Archivo de May, 2015

Marcelino Claverino: El colofón final

La liga nacional de fútbol seguía su curso. Justo en el momento en el que Marcelino Claverino entraba por la puerta del museo Ptolomeo, Don Miguel, conocido guardia de seguridad, presumía con arrogancia de la racha de victorias de su equipo delante de uno de los gerifaltes del museo.

— ¡Mira, aquí llega uno de los míos!¡Marcelino!, recuérdale a este hombrecillo los puntos que les sacamos ya— gritó el siempre apasionado Don Miguel.
— Anda Miguelón, cierra el pico. Sabes perfectamente que si no llega a ser por los árbitros otro gallo cantaría— interrumpió el gerifalte antes de que Marcelino pudiese abrir la boca.
—¡Los árbitros dice!¡Qué poca vergüenza tenéis!— replicó exaltado el guardia.
— Miguel, no le hagas ni caso. Al final siempre recurren a lo mismo. Los árbitros, el césped, la suerte. Excusitas— intervino mordaz pero con prudencia Marcelino.

La discusión futbolera se alargó por un buen rato. La gente, según iba llegando, se unía a la cada vez más acalorada conversación. En un momento dado, seis personas dispuestas en círculo discutían entre bromas sobre las efemérides acontecidas en los distintos partidos dominicales.

Tras disfrutar de uno de esos pequeños, pero gratificantes momentos cotidianos que la vida ofrece, Marcelino subió hacia su puesto de trabajo con una sonrisa de oreja a oreja. Nada mas sentarse en su mesa, y tal y como dictaba su costumbre, encendió el ordenador y abrió el correo electrónico. Un primer correo mañanero de su jefa asomó en la bandeja de entrada. “Enhorabuena” decía el encabezamiento. Marisa Flores parecía haber iniciado la semana de buen humor. Tras hacer “click”, se desplegó un escueto pero directo mensaje.

—“Enhorabuena Marcelino. La exposición de Nikito Nipongo está siendo un éxito. Tus textos de la guía están causando sensación. La dirección está muy contenta. Por cierto, recuerda que hoy tenemos la reunión de accesibilidad a las diez y media con la directora de la asociación de sordos. Nos vemos. Felicidades de nuevo”—decían insólitamente reforzantes las palabras de su jefa.

Marcelino experimentó un nuevo chute de energía quizás parecido al que un inexperto alpinista debe sentir al hacer cumbre por primera vez en una de las montañas del Himalaya. Seguidamente, atendió algunos correos retrasados de la semana anterior, revisó varios de los textos de la revista mensual, se tomó un café con sus compañeros y ultimó los preparativos de la inminente reunión.

Teresa Sobrados, como era característico en su inquieta personalidad, llegó con algo de retraso. Atarantada, entró como elefante en cacharrería en la oficina. Miles de papeles en las manos, pelos despeinados y respiración sofocada. Pidió perdón repetidas veces a todos los que allí la esperaban y echó la culpa de su demora al alcalde de la ciudad, quien según su criterio, se empeñaba en complicar cada vez más la existencia a los conductores con absurdas normas de movilidad.

Saludó cariñosa a Marcelino, el cual había empezado a inquietarse al sentirse responsable de la impertinencia de su invitada. Tras realizar las presentaciones protocolarias y romper el hielo conversando sobre temas banales, la reunión comenzó con unas diez personas sentadas entorno a la mesa de uno de los despachos del museo. La idea inicial era ir presentando las mediadas accesibles por discapacidad y el presupuesto asociado a cada una de ellas. Tras analizar los costes y posibilidades económicas del museo, un comité tomaría la decisión de las acciones definitivas a implementar.

Algunos compañeros comenzaron presentado medidas accesibles para personas con problemas de visión, siguieron las de personas con movilidad reducida y en un tercer turno las de discapacidad intelectual. Para cuando llegó el turno de Marcelino había pasado ya una hora. Recostado con desgana sobre la agradable silla de oficina, Marcelino pegó un respingo cuando su jefa tuvo que elevar la voz al pedirle por tercera vez que comenzase su exposición.

—¡Ay, si perdón! Estaba un poco despistado — dijo Claverino mientras se incorporaba sobre la mesa — Pues nada, como sabéis ha venido para ayudarnos Teresa Sobrados, directora de la asociación Sordotapias y experta en temas de accesibilidad para personas con discapacidad auditiva — Marcelino, aún sobresaltado, se giró hacia Teresa con una sonrisa y prosiguió — así que voy a dejar que sea ella la que exponga. Pero antes, decir a modo de introducción, que las personas con discapacidad auditiva somos muy diferentes unas de otras. Algunas podemos comunicarnos verbalmente y otras lo hacen sólo con lengua de signos. Unas utilizan audífonos y otras implantes cocleares. Algunas tienen una audición razonablemente buena y otras no tanto. Algunas son estupendas leyendo los labios y a otras les cuesta más. Podemos encontrarnos también con personas que, además de sordera, tienen otra discapacidad asociada y así un largo etcétera. Por lo tanto, debido a esta diversidad, es difícil cubrir las necesidades de todas ellas en cuanto accesibilidad se refiere; sin embargo, es algo por lo que debemos trabajar — Marcelino volvió a mirar a Teresa Sobrados buscando su aprobación — Yo he preparado un pequeño documento con diferentes medidas a adoptar y su coste, así que si queréis podemos utilizarlo como guión y que Teresa nos vaya hablando de cada una de ellas — finalizó.

