Archivo de July, 2014

Marcelino Claverino: Ser miserable

El teléfono de Marcelino echó humo aquel fin de semana. Florinda Biensalida se destapó como una adicta wasapera. Sus ágiles y precisos dedos desenfundaban más rápido que los de Billy el Niño en el lejano oeste. Trescientos mensajes en un solo día había llegado a recibir Marcelino. Una canallada propia de adolescentes que le traía por la calle de la amargura. Incluso estando sentados a la par en el sofá de casa disfrutando de las ricas tortitas había sacado del bolso Florinda su smartphone para escribir a Marcelino.

– Así nos entendemos mejor– había llegado a leer un ojiplático Marcelino en la pantalla de su teléfono.

Con los nervios de punta y maldiciendo su desliz amoroso, jugó Marcelino su partido semanal el domingo por la mañana. Aún con un regustillo a whisky de garrafón en la boca, saltó a la cancha dominguera con la idea de olvidar la derrota de la semana anterior y resarcirse así del triple fallado en el último suspiro del partido. Esta vez, los Little Thunders cosecharon una cómoda victoria, pero Marcelino tuvo que pagar un alto precio por ello. Un mal golpe en la lucha por un rebote había acabado con su implante en el suelo. Al ir recogerlo, se encontró con el cable suelto y la clavija destrozada. Gajes de la tecnología. Marcelino, como cualquier otro sordo implantado, estaba acostumbrado a ello. Pero, sin embargo, aquella vez y dada su desidia, la rotura de aquel cable supondría el inicio de un curioso efecto mariposa.

Por norma general, Marcelino solía tener cables y bobina de repuesto en casa. Era habitual que cada cierto tiempo tuviese que reemplazar algún componente. Golpes, enganchones, la humedad o el simple deterioro tecnológico solían afectar a tan delicadas piezas. Marcelino en aras de evitar quedarse sin oír durante un tiempo solía comprar cables de más. Sin embargo, tras el último percance, la vagancia le impidió acercarse a su centro auditivo para reponerlos. Así pues, al llegar a casa y tras maldecir su holgazanería, tuvo que asumir que aquel domingo se quedaría sin oír. Debía esperar a la mañana del lunes para acercarse a su centro.

La sensación de silencio absoluto era algo que Marcelino aborrecía. Sólo en determinados momentos lo consideraba un privilegio, pero siempre y cuando tuviese la opción de volver a oír cuando considerase oportuno. Con el implante sin funcionar, el silencio era innegociable y aquello siempre le había resultado pavoroso. El padre de Marcelino recordaba de tanto en cuanto con cierto tonillo burlesco cómo lloraba su hijo desconsolado cuando uno de sus primeros audífonos se cayó a la piscina en un caluroso verano.

–Vosotros lo oyentes nunca sabréis lo que es quedarse sin oír. La sensación de quedarte aislado de todo lo que te rodea es horrorosa. La audición es vital para comunicarte, para acercarte a las personas, para sentirte parte del mundo. Creo que vosotros no valoráis lo que supone oír y es algo que deberías agradecer más a menudo – solía contestar un profundo y herido Marcelino.

Por tanto, aquella tarde tuvo que quedarse en casa. Salir a la calle sin su implante coclear era toda un odisea. En situaciones como aquella pensaba en lo mucho que dependía de aquel aparato electrónico. Sin él, y pese a sus buenas habilidades labio lectoras, se sentía desnudo, desprotegido. Su voz cambiaba, su capacidad para entender a los demás disminuía radicalmente y sobre todo se sentía aislado y temeroso en un mundo en el que los sonidos dan forma a gran parte de nuestra realidad.

La tarde se hizo larga. A Marcelino le gustaba oír la radio durante los domingos deportivos, pero en aquella ocasión tuvo que conformarse con poner los partidos en la televisión y leer los comentarios en los subtítulos. No pudo llamar a su madre como solía hacer. Se limitó a ver los partidos, navegar por internet y sobre todo contestar desesperado los constantes wasaps de Florinda Biensalida. La chica quería quedar de nuevo y Marcelino pese a que la encontraba resultona, sentía que la barrera comunicativa era tan abismal que aquello carecía de sentido alguno. Por momentos comenzaba a desesperarse.

