Archivo de June, 2015

Marcelino Claverino: El inicio de un relato

Pasaron las semanas con la comodidad que acompaña a las personas que se sienten afortunadas. La relación de Marcelino y Gimena se fue consolidando. Además de los recurrentes paseos, las citas se habían ido refinando. Románticas cenas en restaurantes de moda, conciertos y petulantes visitas a museos fueron tan solo algunos de los planes acometidos por la acaramelada pareja. Una inolvidable y excitante escapada turística de fin de semana supuso la culminación final al proceso de enamoramiento.

Sepultados bajo una gruesa capa de tierra quedaron los miedos victimistas de Claverino, el cual llegó incluso a compartir unas cervezas con uno de sus mayores focos de desestabilización emocional en el pasado, el hermano de Gimena, el “motero makoki”. Éste, pese a su chulesco talante, había resultado ser un tío de los de quitarse el sombrero.

Gimena Torremocha, por su parte, seguía acostumbrándose como podía a la farragosa experiencia de escuchar con los audífonos. Tal y como le dijera semanas atrás el audiólogo Edelmiro Terebelio, una vez la sordera parecía estabilizada, la adaptación era cuestión de tiempo. Aún así, todavía había momentos en los que Gimena trataba de encontrar algo ansiosa su nueva identidad, ésa en la que debía integrar en su nuevo yo su inevitable condición de usuaria de audífonos. Cuando la nostalgia y alguna lágrima asomaban, allí estaba Marcelino para arrimar el hombro y levantar de nuevo el inherente carácter enérgico de la cajera.

Continuaron también los partidos de baloncesto semanales. Los veteranos jugadores de los Little Thunders seguían arrastrándose por la cancha; sin embargo, el hecho de que Gimena acudiese a algunos de los partidos supuso un nuevo aliciente para Marcelino. La simiesca ilusión que produce en el macho sentirse observado durante la práctica deportiva por la hembra le generó un renovado entusiasmo baloncestístico. Ni los más viejos del lugar recordaban unas actuaciones tan vigorosas y anotadoras del espigado alero sobre el parqué.

En el museo Ptolomeo todo eran también buenas noticias. La exposición de Nikito Nipongo llegaría pronto a su fin con record de visitantes. Además, la dirección del museo había decidido apostar por la plena inclusión de las personas con discapacidad auditiva. Todas las medidas accesibles sugeridas serían implementadas en los próximos meses. Aquel sobresaliente trabajo le había servido a Claverino para convertirse por un tiempo en el ojito derecho de su jefa, la siempre temible y cascarrabias Marisa Flores.

En el terreno de lo social, Marcelino y Gimena fueron encontrando la adaptación propia de las primeras etapas de la pareja. Las cervezas con Gustavito Calatrava, Rufino Palomino y Antonio Limonero se sucedieron con cierta asiduidad, aunque no con la frecuencia que a éstos últimos les habría gustado. En alguna de las periódicas llamadas telefónicas, Gustavito Calatrava se lamentó del poco tiempo que ahora pasaban todos los amigos juntos. La razonable queja quedó atendida cuando una noche Marcelino organizó una cena en su casa con todos sus amigos y algunas de las amigas de Gimena. Interesantes flirteos surgieron durante la misma, continuaron en los bares de la zona y culminaron con un alocado desayuno de churros con chocolate en un bareto maloliente repleto de desalmados trasnochadores. Nunca más se produjo reclamación alguna.

La noticia del definitivo noviazgo de Marcelino se propagó como la pólvora entre su familia. Su madre, dando saltos de alegría, no pudo reprimir el impulso que toda mujer de cierta edad siente hacia el chisme. En cuanto la tía Juani confirmó la noticia, no le quedó otra a Marcelino que presentar a Gimena en sociedad. Juani y demás séquito femenino insistió hasta la extenuación en lo aconsejable que era contar con el beneplácito familiar en casos como aquél. Marcelino, sabedor del puro deseo fisgón de las féminas de la familia, decidió presentar a la cajera con tal de no aguantarlas ni un segundo más. El día de la presentación, el abuelo patriarca dictó la sentencia final al gritar literalmente a voz en grito lo buena que estaba aquella muchacha. Ésa era la forma que la familia Claverina tenía de dar la bienvenida a sus nuevos miembros.

Desde la lejana reunión en el museo con Teresa Sobrados, Marcelino tenía marcado en rojo en su calendario la fiesta del día internacional de la sordera en Sordotopias. La directora había remarcado que cualquier persona relacionada con el mundo de la discapacidad auditiva sería bienvenida. Deseaba que fuera una gran celebración. Tras comentarlo con Gimena, la pareja pensó que invitar a familiares y amigos podría ser una bonita manera de compartir con sus más allegados el momento por el que atravesaban.

Todo el mundo se mostró dispuesto acudir a la celebración salvo los padres de Gimena, los cuales rechazaron la invitación. Dada la reticencia mostrada por la cajera a la hora de hablar de sus progenitores, éstos se habían mostrado extrañamente ocultos a los ojos de Marcelino. Parecía claro que la relación no era la ideal, pero por un motivo u otro Claverino nunca le dio importancia a la escasa presencia que los Torremocha habían tenido en aquel proceso tan doloroso por el que su hija estaba atravesando. Sin embargo, aquel rechazo tan radical a la hora de acudir a la fiesta le dejó algo preocupado durante unos días. Aún así decidió no preguntar.

