Archivo de November, 2017

Me da rabia no oír bien

En su caso la pérdida auditiva está asociada al paso de los años. Lo ha asumido con serenidad y elegancia. Que le gustaría no tener que usar el audífono. Pues claro. Pero en estos cinco años ha seguido haciendo su vida, sin cortapisas. Sobre todo, porque María es una mujer firme, con las ideas claras, que no se viene abajo con facilidad por los reveses, que siempre está dispuesta a sacar el mejor partido de las cosas.

Se siente arropada por sus dos hijas: “La relación familiar no ha variado prácticamente. Sigo teniendo una comunicación fluida con ellas cuando estamos juntas. Además, la tecnología ayuda bastante cuando no estamos cerca. El whatssapp es maravilloso, aunque siempre resulta mejor el cara a cara”.

Pero no todo es de color de rosas. María sabe que las monedas tienen dos caras. Aunque en su caso suele caer cara, no faltan esos momentos que echa en falta una capacidad de oír como la que tenía antes: “En ocasiones, en alguna reunión no me entero de lo que se habla. Igual se están dirigiendo a mí y no me doy cuenta. Necesito que alguien me repita lo que se está diciendo”.

La parte negativa es la imposibilidad de que la comunicación sea siempre perfecta: “A veces mi hija Susana se queja de que le contesto otra cosa distinta a lo que me ha preguntado. Son pequeños roces sin importancia y nunca nos llegamos a enfadar, pero me da rabia no oír. Yo intento ser positiva, pero no siempre nos puede salir todo rodado al cien por cien. Hasta ahora me he librado de trances angustiosos relacionados con mi pérdida auditiva. Y si llega lo afrontaré para superarlo”.


Mucha gente oye mal y no lo dice

Ahora toca disfrutar de la vida. Es el mayor empeño de María, a quien le ayuda en su propósito su carácter vitalista: “Hago un par de cursos al año y sobre todo salgo mucho. Tengo varios grupos de amigos y días para elegir con quién salir. También quedo con compañeros de los cursos”.

Las posibilidades que genera el planeta ocio favorecen los gustos de María: “Me encanta nadar. Voy a al mar y a la piscina. Antes acudía con más asiduidad a las piscinas climatizadas en invierno, pero ahora me da pereza. Por supuesto, para nadar me quito el audífono, aunque hubo una ocasión, en la piscina de la urbanización de mi hija, que no me di cuenta. Menos mal que lo advertí al poco tiempo y que no llegué a mojarlo”.

El cine y el teatro son otras aficiones de María: “La acústica de las salas suele ser buena. Yo no tengo problemas salvo que el audífono falle en ese preciso momento, que a veces sucede. Entonces me puedo enterar de la película a la mitad”.

Aunque intenta hacer una vida normalizada María se topa con algún suceso que le recuerda que tiene una pérdida de audición. “Me he apuntado a un curso de relajación. No me queda otra que sentarme al lado de la profesora porque tiene una vocecita tenue. Ella lleva pinganillo con un pequeño altavoz, pero no siempre funciona. A veces tiene que dar un golpecito al aparatito. Por si acaso me siento a su lado por si no la oigo. Pero no soy la única persona. Yo llevo audífonos, pero me ha dado cuenta de que hay muchísima gente que oye mal y no lo dice”.


Mi audífono pita

María ha cumplido. Después de trabajar en el área administrativa de distintas empresas le ha llegado el tiempo de la jubilación. Nunca tuvo ningún problema relacionado con la salud auditiva. Hasta hace cinco años. Primero fue un herpes. Una vez curada, el otorrino pensó que se recuperaría, pero no fue así. En uno de sus oídos tiene una pérdida del 40%. Y según el médico no tiene nada que ver con el herpes. “Más que no oír -dice- lo que me pasaba es que no entendía. Si no vocalizan o hay nitidez perdía mucho. Ahora no me fijo en la lectura de labios, pero me gustaría aprender a hacerlo”.

