Archivo de April, 2014

Marcelino Claverino: Un domingo “no” cualquiera

—Pero hijo, ¿qué te pasa?— dijo Manuela Claverina mientras Marcelino miraba al infinito y daba vueltas a la sopa con la cuchara.
—Nada mamá. De verdad, déjalo. No tengo un buen día y punto— contestó contrariado Claverino sin apenas levantar la vista del plato.
—Entre lo de tener el teléfono apagado toda la mañana y esta actitud me estás empezando a preocupar.

La noche anterior, tras el amargo episodio con Gimena, Marcelino se sintió engañado. Gimena le persiguió durante al menos cinco minutos por las calles aledañas a los cines Kayak. “Déjame que te explique”, “por favor escúchame”, “iba a decírtelo”, repitió recurrentemente la cajera mientras Marcelino caminaba enfurecido camino de la boca de metro más cercana. No consiguió arrancarle ni una sola palabra. Un escueto “olvídame” tras cruzar los tornos del subterráneo fue el único y a la vez lapidario comentario que Marcelino destinó a Gimena.

—Este chico de verdad que no tiene remedio. ¡Quieres alegrar esa cara de perro pachón que pareces un judío recién salido de Auschwitz!.
—De verdad, Manolo, tú siempre tan delicado. Parece mentira, toda la vida igual.
—Delicado no. Si le pasa algo que lo diga— dijo Manolo Claverino mientras empujaba con el pan el filete de ternera del segundo plato de la comida de domingo.

Otras veces, ese comentario de su padre habría enfurecido a Marcelino, pero en aquel momento de profundo desengaño no quiso ni contestar. Siguió mirando a la sopa, ya helada, como el que mira desesperanzado desde el andén un tren que acaba de perder.

Marcelino había conseguido mantener la compostura delante de Gimena. Sin embargo, una vez sentado en el vagón del metro, el mundo se le vino encima. La ilusión por haber conquistado al fin a una mujer sin ningún tipo de aparato en las orejas había sido tan grande que no pudo evitar sentir una profunda decepción. Intentó disimular sus emociones, pues no quería ser el centro de atención de todo el vagón, pero unos ojos rojos y vidriosos le delataban.

— ¿Vas a comer o no macho? — preguntó al rato de nuevo Manolo Claverino.
—No lo sé— contestó desganado Marcelino.
—Míralo, igualito que cuando era pequeño. No. No quiero comer. Soy un niño pequeño y me chupo el dedo— dijo Manolo Claverino haciendo burla a Marcelino mientras se metía el dedo gordo en la boca.
—Ay, de verdad Manolo, no seas desagradable.
—Desagradable no, Manuela. Es que tiene que fastidiar la comida a todo el mundo.
—Pobrecillo, algo le pasará.
—¿Pobrecillo? Toda la vida con el pobrecillo a cuestas. Así nos va. Con casi treinta años y la misma cara de tonto.

Manuela se quedó parada. Un tímido puchero se dibujó en su rostro. A los pocos segundos unas ligeras lágrimas se deslizaron sobre sus mejillas. Pese a los años pasados y la completa integración de la sordera en su vida, todavía había situaciones con las que Manuela Claverina rememoraba los duros momentos vividos cuando Marcelino perdió su audición a causa de aquella inoportuna meningitis. Aquel fue uno de esos momentos. La gente siempre se sorprendía de estas aparentemente extrañas reacciones, pero como Manuela solía decir “la discapacidad de un hijo se asume, pero nunca se supera. La incertidumbre, la inseguridad y el miedo a las dificultades que pueda encontrar tu hijo es algo que te bloquea mentalmente. Es algo asumible pero difícilmente superable”. Especialmente impactante fue la reacción de la madre de Marcelino cuando éste ingresó en la universidad. El miedo y la inseguridad era tal que estuvo dos días completos llorando en su habitación. “Cosas de madres”, pensó por entonces Marcelino, pero lo cierto es que aquello era algo mucho más normal entre madres y padres con hijos con discapacidad de lo que uno se pueda imaginar.

Tras el incómodo viaje en el metro, Marcelino llegó a casa con la única intención de meterse en la cama. Como solía hacer en momentos de estrés, decidió quitarse el implante nada más entrar por la puerta. Una de las poquísimas ventajas de llevar implante era que podía decidir desconectar del mundo con un gesto de lo más simple: desprender el aparato de su cabeza. En el silencio absoluto solía encontrar una paz que para el resto de los mortales era difícil de imaginar. Aquella noche, con aquel gesto, buscó una tranquilidad que no acabó de encontrar.

