Archivo de September, 2018

Mejor en familia

Blanca es tímida. Vive principalmente para adentro. Se piensa mucho las cosas y se fija en todos los detalles y matices. Para ella la existencia no es un continuo de blancos y negros. Y pone mucho empeño en no dar argumentos de brocha gorda, aunque le cueste hacerse entender. Ha reflexionado mucho sobre si su disposición a la reflexión tiene que ver con su discapacidad auditiva o es causa de su carácter: “Yo me recuerdo desde niña envuelta en ensoñaciones. Tal vez mis problemas de oído en la infancia me hicieran más reservada”.

La familia ha sido desde siempre uno de sus principales apoyos: “Recuerdo a mis padres siempre protegiéndome, sobre todo desde que me puse los audífonos. Pero ese plus, porque ellos pensaban que necesitaba más, lo ejercían de una manera muy sutil. Ahora lo puedo ver más claramente. Hicieron todo lo posible para que aprendiera a valerme por mí misma, pero siempre estaban ahí, un poco invisibles, como la red de un trapecista”.

Quizá por eso, porque lo ha visto en casa, porque ha significado mucho en los años más difíciles, Blanca se considera una persona muy familiar: “Entre los míos siempre me he sentido no especial, me he sentido una más del grupo. Y aquí tengo que citar a mi hermano pequeño. Es un amor. Todo cariño y buenos sentimientos”.

Por ello, de manera natural, en determinado momento Blanca se vio inmersa en un proyecto de familia. Primero con su pareja, después con la llegada de un hijo que ahora es universitario. “De lo que más me acuerdo cuando él era bebé era su interés por mis audífonos. Supongo que lo mismo que les pasa a los nenes con las gafas”, explica.


¿No ves que soy sorda?

A Blanca no le gusta trabajar cara al público: “Serán los miedos infantiles a no entender a los demás, a no oírlos bien. Además, no me gusta tener que usar la lectura de labios. Aprendí a hacerlo, pero prefiero que no haya necesidad de recurrir a ello”. Afortunadamente para ella, en su trabajo prácticamente no tiene contacto con gente externa a la empresa.

Ella desempeña su labor catalogando informes y documentos. Es un quehacer un tanto solitario, pero no le importa. “A veces me puedo pasar mi jornada completa sin apenas tener que hablar con ningún compañero -explica Blanca-. En otras ocasiones la conversación se ciñe al teléfono. He aprendido a encontrarme bien en la soledad. No lo echo de menos”.

Pero Blanca no es solitaria. Le gusta el trato con los demás. Simplemente es que sabe sacar provecho de los momentos personales. Ella no duda ni un momento en acudir a las celebraciones. Por ejemplo, cuando se acerca la Navidad los compañeros suelen montar una fiesta. Cada uno lleva un producto de casa o lo adquiere en el supermercado. Al final se terminan dando un buen festín. Aunque no siempre acaban bien. En cierta ocasión, un chico excesivamente eufórico se dedicó a mojar con cava las cabezas de los que le rodeaban. Y Blanca era una de ellas. Aunque no le cayó mucho líquido.

— ¿No ves que soy sorda? —exclamó Blanca, muy enojada.

Pues no. No lo vio porque no todos en la empresa lo saben. Ella procura que no se le noten. Nada más sentir la humedad, apagó los audífonos, retiró la pila y la secó. El patoso pidió disculpas y Blanca volvió a su despacho a recoger sus cosas y marcharse a casa. Al día siguiente todo regresó a la normalidad. Ya todos en la oficina conocen que tiene problemas de audición.


Los amigos no te dan de lado por llevar audífonos

Como todos los jóvenes, Blanca vino a “llevarse la vida por delante”. Le gusta mucho citar este poema de Jaime Gil de Biedma, un autor que conoció en esa época en la que todavía las emociones son un terreno inexplorado. Podría pensar que los libros eran su refugio, su manera de distanciarse de un mundo complejo para adentrarse en un universo de ensoñaciones. Fueron los tiempos en que más leyó y más disfrutó de esos escritores que iba conociendo. Narrativa y poesía, principalmente. Uno le llevaba a otro. No necesitaba que los audífonos funcionaran bien. Para la literatura le bastaba con su afición.

Blanca era consciente de que no debía aislarse. Por eso acudía también a los encuentros de la pandilla, que solían terminar en alguna discoteca. No era muy partidaria de gastar su ocio en esos menesteres. No le gustaba bailar y en esos ambientes se encontraba muy perdida. Tenía que hacer muchos esfuerzos para conseguir comprender lo que hablaban sus amigos. A veces no se enteraba de nada. Pero no quería encerrarse en su pequeña isla.

Ahora, ya en la madurez, Blanca cree que no si no hubiera sido sorda habría sido más fiestera: “Las circunstancias personales de cada uno nos van moldeando. Y yo no oigo bien, aunque los audífonos me permiten llevar una vida casi normal”.

Poco a poco, de manera natural, el gran grupo de amigos se fue partiendo en grupúsculos donde entraban en juego las afinidades. A Blanca le encanta el cine, a pesar de que alguna vez ha tenido dificultad para la comprensión de la película. Así que pronto se formó un conjunto de personas más inclinadas hacia el mundo cultural. De aquel entonces todavía conserva la amistad, intacta tras los años, de algunos: “La amistad está muy por encima de las características de cada uno. Estos grandes amigos jamás me dieron de lado por llevar audífonos”.


A favor y en contra de la sorda

Gracias a esa mirada serena, Blanca puede echar la vista atrás sin sentir ningún escalofrío. No es olvido ni inconsciencia. Recuerda nítidamente las burlas cuando llegó al colegio con sus primeros audífonos. Lo que sucede es que ha aprendido a relativizar el pasado, a usar las malas experiencias para fortalecerse.

“Me hace mucha gracia cuando se habla de la ternura de los niños. Conmigo fueron muy crueles mis compañeros de clase. No todos, claro. Siempre hay alguno que se pone de tu parte. A veces mis audífonos se convirtieron en el centro de una especie de guerra civil”, comenta Blanca.

“De aquel entonces la expresión que más me hería era la de sorda y gorda. Con los años me he estilizado bastante -explica-, aunque fue una época en la que me sobraban unos kilos. Entonces me hacía mucho daño, pero procuraba que no se me notara”. Sin embargo todo termina por normalizarse, hasta la diferencia, y pasada una temporada las bromas cedieron en gran parte.

Blanca es una persona introspectiva, con cierta propensión a la melancolía. Sin marcada tristeza, pero con un poso que le impide sacar a relucir su sonrisa con frecuencia. Ha pensado mucho sobre ello y no logra llegar a una conclusión: “Sé que parte del carácter tiene que ver con la genética, pero también influye el ambiente. Yo me volví más desconfiada cuando empecé a tener problemas de audición. La respuesta de mi entorno en el colegio no ayudó nada. Nunca he sabido hasta qué punto podría comportarme de otra manera si no fuera… sorda. Me cuesta usar esta palabra”.

En aquellos tiempos ella se sinceraba con un diario. Era su confesor, su cómplice, su pañuelo de lágrimas, su billete a un mundo más amable. Sonríe, ahora sí, cuando lo rememora.