Archivo de November, 2014

Marcelino Claverino: Maldito sambenito

Con la entrepierna anudada a la garganta llegó Marcelino a la reunión de Sordotapias. La alargada sombra de la enfurecida Florinda Biensalida se cernía amenazante sobre él. Cada vez que repasaba aquel iracundo mensaje mañanero se le erizaban cada uno de los pelos de su cuerpo. ¿Qué estaba dispuesta a hacer aquella desequilibrada y despechada mujer? Un escalofrío recorría su cuerpo con tan solo plantearse la pregunta.

Había intentado buscar excusas a lo largo del día para no asistir a la reunión, pero el convencimiento mostrado por Gimena y el hecho de haber quedado con la directora de la asociación le hicieron descartar cualquier disparatada idea. Por tanto, no sin antes maldecir a los alentadores Gustavito Calatrava y Rufino Palomino, decidió apechugar y asistir a la reunión como lo habría hecho cualquier otro viernes. Rezó, eso si, para que Florinda tuviese algo mejor que hacer aquella tarde que colgarle el sambenito delante de toda la audiencia sorda de la ciudad.

Los escasos doscientos metros que separaban la parada de autobús de la puerta de la asociación los recorrió Marcelino con una tensión desmedida. Le sudaban las manos y sus ojos disparados buscaban entre los transeúntes la colérica mirada de una mujer sentimentalmente herida. Gimena, completamente ajena a la rocambolesca situación, no hacía más que preguntar nerviosa acerca de las personas que allí conocería. Buscaba de alguna manera que Marcelino rebajase el nivel de incertidumbre que toda persona experimenta antes de adentrarse en un grupo de gente desconocido. Éste, pendiente de otros menesteres, se mostraba indiferente ante las preguntas de la cajera.

—¡Ay Marce! ¡¿Qué te pasa? ¡Estás como ido!— espetó Gimena golpeando con su codo el brazo de Claverino.

Marcelino, saliendo de su paranoico estado mental, balbuceó cuatro palabras sin sentido alguno.

—¿Pero qué dices? De verdad que no sé qué te pasa, los tíos sois rarísimos a veces— sentenció Gimena algo molesta.

En aquel momento enfilaban ya la última manzana del trayecto que les llevaría hasta la asociación. A lo lejos un amplio grupo de personas se hacinaban en corro en frente del portal. Los múltiples movimientos de brazos y manos delataban claramente a los allí presentes.

—Pero Marce tío, no me habías dicho que aquí hablaban con señas. Vaya palo, que yo no tengo ni idea de signos. Quien me manda a mí hacerte caso de verdad—dijo Gimena insegura al ver el panorama desde lejos.

Marcelino, todavía ausente, analizó en cuestión de segundos a todas y cada una de las personas que formaban el corro. La distancia complicaba la tarea de reconocimiento, pero su portentosa agudeza visual le permitió experimentar una transitoria sensación de relajación. Florinda, por el momento, no se había personado.

Al llegar al grupo, Marcelino presentó con decoro y quizás algo presumido a su nueva chica a la vez que oteaba el horizonte de reojo en busca de una mujer fuera de sí. Allí estaban Elenita Piñuelos, Guillermina Seisdedos y algún que otro personajillo conocido en Sordotapias. Todos saludaron cariñosos a Gimena. La intérprete medió con solvencia en la comunicación con los signantes. Mientras esperaban a que alguien de la asociación apareciera, Elenita Piñuelos ya hacía migas con la angustiada cajera.

La puerta de la asociación se abrió súbitamente. Tras ella apareció Teresa Sobrados, directora de la asociación Sordotapias.

—Perdonad chicos. Me he liado en el dentista y he llegado un poco tarde. ¡Ay Marcelino! Había quedado contigo para hablar, ¿no? ¡Qué desastre! Venga, pasad, pasad— comentó angustiada.