Por eso lleva un audífono, aunque hay días que no lo utiliza. Explica que para el tú a tú se puede defender. Pero también pone otros ejemplos: “Si estoy en la cocina y suena el teléfono a lo mejor no me entero. Por eso me llevo el inalámbrico. Si tengo puesto el aparato sí lo oigo”.

Está en un momento de incertidumbre: “No oigo muy bien. No me da buenos resultados. He ido varias veces al centro de audiología. Me cambiaron a otro mejor. De repente empieza a pitar, en el cine o en la calle… piiiiiiiiiiiiiii. Hay veces que estoy en el cine y me lo he tenido que quitar. La gente del cine oye ese pitido. A lo mejor yo no me entero mucho, pero los demás sí. Cuando se va a terminar la pila te avisa con una campanita. Yo siempre llevo pilas en el bolso”.

Sabe que tiene que encontrar el punto adecuado para beneficiarse del audífono. Aunque de momento no tiene mucha suerte: “La semana pasada fui al cine y en mitad de la película me dejó de funcionar. No me enteré de mucho”.


Gracias por la música

Teresa trabaja como administrativa y recepcionista. Se considera, de buen grado, una chica para todo. Lleva dos años en este puesto y se siente muy bien: “Me agrada hacer trabajos administrativos. Lo que menos me gusta es coger el teléfono”. No echa de menos su etapa precedente. Bueno, hay un par de personas con las que todavía mantiene el trato y algún día se toma un café. Gracias al whatsapp siguen en contacto. De su anterior trabajo tiene una cierta experiencia negativa que le hace estar precavida. Ya sabe que hay personas que solo van a lo suyo. Ahora está tranquila. Forma parte de un equipo, cada uno con sus cometidos.

Está orgullosa de mantener sus amigos de juventud. Está claro que ya no pueden verse como entonces, pero sacan hueco para juntarse de vez en cuando. A Teresa le complace sentirse una mujer normal, “con los mismos deseos, problemas o aficiones que cualquiera, pero tengo muy claro que son los implantes los que me dan esa autonomía. Me han ayudado enormemente a desenvolverme casi a la perfección”.

Prefiere el cine a la literatura, se siente bien haciendo deporte y senderismo. En definitiva, está abonada a los pequeños placeres de la vida: “Me gusta tomar café con la gente”. Pero hay uno que destaca sobre todos, la música: “Lo que más me gustaría es oír música en la ducha. Antes me ponía canciones cuando me pintaba. Pero no puedo ir a locales con mucho ruido de ambiente. Ahí pierdo la posibilidad de disfrutar”.


Una chica guerrera

A principios de los años ochenta una banda de rock llamada Coz cantaba “Las chicas son guerreras”. Teresa se considera a sí misma una guerrera. Cree que gracias al implante se puede defender: “Considero que estoy al 80% de posibilidades. Pero me lo he trabajado mucho. Ahora cojo el móvil y puedo hablar. En el cine a veces me encuentro muy bien. Aunque hay lugares con mucho ruido donde no oigo. Entonces me cierro un poco”.

Como buena guerrera se muestra exigente con todo, también con sus dos implantes, a los que pide unas cuantas cosas básicas. Los lleva desde que se levanta hasta que se acuesta y ha tenido que cambiar tres veces cada procesador. “Para mí es fundamental que puedan entenderte -explica Teresa-. Ahora puedo ir al médico sola. Cuando voy en metro también necesito poder oír el nombre de la siguiente estación. O el ruido de la lavadora cuando centrifuga o se ha parado. Y la olla. Y cuando llueve. No me imaginaría no tener los implantes. Estaría más apartada de todo”.

Le da rabia que la gente no sepa qué es un implante. Ella está reimplantada en los dos oídos. Una vez porque hubo una partida con defectos técnicos y en la otra no saben por qué falló. “Como las chicas nos tapamos el pelo, la gente no es consciente de que lo llevamos. Somos más disimuladas que los chicos”, comenta.

