Archivo de April, 2015

Marcelino Claverino: Ataques de risa

— La seguridad es una cualidad sobrevalorada. Ya sé que a las mujeres os vuelve locas el típico machito que va sobrado de confianza, pero sinceramente a mí me parece una horterada.
— Pues a mí un hombre así decidido, que no duda y va por la vida con las cosas claras me derrite que no veas. Y si encima tiene una buena molla ya ni te cuento — dijo entre risas Trinidad García mientras miraba cómplice al resto de mujeres que componían la mesa.
— ¡Calla, calla! Que me pones de mala leche. No ves que la seguridad es el refugio de la ignorancia ¿A qué sí, Marce? — contestó ofuscado Gustavito Calatrava.
— ¿Eh? Perdona, macho, es que no me he enterado — respondió Marcelino confundido por el ruido presente.
— ¡Tronco, enciende el aparato! Que le estoy diciendo a Trini que la seguridad mata la curiosidad. Un tío de estos sobrado de confianza seguramente no se haga muchas preguntas. ¿De qué va a estar seguro? ¡Pero si la vida es de por sí una incógnita!
— Hombre, Gustavo, yo que sé, te pones muy trascendental. Si a la chica es lo que le gusta… — contestó Marcelino haciendo un esfuerzo previo por leer los labios de Gustavito.
— Venga, anda, ahora ponte de su lado. Vaya colega tengo.
— ¿Ves? Hasta tus amigos me dan la razón. La seguridad en un tío es fundamental. Es una muestra de hombría ¬– apuntó Trinidad.

El sol había aparecido resplandeciente aquel domingo por la mañana. Cuando así ocurría, la gente salía en masa a la calle como lagartos en busca de su necesitada dosis solar. Las terrazas se llenaban de familias y grupos de amigos. Las calles de corredores estacionales. Los parques de divertidos niños sonrientes. Los pantalones cortos y gafas de sol remataban la estampa primaveral. La ciudad parecía revitalizarse al amparo de la venerada estrella solar.

Marcelino y sus amigos, siguiendo la corriente popular, habían decidido reunirse en torno a unas cervezas en el barrio hipster de la ciudad, barrio en el que Marcelino un tiempo atrás viera su primera película junto a Gimena en los cines Kayak. Alrededor de la plaza principal del vecindario se amontonaban infinidad de incómodas mesas y sillas plateadas, todas ellas ocupadas por hombres de barba desaliñada y mujeres con extraños sombreros. Los camareros, también modernos, salían y entraban de los bares a velocidades vertiginosas con cañas, refrescos y variadas tapas en sus bandejas.

Entre la multitud, en una de las mesas, el grupo de amigos intentaba mantener una conversación bajo el cada vez más incesante bullicio. Allí estaban Gustavito Calatrava, Antonio Limonero y el implantado Rufino Palomino. También algunas amigas de la facultad y Trinidad García, una guapa jovencita a la que Gustavito había conocido por casualidad unos días atrás en el andén del metro. Gimena Torremocha, pese a unas iniciales reticencias, se había unido también al grupo. Marcelino, orgulloso, no cabía en sí de gozo al poder presentar oficialmente a todos sus amigos a su tan deseada conquista.

— No entiendo nada de lo que dicen — dijo Gimena al oído de Marcelino mientras Gustavito seguía defendiendo con heroicidad su postura sobre la seguridad masculina.
— Háblame de frente que si no no me entero Gime — contestó éste.
— Que digo que con este ruido no me entero de nada. No sé de lo que están hablando — repitió Gimena separándose unos centímetros.
— Yo tampoco me entero. Intento concentrarme en los labios pero a veces es imposible. Mira a Rufino, está como nosotros, no se entera. Menudo personaje.

Rufino, sentado en la esquina opuesta a la pareja, miraba embobado a las modernas que pasaban junto a él. Gimena, al percatarse, comenzó a reírse por lo bajo. Unos coquetos mofletes sonrojados se adivinaron en su cara. Marcelino conocía bien esa presumida expresión. En un impulso instintivo, la agarró fuerte de la mano por debajo de la mesa. Gimena, conocedora ya del código no verbal creado entre ambos, se ruborizó todavía más. Sin embargo, contestó al mensaje dejando deslizar su dedo índice con sumo cuidado por el antebrazo de Claverino. El resto de la mesa, sin percatarse de los jueguecitos que algunos se traían entre manos, proseguía con la conversación.

