Archivo de January, 2015

Marcelino Claverino: Todo queda en familia

La familia materna de Marcelino Claverino estaba ya completamente adaptada a la sordera de uno de sus miembros. Los audífonos e implantes formaban parte desde hacía tiempo de la rutina familiar y, aunque a un observador externo pudiera resultarle extraño, nadie caía ya en la cuenta de lo atípico de aquella situación. Tíos, primos y abuelos habían integrado en el inconsciente las diferentes pautas de comunicación que Marcelino demandaba. La naturalidad y fluidez con la que toda la familia actuaba para facilitar la inclusión de Marcelino era digna de admirar. La abuela, doña Valentina Claverina, bajo una halo de sapiencia y sensibilidad que sólo dan los años, solía comentar que su familia había demostrado a pequeña escala la tendencia natural del ser humano a ayudar e integrar a aquellos que más lo necesitan. Paradójicamente no había sido necesario que ninguno de los allí presentes tomase cursos sobre sordera, la simple interacción con Marcelino a lo largo de los años había producido un ajuste en la dinámica familiar realmente extraordinario. Con un gran sentido común, Valentina Claverina se preguntaba si aquel minúsculo experimento social producido en su familia, no tendría algo que mostrar a la sociedad en su conjunto. “Quizás sólo con que la gente conviviese unos días con chicos como Marcelino, se facilitaría que todo el mundo aprendiese a tratar con ellos. Así les haríamos la vida más fácil. Si es que no cuesta nada, pobrecicos”, solía comentar la abuela en las reuniones familiares con los ojos vidriosos mientras contemplaba orgullosa a su nieto.

La repentina sordera de Marcelino producida por aquella inoportuna meningitis no sólo había causado estragos en sus padres. En la sombra, y con la responsabilidad de mantener la serenidad en un momento tan delicado, los abuelos de Marcelino también habían sufrido con los vaivenes de unos tiempos tumultuosos. Con los años, Valentina Claverina llegó a confesar interminables y desconsoladas llantinas nocturnas solo compartidas con su marido. No quería mostrar ni un ápice de fragilidad ante su ya de por sí desbordada hija. También contó cómo su marido, devoto religioso, en aquellos días se levantaba temprano para ir a la iglesia. Allí rezaba un rosario y encendía una vela a San Cristóbal todos y cada uno de los días de la semana. Marcelino Claverino, más bien escéptico en los temas religiosos, siempre guardó cierto cariño a la figura de aquel Santo que durante años contempló en la parroquia del barrio de sus abuelos. Una estampita de San Cristóbal, roída por el paso del tiempo, todavía le acompañaba escondida, casi avergonzada, entre tarjetas de crédito y fotos de carnet en su cartera.

Marcelino adoraba a su familia, especialmente a sus abuelos. Éstos se habían volcado en ayudar a sus padres en la difícil tarea de sacar adelante a un niño con discapacidad. Igualmente sus tíos y primos habían supuesto un gran apoyo para él. Consciente del esfuerzo de toda la familia, les estaría eternamente agradecido. Sin embargo, aquel domingo, tenía pocas ganas de compartir la tarde con todos ellos y, menos, de poner su mejor cara en la celebración cumpleañera de su a partir de entonces adulto primo Alvarito. Aún así, llevado por su instinto de unión familiar y, sobre todo, por no tener que aguantar los lamentos de su madre acudió a la fiesta de cumpleaños en la aburguesada casa de sus abuelos.

Una hora más tarde de lo acordado llamó Marcelino al timbre de la puerta. Pensó que ahorrarse las primeras charletas previas a la merienda le haría la tarde algo más llevadera. Había intercambiado algún wasap con Gimena por la mañana. Ésta seguía igual de cariñosa y hasta incluso mostraba cierta impaciencia ante la inminente próxima cita. No hubo ningún comentario acerca del incidente en Sordotapias, lo cual a Marcelino le seguía desconcertando.

La puerta la abrió su tía Juani, madre del cumpleañero, la cual portaba un collar hawaiano amarillo chillón.

—¡Ay Marcelino, por fin llegas! Estamos a punto de empezar con la merienda. Hay que ver lo pesaditos que sois los jóvenes solteros. Siempre llegando tarde. Anda, pasa. ¡Pero que guapo estás hijo mío!¡Dame dos besos anda!— dijo su tía mientras le besuqueaba insistentemente los dos carrillos con su habitual espontaneidad.

