo retiró a Gimena. Se quedó mirándola fijamente. Ésta, cabizbaja, no le sostuvo esta vez la mirada.

—¡Que narices haces llevando audífonos!— gritó a viva voz Marcelino en la esquina de los Kayak bajo la tenue luz de la farola.

(continuará…)