Archivo de July, 2018

Yo de niña oía bien

No ha sido siempre así. A partir de cierto momento, ya en su madurez, Blanca comenzó a ejercitar su memoria. Ella está convencida de que eso le sucede desde que ha vuelto a escribir, desde que ha retomado aquella pasión oculta de juventud. Siempre ha tenido buena capacidad para recordar, pero ahora es capaz de encontrar variedad de matices a su vida pasada.

Rememora sus primeros años con la sonrisa de quien añora aquel paraíso perdido de juegos en la plazoleta cerca de casa, la pandilla, las tonterías típicas de la edad. Es un tiempo de algodón azucarado en la feria del barrio, allá por finales de julio, momentos de algarabía, sin problemas, con todos los sueños por delante. ¿Quién le iba a decir a ella que luego vendría un paulatino silencio?

“Yo de niña oía bien. No puedo situar exactamente el año en que comenzaron los apuros -explica Blanca-. Fue en el colegio donde me di cuenta de que algo estaba empezando a fallar. Cada mes nos cambiaban de pupitre. Y en una de esas me tocó al fondo del aula. Hasta entonces no me había sucedido nunca. Pero allí estaba yo, intentado descifrar lo que decía el profesor”.

Se asustó. Lloraba por las noches, pero al principio no se atrevió a contarle nada a sus padres. Le daba vergüenza. De alguna manera se sentía culpable de no lograr entender, de no aprovechar las clases. Y llegaron las notas. Ella era una buena estudiante. Ni en el colegio ni en casa comprendieron el motivo de su alarmante bajada en las calificaciones. Hasta que no pudo más y relató a sus padres que no oía bien.

“Me sentí aliviada. Sabía que las dificultades no se iban a pasar solas, que tendría que ir a que me vieran los médicos, pero allí estaban mis padres para apoyarme y darme ánimos -comenta-. Yo les oía hablar y aunque no captaba todas las palabras una se me quedó grabada: audífonos”.


Soy sordo y te hablo en inglés

Más allá de títulos y certificados, Roberto se considera bilingüe. Su manejo del inglés tiene que ver mucho con su profesión de informático, aunque la base recibida en el colegio le haya ayudado bastante. “No era un colegio bilingüe, pero el nivel de idiomas extranjeros me ha permitido poseer un buen dominio del inglés, lo que me ha abierto más puertas en el ejercicio de mi vocación”, explica Roberto.

Es consciente de que el desarrollo de la tecnología ha permitido que los implantes cocleares evolucionen a gran ritmo. Sabe que hace unas décadas era muy difícil tener las mismas posibilidades que los normo-oyentes. “Y ahora podemos aprender inglés igual que ellos”, exclama cuando se le pregunta sobre el asunto. Pero no puede olvidar que los desvelos de sus padres están detrás de su formación y sus experiencias. Vale, disponía de aptitudes para asimilar la educación, pero el ambiente familiar favoreció sus ganas de saber. Tiene pendiente un viaje a Estados Unidos y fantasea con recorrer la América profunda, de costa a costa, con un coche alquilado.

En el mundo sordo se considera bilingüe a las personas que se expresan en lengua de signos y en lengua oral. Roberto es muy respetuoso aunque a la vez tiene las ideas muy claras: “A mí nunca me interesó aprender la lengua de signos. Consideraba, en cambio, que la lectura labial sí me ayudaba. Con el implante siempre me valió para llevar una vida normal. Sin embargo, en mi opinión, la lengua de signos te aleja de formar parte de la sociedad. Es una elección muy respetable y hay que apoyar su desarrollo. Pero para mí no es una opción”.


Benditos implantes

Se veía venir. Su abuelo había dado un bajonazo espectacular en lo que se refiere a salud en los últimos tiempos. Roberto asumía eso de que tarde o temprano todos nos vamos de aquí. “Nadie se queda para siempre”, comentaba las pocas veces que el tema salía. Él se llama Roberto en homenaje a él. Murió en su casa, rodeado de los suyos. No saben si era consciente de nada.

Roberto vivió todos los momentos desde que lo llevaron al tanatorio y luego al cementerio como si estuvieran pasando a cámara lenta. Lo que más le apetecía era quitarse el implante coclear y aislarse del mundo. Pero la presencia de familiares, amigos y gente que no conocía le obligaban a guardar un poco la compostura. En esos instantes solo le aliviaba la posibilidad del silencio.

Pasaron los días. Roberto cree que nadie se acostumbra a la ausencia de los seres queridos. El dolor siempre está ahí, aunque algunas veces se muestra más en la superficie. Llegó el día del funeral. Asistió mucha más gente de la que él pensaba. Su abuelo era una persona muy querida entre aquellos parroquianos.

