Archivo de February, 2018

La ocurrencia de los niños

Guillermo llegó a la empresa de servicios donde lleva tres años trabajando de una manera habitual. No le importa decirlo. A falta de estudios uno tiene que tirar de conocidos. Y a su padre le unía cierta amistad de juventud con uno de los socios de la compañía. Pero no se considera un enchufado. Cumple con los cometidos. Y hasta ahora no habido quejas. Empleado de finca urbana. Así dice el contrato. Aunque sabe que antes se llamaban porteros o conserjes.

Sus años de experiencia en mil y una labores le permiten afrontar cualquier imprevisto. Es lo que se llama “un manitas”, justo lo que más se necesita en su puesto de trabajo. Además, no se tiene que ocupar de la limpieza pues la empresa que gestiona la comunidad de propietarios dispone de una persona para ese menester. Se puede decir que está contento. No ha recibido trato discriminatorio por parte de los vecinos. Ya le conocen. Aunque siempre hay quien mira con curiosidad. A él no le molesta, pero gustarle tampoco.

Bueno, luego están ciertos niños. Alguno se debe pensar que no oye nada y por eso se atreven a realizar comentarios sobre su sordera, sobre el aparato que lleva en los oídos. “¿Es para escuchar música o para oír mejor?”, pregunta alguno de la pandillita. A lo que responde otro: “Dicen que son audífonos, pero yo creo que es un artilugio para espiar”. Ante ellos no puede esbozar la más mínima mueca que preludie una sonrisa. Pero le hacen gracia. No siente que le falten al respeto. Son niños y ocurrentes. Qué le vamos a hacer.


Mis problemas con los trabajos

Guillermo aprovecha para hacer un pequeño descanso en la tarea diaria. El periódico gratuito que ha dejado un vecino le va a servir para tomar un poco de aire. Allí se encuentra con una noticia que le deja pensativo. Dice la prensa que las personas con discapacidad podrán formar parte de un tribunal del jurado. Esta modificación enmendaba la ley que impedía la participación de las personas impedidas “física, psíquica y sensorialmente”. Una discriminación como la copa de un pino. La noticia explica que se proporcionarán los apoyos precisos para el desempeño con normalidad del objetivo. A él le da por imaginarse como jurado popular. Sabe que es por sorteo. Y no cree que necesite nada especial. Desde que se puso los audífonos lleva una vida casi casi normal.

A sus cuarenta años no sabe cuándo empezó a perder audición. Tiene claro que a partir de los veinte comenzaron las limitaciones. Aunque tal vez sus problemas en los estudios, que tuvo que abandonar, estén emparentados con la dificultad para captar y comprender. Ha dispuesto del tiempo suficiente para vivir en carne propia las cortapisas a las personas con pérdida auditiva para triunfar en el mercado laboral. En su caso, además, sin formación específica. Gracias a que es un buscavidas ha salido del paso en mil y un oficios. Y la construcción era uno de los lugares más comunes antes de que empezara la crisis económica.

Quizá esperó demasiado tiempo en acudir al especialista. Se imaginaba que el desembolso iba a ser grande, y que iba a necesitar ayuda familiar para sufragar el tratamiento. Al final, con un pequeño empujoncito pudo adquirir los audífonos. Desde entonces se muestra más optimista y encara la vida con otro ánimo.


Aplazando lo inevitable

Tiene su guasa, pero siempre conviene no precipitarse hasta salir de dudas. Lleva unos días Ricardo recordando las anécdotas de su abuela Ramona, sobre todo las referidas a su sordera. Y de ahí a su padre. Que ahora lleva audífonos para limitar el efecto de la pérdida de audición asociada a la edad. No hay más casos en la familia. Y de la abuela apenas tiene memoria, salvo las historias una y mil veces repetidas.

Está desorientado, un poco confuso y todavía no lo ha comentado en casa. En el trabajo está perdiendo un poco la onda. Le cuesta seguir las conversaciones. Lo achaca al estrés, a la amenaza de más despidos. Así es difícil concentrarse. Pero sospecha que hay algo más.

