Archivo de December, 2014

Marcelino Claverino: El concierto

— No seas pesado tío — dijo Marcelino empujando con desprecio a su amigo Rufino Palomino.
— Cómo te pones macho. Sólo preguntaba — contestó éste un tanto sorprendido.
— Es que llevas veinte minutos dando la matraca y ya te he dicho mil veces que Gimena no me dijo absolutamente nada. Hizo como si nada hubiera pasado.
— Es que entonces no se cual es el problema Marce — sentenció Rufino elevando un tanto la voz.
— Pues que seguramente no dijera nada por que ella también estuvo con el asqueroso de la moto durante esos días.
— Madre mía, eres un rayao… — contestó resignado Palomino.
— ¡Ey chavales! — interrumpió dando empujones a todo el mundo en la cola un exaltado Gustavito Calatrava— me han dicho los de seguridad que abren las puertas en veinte minutos. Serán cabrones.
— Toda la vida igual estos mamones del Jazzmatazz, siempre haciendo esperar a la gente — murmuró airado un personaje barbudo situado justo detrás del grupo de amigos.
— ¡Chusma! — gritó al cielo mirando hacia la puerta Rufino como si su grito fuera a adelantar el inicio del concierto.

De vuelta a casa, con los dedos de Florinda marcados en la mejilla, Marcelino no se atrevió a abrir la boca. La situación era tan obvia que descartó plantear cualquier tipo de excusa. “A lo hecho, pecho”, pensó. Gimena lejos de entrar en cólera, se limitó a mirar al suelo con la cara impávida de quien parece digerir una mala noticia. Sin embargo ciertas miradas y sonrisas cómplices desconcertaron a Marcelino. La guinda la pusieron las palabras de despedida, las únicas de aquella noche. “Vaya con el que no rompía un plato” se limitó a decir Gimena casi picarona mientras se lanzaba cautelosa a los labios de Marcelino.

—¡Que no seas pesado!—grito Marcelino elevando la voz sobre los intermitentes punteos de guitarra provenientes de la prueba de sonido.
—Oye que sólo pretendo ayudar. Si hay que darle un sustito al “motero makoki” se le da. Ya sabes que sólo tengo que descolgar el teléfono y se planta to mi barrio donde digas—comentó ahora ya jocoso y algo intrigante Rufino.
—De verdad que dices unas tonterías—contestó con cierto desprecio Marcelino, consciente de la burla a la que estaba siendo sometido.
—Además, tronco, lo mismo le van las relaciones abiertas. Rollo libertarias. Ya me entiendes….—dijo ahondando más en la burla Palomino.
—O lo mismo no soy más que el segundo plato. El sordito tonto. El amiguito con el que llorar—dijo mirando al tendido Marcelino removiendo repentinamente miedos que parecían ya enterrados.
—¡Marchando las primeras birritas señores!¡Fresquitas, fresquitas! Por cierto, había unas chavalitas en la barra que cuidadín. Me han guiñado un ojo. No te digo na y te lo digo to. Ya me entendéis, ¿no? Además teniendo en cuenta el estado de seducción en el que se encuentra Don Marcelino Claverino ¡Habrá que atacar!—dijo Gustavito haciéndose hueco entre las ya pobladas primeras filas de la sala.

Tras despedirse de Gimena, y ya en casa, Marcelino como de costumbre no paró de darle vueltas a la cabeza. Preparó la mochila para el partido con los Little Thunders. Echó un vistazo a los horarios de la jornada liguera y llamó a su madre. Charlaron sobre la semana y lo mucho que ella le echaba de menos desde que se había emancipado. Prometió Marcelino asistir a la reunión familiar que sus abuelos organizaban el domingo por la noche. Uno de sus primos pequeños cumplía dieciocho años y lo habrían de celebrar. Brevemente mencionó sus citas con Gimena. No quería dar demasiados detalles. Sabía de buena mano que su madre se solía emocionar enseguida, imaginándose a su hijo, por fin, en el altar. Si habló sin embargo en profundidad sobre ello con la voz de su conciencia. Pese a las eventuales borracheras y enajenaciones mentales transitorias de su gran amigo Gustavito Calatrava, sabía que en un estado sereno no había mejores consejos que los suyos. O al menos así a él le parecía.

