Archivo de June, 2018

A un colegio normal

Roberto agradece la decisión de sus padres de llevarle a un colegio de normooyentes. Esa ha sido siempre la línea seguida: el implante coclear sirve para enfrentarse a la vida con las mismas posibilidades que las personas que no sufren una discapacidad auditiva. Ahora lo puede asumir y verbalizar. Entonces solo hacía caso de las indicaciones familiares.

Entre sus compañeros había algunos amigos de la urbanización donde residía. La adaptación apenas duró. No se encontró con ningún gracioso, al menos que lo recuerde. Y todo fueron ayudas. Se encontraba tan a gusto que a veces se olvidaba de que llevaba un implante coclear. Tanto los profesores como los alumnos le consideraban un buen muchacho.

Su capacidad para seducir, su amabilidad, que tantos éxitos le han procurado en sus relaciones, no le restaron ganas para enfrentarse a los estudios casi con fiereza. Competía consigo mismo. Cuando llegaban las evaluaciones y algún otro compañero le superaba en sobresalientes torcía un poco el gesto. Pero pronto se le pasaba el enfado y le valía el suceso como estímulo para intentar superarse.

Lo tuvo muy claro desde el principio. No iba a ser un portento en el fútbol, pero tampoco iba a dejar de practicar ese deporte en el recreo. Los que preferían otros juegos no gozaban del prestigio de la normalidad. Así que Roberto, tras negociación con sus padres, decidió quitarse las partes externas del procesador antes de cada partidillo. Además, llevaba como protección un casco de rugby. No le molestaba demasiado en verano pero cuando el calor apretaba era un incordio. Nunca tuvo un golpe del balón que le afectara. Sus recuerdos futboleros son agradables por que el balompié le permitió estrechar lazos con sus compañeros.


Toda una vida con el implante

Lo siente casi como una parte más de su cuerpo. El proceso de adaptación lo tuvo siendo un bebé. No recuerda nada de esos momentos. Para él la vida siempre ha sido con un implante coclear. Tanto en las fotos de su más tierna infancia como en los vídeos siempre aparece con el implante. Menos borrosa en su memoria está la terapia de sus primeros años. Ya entonces comprendía su necesidad para ponerse al mismo nivel que los otros niños, los que no llevaban ese aparato.

“A mí me gustaba estar en todas las salsas. Y no quería privarme de nada. No me consideraba, ni mucho menos, un niño distinto -habla Roberto sobre sus primeros años-. A la hora de jugar, yo el primero, a lo que fuera. Pero si tengo que ser sincero, casi nunca ponía toda la carne en el asador. Un cierto temor a que podía pasar algo con el implante me hacía reservarme. No mucho. Nadie lo notaba. Solo yo sabía que tomaba ciertas precauciones”.

Siempre le gustó la natación. Desde que no sabía ni andar. A pesar de que sus padres le quitaban el implante para meterse en la piscina y perdía entonces el contacto con el mundo sonoro. Pero no era un silencio extraño. Porque estaba asociado a instantes de plenitud. Quizá por eso nunca ha querido usar implantes resistentes al agua ni adquirir accesorios para poder sumergirse en el agua.

Roberto es una persona extrovertida a quien le gusta el trato con los demás. Tiene, no obstante, una manía. Algunas veces (lo hace en la intimidad de su hogar), cuando quiere no pensar en nada, relajarse por completo, se quita el implante. En estos momentos no le molesta el silencio. Es poco el tiempo que necesita. Luego vuelve a la carga, de alguna manera renovado.


El ejemplo de los deportistas

Con moderación, porque Silvia es persona prudente, pero le gusta probar. Cree que ni aunque tuviera una audición perfecta se inclinaría por los deportes de riesgo. No le encuentra el aliciente al aventurerismo peligroso. Ella es más de deportes sociales. En su infancia y juventud no era aficionada a ninguno en general. Ahora, tras un escarceo con el ciclismo, se ha decantado por correr. Empezó con unas series suaves pero ahora le dedica cerca de una hora todos los días. Se siente libre y le viene bien el ejercicio para su salud.