Todos los presentes fueron entrando paulatinamente. Como era tradición, una mesa con bebidas, panchitos y aceitunas daba la bienvenida a los amigos de la asociación. Todos se colocaron alrededor de la mesa y continuaron con la charleta iniciada en la calle minutos antes. Gimena seguía hablando con Elenita Piñuelos. Marcelino, todavía con la tensión en el cuerpo, se extrañó de que no hubiese llegado su amigo Rufino. Cayó en la cuenta de que todavía no habían hablado acerca de la nueva situación con Gimena. En seguida, Teresa Sobrados agarró a Marcelino del brazo y como buena conocedora del mundo de la sordera poniéndose delante de él dijo:

—¿Cómo estás Marce? Vamos a mi despacho antes de que empiece a llegar más gente ¿Te parece?
—Por supuesto. Pero déjame que se lo diga a mi amiga—contestó Marcelino señalando a Gimena.
—¿Amiga? Anda Marcelino que menudo pájaro estás tú hecho.

Un sutil gesto con la cabeza bastó para que Gimena quedase enterada de que Marcelino desaparecería por un rato. No pareció importarle mucho a la cajera pues seguía hablando por los codos ya no solo con Elenita Piñuelos, sino con otra chica con audífonos que se había unido a la conversación. Eso le permitió a Marcelino entrar algo menos preocupado al despacho. Florinda Biensalida, eso sí, seguía repicando en su cabeza.

La reunión se extendió por unos cuarenta y cinco minutos. Marcelino pudo centrarse en la conversación. Diversas posibilidades y mediadas accesibles para el museo fueron expuestas por Teresa. Marcelino apuntó minuciosamente todo en un cuaderno y se llevó una guía de accesibilidad para personas con discapacidad auditiva que acababa de publicar la asociación. La directora también se ofreció para asistir a cualquier reunión con el comité de accesibilidad del museo. A Marcelino le pareció una magnífica idea.

Al terminar la reunión y nada más atravesar el umbral de la puerta del despacho, Marcelino abandonó de inmediato el estado transitorio de tranquilidad para volver a la cruda realidad.

—Tú, tú, tú ¡¿pero de dónde has sacado a ese pivón?! Ya decía yo que tu cuelgue no era normal. ¡Pero que máquina!¡Eres mi héroe!¡Dame un beso anda, dame un beso!—gritó exaltado Rufino Palomino mientras agarraba la cara de Marcelino con las dos manos con su característica efusividad.
—Por favor Rufi tío, que te va a ver…—dijo avergonzado Marcelino.
—Por cierto tronco. La Florinda está por aquí. Vaya marrón ¿no? Creo que está en el baño. Esto es como una telenovela. ¡Se va a liar!

Al oír el nombre de Florinda, la cara de Marcelino mutó a un color blanco enfermizo. Su corazón comenzó a latir a una velocidad vertiginosa. Tras unos segundos de bloqueo mental apartó a su amigo de su camino y salió disparado hacia Gimena quien seguía charlando ahora ya con un grupo numeroso de gente. La agarró del brazo y, sin mediar palabra, la arrastró en dirección a la puerta de entrada.

—¿Pero qué haces Marce?— preguntó Gimena entre avergonzada y sorprendida.
—Luego te cuento, tú hazme caso— contestó Marcelino mientras elucubraba una buena excusa.

Gimena asombrada pero convencida de que habría alguna buena razón para salir de allí, siguió a Marcelino. Justo cuando iban a cruzar la puerta de la calle Marcelino Claverino notó como le agarraban por la espalda. Nada más girarse una cantidad considerable de agua impactó sobre su cara. Un doloroso tortazo a mano abierta le cruzó la cara inmediatamente después. Florinda Biensalida gesticulaba y producía sonidos sin orden ni concierto. El humo propio de los cómics emanaba literalmente por cada una de sus orejas.

—Florinda dice que eres un impresentable. Y pregunta que si esa cualquiera es el motivo por el cual no la has vuelto a escribir— tradujo cohibida desde la distancia la intérprete de lengua de signos.

Marcelino miró con carita de perro degollado a Gimena. Ésta no supo como reaccionar. La multitud quedó callada. Un silencio nervioso se apoderó de la estancia. Instantes más tarde una sonora carcajada liberó la tensión. Rufino Palomino se tronchaba de risa tirado sobre uno de los sofás de la asociación Sordotapias.

(Continuará)