La audiencia pareció estar de acuerdo con la propuesta de Marcelino. Tras repartir copias del documento entre todos los presentes, Teresa Sobrados tomó el turno de palabra.

—Hola a todos. En primer lugar os quería felicitar en nombre de Sordotapias por este paso que el museo ha decidido dar para integrar a las personas con discapacidad. Son pocos los lugares públicos como museos, cines, hoteles o teatros que hoy en día apuestan por la accesibilidad, así que mi más sincera enhorabuena por ello—tras hacer una pausa prosiguió— En Sordotapias creemos firmemente que los espacios accesibles no son sólo un necesidad social, sino que son también una magnífica inversión económica a nivel empresarial ya que todos los usuarios se ven beneficiados por estas medidas, aumentado el valor añadido del servicio que se ofrece—añadió.
—Gracias por tus palabras, Teresa. En el museo estamos convencidos de que apostar por la accesibilidad es fundamental—intervino Marisa Flores algo ruda mientras miraba el reloj de pared ubicado a su espalda.
—Esta bien, voy al grano. Como bien ha puesto aquí Marcelino, la primera medida a implementar es la más barata de todas y quizás la más importante. Generalmente en los museos hay zonas que debido al ruido son acústicamente hostiles como la cafetería o la entrada. Incluso las salas donde tiende a haber mucha reverberación también pueden ser lugares complicados. Así pues acondicionar estas zonas con materiales absorbentes, como alfombras, paneles acústicos o cortinas debe ser una prioridad. Crear un ambiente acústico óptimo es primordial para facilitar el acceso a la información de las personas con discapacidad auditiva—prosiguió la directora captando el mensaje de Marisa Flores.

Todos los presentes prestaban atención a la directora de Sordotapias. Algunos incluso tomaban notas en sus cuadernos. Teresa Sobrados era una entusiasta de su trabajo y una firme defensora de la integración por lo que solía atraer la atención con facilidad de la audiencia en este tipo de reuniones. Defendió con firmeza la contratación de intérpretes de lengua de signos y la utilización de sistemas de amplificación, como los sistemas de frecuencia modulada o bucle magnético portátil durante los tours guiados, así como la necesidad de facilitar información escrita a los visitantes. También defendió la inversión en audioguías con bucle magnético, vídeoguías en lengua de signos y guías virtuales. Igualmente apostó por la instalación de sistemas de amplificación en las salas y auditorios. Por último, mencionó la necesidad de formar al personal en pautas de interacción con personas con discapacidad auditiva, instruyéndoles en hablar frente a frente, usar gestos, dibujar o escribir para favorecer la comunicación.

Tras responder algunas preguntas y discutir sobre costes y prioridades de unas medidas sobre otras, la reunión se dio por finalizada. Marcelino tenía la sensación de que la exposición había sido un éxito. Las ideas habían quedado claras, la gente parecía contenta y, sobre todo, su jefa radiaba un optimismo nunca antes visto.

—Enhorabuena a los dos— dijo Marisa al acercase a Marcelino y Teresa los cuales charlaban en una de las esquinas del despacho al finalizar la reunión— Muy buena presentación. Todo clarísimo.
—Muchas gracias— dijo Marisa.

Marcelino experimentó esa agradable sensación de orgullo que siempre acompaña al trabajo bien hecho. El día no podía ir mejor. Educadamente acompañó a Teresa a la puerta de la oficina para despedirse. Ésta, de nuevo atarantada, llegaba al parecer otra vez tarde a su siguiente reunión del día.

— ¡Ay Marcelino! ¡Que con las prisas se me olvidaba!— dijo Teresa Sobrados justo cuando salía hacia la calle — El mes que viene es el día internacional de la sordera. Vamos a organizar una fiesta en Sordotapias con familiares y amigos. Contamos contigo, tu familia y tu nueva conquista— añadió a una velocidad vertiginosa a la vez que guiñaba un ojo y caminaba inquieta en dirección al coche.
—Ah, genial, allí estaremos. ¡Corre, vete, que no llegas!— dijo Marcelino sonriendo ante la atolondrada forma de actuar de la directora.

Justo cuando volvía hacia su despacho vibró el móvil en su bolsillo. Un mensaje de Gimena esperaba a ser abierto.

—Hola Marce. Estoy deseando verte esta noche. Si te portas bien quizás hoy si pueda dormir en tu casa. Un beso guapo— decía sugerente el mensaje.

Un tembleque en las piernas parecido al experimentado en las primeras citas se apoderó de Marcelino. Aquella Gimena directa y decidida le resultaba irresistible. No podía pensar en un colofón final mejor para aquel insuperable día.

(Continuará…)