Dejando al margen a los padres de Gimena y lleno de alegría por poder celebrar su buen momento vital con sus seres queridos, se encontró Marcelino en medio de una marabunta de gente en la sede de la asociación. Como siempre ocurría se entremezclaban conversaciones entre los presentes. Algunos con aparatos y otros sin ellos. Unos signaban, la mayoría hablaba y los menos callaban. Los niños, emocionados, corrían como locos a la vez que comían chucherías y panchitos. Gimena, cerca de Marcelino, hablaba con su amiga sorda Elenita Piñuelos mientras Rufino Palomino y Antonio Limonero intentaban ligotear con la primera que se cruzase en sus caminos. Gustavito Calatrava, novel en aquel abrumador escenario, aguantaba entre suspiros otro de los soporíferos sermones de Guillermina Seisdedos. Sus padres, felices, charlaban con Teresa Sobrados. También inmiscuidas en la marabunta se hallaban algunas amigas de Gimena, así como su hermano, el “motero makoki”.

Disfrutando del momento, miró Marcelino a Gimena desde el centro de la sala, ésta frunció el ceño mientras apuntaba con la cabeza en dirección a la puerta principal de la asociación. Un maromo que apenas cabía por la puerta traía de la mano a una sonriente y exultante Florinda Biensalida. Aquel tortazo todavía le escocía a Marcelino. Un doble nudo en garganta y estómago asomaron inoportunos chafando el alegre momento. Florinda, bien respaldada por su atlética conquista, pasó presumida junto a Marcelino. Una mirada de reojo bastó para confirmar que aquel armario empotrado la había hecho olvidar sus penas. Claverino respiró tranquilo. Gimena sonrió casi enternecida ante tal escena.

No tardó en comenzar la música. La asociación se había tomado la molestia de preparar un karaoke en el cual se podía participar tanto cantando como signando las canciones que a uno más le apetecieran. Aunque al principio la gente se mostró algo reticente a coger el micrófono, Rufino Palomino en seguida se lanzó a la aventura. La aberrante afinación arrancó las carcajadas de los presentes. La muchedumbre se fue animando. Para vergüenza de Marcelino, Manuela y Manolo Claverino se marcaron un dueto pimpinelesco, A continuación, Gustavito se atrevió con un tema de rock clásico y Florinda y su fornido acompañante signaron y trataron de entonar una pastelosa canción de amor. Marcelino, conocido por su falta de dotes musicales, intentaba pasar desapercibido para no tener que atravesar por la bochornosa experiencia de cantar delante de aquel auditorio. Varias fueron las veces que Gimena le insinuó que se arrancasen con un dueto, pero Claverino muy educadamente se negó.

En una de las típicas salidas para tomar el aire, Marcelino se cruzó con Teresa Sobrados. Felices, comentaron entre risas los avatares de aquella celebración. Tuvo de nuevo palabras de agradecimiento a la labor que la directora había desempeñado en el museo. Ésta recalcó que en eso consistía su trabajo. Antes de entrar de nuevo al cargado ambiente del improvisado karaoke, Teresa dijo:

— Oye Marcelino por cierto. Estamos pensando lanzar una serie de relatos cortos sobre la sordera. Relatos que sean divertidos y cercanos, pero que a la vez conciencien a la sociedad. La cosa es que no damos con quien lo escriba. Como sé que a ti te gusta escribir, había pensado que quizás te podría interesar.
— ¡Me parece una idea genial! Pero no sé si yo… Yo escribo cosas para el museo pero relatos de ficción no sé si sería capaz. ¡De todas maneras gracias por pensar en mí! — contestó sorprendido Marcelino.
— Bueno, tú piénsalo bien. Y si se te ocurre algo nos dices.

Entraron de nuevo a la sala. El gentío, ya desinhibido, bailaba exaltado al ritmo de una animada canción interpretada por Elenita Piñuelos. Gustavito Calatrava agarró a Marcelino Claverino por la espalda inmiscuyéndole de un empujón en el mogollón. Marcelino, sonrió visiblemente emocionado. Todos sus seres queridos le rodeaban, bailaban y chillaban jubilosos. Entre la multitud pudo ver muerta de risa y totalmente ajena a los problemas ocasionados por los audífonos a su querida Gimena, Invadido por la emoción comenzó a bailar sin vergüenza alguna. La alegría colectiva invadía la sala. Por un segundo pensó en el relato. Volvió a mirar a Gimena quien abrazada ya a Elenita Piñuelos cogía el segundo micrófono para unirse a la interpretación. Una idea atravesó su mente. Lo tenía. Siguió moviendo el esqueleto junto a los suyos hasta la extenuación.

Llegaron a su casa de madrugada. Gimena, muerta de cansancio, yacía ya dormida en la cama. Marcelino no paraba de darle vueltas a la idea del relato. No podía dormir. Se incorporó, sacó el ordenador de un cajón y encendió una diminuta luz de escritorio. Abrió un documento en blanco. Tras un último entrañable vistazo a Gimena Torremocha, comenzó a escribir en la soledad de la noche:

“Marcelino Claverino, usuario de implante coclear, llevaba un tiempo fijándose en la cajera del supermercado. Típica morenaza española de curvas prominentes y algo más joven que él…”

FIN