Archivo de August, 2014

Marcelino Claverino: El ogro que llevamos dentro

La jornada de trabajo fue un martirio para Marcelino. Se sentía culpable de la difícil situación por la que atravesaba Gimena, pero a la vez no podía alejar de su cabeza la imagen de aquel motero macarra. Además, en lo más profundo de su mente seguía repicando la idea de que Gimena se acercaba a él por puro interés y no por algún motivo amoroso. Aún así, se sorprendió de la frialdad con la que había actuado. Incluso al ver cómo la cajera se sentaba desconsolada en una de las sillas de la recepción desbordada ante la noticia de que su audición había empeorado, Claverino, muy tozudo, se mostró impertérrito.

Él conocía perfectamente el mundo de la sordera y dada la actitud de Gimena intuía que ésta todavía no había superado su discapacidad. Había coincidido en la asociación con multitud de personas que habían necesitado mucho tiempo para comenzar a aceptar que el mundo de los sonidos, tal y como lo habían conocido, se había terminado. Algunas de ellas incluso no llegaban a aceptarlo nunca. Comentaban que en el proceso de aceptación eran típicos los llantos, el ocultar los aparatos y el rechazo a todo lo que tuviese que ver con la sordera. La actitud de Gimena respondía a las mil maravillas a este perfil. Marcelino era consciente de ello, pero los demonios amorosos enmarañaban su mente de tal manera que tras llegar a tan clarividente razonamiento, no podía dejar de sentir rechazo hacia la joven cajera. En su interior, los celos y la desconfianza estaban ganando la partida a la comprensión y la empatía.

Ya en el museo Ptolomeo, la reunión sobre el proyecto de accesibilidad programada para aquel lunes fue un auténtico desastre. Marcelino se perdía en sus antagónicos pensamientos mientras personajes variopintos exponían diferentes alternativas para llevar a cabo el proyecto de accesibilidad. Varias fueron las veces en las que Marisa Flores dio la palabra a Marcelino y éste, despistado, contestó a bote pronto lo primero que le vino a la cabeza. Esta actitud le valió una pequeña reprimenda tras la reunión, aunque esta vez Marisa Flores, mujer poco dada al refuerzo, felicitó con la boca pequeña a Marcelino por la buena impresión que estaban causando en los visitantes sus reseñas sobre los cuadros de Nikito Nipongo.

Al salir del trabajo, sorprendido por las buenas palabras de su jefa, Marcelino se dirigió a casa con la idea de llamar a su amigo y confidente Gustavito Calatrava, quien podría perfectamente seguir en su casa tirado en el sofá durmiendo la mona del fin de semana anterior. A veces, se preguntaba Marcelino qué le habría llevado en su vida a depositar su confianza en semejante personaje. La respuesta nunca la llegaba a encontrar, pero lo cierto es que seguía llamando a aquel zangolotino cuando alguna situación le sobrepasaba. En el trayecto recibió algún que otro wassap de Florinda, al cual, preso de la desesperación, decidió no contestar. Maldijo a los malditos frikis de Silicon Valley. Pensaba que habían dado con el peor invento de la historia de la humanidad.

Cuando llegó al portal y al ir a meter la llave en la cerradura de la inmensa puerta de madera, notó como un afilado dedo golpeaba su espalda. Marcelino se giró sobresaltado y un desconocido señor de avanzada edad dijo:

¬—No te asustes chaval. Te llama aquella chica del banco.
—¡Ay, qué susto me ha dado!— contestó Marcelino con el corazón todavía en la boca— Muchas gracias— apuntilló resoplando mientras lanzaba su mirada hacia la otra esquina de la calle.
—De nada, chaval—dijo el señor sonriendo mientras golpeaba con ahínco la espalda de Marcelino en señal de despedida.

Y allí, en la esquina de la calle, sentada sobre el respaldo de un antiguo banco de madera, pudo ver Marcelino Claverino a Gimena Torremocha vestida con su traje de cajera de hipermercado. Gimena hacía gestos ostensibles con su mano derecha sugiriendo a Marcelino que se acercase. Dudó éste entre meterse corriendo en casa y continuar con su testaruda actitud o dar por fin su brazo a torcer y dejar que la cajera se explicase. Al final, no sin reparos, decidió acercarse. En aquellos veinte metros que le separaban del antiguo y mugriento banco pensó en mil maneras diferentes de iniciar y afrontar aquella inminente conversación.

