Archivo de October, 2014

Marcelino Claverino: Sólo escúchame

Jamás olvidaría Marcelino aquella idílica semana. Todavía sumido en el atolondramiento propio del enamorado pasó por aquellos días flotando en baños de serotonina. Todo era genial. La vida era maravillosa. Se levantó con energía todas y cada una de las mañanas venideras. Saludó simpático al portero de casa, al quiosquero, al conductor del autobús y, cómo no, a Don Miguel, el guardia de seguridad del trabajo.

¬— ¿A ti, qué mosca te ha picado Marcelino? ¡Estás que te sales! — Le llegó a decir Don Miguel al ver entrar silbando a Marcelino una de aquellas radiantes mañanas.

Marcelino sobrado de optimismo se limitó a guiñarle un ojo mientras levantaba su pulgar en señal de victoria.

Aquellos días todos sus compañeros le parecieron más simpáticos. Incluso su jefa, siempre gruñona y distante, le resultó algo más campechana y agradable.

El proyecto de accesibilidad seguía su curso en el museo Ptolomeo y un pletórico Marcelino, como miembro del comité de accesibilidad, comenzó a investigar maneras de llevar a cabo la integración de las personas con discapacidad auditiva durante las visitas al museo. Escribió a la directora de la asociación Sordotapias, pues sabía que desde la asociación habían asesorado a diferentes empresas en tal particular tarea. Cines, teatros, hoteles y museos de la ciudad habían pasado por sus manos. Quedaron ambos en verse en la reunión de amigos sordos de la asociación de los viernes por la tarde. Allí hablarían sobre las distintas maneras de dotar al museo de las mejores prestaciones de accesibilidad en función del presupuesto y los objetivos que se planteasen.

Todas las tardes, al volver del trabajo y antes de llegar a casa, se detuvo Marcelino a las puertas del supermercado. Sin llegar a entrar y desde el otro lado de la acristalada puerta automática, saludó cariñoso a Gimena. Ésta, algo cohibida ante la presencia de jefes, compañeros y clientes, se limitó a sonreír desde la caja visiblemente emocionada. Todos los días, al caer la noche y una vez terminada la jornada laboral de la cajera, Marcelino bajó de casa a ver a su chica predilecta. Pasearon sin rumbo por el barrio cogidos tímidamente de la mano. Se sentaron en los bancos de los parques a pasar el rato, tal y como hacían infinidad de adolescentes de la zona en sus tardes muertas. Los restos de pipas, chucherías, cigarrillos y alguna que otra lata de cerveza así lo indicaban.

Gimena, vestida con el traje de faena, parecía cómoda con aquella forma de proceder. Marcelino consciente de la necesidad de empatizar con la mujer durante las primeras citas, se limitó a seguir lo que ésta propusiera. Se moría por invitar a la cajera a su casa, pero creyó prudente no forzar una situación que creía que con el tiempo se daría.

En aquellos románticos paseos, Gimena encontró un magnífico momento de desahogo. El perder audición a tan pronta edad y de una forma tan inesperada estaba siendo un golpe difícil de encajar. El miedo a lo desconocido, al no poder volver a comunicarse con fluidez y sobre todo el miedo al aislamiento social, la tenían completamente bloqueada. Además, el hecho de tener que llevar unos aparatosos cacharros en las orejas suponía un golpe directo a la autoestima de una guapa y coqueta joven como ella.

—Esto es todo menos sexy Marce. ¿Has visto alguna modelo con audífonos alguna vez? No, ¿verdad? Pues por algo será. Me siento fea y ridícula con ellos. Y encima pitan, oigo ruidos molestos y la voz de la gente, incluso la mía, es diferente. ¡Es un asco!— comentó Gimena algo ñoña una de aquellas tardes sentada en uno de los bancos.

Marcelino cayó en la cuenta entonces de que Gimena luchaba por tapar con su cabello suelto la señal más evidente de su discapacidad, los engorrosos audífonos. Nunca la había visto con coleta. Pensó que debía verse magnífica con ella, aún a cuenta de dejar a la vista aquellos aparatos con los que estaba condenada a entenderse de por vida.

Gimena, además, en pocos meses había tenido que aprender un lenguaje completamente nuevo. Audiogramas, cócleas, audiometrías, moldes, pérdidas neurosensoriales, mixtas, conductivas y miles de nuevos términos relacionados con la discapacidad auditiva se habían plantado sin avisar en su vida. Toda aquella información era difícil de asimilar en apenas seis meses. Sentía que, además de tener que aceptar y superar una discapacidad, debía estudiar un master universitario en sordera sin haber opositado para ello.

