Archivo de September, 2014

Marcelino Claverino: Brillo en los ojos

Marcelino siempre había oído en boca de su padre que el paso a la edad adulta se caracterizaba por una extraña sensación de pérdida de ilusión generalizada. A los ojos de Manolo Claverino, ser un adulto no era más que darse cuenta de que todo aquello que te habían prometido de pequeño “era una auténtica patochada”. Un par de desengaños amorosos, la muerte de un ser querido y verte explotado laboralmente por una gran multinacional sin escrúpulos solían ser motivos más que suficientes para perder ese brillo en los ojos tan característico de niños y pre-adolescentes.

—¿Ves las caras grises de los mayores, Marcelino? Estamos amargados. No tengas prisa por crecer, ser mayor es aburrido— solía comentar Manolo años atrás a su hijo cuando le llevaba de la mano al colegio de su barrio.

Hacía tiempo que Marcelino había perdido ese brillo vital en los ojos. La universidad, el trabajo, alguna historia amorosa, amistades traicioneras y otro sin fin de circunstancias se habían encargado de ir apagando esa inocente luz ocular con la que todo ser humano viene al mundo.

Pese a que Marcelino era consciente de ello, sin saber muy bien por qué, aquella noche camino del Wild Thing se acordó de las palabras de su padre. Tenía ganas de ver a Gimena pero había perdido la ilusión casi enfermiza de aquellos primeros días. Tal y como sucede con el salto a la vida adulta, la euforia inicial había dado paso a la resignación y a una extraña sensación de desencanto. Por un lado, desencanto consigo mismo, pero sobre todo con no poder vivir la película romántica que había imaginado. Supuso que uno de los focos de frustración más desagradables que uno pueda encontrar tiene que ver precisamente con no poder experimentar aquello que uno desea. También pensó que aquella lección nadie la impartía en los colegios.

Con las manos en los bolsillos y una oscura camiseta de un conocido grupo musical de los ochenta, entró Marcelino en el tranquilo y bien acondicionado garito de su barrio. Gimena sentada sobre uno de los modernos taburetes de la barra sonrió triste al ver entrar a Marcelino. El póster de los Beatles, como ya era tradición, dominaba la escena. Un vaso de tubo lleno de coca-cola descansaba sobre la barra cerca de la cajera.

—¿Hoy no bebes copas?— preguntó Marcelino sentándose en otro taburete en frente de Gimena.
— No estoy para alcohol— contestó con mirada apenada la cajera.
— Te entiendo, pero yo, pese a todo, me voy a pedir una cerveza—dijo Marcelino mirando al camarero mientras lanzaba un suspiro al aire.
¬¬— Muchas gracias, Marce, por venir. Creo que esta situación es absurda. Tenemos que hablar. Parecemos dos niños pequeños.
— Ya lo sé, yo antes de nada te quería pedir perdón por lo de esta tarde. Me he pasado. No sé en qué estaba pensando.
— No te preocupes. Estamos los dos un poco alterados. A mí esto de la sordera me trae por la calle de la amargura.
— ¿Lo de la qué te trae por la calle de la amargura? — contestó guasón Marcelino sonriendo de manera cómplice a la cajera mientras extendía su mano cerca de su oreja a modo de pantalla.

Gimena, aunque sin cambiar su apenado gesto, no pudo evitar dejar escapar una risueña mueca.

¬— Qué fácil lo tenéis algunos. Esto de no oír forma ya parte de vuestra vida. Pero cuando te llega de sopetón créeme que es una putada — comentó Gimena acto seguido.
— Tienes razón, pero al final es cuestión de asimilarlo. He conocido a mucha gente que ha pasado por algo parecido — replicó algo pedante Marcelino.
—No creo que pueda asimilar que nunca más vaya a volver a oír como antes. Nunca pude imaginar lo importante que es oír. Si no oyes estás fuera del mundo. Es como ir a China y no llevarte ni un diccionario. Estás completamente apartada.
—Pues yo llevo viviendo en China casi treinta años y, aquí estoy, todavía no me he muerto. Como te decía, al final es cuestión de acostumbrarse— contestó Marcelino mostrando poca destreza a la hora de comunicarse con el género femenino.
¿Qué fuiste a China hace tres años? Joder, como viven algunos ¿no?
—¿Yo a China? ¡Pero que dices! ¡Si que te ha pegado fuerte la sordera! ¿Te has puesto los audífonos, Gimena? — dijo Marcelino riéndose casi a carcajadas mientras hacía gestos de ostentosa burla — ¡a mí no se me ha perdido nada con los chinos! — añadió.

