Archivo de February, 2015

Marcelino Claverino: Cambio de ruta

La semana fue transcurriendo con relativa normalidad para Marcelino. Consiguió concertar una reunión con Teresa Sobrados, la simpática y siempre ocupada directora de Sordotapias y el equipo de accesibilidad del Museo Ptolomeo. Marcelino tenía la sensación de que las aportaciones de la directora serían de gran ayuda para el proyecto de accesibilidad. Mientras llegaba la fecha de la reunión, él aprovecharía para ir leyendo la guía que la propia Teresa le había entregado el día en el que Florinda Biensalida le cruzó la cara en la asociación de sordos. Acondicionamiento acústico en las salas, audioguías con bucle magnético y videoguías subtituladas y con intérprete de lengua de signos eran medidas que comenzaban a discurrir y tomar forma en su cabeza.

Durante la semana continuaron los paseos vespertinos con Gimena Torremocha. Ésta, algo más calmada en relación a su adaptación audioprotésica, seguía sin mostrar preocupación alguna respecto a la más que evidente romántica aventura de Marcelino. De nuevo no hubo ni una sola alusión a lo acontecido. Ni una minúscula muestra de resentimiento o celos. Los ya conocidos fantasmas de Marcelino surcaban su mente cada vez que volvía a casa tras dejar a Gimena en la parada del autobús. Cualquier persona normal se hubiese mostrado molesta o al menos intrigada, pensaba. ¿Qué extraños intereses llevaban a la joven cajera a pasar por alto tan indecoroso comportamiento por parte de Marcelino? El motero “makoki” y la siempre acomplejada sensación de sentirse utilizado emanaban silenciosos desde las profundidades de su mente inconsciente.

El jueves por la tarde, la recién estrenada pareja decidió cambiar la ruta de su cada vez más tradicional caminata urbanita. Las calles del céntrico barrio comenzaban ya a resultarles demasiado conocidas. Comentaron la curiosa tendencia del ser humano a repetir una y otra vez las mismas rutinas. Unos pocos días deambulando de la mano entre las tortuosas e intrincadas calles del vecindario, les habían bastado para predecir con cierta exactitud lo que allí ocurriría casi a cada instante. Entre juegos y risas, habían sido capaces de vaticinar quién se sentaría en los bancos del parque, quién estaría fumando en la puerta del bar de la esquina o incluso qué chiquillos comprarían chucherías en las tiendas chinas de ultramarinos. Les resultó curioso ver cómo la vida parecía repetirse un día tras otro, casi idéntica, en un círculo vicioso interminable donde los actores de la película parecían condenados a interpretar el mismo guión cada veinticuatro horas.

Marcelino se preguntó aterrado si no serían ellos mismos también parte de aquel accidentalmente diseñado plató. Reflexionó absorto sobre la curiosa paradoja que envuelve a la rutina. Uno la desea tanto como la detesta, la busca tanto como la evita. Un escalofrío incómodo cruzó su espalda.

Gimena, sin embargo, se tomaba aquello como un simple juego. Una divertida manera de pasar la tarde. Se reía intentando adivinar qué personaje se cruzarían al girar la esquina de la calle. Competía como si le fuera la vida en ello viendo quién acertaría un mayor número de acontecimientos.

Marcelino Claverino, agobiado por la idea de volver a la rutina, propuso aquel jueves extender el paseo por otros barrios de la ciudad. Gimena, siempre abierta a nuevas experiencias, vio la proposición con buenos ojos. En seguida, las nuevas calles se abrieron ante ellos para ser descubiertas. Rápidamente atravesaron una zona conocida en la ciudad por su marcha nocturna. Las verjas echadas de los bares de copas, la luz natural reflejada en su edificios, las calles libres de jóvenes enloquecidos y la aparente normalidad reinante entre sus paseos y bulevares dotaban a aquel barrio de una nueva atmósfera que ellos, visitantes nocturnos de fin se semana, nunca habían disfrutado.

Atravesaron también un pequeño parque escondido a los pies de un gigantesco edificio de oficinas. Marcelino había pasado por allí montado en el autobús miles de veces pero nunca se había molestado en adentrarse en él. Se quedó impresionado con el reducto de paz generado en plena ciudad entre aquellos árboles. Unos señores mayores sentados en una mesa jugaban al ajedrez como si tal cosa ajenos a la presencia de la joven pareja. Marcelino al ver la normalidad con la que aquellos dos ancianos se desenvolvían se preguntó si estaría presenciando a dos nuevos actores interpretando su guión diario en un escenario diferente.