El lunes a primera hora escribió un mensaje a su jefa. Llegaría tarde al trabajo. Pasadas las nueve de la mañana llegó apurado Marcelino al centro. Al entrar preguntó por su audiólogo de confianza, Don Edelmiro Terebelio.

– Está con una paciente ahora mismo – contestó somnolienta y desganada una recepcionista a la que Marcelino no conocía – Pero ¿qué desea?
– Quería un cable para el implante y de paso hacerle una consulta a Don Edelmiro – contestó haciendo un esfuerzo titánico por leer los labios de la recepcionista mientras sacaba el implante de su bolsillo.
– El cable lo tenemos seguro. Déjeme ver qué modelo es. Para ver a Edelmiro tendrá que esperar – respondió la recepcionista exagerando las vocalizaciones y haciendo gestos con las manos, consciente ahora de las necesidades de Marcelino – Voy al almacén a por él. Espere aquí. Si tiene suerte Edelmiro terminará rápido con la paciente – continuó.

La recepcionista abrió una puerta que daba a un pasillo y se dirigió al almacén. Marcelino esperó algo impaciente. Tenía prisa por llegar al trabajo pero por otro lado quería hacer una consulta al audiólogo relacionada con el proyecto de accesibilidad en el museo. La puerta se abrió a los pocos minutos. Salieron por ella la recepcionista con el cable en la mano y el grande y avejentado audiólogo, quien parecía mantener una conversación con alguien situado a sus espaldas. Al pasar por el umbral de la puerta, se descubrió por detrás del fornido torso de Edelmiro una guapísima joven. Dos segundos le bastaron a Marcelino para ver de quién se trataba. Gimena Torremocha.

La sangre de Marcelino se heló por un instante. El trajín del fin de semana le había hecho aparcar el tema de la cajera, pero al encontrársela de bruces y por sorpresa el corazón le dio un vuelco. Gimena salía de aquel pasillo cabizbaja y con un pañuelo en sus manos. Al levantar la mirada del suelo, se encontró con los ojos vacilantes e indecisos de Marcelino. Gimena le miró entre sorprendida y afligida como buscando un consuelo que no acababa de encontrar. Marcelino todavía tenía la imagen de aquel motero en la cabeza. Rabioso, retiro la mirada. Fue entonces cuando apoyada sobre el quicio de la puerta Gimena se derrumbó. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin freno a la vez que intensos sollozos entrecortaban su respiración. Marcelino sin dar su brazo a torcer se mantuvo distante. La recepcionista, desconcertada, a la vez que entregaba el cable a Marcelino acarició con poca decisión el hombro de Gimena. Edelmiro Terebelio algo más empático comentó:

– Gimena, entiendo que esto te supere por el momento. Los bajones en la audición son relativamente habituales. Simplemente hay que volver a programar los audífonos para darles más potencia. Vas a seguir oyendo con ellos.

– ¡Estoy harta de estos cacharros! ¡Porqué me tiene que tocar a mí! ¡Yo no quiero ser sorda! – dijo Gimena entre lágrimas sacando su lado más infantil.

Un silencio sepulcral invadió la recepción del lugar por unos instantes. Sólo los intensos y entrecortados suspiros de Gimena rompían la tensa calma allí vivida. La situación era realmente incómoda.

– Quizás deberías ponerte en contacto con gente en tu misma situación. Ellos te pueden ayudar. Necesitas apoyo– se aventuró a comentar la recepcionista algo incauta.
– Ya lo he intentado. Pero se ve que no soy bienvenida en este mundo de sordos– dijo Torremocha medio ahogándose en su llantina a la vez que lanzaba una mirada colérica a Marcelino.

Fue entonces cuando Marcelino con su implante ya funcionando se sintió el ser más miserable sobre la faz de la tierra.

(Continuará…)