—Hola Gimena¬— dijo finalmente sin arriesgar al llegar a su altura.
—¿Me puedes explicar de que vas tú por la vida?— contestó sin vacilar bravuconamente Torremocha mientras se incorporaba del respaldo del banco en actitud desafiante.
—Si te vas a poner así Gimena me voy a mi casa— contestó calmado pero seco Claverino.
—Mira niñato, no sabes por lo que estoy pasando con estos cacharros— replicó con los ojos llorosos Gimena mientras se retiraba el pelo de la oreja mostrando sus audífonos — y encima te pido ayuda y me das una patada en el culo. Me ves llorando en el sitio asqueroso ése de los audífonos y eres incapaz de interesarte lo más mínimo. Eres lo peor Marcelino. Eres mala persona.
¬—Mira, Gimenita, no me toques las narices. Primero. Si soy lo peor no sé que haces en la puerta de mi casa como una psicópata esperando a que llegue del trabajo. Y segundo, yo no soy un alma caritativa que va ayudando a los sorditos del mundo. ¿De acuerdo? Si quieres ayuda para superar tus complejos vete a confesar a la iglesia, pero a mi déjame en paz. Yo me esperaba que esto entre tú y yo—dijo Marcelino señalando con el dedo a uno y otro alternativamente— fuese una cosa diferente.

Gimena no pudo dejar escapar un puchero. Sus ojos resquebrajados dejaron escapar unas lágrimas. Hubo unos segundos de silencio. Marcelino chulesco aguantó la compostura.

—¡Eres un ogro!— gritó acto seguido a viva voz Gimena en plena calle justo antes de salir corriendo hacia el supermercado.

Todos los transeúntes allí presentes fijaron su mirada en un ofuscado pero a la vez avergonzado Marcelino. Al sentirse observado, agachó la cabeza e inició el camino de vuelta hacia el portal. La gente, sorprendida, cuchicheaba elucubrando lo que podría estar pasando entre aquellos dos jóvenes con extraños aparatos en las orejas. Marcelino llegó a sentirse como un maltratador. Eso no le gustó. No entendía como no podía controlar a ese, tan bien llamado por Gimena, “ogro” que llevaba dentro. Entró raudo en el portal, subió a casa y se sentó en el sofá. El móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Florinda Biensalida, cual martillo pilón, seguía con su cansina insistencia. Marcelino silenció el teléfono enfadado.

Marcelino Claverino no sabía cómo debía sentirse. Entendía que había actuado con crueldad, pero sus feroces fantasmas le decían que eso era lo que la cajera merecía. Gimena quería aprovecharse de él para superar sus ridículos miedos de sorda, pero al mismo tiempo se veía con otros chicos más apuestos. Definitivamente era lo que se merecía.

Durante la tarde habló con su madre pero no mencionó nada de lo sucedido. No estaba para sermones maternos. Descartó la idea de llamar a Gustavito. Llamó, sin embargo, a un restaurante chino para cenar. Pollo al limón y arroz tres delicias pidió. Al ir a poner la mesa, entre los tupper de comida china, encontró un pequeño pergamino. Era típico en aquel restaurante acompañar las comidas con sabios proverbios chinos. Marcelino lo desplegó.

“Los celos se nutren de dudas y la verdad los deshace o los colma” decía esta vez el siempre oportuno mensaje asiático.

Marcelino se quedó pensativo. La pantalla del teléfono se iluminó. Con desgana echó un vistazo. Esta vez no era Florinda, la aplicación anunciaba un mensaje de Gimena. Sin mucho entusiasmo lo, abrió.

—Que necesite tu ayuda no significa que no pueda sentir algo hacia a ti. Si quieres hablar, podemos quedar en un rato en el Wild Thing. Yo no estoy muy lejos. Por cierto, perdón por llamarte “ogro”—decía conciliador el mensaje.

Marcelino se rompió. Fue en aquel momento cuando decidió que Gimena se merecía una oportunidad. Aquel ogro debía, como había visto en las películas, intentar convertirse en príncipe.

(Continuará…)