Gimena, roja como un pimiento, lejos de tomarse la reacción como una ofensa, sonrió como lo hacen los niños enfurruñados cuando sus padres les toman el pelo. Brazos cruzados, ceño fruncido, mirada de medio lado y una sonrisa traicionera que delata hasta el mejor intérprete. En el caso de Gimena, esa sonrisa, adornada con aquel presumido lunar, era una de las expresiones más cautivadoras que Marcelino jamás hubiera visto. Al tener aquello otra vez frente a sus ojos, comprendió de nuevo por qué aquella cajera del supermercado le hacía perder los papeles de una manera tan perturbadora e insana, pero a la vez tan extraordinariamente maravillosa.

Hubo unos segundos en los que Marcelino navegó por una nube de geniales emociones. Por primera vez desde que entrase en el Wild Thing, se percató de que Gimena era una mujer realmente atractiva. Su ineludible condición de varón le hizo olvidar por momentos todas sus desconfianzas y recelos relacionados con aquella tormentosa relación.

— Estas guapísima Gimena… — soltó de repente Marcelino sumido en aquel torrente de testosterona.

Gimena Torremocha todavía decidiéndose entre el enfado o la carcajada ante las burlas de Marcelino, elevó la intensidad del rojo de su piel pero claramente halagada dijo:

— A este Marcelino me lo han cambiao. Quien te ha visto y quien te ve…¬¬— tras unos segundos de pausa Gimena añadió complacida — Pero creo que así me gustas todavía más.
— Pues ya ves… no hay nada como perderle el miedo a las cosas— contestó Marcelino confiado mientras miraba fijamente a Gimena y agarraba su mano con firmeza.

Volaron los niveles de endorfinas por todos los resquicios del garito. Una bonita canción acompañaba el momento. Un foco de intensa luz parecía iluminar la estampa de aquellos dos tortolitos haciéndoles destacar respecto a la penumbra del resto del bar.

A partir de aquel instante, la noche se convirtió en una nueva primera cita. Aparcados quedaron los problemas que pudieran haber surgido anteriormente. Marcelino ni siquiera pensó en el motero makoki o en los obscuros intereses que Gimena pudiera tener. Tampoco pensó ésta en su sordera, ni en la desagradable reacción mostrada por Marcelino en el banco de la esquina de su calle. Tal y como sucede con las parejas asentadas tras hacer el amor, un pequeño subidón de endorfinas parecía más que suficiente para enterrar todas las rencillas. Ahora bien, tal y como es bien sabido por las parejas de largo recorrido, la química cerebral tienen un efecto pasajero. Cuando la materia gris vuelve a su estado de actividad normal, los miedos, dudas y reparos que parecían enterrados vuelven a brotar mostrando sus más crueles vertientes.

Ajenos a cualquier tipo de posible amenaza futura, e inmiscuidos en su particular estado de profundo enamoramiento, tal y como hicieran días antes, hablaron durante horas de temas que fueron de lo más absurdo a lo más profundo. De lo más comercial a lo más independiente. De lo más romántico a lo más chabacano. Les dieron las mil aquel lunes por la noche en el Wild Thing. Al salir del bar y ya con el camarero echando el cierre a la verja, Gimena se detuvo delante de Marcelino. Agarrados por las dos manos y con la sonrisa floja propia de los enamorados se miraron ambos a los ojos durante unos segundos.

¿Sabes una cosa Marce? — preguntó Gimena con tono sensiblero.
Dime…— contestó Marcelino con ganas de conocer la respuesta.
— Ahora mismo tienes un brillo especial en los ojos. Eso me gusta…

Marcelino, con las endorfinas brotándole hasta por las orejas, sin mediar palabra se lanzó apasionado hacia los labios de Gimena. Ésta, receptiva, no opuso resistencia. Se fundieron ambos en un ardiente beso reconciliador. Pensó Marcelino que pese a todo, la edad adulta en ocasiones te regala momentos extraordinarios. El brillo en los ojos se pierde en el camino, pero vuelve de vez en cuando para recordarnos que no hay nada mejor que volver a ser un niño.

(continuará….)