Siente entre vergüenza y debilidad. No sabe desde cuándo le sucede, pero necesita subir el volumen para enterarse bien de lo que alguien dice en la televisión. Pero si hay más gente lo deja como está. Le da apuro manifestar cómo se siente. Lo que no sabe es hasta cuándo podrá seguir disimulando, si es pasajero, si puede ir a peor, si solo son imaginaciones suyas. No está atravesando precisamente sus mejores momentos personales. Todo se junta, todo pasa factura.

Le falta tomar la decisión. Pedir cita. Hacerse una revisión. Y así sabrá si son fabulaciones o necesita ayuda de algún tipo. No quiere anticipar. No se ve con audífonos. Aunque ahora son bastantes discretos. Pero no quiere todavía enfrentarse al especialista. Sabe que de seguir así no le queda otro remedio. Todavía quiere ganar tiempo. Comprende que es un error y que tarde o temprano tendrá que tomar una decisión.


A mi padre le falló el oído

Su padre se llama Ricardo, como él. Sonríe pensando en esa costumbre de tantas familias de perpetuar el nombre de los progenitores. Considera una suerte poder echar mano de los recuerdos de sus antepasados y que lo blanco predomine sobre lo negro. Como las historias de Ramona, esa abuela sorda, de la que apenas tiene memoria personal. Aunque era conversación recurrente en los encuentros anuales señalados. Las mismas anécdotas, el mismo ambiente entrañable, el sentido homenaje.

Tras la muerte de la Ramona la sordera quedó en el vestigio de otros tiempos, en los relatos de aquellos entonces. La vida siguió su curso, con sus luces y sombras, con su perfil amable y con el lado oscuro. Hasta que su padre comenzó a quejarse de que no oía bien. “Cosas de la edad”, pensó Ricardo, que le animó no obstante a acudir al especialista. “Esto no es como lo de la abuela”, reflexionaba en voz baja. Su padre, ya jubilado, no había tenido ningún problema hasta ese momento. “La pérdida de audición asociada a la edad es más frecuente de lo que pensamos”. Esta es la frase que más oyó en su periplo por las distintas consultas.

De aquellos días conserva Ricardo la imagen de la nueva vitalidad de su padre tras ponerse audífonos. Era otro. Bueno, era él, pero más parecido al de siempre. Han pasado ya unos años desde entonces. Pero puede asegurar que su padre se ha mantenido activo gracias en buena parte a esos audífonos, que le han permitido llevar una vida social aceptable. Ya está mayor, pero no pierde detalle de las conversaciones. Y eso agrada a Ricardo, el hijo, porque sigue la conexión entre ellos.


Un teléfono como los de antes

Los esfuerzos de Ramona y Joaquín terminaron dando sus frutos. Dejaron la casa de sus huéspedes, junto a sus hijos Ricardo y Alicia y pudieron comprarse un piso donde llevaron una vida familiar. Las inconveniencias de la sordera de Ramona se paliaban con el esfuerzo de todos por comunicarse. A fin de cuentas, ella les hablaba, aunque apenas pudiera oír lo que le respondían.

Ella nunca dejó de buscar sus estrategias particulares para manifestarle a sus hijos su manera de ver el mundo, sus consejos. Sin olvidar sus trucos para la rutina diaria. Ramona no oía el teléfono. Pero se instalaba en el sofá, cerca de la mesita donde reposaba el aparato. Cuando sonaba, podía sentir la vibración y entonces lo cogía. Lo más normal es que fuera alguno de sus hijos. Si estaba su marido era él quien se ponía. Para los momentos en que se encontraba sola desarrolló un plan. Como lo habitual es que fuera alguno de sus hijos recitaba siempre un discurso para los dos, tipo: “Si eres Ricardo, que sepas que ya han traído el paquete de Correos que estabas esperando. Si eres Alicia, tu amiga Rosa ha venido a casa preguntando por ti. Os quiero a los dos”.

Su nieto se ríe ahora rememorando la anécdota, transmitida de generación en generación. Menuda era la abuela Ramona. Se imagina además esos viejos cacharros que se usaban para la comunicación telefónica. Pero aquellos eran otros tiempos. Ella leía los labios de sus hijos y su marido para comprender lo que le decían. Nunca le oyeron en casa queja alguna respecto a su discapacidad auditiva. Pero no era resignación. Simplemente Ramona se aferraba a la vida con todas sus fuerzas.