Gracias al deporte Silvia conoce gente. Uno de los nuevos amigos del running, Sebastián, le habló de Derrick Coleman, jugador de fútbol americano de los Seahawks de Seattle, que lleva audífonos desde los tres años. Su discapacidad auditiva no le ha privado de entrar en la élite del deporte y formar parte del equipo que ganó la Super Bowl en 2014. Sebastián le explicó que el propio Coleman había declarado que sin audífonos bajaría mucho su nivel en el campo de juego.

Otra deportista de la que Silvia tiene noticia es Eunate Arraiza, jugadora de fútbol, del Athletic. Lleva un implante coclear que no le impide rendir al máximo nivel y haberse convertido en internacional. Estos ejemplos animan a Silvia a seguir disfrutando con su preparación física. Cuando Silvia tiene alguna duda, sobre la práctica del deporte u otra cuestión, acude a su centro auditivo de confianza para así poder resolver sus problemas.

A veces, cuando corre, ocupa su mente en imaginar un mundo mejor, sin niños enjaulados en las fronteras, sin personas hacinadas en un barco huyendo de la desesperación, y también en un jarabe mágico que pudiera quitar la sordera. A pesar de su pragmatismo, Silvia se regala así una dosis de ensoñación.


Yo fui la lideresa sorda

No es de mirar atrás. Silvia está reñida con la nostalgia, para lo bueno y para lo malo. Piensa que regodearse demasiado en el recuerdo nos puede llevar a no avanzar, a no hacer planes, a dejar de pensar en el día a día. Es una mujer práctica, pero no por ello pasa página sin más.

En su estilo de vida no cabe la falta de reconocimiento de lo que ha sucedido, aunque no se pare mucho a profundizar en determinadas circunstancias. No quiere rememorar sus primeros problemas con la audición. Pero lo que no puede olvidar es a aquellos que brindaron su protección, su entrega.

Hasta que se puso los audífonos y pudo volver a formar parte del mundo de una manera más natural, sus padres siempre estuvieron allí. “Alguno pensará que es lo que hacen todos los padres -explica Silvia-, pero en su caso considero ejemplar el comportamiento. Porque supieron guiarme (era una niña) pero sin sobreprotegerme. En su mente estaba que yo alcanzara autonomía”.

Sus dos hermanos, más jóvenes, siempre la tuvieron como referente, por su fortaleza, por su ánimo. Ellos crecieron fijándose en el ejemplo de su hermana, a la que adoran. “Yo fui para ellos la lideresa sorda”, se permite la broma Silvia.

“¿Cómo hubiera sido mi vida si los amigos me hubieran dado de lado por llevar audífonos, que no son muy fashion que digamos? Porque estas cosas ocurren. O si me hubieran hecho la vida imposible en el trabajo”, comenta Silvia. Porque es consciente de que hay otras personas como ella que sufren discriminación e incluso burla.


El sordo tiene que contar lo que le pasa

“La juventud es una enfermedad que se cura con los años”. Esta frase, atribuida al dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, autor de la famosa obra Pigmalión, provoca en Silvia emociones encontradas. A sus años, todavía se siente vital, pero un poso de mesura preside sus acciones. De ella dicen sus amigos que tiene la cabeza bien amueblada. “Quizá, tal vez tengan razón”, piensa, pues necesitó mucha paciencia y sentido común para competir en su vida profesional y para relacionarse con su mundo. “Por muy bien que me haya ido, sigo siendo sorda”, explica Silvia.

Su juventud, la de verdad, la cronológica, transcurrió más o menos como ella mismo esperaba. Ya acostumbrada plenamente a los audífonos, disfrutaba sobremanera formándose, con el objetivo de ser mejor cada día. Pero no descuidó las actividades con sus amigos. Se divertía como la primera, aunque prefería evitar las discotecas o ciertos conciertos de música, porque allí no se sentía tan segura. No controlaba tanto y se sentía algo perdida.

A esas alturas de la vida estaba plenamente integrada socialmente. Quizás alguien hacía bromas sobre ella, algún desconocido. Pero no le llegaban apenas comentarios hirientes. Su entorno era muy respetuoso y solo encontraba empatía. La normalidad era lo habitual. Tuvo alguna relación sentimental larga, pero no había cuajado lo suficiente como para formar una familia.

