Archivo de January, 2018

La ropa huele a cocido

Las guarderías y la educación infantil no formaban parte del mundo de sus abuelos. Tampoco la vivienda habitual, al menos en los primeros años de su matrimonio. A Joaquín, el abuelo de Ricardo, le costó quitarse la mala fama de no estar alineado políticamente con lo establecido, pero al final su quehacer profesional le sirvió para redimirse. El paso del tiempo cura muchas cosas.

A la familia (en principio Ramona y Joaquín) solo les daba el dinero para alquilar una habitación en una casa de huéspedes del barrio de Salamanca, en Madrid. Ramona comenzó a arreglar vestidos, pero pronto se atrevió a confeccionarlos ella misma. Mientras, Joaquín se ganaba unas pesetas como ebanista. Todo muy precario. Pero estaban empezando. Tenían ilusión. La sordera no le impedía a Ramona expresarse verbalmente. Solo lo hacía sin pudor con los más próximos.

Pronto vinieron los niños. Primero, Ricardo. Un año después, Alicia. Y los pequeños acompañaban con sus juegos mientras su madre cosía en la misma habitación donde antes vivían dos personas y ahora cuatro. Joaquín iba dejando patente que era un profesional como la copa de un pino y Ramona había conseguido como cliente a una señora de la zona con bastantes recursos.

Alquiler de habitación con derecho a cocina. Allí se tenían que turnar las distintas familias para preparar sus guisos. Ramona no podía fiarse del sonido cuando alguno de sus preparados comenzaba a hervir. Necesitaba acudir con demasiada frecuencia para comprobar el proceso. Pero la cosa empeoró cuando comprobó que otras personas allí alojadas hacían excursiones a su cocido.

Ella no podía permitirse dejar sin comer a los suyos por culpa de unos desaprensivos. Así que para hacer guardia se llevaba las telas a la cocina. Allí en los fogones, terminaba de dar forma a los vestidos. Su principal fuente de ingresos, la señora bien, se esfumó. Por culpa de los garbanzos. Le costó entender lo que ella le explicaba, pero lo entendió por fin al leer los labios: “No te encargo más ropa, porque huele a cocido”.


Eran otros tiempos

Ricardo sabe que eran otros tiempos. Pero las circunstancias actuales le llevan inevitablemente a aquellos entonces. Y se acuerda de su abuela Ramona mientras hojea la prensa y reflexiona sobre Eric Clapton, ese gran guitarrista que está perdiendo la audición y también la posibilidad de tocar su preciado instrumento por una disfunción en el sistema nervioso: “Me estoy quedando sordo y mis manos apenas funcionan”. Así se expresa el músico. A Ricardo le sirve para reflexionar sobre la fragilidad humana, precisamente ahora que él empieza a tener problemas.

Está muy familiarizado con la sordera. Pero los casos familiares no tienen nada que ver con la genética. Hasta donde puede rastrear en su memoria la abuela Ramona fue la primera. Eran otros tiempos. Y difíciles. La malaria (aquí se llamó paludismo) era una enfermedad presente en la sociedad española. Ramona era una niña de ocho años que tuvo la suerte de sobrevivir. Pero los efectos de la medicación la dejaron sorda. Era el efecto secundario de la quinina. Pasados los años las farmacéuticas consiguieron otros medicamentos menos agresivos para la salud del paciente. Para Ramona ya era demasiado tarde.

La abuela Ramona es un ejemplo para Ricardo y para toda la familia. Pero ahora no puede dejar de pensar en la quinina, en lo expuestos que estamos ante el entorno. En la buena suerte que tuvo de salvar su vida tras la malaria, en la mala suerte por los efectos secundarios de la medicación.


¿Te puedo ayudar en algo?

Tiene sus cosas. Es muy suya. De puertas afuera todo el mundo piensa que está ante un ser maravilloso. Consecuencia de su fuerza seductora. Pero en las distancias cortas puede llegar convertirse en una persona con cierta tendencia a la manipulación. Desde el respeto y el cariño es fácil comprenderla. Pero hay que mantener la atención. Así piensa Raquel de su madre, de quien ha heredado esa manera positiva de enfrentarse al mundo.