Mientras él ocupaba un lugar junto a la familia, a una prudencial distancia se encontraba su núcleo duro de amigos. Alguno con implante coclear, como él. “Dios los cría y ellos se juntan”, dice el refrán. Pero en su caso tuvo que ver más con la casualidad y con la conexión emocional. Roberto nota que sus amigos llaman un poco la atención. Tiene unos segundos para abstraerse del duelo y dedicarle un pensamiento. Porque hay sordos que prefieren disimular el implante, con el pelo, un sombrero, una boina o una gorra. Pero otros no sienten ningún pudor. Rafa es uno de ellos: lleva el pelo rapado y el implante se le ve sí o sí. Antes de volver su corazón al recuerdo de su abuelo sonríe para sus adentros: “Benditos implantes”.


Un sordo al que echan del trabajo

Fueron unos años muy difíciles. Los despidos colectivos afectaron a muchas familias. ¿Quién no conocía a alguien implicado en algún Expediente de Regulación de Empleo? Roberto tenía amigos a los que la crisis, de alguna manera, se los había llevado por delante. Nunca imaginó que a él también le podía pasar. Su sector, el de la informática, no era el peor situado para afrontar los vaivenes de la economía.

Le pilló completamente por sorpresa. Primero le costó comprender que su empresa tuviera graves problemas. Después no aceptaba que nadie de su entorno se hubiera percatado. Cuando cayó la noticia bomba lo que se le vino a la cabeza es que ante un ERE “todos somos iguales, sordos y normooyentes”.

La compañía donde trabajaba era de un tamaño medio. Contaba con un comité de empresa que debía negociar con la dirección las condiciones del expediente. Roberto, sin demasiados conocimientos sobre derechos laborales, se interesó por las posibles protecciones frente a un despido. Entonces asumió que ese posible blindaje afectaba a los representantes de los trabajadores, que tienen derecho preferente a permanecer en la empresa si la medida no afecta a la totalidad de la plantilla. También están protegidos los empleados en función de los derechos fundamentales y las libertades públicas. Había otros supuestos, pero él no entraba en ninguno.

Todavía faltaba por saber qué criterios iba a aplicar la empresa y si él iba a estar o no en la lista de despedidos. Recurrió Roberto al asesoramiento de un amigo abogado, quien le explicó que los representantes de los trabajadores pueden establecer en el curso de la negociación una prioridad de permanencia (empleados con cargas familiares, mayores de determinada edad o personas con discapacidad). Tras meditarlo ampliamente, decidió no comentar esta posibilidad con el comité de empresa. Sordo, sí. Pero lleva una vida muy parecida a la de los demás gracias a su implante coclear. La mitad de los trabajadores tuvieron que salir. Él también. Pero al poco tiempo estaba trabajando de nuevo.


Yo quise ser informático

Su dedicación a la informática no es fruto del descarte. “Voy a ser lo más sincero que pueda -explica Roberto-. Me he dedicado a esta profesión porque es la que prefería. Nunca pensé que mi sordera me iba a privar de trabajar en lo que me gustaba. Podía haber estudiado Medicina o cualquier otra carrera. Pero he hecho lo que quería. Se puede decir que soy una persona afortunada”.

No ha querido Roberto especializarse en aplicaciones y programas para sordos: “Hay otras personas que se ocupan de hacerle la vida más sencilla a los que tienen discapacidad auditiva. Yo, en cambio, quería trabajar en un campo que no tuviera demasiado que ver con la sordera”.

Roberto se considera un privilegiado en materia laboral: “A pesar de mi implante coclear, o tal vez porque me permite competir en casi igualdad de oportunidades con las personas sin problemas de audición, no he estado prácticamente en el paro. Mis amigos dicen que soy bueno en lo mío. Pero no puedo olvidarme de que la mayoría de esta colectivo forma parte de las listas de desempleo, un 50%, según las estadísticas”.

Roberto es testigo de cómo las empresas desconocen la dificultad que las personas con discapacidad auditiva tienen para comunicarse con un grupo, para hablar por teléfono o cuando hay mucho ruido de fondo. Por eso, aunque él podría desenvolverse sin las medidas que garantizan el derecho a la igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad, logró que en la compañía donde trabajaba se adoptaran una serie de modificaciones: buena iluminación para facilitar la lectura labial, el uso de mesas de reunión ovaladas para hacer posible mantener el contacto visual con los participantes en las reuniones y el acondicionamiento acústico para que se eliminara la reverberación. Lástima que la crisis se llevara tantas cosas por delante.