— Mira, Trini, el problema del mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de certezas. Y no lo digo yo, lo dijo en su día un famoso filósofo — profirió ya a voz en grito Calatrava.
— ¡Uy!, ya se está alterando. Trinidad déjalo, cuando se pone así es insoportable. No se puede hablar con él. Te lo digo yo que le conozco desde hace tiempo — dijo intentando cortar la tensión una de las amigas universitarias.
— Déjale. Si yo no me enfado. Me hace gracia ver cómo se altera — contestó.

Rufino Palomino, con un inicio de cuadro de tortícolis, seguía absorto mirando a las mujeres pasar. Marcelino, algo socarrón, le hizo un gesto con las manos para romper su embobamiento. Siete u ocho intensos movimientos de brazos fueron necesarios para que Rufino volviese a la realidad. Un sonrisa picarona se dibujo en su rostro al percatarse de que Marcelino y Gimena le estaban observando. Acto seguido acompañó la sonrisa con un gesto un tanto degenerado. Se mordió el labio inferior, puso los ojos en blanco, ladeó la cabeza y frotó su pecho con la mano en exagerados círculos . Estaba claro lo que Rufino estaba pensando. Gimena y Marcelino comenzaron a reírse a carcajadas. Tal fue la intensidad y vehemencia de su jolgorio que el resto de la mesa detuvo la conversación de inmediato.

— ¿Pero qué le pasa a estos? — preguntó extrañado Antonio Limonero.
— Ni idea. Serán cosas de sordos — añadió todavía irritado Gustavito.

El ataque de risa fue en aumento. Rufino, tras un primer momento de confusión se unió también a la jarana. Esto no hizo más que potenciar la intensidad de las carcajadas de la pareja. Marcelino, repanchingado sobre la silla, intentaba coger aire mientras se le saltaban las lágrimas típicas de profundas risotadas. Gimena, aunque cortada, se reía también a mandíbula batiente.

El bien conocido efecto contagioso de la risa comenzó a pulular por la mesa. Unas primeras sonrisillas inocentes de algunos de los presentes dieron paso a carcajadas cada vez más exageradas. De repente y sin saber muy bien por qué, la mesa al completo se estaba tronchando de risa. Se intercambiaban miradas de desconcierto entre los comensales en un baldío intento de encontrar una explicación a lo que allí estaba sucediendo. Paradójicamente, esto no hacía más que aumentar exponencialmente la frecuencia e intensidad del alborozo.

Después de unos segundos en los que la gente pareció disimular y hacer verdaderos esfuerzos por contenerse y volver a la normalidad, Rufino, con el habla entrecortada, dijo:

— Gustavito, tío, no tengo ni idea de lo que estás contando porque con los cacharros estos no me entero de ná. Pero cállate ya y disfruta de la chavala ésta que te has traído. Que mira como estamos otros…

Las últimas palabras fueron ininteligibles. Las carcajadas alcanzaron su máxima expresión. El resto de los amigos rompieron entonces la risa contenida en esa falsa calma tan característica de ataques de risa colectivos. La plaza pareció silenciarse por unos instantes. Todos los ojos se centraron en aquel impertinente pero feliz grupo de amigos que reía incesantemente.

Desde aquel momento, les fue imposible mantener una conversación. Inocentes sonrisillas amenazaban con volver a desencadenar el ataque colectivo. Al terminar la velada a todos les quedó el regustillo de haber pasado una inolvidable tarde. Marcelino y Gimena, tras despedirse de sus amigos, anduvieron juntos hasta la parada de metro más cercana.

— Hacía tiempo que no me reía tanto — dijo Gimena frente a la boca de metro.
— Y que lo digas. Me encanta verte sonriente y feliz —contestó Claverino mientras se lanzaba a dar un beso a la cajera.
— Muchas gracias Marce, me hacía falta algo así — susurró ésta con los labios de Marcelino ya sobre los suyos.
— ¿Por qué no vienes a casa? — preguntó Claverino obnubilado mientras se agarraba a la cintura de Gimena con ahínco.
— Me encantaría pero no puedo Marce. De hecho, vienen a buscarme.

Justo en ese momento una moto se detuvo junto a la acera. Un hombre con un casco que a Marcelino le resultó familiar hizo gestos a la cajera para que se subiera. Claverino pegó un respingón nada más verle. Antiguos miedos discurrieron en forma de corriente eléctrica por su espina dorsal.

— Mira ya está aquí mi hermano. Ven que te lo presento — dijo ajena a la realidad la cajera.

Tras saludar cariñoso al hasta entonces odiado “motero makoki”, Marcelino Claverino se encontró bajando por las escaleras del metro con una sensación de alivio que nunca antes había experimentado. Brotaron de nuevo las carcajadas pero esta vez provocadas por la alegría que a uno le invade cuando por fin por un efímero instante todo parece encajar a la perfección.

(Continuará…)