Trabajo en una escuela infantil

Qué suerte tiene. Trabaja con niños. Lydia se levanta cada mañana de lunes a viernes pensando en preparar todo para su hijo Daniel, de nueve años. A ella le esperan en el trabajo otros pequeños, estos con edades que oscilan entre los cuatro meses y los tres años. Son los protagonistas de la escuela infantil donde desarrolla su actividad profesional.

Disfruta enormemente con lo que hace. Pero hay veces que no lo pasa bien si observa a algún niño con algún problema. Su sensibilidad le lleva a ponerse habitualmente en la piel de los demás. Se esfuerza diariamente para que su hipoacusia no reste eficacia a su labor.

Ha habido, no obstante, algún episodio que le ha marcado en la escuela infantil. Es una especie de amenaza que pende sobre su cabeza. No puede olvidarlo. Hace ya tiempo, una persona afirmó que ella no era apta para desempeñar sus funciones.

No se hundió. Acudió a Servicios Sociales del ayuntamiento de la localidad donde reside para informarse. Allí le dieron unas pautas para luchar contra la discriminación. Esa es la palabra clave: discriminación. A veces sospecha que pudiera estar pasándole sin apenas darse cuenta: “Que te dan de lado porque no te enteras”.

En la balanza, en su debe y haber particular, termina imponiéndose el trabajo bien hecho, la satisfacción del deber cumplido. El crisantemo y la espada. Sensibilidad y firmeza. Lydia se sobrepone a los reveses y saca su vena humorística. Le gusta reír: “A los hipoacúsicos nos cuesta captar algunas palabras. Una vez tuve que improvisar una clase de inglés. Y tropecé con una palabra, mañana (tomorrow). Me salió tumorrón. Nos reímos mucho. Aún lo hago cuando lo recuerdo”.

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