Ahora siente un poco haberse centrado demasiado en ella. No haber participado como voluntaria en alguna asociación, haber ayudado a otros con menos suerte que ella. Se lo están pensando, porque considera que lo más importante es que la sociedad sepa que hay gente con problemas. En este sentido, le llamó mucho la atención que el actor y director Santiago Segura contase en su momento que sufría tinnitus. Le gustó. “Hay que ser valiente y contar lo que te pasa. Con eso seguro que ayudas a otros”, cree Silvia. Y en ello está pensando: cuál es la mejor manera de ser solidaria.


La sordera y el mérito

Dicen que la memoria es sutil, que la gente hace trampas para endulzar sus recuerdos. Particularmente con la infancia, un pequeño instante que tendemos a adornar. La nostalgia pueda jugar malas pasadas, pero no es el caso de Silvia. Hay dos épocas en su infancia muy definidas y marcadas por el hilo que separa la sordera de la audición. Tal vez también porque sus problemas empezaron pronto, aunque ella no lo puede situar en una edad determinada. Y luego, ya no en la nebulosa, aquellos momentos cuando pudo empezar a llevar una vida más normalizada. Silvia evitaba algunos juegos, como saltar a la comba, para no tener que quitarse los audífonos. Se aferraba a ellos porque no quería volver a lo de antes, al caos, al desorden, a los ruidos ininteligibles.

Aunque había recuperado la capacidad de oír, no todo era de color de rosa. Igual que en colegio, entre los niños del barrio había un runrún cuando ella aparecía. En líneas generales el trato era mejor, porque se conocían desde pequeñitos e incluso había cordialidad entre las familias. Pero nadie se libra del cafre de turno. De aquellos años previos a la adolescencia le gusta rememorar la camaradería con dos niñas: Ana y Lidia. Pasado el tiempo se perdió la pista. Sonríe cuando se acuerda de ellas.

Nunca dejó los juegos, pero se volcó en los estudios. No porque le diera miedo lo que había afuera. Es que disfrutaba aprendiendo. Su voracidad intelectual era mayúscula. Y gracias a esa dedicación pudo triunfar desde joven en el mundo profesional. Poco a poco. Con tenacidad. Su capacidad de asimilar nuevos conocimientos era mayúscula. Y se adapta al medio. Y sabe vencer las dificultades. “Tiene más mérito -se dice a sí misma- porque soy sorda”.


Cuatro ojos y sordita

A algunos no les parece que cualquier tiempo pasado fue mejor, como dice el famoso poema de Jorge Manrique. Silvia es de estas personas. Vive el presente con firmeza, con sueños, pero aferrada al día a día. No es que reniegue de su pasado, de su vida, pero para ella ese territorio sutil de la infancia no fue tan idílico. No le molesta el recuerdo, porque su existencia no puede catalogarse con colores extremos. El blanco y el negro suelen esconder matices. Y a lo largo de sus años ha habido de todo: la mayor parte ha sido bueno.

No sabe Silvia situar el momento en que empezó a tener problemas en el colegio con la audición. Se acuerda de las visitas a los médicos, pero no sabe a qué edad exacta comenzó todo, ni quién se dio cuenta. Luego no ha querido preguntar sobre su entonces incipiente sordera a su familia, ha sabido aceptarlo y prefiere mantenerlo en una bruma.

Por hay cosas que nunca se olvidan. Esas burlas de otros niños. No todos. No siempre los mismos. A partir de cierto momento quedó palpable que Silvia no se enteraba muy bien de lo que decían los profesores. Una palabra corrió como la pólvora: sorda. Esa nueva característica se añadía a sus gafas. “Ciega y sorda, pues vaya compañera” o “Cuatro ojos y sordita”. Ella tenía que escuchar lindezas de este tipo. Al poco tiempo se esfumaron los insultos. Ahora cree que la dirección del colegio intervino. Tal vez a instancias de sus padres.

Silvia tiene una personalidad fuerte. Pero todo el mundo necesita apoyo, sobre todo a determinadas edades. Confiesa que el cariño, el respeto y la ayuda que encontró en su familia han ayudado bastante a que hoy sea una mujer de éxito.