Y le gusta asesorar a la gente sobre los implantes cocleares: “Cuando alguien pregunta intento aconsejar y decirles que está bien. Yo siempre aporto aspectos positivos. Si lo trabaja va a tener muchas cosas buenas. Los implantes han sido algo muy positivo en mi vida y no me arrepiento de mi decisión”.

Sabe que depende del tono la palabra sordo puede molestar: “Hay personas que no aceptan que haya otras que no oyen. Cuando esto sucede me hundo, pero me levanto rápidamente, y sigo y sigo”.


Muchos oyentes también son desconfiados

Teresa es una luchadora. Ella relata su vida con una serenidad pasmosa. Y es consciente de que hay un antes y un después en su vida: “Con los implantes empiezas a ser tú misma. Puedo hacer mi día a día. Puedo considerarme una persona normal”.

Pero no ha sido un camino de rosas. Al principio llevó audífonos: “Comencé con uno, pero lo cambié. Me asustaba mucho llevarlos, porque el volumen era muy alto y la comprensión nula. El otorrino se percató de que no me sentía bien”.

Así que no le quedó otra que implantarse. En 1999 fue el primero. Tardó tiempo en aceptar que debía ponerse un segundo, pero finalmente en 2004 lo hizo. Su relación con los distintos médicos que ha ido tratando siempre ha sido buena: “No puedo quejarme. Yo he seguido sus instrucciones. Me hicieron muchas pruebas con el primer implante y el segundo me lo puse cuando yo acepté”.

Tiene mucho que decir sobre el tópico que asocia la sordera a la desconfianza: “Es verdad que me volví desconfiada cuando perdí el oído. Gracias al implante volví a ser yo. Ya sé que tenemos la etiqueta de que somos desconfiados, pero muchos oyentes también lo son”.

A pesar de todas las prevenciones, estima que con los implantes cocleares le ha ido muy bien: “Tengo una vida casi normal. Me puedo bañar con ellos. De hecho me compré el pack acuático, pero todavía no lo he probado. Para dormir sí me los quito”.

Le gustaría practicar natación, pero piensa que en una piscina igual prefiere quitarse el aparato. “Hay cosas de las que sí me privo -explica-. Si voy al gimnasio, puedo perderme alguna cosa, porque la música suele estar muy alta.


Tal vez fue por los antibióticos

Teresa nació en Madrid, ciudad a la que el escritor costumbrista Ramón Mesonero Romanos llamó, allá por el siglo XIX, “poblachón manchego”. Eso tal vez fuera en aquellos tiempos, porque ahora se ha convertido en una urbe con las ventajas y desventajas de una gran capital. Sigue siendo tierra de aluvión, donde las gentes de España y del resto del mundo recalan.

Precisamente sus padres son oriundos de la Mancha. Recuerda lo que le han contado de cuando era bebé: “Dicen que estaba bastante enferma, que tenían que pincharme los oídos. Lo cierto es que fui sometida a mucha medicación. Hubo incluso quien llegó a decir que alguien me había echado mal de ojo”.

Pero como dice la canción, todo tiene su fin, y la dolencia cesó. Hasta el punto de que su madre le hizo una confesión al padre: “La niña vive, ya no llora”. Teresa ya no visita el pueblo como antes. Ella está convencida de que la pequeña pérdida auditiva que sufrió en la infancia y que luego se acrecentó tiene mucho que ver con los antibióticos que tomó de pequeña.

Su infancia fue muy normal, sin problemas en el colegio ni en casa con ninguna de sus tres hermanas. Como se desenvolvía bien nunca ellas se percataron de su pérdida auditiva. Es la pequeña de cuatro. Y sus problemas comenzaron precisamente cuando ellas ya no estaban en el domicilio familiar pues se habían casado. La familia es muy importante para Teresa. Le alegra la vida compartir momentos con sus seis sobrinos y con su padre. Es la manera de dedicarle los días a los que ya no están.