Seguro que tiene días en los que se viene abajo, pero la sonrisa en la cara aparece casi siempre. Se cae y se vuelve a levantar. “Yo de mayor quiero ser como mi madre”, confiesa Raquel a su círculo más íntimo. Ni la pérdida de audición ha podido con su entusiasmo.

Sospecha Raquel sin embargo que en lo más profundo del alma de su madre hay una pena por el paso de los años y sobre todo por tener que llevar audífonos para poder comunicarse de una manera más o menos normal con su entorno, para poder disfrutar de los pequeños placeres que le otorga la vida, de sus aficiones… En definitiva, del día a día. Pero ella no se lo va a permitir a sí misma. Necesita que la fuerza le sirva para recuperarse de los pequeños baches. Y no lo hace por disimular. Es por ella misma.

Al poco de empezar a usar los audífonos, en vez de venirse abajo, decidió empezar a ayudar a los más necesitados. Desde entonces colabora como voluntaria en algunas fundaciones que se ocupan de gente que está atravesando momentos de difíciles. Cada cierto tiempo la puedes encontrar en algún supermercado pidiendo alimentos en las campañas organizadas para ayudar a los que menos tienen. Raquel se conmueve con esa actitud. Sí. Definitivamente. De mayor quiere ser como ella.


No te oí en toda la noche

Así es la vida, una sucesión de momentos tristes y felices, una noria, una montaña rusa de sensaciones. Con su vértigo, sin tiempo de descanso. Y lo malo suele venir por sorpresa, cuando menos te lo esperas. Nada hacía presagiar que ese día iba a ser distinto. La madre de Raquel siguió su rutina habitual: paseo por la mañana, para mantenerse en forma; comida en casa y sobremesa tranquila y tarde con los amigos. No alargó la reunión porque se encontraba algo cansada, como si estuviera incubando una gripe. Pensó que debía evitar, en lo que a ella correspondía, coger un resfriado. A las 23.00 horas ya estaba en la cama, tan feliz. Y con la ceremonia acostumbrada: se despojó de los audífonos y se colocó un pijama. Se apretó contra la almohada con la satisfacción de que no era necesario madrugar.

A Raquel le cuesta recordar aquellos instantes sin emocionarse. Su tío (hermano de su madre) reside en el mismo edificio que su hermana. Están muy unidos. Si no se ven al menos se llaman casi todos los días. El uno se apoya en el otro y viceversa. Por eso aquella noche, poco después de que dieran las doce en el reloj, él llamó al móvil a su hermana. También al fijo. Empezaba a encontrarse mal y no sabía qué hacer. Pero su hermana no contestaba. Estaba profundamente dormida, pero de todas formas no se hubiera enterado. Sin audífonos no oye el teléfono.

La madre de Raquel se asustó un poco cuando vio las llamadas perdidas en el móvil. Maldijo su negativa a no contar con alguna aplicación o sistema de alerta para indicar que están llamando. Su hermano no contestaba. Por fin recibió noticias. Estaba ingresado en el hospital. Él pudo llamar a Urgencias y una ambulancia le recogió en su domicilio. Nada grave, finalmente. Fue un susto. Es uno de esos momentos en que lamentó haber perdido audición.


Ahora te protejo yo a ti

Es lo habitual. Comenzar el año con buenos propósitos: cuidarse con las comidas, hacer deporte, enfadarse menos, demostrar más los afectos. En su caso tiene otra tarea por delante: dejar de inmiscuirse en algunas parcelas de la vida de su madre. No lo puede evitar. Es una especie de afán protector. Se muere de ganas por dar el visto bueno a todas las amistades de su madre.

