Archivo de October, 2017

Memorias del colegio

La infancia es un pasadizo de recuerdos evanescentes. Pero en ese trayecto se forja la personalidad y se sientan las bases para hacer frente a la vida. “Los niños son el recurso más importante del mundo y la mejor esperanza para el futuro”, explicaba John Fitzgerald Kennedy, el presidente norteamericano asesinado en Dallas en 1963. A Lydia le cuesta recordar los años de colegio. Fueron duros. Pero se le escapa una sonrisa. Allí conoció a dos personas que no puede olvidar. En un ambiente de cierta hostilidad encontró a Susana, con problemas de audición como ella, y a Goretti. Rápidamente hicieron piña.

Pero los cursos en aquel colegio de monjas le dejaron también algunas heridas. A Lydia no le gustaba entonces tener que recurrir leer los labios de sus compañeras. Era su manera de intentar evitar que las demás se percatasen de que tenía un problema. Ella solo aspiraba a poder escuchar bien. Con el paso del tiempo comprendió que aquello le ayudaba a oír.

Le gustaría borrar las malas experiencias de aquellos años. Porque se sintió discriminada, porque se rieron de ella. No se le olvida cierta profesora: “Ella me tenía manía y yo a ella. Era de muy mal carácter. Me suspendía Lenguaje y casi nunca me ayudaba. Prácticamente me ignoraba”. Se sentía sola, pensaba que las niñas hablaban de ella. Pero siempre hay un camino a la esperanza: hubo otras docentes que la trataron con cariño.

Cuando apunta en el cuaderno imaginario las cosas buenas y las cosas malas de aquella época se alegra infinito de que, a pesar de todo, sus padres decidieran escolarizarla “en un colegio normal, porque si me hubieran metido en un colegio especial estoy convencida de que no hubiera sacado las cosas adelante. Es bueno que los niños con problemas de audición estudien sin exclusiones”.


La infancia tiene muchos colores

Paraíso perdido para algunos, infierno para otros. La infancia es un momento de muchos colores, con muchos matices, de blancos, negros, grises y también de tonalidades explosivas. Y luego está la suerte, la vida que te inclina hacia un lugar o hacia otro…

Lydia era una niña tranquila… la del medio de tres hermanas. Todo empezó a cambiar en un instante determinado. Tenía en torno a tres años. Jugaba en la playa con la arena, la espuma del mar a sus pies. Unos señores que paseaban por la orilla se fijaron en ella. Les extrañó su manera de expresarse. Hablaba muy deprisa y deslizaba vocablos ininteligibles. Se acercaron a sus padres para comentarles su impresión: “Parece que habla en latín”.

No era divertido. La advertencia no cayó en saco roto y en cuanto regresaron a Madrid llevaron a Lydia al médico. Tenían sospechas. El recuerdo de aquellos días todavía se convierte en pesadilla: encefalogramas, audiometrías, radiografías… Todo un rosario de pruebas médicas. “Me acuerdo de que me hicieron muchas audiometrías. Yo lloraba. Estaba cansada. Los médicos descubrieron una pérdida del 40% de audición en un oído y el 80% en otro”, explica.

Desde entonces sus padres redoblaron los esfuerzos en la lucha por su hija. Su hermana mayor seguía tirando del carro: “Si tengo que definir aquellos años las palabras que me vienen son timidez y soledad. Sobre todo, me sentía sola. Tenía a mis padres y a mi hermana mayor como apoyo. Pero casi no recuerdo. Me cuesta. He sufrido mucho. He tenido tantos palos en la vida por este motivo”.

Reconoce que ha estado bien cuidada por sus padres y sus hermanas: “A mis padres los quiero mucho. Pero tal vez no haya sido tan bueno haber estado tan protegida. Defender me defiendo gracias a la naturaleza y a mi manera de ser, aunque hay veces que no he llegado donde quería”. Su experiencia le ha generado cierta desconfianza: “No te fías, te sientes frustrada. Hay veces que no oyes y te quedas como parada”.


Fue por la rubeola

Lydia vino al mundo en Madrid. Era una niña muy deseada, la segunda de tres hermanas. Cuando su madre estaba embarazada de ella padeció la rubeola. Eran tiempos en los que no se controlaba tanto como ahora la vacunación. Nació con hipoacusia bilateral y cataratas en un ojo. Ni los médicos ni la familia sospecharon nada al principio. Según testimonios de sus padres era una niña muy buena. Siempre estaba dormida. Ahora se pregunta si era porque no oía y sentía todo en silencio.

La rubeola materna es una enfermedad muy destructiva para el feto, sobre todo si la embarazada la contrae durante el primer trimestre. Ahora lo sabe. Ella. Y sus padres. Afortunadamente en países desarrollados su incidencia ha disminuido claramente. Lydia se alegra de esta mejora de la situación, pero se lamenta: “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?

¿Y cómo lo lleva? Muchas veces expresa en voz alta que le hubiera gustado tener una varita mágica y que desapareciera “el problema”. “Para nosotros es como una vida normal -dice-. Tenemos como una doble vida, pero la sordera está ahí. Yo me lo guardo, aunque a veces lo saco. Soy consciente de que soy como todo el mundo, pero tengo ese pequeño defecto”. Vive con ello, pero sueña con que desaparece Lydia sabe cómo podrían saber los demás cómo se siente: “Que todas las personas experimentaran lo mismo, solo un poco y durante un corto espacio de tiempo. Así conocerían el problema”.


El día después

Ha sido una semana de reivindicaciones y reconocimientos. Quizá todo se reduce a los quince minutos de fama (o menos) de los que hablaba Andy Warhol. Pero ya queda lejos. Ahora es hoy y los focos ya no están puestos sobre las personas con sordera.

Recuerda que el día 28 de septiembre leyó algún reportaje en el móvil, pero sintió que la única función que tenían en los medios de comunicación era la de rellenar hueco. No es pesimista, pero comprende que falta mucho para que la sociedad española esté plenamente sensibilizada con los problemas de audición.

Normalmente se desplaza en coche, pero ese día necesitó usar el metro. Pensó que seguramente en aquel vagón había alguna persona más, aparte de él, con discapacidad auditiva. “Somos más de un millón. Por estadística y tal cómo está de lleno no seré el único”, se decía a sí mismo. Más de un millón, dicen las cifras. Pero hay cierta invisibilidad en este colectivo. Repasa mentalmente los datos de la Organización Mundial de la Salud: la sordera afecta a más del 5% de la población mundial, que vienen a ser 360 millones de personas en todo el planeta. De ellas 32 millones son niños. Le entra un escalofrío.

No le gusta quejarse en exceso y las barreras le sirven de estímulo, pero no puede dejar de cavilar sobre una situación que considera injusta. Es consciente de los logros obtenidos, pero admite que falta mucho para que las personas con sordera accedan, por ejemplo, con cierta normalidad al mercado de trabajo. Y poder acabar con los prejuicios

Por eso se desespera cuando pasan las celebraciones. Porque el tiempo transcurre, aunque la gente sigue necesitando ayuda. Pero no está dispuesto a tirar la toalla. Hay que seguir luchando.