Marcelino, con la lección de la sordera bien aprendida a lo largo de toda una vida, pero consciente del difícil trago por el que Gimena estaba atravesando, se limitó a escuchar con infinita paciencia todos los miedos que asaltaban a la guapísima cajera. Recordó cómo su madre siempre contaba lo importante que fue para ella al quedar su hijo sordo con dos años, dar con una profesional que en la primera entrevista se limitó a escuchar sus miedos y dudas en relación aquella inesperada y trágica nueva situación.

—En ese momento, lo último que quieres es que te sigan hablando de sordera. Sólo necesitas llorar y contarle a alguien el miedo que tienes. Cuando me enteré que mi hijo era sordo no quería saber nada de audífonos. Sólo quería que me escuchasen, que me abrazasen y me dijesen que efectivamente lo que me había pasado era una auténtica desgracia— había oído Marcelino decir a su madre en más de una ocasión.

Con lo expresado por su madre bien presente, procuró crear un ambiente de confianza en el que Gimena pudiese desahogarse. Más de una vez se le saltaron las lágrimas a la cajera y Marcelino, con un nudo en la garganta, no pudo hacer más que ofrecerle un comprensivo abrazo, tal y como quizás hiciera aquella profesional con su madre casi treinta años atrás. Por otro lado, Gimena por fin había encontrado lo que llevaba seis meses buscando, alguien que se limitase a escuchar sus penas y no intentase quitar hierro a tan complicado asunto. De hecho, estaba harta de escuchar comentarios de sus familiares y amigos que con ganas de ayudar infravaloraban el impacto que la sordera pudiera tener en su vida.

—Ya verás mujer, si hoy en día los audífonos son fenomenales. Tampoco es para tanto, te pones el aparato y es como tener un oído nuevo— había llegado a escuchar Gimena en boca de alguna desafortunada amiga.

El jueves por la tarde, tras el paseo protocolario de cada día, Marcelino acercó a la cajera a la parada de autobús tal y como venía siendo costumbre durante la semana. Sentados sobre el asiento de la marquesina y cogidos de la mano, Marcelino dijo:

—Sabes Gime (la confianza ya le permitía acortar el nombre de su queridísima dependienta de supermercado), creo que te vendría bien pasarte por Sordotapias. Allí hay mucha gente como tú y quizás hablar con ellos te ayude. ¿Qué te parece?
—Ay, Marce, no sé. Me da un poco de palo. No les conozco de nada—contestó dubitativa Gimena.
—Tampoco me conocías a mí de nada y mira cómo estamos…—replicó Marcelino aumentando la fuerza ejercida por su mano sobre la de Gimena a la vez que se acercaba tímidamente hacia ella.
—Pues visto así quizás tengas razón, debería pasarme—dijo Gimena con su característico gesto de avergonzada fogosidad al ver acercase a Marcelino.

Ambos se aproximaron con sigilo e iniciaron enseguida un tierno beso de pareja primeriza.

—Pues mañana tenemos reunión en la asociación. Yo he quedado con la directora— dijo Marcelino de repente con los labios de Gimena todavía sobre los suyos.

Ésta, sorprendida por el comentario en tal romántico momento, se separó de Marcelino con el mismo sigilo con el que se había acercado momentos antes.

— ¿Sabes una cosa, Marce, que llevo preguntándome todos estos días? — dijo mirando sensual a Marcelino.
¿Eh? — contestó éste con cara de pasmarote.
—¿Qué si sabes qué llevo preguntándome todos estos días?— repitió Gimena marcando con sensualidad cada una de las palabras de la oración y acercándose de nuevo melosa a escasos centímetros del zangolotino Marcelino.
—Pues ni idea— contestó Marcelino con cara de adolescente descolocado.
—Pues me he estado preguntado lo siguiente— Gimena detuvo su discurso durante unos segundos, y con sus labios de nuevo sobre los de Marcelino susurró:
—A ver cuándo el chaval éste deja de hacer de psicólogo y me invita a subir a su casa.

El comentario de Gimena cayó como una bomba de pasión bajo la marquesina. Aquella parada de autobús jamás presenció una tensión carnal parecida a la de la joven pareja con aparatos en las orejas. Marcelino siempre recordaría aquel legendario instante. Ambos se fundieron en un casi violento beso.

A la mañana siguiente, el despertador vibró como siempre a las siete y media de la mañana. Gimena yacía completamente dormida al otro la de la cama ajena a cualquier vibración procedente de la alarma. Marcelino despertando dentro de un sueño agarró el teléfono antes de incorporarse de la cama. Un wasap de la ya olvidadísima Florinda Biensalida esperaba a ser abierto.

—Eres el tío más cerdo que he conocido. Más te vale no encontrarte conmigo. Cabrón— decía amenazante el mensaje de una asidua a las reuniones en Sordotapias.

(Continuará…)