Gustavito escuchó paciente a Marcelino. Valoró la buena actitud mostrada por Gimena quien lejos de enfadarse ante semejante panorama, se había mostrado cautelosa y comprensiva. Intentó mitigar las irrefrenables paranoicas ideas que como siempre comenzaban a brotar en la cabeza de Marcelino. Gustavito conocía bien a su amigo. Sabía que debía cortar la concatenación de absurdos razonamientos que empezaban a hilarse en su mente. Intentó hacerle ver las grandes muestras de interés mostradas por Gimena durante aquellas tardes de paseos adolescentes, así como las infundadas sospechas sobre el “motero makoki”. Además, para apaciguar los ánimos sugirió a Marcelino que le acompañase al concierto de un decadente grupo independiente nacional al que solían seguir en sus años universitarios. Por allí andarían antiguos amigos de la universidad, entre ellos Antonio Limonero y sus secuaces. Las entradas correrían de su parte, pues sus colaboraciones periodísticas con diversas revistas musicales le permitían acceder a entradas gratuitas en determinados eventos. Reiteró que Rufino Palomino, con el que había hecho buenas migas en la ya remota desquiciada noche en el “Déjate Llevar”, estaba también invitado.

— ¡Marce! ¡¿Te acuerdas de la primera vez que escuchamos a esta gente?! No hacía mucho que te habían puesto el implante. Me acuerdo que saqué mi mp3 aquel cutre que tenía y me quedé flipado cuando conectaste el cable al aparato. Te acababa de conocer y me pareció una cosa futurista. Me acuerdo como si fuera ayer, me dijiste que con el implante la música la percibías mejor que con los audífonos y que aquello había cambiado tu vida — comentó exaltado y un tanto nostálgico Gustavito instantes antes de que la banda apareciese en escena.
— Si me acuerdo macho. Y ahora míranos, diez años después llorando las penas con los mismos mamarrachos— dijo Marcelino aguando la fiesta justo cuando el cantante principal aparecía en escena y la multitud comenzaba a lanzar enfermizos vítores.
— ¡Ni penas, ni nada Marce!¡Eres un tío con suerte!¡Vaya novia te has echado!¡Ahora a disfrutar de estos grandes!— gritó enardecido Gustavito agarrando por los hombros a sus dos amigos implantados y poco convencido de que alguno de los dos le hubiese escuchado dadas la algarabía originada.

Rufino Palomino poco asiduo a aquellos conciertos, pero contagiado por el ambiente de treinteañeros sedientos de recuerdos de tiempos pasados, alzó los brazos al cielo dispuesto a dejarse el alma con aquella música, la cual más tarde paradójicamente tacharía de pusilánime.

Los primeros acordes guitarreros comenzaron a invadir la sala. La batería y el bajo se unieron enseguida a la pegadiza melodía. Las luces de colores apuntaban en diversas direcciones haciendo vislumbrar entre el público por imperceptibles espacios de tiempo caras de absoluta felicidad. El aspecto decadente y desfasado de la banda ponía la puntilla a la locura colectiva allí vivida. La gente saltaba desenfrenada esperando con impaciencia el momento en el que comenzarían a desgañitarse cantando las estrofas y estribillos de todas y cada una de las canciones de la banda. De repente saliendo de la nada y poseído por un sentimiento de efervescencia generalizada, Antonio Limonero apareció entre la masa lanzándose por la espalda al cuello de los tres amigos. Justo en aquel preciso instante las primeras palabras entonadas por el cantante acompañaron las enérgicas melodías instrumentales, Limonero enajenado acompañó a gritos la letra abrazado a sus añorados amigos.

“Ahora sé que nos parecemos,
ahora parece que sé
que tú y yo somos igual”

Gustavito y Rufino, enseguida se subieron al carro de enajenación mostrado por Antonio. La sala Jazzmatazz iba a estallar. Marcelino, sin embargo, inmiscuido en sus pensamientos parecía vivir ajeno al ambiente allí generado. Retiró de su hombro el brazo de Antonio Limonero. Lejos de saltar se mantuvo quieto como una vela. La luz de un foco rosado mostró por un segundo un rostro que distaba mucho de la felicidad absoluta.

(Continuará)