—No llores, mamá— dijo suspirando Marcelino.
—Si no es por ti, hijo. Es tu padre que siempre tiene que meter el dedo en la llaga.
—No, si ahora va a ser mi culpa que el chaval haya decidido amargarnos la comida.
—No os peléis ahora por favor. Son cosas mías. No pasa nada.
—Pues hijo, cuéntanoslo, nosotros a lo mejor te podemos ayudar. ¿Es algo del trabajo? —preguntó entre sollozos su madre.
—No, no es del trabajo. Pero en serio, ahora no me apetece hablar del tema, ya está.
—Que cabezón eres. Pues nada regocíjate bien tú solito en tus problemas— le reprimió ofuscado su padre.

Antes de meterse en la cama, Marcelino, en su estado de silencio absoluto se tomó un vaso de leche con galletas. Le resultó extraño no oír el crujir de las galletas en su boca. Fregó un par de cacharros y se lavó los dientes. Justo antes de meterse en la cama, puso el implante en el deshumificador y colocó el vibrador de su despertador debajo de la almohada. Pese a todo lo vivido, no quería perderse la carrera de fórmula 1 que arrancaba desde Malasia a las ocho de la mañana. Puso la alarma a las ocho menos cuarto. A esa hora, la almohada comenzaría a vibrar.

—Creo que estoy enamorado de la cajera del supermercado de al lado de mi casa—dijo de repente Marcelino dando todavía vueltas a la sopa.
—Pues menudo problemón—dijo jocoso Manolo Claverino mientras pelaba una apetecible manzana—Es la primera vez que veo una reacción semejante en un enamorado.
—Manolo cierra el pico— contestó Manuela con una mirada asesina— ¿Y qué pasa hijo, no te corresponde?
—La cajera del supermercado la virgen. ¿Pero no había otra un poquito más decente?—farfulló Manolo Claverino un tanto apocado ante la mirada de su mujer.
—Sí, mamá. Pero el problema es que pensaba que era una chica “normal” y ayer cuando quedamos me di cuenta que llevaba audífonos. Me ha tomado el pelo.

Justo antes de quedarse dormido la pantalla del móvil de Marcelino se encendió. Medio atolondrado alcanzó el teléfono de la mesilla. Con los ojos entreabiertos por el deslumbramiento de la pantalla, Marcelino pudo ver que acaba de entrar un mensaje de whatsapp de Gimena. En un gesto de rabia Marcelino lanzó el móvil por los aires empotrándolo violentamente contra el armario. Las diferentes piezas del teléfono se quedaron desperdigadas por el suelo de la habitación.

—Pero hijo, dale una oportunidad a la chica, todos cometemos errores—dijo Manuela Claverina tras escuchar atentamente la tumultuosa historia de amor.
—No se lo merece. No se puede ir por la vida engañando a la gente.
—¿Pero cuál es el problema con la chica Marcelino?—preguntó su padre elocuentemente por primera vez en toda la comida.
—Pues papá, estoy harto de tener que relacionarme siempre con chicas sordas. Pensaba que esta vez iba a ser diferente. Me hacía ilusión que una chica oyente se fijase en mí.
—Déjame que te diga una cosa, hijo. ¿Te acuerdas cuándo siempre te quejabas de que la gente no te daba oportunidades por llevar el implante?
—Sí. Pero eso ¿Qué tiene que ver ahora?
—Pues que tú de alguna manera estás haciendo lo mismo con la tal Eugenia ésta. Como lleva audífonos le cierras la puerta, no le das esa oportunidad.
—Gimena, papá, Gimena…—contestó resignado Marcelino mientras procesaba la respuesta de su padre.

Al levantarse por la mañana y justo antes de empezar la carrera de coches, Marcelino recogió del suelo los pedazos del teléfono. La pantalla, con el golpe, se había resquebrajado por una de las esquinas. Tras montar el terminal y comprobar que funcionaba, Marcelino decidió dejarlo apagado. No quería que nadie le molestase.

Al terminar la comida, y ya recostado sobre el sofá de casa de sus padres, Marcelino sacó el teléfono de su bolsillo. La conversación le había hecho recapacitar. Encendió el móvil. Tras unos minutos de espera, comprobó que las notificaciones de los mensajes de Gimena seguían esperando a ser abiertas.

—Hola Marce. Sé que he hecho las cosas mal. Pero no sabes lo difícil que es para mí todo esto. Pensaba que alguien como tú podría entenderme. Por favor, dame la oportunidad de al menos explicarte cómo me siento. Sé que lo harás, eres un tío guay. Un beso—decía persuasivo el mensaje de la ahora ya no tan inexpugnable guapísima cajera.

(continuará…)