El paseo se prolongó por unas cuantas horas. Nuevas estampas se descubrieron a cada paso. El sol iba cayendo y, con él, el ambiente de la ciudad iba cambiando. Los bares comenzaban a llenarse, las luces artificiales de las farolas empezaban a pedir protagonismo y los niños agotados desfilaban en procesión desde los parques hacia sus casas. Rutinas y más rutinas. Pero esta vez todas ellas inéditas a los ojos de Gimena y Marcelino. Tuvo éste la sensación de ser un turista en su propia ciudad, de estar descubriendo aspectos en ella que hasta entonces habían permanecido ocultos.

Con la emoción de un romántico paseo y el cansancio en las piernas propio de una larga caminata, llegaron ambos de nuevo, tal y como dictaba su costumbre, a la parada del autobús. El sol ya se había puesto y, como solía suceder a esas horas, nadie más esperaba al autobús.

- ¿Sabes lo que creo Gime?—soltó de repente Marcelino nada más sentarse en los asientos de la parada. Tras unos segundos de silencio, añadió—Creo que los sitios en realidad son momentos. Lo que sucede alrededor de un lugar es realmente lo importante, no el sitio en sí.
- A ver mi filosofillo, nos lo hemos pasado genial, no le des más vueltas. Disfruta de las cosas. A veces piensas demasiado— contestó Gimena con un toque de pragmatismo a la vez que agarraba de los mofletes a Claverino.
- No, en serio, piénsalo. ¿Cuántas veces has ido a ver un monumento a una ciudad que se suponía debía ser espectacular y no te ha gustado? Muchas ¿verdad? Pues seguramente lo que pasó es que no fuiste en el momento indicado. ¿Lo pillas? El momento es fundamental. El lugar es lo de menos.
- Madre mía. Cuando te pones así mira que eres pesadito. ¡No pienses tanto! ¡Disfruta!— replicó Gimena con un tono de cierta admiración pero a la vez desesperación mientras se lanzaba a dar un beso al joven implantado.
- ¿Pero cómo no voy pensar? Yo no paro de pensar continuamente. Si no pensase sería un perro o un bonobo. Los humanos pensamos. Por eso somos humanos.
- Cierra el pico y dame otro beso, pesado—dijo Gimena mientras se acercaba coqueta a Marcelino.
- Tú ¿Qué pasa, que no piensas?¿Vas por la vida sin reflexionar sobre las cosas? dijo Marcelino algo guasón aceptando el envite de la cajera.
- Salvo por los aparatos éstos que me tienen amargada, simplemente acepto las cosas como son. Prefiero disfrutar de lo que la vida me ofrece— contestó Gimena mientras le daba un ardiente beso a Marcelino— que rayarme por cosas que no puedo controlar, ¿entiendes?— añadió con cara de circunstancias a la vez que separaba de un enérgico empujón a Claverino.

Un incómodo silencio invadió la marquesina. Marcelino se quedó callado con cara de pasmarote. En seguida, Gimena le lanzó una coqueta sonrisa.

- Alegra esa cara, atontao. Que no se por qué me gustas tanto.

Justo en ese momento el autobús número veintinueve se detuvo junto a la parada. Se abrieron las puertas y Gimena se subió al mismo de un delicado brinco.

- Llámame mañana, lelo—dijo la cajera mientras tiraba un beso al aire justo antes de que se cerrasen las puertas.

Marcelino subió a su casa completamente descuadrado. La cara de pasmarote le acompañó durante todo el trayecto. Gimena era tan impredecible como enigmática. No había nada más atractivo para él. Se sentó en el sofá de casa confundido. Agarró la novela que acababa de empezar a leer. Tras una rápida lectura, una frase destacó sobre las demás. “A veces un simple cambio de ruta basta para descubrir un nuevo mundo. No busques grandes revelaciones, simplemente cambia la forma de mirar las cosas, quizás así comprenderás”.

Marcelino se reclinó sobre el sofá. Los paseos, las ciudades, las rutinas y su relación con Gimena se entremezclaron en su mente con un único telón de fondo. Un cambio de ruta.

(Continuará…)