Archivo de April, 2017

No oigo bien, vale, pero disfruto de la música a rabiar

Tiene 39 años. No le asusta cumplir 40 y pasar fronteras. A fin de cuentas la vida consiste en quemar etapas, ir de un lugar a otro, física o mentalmente. Él puede hacerlo a diario, porque le gusta la carretera y su trabajo le lleva del uno al otro confín. Hace doce años A. comenzó tener problemas de audición y desde 2011 lleva audífonos. Precisamente el próximo mes de julio cumple seis años con ellos. Tal vez incluso lo celebre con los amigos, que tiene un buen puñado.

Se considera un soñador porque alguna de sus ilusiones no han podido cumplirse, como la de estudiar Filología. Las calles de Villaverde, en el sur de Madrid, le curtieron en lo que El Fary llamaba la universidad de la vida. La poesía y la música, la música y la poesía, tanto monta, monta tanto, resuenan en su cabeza. Gracias a ellas siente que está vivo. Más vivo.

No le gustaría tener que elegir. Versos y pentagramas. Para él son manifestaciones de un arte poderoso que traspasa el espíritu. Sus momentos de ocio son un frenético deambular de un micro abierto de poesía a un concierto en Libertad 8, de la presentación de un libro a una actuación en Galileo Galilei.

No le frenan los audífonos. Adora la música. Aunque sabe que esa maravilla le puede ocasionar problemas graves. La exposición a ruidos elevados es un peligro, sobre todo para las personas que acuden a conciertos. Pero A. es un devoto de la música con fondo. Huye de los macrofestivales y del ruido excesivo y asiste con verdadero entusiasmo al renacimiento del género de los cantautores.

Su amor por la música le ha llevado a escribir un blog sobre las principales actuaciones de canciones de autor en locales de la capital. A. vive la música. Y se le nota. Los audífonos no son una barrera. Al contrario. Le ayudan a disfrutar.


Sordo, sordo, que no me oyes

La infancia, ese terreno de ensoñación al que muchos se refieren como paraíso perdido, esconde, en ocasiones, nada sutiles momentos de acerada crueldad. Los niños se mofan del diferente, por miedo, ignorancia o gregarismo. Una educación en valores y la madurez (que solo se consigue con el tiempo) pueden atemperar comportamientos muy poco cívicos.

Al niño en cuestión (pongamos que hablo de Madrid y que se llama Mario) una temprana miopía le obligó a llevar gafas desde los diez años. Para no sufrir una vida de rechazo por “empollón” le dio por arrimarse a los más gamberros de clase. Con ellos aprendió el innoble arte de insultar a los más débiles. Como protección. Buscando no ser él el castigado.

Mario era el mayor de tres hermanos. La casa se convertía, día sí y día también, en escenario de batallas no muy bestias. Peleas de baja intensidad. Lucha fraternal. Niños brutotes jugando a ser machos alfa.
Un verano. Ese verano en especial, sus padres decidieron que había que acuchillar el parqué y barnizarlo después. Tendrían, según mandaban los cánones, que pasar alguna noche fuera para no sufrir los rigores del vapor. La persona que se encargaría de todo había sido recomendada por un amigo de entonces (lo que viene a ser un cuñado de ahora). Ya les habían advertido. Hay que hablarle alto y de frente. Era sordo.

Sordo. Sí. Era sordo. A voces podían entenderse. No usaba ninguna prótesis auditiva. Y el hombre se puso a trabajar. Y los niños, con Mario como líder, decidieron comprobar hasta qué punto no oía aquel señor. Se colocaba detrás de él y le llamaba: “Sordo, sordo, que no me oyes”. Nunca supieron su nombre. Realizó su tarea y se marchó. Y ellos encontraron otras personas para buscar la risa.

Y pasó el tiempo, que suele poner las cosas en su sitio. Mario creció, pasó por la universidad y comenzó una intensa vida profesional que le acabó llevando a trabajar en una organización que atiende a personas con discapacidad. De cuando en vez tiene que tratar con algún sordo. Y se avergüenza en silencio de sus años mozos, cuando fue un cafre.


Es que no oye bien

Por fin llegó el día más esperado. F. se había volcado para que todo saliera de la mejor manera posible. Le unían al personaje principal lazos tan fuertes como los de la amistad forjada en los primeros años de escuela. Pero el mundo laboral es fiero. No es nada personal. Son solo negocios, como dicen en El Padrino.

A F. no le tiembla el pulso para tomar decisiones. Y eso que es consciente de sus limitaciones. En una de las intervenciones de la persona para quien trabaja ante un nutrido grupo de personas no pudo percatarse de que una ironía del ponente fue saludada por los presentes con una salva de risas aprobatorias. Da igual. Sus compañeros le pusieron al tanto de todo lo ocurrido en aquella ocasión. De los detalles que él no pudo captar.

Un día antes de rendir cuentas, el equipo más cercano se reunió para calibrar las posibilidades de repetir mandato al frente de la compañía. Las juntas de accionistas, las elecciones… todos son sistemas para refrendar las virtudes de un proyecto o para entregar el mando a otro candidato. F. estaba eufórico, pero precavido. Quería conocer todo lo que se estaba cocinando en los pasillos. Rápido, rápido. Impuso un ritmo vertiginoso al encuentro. En un momento determinado se le escapó una apreciación de uno de los hombres que formaban el núcleo duro. Y puso sus manos junto a sus orejas en ese gesto tan conocido. “¿Puedes repetírmelo?”. Su mentor, amigo y jefe no dudó en aclarar lo sucedido y en poner en contexto al resto de los participantes. “Es que no oye bien”. . “Llevo audífonos“, dijo él.

El día definitivo llegó. Con sus angustias, con sus ilusiones, con normalidad. Y todo siguió en su sitio. El gran jefe recibió el respaldo de su gente. Y seguirá otro mandato más. Y F. ha demostrado su valía.