Al entrar en el salón, toda la familia se hacinaba alrededor de la mesa del comedor. Gorritos de fiesta, bigotes de plástico, más collares hawaianos, globos y serpentinas, dominaban una escena con amplios tintes festivos. “Felices 18, Alvarito”, rezaba un colorido cartel sobre el marco de una de las puertas.

—¡Hombre, el que faltaba! ¡Venga macho, que estamos aquí salivando como los perros de Pavlov! — espetó a modo de cordial saludo uno de sus tíos.
—¡Venga niña saca ya la comida, que ha llegado Marcelino!— gritó su abuelo quien como siempre presidía con hechuras de patriarca gitano la mesa del comedor.
—Hola familia— dijo para el cuello de su camisa Marcelino mientras saludaba con su mano con poco entusiasmo.

Acto seguido se acercó a su primo Alvarito para felicitarle. Éste, como buen post-adolescente con ganas de mostrar al mundo su madurez, exhibió cierta indiferencia cuando Marcelino le entregó su regalo. Justo en el momento en el que Alvarito abría el envoltorio, Marcelino se encontró con los ojos asesinos de su madre, la cual entraba al salón procedente de la cocina. Manuela Claverina era muy quisquillosa con la puntualidad. Marcelino respiró hondo a la vez que devolvía una mirada de paciencia a su contrariada madre.

Enseguida fue llegando la comida a la mesa. Sándwiches, jamón, queso, aceitunas, frutos secos, patatas fritas y demás alimentos propios de meriendas de cumpleaños poblaron la mesa. Por supuesto no faltaron tampoco los refrigerios. Fantas, coca-colas y trinaranjus para los pequeños, cerveza y vino para los adultos. La comida fue desapareciendo de los platos a una velocidad vertiginosa. Mientras tanto se sucedieron conversaciones sobre deportes, noticias de actualidad y, cómo no, política. El abuelo Claverino solía exaltarse en exceso al hablar sobre tan delicado tema, por lo que desde que en una ocasión tuvieran que llevarle al hospital bajo la sospecha de un amago de infarto, la familia tendía a no discutir demasiado y sobre todo no llevar la contraria al vehemente abuelo.

Marcelino, enclaustrado en su mundo, mantuvo pequeñas conversaciones paralelas con alguno de sus primos mayores, pero no quiso intervenir en la conversación principal de la mesa. Su cabeza estaba en otras cosas.

— Bueno Marcelino ¿y tú, qué tal? ¡Que no has abierto el pico! ¿Te echas novia o qué? Que como sigas así se te va a pasar el arroz— interrumpió su tía Juani, una fanática de la prensa rosa familiar.

Marcelino estaba acostumbrado a las burlas amorosas de su tía, pero aquel día no estaba de humor.

- No, tía, nada de novias — contestó secamente.
— Ay, hijo, pues qué aburridos sois los hombres de hoy en día. A mí a tu edad se me tiraban al cuello. No me creo que no liguéis nada. Todos los primitos igual. ¡Qué aburridos! — replicó guasona Juani.
— Que no Juani, no le hagas ni caso. Que yo sé que lleva unos días viéndose con una chica que le gusta mucho — interrumpió Manuela Claverina muy inoportuna.

Nunca Marcelino miró a su madre con una cara de odio como la de aquel día.

—¡Ay, no me digas! ¡Que Marcelino se nos ha echado novia! ¡Qué alegría! ¿Y qué es compañera del trabajo?
— Qué va mujer, ¡la cajera del supermercado de su barrio! — gritó a los cuatro vientos Manolo Claverino quien en aquel momento se lanzaba a coger un trozo de jamón.

Para entonces toda la familia ya estaba mirando a Marcelino. Éste, rojo como un pimiento, lo único que quería era lanzarse al cuello de sus dos progenitores.

— ¡Marcelino, hijo, cuenta algo! ¡Que no pasa nada! ¡Si todo queda en familia! — gritó exaltada otra de sus tías quien en ese momento entraba desde la cocina portando una tarta con dieciocho velas prendidas.
— ¡Habemus boda! — vociferó alguien con un tono de voz algo chisposo.

En ese preciso instante se apagaron las luces del salón y todos comenzaron a cantar al unísono el “cumpleaños feliz”. Marcelino con un gorrito de payaso y un matasuegras de los chinos en la boca, se unió al coro con la misma ilusión que lo habría hecho un hombre condenado a la muerte.

(Continuará…)