Raquel es así. Tiende a proteger a los suyos. Aunque sabe que su madre no lo necesita en exceso. Cuando empezó a perder audición le dio por cerrarse, no salía y estaba bastante triste. Desde que se puso los audífonos es una persona nueva. En el fondo le divierte ver cómo se arregla para salir con su grupo, al teatro, al cine o a bailar. Raquel imagina que igual hasta tiene un novio. Es una sensación contradictoria. Su padre hace tiempo que no está con ellos. Y le sume en la nostalgia acordarse de él. Pero, por otra parte, le alegra que su madre mantenga, a sus años, la ilusión.

Ella se hace muchas veces la pregunta: ¿Si mamá oyera bien estaría tan pendiente de sus posibles relaciones sentimentales, de quiénes son sus amigos? Pero no tiene clara la respuesta. Intuye que preocuparse de los allegados es lo más natural. Aunque también piensa que desde que detectaron que su madre había perdido capacidad para oír se sintió en la necesidad de brindar su protección.

Su madre es lo bastante independiente como para reclamar la ayuda de Raquel o de su otra hija. Está feliz de tener un círculo amplio de amistades, de poder seguir disfrutando.


No me llames sorda

Aunque su madre dice que no le molesta el término de sordo, Raquel intuye que esa palabra no es muy de su agrado. Ella prefiere decir que ha perdido algo de oído. Con frecuencia el tono y el matiz de la palabra sordo se emplea con cierto desprecio. A veces ella se refiere a sí misa como “la sordita”. Pero solo en ambientes de mucha confianza. “Las mujeres tienen la ventaja de que con el pelo largo pueden disimular sus aparatos —confiesa Raquel—. En el caso de mi madre no sé si pesa más la coquetería o la intención de que no conozcan que no oye bien”.

Tras la pérdida de audición, la madre de Raquel ha pasado a formar parte de una nueva comunidad de personas, con la misma dignidad que el resto. Sin embargo, ha podido confirmar que existe mucha falta de respeto, que los prejuicios se mantienen en la sociedad española, que la palabra sordo muchas veces implica algo más que diferencia. A Raquel no le preocupa en exceso porque el entorno de su madre la trata magníficamente, pero nadie está libre de encontrarse con algún cafre cualquier día.

“Sigo siendo yo, lo que pasa es que ahora oigo mal”. La madre de Raquel se defiende de esa visión discriminatoria que tiende a pensar que la falta de alguna capacidad nos rebaja en la categoría de persona. A Raquel le da mucha rabia que tal vez se ha encontrado con alguien que se haya reído de ella o tratado mal. “Y tal vez le haya pasado, pero no se ha dado cuenta —piensa Raquel— pero es tan optimista que estoy segura de que archiva lo poco malo que haya podido sufrir”.


No volveré a ser joven

“Qué lástima llegar a vieja. Ya no me puedo mover con la soltura de antes. Tampoco es que vea como cuando era joven. Y de oír ya ni hablamos. Aquí me tienes, con mis audífonos”.

Lo dice con tono jocoso. Raquel conoce la ironía de su madre, pero no deja de pensar que esas palabras esconden una pequeña queja. Ella no entra en porcentajes. No los necesita. Sabe, por ley de vida, que las personas mayores sufren problemas auditivos. Entonces recuerda algunos versos del poema de Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

“Mamá ha sabido adecuarse a su edad biológica. Es consciente de sus limitaciones y pone todo el empeño en salvarlas”. Son las frases que se repite Raquel una y otra vez en lo más profundo de su ser, a modo de mantra. Es cierto que su madre representa un ejemplo. Su actitud vital es digna de elogio.

Aunque debe estar en guardia. El fantasma de la depresión está ahí. Le han dicho que la sordera puede conducir a depresión en personas mayores. Con su madre parece que no hay peligro. No es de las que se aísla. Al contrario. Es muy sociable.

Pero no conviene darlo todo por sentado. Le corresponde estar pendiente. Y acompañarla a las revisiones audiológicas. La calidad de vida, eso es lo importante llegado cierto momento. Y ahí estará ella, para lo que necesite su madre. Su hermano también. Porque casi nadie se libra de las pérdidas auditivas. Todos seremos sordos, se dice una y otra vez mientras observa con ternura a su madre.